Imperio, veinte años después ­Michael Hardt y Antonio Negri

Publicado originalmente en New Left Review, 120, Nov/Dec 2019 (págs. 67-92). Traducido del inglés, por primera vez al español, para Patrias. Actos y Letras por Rolando Prats y Humberto T. Fernández. Se publica este texto de Michael Hardt y Antonio Negri en diálogo con sendas reseñas de Samir Amin (1931-2018), una y otra aparecidas en Monthly Review; la primera, publicada en inglés en octubre de 2005, y traducida ahora al español por Rolando Prats (véase "Imperio y Multitud"), sobre Imperio y Multitud: Guerra y democracia en la era del Imperio; y la segunda, publicada igualmente en inglés en noviembre de 2014—también traducida por Rolando Prats y de próxima aparición en Patrias. Actos y Letras, sobre Commonwealth: El proyecto de una revolución del común, obras todas escritas conjuntamente por Hardt y Negri. En la contraposición de ambas visiones, la de Hardt y Negri, por un lado, y la de Amin, por el otro, confiamos en abrir una brecha que apunte hacia una salida que supere las carencias teóricas e interpretativas de una y otra, en deuda con las ganancias respectivas, pero a la vez liberados tanto del aperturismo ecléctico, identitario y aditivo de Hardt y Negri—no obstante sus advertencias de lo contrario—como del reduccionismo dogmático de Samir Amin—"el discurso de Hardt y Negri" no es el "del liberalismo estadounidense"—, cuya visión de la contradicción fundamental de la época, entre el centro imperialista y su periferia, es de otro modo sostenidamente coherente, pertinente y alerta. (Rolando Prats, Editor).

Hace veinte años, cuando se publicó por primera vez nuestra obra Empire, los procesos económicos y culturales de la globalización ocupaban el centro de la atención: todos podíamos ver que estaba surgiendo un orden mundial de nuevo tipo. Hoy la globalización vuelve a ser una cuestión fundamental, pero esta vez lo que ocupa a los comentaristas de todo el espectro político es su autopsia. Los analistas políticos del establishment, especialmente en Europa y Norteamérica, lamentan el declive del orden internacional liberal y la muerte de la Pax Americana. Las nuevas fuerzas reaccionarias dominantes abogan por el retorno de la soberanía nacional, socavando así los pactos comerciales y presagiando guerras comerciales, denunciando a las instituciones supranacionales y a las élites cosmopolitas, mientras atizan las llamas del racismo y la violencia contra los inmigrantes. Incluso en la izquierda, algunos pregonan una renovada soberanía nacional que sirva de arma defensiva contra las depredaciones del neoliberalismo, las empresas transnacionales y las élites globales.

 

A pesar de tales pronósticos, a la vez anhelantes y angustiosos, la globalización no está muerta o siquiera en declive, sino que simplemente no es tan fácilmente legible como solía ser. Es cierto que el orden mundial y las estructuras de mando mundial que lo acompañan están en crisis por doquier, pero las diversas crisis de hoy en día no impiden, paradójicamente, que las estructuras mundiales mantengan su dominio. El orden mundial emergente, como el propio capital, funciona a través de crisis y hasta se alimenta de ellas. En más de un sentido, no puede funcionar sino estropeándose[1]. El hecho de que los procesos de globalización sean hoy menos legibles hace que sea más importante investigar las tendencias de los últimos veinte años tanto en la abigarrada constitución de la gobernanza global, que comprende los poderes de los Estados-nación pero se extiende mucho más allá de ellos, como en las estructuras globales de producción y reproducción capitalistas.

 

Saber interpretar las estructuras primarias de dominación y explotación en un contexto global es la clave para reconocer y fomentar las potenciales fuerzas de revuelta y liberación. El orden mundial y las redes de capital que están surgiendo constituyen sin duda alguna una operación ofensiva, contra la cual debemos apoyar los esfuerzos de resistencia; pero también deben reconocerse como respuestas a las amenazas y demandas que plantea la larga historia de internacionalismos revolucionarios y luchas de liberación. Al igual que el Imperio de hoy en día se formó en respuesta a las insurgencias de las multitudes desde abajo, también existe la posibilidad de que sea derribado por estas, siempre y cuando esas multitudes puedan convertir sus fuerzas en contrapoderes efectivos, y trazar el camino hacia una forma alternativa de organización social. Los movimientos sociales y políticos de la actualidad apuntan ya, en muchos sentidos, en esa dirección.

 

 

1. Esferas desincronizadas

 

Imaginemos que las crisis actuales del Imperio tienen lugar en dos esferas anidadas una dentro de otra—las redes planetarias de producción y reproducción sociales y la constitución de la gobernanza global— que están cada vez más fuera de sincronía. La esfera interna, el dominio planetario de la producción y reproducción sociales, está constituida por redes de comunicación cada vez más complejas y densamente interconectadas, infraestructuras materiales e inmateriales, líneas de transporte aéreo, acuático y terrestre, cables transoceánicos y sistemas de satélites, redes sociales y financieras, y múltiples interacciones superpuestas entre los ecosistemas, los seres humanos y otras especies. Formas tradicionales de producción económica localizada, como la agricultura y la minería, persisten dentro de esa esfera planetaria; pero son progresivamente absorbidas, dinamizadas y, en muchos casos, amenazadas por esos circuitos intercontinentales. La fuerza laboral también se ve atraída y limitada por la red planetaria de mercados, infraestructuras, leyes y regímenes fronterizos. Los procesos de valorización y explotación están regidos por una línea de ensamblaje global harto abigarrada, y, sin embargo, integrada. Por último, las instituciones de reproducción social y los circuitos de metabolismo ecológico podrán seguir siendo locales, pero también dependen de sistemas dinámicos cada vez más grandes y a menudo se ven amenazadas por estos.

 

Esos sistemas planetarios subsumen, tanto en términos reales como formales, diversas prácticas de producción y reproducción sociales, a través de espacios y temporalidades dispares. El hecho de que esa esfera sea tan heterogénea, compuesta de fronteras y jerarquías que proliferan a varias escalas —dentro de cada metrópoli, nación-Estado, región, continente— no debería impedirnos reconocerla como un todo coherente, aunque harto abigarrado: un único y denso conjunto planetario[2]. Esa interconectividad se torna más evidente, quizás, cuando nos enfrentamos a nuestra vulnerabilidad compartida: ante la devastación nuclear o el catastrófico cambio climático, se ve amenazada toda la red de seres vivos y tecnologías, sin que nada ni nadie pueda salir indemne.

 

Alrededor de esa esfera de producción y reproducción sociales, se encuentra una segunda esfera, que la envuelve, compuesta por sistemas políticos y jurídicos entrelazados en diferentes niveles: gobiernos nacionales, acuerdos jurídicos internacionales, instituciones supranacionales, redes empresariales, zonas económicas especiales y más. No se trata de un Estado global. A medida que se desvanece toda pretensión de soberanía nacional, lo que en su lugar emerge con frecuencia cada vez mayor son regímenes transnacionales de gobernanza. Esas estructuras superpuestas conforman una constitución mixta, que analizaremos con más detalle a continuación. En toda la superficie de esa esfera, las riendas del gobierno están principalmente en manos de los propietarios del mundo a sus pies —capitanes industriales, barones financieros, élites políticas y magnates de los medios de comunicación.

 

A medida que la contrarrevolución neoliberal ha ido ganando terreno, las dos esferas se han ido desuniendo cada vez más. Giran en ejes separados y ocasionalmente chocan entre sí. Mientras que los proyectos reformistas del siglo XX, como la política del New Deal —o, a nivel internacional, el sistema de Bretton Woods bajo la hegemonía estadounidense— aspiraban a un 'liberalismo incrustado' para estabilizar las relaciones entre las dos esferas, fomentar el desarrollo capitalista y mantener las jerarquías en todos los niveles del sistema global, la contrarrevolución neoliberal ha creado una esfera de gobernanza sin ninguna relación estructural estable con la esfera de la producción y la reproducción sociales[3].

 

La gobernanza imperial neoliberal no busca tal mediación y se esfuerza solamente por gobernar la esfera interna y extraer valor de esta ‎última. El hecho de que los circuitos productivos y reproductivos de la esfera interna sean cada vez más autónomos no impide que la esfera de la gobernanza neoliberal ejerza su dominio: por medio de mecanismos monetarios puede medir el valor que se produce en la esfera interna y, mediante diversos instrumentos de financiación y endeudamiento, extraer de dicha esfera el máximo valor posible en forma de dividendo. Aunque ello implique inevitablemente la proliferación de crisis económicas y financieras, éstas no son señales de un derrumbe inminente, sino, por el contrario, mecanismos de gobierno.

 

 

Fortuna de la hegemonía estadounidense

 

No obstante, el hecho de que las dos esferas estén cada vez más desincronizadas es solamente una parte de la historia. Es necesario examinar más de cerca la composición de cada esfera, para medir sus poderes y evaluar sus perspectivas. Comencemos dando un paso atrás para describir cómo han cambiado las estructuras del orden global en los últimos veinte años, con la mirada puesta en cómo hoy se han abierto posibles vías para las multitudes que las resisten y las desafían.

