Soledad y presencia de Carlos Manuel

March 11, 2017

"Cualquiera que haya sido su acierto como gobernante, tiene dos hechos que hacen su apología y lo harán siempre el primero entre los cubanos: el levantamiento en la Demajagua y su conducta cuando fue depuesto. Para que nada falte á (sic) su legítima gloria, la pone más de relieve el criminal abandono en que quedó sumido por la ingratitud de sus conciudadanos, viniendo á (sic) morir, ya casi ciego, solo entre abrupta sierra, el primero de los cubanos que consiguió dar á (sic) su país y á (sic) sus paisanos patria y honra."

Enrique Collazo, Desde Yara hasta el Zanjón, Ediciones Centenario 1868, Instituto Cubano del Libro, [La Habana], 1967, p. 39.

 

Ningún epitafio mejor que esas palabras con las que Enrique Collazo cierra su semblanza de Céspedes en su libro Desde Yara hasta el Zanjón. He escuchado a otros insinuar "traición" donde Collazo escribe "criminal abandono". Estimo que hablar de traición es más apropiado, sobre todo si aceptamos como bueno el informe español publicado como apéndice del diario del Padre de la Patria: "Parece que el Bon de San Quintin (ó sea su jefe) recibió un aviso ó confidencia del punto donde se encontraba el expresidente; y que este aviso se lo dió un negro presentado que habia sido sirviente, ordenanza ó asistente (algunos dicen que fue esclavo) del Presidente, Marques de Santa Lucia el C. Salvador Cisneros." Pero Collazo, como prologa el historiador cubano, injustamente olvidado, Julio Le Riverend, escribe esta obra como una "de exaltación y de enseñanza". Ese ha sido, al publicar, y de paso digitalizar por primera vez, El Diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes, edición al cuidado de Eusebio Leal Spengler (Ediciones Boloña, [La Habana], 1998), el propósito de Patrias. Actos y Letras: transcribir las páginas de quien lo sacrificara todo (y aquí el adverbio no es gratuito) por una patria que apenas se intuía, para que hoy, a casi ciento cincuenta años del acto de la Demajagua y sesenta del triunfo de la Revolución del cincuenta y nueve, sirva esta letra de Patrias [como] "un buen antídoto contra la amargura, la decepción o las discrepancias", tal como escribiera Le Riverend del libro de Collazo.

 

Carlos Manuel de Céspedes cae en desigual combate, en emboscada concebida desde la traición, el 27 de febrero de 1874, a poco más de cinco años de haberlo dejado todo, familia y riqueza, para salir a la manigua. Ese día, en unas horas, habrá terminado todo para quien ha pasado a la historia como padre de la patria. No me cabe la menor duda de que Carlos Manuel de Céspedes escribió este diario para que fuera leído: las cosas que revela y las que oculta, los juicios que hace sobre personas y acontecimientos, el lenguaje que usa para expresar las ideas, aun cuando los usos de abreviaturas, la acentuación y la ortografía sean descuidados e inconsistentes. Todo esto lleva a pensar que el iniciador de las guerras por la independencia de Cuba deseaba que sus ideas y comentarios se conociesen. Sin embargo, no se nota ningún tremendismo ni apelaciones ridículas al destino en sus escritos —son páginas que él, consciente de su papel en el proceso de independencia de la isla del dominio colonial, considera que deben guardarse para que su versión sobre los sucesos que acontecieron antes y después de su deposición fuera de dominio público y, de esa manera, su responsabilidad quedara establecida. Hombre de gran sentido del decoro y la responsabilidad, narra de forma sencilla y llana su vida en la manigua, sus relaciones cordiales con los más sencillos pobladores, sus aprehensiones con cualquier forma de ordinariez o vulgaridad y sus concepciones políticas, que no siempre se corresponden con las circunstancias de la guerra. Hay ocasiones en que parece flaquear y se alegra de haber sido relevado de las presiones e incomodidades de su alta magistratura. Pero su espíritu patriótico y sus principios revolucionarios e independentistas despejan esas dudas que lo aquejan. Su vida después de la deposición y su muerte atestiguan que prevaleció su compromiso con la patria antes que la frustración ante tanta maledicencia y prevaricación por parte de ciertos "patriotas" tan “civiles” como cobardes.

