Del descontento de ser (el otro) Humberto T. Fernández

Lo que se repite no es el pasado, sino lo que del pasado entró en el futuro.

                                                          Werner Hamacher

Nicholas Casey, corresponsal de The New York Times para la región andina y autor de una serie de reportajes sobre Venezuela escritos entre enero y junio de 2016, reúne a dieciséis miembros, según dice el propio Casey, de las misiones médicas cubanas en Venezuela, y ahora desertores de esas misiones y, al menos políticamente, de su propio país, y escribe un artículo en el que acusa al Gobierno de Cuba de usar a su personal médico como activistas políticos, cualquiera diría, de creer a Casey y a sus fuentes, que casi como sicarios, obligados a amenazar a los pacientes con negarles las medicinas que necesitan, incluso cuando ello pudiera poner en riesgo la vida de esos pacientes, si estos no apoyan al “régimen de Maduro”. Los reúne, les hace preguntas y, sin más, automáticamente, como cuestión de método y hasta de principio, les suma el crédito que les resta a las autoridades cubanas; no el beneficio de la duda, no, ni siquiera eso, sino el crédito: que el personal médico cubano y la atención médica y los medicamentos son usados en Venezuela como medios políticos —sin que Casey se moleste en citar ninguna otra fuente, alternativa, que corrobore o desmienta tales prácticas.

Profesional de amplia experiencia y múltiples intereses —desde la política regional al clima y los negocios—, Casey no tuvo el menor reparo en contar sólo la parte de la historia que encaja en el esquema de subversión, orquestado y conducido por los Estados Unidos, de una nación soberana, Venezuela. El “requisito” de la objetividad periodística, que tal vez a Casey le parezca superfluo o vicioso, lo despacha en tres párrafos: 1) el Gobierno de Cuba afirma, con soberana razón, cómo las misiones médicas cubanas son celebradas en todo el mundo (incluso, a veces, en el mundo del que TNYT es vocero y, cada vez más, exasperado guardián, digamos, moral y moralizante); 2) el Gobierno de Cuba rechaza las acusaciones de desertores como los médicos de marras; y 3) Casey cita una declaración del Gobierno de Cuba en la que se especifica el número de vidas salvadas—un millón cuatrocientos setenta y tres mil ciento diecisiete— desde que comenzaron esos programas de colaboración médica en Venezuela.

Ante el absoluto rechazo del Gobierno y las instituciones de salud pública de Cuba (valga la doble redundancia: todas las instituciones de salud pública cubanas son públicas, como debe ser, y de seguro Casey pensará que, en el caso de Cuba, no hay ninguna diferencia entre ese Gobierno y cualquier institución pública del país, ¿y por qué esto último es, de por sí, algo reprobable o que pueda preocupar y a quién?), TNYT insiste en condonar eso que todavía llaman—sin rubor alguno por el inconvincente empleo de las palabras, esos ladrillos fundacionales de la civilización— “periodismo riguroso” (recuérdense los tuits con los que han respondido a los del Presidente cubano; para un resumen de lo acontecido, véase “The New York Times responds to Díaz-Canel on the use of Cuban doctors in Venezuela” y “Cuban Doctors in Venezuela Provide Political Support to Maduro: New York Times”), término que hoy en día ha adquirido la categoría de oxímoron, ¿pues cómo puede haber rigor donde no hay, en primer lugar, libertad no sólo ya para pensar, sino, lo que es más importante, para vivir de otra manera? “Prensa libre” se revela entonces extensión de “mercado libre”—a la mano invisible del mercado la ideología invisible de la prensa; “prensa libre” y “mercado libre” se necesitan la una al otro para ser lo que son, aparato ideológico y represivo, una y otro, de un proyecto burgués de emancipación nacional que se auto-consumió en las propias contradicciones de su equilibrio imposible entre libertad y codicia, naturaleza falsa y naturaleza depredadora, y en sus limitaciones de representatividad cada vez menos representativa: ¿a quiénes representan los bi- o los millonarios en el poder, lo mismo en Wall Street que en la Casa Blanca? Aparato ideológico y represivo, el mercado libre y la prensa libre, y ambas cosas, ideológico y represivo, por la misma razón: incapacidad estructural, constitutiva, para poder incorporar o asimilar alternativas estructural y constitutivamente divergentes.

