El Diario Perdido de Carlos Manuel de Céspedes* Eusebio Leal Spengler

 

 

 

 

I

 

 

Este Diario ve la luz 117 años[1] después de escrita su última página. El viernes 27 de febrero de 1874, en las horas finales de aquella mañana, el autor ofrendó la vida a la causa de su pueblo, rubricando su historia política. Existió posteriormente, entre algunos de sus contemporáneos y biógrafos, la convicción de que en los últimos instantes, viéndose en peligro de caer en manos de sus enemigos, apresuró el final, tal y como lo había previsto: «...morir con la dignidad como debe morir un cubano; aunque creo que ese caso no llegará, porque mi revólver tiene seis tiros, cinco para los españoles y uno para mí: muerto podrán cogerme, pero prisionero, ¡nunca!»[2]. Si así aconteció, no fue éste un acto ajeno al concepto más elevado del honor, y ante esa opción en un trance y circunstancias como aquellas, ha de inclinarse reverentemente la posteridad.

 

El escenario, por lo demás majestuoso, donde tuvo lugar el drama, evoca pasajes de la antigüedad clásica y pudiésemos aceptar como válido el devenir trazado por el índice del destino. Cuanto ocurrió fue digno del hombre y de la fama del héroe.

 

Ante la naturaleza hermosa y feraz de Cuba, la soledad súbita fue la última prueba para aquel que había desencadenado a un pueblo entero de la esclavitud y la servidumbre, trayendo a nuestra memoria la agonía del Libertador Simón Bolívar en Santa Martha, la inexplicable decisión del mayor general Ignacio Agramonte de atravesar virtualmente solo el potrero de Jimaguayú, o el galope desenfrenado del corcel del Apóstol José Martí que le lleva a la cita inesperada con la muerte. Por lo demás, San Lorenzo evoca el martirio y la purificación como los hierros candentes entre los que una vez padeció el joven Lorenzo, aunque en realidad fue Lorenzo González el que «...ha dado nombre al sitio p[r]. haber sido el primero q. lo habitó»[3].

 

 

Si fue la traición o el azar lo que guió al Batallón de Cazadores de San Quintín hasta el apartado, y al parecer seguro refugio de la Sierra, poco importa ya en definitiva. Los ignotos perseguidores del hombre de La Demajagua eran portadores, sin saberlo, de la corona de laurel para ceñir su frente. Al ilustre caído se le han de tributar las solemnes y emotivas palabras del Apóstol: «La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida...»[4].

 

Para estupor y admiración aún de los que le conocieron, se viste con elegancia insospechada el día crucial: «... chaqué de paño negro, pantalón de casimir obscuro, chaleco de terciopelo a cuadros con rayas punzó...»[5], todo lo cual parece paradójico en la rusticidad del ambiente circundante; «S. Lorenzo está situado á la marjen derecha del Contramaestre entre varios arroyos»[6]. Se ignora quién hirió a su caballo Telémaco, que cae espantado y desfallecido en las aguas cristalinas de una charca no distante, en que solía hallar solaz su señor casi todas las mañanas; espejo de agua, idílico remanso de paz y quietud entre lirios florecidos, para un alma sin reposo, para un pensador que había alimentado sus meditaciones en trágicas lecturas, como señalara Martí, para quien considera su obra, inacabada:

 

...y así aceptó solo, aunque por breves momentos, el gran combate de su pueblo, mientras ganaba la selva cercana, envuelto por el humo de sus detonaciones; pero había llegado al borde del alto barranco; acorralado, perdido, no vacila en el instante supremo, se ofrece al porvenir como ejemplo magnífico de fortaleza, se ofrenda a la patria en holocausto, y con el corazón destrozado por su propia mano en el último disparo, desaparece en el foso, como un sol de llamas que se hunde en el abismo[7].

 

El cuerpo fue levantado del fondo de la barranca en donde cayó, y dejó en un trecho del camino las huellas de sus ropas y el rastro de sangre que hallaron más tarde su hijo Carlos Manuel y sus compañeros. La turbación y el duelo les abatió en aquel instante de orfandad, aún más, al comprobar que, aunque sin vida, los asaltantes del campamento habían llevado consigo el cadáver del hombre del 10 de octubre.

 

La noticia se extendió por el territorio de Cuba Libre, los campesinos comarcanos vieron cumplirse el augurio de los fatales peligros que asechaban al presidente viejo, y muchos lloraron por aquel caballero extraño que compartía por doquier sus escasísimos bienes personales, con la misma serenidad con que una vez, siendo señor de vidas y haciendas, había optado por la vocación infinitamente superior de revolucionario.

 

Es de suponer que el enemigo hurgó en los últimos rincones de lo que fue su aposento, y que fue allí donde se posesionó de los cuadernillos del Diario, de su archivo, y de otros objetos de uso personal —como la escribanía de plata— seguramente robados. ¿Quién sabe dónde estarán hoy aquellas reliquias? Quizá la cartilla de madera, donde se ejercitaba enseñando las letras a los niñitos de la aldea, quedó como algo de poco interés, olvidada para siempre.

 

Llevado el cuerpo a la ciudad de Santiago de Cuba, se expuso públicamente en el Hospital Civil; muchos le vieron y nadie, al parecer, tuvo valor para ultrajarle. Me he detenido al pie de la ventana del vetusto hospital, en aquella antigua ciudad, donde una lápida recuerda la presencia del cuerpo inanimado; dicen que tenía los ojos grandes y abiertos, que su apariencia era de extraordinaria serenidad. El agente secreto de Céspedes en Santiago de Cuba -–Leonidas Raquin, o sea Calixto Acosta Nariño– le explicaba a Ana de Quesada en carta próxima a la fecha: «Su cadáver llegó aquí (Santiago de Cuba) en la mañana del 1[o] del corriente (marzo); fue conducido al Hospital Civil y puesto a la expectación publica... Se notaba una herida en la tetilla derecha, el ojo del mismo lado muy amoratado y el cráneo hundido. Según opinión de algunos el mismo se quitó la vida...»[8].

 

Manos piadosas exhumaron sus restos la noche del 25 de marzo de1879, en el cementerio de Santa Ifigenia; de tal manera, pudo salvarse de la fosa común y del olvido.

 

Ansiosamente he buscado la última página del Diario, donde una mano ajena escribió al pie de una cruz, el siguiente epílogo:

 

2[a]Parece que el Bon de San Quintín (ó sea su jefe) recibió un aviso o confidencia del punto donde se encontraba el expresidente; y que este aviso se lo dió un negro presentado que habia sido sirviente, ordenanza ó asistente (algunos dicen que fue esclavo) del Presidente, Marques de Santa Lucia el C. Salvador Cisneros. Céspedes se queja continuamente en su Diario de la vejaciones que sufre del sucesor suyo, y teme (así Io demuestra y dice) que le retarden el pasaporte para el estrangero con algun fin siniestro[9].

 

Atraído por la curiosidad, recorrí los testimonios dejados por el autor el día 25, donde aún bajo la impresión de un sueño premonitorio, se ve transportado por un rapto onírico al templo donde se celebraría su matrimonio con una novia desconocida, escena interrumpida súbitamente por la aparición de una dama luctuosa, en la que reconoce a su difunta esposa Carmelita, y se abraza contrito a aquella sombra.

 

Hay aquí —al pie de la página— otra referencia y en ella el exégeta desconocido, se sorprende al comprobar que en vísperas de su muerte el protagonista de esa historia soñase con muertos y aparecidos.

 

Ahora descorremos el velo que el pasado interpone entre lo sucedido en San Lorenzo y su vida anterior, renunciando exprofeso a la narración convencional de su biografía, tratada con tanto acierto por no pocos autores. Tomaré pasajes y momentos sobresalientes que den sentido a la presentación de estos papeles, que sólo podrán ser interpretados por aquellos que apasionadamente estén ya iniciados en los estudios cubanos, y que conociendo la historia patria encuentren en la de sus grandes hombres, los aportes que ellos hicieron a la forja de la nacionalidad.

 

El papel que el hombre juega en la historia no puede ser obviado, es esto lo que da sentido cabal a la afirmación de que es el pueblo el verdadero actor en todo proceso político; el liderazgo, la capacidad de decisión y el genio, solamente pueden ser negados por los mediocres, por los pequeños de espíritu, sin que ello nos prive de comprender la ley física de que las figuras que más luz reciben, son las que más grandes sombras proyectan. Solo acercándonos despacio, muy despacio, al inmenso resplandor, puede adaptarse la visión humana al encanto de las penumbras.

 

Lo cierto es que, de mucho atrás, él llegó a la serena e íntima convicción de que la Revolución reclamaría el último aliento de su vida, en las misivas escritas a su esposa, que ansiosamente le espera lejos de la Patria, y en sus anotaciones en el Diario, patentiza, sin acento fatal ni desesperanzado, el sentimiento de la utilidad de su sacrificio: «... q. mis huesos reposen al lado de los de mis padres, en esta tierra querida de Cuba, después de haber servido a mi patria hasta el día postrero de mi vida»[10].

 

Él sabe que escribe para las generaciones futuras, aunque como todo hombre racional se rebele y quiera apartar de sí la visión de ese Gólgota. El verdadero valor no está en inclinar la cerviz a lo inevitable, está en asumir su utilidad a una causa justa; no otra es la verdadera cualidad de la condición humana.

 

En su retiro en la Sierra Maestra, donde debió someter a examen cada acto de su vida, le llegan mensajes de fidelidad personal y gratitud. El mimo con que le cuidan el prefecto José Lacret Morlot, su asistente Jesús Pavón, su hijo Carlitos, su cocinero franco-alemán Alberto Hatfge, y la hospitalidad de las familias Millán, Beatón, Rodríguez, y del capitán Quintín Banderas, entre otras, alivian la tristeza de su estado; en realidad se hallaba allí en condición de residenciado, y él mismo se encarga de explicar el sentido de ese término al joven Lacret: «... quiere decir que no podré moverme del lugar que usted me señale sin expresa orden de usted»[11].

 

Varios meses —y hasta que se determina su relativo libre albedrío— ha permanecido unido, involuntariamente, al Consejo de Gobierno; ha resistido estoicamente ultrajes y maledicencias incalificables. A pesar de la mesura y precisión de sus anotaciones, hay momentos en que es inevitable el desahogo de sus más íntimos sentimientos, empleando para ello el epíteto que en nuestra tierra resume todas las cobardías. Pero son borrascas fugaces: «Este "Diario" es el mejor mentis. Por mi no se derramara sangre en Cuba»[12]. Sabe que no puede ser tentado y a pesar de no ser ya el primer magistrado de la República en Armas nadie pudo, ni podrá, arrebatarle el título de Primer Ciudadano.

