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Tres patrias tengo yo

Acabo de regresar, una vez más, de La Habana. Por duodécima vez en los últimos diecinueve meses. Por el extrañamiento con que todo—con que todos—me sigue(n) embargando, podría decirse que acabo de regresar, una vez más, por primera vez en veintitrés años. La misma, persistente, sensación de empequeñecimiento, mediocrización, desmovilización, descentramiento. De todo. De todos. Mis todos. De los referentes, los horizontes, las perspectivas, las expectativas. Hasta de los recuerdos.

Se siguen abriendo, y cerrando, negocios. Dentro, en lo aparente, a veces parece estar uno en Williamsburg o Miami Beach. Sin Williamsburg, sin Miami Beach. Afuera. Lo cual hace más enojosa, por innecesaria, la caricatura, vergonzante el remedo. Fuera, no se parece estar ni siquiera en La Habana. O en aquella Habana, que ahora echo tanto de menos, en la que, como se decía, no había nada. Recuerdo. Yo recuerdo. Porque yo caminaba. Solo. La Habana es una ciudad bien grande. Sobre todo caminando. Caminando, caminando, caminando. Reina, Galiano, Belascoaín, San Lázaro, Infanta, Carlos III, Monte. O Ayestarán, Calzada del Cerro, Diez de Octubre. Nada. Ni una cafetería o restaurante o negocio que, para los estándares de ayer en el mundo o de hoy en La Habana, mereciese el nombre. Nada. Solares yermos (o basureros) donde se había derrumbado otro edificio, escuelas públicas (todas eran públicas, como debe ser, ¿acaso hay iglesias privadas?), hospitales, policlínicos, bibliotecas, librerías, plazas, parques, bustos, monumentos, cines, estadios, bodegas, tiendas, comercios semivacíos y semi-iluminados como purgatorios del pasado vencido, vaciado. Que no volvería jamás, pero que se agazapaba en lo que se había quedado, en los que se habían quedado. El pasado se había ido. Sus guardianes secretos se habían quedado. Nada. Salvo esas casas del espíritu, de la liturgia, de la resistencia. O de la mera reproducción del ser.

Nada. Salvo sentido. Había sentido, y, todavía, también había miedo. Esperanza. Había sentido porque había miedo. Había miedo porque todavía existía una verdad umbilical, o compartida (a favor o en contra) que se podía decir, que se debía decir. Porque se sabía, o era posible saberla, averiguarla. Y quemaba. A favor. En contra. Verdad que concernía a todos. Porque decir era actuar. Y había miedo a perder la esperanza. O miedo ya de haberla perdido. Había un país. Porque país no es solo territorio compartido, administrado, vivido en común espacial y temporalmente. País ni siquiera es solo historia compartida, recordada, releída, reescrita, recreada. País es proyecto que nos define, por el cual vivimos, a favor o en contra. Por el cual, es decir, a causa de él. País es sueño de sí mismo. Lo que habrá de venir. Patria. Hoy, y ni siquiera solo para el snob, el diletante, el pedante, ventrílocuo, que se pasea con su máscara de Deleuze por El Nuevo Herald (o con su fraseología: ¿Entienden, han entendido alguna vez algo estos turistas de la otredad que no les toca, que les queda grande, pequeña? ¿Se han enterado alguna vez de dónde nacieron, de dónde vienen y de por qué vivieron en ese lugar de la forma en que lo hicieron y lo dejaron de hacer?) —el snob, el diletante, el pedante, el amateur, esas nefastas especies de nuestro subdesarrollo jamás en extinción—, y, con ellos todos, la chatura sin ala, sin temblor, hoy la vida vuelve a ser intercambio de temporalidades, de sinsentidos.

Ah, los artistas, y los intelectuales, y su libertad de (para) no ser nada. De aparentar o parecer algo, todo. O alguien. Cualquier cosa. De ser, únicamente, su propia irresponsabilidad. La irresponsabilidad de los intelectuales. Su propia errancia á la carte. Hoy aquí, mañana allá. Hoy Hannah Arendt (trite), mañana Buda (lite). No ven la televisión, no leen el periódico, no pertenecen a nada, no participan en nada, no van a ningún acto, no creen en nada, no van a nada. La frase, después de todo, es exacta. No van a nada. Van, en todo caso, a ellos mismos. Pero ¿cuál es su mismo? No van a nada. No van a nadie.

Y luego, como siempre—nunca faltan—esa manía, tan extraña, tan molesta, del que anda en muletas (naturales o adquiridas) aconsejando cómo andar, o adónde, al que anda sin ellas, al que sabe adónde y cómo quiere ir. Sin muletas. “Lo que sí te puedo asegurar (sic) es que con ese nombre—algunos dicen nombrecito— no vas a ningún lugar”. El nombre—el nombrecito—es, por supuesto, Patrias. “Patrias. Actos y Letras”—más que ripostar, preciso yo. Como si importara. Como si les importara. No. El problema es la palabra (la palabrita). Patria. Imagine usted patrias. Sobre todo para quien no quiere caldo. Y uno se pregunta a qué viene este cultivo, tan festinado, y tan insolente, de la orfandad, del desarraigo, a qué viene, de dónde, este carnaval de identidades infinitamente renovables, intercambiables, de verdades sustituibles, desechables. Sin repuesto. Pero sobre todo sin continuidad, sin comunidad. ¿Dónde está la verdad de todas estas (presuntas) verdades en competencia? La irresponsabilidad de los intelectuales. Mimados. Sin patria. ¿Sin amo?

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