En artículo en que, desde el título, “‘It Is Unspeakable’: How Maduro Used Cuban Doctors to Coerce Venezuela Voters”, confluyen la contumacia—ese dar por sentado lo que otro dice porque ya lo pensabas antes de que el otro (cualquier otro) lo dijera— y la espiritosa fobia de tanto liberal a ser tocado por lo incontrolado o lo incorrecto—lo innombrable, lo horrible, lo atroz, the unspeakable—, esa necesidad perpetua y agobiante de corrección (correctness), ese afán de situarse por encima y más allá (above and beyond), tanto que pierden todo contacto, no ya con la realidad, sino con lo real, Nicholas Casey trata de convencer a los lectores de que el Presidente Nicolás Maduro es no sólo la figura de un fraude, sino de un mal fraude, un matóna thug, como suelen llamarlo la troika de Marco Rubio, John Bolton, Elliot Abrams y demás integrantes del escuadrón de la muerte montado por Trump para mejor cumplir su cuota, sin tener que sudarla demasiado, de regime change antes de las elecciones de 2020; al menos uno (Venezuela), mejor si dos (Venezuela y Nicaragua), idealmente tres (Venezuela, Nicaragua y Cuba), un tirano sin salvación posible sobre el que pesan todas las razones del mundo para impedirle, como sea, que siga ejerciendo su mandato, y ninguna para que siga haciéndolo. Casey sabe que su reportaje investigativo será inequívocamente respaldado por los gerentes y los dueños de TNYT, pues la agenda de uno y otros es la misma y, en este caso, el profesionalismo como norma en el ejercicio de una profesión es lastre más que lustre, qué podrá importar al final cualquier pequeña imprecisión o cualquier tamaña mentira frente alguien o algo sin futuro (Nicolás Maduro, la revolución bolivariana), se dirá a sí mismo Nicholas Casey, y se dará vuelta, deseando tal vez que su próximo artículo sea sobre algún tema menos incómodo o confuso.

 

 

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La democracia representativa representa cada vez menos a las mayorías de la población, inclusive a las clases medias —vitrina social del capitalismo hasta hace relativamente poco— y cada vez más a un pequeño grupo que se apropia, no sólo indebidamente, sino groseramente, de la riqueza socialmente generada por el trabajo real y mensurable de producción de bienes y servicios, no por meras técnicas de marketing—ese fantasma maquillado de la mentira que recorre el mundo sin perseguir a nadie—, ni por engarces especulativos en las bolsas de valores, o monumentales y desvergonzados fraudes en la gestión económica, financiera y política de la sociedad. Explotar, y cuando explotar no basta, expropiar.

Esta situación podría recordar más a la Francia de 1789 que a la Rusia de 1917, en tanto los grandes actores políticos de hoy parecen darse cuenta sólo de cómo aplazar, con el palo (como hoy en Francia) o la zanahoria (como hoy en los EE.UU.) un final menos anunciado que el de la historia (Where have you gone, Mr. Fukuyama?), pero más real. A este capitalismo no le queda ya posibilidad alguna de reinventarse, como sí le quedaba al “socialismo realmente existente” cuando otro “Mr.”, Gorbachov, entre ingenuo y fatigado, decidió entregarle en botella de plata a un alcohólico y alcoholizado analfabeto político más de setenta años de aquel para entonces todavía salvable experimento, siquiera por trial and error.

Porque para reinventarse ahora, es decir, para salvarse, este capitalismo tendría que renegar de su propios fundamentos y sus propias condiciones sine qua non: cambiar el régimen de propiedad, privilegiar la participación política por encima de la representatividad política—o la representatividad política como función de una participación política que no se agote en el acto electoral o el gesto contestatario—, subsumir la gestión de lo económico en la gestión de lo sociopolítico—una sociedad no debe gestionarse como se gestiona un banco de inversiones: cuando el objetivo no sólo último, sino único, de toda operación o transacción (y usamos ambos términos, aquí, en sentido tanto literal como figurado) es obtener ganancias (profit), se pasa de la racionalidad económica a la irracionalidad (y la injusticia) social—, abrirse y articular modelos y proyectos de imaginación social que no se reproduzcan como lo hace el capital, anónimamente, sino con plena conciencia de la totalidad, la plenitud, de toda necesidad de un cambio hacia formas de vida menos inicuas y más justas, fundadas y actualizadas por estrategias productivas y reproductivas inclusivas y sostenibles.