 

A principios de los años 90, tras el derrumbe de la Unión Soviética y a medida que las relaciones económicas, políticas y culturales se extendían de forma novedosa más allá del alcance de los poderes soberanos nacionales, el Presidente de los Estados Unidos proclamó los albores de un nuevo orden mundial. En ese momento, partidarios y críticos por igual en su mayoría dieron por sentado que los Estados Unidos, tras salir "victoriosos" de la Guerra Fría como única superpotencia todavía en pie, ejercerían su incomparable poder duro y blando, asumiendo una responsabilidad cada vez mayor y ejerciendo un control cada vez más unilateral sobre los asuntos mundiales. Una década más tarde, mientras las tropas estadounidenses entraban victoriosas en Bagdad, parecía que el nuevo orden mundial anunciado por Bush padre estaba siendo materializado por Bush hijo. La ocupación del Iraq y el Afganistán por los Estados Unidos prometió "rehacer el Oriente Medio" al tiempo que creara economías neoliberales puras a partir de las cenizas de la invasión. Los neoconservadores flexionaban sus músculos, y los críticos denunciaban un nuevo imperialismo estadounidense.

 

Visto desde hoy, es obvio que el poder unilateralista de los Estados Unidos era ya limitado y que las ambiciones imperialistas de Washington eran vanas. El imperialismo estadounidense había sido socavado no por la virtud ilustrada de sus líderes o la rectitud republicana de su espíritu nacional, sino simplemente por las carencias de su fuerza económica, política y militar.

 

Los Estados Unidos podían derribar el régimen de los talibanes o el de los baazistas (y, de paso, causar una trágica destrucción), pero no podían lograr la hegemonía estable que se requiere de una verdadera potencia imperialista. Actualmente, tras décadas de fracasos en la “guerra contra el terrorismo” en el Afganistán y en el Iraq, pocos podrán albergar suficiente fe en los beneficios de un sistema global liderado por los Estados Unidos o en la capacidad de estos para crear un orden estable[4]. Desde la elección de Trump, los comentaristas no han dejado de retorcerse las manos mientras se preguntan si el orden internacional liberal podrá sobrevivir. En realidad, la Pax Americana, y el momento en que los Estados Unidos habrían podido echar unilateralmente el ancla de un orden institucional global, se esfumaron mucho antes de que Trump entrara en escena[5].

 

Esta nueva situación atañe no sólo a los Estados Unidos: ningún Estado-nación es hoy capaz de organizar y dirigir de forma unilateral el orden mundial. Aquellos que diagnostican la disminución de la hegemonía global estadounidense —Giovanni Arrighi fue uno de los primeros y más perspicaces— proyectan generalmente a otro Estado como sucesor en ese papel hegemónico: de la misma manera que el manto de potencia hegemónica global pasó a principios del siglo XX de Gran Bretaña a los Estados Unidos—sostienen—, también hoy, en que se desvanece la estrella de los Estados Unidos, deberá comenzar a refulgir la de otro Estado, y es China el primer candidato a ocupar esa posición[6]. En cambio, los comentaristas institucionales liberales se aferran a la creencia de que, a pesar del desorden internacional sembrado por Trump, la estrella de los Estados Unidos sigue brillando en el mundo, y de que se exagera al hablar del declive relativo de sus poderes militares, económicos y políticos. Para esos comentaristas, los Estados Unidos siguen siendo el único contendiente por la hegemonía global[7]. Hay algo de verdad en esos argumentos; pero el punto más importante es que el papel de los Estados Unidos, así como el de potencias emergentes como China, debe entenderse no en términos de hegemonía unipolar, sino como parte de la intensa competencia entre los Estados-nación en los peldaños de la constitución mixta del Imperio. El hecho de que ningún Estado-nación sea capaz de desempeñar el papel hegemónico en el orden global emergente no es un diagnóstico de caos y desorden, sino que revela el surgimiento de una nueva estructura de poder global —y, de hecho, una nueva forma de soberanía.

 

 

 

 

 

Para nosotros la cuestión más importante es la siguiente: ¿cómo puede una multiplicidad actuar políticamente, con el poder sostenido de provocar una verdadera transformación social?

 

Michael Hardt

 

 

2. Constitución mixta del Imperio

 

Cuando Polibio zarpó de Grecia en el siglo II a.C., encontró en el corazón del imperio romano una novedosa estructura de poder. Los pensadores anteriores —Heródoto y Platón, en particular— sostenían que existían tres formas básicas de gobierno, definidas geométricamente: el gobierno de uno, o la monarquía; el gobierno de unos pocos, o la aristocracia; y el gobierno de muchos, o la democracia (cada una de ellas corresponde también a una forma negativa: tiranía, oligarquía y oclocracia). Aquellos pensadores habían analizado las virtudes relativas de cada constitución y entendían la historia política en términos del paso de una constitución a otra. La novedad de Roma, según Polibio, radicaba en su constitución mixta: no una alternancia entre las formas de gobierno, sino una combinación de las tres[8].

 

Hace veinte años, denominamos "Imperio" el orden emergente de hoy en día para indicar esa constitución mixta del gobierno global. Este Imperio no es un Estado global, ni crea una estructura unificada y centralizada de gobierno[9]. Aunque los esquemas convencionales utilizados anteriormente para entender las divisiones globales —Primer y Tercer Mundo, centro y periferia, Este y Oeste, Norte y Sur— han perdido gran parte de su poder explicativo, la globalización actual no es un simple proceso de homogeneización, sino que implica, en igual medida, procesos de homogeneización y heterogeneización. Más que crear un espacio único y homogéneo, el surgimiento del Imperio conlleva la proliferación de fronteras y jerarquías en todas las escalas geográficas, desde el espacio de una sola metrópoli hasta el de los grandes continentes.

 

Podemos esbozar aquí sólo algunos de los cambios más dramáticos en la constitución imperial de los últimos veinte años. En el plano monárquico, el desarrollo más sorprendente ha sido el vaciamiento del centro. En los años 90, aunque se había desvanecido su estrella, los Estados Unidos seguían ocupando posiciones centrales en los principales ámbitos de poder. La bomba, el dólar y la red —Washington, Wall Street y Hollywood/Silicon Valley— eran capaces de ejercer una fuerza monárquica y, por tanto, de mantener en esos dominios algo así como el "gobierno de uno". La superioridad de los Estados Unidos en los ámbitos del poder duro y blando continúa hoy, pero sobre cimientos cada vez más inestables y con límites más estrictos. En primer lugar, el formidable arsenal militar estadounidense—sus municiones nucleares, drones, sistemas de vigilancia y aparatos tecnológicos sofisticados, junto con sus bases militares y ejércitos permanentes— sigue siendo significativamente superior al de otras naciones (y más costoso). Pero la derrota de las fuerzas estadounidenses en Vietnam y sus fracasos en el Afganistán y el Iraq han dejado en claro que, a pesar de su capacidad de destrucción en constante aumento, las capacidades monárquicas de la maquinaria militar estadounidense son hoy más tenues.

 

En segundo lugar, la monarquía del dólar, la hegemonía financiera y monetaria de los Estados Unidos, que parecía sólida hace veinte años, se ha ido debilitando progresivamente. Al igual que con el poder militar, también en ese ámbito el trono ya se encontraba en una situación inestable, la que se remontaba al menos a la desvinculación del dólar del patrón oro en 1971. Según Timothy Geithner, desde los años noventa, el sistema financiero y monetario estadounidense se ha mantenido "desafiando la gravedad"[10]. Esos cimientos tambaleantes del poder monetario y financiero estadounidense se vieron confirmados por la crisis financiera de 2008, que volvió a poner en tela de juicio la capacidad de los Estados Unidos para desempeñar un papel monárquico[11]. Por último, la posición monárquica de los Estados Unidos ha disminuido en el ámbito de la industria cultural y la tecnología digital. Las empresas estadounidenses siguen predominando en los mercados mundiales, pero ello se traduce cada vez menos en poder blando ejercido por los Estados Unidos en función de su hegemonía global. Aunque tienen su sede en los Estados Unidos, esas empresas operan cada vez más a escala planetaria y contribuyen sólo de manera ambigua a la imagen global del país. Por lo tanto, en los tres dominios, los Estados Unidos siguen dominando con respecto a otras naciones-Estado, y los pilares de su poder monárquico siguen en pie, pero las grietas de esos pilares son cada vez más visibles. Ello no quiere decir que algún pretendiente al trono pueda reclamarlo; por el contrario, a nivel monárquico está aumentando un relativo vacío.

 

El nivel aristocrático del Imperio, en cambio, se enfrenta a tumultuosos desafíos lanzados por potencias en ascenso y en descenso. El "gobierno de unos pocos" sobre el sistema global es ejercido en tres terrenos principales, por las grandes empresas, los Estados-nación dominantes y las instituciones supranacionales. Una intensa competencia caracteriza las relaciones entre los actores al interior de cada uno de esos terrenos; por ejemplo, empresas versus Estados-nación, o Estados-nación versus instituciones supranacionales. Las posiciones relativas en el seno de las jerarquías globales en cada terreno han cambiado en los últimos veinte años. Mientras que la fortuna de China ha ido en rápido aumento, la de otros países emergentes que parecían dispuestos a seguirle los pasos se ha tambaleado, al menos por el momento. En la cima de las valoraciones bursátiles, General Motors y General Electric han sido suplantadas por Apple y Alibaba. Esas tendencias competitivas son en extremo importantes y meritan un análisis detallado, pero nuestro principal interés radica en reconocer que, a pesar de la cacofonía que emana de sus conflictos, las diversas fuerzas aristocráticas en realidad están tocando la misma partitura. O, para cambiar de metáfora, son como caballeros que, a pesar de las batallas campales entre sí, viven todos al servicio de un código caballeresco común y del orden social al que ese código corresponde.