 

Sus propios detractores y antagonistas han sido arrastrados por la vorágine de la espiral de los acontecimientos; algunos, si no la mayoría, fueron hombres de probados valores, no pocos cayeron bajo la espada afilada de la guerra; pero tiempo tuvo el ex-Presidente de poder asistir a la agonía o al deceso de muchos de ellos. Siempre será generoso ante estos compañeros caídos, y debemos seguir ese ejemplo pues sólo la traición es imperdonable, y se requiere entereza para extender la mano y dar una palmada en los hombros del amigo que, extraviado, ha cometido errores, echándonos a la espalda las saetas del qué dirán.

 

¿Quién podrá, en la pasión de un culto legÍtimo, omitir los desaciertos en que necesariamente toda labor gubernativa puede incurrir? Pero suele ser ésa la excusa predilecta, o el error real en que caen habitual y voluntariamente los que miran las revoluciones desde un otero al que no llegan las salpicaduras del lodo y de la sangre. No fue este el caso de los coetáneos de nuestro Libertador, ellos sí estaban inmersos en la lucha; pero el común denominador indica que su visión no superaba el horizonte de lo inmediato, no reconocieron los valores del hombre-símbolo, no vieron a la Patria como parte de una realidad continental y universal, muchos fueron héroes de patria chica; solo así podemos interpretar lo irreflexivo de sus actos que José Martí, en análisis sincero, comentó: «Decía Céspedes, que era irascible y de genio tempestuoso: —"Entre los sacrificios que me ha impuesto la Revolución el más doloroso para mí ha sido el sacrificio de mi carácter." Esto es, dominó lo que nadie domina»[13].

 

El autor del Diario fue absoluto en algunas valoraciones individuales; pero el margen de error es mínimo. Solo contados individuos de los por él analizados en la complejidad o simpleza de sus caracteres, tuvieron la oportunidad de sobrevivir muchos años y ocupar el lugar que, por actos posteriores, le correspondiera legítimamente en la historia. Nos causa asombro que haya visto rasgos de conducta imperceptibles incluso para sus más íntimos amigos y compañeros.

 

 

 

 

 

II

 

En cuanto á mi, solo diré q. estreché la mano

del q. me trajo la deposición, diciéndole:

"Gracias, amigo mío! Me ha traído V. mi libertad!"[14].

 

Carlos Manuel de Céspedes

 

Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo fue depuesto por acción legal de la Cámara de Representantes el día 27 de octubre de 1873; los lectores podrán acudir a la bibliografía para consultar los cargos e imputaciones que le fueron señalados, fundamentando el acto jurídico que aconteció en Bijagual de Jiguaní, en presencia de un fuerte contingente de tropas mambisas y de altos mandos militares de la Revolución.

 

A estos últimos, la vida daría cumplidas pruebas de las razones cespedianas en torno a la necesidad de un mando coherente, prestigioso y centralizado en la conducción de la lucha armada. La unión política y militar en un proceso de participación popular es absolutamente irrebatible.

Para el mayor general Vicente García, esa probabilidad de reflexión sobrevendría cuando recae en él la alta magistratura republicana, en vísperas del colapso definitivo que conduce al Zanjón, al señalar que parecía que querían que la República muriera en sus manos; luego quizá a bordo de la nave donde ve desdibujarse en la distancia las costas de su Cuba amada, y finalmente en el exilio, del cual no pudo regresar jamás.

 

El mayor general Máximo Gómez, a quien estaba reservado un rol protagónico principalísimo en el porvenir, ha dejado en su propio diario, en su epistolario, y en las proclamas y órdenes militares, conceptos en los que se transparentan sus experiencias más disímiles de la década gloriosa.

Tomamos esta cita de una carta dirigida a Tomás Estrada Palma, fechada el 8 de diciembre de 1895, donde expone diáfanamente la idea central del principio de autoridad en la prosecución de la lucha armada, coincidiendo con los postulados del ex-Presidente:

 

...Los cubanos no buscamos, no queremos tener primero, más que honor Patria y Libertad—Todo lo demás llega obligado y grande después de todo aquello. Lo que se necesita es triunfar, y los medios más eficaces y más resueltos, aunque parezcan duros, para llegar hasta allí, siempre serán los mejores, los más decorosos y aplaudidos. Lo malo, lo desgraciado lo deshonroso es no triunfar—y lo malo, lo cruel y torpe, es dilatar el triunfo. Eso es no amar el País. Siempre he pensado que no se debe ser sanguinario, pero sí Revolucionario radical...[15]

 

 

Pero jamás se patentizará en tan alto grado, como en el instante en que sabe que la Asamblea de Representantes reunida en el Cerro en 1899, ha determinado deponerle del cargo de general en jefe del Ejército Libertador de Cuba, ultraje que dará sentido pleno a la admonitoria previsión de Martí cuando al llamarle de nuevo al combate prevé como recompensa «...la ingratitud probable de los hombres»[16].

Para el mayor general Antonio Maceo —a quien le correspondió sustituir al general Gómez cuando Céspedes le separa de su cargo— lo acontecido en Bijagual fue motivo de hondas cavilaciones en los días de la Protesta de Baraguá, cuando deviene protagonista del acto más trascendental para Cuba, después del 10 de octubre de 1868; cuando iniciada la Guerra Chiquita las mezquindades e intrigas pusieron en riesgo algo más que su propia participación en los planes y proyectos que debían dar a la Patria su total y definitiva independencia; y aún más —y de qué manera— cuando estando en Pinar del Río, en 1896, disputando palmo a palmo el suelo occidental a las aguerridas tropas españolas, recibiera las alarmadas misivas de sus compañeros que le advierten de la ineptitud y de1a vanidad incalificable con que el gobierno civil imponía torpemente obstáculos al ejercicio de los mandos, hasta que la orden del Generalísimo le llama con toda urgencia a unírsele ante la gravedad de los hechos.

 

En aquella salida sin su escolta y sin los jefes que había llevado junto a él en la invasión a occidente, y en el móvil que la promueve, han de encontrarse, en última instancia, las razones de su caída en combate, en San Pedro, el 7 de diciembre.

El mayor general Calixto García Íñiguez, optaría por quitarse la vida antes de entregarse prisionero a los que le sorprenden en su campamento de Veguitas en 1874; pero, ave fénix, tendría la oportunidad largamente codiciada de volver a luchar en los campos de la Patria, para, en los últimos instantes, cuando la victoria ha sido alcanzada por el inenarrable sacrificio de todo un pueblo, verse agraviado, desconocido y humillado a las puertas de Santiago de Cuba por las tropas yanquis.

 

Céspedes se desempeñó en su cargo por espacio de cuatro años y seis meses, en ese tiempo la Revolución vivió momentos de apogeo, resistió la reacción y el embate de un ejército poderoso y experimentado en tácticas de contrainsurgencia. Sus academias militares se nutrieron y forjaron con la enseñanza de los ex-combatientes de las campañas militares americanas. No pocos de los libertadores de nuestro continente formaron filas en aquellos ejércitos.

 

La guerra de guerrillas la pusieron en práctica, en tiempos antiguos, jefes como Viriato; fuerzas irregulares mandadas por Mina aniquilaron a las mejores agrupaciones napoleónicas. Nada puede decirse en menoscabo del valor y la capacidad del soldado español. El siglo XIX vio a la Península sacudida por las guerras, el fuego y la destrucción, asolando aldeas y ciudades españolas, enconada además la pasión política por el fanatismo religioso.

 

En contradictoria lucha con el absolutismo, los nombres del General del Riego, o de Torrijos y sus compañeros de infortunio, eran invocados en asonadas y motines como los de la Granja de San Idelfonso o el de los Sargentos de San Gil. La nación española se debatía angustiosamente en la crisis económica más profunda, la creciente deuda exterior, el cíclico recrudecimiento de la guerra civil, el Carlismo y el sordo enfrentamiento entre la Iglesia y el liberalismo; apuntando en aquel escenario de incertidumbres y desventuras, las demandas de obreros y campesinos arrastrados por el sistema de levas al servicio militar, donde tantas veces suplían a los señoritos que, por privilegios de la cuna y por el pago que los exoneraba del cumplimiento del sagrado deber, no irían a caer en las desérticas estepas de Marruecos o en los bosques y maniguas de Cuba. El levantamiento de los cubanos coincidió con el momento de mayor descrédito del régimen monárquico.

 

Alentada la reina Isabel II por el consejo desacertado de sus validos, intentóse por la fuerza el restablecimiento de fueros y privilegios coloniales en América, lo que condujo a trágicos sucesos como el del 2 de mayo de 1865, en que una Armada Española bombardeó, con suerte adversa, el puerto del Cayao en el Perú, luego de haberse experimentado otro duro revés en Valparaíso, Chile. Este acto de arrogancia galvanizó la voluntad de unión de las repúblicas suramericanas, y forjó la alianza cuatripartita entre Chile, Ecuador, Perú y Bolivia.

 

Colofón del proyecto político fue el desastre de Santo Domingo, también en 1865, donde un movimiento patriótico, de honda raíz, restauró la República.

 

Sujetas Cuba y Puerto Rico a la Metrópoli, como último reducto de lo que fue una vez el más vasto imperio colonial, el Grito de Lares, el 23 de setiembre de 1868, significó la señal para el estallido de la Revolución en las Antillas, y aunque la esperanza borinqueña fue abortada, este sacudimiento precedió, en solo unos días, el pronunciamiento de los militares en la Península, que tuvo como resultado inmediato el exilio de la Reina, y la consecuente afirmación del poder militar, que tendría en la guerra de Cuba una válvula de escape para dar salida a la profunda crisis estructural que socavaba los cimientos de la nación española.

 

Céspedes conoció esta problemática en toda su complejidad, observaba la integración de la sociedad norteamericana posterior a la guerra civil, calculó el interés que los políticos de aquella nación podrían tener en una Cuba independiente donde hubiese sido abolida la esclavitud. Su correspondencia con don José Manuel Mestre y con el doctor José Morales Lemus, su ministro plenipotenciario y encargado de negocios en Washington, esclarece las intenciones más intimas:

 

Por lo que respecta a los Estados Unidos tal vez esté equivocado, pero en mi concepto su gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para su nación y entretanto que no salga del dominio de España, siquiera sea para constituirse en poder independiente; este es el secreto de su política y mucho me temo que cuanto haga o proponga, sea para entretenernos y que no acudamos en busca de otros amigos más eficaces o desinteresados[17].