The New York Times, de jure bastión y nave insignia del liberalismo ilustrado estadounidense, es de facto vocero de la Casa Blanca, el Pentágono y el Departamento de Estado—que a su vez lo son de las grandes corporaciones y multinacionales que producen el arsenal de destrucción en masa, militar, económico, cultural—, como lo es cualquier otro órgano oficial del sistema, cualquiera sea el Inquilino en Jefe de 1600 Pennsylvania Avenue NW en Washington, D.C., y la “gran prensa libre” está en el deber de legitimarlo como interlocutor principal, aún cuando se le oponga, como en el caso actual: un presidente aparentemente odiado por el establishment liberal, pero que a su vez le sirve a ese establishment como garante de las reglas del juego en que el liberalismo se cree de entrada vencedor natural por el mero hecho de participar, con su santurrona arrogancia (ponderous self-righteousness), en el juego.

Así, en octubre de 2014, la "prensa libre" allanó el camino de las políticas de Obama hacia Cuba—al menos había dos, la oficial y la real, la envuelta en la retórica de aquella noche infame de lacrimosa genuflexión en el Gran Teatro de La Habana y la con vaselina—, contribuyó a “marquetearla” en su mercado —que, por supuesto, no es el mercado de las preocupaciones diarias de los hispanos de a pie (es decir, en auto, en bus o en transportation) de Florida o California, o de los negros de Carolina del Norte, o de los catetos (rednecks) de Georgia, o de los blancos de Missouri—, igual que allana el camino de la política de golpe de Estado e intervención “humanitaria” hoy, militar mañana, del canalla sin poesía, en Venezuela, con la mira final puesta en el petróleo de Venezuela y en la piedra en el zapato que sigue siendo Cuba.

Y no porque al canalla sin poesía personalmente le disguste “el régimen cubano”—de entrada Donald Trump no sabe, de Cuba, salvo lo que hoy le puedan inventar personajes como Marco Rubio, que tampoco sabe nada, o ayer quién sabe qué otro demagogo o fabulador—pues Donald Trump, personalmente, sería feliz invirtiendo, ahora mismo, con ese mismo "régimen", en hoteles en Varadero o en los cayos y en casinos y reality TV y pachanga al por mayor—, sino porque entre las “obligaciones presidenciales” del canalla sin poesía está, de oficio, desbancar, o al menos tratar de desbancar, todo lo que se oponga al cada vez más precario equilibrio entre mercado y democracia, y, de paso, en este caso, ayudarse a sí mismo en Florida de aquí a menos de dos años.

TNYT, como toda la “prensa libre”, de un lado o del otro, ha perfeccionado un lenguaje tan sibilino como alienante —las lenguas, según Quignard, “nunca están muertas, y nunca están vivas”[1]— que adquiere la significación política que a cada caso mejor le convenga; así, lo que ya es una palabreja, “régimen”, nunca usada, ni una sola vez, en el artículo antes citado sobre Cuba y su contribución en África Occidental durante la lucha contra la epidemia de Ébola, y una sola vez, para referirse al gobierno venezolano, en el artículo de Nicholas Casey que ahora comentamos (sin ningún placer, valga aclararlo), es vocablo complementario de la estrategia de desinformación, desestabilización y posible intervención militar por un país, los sacrosantos Estados Unidos de América, cuyo historial de mala conducta haría palidecer a las monarquías absolutas, pero ilustradas, de la Europa post-renacentista, en otro, Venezuela, cuyo gobierno es considerado ahora inaceptable y bárbaro porque puede extender la mano sin por ello hincar la rodilla. Nadie, en los EE.UU., ni entre la izquierda, habla del régimen de Trump, quien en poco más de dos años ha firmado 99 órdenes ejecutivas y hasta una declaración de emergencia nacional con tal de salirse con la suya y construir el muro—el proyecto sin pies ni cabeza más caro de la historia—, pagado por el contribuyente norteamericano—es decir, la víctima—, no por los mexicanos—es decir, los culpables—; ni del régimen de Obama, tan simpático el hombre, demócrata y Premio Nobel de la Paz, quien firmó 276, y, de paso, continuó todas las políticas intervencionistas y militaristas de Bush, todas, e inició otras (sólo que, a diferencia de Bush, Obama tiene la ventaja mediática de ser alguien con cierta educación formal y cierto talento oratorio; cierto, porque para decir lo que dice Obama no hace falta mucho talento, ni oratorio ni de ningún tipo); ni del régimen de “W”, el vengador (de su padre, pues qué no hace por su padre un hijito de papá, por muy perezoso, maleducado e inculto que sea), quien firmó 291; nadie dice el régimen de Macron, presidente con ínfulas aparentemente más monárquicas que republicanas—para Macron, tal vez Francia todavía no se haya recuperado del error y el trauma (la injusticia) de haberse desembarazado, no muy cortésmente, de la monarquía como lo hizo.