 

Lo más importante en este nivel aristocrático del Imperio es la medida en que, a pesar de las apariencias, sus contornos generales permanecen inalterados. Desde esa perspectiva, el tan anunciado retorno del Estado-nación —junto con la retórica nacionalista, las amenazas de guerras comerciales y las políticas proteccionistas— debe entenderse no como fractura del sistema global, sino más bien como otras tantas maniobras tácticas en la competencia entre las potencias aristocráticas. America first!, Prima l'Italia y Brexit son el clamor quejumbroso de quienes temen verse desplazados de sus posiciones de privilegio en el sistema global. Al igual que los campesinos franceses conservadores a quienes Marx describió como movilizados por el recuerdo de la gloria napoleónica perdida (y que anhelaban que Francia recuperara su grandeza—to make France great again), los nacionalistas reaccionarios de hoy aspiran no tanto a separarse del orden mundial como a hacer regresar los peldaños de la jerarquía mundial a su legítima posición. De manera similar, los conflictos entre los Estados nacionales dominantes y la infraestructura supranacional —pensemos en Trump despotricando contra el “globalismo” en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2018— son una estratagema para lograr una posición más dominante dentro del sistema global y no un ataque contra ese sistema. Las élites que dirigen los Estados nacionales y las instituciones supranacionales dominantes responden todas a los dictados de una ideología neoliberal irrevocablemente dedicada a construir y mantener el orden global capitalista[12].

 

Por último, el tercer y más amplio nivel de la constitución mixta, “el gobierno de los muchos”, necesariamente el más caótico y menos legible, está compuesto por un vasto conjunto de fuerzas. Este nivel comprende toda la panoplia de Estados-nación y empresas capitalistas subordinados, junto con las infraestructuras que los acompañan; los medios de radiodifusión y de comunicación social; las organizaciones no gubernamentales que apoyan los proyectos de los Estados y las empresas, y que a menudo reparan el daño que estos han hecho; las asociaciones religiosas que son en sí mismas una fuerza política; incluso las milicias que combaten a los Estados, o que afirman haber establecido Estados propios. Este nivel de la constitución mixta puede denominarse "democrático" sólo en el sentido más degradado del término, ya que no incluye movimientos o fuerzas antisistema que puedan suponer una grave amenaza para el funcionamiento continuo del Imperio. En cambio, la inmensa gama de fuerzas que ubicamos en este nivel, incluso cuando resisten y desafían a los poderes monárquicos y aristocráticos, sirven en última instancia para apoyar la constitución imperial en su conjunto. Foucault fue un maestro a la hora de reconocer cómo figuras aparentemente resistentes u opositoras pueden servir en última instancia para reforzar el poder dominante, al igual que la figura del delincuente fortifica al régimen disciplinario[13]. No queremos decir con esto, por supuesto, que todos los esfuerzos de resistencia sean en vano y que habrán de ser inevitablemente cooptados por el Imperio, sin dejar esperanzas en una alternativa (tampoco Foucault quiso decir nada semejante), y pronto dirigiremos nuestra atención a los movimientos que así lo corroboran.

 

 

 

 

Responder a nuestra pregunta inicial—¿cómo puede una multiplicidad decidir y actuar políticamente?—simplemente afirmando que esa multiplicidad necesita organizarse no sirve de mucho. El siguiente paso, entonces, requiere volver al concepto de clase —esta vez concebida de manera diferente— para explorar más plenamente lo que una multitud puede llegar a ser y cómo puede actuar políticamente.

 

Antonio Negri © David Levine

 

 

 

3. Nuevos internacionalismos

 

Sin embargo, centrarse en la globalización desde arriba proporciona una visión distorsionada, porque es en esencia una respuesta a —y un intento de contener— las fuerzas de la globalización desde abajo. El internacionalismo revolucionario ha sido a lo largo de la modernidad el principal impulsor de las formas y procesos de la globalización capitalista. Toda revolución moderna —de Puerto Príncipe a Shanghái, de París a La Habana— fue, en un sentido profundo, internacionalista, como lo son las corrientes más inspiradoras de la política proletaria, los movimientos anticoloniales y feministas y todas las formas de lucha de liberación. Leer desde abajo de esa manera permitió a autores como Giovanni Arrighi y Fredric Jameson reconocer que el desarrollo de la globalización neoliberal a partir de la década de 1970 fue realmente una respuesta a la confluencia o acumulación de rebeliones obreras, luchas de liberación y movimientos revolucionarios en todo el mundo en la década de 1960[14]. El reconocimiento de las estructuras de poder como respuesta no sólo tiene una función analítica sino también política. Las fuerzas más poderosas para impugnar y superar la dominación del Imperio adoptarán necesariamente la forma de nuevos internacionalismos. Es tanto más importante que nos esforcemos por identificar y cultivar los nuevos internacionalismos que están surgiendo hoy en día.

 

Una forma de reconocer el internacionalismo en acción es rastrear el desarrollo de los ciclos internacionales de lucha: aunque cada lucha puede estar intensamente enfocada en las condiciones locales y nacionales, a medida que la llama pasa de una localidad a otra, el movimiento adquiere una importancia global. Las insurrecciones nacidas en 2010-2011 en Túnez y Egipto pusieron en marcha un ciclo de ese tipo, ya que los activistas —primero en otros países del norte de África y Oriente Medio, después en España, Grecia y los Estados Unidos, y después en Turquía, el Brasil y Hong Kong— levantaron campamentos en plazas urbanas y tradujeron los reclamos de democracia a su propio lenguaje político. De manera similar, NiUnaMenos, el movimiento feminista contra la violencia sexual y el patriarcado que comenzó en Argentina, coincidiendo con las luchas polacas por los derechos reproductivos de las mujeres, se tradujo de manera innovadora a lo largo de las Américas y del otro lado del Atlántico, hasta llegar a Italia y España. Se está formando una nueva internacional feminista, basada en formas novedosas de huelga política[15].

 

A una escala mucho mayor, pero aún menos legible, la migración constituye una importante fuerza de internacionalismo y una insurrección continua contra los regímenes fronterizos de los Estados-nación y las jerarquías espaciales del sistema global. Las espectaculares peregrinaciones hacia Europa y a través de ella en el verano de 2015, a pie, en tren, por todos los medios de transporte posibles, y trasladadas ahora al traicionero cruce del Mediterráneo, han puesto en peligro a los regímenes fronterizos de Europa. De manera similar, las extraordinarias caravanas de niños y familias centroamericanas que atravesaron México en dirección a la frontera con los Estados Unidos en el otoño de 2018 sirvieron para publicitar la crisis actual del régimen fronterizo estadounidense[16]. Pero esos acontecimientos, que recibieron la más intensa cobertura de prensa, son sólo los picos de una abigarrada gama de migraciones globales, no sólo de sur a norte, sino en todas las direcciones: de Nigeria a Sudáfrica, de Bolivia a Argentina, de Myanmar a Bangladesh, y de la China rural a la urbana. Este es, por supuesto, un tipo inusual de insurrección internacionalista—de cerca, es apenas reconocible como insurrección política. La gran mayoría de los migrantes podrá no ser capaz de articular la naturaleza política de su huida, y mucho menos de entender sus acciones como parte de una lucha internacionalista; de hecho, sus travesías son sumamente individualizadas. Explícitamente, estructuras organizativas como las caravanas son raras incluso dentro de una misma corriente migratoria, por no decir entre los diversos movimientos globales. No hay un comité central, ni una plataforma, ni una declaración de principios. Y, sin embargo, las líneas de fuga de los migrantes constituyen un poder internacionalista.

 

Ya sea impulsados por motivos oficialmente sancionados, como escapar de la guerra o la persecución, o por razones deslegitimadas por las autoridades, como andar simplemente en busca de aventuras, los migrantes afirman la libertad de movilidad, que puede servir de base de las demás libertades[17]. Es necesario dar un paso atrás para distinguir el patrón del mosaico, para justipreciar la significación política de las migraciones globales como insurgencia en marcha. Tengan la seguridad de que las autoridades gobernantes reconocen la amenaza: el poder de la insurgencia lo confirman las crueles y costosas estrategias de contrainsurgencia lanzadas contra los migrantes, desde los campos de concentración respaldados por la Unión Europea en Libia hasta las políticas barbáricas que se aplican en la frontera con los Estados Unidos. La insurgencia de los migrantes, por el mero hecho de atravesarlos, amenaza con hacer que los diversos muros que segmentan el sistema global se agrieten y se desmoronen.

