Filosofía del desprecio, desprecio de la filosofía* Bernard Pudal

 

 

*Publicado originalmente en el número de marzo de 2019 de Le Monde diplomatique bajo el título “Une philosophie du mépris”. Traducido del francés por Rolando Prats para Patrias. Actos y Letras.

Desde su ascenso a la presidencia de la República, Emmanuel Macron a menudo ha equiparado a las clases trabajadoras a un grupo de holgazanes incultos y gritones, rompiendo así con la duplicidad de sucesivos Jefes de Estado para con los grupos desfavorecidos, consistente en entenderlos de dientes para afuera y, al mismo tiempo, desatender sus reivindicaciones. Pero, sobre todo, en ignorar la dominación estructural a la que esos grupos están sometidos.

“Los odio, ¿entienden?”, uno de los eslóganes escritos con rotulador en muchos chalecos amarillos condensa en una fórmula de choque la actitud de Emmanuel Macron y la frase célebre del General Charles de Gaulle[1], modelo del doble lenguaje de los políticos. Más allá de las múltiples reivindicaciones sociales y fiscales de los "chalecos amarillos", si existe una constante es la convicción de estos de que las “élites” ignoran sus condiciones de vida y su modo de vida y, por añadidura, los desprecian. En las rotondas, no dejan de resonar las “frasecitas" con las que Macron reveló su visión del “pueblo” francés: asalariados "analfabetos", beneficiarios de mínimos sociales que cuestan una “pasta de locos”, “holgazanes”, “cínicos”, “extremistas”, “gente que no es nadie”, “basta cruzar la calle para encontrar trabajo”…

A la eterna pregunta de “¿Qué es el pueblo?” el Presidente responde: son aquellos a quienes hay que educar, incluso reeducar, son los refractarios, aquellos a quienes hay que guiar, aquellos que se quejan en lugar de hacerse cargo de sí mismos y de asumir sus propias responsabilidades, aquellos que, con demasiada frecuencia, “no son nadie”.

No se podrían exagerar las gracias a Macron por haber expresado con tanta crudeza la filosofía social del mundo al que pertenece, del mundo que lo formó, una filosofía social generalmente eufemística o reservada a los entresijos del fuero interno. Es esa misma visión con que, por ejemplo, Cédric Lomba tropieza en su estudio sobre las fábricas de Cockerill, en Bélgica, sometidas a sucesivos planes sociales durante más de treinta años. Los directivos y los ingenieros de esas fábricas se oponen a los trabajadores a quienes tienen la responsabilidad de dirigir, obligar a una jubilación anticipada o trasladar. Durante las reuniones o las comidas, suelen aludir el arcaísmo de los trabajadores, a su intransigencia, a las bajas médicas por tonterías, a su agresividad frente a las reestructuraciones, pero también a su inmadurez y su inmoralidad cuando “gritan”, amenazan, se estacionan comoquiera o no respetan las medidas de seguridad. Condenan prácticas como el robo (principalmente de efectos electrodomésticos en los comedores o de herramientas), las bromas infantiles (cubrir de grasa las manijas de las puertas, llenar de agua los cascos), la suciedad (en los baños y las cabinas), el libertinaje moral (pegar fotografías eróticas en las paredes de las cabinas y leer revistas pornográficas en los comedores) y la imprudencia (la elevada proporción de trabajadores a los que se les retiene parte del salario)[2].

Esos directivos “de colmillos afilados”, como los describe un obrero, tienen un interés muy especial en mantener esa visión uniformemente negativa de los trabajadores como grupo social y así ahorrarse el problema que podría resultar de una comprensión más realista. Cualquier deseo de comprender mejor a los trabajadores socavaría la confianza de los directivos en la legitimidad de su participación activa en la reestructuración industrial. El desprecio y el error condicionan así la obcecación social necesaria para su misión. Y es esta filosofía del desprecio la que rechazan los “chalecos amarillos”.

Falta de oficio político

La cristalización de semejante resentimiento contra Macron es en parte resultado de la debilidad de su capital político. Macron fue elegido gracias a una combinación de circunstancias: dos candidatos, François Hollande y François Fillon, incapaces de ganar; un Frente Nacional en segunda vuelta que condenó a muchos a votar, por defecto, por Macron; una abstención masiva (10,5 millones de personas en la primera vuelta de las elecciones presidenciales; 24,5 millones en la primera vuelta de las elecciones legislativas)... Macron es un político sin ningún oficio político que llegó al poder.