En ninguno de esos casos se utiliza la palabreja, “régimen”; pues, en todo caso, lo único apropiado, en esos casos, es referirse a democracias amenazadas—como hoy en Francia— por gentuza sin clase ni educación, cada vez que se generan situaciones de descontento y protesta en masa, para denunciar y tratar de erradicar o siquiera de paliar arbitrariedades e injusticias, y de violencia abierta (por los de abajo y, cada vez más, también por los del medio) contra violencia solapada (por los de arriba y cada vez menos numerosos), en respuesta a políticas de gobiernos que se (auto)consideran, siempre, legítimos, por el mero hecho de suscribirse a sus propios intereses y dogmas.

 

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Desde hace veinte años, desde que Hugo Chávez asumió la presidencia del país tras vencer por primera vez en elecciones democráticas con todas las de la ley, Venezuela ha sido causa de insomnio para sucesivos gobiernos de los Estados Unidos. Venezuela es además, hoy, la ficha que, a los Estados Unidos, les falta por comerse y retirar del tablero antes de lanzarse contra Cuba, una vez más, de una vez por todas. La política latinoamericana de todas las administraciones de los Estados Unidos, en un grado u otro, enmarcada por una prioridad geopolítica u otra—desplazar ayer al antiguo poder colonial europeo, contener a la URSS durante la Guerra Fría, mantener a raya a la Unión Europea, Rusia y China hoy— en su enfrentamiento con el resto del mundo, históricamente ha consistido en asegurarse de que el traspatio esté tranquilo y sea lo más productivo que pueda, no importa que lo afeen la pobreza, la explotación, la corrupción y la violencia, o que los carteles de la droga se disputen, literalmente a sangre y fuego, el gran mercado estadounidense. Lo que importa es la aquiescencia de los gobiernos locales a la administración imperial, y que se imponga la nueva pax romana.

Antonia Eiriz, Sin título (s/f)

El nuevo milenio fue testigo de la emergencia de nuevos proyectos políticos en la región. Junto a Venezuela y Cuba, otros países latinoamericanos, como Nicaragua, Honduras, Ecuador, Bolivia, Brasil, Uruguay y Argentina, en algún momento Paraguay y Chile, formaron un bloque cuyos rasgos comunes definitorios emanaban de la voluntad de romper con la tradicional sumisión de los gobiernos de la región a los dictados de Washington, o al menos distanciarse, superar la dependencia de la región respecto de los organismos financieros internacionales—auténtico brazo armado de los Estados Unidos y del consenso global que estos imponen y encabezan— y conducir una nueva e independiente política exterior que coadyuvase no sólo a crear espacios de independencia efectiva en sus respectivos países, sino también a fortalecer la incipiente multipolaridad que debería caracterizar cada vez más las relaciones internacionales. Este nuevo frente político regional, sin embargo, carecía de una estrategia bien definida y sólida de integración económica y política, así como de una identidad ideológica común, que los definiera de una manera más clara y consistente como bloque geopolítico estratégico, y no sólo como grupo de países casi circunstancialmente unidos por una comunidad de intereses legítimos, pero al mismo tiempo amenazados, dados los vaivenes electorales de la política interna de cada país. Esas vulnerabilidades se trocaron en oportunidades doradas para las administraciones de los Estados Unidos y las oligarquías locales —siempre a la saga y obedientes, y con un sentido de lo propio, de lo nacional, fatalmente castrado en la raíz por privilegios indebidos y dineros mal habidos. Los Estados Unidos y sus empleados de la región han puesto en práctica todo tipo de acciones, planes y estrategias para debilitar, socavar y, posteriormente, revertir todo el proceso que se conoció indistintamente como segunda independencia de los países latinoamericanos o socialismo del siglo veintiuno:

  • Cruentos golpes de Estado (Honduras y Venezuela);

  • Golpes de facto mediante procesos judiciales amañados contra los presidentes de Brasil y Paraguay para desalojarlos del poder y desacreditar a sus partidos;

  • “Protestas populares” (violentas) contra medidas gubernamentales en Nicaragua;

  • “Conversión” de Lenín Moreno en Ecuador.