 

 

 

4. El capital global y el común

 

El análisis de la constitución mixta de la gobernanza global debe tener como complemento la investigación de la otra esfera, la de la producción y la reproducción—porque, aún cuando no estén sincronizadas, cada esfera requiere del apoyo de la otra. Al igual que el capital nacional necesitaba del Estado-nación para velar por sus intereses colectivos y a largo plazo, también el capital global requiere hoy de una compleja estructura de gobernanza global. La esfera de las relaciones capitalistas, así como la de la gobernanza, está compuesta por un conjunto extraordinariamente heterogéneo, conflictivo e inestable de elementos que actúan a diferentes escalas: empresas capitalistas individuales que compiten entre sí; capitales nacionales, también a menudo en conflicto; diversas formas de trabajo asalariado, no asalariado y precario—así como elementos no capitalistas, que siempre han formado parte de las sociedades capitalistas. Al igual que en la otra esfera, el registro de la heterogeneidad de los elementos no debería impedirnos reconocer el patrón general[18].

 

Esbozaremos aquí brevemente algunas direcciones clave del desarrollo del capital siguiéndoles la pista a algunas de las críticas académicas y militantes que han venido apareciendo en los últimos veinte años. (De hecho, el cuestionamiento cada vez más generalizado de la dominación capitalista ha estado acompañado de un florecimiento de los análisis marxistas y anticapitalistas). Además de revelar las nuevas y, en muchos casos, más severas formas de dominación y explotación capitalistas, un mandato primordial de la crítica de la economía política consiste en la búsqueda de semillas de resistencia y libertad dentro de los circuitos de producción y reproducción capitalistas. Para ello, nos centramos primero en las formas en que los movimientos contra la sociedad capitalista y su régimen disciplinario han funcionado como motores del desarrollo capitalista. Esta es una historia de cooptación y captura, pero también, lo cual es más importante, un índice del poder de la revuelta: allí donde existe la posibilidad de impulsar el capital también existe la posibilidad de derrocarlo. Seguidamente, examinamos las formas en que el capital, al perseguir su propio desarrollo, crea armas que, eventualmente, podrían ser utilizadas en su contra[19].

 

Lo que más nos llama la atención en los análisis de los recientes desarrollos capitalistas es el papel central que desempeña el común en sus diversas formas, desde los recursos naturales hasta el producto cultural, desde los datos biométricos hasta la cooperación social. El común es cada vez más central para la producción y reproducción sociales capitalistas —el valor que el capital acumula reside, cada vez más, en el común— y, sin embargo, también designa la posibilidad de autonomía social respecto del capital, la posibilidad de revuelta. Describamos brevemente tres terrenos clave que surgen en los análisis activos del capital, en los que el común desempeña ese papel central y paradójico: lo extractivo, lo biopolítico y lo ecosistémico.

 

Una amplia gama de análisis recientes de la producción y la reproducción capitalistas se agrupan en torno al concepto de extracción, entendido en su sentido más amplio, y destacan no sólo la expansión de prácticas extractivas tradicionales —gas, petróleo, minerales, agricultura de monocultivo— en las que en cierto sentido el valor se extrae directamente de la tierra, sino también los modos de acumulación mediante la privatización de la riqueza y las infraestructuras públicas (sistemas de transporte y comunicaciones, patrimonio cultural), así como las nuevas formas de extracción que permiten apropiarse de valores humanos y sociales —como el conocimiento, los datos, el cuidado, los circuitos de cooperación social— y acumularlos. "No sólo cuando las operaciones del capital comportan el saqueo de las riquezas materiales de la Tierra y de la biosfera—escriben Sandro Mezzadra y Brett Neilson—, sino también cuando encuentran y recurren a formas y prácticas de cooperación humana y de sociabilidad que les son externas, podemos decir que está en juego la extracción[20].”

 

La metáfora de la extracción de datos proporciona una perspectiva útil para ver cómo las operaciones extractivas tradicionales han migrado a los dominios sociales. La acumulación por medio de plataformas de medios sociales, por ejemplo, puede implicar no sólo la recolección y el procesamiento de datos proporcionados por los usuarios, sino también la creación de medios algorítmicos para capitalizar la inteligencia, el conocimiento y las relaciones sociales que aportan los usuarios[21]. Plataformas como Uber y Airbnb han transformado de manera similar las prácticas de "compartir" (sharing), que han pasado de ofrecer un bien a otros para su usufructo común a convertirse en un medio de extraer valor. Las finanzas también funcionan a través de su propio modo de extracción. En parte, por supuesto, los instrumentos financieros son herramientas de especulación y crean valores meramente "ficticios", pero las finanzas y las relaciones de endeudamiento son principalmente medios para extraer valores que se producen socialmente, fuera de la gestión directa del capital financiero. Como han hecho ya otros, vemos en este desarrollo dentro de los esquemas capitalistas de acumulación el paso de la ganancia (profit) al dividendo (rent): mientras que el capital industrial crea ganancias en gran medida mediante la gestión del proceso de producción y la imposición de formas de cooperación, las finanzas extraen dividendos de la riqueza producida, no bajo su gestión directa, sino a través de formas de cooperación productiva que les son externas[22].

 

Esos análisis de la extracción concuerdan con lo que David Harvey llama acertadamente acumulación por desposesión. Tales procesos operan principalmente a través de nuevos cercamientos (enclosures) de los bienes comunales y la extracción de riqueza, que puede residir en la tierra o en infraestructuras públicas[23]. Por último, al tiempo que condenamos la explotación y la destrucción social y ecológica que causan, hacemos hincapié en que toda forma de extracción se basa en valores producidos externamente a su esfera de gestión directa. El extractivismo hace presa de las diversas formas del común—ecológico, social y biopolítico[24]. Este proceso de depredación apunta a posibilidades que residen en el común, sobre lo cual volveremos[25].

 

Un segundo conjunto de análisis destaca el papel del común en las relaciones biopolíticas y abarca las formas cognitivas de producción y la generación de afectos y cuidados, que se extiende a los ámbitos productivo y reproductivo. Los estudios sobre el capitalismo cognitivo generalmente analizan el papel del conocimiento, la inteligencia y la ciencia en la producción contemporánea, enfatizando hasta qué punto el “intelecto general” —es decir, los conocimientos acumulados en la sociedad que en algún sentido han devenido comunes— se ha vuelto capaz de producir valor directamente[26]. Otros se centran en el trabajo digital y la producción de valor a través de redes y plataformas digitales, que en algunos casos dependen del valor generado por la atención de los usuarios[27]. Junto con la inteligencia y la atención, también los afectos son puestos en uso cada vez más en la sociedad capitalista, la mayoría de las veces de acuerdo con las jerarquías de género establecidas. Los empleos que abarcan una gran parte de la producción de afectos —enfermeras, cuidadoras a domicilio, personal administrativo de apoyo, trabajadoras domésticas asalariadas, maestras de escuela primaria, servidoras de alimentos— están mal pagados, son altamente precarios y, por lo tanto, son ocupados predominantemente por mujeres. La producción de afectos es también central en el ámbito no remunerado de la reproducción social, incluido el trabajo doméstico, que sigue siendo definido por la división del trabajo en función del género[28].

 

En esos análisis, reconocemos nuevas e intensificadas formas de explotación y dominación, junto con nuevas formas de control biopolítico, y la colonización y mercantilización de otros ámbitos de la existencia humana. Hoy en día, como muestran los estudios, las fuerzas productivas biopolíticas están circunscritas por relaciones de propiedad privada, trabajando por un salario, o subordinadas y descontadas, mientras el valor que producen sigue siendo expropiado y acumulado. Pero en ello también reconocemos la naturaleza social del común, ya que la inteligencia, el conocimiento, la atención, el afecto y el cuidado son capacidades inmediatamente sociales, definidas por acciones colectivas y su interdependencia. En esos recursos de conocimiento compartido, de inteligencia colectiva, de relaciones desmercantilizadas de afecto y cuidado y, en última instancia, en los circuitos de cooperación social, se construyen grandes depósitos biopolíticos del común, que tienen la posibilidad de autonomizarse del control capitalista.

 

Un tercer terreno de análisis aborda el común de manera todavía más directa, investigando las múltiples formas en que el desarrollo del capital destruye la tierra y sus ecosistemas. Los análisis del cambio climático, en particular, demuestran lo íntimamente ligada que está la historia del desarrollo capitalista a la extracción de combustibles fósiles. Muchos autores señalan que afirmar que las acciones humanas causan el cambio climático o que hemos entrado en el Antropoceno, como si la especie en su conjunto fuera toda responsable de las decisiones que condujeron al atolladero en que estamos, enmascara el hecho de que una clase relativamente pequeña de capitalistas en los países dominantes es realmente responsable de esa situación. Como dejan en claro esos estudios, una condición necesaria para cualquier proyecto que aspire a preservar la salud del planeta a largo plazo es desafiar y superar la primacía de la dominación capitalista[29]. El hecho de que el común esté en juego en esa esfera es inmediatamente reconocible, ya que ámbitos vitales de la vida que antes se compartían —la tierra, los mares, la atmósfera— están cerrados o degradados. Los pobres serán los que más sufran y los primeros en sufrir los efectos del cambio climático, pero con el tiempo todos sucumbirán. Sin embargo, el común es fundamental no sólo para lo que hemos perdido, sino también para las alternativas que podríamos construir. Las protestas indígenas contra la destrucción capitalista plantean con mayor claridad la necesidad de que los seres humanos establezcan una nueva relación con la tierra, caracterizada por relaciones de interdependencia y cuidado, para que la tierra sea común[30].

