Soplando donde quiere, donde nunca jamás se lo imaginan

November 26, 2016

 

 

A las conquistas o logros de la Revolución Cubana, por usar los términos con los que suele calificarse lo que de la Revolución—con mayúscula siempre, pues la nuestra, desde el afecto y la lealtad (que puede ser incondicional y a la vez crítica, ardua, incómoda, extenuante, a ratos extenuada, a veces incluso extraviada) o desde el odio y el deseo de venganza, casi siempre fáciles, cómodos (la contrarrevolución no le exige a su rebaño el menor de los sacrificios, ni siquiera una guardia en el parqueo de La Carreta o el Versailles, una guardia de mentirita para proteger a esos templos del exilio no histórico, sino de lo histórico, el exilio de quienes se exilian de la historia, y de paso marcar tarjeta como tipo no solo estulto y obeso, sino también duro), exagerados, desproporcionados, incoherentes, sospechosamente súbitos o personales e invariablemente autodestructivos, la nuestra, sí, porque ha sido responsabilidad de todos, hasta de los indiferentes, la nuestra no ha sido jamás minúscula, ni en el desprecio de sus más encarnizados odiadores y vendettieros—ha bastado para que todavía, fuera de sus capitales, las del exilio, cada vez más provincianas o cada vez menos verticales, en Miami o Barcelona, en París o Union City, en Nueva York o en La Habana (que a La Habana, también, le sobran contrarrevolucionarios, y de los peores, de los que ni siquiera salen a la calle a festejar sus pírricos resarcimientos, como la muerte de “Castro”, alguien que ni siquiera ha existido más allá de maniqueas ficciones subversivas o electorales, o más allá del mero despecho, y nauseabundos oportunismo y descaro, de ex ministros, ex ayudantes, ex guardaespaldas, ex amantes y hasta ex nueras, la mayoría ni siquiera salen a sus blogs)—, la contrarrevolución cubana (y en eso ni la venezolana la supera) sea a la vez la más bufa, la del récord menos impresionante o más dudoso y la más lastimera de todas; a esas conquistas o esos logros, iba a decir yo, habrá que comenzar a añadir, al menos oficialmente (pues este es un secreto no muy bien guardado entre los leales incómodos e incomodados entre los que me cuento, o me han contado), el de lo inconvincente-, monótona-, predecible-, patética-, abrumadoramente impresentable que es y siempre ha sido la contrarrevolución cubana (ambas, siempre, con minúscula, como corresponde a lo pequeño y lo mercenario), disfrazada, es decir, re-lexicalizada desde hace mucho (desde que en los pantanos de Miami, por ejemplo, ni Alpha 66 podía hacer heder en paz, suficientemente lejos de la gente bien, su irrelevancia y su artificialidad) de oposición, disidencia, damas, parchís, dominó (yo pasé por ahí, a pesar de mí mismo, so been there done that, but no more, error hace mucho corregido que no ocultado y del que responsabilizo también al más vivo de los difuntos, no hard feelings, ni él me entendió entonces ni yo a él, pero él, quién lo va a negar, tenía en las manos un problema mucho mayor que el que tenía yo: dirigir el país que ya existía y mantenerlo a flote en la posibilidad de su destino e identidad propios y diferentes era algo mucho más complejo y difícil que sencillamente imaginar uno que habría podido ser mejor, un poco mejor, incluso perfecto: independencia nacional, soberanía política, justicia social, democracia política, prosperidad económica, y todo el imposible y demagogo recetario socialdemócrata para bobos del Tercer Mundo, como si el Tercer Mundo existiera en un Mundo Ideal) y, de paso, comprometer hasta la posibilidad de que el país siguiera existiendo, siendo, punto.

 

La misma inconvincente-, monótona-, predecible-, patética-, abrumadoramente impresentable contrarrevolución que se ha tirado a la calle, en Miami o en Facebook (sobre todo en Facebook, donde uno puede descubrir, mira que yo trato de ni tratar de averiguar, de no andar merodeando por ahí por donde nada se me ha perdido, contrarrevolucionarios incluso al parecer educados, inteligentes—a veces solo ocurrentes, que no es lo mismo ni tiene el mismo fijador—, informados, correctos, equilibrados, elegantes, pausados, ecuánimes, flemáticos, o con la más fina ironía siempre a flor de labios en vez de espumosa saliva gritona, “abiertos”—siempre a la posibilidad de pasarte cuchilla si no piensas como ellos, pero dispuestos a hacerlo sin hacerte un rasguño ni dejarte ninguna incómoda cicatriz— a celebrar, con la histeria y la chapucería propias de quien probablemente sospeche que esta es la última pachanga que le queda en esa bobería y carnaval agotados, en ese negocio que ya no da más, de matar a Fidel, la muerte a la vez más anunciada y prematura de todas. Pues Fidel, sí, señores tan ofendidos y traumatizados por la mera posibilidad de que alguien, incluso desde el disenso ocasional, sienta admiración, respeto, afecto, por el hombre real, contradictorio e imperfecto, pero incondicional- e innegociablemente consagrado a lo que ningún otro de sus contemporáneos hubiese podido o hasta querido hacer: transformar a Cuba, de país pasmado y a la vez podrido que era en semilla no solo de una nueva cubanidad sino incluso de una nueva humanidad, al precio que lo radical (es decir, lo raigal) por necesario siempre tiene, ese mismo Fidel en que apenas se basa, y ello solo selectiva, incoherentemente, ese invento americano-cubano (no cubano-americano, sino americano-cubano, o, para ser más exactos, americano, punto) llamado “Castro”, el tirano, el dictador, el sátrapa, el asesino, el torturador, etc., etc., etc., ese mismo Fidel cuya sobrevida (Fidel se puede morir una sola vez y ya ese problema ha quedado resuelto: ya Fidel se murió, y de alguna manera, por decisión propia, ya había empezado a morir desde 2006 o 2008, y ahora no le queda sino seguir sobreviviendo), no ha sufrido sino su último posible revés (el del cuerpo) y emprendido el camino hacia su próxima posible victoria, victoria que ya celebran, por su propia posibilidad, con dolor y optimismo y hasta un poco de orgullo en la dignidad compartida, e irán a celebrar, pero sobre todo a consumar, otros, muchos más, muchísimos más, soplando donde quiere, donde nunca jamás se lo imaginan.

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