Siguen en pie Bolivia, cuyo actual presidente fuera, junto a Chávez, uno de los rostros más visibles y de las figuras más respetadas de ese proceso político, Nicaragua, con un futuro tan incierto, como precario y políticamente opaco se nos muestra su presente, y el Uruguay, que se ha movido tímidamente del centro a la izquierda, y de vuelta al centro.

Sigue en pie Cuba y, salvo que los Estados Unidos recurrieran a una invasión militar masiva, las posibilidades de cambio de régimen en Cuba, por vías violentas, son nulas. Sencillamente—aunque esta evidencia, corroborada una y otra vez por los hechos, sea constantemente negada por quienes no se resignan a ella—, la mayoría de los cubanos siguen apoyando el modelo de convivencia social que se han dado sin injerencia de nadie y siguen apostando a la solución de sus problemas, individuales o colectivos, en el marco cambiante, pero todavía reconocible y orgánicamente vinculado con su propia historia y sus posibilidades no agotadas, de ese modelo. La saña contra Venezuela tiene su raíz más honda, no ya en los intereses económicos de la codicia del Imperio, por muy reales, y hoy determinantes, que esos intereses sean, sino en el desprecio que siempre le hemos inspirado al Norte revuelto y brutal—han cambiado sus formas y sus apariencias, no su entraña—y del que José Martí se percató durante su larga estancia en los Estados Unidos y que es el motivo central y explícito de su testamento político, recogido por el azar de su muerte prematura en carta a su amigo mexicano Manuel Mercado, un día antes de caer en combate, no sólo por la independencia de Cuba, sino también para “impedir a tiempo (…) que se ext[endieran] por las Antillas los Estados Unidos y ca[yeran], con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Propósito martiano que tropieza, naturalmente, con el empecinado encono no sólo de su destinatario primero, ese Norte revuelto y brutal que [nos] desprecia, sino también de los cultores locales del cipayismo, propósito que es principio de toda política que pueda seguir teniéndose no sólo como arte de lo posible, sino también como deber de lo necesario, y no como mero ejercicio del poder con fines de dominación y avasallamiento.

 

 

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A veces pasan años y no leo una sola línea de Cioran —paso de largo ante sus libros en los estantes de mi biblioteca, y le reprocho, con mi ausentarme de su beligerante pero envolvente prosa, su larga y más bien apacible vida, incongruente con sus fabulaciones sobre el suicidio. Cuando lo empiezo a (re)leer, entonces es para largo. Puedo detenerme un día (lectivo) en un par de páginas suyas; si puedo, consulto y cotejo ediciones en otras lenguas que no me sean absolutamente ajenas o impenetrables. A veces, simplemente, sus bosquejos o insinuaciones tiran de mi curiosidad y me embarco en búsquedas que, de puntuales, se tornan obsesivas. Ello me ocurrió cuando leí un pasaje de sus Cuadernos, 1957-1972 (traducidos por Carlos Manzano para la edición que tengo de Tusquets de 2004) en el que elogia a Piotr Rawicz o Arthur Adamov —nombres entonces totalmente desconocidos para mí, cuya sonoridad eslava atrajo mi atención, como también los apuntes que hace Cioran de ellos: Rawicz, escritor ucraniano, apátrida, suicida; Adamov, dramaturgo francés de origen ruso y uno de los más afamados cultores del “teatro del absurdo”—; o cuando apunta, sin más, “Velada con H. Michaux”; o, “El otro día divisé en una alameda secundaria del parque del Luxemburgo a Beckett (...) leyendo (...) más o menos como lo harían uno de sus personajes”; o, "La duda, como la fe, es una necesidad”. Pero el apunte que me ha dejado varado, diría que suspendido, entre la incredulidad y el encono, es este, que encontré en la página 155: “Todo el mundo está descontento de ser quien es, salvo los franceses” —lo leí, releí y me lo repetí como un mantra, y lo más que conseguía era volver, con apagado rencor, sobre la frase, porque sospechaba alguna verdad en ella. Pensé en el orgullo de ser cubano, tan manifiesto en tantos cubanos tan orgullosos de ser quienes son, como lo son, cubanos de diferentes (y a veces antagónicos) pensares y sentires; pensé en los que hicieron de la colonia la patria “que os contempla orgullosa”; pensé en todo lo que se ha dejado en el camino en vidas humanas y bienes (y hasta ilusiones no realizadas, sueños incumplidos) para llegar a ese ser cubanos, pensé en los que hubieron de sacrificarse, perderse, despilfarrarse, en nombre de abstracciones tan físicas, tan materiales, como independencia del país, soberanía de su pueblo-nación; pensaba en todo eso y no podía conciliar lo que pensaba con lo que había escrito Cioran. ¿Por qué habrían de ser los franceses los únicos en estar contentos con el destino de ser lo que eran? Los cubanos también lo están, pensé no sin cierto orgullo.