 

Lo que destaca en todos esos análisis del capital contemporáneo es el poder del común en todas sus formas, desde la tierra y el agua hasta los circuitos metropolitanos de cooperación social, desde los conocimientos y la inteligencia compartidos hasta las relaciones afectivas y la reproducción social. El capital se ha convertido cada vez más en un aparato de captura que hace presa del común, extrayendo los valores que en el común se producen y creando, de paso,  innumerables formas de sufrimiento y destrucción. Pero todos esos ámbitos del común, especialmente cuando se movilizan y se reúnen en relaciones de interdependencia, tienen posibilidades de alcanzar la autonomía—posibilidades de crear relaciones sociales más allá de la dominación capitalista.

 

 

5. Clase—Multitud—Clase prima

 

La multiplicidad está convirtiéndose en el horizonte exclusivo de nuestra imaginación política. Los movimientos más inspiradores de las últimas décadas, de Cochabamba a Standing Rock, de Ferguson a Ciudad del Cabo, de El Cairo a Madrid, han sido animados por multitudes. Ausencia de liderazgo es la etiqueta que a menudo se aplica a esos levantamientos, especialmente por los medios de comunicación: y, en efecto, esos movimientos rechazan las formas tradicionales de liderazgo centralizado y tratan de crear nuevas formas democráticas de expresión. Pero en lugar de describirlos como carentes de liderazgo, es más útil entenderlos como luchas de multitudes—en parte porque ello nos permite aprehender tanto sus virtudes como los desafíos a que se enfrentan. Esos movimientos han logrado importantes resultados; a menudo han aludido a un mundo alternativo y mejor. Pero por lo general han sido de corta duración y muchos han sufrido derrotas, y algunos han sido testigos de cómo se han revertido brutalmente sus logros. Se necesita algo más; y, como nos dirán los militantes de varias tendencias, se requiere urgentemente un pensamiento creativo y original sobre la organización política. No tenemos ningún interés en sermonear a esos movimientos sobre la necesidad de abandonar su multiplicidad y construir un sujeto político unificado, ya sea un consejo de dirección centralizado, un partido electoral o 'un pueblo'. No es probable que un retorno a formas tradicionales de organización se traduzca en movimientos más duraderos o eficaces; en cualquier caso, esas formas han sido explícitamente repudiadas por las sensibilidades democráticas de los propios activistas. Además, no creemos, para decirlo en términos abstractos, que sólo "el único" pueda decidir. Para nosotros la cuestión más importante es la siguiente: ¿cómo puede una multiplicidad actuar políticamente, con el poder sostenido de provocar una verdadera transformación social?

Tal vez nos sirva de ayuda, a ese respecto, dar un paso atrás de veinte años y abordar nuestra situación contemporánea desde esa perspectiva. Para explorar las posibilidades de los movimientos actuales, trazamos dos pasajes históricos y teóricos: de clase a multitud y de multitud a clase. Esto podría, al principio, parecer una acción pendular, un simple viaje de ida y vuelta; pero nos proponemos que marque un avance teórico y político, ya que la "clase" de la salida no es la misma que la de la llegada: el paso por la multitud transforma su significado. La fórmula general de organización que proponemos es, pues, C—M—C', clase—multitud—clase prima[31]. Al igual que en la fórmula de Marx, la importancia radica en la transformación que se produce en el centro del proceso. La clase prima debe ser una clase multitudinaria, una clase interseccional.

 

 

De la clase a la multitud

 

El movimiento de la clase a la multitud designa, en parte, el reconocimiento general durante las últimas décadas de que la clase obrera debe ser entendida en términos de multiplicidad, tanto dentro como fuera de su dominio—un cambio que corresponde al vaciamiento de las pretensiones de los partidos tradicionales y las instituciones sindicalistas de representar a la clase obrera. Como formación empírica, por supuesto, la clase obrera nunca ha dejado de existir. Pero como su composición interna ha cambiado —como resultado de nuevas formas de trabajo y nuevas condiciones de trabajo y relaciones salariales— se requieren nuevas investigaciones sobre la composición de la clase. En particular, éstas deben explorar los poderes de la cooperación social y del común. Por otro lado, las diferencias entre las poblaciones trabajadoras, que siempre han existido, ahora rechazan cada vez más la representación unitaria. Las diferencias entre sectores laborales—por ejemplo, entre trabajo asalariado y no asalariado, empleo estable y precario, trabajadores documentados e indocumentados—, junto con las diferencias de género, raza y nacionalidad, que en cierta medida se corresponden con esas diferencias de estatus laboral, exigen todas una expresión. Cualquier investigación sobre la actual composición de clase—y cualquier propuesta de proyectos políticos de clase—tiene que ser incorporada en un análisis interseccional. No se trata de una clase, se podría decir, si por clase se entiende un sujeto internamente unificado, o que puede ser representado como un todo unificado; se trata de una multitud, una multiplicidad irreductible.

 

Al mismo tiempo, el paso de la clase a la multitud significa que las luchas de la clase obrera, y las luchas anticapitalistas en general, deben estar conjugadas y en igualdad de condiciones con las luchas contra otros ejes de dominación: feminista, antirracista, anticolonial, queer, en contra de la discriminación de personas con discapacidades y otras (a los teóricos de la multiplicidad no les preocupan los conjuntos abiertos y las listas interminables). En ese sentido, el concepto de multitud está estrechamente aliado—y, de hecho, tiene una profunda deuda— con el análisis y la práctica interseccionales, que emerge de la práctica teórica del feminismo negro estadounidense. La interseccionalidad, en su nivel más básico, es una teoría política de la multiplicidad. Su objetivo es contrarrestar los marcos tradicionales de análisis político en torno a un solo eje mediante el reconocimiento de la naturaleza entrelazada de las jerarquías de raza, clase, sexo, género y nacionalidad. Esto significa, en primer lugar, que ninguna estructura de dominación es más importante que las demás ni reducible a ellas. Por el contrario, son relativamente autónomas, tienen igual importancia y son mutuamente constitutivas. En segundo lugar, así como las estructuras de dominación se caracterizan por la multiplicidad, también lo hacen las subjetividades que se relacionan con ellas. Ello no implica ni un rechazo de la identidad ni una concepción acumulativa y aditiva de múltiples identidades, sino que requiere un replanteamiento de la subjetividad en clave de multiplicidad[32]. El llamamiento a las multitudes interseccionales no es simplemente un llamamiento a una mayor inclusión, sino más bien, como dice Jennifer Nash, “un proyecto de anti-subordinación”, es decir, una estrategia combativa y revolucionaria en múltiples frentes simultáneamente[33].

 

En este punto podría ser útil considerar el paso de la clase a la multitud a través del concepto de precariedad, en dos sentidos. El primer sentido de precariedad, elaborado principalmente por teóricos y activistas europeos, se concibe sobre todo en términos de relaciones salariales y laborales[34]. La precariedad, en ese sentido, marca un contraste con los contratos laborales estables que servían como ideal regulador en la economía fordista de mediados del siglo XX, ideal regulador que sólo existía como realidad para un número limitado de trabajadores industriales (generalmente hombres) en los países dominantes. Los contratos laborales garantizados y las leyes que protegen los derechos de los trabajadores se han ido erosionando progresivamente, y los trabajadores se han visto obligados a aceptar contratos laborales informales y de corta duración. Huelga decir que esos acuerdos laborales siempre se han regido por la raza y el género; no obstante, todos los sectores de la fuerza laboral se están viendo afectados por esa tendencia, aunque de diferentes maneras y en diferentes medidas. Esa precarización del trabajo es un arma poderosa en el gran arsenal del neoliberalismo.

 

Otro sentido de precariedad, elaborado mayormente por escritores estadounidenses, proporciona un complemento útil, y de nuevo sirve como parte de una interpretación y un desafío al neoliberalismo, pero desde una perspectiva mucho más amplia. La precariedad—escribe Judith Butler— "designa esa condición políticamente inducida en la que ciertas poblaciones sufren más que otras el fracaso de las redes sociales y económicas de apoyo, y se ven expuestas de manera diferencial a las lesiones, la violencia y la muerte"[35]. La precariedad laboral es ciertamente parte de la mezcla, pero la noción de vida precaria busca comprender cómo los cambios jurídicos, económicos y gubernamentales han aumentado la inseguridad de una amplia gama de poblaciones ya subordinadas —mujeres, personas transgénero, homosexuales y lesbianas, personas de color, migrantes, discapacitados y otros. Por lo tanto, hay una noción de precariedad que habla el lenguaje de la clase trabajadora y otra que promueve una visión interseccional. Bastaría aunarlas para obtener una buena base con que teorizar la multitud.

 

No planteamos este movimiento de la clase a la multitud (o del pueblo a la multitud) como un mandato político. Ello no es necesario, porque ya es un hecho consumado que se ha manifestado en los últimos veinte años en diferentes países y contextos sociales. Entendemos que muchos consideran el cambio histórico de la clase a la multitud como un declive y una pérdida, comenzando por la disminución del poder y la membresía de los sindicatos institucionales y los partidos de la clase obrera (y, en efecto, no toda multiplicidad es políticamente progresista; es igual de probable que las multitudes y las turbas sean reaccionarias). Pero también debemos reconocer todo lo que se ha ganado en el proceso. A nivel de análisis, debe ser obvio que la multiplicidad de estructuras de dominación que se constituyen mutuamente brinda una perspectiva superior para aprehender nuestra realidad social, y ello requiere complementar nuestra breve investigación de la dominación capitalista con análisis correspondientes de las estructuras institucionales de las jerarquías de raza, género y sexo. Pero donde ello reviste una importancia todavía más crucial es a nivel de la práctica: no habrá hoy en día ningún proyecto exitoso y sostenido de política de clase que no sea también feminista, antirracista y queer.