Tener oficio político significa al menos intentar “enmarcar” con una retórica más o menos eficaz las humillaciones sociales que se infligen, simulando compadecerse de la angustia de los más pobres, de las dificultades con que muchos tropiezan. Es prometer acabar con la “fractura social”, como en su momento hizo Jacques Chirac; o de abrazar el punto de vista de los que “no cuentan sino consigo mismos”, tan numerosos entre las clases trabajadoras—cuya “insignia de honor” es a menudo precisamente ese no poder depender sino de sus propias fuerzas—, o comprometerse a apoyar sus esfuerzos, al estilo de Nicolas Sarkozy, quien eximió de impuestos las horas extras y nunca dejó de alabar a quienes “se levantan temprano”. “También sé que he herido con mis palabras a algunos de ustedes”, admitió Macron.

Esa falta de oficio político también caracteriza a muchos diputados de La República en Marcha (LRM). Como subraya Christophe Le Digol, de los 521 candidatos de LRM en las elecciones parlamentarias de 2017, 281 jamás habían ocupado un puesto electivo. No disponían de otro viático que un capital social que no los predisponía a comprender a los “chalecos amarillos”: esos diputados pertenecían a las categorías socio-profesionales superiores, eran directivos de empresas, se dedicaban a actividades de consultoría[3]... Las discusiones entre “chalecos amarillos” dan testimonio de la aguda percepción que estos poseen de ese desdén social. Desdén que revela esta diputada, Élise Fajgeles, que no tiene la menor idea, ni siquiera aproximada, del monto del salario mínimo (CNews, 3 de diciembre de 2018). O aquella activista según la cual “no es posible vivir en un universo extraordinario, con césped, montañas, una vista increíble, y tener un hospital al lado y una farmacia al final de la calle”[4]. ¿Acaso no disfrutas ya de la campiña? ¿De qué te quejas? Sin oficio, dicen lo que piensan.

De “clases peligrosas” a “muchedumbres desenfrenadas”, de “malos pobres” a “escoria”, de “desclasados” a “casos perdidos”, la conceptualización del desprecio por las clases trabajadoras tiene una larga historia. Ahora bien, si esa historia legitima a los ojos de los gerentes, y de muchos otros, sus múltiples proyectos de reeducación y control, la misma no está exenta de efectos perversos. En particular, les impide comprender las racionalidades que son el fundamento de los estilos de vida populares. Ha sido precisamente la insensibilidad al lugar que ocupa el coche en la vida cotidiana de sectores enteros de las clases trabajadoras, insensibilidad basada en una doble incompetencia, política y social, la que ha sido objeto de castigo. La multiplicación de radares, la velocidad máxima de ochenta kilómetros por hora, el aumento del precio de la gasolina, el llamado impuesto “ecológico” sobre los carburantes, las inspecciones técnicas cada vez más costosas y estrictas, la desvalorización del gasóleo: al reducir la libertad de circulación, el Gobierno ha perturbado inconscientemente toda una economía material, lúdica y social, en particular en los llamados mundos “rurales”. Adoptadas por un presidente arrogante e interpretadas por los afectados como una negación más de su ser social, esas medidas centradas en el automóvil han liberado una ira previamente contenida o discreta que se actualiza y cristaliza en el rechazo a Macron, acompañado de la exigencia de su renuncia.

Cada grupo social erige límites simbólicos con el fin de valorar las cualidades de las que se considera custodio, evaluar el comportamiento de los grupos de los que pretende diferenciarse, tanto arriba como abajo, e interpretar la manera en que los demás lo perciben. Desde ese punto de vista, las clases trabajadoras se ven sometidas a un tratamiento en que convergen todos aquellos que las toman por “objeto”, en la escuela, en el trabajo, en sus lugares de residencia, en sus actividades de ocio, en la vida social más ordinaria. Esa reducción del otro popular a la condición de “objeto inadecuado” estructura toda nuestra vida social.