Pensé también que el destierro, el exilio, la emigración corren paralelos al surgimiento de la idea y el sentido de nación, tienen la misma data: Félix Varela —raíz, comienzo, de la idea de lo cubano, de la aspiración a lo cubano— vivió y murió en el destierro; José Martí vivió el grueso de su breve vida y escribió la mayor parte de su obra fuera de Cuba, y prácticamente toda su actividad política transcurrió fuera de Cuba. Los restos de Varela regresaron a la patria sesenta años después del deceso del presbítero; José Martí vivió apenas dos meses más después de casi naufragar en Playitas. Lo cubano, más como una vocación de serlo que como un lugar donde vivirlo —la territorialidad como elemento no definitorio de la nacionalidad. Aún así, no me resignaba al apotegma de Cioran—escritor apotegmático, si hay uno. No pueden ser los franceses los únicos en estar contentos de ser lo que son, seguía pensando.

 

Hasta que el artículo de Nicholas Casey para The New York Times me despertó de mi sueño cubano: “It is unspeakable”—dice Casey que dice José Miguel Vivanco, director del programa para las Américas de Human Rights Watch, que “el Gobierno cubano quiere asegurarse de que el régimen de Venezuela “sobreviva y está dispuesto a hacer todo lo que esté a su alcance para apoyar a Maduro” ("The Cuban government wants to make sure the Venezuelan regime survives and is willing to do anything in their power to support Maduro"), y Casey, casi con la celeridad del rayo y la agilidad de un marine—al callar, otorga; y calla poniendo punto y aparte y pasando a otra cosa—, y como para seguirle la rima a Vivanco en lo de que “[el Gobierno cubano] está dispuesto a hacer todo lo que esté a su alcance para apoyar a Maduro”, añade como corroboración definitiva, verdad objetiva, como si jugara con la efectividad de un primer plano o de un rápido jab en pleno rostro, “Los 16 miembros del personal médico cubano entrevistados confirmaron las visitas casa por casa durante las que se mezclaban medicina y política" (“All 16 of the Cuban medical personnel interviewed confirmed the house-to-house visits mixing medicine and politics."). Dieciséis profesionales de la salud cubanos que habían abandonado su misión en Venezuela, de los que identifican por su nombre sólo a tres (Yansnier Arias, Raúl Manuel y Carlos Ramírez), y aluden a una anónima "exsupervisora" —esa es la prueba irrefutable que presenta TNYT de la malevolencia (al parecer sin límites) del Gobierno cubano y del régimen de Maduro. ¿Cuántos médicos cubanos han brindado servicios profesionales en Venezuela y otros sesenta y dos países del mundo? Según un informe de 2016-2017 de la Organización Panamericana de la Salud, más de 50.000 colaboradores cubanos en el 2016 prestaron servicios de atención de la salud a 127.727.352 personas, 11 veces la población de Cuba. Este solo dato habla elocuentemente de la “representatividad” de los dieciséis desertores.

 

Hay que admitir que TNYT y Nicholas Casey, experto en tantos temas, hacen un astuto empleo de las cifras y de la sensibilidad de sus lectores —tan acostumbrados a que les mientan que ya ni saben que viven en la mentira— y logran colar sus groserías disfrazadas de objetividad y aparente equidistancia en eso que algunos llaman el “inconsciente colectivo” y que no es otra cosa que la consciencia social prostituida, de manera tal que si Macron saca al ejército a la calle es porque el presidente francés defiende la civilidad, pero si lo hace Maduro, es porque este es un represor y un matón.