 

 

 

Repensar las clases

 

Sin embargo, no basta con teorizar la multiplicidad, o incluso reconocer las multiplicidades existentes, especialmente si por multiplicidad se entiende simplemente fractura y separación. Para ser políticamente eficaz, se requiere organización. Y cuando se trata de multiplicidades, esa presión es aún más intensa. Responder a nuestra pregunta inicial—¿cómo puede una multiplicidad decidir y actuar políticamente?—simplemente afirmando que esa multiplicidad necesita organizarse no sirve de mucho. El siguiente paso, entonces, requiere volver al concepto de clase —esta vez concebida de manera diferente— para explorar más plenamente lo que una multitud puede llegar a ser y cómo puede actuar políticamente. Una objeción obvia a la propuesta de ese segundo movimiento, de la multitud a la clase, es que desarticula todas las ventajas logradas en el movimiento anterior, de una concepción política unificada basada en un solo eje de dominación, determinado por el capital, a una multiplicidad, que también pone en juego al patriarcado, la supremacía blanca y otros ejes. Nuestra intención, sin embargo, es elaborar una concepción de clase que se refiera no sólo a la clase obrera, sino que sea en sí misma una multiplicidad, una formación política que aproveche las conquistas de la multitud.

 

Podría ser útil, en primer lugar, simplemente señalar a la atención autores que utilizan el concepto de clase más allá de la referencia a la clase obrera, con el fin de abordar la raza, la dominación de género y la lucha por la igualdad. Achille Mbembe, por ejemplo, analiza los modos contemporáneos de control desplegados contra los africanos que emigran a Europa en términos de "clase racial":

 

Europa ha decidido no sólo militarizar sus fronteras, sino también alejarlas en el horizonte... [sus fronteras] se encuentran ahora a lo largo de las rutas cambiantes y los caminos tortuosos transitados por los candidatos a la migración y se reubican para mantenerse al día en cuanto a sus trayectorias... En realidad, es el cuerpo del africano, de cada africano tomado individualmente, y de todos los africanos como clase racial, lo que constituye hoy en día las fronteras de Europa. Este nuevo tipo de cuerpo humano no es sólo el cuerpo-piel y el cuerpo abyecto del racismo epidérmico, el de la segregación. Es también el cuerpo-frontera, que traza el límite entre quienes somos "nosotros" y quienes no lo son, y a los que se puede maltratar impunemente[36].

 

En el nuevo régimen global de movilidad, afirma Mbembe, los africanos se transformarán en "una clase racial estigmatizada". Para él, el concepto de clase en este caso no es, o no es sólo, una categoría socioeconómica. Sirve más bien como medio para pensar la diferencia racial colectiva que no se basa meramente en el color de la piel; esa clase racial nace en las estructuras e instituciones racistas de Europa.

 

Estas referencias de Mbembe se hacen eco de feministas de la década de 1970 como Christine Delphy, quien empleó el concepto de “clase sexual” para entender la dominación patriarcal y para designar una base de la lucha feminista. A otras feministas que cuestionaron ese uso del concepto, Delphy les respondió que el concepto de clase podía aprehender mejor que cualquier otro cómo los sujetos sociales subordinados eran creados por relaciones de dominación. Desde esa perspectiva— escribe Delphy—“no se puede considerar a cada grupo separado del otro, ya que están unidos por una relación de dominación... Los grupos no están... constituidos antes de ser puestos en relación. Al contrario, su relación es lo que los constituye como tales"[37]. En este caso, entonces, las relaciones de dominación anteceden y constituyen a los sujetos sociales. En el uso que del concepto hace Delphy, una vez más, la clase no se refiere exclusivamente al estatus económico, sino que implica un procedimiento analítico que puede ser desplegado con respecto a cualquier eje de dominación.

 

Nuestro interés en estos análisis de Mbembe y Delphy consiste, en primer lugar, en destacar este punto—que el concepto de clase puede ser utilizado para aprehender los efectos de la sujeción creada por relaciones de dominación, no sólo con respecto al capital, sino también con respecto a la supremacía blanca y el patriarcado, en beneficio no sólo de la clase obrera, sino también de la clase racial, la clase sexual y otras. En segundo lugar, es importante subrayar que el concepto de clase se emplea en este caso no sólo como reivindicación descriptiva, sino como llamamiento político a los sometidos a jerarquías patriarcales o raciales para que luchen juntos, como clase[38]. Por último, y éste es el punto más difícil de afrontar: reconocer una pluralidad de clases dominadas y que luchan de forma paralela es un paso adelante, pero no es suficiente. La noción de “clase multitudinaria” o “clase interseccional” que buscamos requiere un paso más: una articulación interna de esas diferentes subjetividades —clase trabajadora, clase racial, clase sexual— en lucha. Los análisis interseccionales por lo general abordan la necesidad de articulación entre las subjetividades subordinadas en términos de solidaridad y coalición. A menudo ello repite una estrategia aditiva: clase trabajadora más luchas feministas más luchas antirracistas más luchas LGBTQ, más . . . En otras palabras, incluso cuando el análisis interseccional rechaza las nociones aditivas de identidad, una lógica aditiva puede todavía gobernar los imaginarios activistas. Una debilidad de este enfoque es que los lazos de solidaridad son externos. Lo que se necesita son vínculos internos de solidaridad—es decir, un modo diferente de articulación, que vaya más allá de las concepciones estándar de coalición.

 

Ilustremos esa condición clave —las relaciones internas de solidaridad en el seno de esta clase multitudinaria— con tres ejemplos teóricos. Primero, Rosa Luxemburgo: tras la fallida insurrección de 1905 en Rusia, Luxemburgo criticó al proletariado alemán y a su partido por sus expresiones de simpatía y de apoyo hacia sus primos rusos, estuviesen teñidas de condescendencia o admiración. Luxemburgo no estaba, por supuesto, abogando por que los trabajadores alemanes se desvincularan de las luchas rusas, o les prestaran menos atención—sino exactamente lo contrario. El problema para ella era que tales expresiones de “solidaridad de clase internacional” planteaban meramente una relación externa: Los revolucionarios alemanes necesitaban reconocer, en cambio, que los acontecimientos rusos eran asunto suyo e interno de su lucha, “un capítulo de su propia historia social y política”[39].

 

Un segundo ejemplo teórico: Iris Young, a principios de los años 80, desafió a hombres socialistas que profesaban su solidaridad con el movimiento feminista. “En general— escribe— los socialistas no consideran la lucha contra la opresión de las mujeres un aspecto central de la lucha contra el propio capitalismo"[40]. Observemos que Young no se dirige a socialistas misóginos y antifeministas, de los cuales había muchos, sino a camaradas hombres solidarios que ofrecían su solidaridad y apoyo a las feministas, o que veían la lucha feminista como aliada pero separada de la suya propia. Al igual que Luxemburgo, Young sostiene que tal solidaridad no es suficiente y, en cambio, exhorta a los hombres socialistas a reconocer la lucha feminista contra el patriarcado como un capítulo de su propia historia social y política. No se puede ser realmente anticapitalista sin ser también feminista porque, como son mutuamente constitutivos, el capital no puede ser derrotado sin derrotar también al patriarcado.

 

Un tercer ejemplo: Keeanga-Yamahtta Taylor plantea un argumento similar cuando se dirige a los activistas antirracistas de los Estados Unidos que no se centran también en la dominación de clase. Sostiene que con demasiada frecuencia existe una especie de segregación de las luchas, de tal manera que se asume que las luchas anticapitalistas son tarea de los blancos, mientras que las personas de color deben llevar a cabo luchas antirracistas. “Ninguna corriente socialista seria de los últimos cien años—escribe Taylor—ha exigido jamás que los trabajadores negros o latinos pongan sus luchas en un segundo plano mientras se libra primero alguna otra lucha de clases. Esta suposición se basa en la idea errónea de que la clase obrera es blanca y masculina, y por lo tanto incapaz de abordar las cuestiones de raza, clase y género. De hecho, la clase obrera americana es femenina, inmigrante, negra, blanca, latina y más. Las cuestiones relacionadas con la inmigración, el género y los antirracismos son cuestiones de la clase trabajadora[41]." No se trata de aceptar la participación de aliados o de expresar solidaridad; la lucha contra la supremacía blanca y contra el capital debe entenderse como algo interno de cada una.