Como Martí, años después, confía en la eficacia de una victoria militar que se anticipe a toda reacción adversa al nuevo estado soberano. «A la imparcial historia tocará juzgar si el gobierno de esa República ha estado a la altura de su pueblo...»[18]. Y razones tiene, sobradas, para temer el predominio de la facción anexionista, en la cual militan calladamente algunos de los más connotados dirigentes del exilio cubano, que no pudieron, por estar alejados de los campos de batalla, superar su falta de fe en la reserva moral y espiritual que vivificaba la sagrada causa de Cuba.

La acción del Presidente tuvo varias proyecciones; en lo internacional, alcanzó para la República en Armas el reconocimiento diplomático y la simpatía de las Repúblicas del hemisferio, que unas tras otra pronunciaron su adhesión: México, Chile, Venezuela, Perú, Bolivia, Colombia, Brasil, El Salvador y Honduras. La correspondencia del líder cubano surcó mares y traspuso las fronteras más apartadas, y si este clamor halló en unos cruel indiferencia, promovió en otros ardorosa simpatía.

 

Desde la isla de Guernesey, se levantó el verbo incomparable de Víctor Hugo, que había escuchado el lejano clamor de nuestros compatriotas, él puede devenir símbolo de la solidaridad que se hizo sentir en los rincones más distantes de la tierra.

 

El periodista irlandés James O'Kelly, que publicaría más tarde su reportaje en un volumen titulado La tierra del mambí, se sorprende al asistir al encuentro del presidente Céspedes; en su descripción ha captado el perfil de aquel estadista, que le invita a acomodarse en el recinto pulcro de su bohío que fue, en propiedad, Palacio de la Revolución:

 

Aunque el presidente Céspedes es un hombre de corta estatura, posee una constitución de hierro. Nervioso por temperamento, permanece siempre en posición erecta. Los rasgos de su fisonomía son pequeños, aunque regulares. De frente alta y bien formada, y ojos entre grises y pardos, aunque brillantes y llenos de penetración, refleja en su cara oval las huellas dejadas por el tiempo y los cuidados. Además, ocultan su boca y la parte inferior de su cara un bigote y barba de color gris, con unos cuantos pelos negros entrelazados; muestra al sonreírse sus dientes extremadamente blancos, y con excepción, muy bien conservados[19].

 

Lo encontró informado de los acontecimientos internacionales por los ejemplares de la prensa que el correo patriótico ponía en sus manos, atravesando sigilosamente las playas y los montes. En realidad el testimonio de O'Kelly coincide plenamente con el de todos los que le conocieron, le trataron, o le escucharon hablar alguna vez.

 

Podía leer y expresarse con facilidad en inglés, francés e italiano, era erudito en las fuentes latinas; solía, sin humillar a los circunstantes, hacer paralelos entre los héroes de la epopeya y de la mitología, insertando todo esto de manera natural en las raíces del saber y el decir de nuestras gentes.

 

El placer de la buena mesa, que había cultivado en sus prolongados viajes a Europa en años juveniles, no le impedía al gourment [sic] deleitarse igualmente con la cocina criolla. Disfrutaba y agradecía los platos que especialmente le preparaban, y en tan difíciles circunstancias tenía el cuidado de anotar los alimentos que en ocasiones resultaban una obligación desagradable, pero indispensable, como aquel jueves 15 de enero de 1874 en que hubo de comerse una desabrida lechuza. O aquellos cotidianos como el andarax —especie de jutfa carabalí— en fricasé, con frijoles o en ajiaco, con ñame cimarrón, boniato, casabe, huevos de gallina, caña de azúcar, raspadura; maíz asado, en tortas o atole; biajacas, jutía; pocas veces cerdo, mulo, buey y venado. Como fruta, la naranja de China. El agua mona —agua de jenjibre endulzada— y el café, constituían la cortesía en cada visita.

Resalta dulces, que anota cuidadosamente, así los matahambres que le trajo la morena Brígida, especificando que son una «...especie de dulce hecho de catibia, coco y miel...»[20], o la «... pasta de Almidón con dulce llamada vulgarm[e]. "suspiros"...»[21]. Sobre el aderezo señala: «...todo bien sazonado con grasa de coco y vinagre de miel de abejas»[22]. Refiere platos raros como el calalú de coles, o el caro «... q. es una sabrosa preparación de los huevos del cangrejo»[23], y reflexiona: «En esta costa hacen muchas aplicaciones del coco a la alimentación; lo usan como grasa, como leche, como fruta, como dulce, como agua, fabrican de la cáscara varias clases de vasijas; finalm. lo administran como medicina»[24].

Cumplido en extremo, como se decía, se descubre al llegar a las casas de familia, asiste invitado a los festejos organizados en un apartado campamento de la Sierra, y en la anotación correspondiente al día 19 de febrero de 1874, nos deja una vívida estampa de la fraternidad con que la Revolución ha vencido la discriminación padecida por los más humildes.

 

Yo entré en el salon antes de empezar la danza y saludé a todos, quitandome la gorra con cortés respetuosidad: luego recorrí la fila de señoras, q. me recibieron sentadas con mucho aplomo: á todas, una pr. una, le estreché la mano, y me informé de su salud y la de su familia; atención q. demostraron haberles agradado sobremanera. Por último, me senté entre dos etiopes y entablé con ellas una amena conversación: lo mismo hice pr. turno con todas las demás concurrentes... Estaba yo sentado junto á una de las niñas más bellas, cuando la liberta Bríjida, ...me dijo en su jerga con voz un tanto doliente: "Presidente, ...hagame el favor de salir á oirme una palabra!" Yo salí muy risueño con la ocurrencia, cuando ella tomandome las manos, me dijo: "Mi Presidente, mi amo..." ..."Hija, le contesté: "yo no soy tu amo, sino tu amigo, tu hermano...[25]["]

 

Muchas anécdotas podrían citarse, para iluminar los contornos de su retrato, pero hay un momento que resume más que todos los juicios la dureza inquebrantable de su integridad, aquel cuando sobreviene la disyuntiva de salvar al precio de sus ideas la vida de su amado hijo Oscar; entonces, puestos en una balanza este entrañable afecto de un lado y del otro, colocadas las lágrimas de incontables familias cuyos vástagos habían sido inmolados, decididamente responde: «Duro se me hace pensar que un militar digno y pundoroso como V.E., pueda permitir semejante venganza, si no acato su voluntad, pero si así lo hiciere, Oscar no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueran por nuestras libertades patrias»[26].

 

Aquí nacerá el título imponderable de Padre de la Patria.

 

EI gobierno peregrino recorrerá en una u otra dirección el territorio republicano, ganado y perdido en disputa mortal con el enemigo, quien no reservará al pueblo cubano un destino mejor que aquel que aterradoramente revela Francisco de Goya en sus grabados Los desastres de la guerra.

 

Al Presidente corresponderá levantar su voz ante el mundo civilizado cuando se consume en La Habana la ejecución de los ocho estudiantes de medicina, el 27 de noviembre de 1871. Seguirá paso a paso las noticias que continuaron al apresamiento de su esposa Anita: bella joven y apasionada camagüeyana, capturada instantes antes de que llegase la nave que había de conducirle al exterior, acompañada del poeta Juan Clemente Zenea, sobre cuyo nombre caería el afrentoso estigma de la traición, baldón que solo pudo ser disipado más de un siglo después cuando se abrió paso un rayo de verdad sobre su ejecutoria[27]. Solo ahora, en la triste soledad del Foso de los Laureles, en la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, ante las piedras del muro, comienzan a levantarse el sauce y el ciprés evocados en su poema A una golondrina.

 

La lucha armada, escogida como única vía para alcanzar la independencia de Cuba del yugo colonial, suponía, en primera instancia, la organización del Ejército Patriótico; pasar aceleradamente de la fase emotiva a una concepción realista y objetiva de cómo llevar adelante una guerra con probabilidades de victoria. La experiencia desde los albores del levantamiento fue una maestra rigurosa para los cubanos. No sería con un Ejército ordenado de forma convencional que vendría el triunfo. Necesariamente había que beber en las fuentes de la historia latinoamericana, donde los grandes generales de la gesta independentista habían sabido introducir variantes que nos asombran aun hoy por su osadía; y aunque muchos no lo entendiesen, aferrándose a concepciones clásicas, la vida demostró que la guerra total era la única salida y Céspedes lo vio con nitidez ya en 1871. Máximo Gómez guardaba este recuerdo:

 

En mis conferencias con el Presidente tratábamos del modo de hacer avanzar la revolución hacia occidente y recuerdo con placer las palabras del noble caudillo. "Un millón de combatientes en Oriente no bastarán para volver a la Revolución sus días de esplendor y se hace preciso que invadamos Las Villas", desde entonces nació en mi ánimo el pensamiento de la invasión...[28]

 

Avizora que este avance al occidente golpearía mortalmente al enemigo, que había lanzado sobre los territorios insurrectos una avalancha de batallones, llamando al servicio activo al voluntariado peninsular comprometido raigalmente con los intereses del capital, íntimamente imbricado en el tráfico y venta de esclavos, cegado por la pasión integrista; poseedor de las más importantes inversiones azucareras en occidente, beneficiado, en principio, por los negocios para el abastecimiento de las tropas y la transportación de los contingentes de ultramar; representado en la Península por los voceros más recalcitrantes de la reacción que clamaron frenéticamente por una Cuba española, y que juzgaban a aquí y allá toda disidencia como delito que debía ser castigado con energía.

 

La ausencia de una información veraz sobre los sucesos en la gran Antilla, había anulado a la prensa y a la cúpula política; Saturno no vacilaría, una vez más, en devorar a sus hijos. La guerra se encargaría de colocar un crespón luctuoso en la puerta en la puerta de cada hogar, tras la partida de decenas de miles de jóvenes arrancados al campo y a la mina. Mas no faltaron en España voces que se alzaron clamando justicia, paz y libertad, pero desafortunadamente ese clamor fue apagado por la sombra negra de la guerra que segaba por igual a lo mejor de la juventud cubana y española.

 

III

 

No desmaya la voluntad del fundador. En sus cartas y discursos nadie puede hallar fundamento para el desaliento. Elocuente y sereno poseía una capacidad de persuasión y un razonamiento dialéctico privilegiado:

En vista de nuestra moderación, de nuestra miseria y de la razón que nos asiste ¿qué pecho noble habrá que no lata con el deseo de que obtengamos el objeto sacrosanto que nos proponemos? ¿qué pueblo civilizado no reprobará la conducta de España y no se horrorizará a la simple consideración de que para pisotear ésta los derechos de Cuba, a cada momento tiene que derramar la sangre de sus más valientes hijos? No: ya Cuba no puede pertenecer más a una potencia que como Caín mata a sus hermanos y como Saturno devora a sus hijos[29].