Pierre Bourdieu no dejó de recordarnos la necesidad de cuestionar los efectos simbólicos de nuestro sistema escolar. En vez de disertar sobre las llamadas brechas culturales entre graduados y no graduados, trabajadores manuales y trabadores no manuales, o, dicho en otras palabras, entre quienes estarían “cerrados” y quienes estarían “abiertos”, quienes poseen una mentalidad crítica y quienes carecen de ella, o entre las víctimas de la globalización y sus beneficiarios, mejor valdría tener en cuenta lo que esta época de “escolarización total”[5] provoca en un sistema escolar no sólo desigual, sino sobre todo destinado a mantener el orden social.

Cualesquiera que sean los esfuerzos de algunos docentes, el mundo escolar no escatima hoy en día a los hijos de las clases trabajadoras, convocados a someterse al orden de las legitimidades culturales, y devueltos, a falta de otra cosa, a su “miseria” moral y cultural. Una de las dimensiones de la universalización de la educación secundaria y superior, proceso histórico a largo plazo que se ha acelerado considerablemente desde los años ochenta, no es sino el aprendizaje por muchos de su propia indignidad. Así lo subrayó Pierre Bergounioux, escritor de izquierda y profesor universitario: “En lugar de las ventajas previstas, [los estudiantes] han obtenido beneficios harto mediocres, y el sentimiento de indignidad que es la modalidad subjetiva de esos beneficios. La experiencia es hereditaria. Quien pasa al sexto grado a la edad de 11 años, sin estar familiarizado con los valores y las costumbres de la escuela, está condenado a que se le haga saber cada día, varias veces al día, de su inadecuación y mediocridad”[6]Probablemente no se tenga idea de hasta qué punto el “fracaso académico” puede ser humillante, sobre todo porque, de eliminación diferida o encubierta a relegación escalonada, en lo adelante ese fracaso acompaña todo el proceso.

Esa negación puede insinuarse en las situaciones más cotidianas. Ya en los años sesenta, el sociólogo Paul-Henry Chombart de Lauwe entrevistó a trabajadores altamente calificados que acababan de ser despedidos. Los embargaba el sentimiento de que no contaban para nada. Uno de ellos contaba cómo su suegra, al tiempo que vivía orgullosa de otro de sus yernos, “diseñador industrial”, lo había presentado a sus conocidos como “tonero [sic] y algo”. Este tornero-fresador estaba convencido de que en la oficina de correos, cuando se dirigían a él, "no lo miraban”[7]... Una de las dimensiones de las culturas populares reside en ese pensamiento que interpreta sin cesar los mil signos, detalles o anécdotas, observaciones o actitudes físicas por las que, como en la situación colonial, se le niega a uno la “individualidad”. Ahora bien, nuestra vida social multiplica las situaciones en las que las clases trabajadoras se encuentran en una interacción desigual con otros grupos sociales: en la oficina de empleo, en las administraciones, en sus relaciones con los maestros de sus hijos, en sus relaciones conflictivas con todos aquellos que les hacen ver que sienten repugnancia por sus prácticas.
 

Gilets jaunes, Acte XVIII, "L'explosion", París, 16 de marzo de 1919 © Le Média

Las clases trabajadoras atrapadas sin salida

Esa percepción se ha afianzado y transformado en el último medio siglo, con la generalización—inconclusa, caótica y segregacionista— de la enseñanza secundaria y superior, y con la creencia cada vez más extendida en la desaparición de las clases trabajadoras, a pesar de que estas representan más de la mitad de la población... El campo político, en todos sus componentes, se ha estructurado cada vez más en torno a esa negación, hasta el punto de que sólo los miembros de las clases superiores y las clases medias intelectuales, y sus intereses, hasta cuando estos son contradictorios, están actualmente representados en ese campo, mientras que las clases trabajadoras son relegadas a la inexistencia. Esta orientación fue reivindicada incluso en 2011 en un informe de la Fundación Terra Nova, en que se proponía que la izquierda socialista se resignara a la muerte de su “pueblo”[8]. El Partido Comunista Francés, que durante mucho tiempo había logrado dignificar a las clases trabajadoras, especialmente a la clase obrera, ya no consigue desempeñar ese papel. Atrapados entre un pensamiento conservador fiel a su tradición y una izquierda convertida a la doxa económica de la derecha, las clases trabajadoras ya no saben a qué santo encomendarse.