 

La objeción en este punto podría ser: sí, todos necesitan luchar juntos porque todos son precarios en los dos sentidos anteriormente examinados; pero tal proyección de lo mismo no es útil, porque los modos de precariedad y dominación son diferentes. Necesitamos mantener la concepción de multiplicidad —la dominación capitalista no es lo mismo que la dominación de género o de raza, y una no puede ser subsumida en otra. En lugar de una reducción a lo mismo, este argumento requiere una articulación entre las subjetividades en lucha. De ahí que clase —una clase multitudinaria— en lugar de coalición nos parezca el concepto adecuado. Pero esta es una noción de clase que no sólo se compone de una multiplicidad, y se basa en formas de cooperación social y en el común, sino que también se articula mediante lazos internos de solidaridad e intersección entre las luchas, cada una de las cuales reconoce que las otras son "un capítulo de su propia historia social y política". Ese es su modo de articulación, su modo de ensamblaje. Por eso llamamos a esta noción transformada "clase prima", de modo que en lugar de clase-multitud-clase, todo el movimiento que estamos tratando de esbozar es clase-multitud-clase prima: C-M-C'. Esto sirve al menos como respuesta teórica inicial a nuestra pregunta anterior: ¿puede una multiplicidad actuar políticamente? Sí, puede hacerlo como clase prima, como multiplicidad internamente articulada y orientada igualmente en la lucha contra el capital, el patriarcado, la supremacía blanca y otros ejes de dominación. Por supuesto, es una respuesta meramente formal y conceptual, pero tal vez una capaz de ofrecer un marco para pensar y llevar a cabo ese proyecto político.

 

Manifestantes en Hong Kong, 8 de diciembre de 2019, por los seis meses del inicio de sus protestas.

© T13

 

6. Elogio de la alterglobalización

 

El 1 de enero de 1994, el día en que entró en vigor el TLCAN, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional lanzó una insurrección en Chiapas, México; el 30 de noviembre de 1999, manifestantes en Seattle bloquearon las reuniones de la Organización Mundial del Comercio; el 25 de enero de 2001, se inauguró el Foro Social Mundial en Porto Alegre, Brasil, en contraposición al Foro Económico Mundial de Davos, Suiza; y el 21 de julio de 2001, las calles de Génova se vieron inundadas por multitudes que protestaban contra la cumbre del G8. El ciclo internacional de luchas alterglobalistas que se desarrolló en las Américas y en Europa tuvo numerosos defectos: su naturaleza nómada y las prácticas de "salto a cumbres" (summer-hopping) eclipsaron en muchos casos la labor de organización local y sostenida; esos movimientos fueron frecuente blanco de críticas, sobre todo por los propios activistas, por no haber sabido dotarse en suficiente grado de características intersectoriales como las que acabamos de esbozar; y la temporada de luchas resultó relativamente corta, debido en parte a sus propias debilidades organizativas. Hay que tener en cuenta, por supuesto, que esos movimientos también fueron diezmados por los severos regímenes de seguridad implantados después del 11 de septiembre; los activistas se vieron obligados a desplazar su atención de la alterglobalización a los movimientos contra la guerra.

 

La extraordinaria virtud de esas protestas fue su práctica teórica, pues construyeron una visión crítica global y fueron capaces, a través de sus eventos orquestados, de hacer legible el significado político del relativamente oscuro reino de las instituciones económicas globales. Más que como un movimiento, entonces, podrían comprenderse mejor como una vasta investigación conjunta sobre la naturaleza del orden global emergente. Los activistas sabían que las principales empresas y los Estados-nación dominantes, y en primer lugar los Estados Unidos, tenían un enorme poder; pero también tenían la intuición de que el orden global era algo más—y de que era ahí, a nivel global, donde debían entenderse las estructuras contemporáneas de dominación. Cada evento iluminó otro nodo de la red emergente de la estructura de poder global: la OMC, el Banco Mundial, el FMI, el G8, los acuerdos comerciales y así sucesivamente. El ciclo de movimientos de alterglobalización fue, por lo tanto, un proyecto pedagógico masivo para quienes participaron en ellos—y para cualquier otra persona que estuviera dispuesta a aprender.

 

Desde entonces, aunque las posiciones relativas de los diversos poderes dentro de su constitución mixta han conocido el auge y el declive, las fuerzas de dominación y control del orden global no han menguado en absoluto, a pesar del rebuzno de los ideólogos de la soberanía nacional. Por el contrario, casi no han hecho sino perderse de vista y volverse menos legibles, como si hubieran descubierto una poción de invisibilidad. Necesitamos hoy un ciclo internacional de luchas capaz de investigar las estructuras del orden global imperante. A veces, después de todo, el trabajo teórico realizado en los movimientos sociales nos enseña más que lo que se conserva escrito en las bibliotecas. Revertir la invisibilidad de las estructuras del Imperio es el primer paso para poder desafiarlas y finalmente derrocarlas.

 

 

 

Notas

 

[1] Para Deleuze y Guattari la naturaleza esquizofrénica de la máquina capitalista queda demostrada en parte por el hecho de que "no puede funcionar sino estropeándose". Véase Anti-Oedipus, trad. Robert Hurley, Mark Seem y Helen Lane, Minneapolis, 1983, p. 31.

[2] Sobre la proliferación de divisiones, jerarquías y fronteras a lo largo del espacio planetario, véase Sandro Mezzadra y Brett Neilson, Border as Method, or, the Multiplication of Labor, Durham, North Carolina, 2013.

[3] Sobre el "liberalismo incrustado", véase John Gerard Ruggie, "International Regimes, Transactions and Change: Embedded Liberalism in the Postwar Economic Order", International Organization, vol. 36, núm. 2, 1982; véase también la actualización de David Singh Grewal, "Three Theses on the Current Crisis of International Liberalism", Indiana Journal of Global Legal Studies, vol. 25, núm. 2, 2018. [El término embedded liberalism se ha traducido también como "liberalismo empotrado"—nota de los traductores]

[4] Edward Luce expresa lo que se ha convertido en un lugar común casi universal: "Es difícil exagerar el daño que la guerra del Iraq infligió al poder blando de los Estados Unidos y a la credibilidad de la misión democrática de Occidente." The Retreat of Western Liberalism, Boston, 2017, p. 81.

[5] Las páginas de Foreign Affairs proporcionan una amplia demostración de la angustia que experimentan los principales defensores del orden internacional liberal en la era de Trump. Véase, por ejemplo, Joseph Nye, "Will the Liberal Order Survive? The History of an Idea", y Robin Niblett, "Liberalism in Retreat: The Demise of a Dream", ambos en Foreign Affairs, vol. 96, núm. 1, 2017; y John Ikenberry, "The Plot Against American Foreign Policy: Can the Liberal Order Survive?", Foreign Affairs, vol. 96, núm. 3, 2017.

[6] Sobre la perspectiva del paso de la hegemonía de los Estados Unidos a China, véase Giovanni Arrighi, Adam Smith in Beijing, Londres y Nueva York, 2007.

[7] Jake Sullivan puede suplir al coro: "Los Estados Unidos son el único país con el alcance y la resolución suficientes, y con algo más también, la voluntad histórica de canjear influencia a largo plazo por beneficios a corto plazo." Véase "The World After Trump: How the System Can Endure", Foreign Affairs, vol. 97, núm. 2, 2018, p. 19.

[8] Polybius, The Rise of the Roman Empire, trad. Ian Scott-Kilvert, Londres, 1979, págs. 302-352.

[9] En diferentes momentos del siglo pasado algunos teóricos sostuvieron que para asegurar la continua existencia del capital y su sistema global era necesario algo así como un Estado global. Karl Polanyi, por ejemplo, escribió durante la Segunda Guerra Mundial que "la única alternativa a este desastroso estado de cosas [resultante del castigo y la exclusión de los países derrotados después de la Primera Guerra Mundial] era el establecimiento de un orden internacional dotado de un poder organizado que trascendiera la soberanía nacional. Semejante rumbo, sin embargo, se encontraba del todo más allá del horizonte de la época"; The Great Transformation: The Political and Economic Origins of Our Time, Boston, 2001 [1944], p. 23. Polanyi y otros que sostenían lo mismo están en lo cierto al afirmar que es necesaria algún tipo de estructura de gobierno global, pero olvidan reconocer que nuevas formas distintas del Estado, como el Imperio, pueden sostener el sistema capitalista.

[10] Timothy Geithner, Stress Test: Reflections on Financial Crises, Nueva York, 2014, p. 105.

[11] "En el espacio de cinco años [de 2003 a 2008], la élite tanto de la política exterior como la de la política económica de los Estados Unidos, el Estado más poderoso de la tierra, ha sufrido un fracaso humillante"; Adam Tooze, Crashed, Nueva York, 2018, p. 3. Sin embargo, Tooze sostiene que es demasiado pronto para hablar de una desaparición del orden mundial estadounidense, pues siguen en pie sus dos pilares principales, el poder militar y el control financiero. Lo que ha llegado a su fin es "cualquier pretensión por parte de la democracia estadounidense de proporcionar un modelo político"; véase "Is This the End of the American Century?", LRB, 4 de abril de 2019, p. 7.

[12] Quinn Slobodian, centrándose en lo que llama la Escuela de Ginebra y su papel en la formación de la Organización Mundial del Comercio, hace hincapié en que la ideología neoliberal y el globalismo están completamente entrelazados; Globalists: The End of the Empire and the Birth of Neoliberalism, Cambridge, Massachusetts, 2018.

[13] Véase Michel Foucault, Discipline and Punish, Nueva York, 1977.

[14] "También podemos ver la globalización—escribe Jameson—o esta tercera etapa del capitalismo, como la otra cara de ese inmenso movimiento de descolonización y liberación que tuvo lugar en todo el mundo en los años 60." Véase "The Aesthetics of Singularity", NLR 92, marzo-abril de 2015, p. 129.