Pequeño de estatura y de modales elegantísimos, no se apartó ni un solo instante en medio de las peores carestías y escaseces del cuidado y pulcritud que hacían siempre resplandecer su imagen. Podría reconocérsele, como alguien dijo una vez, por una dignidad que manaba de todos sus gestos sin afectación ni fingimiento. Buen equitador, conocía los vericuetos y pasos de las montañas, y muy útil le fue el haber practicado las disciplinas gimnásticas. Con esta dignidad y natural elegancia, va apreciando críticamente los cambios que en su aspecto imponen las adversas condiciones, que ya desde Las Tunas, el 5 de agosto de 1871, refiere a su esposa:

Yo estoy muy delgado: la barba casi blanca y el pelo no le va en zaga. Aunq. no fuertes, padezco frecuentes dolores de cabeza. En cambio estoy libre de llagas y calenturas. Todo no ha de ser rigor. La ropa se lava sin almidon: de consiguiente no se plancha, no se hace mas que estirarla p[a]. ponersela[30].

Y dos años después, como algo que le hace meditar, recoge en su Diario:

Cambié mis pantalones de casimir, q. me acompañaban desde antes de la revolución, p[r]. otros nuevos de igual jénero, aunque ordinario. Ya de esas memorias no me queda mas q. una toalla de holanda bordada. Asi todo va abandonandonos en este mundo hasta q. nosotros mismos lo abandonamos todo[31].

Enamorado y galán, mas siempre caballero, el amor le prodigó exquisitas celadas a las cuales él no fue esquivo, y esto, más que defecto, es en la estructura de su ser íntimo, encanto. De aquellos devaneos amorosos sobrevivió una estirpe que no llevó con sonrojo su nombre. ¡Quién podría enjuiciar con ojos puritanos al vigoroso genitor a quien sorprende la muerte con un último beso de mujer en la mejilla! Consuelo para el hombre, que reside en apartado campamento de la abrupta Sierra Maestra, los retratos de los gemelos Carlos Manuel y Gloria de los Dolores, a los que no conoció y a los cuales con paternal ternura envía algunos recuerdos personales y guedejas de sus cabellos: «Mandé con el Cap[n]. Quintin Bandera, q. lleva á Vega a Jamaica, un paquetico q. contiene pelos de mi cabeza y barba p[a]. mis hijitos q. están en el estranjero y tal vez sea lo único q. vean de mi persona»[32].

 

IV

 

Las sesiones de la Asamblea Constituyente de Guáimaro concluyeron con el nacimiento de la República, proclamada en una de las más emotivas escenas que el historiador pueda recordar. Quedó constituida la Cámara de Representantes adjudicándosele por la Constitución la facultad de elegir al presidente y al general en jefe.

La magna reunión supuso una voluntad de conciliación entre dos proyecciones de cómo conducir la acción revolucionaria. De una parte Oriente, con la preeminencia que le había otorgado el Grito de La Demajagua, anticipación enunciada por Céspedes en la memorable reunión conspirativa en San Miguel del Rompe: «Señores: La hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido. Si aun nos parece fuerte y grande, es porque hace mas de tres siglos que lo contemplamos de rodillas. ¡Levantémonos!»[33].

 

Determinación que se concreta la mañana del levantamiento y en la acción de Yara que tan significativamente recordara Céspedes en 1871: «Yara, que es el grito de independencia; Yara, donde hace tres años se le arrojó el guante al enemigo de las libertades de Cuba...»[34].

 

 

No es necesario volver a enjuiciar lo que el propio Martí analizó, más cercano en el tiempo a los hechos que nosotros, y escuchando de actores y testigos privilegiados, matices y circunstancias que ni siquiera fueron escritas. Él comprende la encrucijada en que se hallaron los padres fundadores, y lo que nos ha dejado dicho, arroja un haz de luz sobre aquellas jornadas.

El 10 de Abril, hubo en Güáimaro Junta para unir las divisiones del Centro y del Oriente. Aquella había tornado la forma republicana; ésta, la militar. —Céspedes se plegó a la forma del Centro. No la creía conveniente; pero creía inconvenientes las disensiones. Sacrificaba su amor propio —lo que nadie sacrifica[35].

Nos parece escuchar el timbre de su voz, la intención unitaria y siempre positiva de su mensaje. Céspedes tenía entonces 50 años.

El Comité Revolucionario del Centro compareció proclamando en sus postulados la preocupación, por todos compartida, de no consentir en una autoridad superior que pudiese desembocar, por el abuso o por el predominio de bastardas ambiciones, en la dictadura que privase al nacer la voluntad democrática.

Y es Martí, en su ingente deseo de no dejar cabos desatados de los elementos cardinales de nuestra historia, el que nos ayuda a razonar: «Se le acusaba de poner a cada instante su veto a las leyes de la Cámara. Él decía: ''Yo no estoy frente a la Cámara, yo estoy frente a la Historia, frente a mi país y frente a mi mismo. Cuando yo creo que debo poner mi veto a una ley, lo pongo, y así tranquilizo mi conciencia"»[36].

Se ha dicho con fundamento, que en Guáimaro los revolucionarios todos cedieron, y aquella Asamblea, cuna de la tradición civilista y parlamentaria cubana, resplandece como la más noble utopía de la cual pueden y deben enorgullecerse los cubanos. En ella, como en el volante de un mecanismo de relojería, estaba la suerte y el devenir de la futura república.

Cuanto hemos dicho hasta aquí no presupone, en primer término, que Céspedes abrigase una ambición desordenada de autoridad. Quería el poder, porque sabía que solamente con él se pueden hacer las grandes transformaciones. Jamás pueblo alguno pudo cifrar sus esperanzas en los resultados de una reunión, en un trance de vida o muerte como el que entonces vivía Cuba. Se imponía actuar, sin trabas ni cortapisas, la República necesitaba de un presidente, pero la Revolución de un líder. Y así lo deja señalado el Apóstol en sus apuntes: «...El creía que la autoridad no debía estar dividida, que la unidad del mando era la salvación de la revolución; que la diversidad de jefes, en vez de acelerar, entorpecía los movimientos. —El tenía un fin rápido, único: la independencia de la patria»[37].

 

Frente  a esta disyuntiva estaba la opción de  la juventud camagüeyana y occidental, que como Céspedes, Aguilera, Figueredo, Mármol, etc. se había formado también con las experiencias de los grandes sucesos de la Europa posterior a la Revolución Francesa de 1789 y a los sacudimientos intensos de 1848; tenía el sueño legítimo de jugar un papel protagónico y quería, si se equivocaba, hacerlo con su propia cabeza.

 

Radiantes aparecen en aquella pléyade de creadores vehementes: Rafael Morales, Eduardo Machado, Antonio Zambrana, Miguel Jerónimo Gutiérrez, Antonio Lorda... y el joven letrado Ignacio Agramonte y Loynaz, quien contaba a la sazón 27 años. La sola observancia de la disímil naturaleza oriental y camagüeyana, ya establece diferencias, pues nada hay tan diferente, en su proyecto urbanístico, como Bayamo y Manzanillo en relación con Puerto Príncipe.

 

Si hoy no son tan perceptibles las diferencias en la ya cristalizada unidad nacional, entonces, hasta las formas de vivir acentuaban distanciamientos y antagonismos; bastaría recorrer el cementerio camagüeyano para penetrar en la psicología de un patriciado seguro de sí mismo, austero y aristocrático. Sin embargo, recorriendo a la caída de la tarde los mausoleos de la necrópolis evocada, hallé la losa sepulcral de los marqueses de Santa Lucía y, al pie de los blasones nobiliarios, una inscripción elocuente: «Mortal ningún título te asombre. Polvo eres. Polvo, cualquier otro hombre».

 

La juventud nacida de aquellas estirpes reacciona dramáticamente contra ellas, se niega a aceptar que las leyes de la heráldica primen en el diseño de la bandera, y quieren que ella sea la misma que una vez enarboló en esa comarca Joaquín de Agüero, la que el general Narciso López trajo a Cuba en 1851. Creen, porque no tienen razones para dudarlo todavía, que la democracia antiesclavista ha triunfado finalmente en los Estados Unidos y el eco de la oración de Abraham Lincoln en Guettysburg [sic], les viene tras las huellas de las encendidas predicas de El Lugareño.

 

La bandera gloriosa de La Demajagua quedaría depositada como tesoro de la nación en la Sala de Juntas de la Cámara, unida a los manuscritos de la Carta Magna que todos suscribieron.

 

Nadie podrá soslayar que permanecieron latentes angustiosas rivalidades. Como dos astros, apuntaban al cenit Céspedes y Agramonte. Hoy apreciamos aún el valor de sus discrepancias, aunque nos dejen un nudo en la garganta y el alma en vilo. Los acontecimientos que al parecer se conjuraban para distanciarlos, traerán finalmente la íntima comunión, primero presentida y luego cristalizada entre el uno y el otro, en el interés fundamental de la Patria. Aunque no es lícito presuponer cuál habría sido la actitud de El Mayor en los acontecimientos políticos que sucedieron a su muerte en Jimaguayú el 11 de mayo de 1873, muchos comparten la absoluta convicción de que no habría acontecido la deposición del presidente Céspedes, y si fatalmente hubiese concordado con esa determinación, su ética, su inflexibilidad moral, y su autoridad indiscutible, que el Presidente había reafirmado al nombrarle con plenos poderes en los mandos de Camagüey y Las Villas, impedirían el acorralamiento, el ostracismo, la indefensión y el abandono, que se abatieron ingratamente sobre el Padre de la Patria, quien unos días antes de su muerte anota en el Diario: «En cuanto á mi, soy una sombra q. vaga pesarosa en las tinieblas»[38].

 

La Cámara nombró al ciudadano mayor general Francisco Vicente Aguilera, vice-presidente de la República, preeminencia merecida para uno de los precursores del levantamiento. Austero y desinteresado, no tenía, sin embargo, el carisma que habría necesitado para cohesionar las fuerzas heterogéneas y tumultuosas, a las que era necesario encauzar sin cerrarles el paso. La bondad innata, el aspecto patriarcal de quien había encanecido tempranamente, se consideró como un balance ante el ímpetu de Céspedes.

 

Designó también, el flamante Cuerpo Legislativo, a Manuel de Quesada recién venido de México, donde se desempeñó como general del Ejército, cosechando en aquellas tierras hermanas merecidos laureles. Mas el general Quesada no sería favorecido por el numen; en el planteamiento de las acciones bélicas chocó una y otra vez con limitaciones absurdas impuestas por quienes no tenían la más mínima experiencia en el arte y las ciencias militares, llegándose al extremo de ser propuesto, y aceptado que cesara en su alto cargo, poco después.