La extrema derecha fascistoide pretende abrazar ese resentimiento. El inmigrante no es el único enemigo que les sirve en bandeja a los trabajadores. Los maestros, los “hippy-chic”, las "élites" (palabra que tiene la ventaja de ser de geometría variable), los activistas medioambientales (“écolos”), los militantes sindicalistas son otros tantos enemigos que esa extrema derecha fascistoide convierte en blanco de sus diversas movilizaciones. El odio a la escuela alcanza nuevas cumbres en las Memorias de Jean-Marie Le Pen: "Después de haber aumentado la edad y el nivel de escolaridad obligatorios, aspiramos a enseñar a los discapacitados graves, a los dementes, a los inmigrantes, a los enfermos, a los prisioneros, a los extranjeros en nuestro país y en el suyo, antes de que empiecen a trabajar, durante toda la vida, después de que se jubilen. Este loco sueño de hegemonía escolar es el fruto paradójico de la “revolución” de mayo del 68, que consagró la función docente a la limpieza de inodoros. La Zorra, sin embargo, no se ha reventado, como un moloch hembra que se fortificara con las armas volteadas contra ella. El Alma Mater fortalece la Dictadura de los peones[9]."

Si bien es necesario oponerse al acoso simbólico de que son víctimas las clases trabajadoras tratando de comprender las racionalidades que determinan sus cosmovisiones y prácticas, tampoco se trata de inventar un “pueblo” ideal que simplemente no existe. Las clases trabajadoras, como lo han demostrado tantos trabajos recientes[10], están en proceso de plena reconfiguración y no forman un bloque homogéneo. Sin embargo, hoy como ayer, será del trabajo político de representación[11] que emane la correlación de fuerzas en cuyo seno esas clases habrán de inscribir su futuro, para bien o para mal.

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Notas

[1] En el original en francés, “Je vous hais, compris?”. Al referirse a Charles de Gaulle, Bernard Pudal se refiere a la frase homófona “Je vous ai compris”—“Los he comprendido”—pronunciada durante un discurso en Argel, el 4 de junio de 1958, ante una multitudinaria congregación de colonos franceses durante la llamada “crisis de mayo” de ese año en el contexto mayor de la insurrección anticolonial argelina y el regreso al poder, en Francia, del general de Gaulle. La frase se consideró desde entonces deliberadamente ambigua, concebida para tratar de aplacar al mismo tiempo los ánimos de los independentistas argelinos y los colonos franceses. (Nota del traductor. Todas las demás notas que siguen son de Pudal.)

[2] Cédric Lomba, La Restructuration permanente de la condition ouvrière. De Cockerill à ArcelorMittal, Le Croquant, colección “Champ social”, Vulaines-sur-Seine, 2018.

[3] Christophe Le Digol, Gauche-droite: la fin d’un clivage? Sociologie d’une révolution symbolique, Le Bord de l’eau, colección "Troisième culture", Lormont, 2018.

[4] “Le moment Meurice”, France Inter, 3 de diciembre de 2018.

[5] Joanie Cayouette-Remblière, L’École qui classe. 530 élèves du primaire au bac, Presses universitaires de France, colección “Le lien social”, París, 2016.

[6] Pierre Bergounioux, École: mission accomplie, Les Prairies ordinaires, París, 2006.

[7] Paul-Henry Chombart de Lauwe, Maurice Combe, Henri y Paule Ziegler (bajo la dirección de), Nous, travailleurs licenciés. Les effets traumatisants d’un licenciement collectif, 10/18, París, 1976.

[8] Olivier Ferrand, Romain Prudent y Bruno Jeanbart, “Gauche: quelle majorité électorale pour 2012?”, Fondation Terra Nova, París, 10 de mayo de 2011.

[9] Jean-Marie Le Pen, Mémoires. Fils de la nation, Muller Édition, París, 2018.

[10] Cf. Yasmine Siblot, Marie Cartier, Isabelle Coutant, Olivier Masclet y Nicolas Renahy, Sociologie des classes populaires contemporaines, Armand Colin, colección “U: sociologie”, París, 2015.

[11] Cf. Lorenzo Barrault-Stella y Bernard Pudal, “Représenter les classes populaires?”, Savoir/Agir, núm. 34, Vulaines-sur-Seine, diciembre de 2015.