[15] El ciclo de lucha de 2011 lo analizamos en Declaration, Nueva York, 2012. Sobre el resurgimiento parcial del tricontinentalismo, véase Anne Garland Mahler, From the Tricontinental to the Global South, Durham, North Carolina, 2018, p. 240. Sobre la iniciación de un nuevo internacionalismo feminista por parte de NiUnaMenos, véase Verónica Gago, "La internacional feminista", Página12, 15 de febrero de 2019.

[16] Véase Martina Tazzioli, Glenda Garelli y Nicholas De Genova, ed., "Rethinking Migration and Autonomy from Within the 'Crises'", South Atlantic Quarterly, vol. 117, núm. 2, abril de 2018, págs. 239-265. Sobre las caravanas que atraviesan México como forma de rebelión contra los regímenes fronterizos, véase Amarela Varela, "No es una caravana de migrantes, sino un nuevo movimiento social que camina por una vida vivible", El Diario, 4 de noviembre de 2018.

[17] Véase Sandro Mezzadra, "The Right to Escape”, Ephemera, vol. 4, núm. 3, agosto de 2004, págs. 267-275.

[18] Jamie Peck y Nik Theodore ponen de relieve las heterogeneidades dentro del sistema capitalista global y resaltan "el carácter necesariamente abigarrado de los programas y proyectos de la neoliberalización, cuyo desarrollo espacial desigual es constitutivo y no una estación de paso en un camino hacia la plenitud". "Still Neoliberalism?", South Atlantic Quarterly, vol. 118, núm. 2, abril de 2019, p. 246. Véase también Jamie Peck y Nik Theodore, "Variegated Capitalism", Progress in Human Geography, vol. 31, núm. 6, diciembre de 2007, págs. 731-772.

[19] A menudo se cita a Luc Boltanski y Eve Chiapello en relación con la recuperación de las revueltas de los años sesenta dentro del régimen capitalista: The New Spirit of Capitalism, trad. Gregory Elliott, Londres y Nueva York, 2006. Nuestra deuda es mayor con la propuesta de Mario Tronti de que las revueltas de la clase obrera preceden y prefiguran los desarrollos del capital; véase Workers and Capital, trad. David Broder, Londres y Nueva York, 2019. Marx enfatizó en repetidas ocasiones que las armas más poderosas para la rebelión eran proporcionadas por el propio desarrollo capitalista. La revolución no se producirá mediante un retorno a las formas sociales pasadas—escribió—[sino] "sobre la base de los logros de la era capitalista: a saber, la cooperación y la posesión común de la tierra y los medios de producción producidos por el propio trabajo"; Capital, Volumen I, trad. Ben Fowkes, Londres, 1976, p. 929; se ha modificado la traducción.

[20] Mezzadra y Neilson, The Politics of Operations: Excavating Contemporary Capitalism, Durham, North Carolina, 2019, es el análisis más completo que conocemos de la noción ampliada de extracción, especialmente en relación con la logística y las finanzas. Véanse en particular las páginas 133-167; cita en la pág. 138.

[21] Véase, por ejemplo, Matteo Pasquinelli, "Google's PageRank Algorithm: A Diagram of Cognitive Capitalism and the Rentier of the Common Intellect", en Konrad Becker y Felix Stalder, ed., Deep Search: The Politics of Search Beyond Google, Nueva Jersey, 2009, págs. 152-162.

[22] Véase, entre otros, Carlo Vercellone, "Wages, Rent and Profit", disponible en línea en generation-online.org; y Hardt y Negri, Commonwealth, Cambridge, Massachusetts, 2009.

[23] Véase el capítulo 4 de David Harvey, The New Imperialism, Oxford, 2003, págs. 137-182.

[24] Silvia Federici, al subrayar las formas en que el común entra en juego en los procesos de acumulación primitiva, señala que la violencia de la acumulación primitiva siempre ha entrañado la violencia contra las mujeres. "Al igual los cercamientos (enclosures) expropiaron de la tierra comunal al campesinado, la cacería de brujas expropió a las mujeres de sus cuerpos, que fueron así 'liberados' de cualquier impedimento que les impidiera funcionar como máquinas para la producción de mano de obra. La amenaza de la hoguera erigió barreras más formidables alrededor del cuerpo de la mujer que las que jamás hubiese podido erigir el cercamiento de las tierras comunales.” Véase Caliban and the Witch, Nueva York, 2004, p. 184.

[25] Estas diversas relaciones extractivistas podrían concebirse en términos de subsunción formal de la sociedad en el capital, para entender hasta qué punto la sociedad constituye un "exterior" con respecto al capital: las relaciones sociales y la cooperación social que generan valor se ponen bajo el control de la gestión capitalista pero son, sin embargo, externas a ella, y, por lo tanto, son subsumidas sólo en un sentido formal.

[26] Véase Carlo Vercellone, "From Formal Subsumption to General Intellect: Elements for a Marxist Reading of the Thesis of Cognitive Capitalism", Historical Materialism, vol. 15, núm. 1, enero de 2007, págs. 13-36.

[27] Véase Christian Fuchs, “Dallas Smythe Today—The Audience Commodity, the Digial Labour Debate, Marxist Political Economy and Critical Theory”, TripleC, vol. 10, núm. 2, mayo de 2012, págs. 692-740.

[28] Sobre las divisiones de género dentro del trabajo asalariado y sobre la reproducción social, véase Kathi Weeks, The Problem with Work, Durham, North Carolina, 2011.

[29] Véase Andreas Malm, Fossil Capital, Londres y Nueva York, 2016; Jason Moore, Capitalism in the Web of Life, Londres y Nueva York, 2015; Naomi Klein, This Changes Everything, Londres, 2014; John Bellamy Foster, Brett Clark y Richard York, The Ecological Rift, Nueva York, 2010.

[30] Durante las protestas de 2016 en Standing Rock contra la construcción de la Tubería de Acceso Dakota (Dakota Access Pipeline), los "protectores del agua" (water protectors) expresaron la necesidad de tales relaciones de interdependencia. Véase Arthur Manuel y Gran Jefe Ronald Derrickson, The Reconciliation Manifesto, North Carolina, 2017; y Teresa Shewry, ed., 'Environmental Activism Across the Pacific', South Atlantic Quarterly, vol. 116, núm. 1, enero de 2017.

[31] Estamos en deuda con el análisis de Joshua Clover sobre la progresión histórica de los disturbios, huelgas y motines en Riot, Strike, Riot, Londres y Nueva York, 2016, y concebimos este debate como parte de un diálogo continuo.

[32] Se ha acumulado una enorme bibliografía a medida que interseccionalidad se ha convertido en un concepto clave en una variedad de campos académicos, así como en los debates sobre políticas. Véanse los textos fundacionales de Kimberlé Crenshaw, "Mapping the Margins", Stanford Law Review, vol. 43, núm. 6, 1991, y "Demarginalizing the Intersection of Race and Sex", University of Chicago Legal Forum, núm. 140, 1989. Sobre los debates contemporáneos, véase el perspicaz análisis de Jennifer Nash, Black Feminism Reimagined: After Intersectionality, Durham, North Carolina, 2019.

[33] Nash, Black Feminism Reimagined, p. 24.

[34] Véase, por ejemplo, Patrick Cingolani, Révolutions précaires, París, 2014.

[35] Judith Butler, Notes Toward a Performative Theory of Assembly, Cambridge, Massachusetts, 2015, p. 33.

[36] Achille Mbembe, "Vu d'Europe, l'Afrique n'est qu'un grand Bantoustan", Jeune Afrique, núm. 3024, diciembre de 2018, págs. 62-63 (la traducción es nuestra).

[37] Christine Delphy, L'ennemi principal, vol. 1, París, 1998, p. 29 (la traducción es nuestra). Shulamith Firestone analiza de manera similar el sistema de clase sexual, considerando la clase sexual como paralela a la clase económica, pero más arraigada en las relaciones sociales: “del mismo modo que para asegurar la eliminación de las clases económicas se requiere que la clase baja (el proletariado) se rebele y, en la dictadura temporal, se apropie de los medios de producción, para asegurar la eliminación de las clases sexuales se requiere que la clase baja (las mujeres) se rebele y se apropie del control de la reproducción"; The Dialectic of Sex, Nueva York, 1970, p. 11.

[38] Lisa Disch interpreta el análisis de Delphy sobre el género en tanto clase social no como mera descripción, sino como "una interpretación, un saludo o una llamada". Delphy solicita a los sujetos del patriarcado que se identifiquen como "mujeres", que se tomen su opresión no menos en serio que la de los "trabajadores" y que participen en la lucha contra la opresión en sus propios términos": "Christine Delphy's Constructivist Materialism", South Atlantic Quarterly, vol. 114, núm. 4, octubre de 2015, p. 834.

[39] Rosa Luxemburg, The Mass Strike, Nueva York, 1971, p. 74 (hemos modificado la traducción).

[40] Iris Young, "Beyond the Unhappy Marriage: A Critique of the Dual Systems Theory", en Lydia Sargent, ed., Women and Revolution: A Discussion of the Unhappy Marriage of Marxism and Feminism, Boston, 1981, págs. 43-69.

[41] Keeanga-Yamahtta Taylor, From #BlackLivesMatter to Black Liberation, Chicago, 2016, p. 216.

 

Fondo de página basado en foto de manifestantes en Hong Kong, 8 de diciembre de 2019, por los seis meses del inicio de sus protestas © T13.