 

Esta crisis, que fue la más aguda, pero no la primera, estaba agravada por el hecho de ser Quesada cuñado del Presidente. El dardo tocaba directamente a aquél más que al agraviado. Céspedes resumiría lo acontecido en palabras admonitorias y proféticas:

 

Llegó Felix Figueredo y dice q. la Cámara se ha retirado al Mameicito; q. trata de eliminar á Barreto p[r]. ser hechura lo mismo que Bravo, de Quesada (!) y no atreviéndose á deponerme, me hará tal oposición q. me vea obligado a renunciar con otras vaciedades p[r]. el estilo. Es decir q. toda la gran política de esos venerandos Padres de la Patria se reduce, segun se descubre p[r]. su manejo á hacerle la guerra al Gral Quesada. ¡Que vergüenza![39]

 

El ejecutivo tenía facultades para proveer nombramientos y encargar misiones excepcionales en el exterior, y tratando de preservar al general Quesada, Céspedes, lo hace portador de un encargo trascendental, como era el de recabar fondos y recursos para traer una poderosa expedición que fuese capaz de inclinar la fortuna en favor de los cubanos.

 

Céspedes creía y aun mas, confiaba, en la capacidad y lealtad de su cuñado; esperó que su arribo resultara providencial y no ocultaba su regocijo ante esa expectativa, pero el General no regresó.

 

En el epistolario intercambiado entre él y su esposa, y en las anotaciones del Diario, aparece la interrogante del por qué no se ha hecho a la mar la nave con los expedicionarios.

 

En realidad, la presencia del general Quesada en los Estados Unidos fue el catalizador, o quizá el pretexto, para justificar las discordias y las desavenencias que no pudo apaciguar ninguna voz, ninguna autoridad, ni dentro ni fuera del exilio.

 

Unos tomaron el partido de Miguel Aldama y José Manuel Mestre, otros las banderas del general Quesada, apoyados en un hervidero de clubes y asociaciones patrióticas donde campearon no pocos mercaderes de la palabra, chismosos y aduladores, que dividieron en querellas irreconciliables a los emigrados; comunidad formada por gente humilde, trabajadores manuales, artesanos, familias procedentes de una u otra latitud de Cuba, y también ex-magnates, terratenientes, y señores encabezados por los dignatarios de la Junta Revolucionaria, hasta quienes llegaban distorsionadas las noticias. Unas veces el anuncio de una victoria inminente los enardecía, en otras oportunidades el telégrafo les traía nuevas sobrecogedoras que les sumían en la decepción o el escepticismo.

 

Habían pasado ya los momentos en que la misión diplomática encomendada por el Presidente de la República en Armas al doctor José Morales Lemus, cerca del gobierno de la Unión Norteamericana, concitara halagüeñas esperanzas de un probable reconocimiento al derecho de beligerancia, y pocos juzgaban posible que los Estados Unidos admitiesen la existencia jurídica de un gobierno rebelde a España en territorio de Cuba. Esas esperanzas fueron sepultadas luego de ocurrir el deceso de Morales Lemus, que al decir de Enrique Piñeyro:

 

Ante palabras explícitas y promesas halagadoras, llegó al fin a creer que Cuba podría anticipar la hora de su separación de España por medio del gabinete de Washington. Pocos meses después, vió defraudadas sus esperanzas, derruídos todos sus cálculos, y con la misma fé que desde el principio lo había animado, se consagró en cuerpo y alma a la tarea más oscura y lenta de auxiliar desde los Estados Unidos sólo con armas y pertrechos la guerra...[40]

 

Céspedes actuaba desde lejos tomando medidas que a la larga resultaron contraproducentes, tales fueron las tareas dadas al vice­presidente Aguilera y al secretario de Relaciones Exteriores, Ramón Céspedes, o la remoción de Mestre y Aldama de la Directiva de la Junta.

 

Lo objetivo e histórico fue el fracaso final de la mediación del vice­ presidente de la República, acosado por disgustos e ingratitudes incontables que le impidieron, como al general Quesada, traer los recursos indispensables al campo revolucionario. El presidente Céspedes, con sus esperanzas puestas en los nuevos delegados, le escribía a Ramón Céspedes el 30 de noviembre de 1872, con objetivo análisis:

 

Los aldamistas ni dieron el resultado que de ellos se esperaba, ni han ocurrido acontecimientos que hagan plausible su vuelta al poder. Es necesario, pues, experimentar a los quesadistas y si éstos tampoco sirven, será preciso pero doloroso, confesar que la causa de Cuba sucumbirá en el extranjero por culpa de la emigración; pues no es posible que entre tantos patriotas ilustres falte uno que no ya represente el papel de Franklin, sino el más modesto del agente contemporáneo de Haití[41].

 

Si alguien pudo suponer que Céspedes ansiaba la presencia de Quesada para rescatar su poder de las manos de la Cámara, nadie podrá tildar al general Aguilera de pretender tan oscuros designios, la verdad se manifestó en toda su amarga e incontrastable crudeza; ni Manuel de Quesada, ni Francisco Vicente Aguilera pudieron regresar, al primero se le atribuyó todo género de interpretaciones en torno a su conducta y proceder; al segundo porque la muerte le llegó en la ciudad de Nueva York, en 1877.

 

Qué fácil resultaría hoy expresarse sobre los actos y decisiones de aquellos hombres, ignorando de antemano las dificultades de comunicación y los primeros resultados del ensayo político y militar del que fueron actores. Hubo errores: el Céspedes hombre y dirigente incurriría en ellos, sus alternativas eran pocas, sus opciones limitadísimas; fue un estadista que se anticipó a su tiempo y a las condiciones objetivas de su Estado.

 

V

 

La ciudad de San Salvador de Bayamo fue tomada por las armas el 20 de octubre de 1868. Este suceso fue, sin dudas, el más importante después del Grito. La antigua villa, beneficiada años atrás con el comercio prohibido, lucía el esplendor de sus construcciones civiles y religiosas; celebrados artistas habían contribuido a su engrandecimiento; la iglesia Parroquial Mayor deslumbraba con el lujo de sus retablos, entre los cuales el de la capilla de Dolores —el único que hoy se conserva— asombra por la obra imaginativa del artista o del maestro que enriqueció el estilo barroco con los frutos del país tropical. Descúbrense aún los azulejos de Delf, la pequeña ciudad de los Países Bajos, que ornamentan el exterior de la cúpula.

En ese templo penetra la comitiva encabezada por Céspedes, bajo palio, como capitán general del Ejército Libertador de Cuba —título que había asumido— asiste a la Acción de Gracias y a la bendición de la bandera, descubriéndose en este gesto el tacto y la cautela de su proceder, tratando de ganar, de atraer, de no enfrentarse innecesariamente al poder innegable de la iglesia. Actuando sin prejuicio, masón, extenderá su mano a los sacerdotes que se comprometen con la causa del pueblo, sin que nadie que le conozca soslaye que es un librepensador, consecuente con la acepción del término en la España del siglo XIX. A él, que fue un defensor a ultranza del carácter laico de la República, ningún extremismo le arrastró con sus seducciones, y en el Ayuntamiento de la Villa capitulada hará que ocupen asiento junta a los cubanos, españoles honestos y hombres negros, estableciendo las premisas de la igualdad en una tierra donde estaban vigentes las amargas reflexiones dejadas ya en el siglo XVI por el maestro de Santiago de Cuba, Miguel Velázquez: «Triste tierra, como tiranizada y de señorío!»[42].

La mediación, que siempre encontró celestinas a lo largo de la historia, había tratado de hallar arreglos para impedir la victoria de los rebeldes, pero la guarnición encabezada por el coronel Udaeta rindió las armas. El júbilo fue indescriptible en los seis meses que duró el gobierno patriótico; en ese período se tomaron numerosas medidas en las que debemos ver la raíz y fuente del poder popular:

  • Decreto estableciendo el servicio militar obligatorio.

  • Orden del día disponiendo se dé cuenta de las depredaciones que cometen las tropas colonialistas.

  • Orden del día contra los malhechores que se aprovechan del estado insurreccional.

  • Orden del día disponiendo concurrir a la bendición de la bandera.

  • Aviso autorizando a los inconformes con la Revolución a salir de las jurisdicciones sublevadas.

  • Bando apercibiendo con la ejecución a quienes subleven esclavos, atenten a la propiedad o ayuden al enemigo.

  • Decreto organizando el racionamiento de las tropas.

  • Decreto de abolición condicionada de la esclavitud[43].

Pero el hecho más recordable de aquellas jornadas fue la interpretación del Himno Nacional, obra del doctor Pedro Figueredo, quien lo había hecho estrenar temerariamente durante los ritos religiosos del Corpus Cristi, en presencia de las autoridades españolas.

Ahora, tomando como escenario las escalinatas del atrio de la iglesia, fue interpretado con su letra que, según dice la nobilísima tradición, el mayor general Figueredo escribió sobre la montura de su caballo. Canto patriótico, inspirado en los aires de La Marsellesa del pueblo francés.

La evolución de los acontecimientos determinaría la necesidad de evacuar la primera capital de Cuba Libre, no sin que antes los noveles soldados de la Patria intentasen, fallidamente, cerrar el paso a las columnas del Ejército Español que lograron atravesar los vados del río Cauto, forzados a sangre y fuego, donde se les disputó el camino a Bayamo.

En su carta al capitán general de la Isla, el jefe de operaciones del Ejército Español, conde de Valmaseda, que conducía la agrupación principal de tropas enemigas, nos ha dejado una dramática descripción de ese avance, interceptado por árboles derribados y todo tipo de obstáculos que dificultaban el paso a sus soldados, para finalmente, al ingresar en la prolongada llanura, contemplar en el horizonte el incendio que reduce a pavesas la ciudad. Debieron venir entonces a su memoria, grandes hechos similares en la historia del pueblo español, desde Numancia y Sagunto, revelándose a aquel soldado tenaz e implacable, la voluntad y firmeza del pueblo cubano, en cuya sangre corría igualmente la española.

Por último, penetran en la ciudad desierta, haciendo todo género de conjeturas sobre sus moradores por no hallar ninguno; atraviesan las calles desoladas entre derrumbes y humaredas para detenerse ante la que otrora fuera Plaza de Armas, y encontrar en ella un letrero fijado en lugar visible: Plaza de la Revolución.

Seguimos caminando lentamente, las casas incendiadas, las paredes hundidas y las maderas aun humeantes poco menos que nos asfixiaban; caminábamos sobre brasas sin que se crea hipérbole, y algunas veces les aseguro á ustedes era menester apartar las vigas y horcones encendidos para poder facilitarnos paso por en medio de las calles[44].