 

La razón última de las tergiversaciones, manipulaciones y mentiras de Nicholas Casey y TNYT es que son parte de la antes mencionada estrategia subversiva para moldear la opinión pública en favor de las sanciones, el sabotaje, la subversión, la intervención. La democracia se convierte así no sólo en curioso abuso de la estadística, como dijera Borges, sino también en la todavía más curiosa representación del mundo como voluntad de dominación de los privilegiados (y sus privilegios) sobre poblaciones y recursos.

 

 

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“Todo el mundo está descontento de ser quien es, salvo los franceses”, insiste Cioran. Y los cubanos también, aunque a algunos cubanos, que imagino muchos, nos avergüence la actitud de algunos otros. Sólo que ese “contento de ser” de los cubanos no se fundamenta en la pretensión de ser lo que no somos, sino en la solidaridad con lo que somos, en resistirnos incluso a nosotros mismos, a nuestra coquetería con lo ligero y lo superficial, a nuestro mimetismo facilista y colorido y, en ese vencernos a nosotros mismos, hemos construido un sentido de lo cubano más recio—nos hemos convertido en un pueblo que se mide a sí mismo con una vara cada vez más alta: de ahí que cada vez duelan más los que no sólo se quedan por debajo, sino que además, quedándose por debajo, niegan incluso la posibilidad de estar a la altura. Quizás hayamos construido un país más grande que nosotros mismos.

 

“Lo que se repite no es el pasado, sino lo que del pasado entró en el futuro”, escribe el filósofo alemán Werner Hamacher (1948-2017) en la tesis 77 de sus “95 tesis sobre filología” (cito y traduzco de su edición en inglés)[2]. ¿Qué, de lo pasado, se internará en el futuro?—me permito parafrasear. ¿Qué, de nuestro pasado, se internará en el futuro? ¿Cuál es (será) el legado de la Revolución cubana en organización social y económica, cultural, gubernamental, estatal?

 

Un solo documento, o un solo ejercicio, no pueden contener ni la totalidad ni la inaprehensibilidad de un proceso revolucionario y, menos aún, el legado de ese proceso, pero puede condensar sus realizaciones y las aspiraciones que de ellas emanan. El referéndum sobre la nueva constitución cubana fue, de alguna manera, un referéndum sobre la obra y el balance de la Revolución cubana: ochenta y seis por ciento de apoyo a un modelo en evolución orgánica, distinto no sólo del que imaginaron la Revolución y los revolucionarios cubanos de hace cincuenta, cuarenta, treinta años, sino también y sobre todo distinto del que querrían imponer por cualquier medio los Estados Unidos, y los cipayos que en Cuba, o fuera de Cuba, los secundan y apoyan.

 

No, no somos la tacita de oro que, de hecho, nunca fuimos, pero hemos llegado a ser lo mejor que, en las circunstancias inimaginablemente adversas que se nos han impuesto (y que nos hemos, con nuestros propios errores y nuestros propios límites, impuesto nosotros mismos), podríamos hoy ser para mañana seguir siendo: el embajador norteamericano no volverá a ser nuestro procónsul; ni los méritos ni menos aún las imperfecciones de la justicia social alcanzada serán excusa para privatizar ni excluir ni para hacer que la sociedad se vuelva a dividir en clases antagónicas; el modelo cubano seguirá privilegiando participación sobre representación, el pluralismo posible en la unidad necesaria sobre la multiplicidad superflua por meramente formal; los derechos seguirán siendo derechos, no “oportunidades de negocio”. Del pasado se deberá internar en el futuro todo lo que ya, el propio pasado, tuvo de futuro.

 

¿De qué pasado se querrán internar, sin orgullo, en cualquier otro por venir, ahora despojado de su pasado natural, quienes desertan de sí mismos, de lo que alguna vez fueron o creían ser? ¿Estarán contentos los dieciséis desertores salvados del olvido por Nicholas Casey, sacados por quince minutos de la opacidad de no ser ya ni lo que fueron ni todavía lo que querrían ser? ¿Estarán contentos esos dieciséis de ser quienes ahora son?

 

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Notas

[1] Pequeños tratados I (Tratado IX: Las lenguas y la muerte), Sexto Piso, México, 2017, p. 113.

[2] Minima Philologica (trad. Catharine Diehl y Jason Groves), Fordham University Press, Nueva York, 2015.