 

No fue escritor inspirado o, quizás, el rigor de la vida que llevó lo obligó a ser preciso, a prescindir del vuelo. Las condiciones de vida, transporte y alimentación que anota y describe en el diario son de una dureza desafiante y aleccionadora. Hambre y necesidad, precariedad de la indumentaria, los alimentos, la habitación —todo esto es descrito a menudo, con lujo de detalles, aunque no hay quejas, solo es constatación para la posteridad de las duras condiciones en que la revolución, como anota él en su diario, se desarrolló.

 

Casi todas las entradas del diario refieren, con diferente frecuencia, los estados del tiempo —existe como una voluntad meteorológica en el que lleva un diario; en otros hay vocación de naturalista, que registra cuanta especie animal o vegetal se encuentra en su camino; o si se trata de alguien que vive en una ciudad, un sociólogo de a pie. El diario de Céspedes no es una excepción; aunque reconoce que apenas sabe de vegetación y minería, anota cosas que le resultan curiosas o interesantes. Describe los terrenos, los caminos, los ríos o riachuelos, las montañas, las personas con quienes se cruza, los ranchos que visita. El lector aprende a escuchar términos con los que se refiere a enfermedades o comidas totalmente desconocidas para los lectores cubanos de hoy.

 

Una de las cosas que más me inquieta de El Diario perdido es la pregunta sobre cómo habría sido una conversación entre él y alguno de nosotros, atendiendo sólo al uso y los giros del lenguaje — como si habláramos dos "españoles" diferentes. Nosotros estamos en mejor posición para entenderlo a él. También está la pregunta sobre los lugares en los que vivió y peleó. ¿Sería él capaz de reconocerlos? Algunos nombres propios de lugares y personas son como recordatorios de un pasado que apenas encuentra continuidad en el presente. El diario de Céspedes se puede leer no sólo como documento histórico y político, sino también como catauro de modismos del habla cubana de la segunda mitad del diecinueve, de coloquialismos y de costumbres ya perdidas, olvidadas, de comidas hoy desparecidas de la dieta ordinaria, de accidentes geográficos y especies vegetales que o han desaparecido, o se han transformado al punto de haberse vuelto irreconocibles.

 

En los meses transcurridos mientras transcribía el diario de Céspedes entrada por entrada, cada entrada en su fecha correspondiente, una entrada al día, dos personas siempre me acompañaron —el padre Carlos Manuel de Céspedes, homónimo y tataranieto del jefe revolucionario, y mi abuela, María Gregoria Esher Vinajeras y Alonso, cuya madre, Amelia Alonso Pérez, nació en 1875. El primero por razones obvias y porque durante los años en que disfruté su amistad, me contó muchas anécdotas que había oído de sus mayores y las razones de los nombres de todos sus familiares, y su cálido trato, su amabilidad y su cubanía sin estridencia que todavía hoy me acompaña como modelo a seguir; y mi abuela, porque su madre nació en medio de la contienda del '68, y porque siempre cantaba esas canciones apenas recordadas hoy, tan patrióticas y tan sentidas y tan sobrias, y por los almuerzos que disfrutamos los dos hablándome de la patria, de los próceres de la patria como si los hubiera conocido de primera mano.

 

Patrias. Actos y Letras ha querido contribuir, con la digitalización de este diario, y con los otros que ha publicado o sigue publicando, en su sección Presencias (presente está o es solo lo que nos acompaña, y vigila y exige, siempre) a difundir más ampliamente y acercar (acercándonos) obras que re-afirmen la voluntad de independencia y soberanía y de justicia que sigue, aunque tantos no quieran, definiendo (y salvando) a Cuba, en momentos en que tantos sujetos transnacionales, tantos intelectuales llamados postmodernos (y post-revolucionarios, post-patrióticos, post-morales, post-todo lo que los exima de sacrificio y responsabilidad y, sobre todo, de la incómoda pero ineludible verdad de que la vida no se puede ni comprender ni vivir con sentido de servicio y deber sin la consciencia y la presencia constantes de la muerte, de los muertos), y tantos advenedizos miembros de la sociedad civil, abogan abiertamente, sino por la anexión, sí por una relación de neo-dependencia que nos devuelva al lugar de donde, según estos apabullados por lo grande, y por los grandes, de Carlos Manuel a sus reencarnaciones, pasando por los anónimos de ayer y de hoy, nunca debimos habernos ido, la República a medias, y en cuatro patas.

 

 

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