Una leyenda, contada por los ancianos en el Oriente cubano, era la de la luz de Yara, visible entre las penumbras de la noche como un anuncio de catástrofes y calamidades. Decíase, con absoluta certeza, que era la visión de la hoguera en la que padeció tormento el cacique Hatuey; en Yara se habla de ese árbol encendido, de esa antorcha de esperanza. Es por lo tanto una coincidencia y un símbolo, que no siendo Yara el escenario del levantamiento, le haya legado su nombre, a partir de la escaramuza librada allí en la noche del 11 de octubre de 1868; pero lo que sí está más allá de toda discusión es que, en aquel breve enfrentamiento, se evidenció el temple del jefe revolucionario que ante el atolondramiento y la dispersión que sucede a la sorpresa de su aún indisciplinada hueste, reclama la enseña tricolor y alienta a aquellos que han sabido permanecer firmes en su puesto: «¡Aún quedamos doce hombres; bastan para hacer la independencia de Cuba!»[45].

Yara está por lo tanto unida a este gesto de firmeza y determinación de un puñado de hombres, semilla de un pueblo que nace. Yara es el revés, pero no fue la primera oportunidad ni será la última en la historia, en que un proceso revolucionario tiene su nombre en circunstancias parecidas.

No lejos de la ciudad de Manzanillo la naturaleza edificó, antes de que lo hiciesen los hombres, el monumento al Grito de La Demajagua. Sobre las ruinas calcinadas de lo que otrora fue el ingenio de producir azúcar, un jagüey fue levantando lentamente el eje y las ruedas dentadas, sus ramas dieron sombra a los basamentos de lo que una vez fue fábrica en la que trabajaban obreros y esclavos, reliquias de un pasado social que Céspedes contribuyó a derribar violentamente al otorgarles la libertad el 10 de octubre.

Fue precisamente aquel hecho el más trascendental, que abrió el largo camino de nuestra gesta independentista. Un puñado de hombres escucharon la lectura del Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, redactado por Céspedes, dirigido a sus compatriotas y a todas las naciones.

Fue precisamente aquel hecho el más trascendental, que abrió el largo camino de nuestra gesta independentista. Un puñado de hombres escucharon la lectura del Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, redactado por Céspedes, dirigido a sus compatriotas y a todas las naciones. En ese texto breve hay cinco elementos esenciales: independencia política y económica, igualdad de derechos para todos los hombres, libertad para los esclavos africanos, voluntad de insertar a Cuba en solidaridad activa con los pueblos de América y del mundo, y la decisión de iniciar de inmediato la lucha armada como única vía para alcanzar la independencia.

Como en otros documentos de su carácter, lo que le imprime valor y autenticidad al Manifiesto... es la acción inmediata de los revolucionarios. A algunos estudiosos, que jamás han corrido el menor riesgo, y que han juzgado de prudente o excesivamente cauteloso el programa de La Demajagua, cabría preguntarles si levantarse en armas contra el colonialismo español era un acto de cautela; enarbolar una bandera republicana a la sombra del pabellón de la monarquía, un acto prudente; declarar libres a los propios esclavos, actuar de forma conservadora; y, por último, preguntarles si abandonar resueltamente sus bienes y entregarlos al fuego, podía enmascarar un solo adarme de egoísmo. El propio Céspedes años después —en 1873— evocará aquel día augural y sus palabras nos hacen revivir el alba de 1868:

Pocos dias antes de empezar la revolución, estando á la mesa conmigo en mi Ynjenio Demajagua, me preguntó Fran[co] Aguero Arteaga con q. armas nos habíamos de levantar contra los españoles? —"Ellos las tienen", le conteste al momento. —"Vd. es mas arrestado q. yo...", me replicó riendo[46].

Abocada la crisis más profunda que había vivido la sociedad cubana, sin correspondencia posible entre las viejas relaciones de producción, y la acelerada modernización de la industria azucarera en Occidente —donde fue posible asimilar este impetuoso desarrollo— creábase un emporio de riqueza donde se fusionaban los capitales exportadores, la acumulación creciente de los comerciantes y las pingües ganancias de banqueros y prestamistas que, como es lógico, aspiraron a apoderarse de las grandes propiedades agrarias de los criollos. Favorecidos por la corrupción administrativa del gobierno venal y autoritario, las camarillas que integraban la pirámide de la reacción, estaban aferradas, contradictoriamente, a mantener hasta el límite de las posibilidades, el uso de esclavos; pero además impulsaban, desde años atrás, la[s] inmigraciones que, como la asiática y la canaria, enmascaraban una forma no menos vil de servidumbre.

En ese ambiente de contrastes tan marcados, donde la ambición y el ánimo de lucro se convertían en obsesión para criollos y peninsulares, se vivía en algunas ciudades de Cuba, en un medio de aparente y hasta deslumbrante riqueza, evidenciado por la imponente imagen de La Habana, con sus paseos y alamedas, teatros y jardines, palacios y casas quintas, tantas veces descritas por los ilustres viajeros a lo largo del siglo; pero bastaría horadar un tanto la resplandeciente superficie de la sociedad, para quedarnos atónitos: juego, prostitución, contrabando, especulación, usura, pobreza, marginalidad, analfabetismo, epidemias, oscurantismo y, reinando sobre todo ello, el poder político, rentado espléndidamente, verdadera profesión para los funcionarios favorecidos con nombramientos y prebendas.

La Iglesia, que había compartido y disfrutaba de los beneficios del sistema, aparecía intocable en sus privilegios, a pesar de su enfrentamiento con los prominentes políticos del liberalismo que habían dictado y aplicado las leyes de desamortización y la disolución de las órdenes monásticas. Asentábanse en la isla de Cuba el trono y el altar sobre las espaldas de 370 553 esclavos africanos, en relación con una población total de 1 396 470 habitantes.

Precipitada la hora de la confrontación extrema, y dado el grito de independencia, la jerarquía lanzaría el anatema y la excomunión sobre los patriotas, e invocaría el poder de Dios en favor de las armas españolas, lo cual provocaría la escisión en el seno del sacerdocio, donde no pocos siguieron, tras la memoria del preclaro Félix Varela, sumándose a las huestes insurgentes, de lo cual resulta símbolo la ya antes referida bendición de la bandera, hoy recordada con un fresco en la iglesia de Bayamo.

Con los humildes estarían los predicadores consecuentes que exclamaban, para rubor y asombro de los explotadores, que por el amor de Dios habían consagrado su vida a los pobres y a la raza esclavizada, convirtiéndose en piedra de escandalo, cuando eran ya muy distantes en el tiempo los días de los obispos beneméritos e ilustres como Compostela y Espada. Ante el problema religioso nuestro Libertador actúa con lucidez, sentando las bases del laicismo sin hacer concesiones a las consignas anticlericales que en el pueblo español alcanzan su clímax precisamente en este siglo, hartos la intelectualidad y el pueblo de los abusos de los frailes, de la supervivencia insólita de la Inquisición y el oscurantismo.

En el Diario aparecen escenas como las del deceso del teniente coronel Francisco Aguilera, esclavo que fue del general y vicepresidente de la República en Armas.

El día 22. falleció el Ten. Corl. Franco.Aguilera. Fue esclavo calecero del Mor. Gral... empezó a servir de soldado en el levantamto. y ascendió hasta el grado q. tenía (...) Se le hizo un entierro muy lucido, después de haberlo velado conforme á los ritos de la Masonería de q. era miembro (...) Celebró las honras fúnebres el Presbítero Braulio Odio y los masones le tributaron tambien las q. le son peculiares[47].

Otro ejemplo fue la inhumación, en la soledad del monte, de Maceo Osorio. Allí se evidencian, igualmente, los rituales católicos y las ceremonias masónicas. Fe y militancia no dividen a los patriotas: la que escinde será la actitud ante la Revolución.

 

 

 

 

 

VI

Sería parcial, injusto y deshonesto absolutizar las virtudes y las cualidades morales, así como la actitud cr[í]tica ante los males y vicios de la sociedad cubana en alguno de sus componentes. Se había llegado a un callejón sin salida; voces cubanas y españolas lo habían denunciado en reiteradas ocasiones, pero el sistema político reinante en la metrópoli y en sus colonias era obsoleto, se cumplió en él, amargamente para todos, la sentencia «nadie da lo que no tiene», y España no podía dar a Cuba las reformas que reclamaban los ilustres y perseverantes editores del periódico El Siglo, en torno al cual había girado una intelectualidad brillante, seriamente preocupada por la cultura y por el patrimonio espiritual del país, pero que no le fue dado romper el fanal de vidrio de una concepción dieciochesca de la vida, y en quienes se intuye, generalmente, el temor a la emancipación revolucionaria de los esclavos y a una conflagración generalizada que pusiese en peligro sus cuantiosos bienes materiales.

 

Sería mezquino disminuir el aporte que aquellos pro-hombres hicieron en el ciclo vital de su actuación, que dejó frutos en papeles de mérito para las ciencias sociales, la literatura, la oratoria y la educación, aunque no pudiese brillar en todo su esplendor «ese sol del mundo moral» de que hablaba con tanta vehemencia José de la Luz y Caballero, el insigne maestro del colegio El Salvador.

El epílogo del reformismo cubano parece haberse helado en las cinco líneas escritas para su tumba por el que fuera el más descollante de sus talentos —que vivió demasiado largamente, llegando a condenar la lucha armada en que, como reformista cabal, no creyó jamás—: «Aquí yace José Antonio Saco que no fue anexionista porque fue más cubano que todos los anexionistas».

Por otra parte, el escepticismo o el rechazo había aislado a aquellos que pretendieron que la solución al dilema cubano debía hallarse en la anexión de Cuba a los Estados Unidos. La consigna de que Cuba llegaría a ser, por un mandato del destino, una estrella más de la constelación americana, no fue grata a los precursores de la independencia, mas no puede ser desconocida la existencia de esa corriente latente antes y después de 1868. Pero se requiere aquí establecer una diferencia.

Antes del Grito pudo ser el extravío inevitable por la atracción que la poderosa nación emergente del norte ejercía sobre nuestra tierra, donde ya sus intereses estaban afincados económicamente, y su política aconsejaba reservarla como la «fruta madura» que, por la Ley de Gravitación Universal, vendría a caer en sus manos. Después del 10 de octubre de 1868 y en los diez años de terrible, heroica y solitaria contienda que le sucedieron, el extravío no era probable, pues existía la experiencia política para Cuba en sus relaciones con el acomodado vecino.

En la tendencia anexionista hubo varios grados, antes y después de la Guerra Grande. Del primer período, el más difundido puede ser considerado como el de la inocente cooperación para hacer de Cuba un estado de la Confederación del Sur —utilizando indistintamente términos ambiguos al definir el status del ente político separado de España— aquel que es presentado a sus prosélitos «como un cálculo y no como un sentimiento», si tomamos la sutil estratagema ideológica propuesta por Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, y que partía de la hipótesis de que la Isla, una vez libre de España, sería luego desgajada del sistema político norteamericano; utopía que hoy nos parece absurda, y que solo puede ser entendida si nos colocamos no en el borde, sino en el fondo de la espiral del fenómeno donde vagaban la sombra del general Narciso López, portando la bandera de la estrella solitaria, y sus últimas palabras pronunciadas ante el cadalso el 1 de setiembre de 1851, las que se musitaban al oído de los adolescentes criollos: «mi muerte no cambiara los destinos de Cuba».

Otra forma del llamado anexionismo, que no podemos negar pues sería renunciar de antemano, apresurando soluciones fáciles, a este gravísimo y complicado problema político, es aquella que tantean algunos, como el propio Céspedes —independentista convencido y poseedor de una intuición clarísima sobre cómo llevar adelante las relaciones cubano-norteamericanas— ante el desesperado holocausto de sus compatriotas, de volver los ojos a la nación de Jefferson y Washington en demanda de solidaridad y ayuda, sin que nadie pueda atreverse por ello a suponer debilidad en sus arraigadas convicciones. Tendríamos que preguntarnos si esta acción coyuntural, de carácter político y basada en el principio de salvar la Revolución a cualquier precio, es una forma de anexionismo. Yo respondería categóricamente que no. Y podría la historia demostrar que fue la actitud de los Estados Unidos, invariablemente prepotente y discriminatoria para los pueblos de América, la que se encargó de acerar la voluntad de los dirigentes históricos de la Revolución cubana, la que definiera en José Martí, años más tarde, su convicción: «Y Cuba debe ser libre de España y de los Estados Unidos».

 

Luego del 10 de octubre sólo sobrevivió en los patriotas la creencia de una identidad entre sus ideales democráticos y libertarios, y los de la nación norteamericana. Es lógico que así fuese, no eran evidentes las razones para dudarlo; pero se agitaban en el seno de aquella nación fuerzas antagónicas en cuanto al porvenir de Cuba; fatalmente prevalecieron las enemigas de nuestra verdadera libertad.

 

Finalmente contamos con los anexionistas conceptuales, los que jamás creyeron en su Patria y que se dieron la mano con aquellos autonomistas de los últimos tiempos coloniales, a los que el Apóstol definiría magistralmente como el partido irracional.

 

 

VII

Todas las conspiraciones prolongadas terminan siendo descubiertas. La que debía culminar en 1868 estuvo a punto de ser abortada, y los cadalsos se habrían levantado como en las décadas anteriores.

 

Podemos imaginar las tenidas en la Logia Buena Fe, fundada en abril de 1868. ¡Qué fácil es militar en las revoluciones cuando otros, en días que no vivimos, se echaron a la clandestinidad o a la lucha armada dejándonos el camino marcado con un rastro de su propia sangre! La masonería, institución de hombres libres, acogió a cubanos y españoles liberales al amparo de las columnas y los triángulos equiláteros de los temples, unidos como los indestructibles eslabones de una cadena y llevando los atributos de la ciencia y la razón: el cartabón y la escuadra. Los seguidores de aquellos primitivos constructores de las grandes catedrales europeas, unidos por el infortunio y viendo al Divino Creador, no como Rey, sino como Gran Arquitecto del orden universal, fueron conspiradores por la libertad.

Céspedes deja constancia en más de una oportunidad de las disciplinas y obligaciones de los Hermanos, y en estas prácticas parece estar iniciado desde tempranos días. Rebelde ante la tiranía colonial, fue encausado sucesivamente, y en esa proscripción lo acompañaron amigos de la juventud, ya en el confinamiento de Manzanillo, o en la prisión a bordo del navío Soberano, en Santiago de Cuba.

Desde entonces conocemos el carácter acusadamente bayamés del joven Carlos Manuel, rodeado siempre de la flor y nata de sus contemporáneos en tierra de bardos y trovadores. Con José Fornaris y Francisco Castillo compondría La Bayamesa, delicada y evocadora canción de aquellos años; más tarde, en 1868, escribiría el Himno Republicano[48]. Junto a sus fraternos amigos Pedro Figueredo y José Joaquín Palma, poeta mayor de esta generación, Céspedes daba lustre y belleza a la vida citadina.

Al llegar a esta etapa de su vida arroja luz su poema autobiográfico Contestación, creándonos la temperatura emocional que se requiere para seguirle en sus pases de estudiante, andando tras sus huellas apenas perceptibles en La Habana, a donde llega el joven hidalgo provinciano para cursar estudios en dos círculos de alta enseñanza académica, pero de diversas proyecciones: la Universidad de San Jerónimo, y el Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio.

 

Apenas distantes unas pocas cuadras, la juventud aristocrática y pudiente colmaba las aulas de una y otra casa de altos estudios. En el jardín del Seminario debieron mostrarle la retorcida higuera de cuyos frutos gustaba tanto el eximio autor de las Cartas a Elpidio; estaban allí el laboratorio de física experimental y, sobre todo, la biblioteca, continuamente enriquecida desde que el Obispo Santiago José de Hechavarría[49] reformase las reglas de admisión para los jóvenes postulantes, que ya no necesariamente debían ser aspirantes al sacerdocio.

Andando el claustro o descendiendo en tropel la escalinata que se abre al pórtico de la calle Tejadillo, le hablarían los condiscípulos de su coterráneo José Antonio Saco, o del ciego Escobedo, de José Agustín Govantes, de Domingo del Monte o de la elocuencia impar del filósofo José Agustín Caballero. En aquella encrucijada de dos épocas, escuchó nombrar apellidos de gran significación en el futuro no distante: Suárez, Romero, Villaverde, Luz y Caballero...

La Universidad tenía sus preceptos, la pervivencia de la metodología escolástica generó una reacción contraria y positiva. En la enseñanza del Derecho, la escuela habanera exhibía con orgullo los estamentos del foro; jurisconsultos y eruditos impartían clases en la cátedra, aquí también podría hallar el joven bayamés no pocos ejemplos que imitar en la que habría de ser, como era previsible, su vida profesional.

En esta Habana, en la que vivió no sabemos dónde, debió recorrer los sitios de la tradición y el recuerdo, y extraviado por el dédalo de las calles, quizá pensó como el infortunado Gabriel de la Concepción Valdés ante la Fuente de la India Habana, en 1842:

Mirad la Habana allí, color de nieve,

Gentil indiana de estructura fina,

Dominando una fuente cristalina,

Sentada en trono de alabastro breve;

 

Jamás murmura de su suerte aleve,

Ni se lamenta al sol que la fascina,

Ni la cruda intemperie la extermina,

Ni la furiosa tempestad la mueve.

 

iOh beldad! es mayor tu sufrimiento

Que ese tenaz y dilatado muro

Que circunda tu hermoso pavimento;

 

Empero tú eres toda mármol puro,

Sin alma, sin calor, sin sentimiento

Hecha a los golpes, con el hierro duro[50].

Pero ella, sin embargo, debió ofrecerle también el amor y el placer en la tentadora noche tropical en que solían pasearse, en lujosos carruajes, las bellas doncellas, ataviadas con sus vaporosas batas blancas, haciendo girar sus caballerías frente a la Plaza del Teatro Tacón, o ante la rotonda de la fuente de la India, recibiendo los piropos de los atildados señoritos de la Acera del Louvre, círculo al que necesariamente debió ser introducido a quebrar espadas y levantar copas de champán.

En 1839 está de nuevo entre los suyos, y la casa patricia se vestirá de fiesta para celebrar las nupcias de Carlos Manuel de Céspedes con su prima María del Carmen Céspedes y López del Castillo, de cuyo enlace, en este primer instante, vendrá al mundo Carlos Manuel, su primogénito. Pero los esposos deberán separarse una vez fijada la fecha para el inicio de un largo recorrido que afectivamente pesó en el joven bayamés, pues aún en 1873 recuerda y compara con su lamentable situación: «Nunca he estado tanto tiempo... separado de una persona amada. De mi primera esposa solam[e]. lo estuve dos años, cuando fui a concluir mis estudios en España»[51].

 

Como parte de la educación de un joven de su clase, Céspedes viaja a Europa con la finalidad de ampliar sus conocimientos y finalizar sus estudios de Derecho. Imaginadlo allá, en 1840. Acertadamente fue seleccionada entre otras la ciudad de Barcelona donde se esbozaban ya, en aquellos años, las bases sólidas de una sociedad moderna. Es necesario haber vivido en la Ciudad Condal para tener una idea exacta del espíritu ilustrado de aprecio a la libertad y a las propias tradiciones que en el seno de la hispanidad distinguen al pueblo catalán.

 

El culto a los fueros y derechos de la Generalitat era sentido en el corazón de cada hogar. El nombre de un héroe —Casanovas— y una fecha —11 de setiembre— se enseñaba a los niños con los primeros pasos. Barcelona vive y vibra cada mañana de domingo cuando las gentes bailan la sardana ante la Catedral en el barrio gótico, o al escucharse las voces de los niños que entonan el virulai, allá en la Basílica de la virgen de Monserrat, en lo alto de la montaña.

 

El viajero a quien ahora seguimos, asistió regularmente a clases en la Facultad de Derecho; allí recibió los lauros de carrera, pero algo más: habiéndose producido las dramáticas jornadas de 1841, participará con orgullo en los contingentes de la milicia ciudadana y de esto deja dicho en el poema autobiográfico:

 

De la milicia ciudadana, el sable

empuñe con vigor y mano osada,

y el popular tumulto formidable

contuve con lanzar una mirada,

y oí mi oscuro nombre mal formado

por la voz de la fama balbuceado[52].

 

Este último verso alude, con certeza, a las formas y cadencias en la pronunciación del catalán.

 

En el azar y vértigo de aquellos días tuvo su origen la hipótesis de haber conocido e intimado con un joven oficial del Ejército Español nacido en Reus: Juan Prim y Prats. La leyenda les atribuye haber compartido ideales progresistas; el tiempo otorgaría oportunidad a Prim de actuar con lucidez, al disponer la retirada de sus tropas en México, acción por la que aquel país le conserva gratitud y respeto, al no contribuir a afirmar las aspiraciones del archiduque Maximiliano de Austria, apoyadas por Napoleón III.

 

Se llegó a creer que una vez estallada la insurrección de Cuba, y encabezando el marqués de los Castillejos el gobierno militar en la metrópoli, existió entre Céspedes y Prim algún tipo de comunicación política. Mas nada de eso pudo probarse.

 

Los militares en el poder luego de la Revolución de setiembre de 1868, no supieron hallar, a pesar de haberlo tanteado, una salida airosa ante la conflagración desencadenada en las Antillas; el general Prim murió como consecuencia de las heridas sufridas en el atentado de que fue víctima, en una oscura callejuela de Madrid en 1870. Se ha supuesto que tras aquel trágico suceso que puso fin a la vida del ilustre soldado, estuvieron las manos de los enemigos de la libertad de Cuba que le señalaban como proclive al entendimiento y a las reformas políticas, ideario que compartían otros dirigentes del movimiento setembrista, entre ellos el general Serrano, «ex-capitán general de Cuba», cuyas intervenciones en las Cortes le habían hecho acreedor de la gratitud criolla.

 

Con tantas experiencia inolvidables, y la revelación de no pocas incógnitas sobre la historia de España, había captado con su exquisita sensibilidad tantas y tantas obras de la antigüedad, pues como páginas de un libro abierto estaban al alcance de sus ojos los vestigios de la civilización romana en Ampurias, la tumba de los Escipiones, la murallas ciclópeas de Tarragona, el rastro del paso de lo Caballeros de la reconquista por las tierras antes ocupadas por los árabes.

 

Con tales recuerdos y visiones se hace a la mar llevando como destino el Reino Unido, allá perfeccionará su dominio del idioma de Shakespeare, recorrerá ciudades y abadías castillos y museos, practicará la caza clásica de la zorra y la vida social, tan peculiar de los británicos, que atraerá poderosamente la atención. Gran Bretaña vivía momentos de apogeo de su desarrollo industrial, tal y como lo habían imaginado Adam Smith y David Ricardo. Por doquier se levantaban —como otrora ciudadelas y castillejos— las fábricas con sus pueblos tiznados por el hollín, conformándose ante su mirada atónita las estructuras fabriles, movida por la contradicción entre el capital y el trabajo. Albión sería para él una escuela como lo fue para Francisco de Miranda, para Simón Bolívar o para Carlos Marx.

 

En este periplo que se prolongó por varios meses, hasta que procedente del puerto de Havre arriba a La Habana, anduvo por tierras de Italia y de Francia. Presumimos su interés por las ciudades del sur de la península itálica, donde los viajeros no dejaban de recomendar la atractiva y tan española ciudad de Nápoles, en cuyas inmediaciones y al pie del Vesubio, podían visitarse las ruinas de Pompeya y Herculano, además de sitios de tentadora e incomparable belleza como la isla de Capri, el antro de la Sibila en Cuma, o la Costa Amalfitana.

 

Francia vivía la plenitud de aquellos años febriles que sucedieron a la caída y muerte de Napoleón I, acontecida en la isla de Santa Elena el 5 de mayo de 1821. Apenas dos décadas después se creaban las condiciones favorables para la Revolución de 1848. Conocerá y gozará del esplendor de París, de sus museos, de las ruinas y recuerdos augustos dejados por la Revolución de 1789, y de seguro, como todo latinoamericano, buscó entre los nombres cincelados en las lapidas del Arco de Triunfo, el de Francisco de Miranda, héroe de la batalla de Valmí.

 

Como siempre suele ocurrir, alguien le sirvió de Cicerone en sus recorridos, en los que no pudieron faltar ni la Plaza de Vendome, ni los Jardines de Luxemburgo, el Palacio del Louvre o la Catedral de Notre Dame, adonde Simón Bolívar había asistido entre los invitados a la coronación del joven corso, devenido emperador de los franceses.

 

Completando esta gira vital para su formación intelectual, irá a Alemania, cuyo espíritu estaba expresado en la severa y hermosa ciudad de Berlín, atravesada en una u otra dirección por paseos y avenidas donde no necesariamente, como en casi toda la Europa de la época, se tomaba inspiración de los Campos Elíseos parisinos.

 

La arquitectura neoclásica imponía ese distanciamiento que viene del culto a la antigüedad. Debió nuestro viajero detenerse a la sombra de los tilos y observar los detalles de la Puerta de Brandemburgo, transitar por la Plaza de la Academia, ascender las escalinatas de la Galería de pinturas, cruzar el umbral de la soberbia Catedral de los Luteranos, o deambular por el entorno del Palacio Real, junto al cual discurre apacible el río.

 

Como todo joven criollo de sus días, había leído el Ensayo Político sobre la Isla de Cuba del sabio Alexander von Humboldt, editado por vez primera en París en 1826; aún entonces el sabio vivía deslumbrado por el recuerdo de América, conservaba incontables admiradores en La Habana, donde le cautivó el raro talento de sus gentes, y fue precisamente en el Museo de Ciencias Naturales de Berlín, donde el autor de Cosmos recibió en 1830 a José de la Luz y Caballero.

 

También Alemania, donde la jerarquía de sus estados y principados parecía galvanizarse bajo el liderazgo de Prusia, sería estremecida, pocos años después del tránsito de Céspedes, por la ola revolucionaria que sentaría tan importantes precedentes en la historia social y política de Europa.

 

Es de suponer, que el punto más remoto de esta aventura fuese la ciudad de Estambul, capital de un imperio que vivía sus últimos resplandores y cuyo eclipse se había iniciado un atardecer del 1571 en el Golfo de Lepanto, y luego, en 1657, a las puertas de Viena, donde nuevamente las armas de la Europa cristiana resultaron victoriosas.

 

La antigua Constantinopla le acercó a la cultura islámica y al Oriente, y nos es dado acompañar al sapiente Carlos Manuel hasta la maravillosa Catedral de Santa Sofía, transformada en mezquita, y siguiéndole, admirar la caída de la tarde en las riberas del Bósforo, espectáculo conmovedor para todo aquel que, como nuestro compatriota, tuviese por tempranas lecturas y eruditas meditaciones, la capacidad de penetrar la profundidad y verdadera dimensión de la sabiduría y cultura del pueblo turco.

 

Ahora sí podemos comprender el porqué, después de esta relativamente larga ausencia, sintiendo en lo profundo de su espíritu el deseo de reunirse con los suyos y volver al Oriente de Cuba, a su Bayamo natal, no le resultase fácil la adaptación a la vida apacible del hogar, a las tertulias de limitado vuelo, a los ritos familiares y a ese ver pasar los días, cosa tan común en las ciudades de provincia de cualquier parte del mundo. El poema autobiográfico nos revela su estado de ánimo:

 

La calma, como a ti me sofocaba,

pavores el silencio me infundía,

y ver pasar un día y otro día

siempre la esencia misma me cansaba:

sentí la vida andar despacio,

y buscar a mis alas quise espacio[53].

 

Escasas pero precisas son las citas que poseemos de su ejercicio profesional en Bayamo. José Joaquín Palma, que le admiró devotamente, esboza el crédito y prestigio del noble letrado, y Fernando Figueredo, quien le siguió en los azares de la Revolución, afirma que se desempeñó además como síndico en el consistorio citadino.

 

Por entonces vinieron al mundo Oscarito y María del Carmen, el primero segado en la flor de la juventud, la segunda también de vida breve. Ellos, junto a aquella novia que fue reputada entre las señoritas más bellas de Bayamo, se unirían al final de su vida en los recuerdos de juventud.

 

 

VIII

 

En San Salvador de Bayamo, entre los edificios salvados del incendio, hállase en pie la Casa Natal, y no lejos, el pórtico con columnas de otra mansión que la familia habitó sucesivamente.

 

La niñez y los primeros años de la adolescencia fueron de libertad y alegría, tempranamente los monteros y guardianes de la hacienda paterna hicieron de él un jinete consumado; las costumbres de recorrer largas distancias y la ejercitación sistemática de su cuerpo le hicieron robusto y saludable, más la vida haría también valederas para él las palabras que el general Bonaparte escribiera en Holanda al ver el diminuto lecho en que reposaba el gigantesco joven zar Pedro I: «nada hay pequeño para un hombre grande».

 

Elegantísimo se le veía lucir indumentaria de las últimas modas y un retrato nos lo muestra joven aún, serio y severo, llevando en la mano la caña de carey y puño de oro; y cuidados, y de corte largo, los cabellos.

 

Las primeras letras y con ellas la educación elemental, las recibe en el hogar de una de esas maestras respetables a quienes no deberán olvidar jamás los cubanos que una vez se inclinaron sobre sus cartillas y cuadernos. Y cuando aquella doña Isabelica y su sobrina Asunción cumplieron el cometido de su encargo, los padres le llevaron al Convento de Santo Domingo, a las aulas de los frailes del seráfico padre san Francisco, donde los discípulos de santo Tomás de Aquino le tomaron bajo su responsabilidad.

 

En los corredores de aquel convento, viendo a los monjes de hábito blanco y capa negra que repasaban las lecciones sobre las sagradas escrituras, filosofía, historia, gramática y latín, se puede creer la aseveración de que a la edad de diez años hablaba esta lengua con soltura y conjugaba a la perfección sus declinaciones, proponiéndosenos como prueba de ello, el que haya realizado la traducción de La Eneida.

 

Su madre, Francisca de Borja del Castillo y Ramírez de Aguilera, tenía su raíz en Santa María de Puerto Príncipe, en Camagüey, y el padre, Jesús María Céspedes y Luz, era hijo y nieto de bayameses de ascendencia andaluza, pues sus antepasados emigraron de la muy noble villa de Osuna, no lejos de Sevilla.

 

Luego de Carlos Manuel, el primogénito, nacerían Francisca de Borja, Francisco Javier, Ladislao y Pedro María, de los cuales, Francisco Javier ostentó también la alta magistratura de la República en Armas, y de todos ellos fue el único que vivió más allá del siglo. Otro hermano, hasta ahora desconocido, nos revela Céspedes en las últimas páginas de su Diario: «Lacrete me ha hablado de un Gral Céspedes q. conoció en Haití y atendió mucho á los emigrados cubanos, diciendole q. era pariente cercano mío. Quien será? Esto ha vuelto a traerme a la memoria a mi hermano Manuel Hilario perdido desde 1850»[54].

 

Esa es la única referencia, conocida hoy, sobre Manuel Hilario, y tan breve que impide hallar cualquier dato sobre su exacta filiación.

 

El hogar familiar no permitía suponer siquiera cuán difíciles serían los avatares que el destino deparó a aquellos seres. Atisbando a través del espacio y el tiempo, vemos al acaudalado patricio bayamés con su esposa trasponer el umbral de la casona, asistido por las tatas negras de los niños. Luego, con el decursar del tiempo, irse espigando el primogénito: voluntarioso niño, adolescente y joven, hasta que se definieran los rasgos de su personalidad, de la cual ha dejado Manuel Anastasio Aguilera un retrato vivísimo:

 

Céspedes era de pequeña estatura, aunque robusto, bien proporcionado, de fuerte constitución y rápido en sus movimientos. En su juventud fue muy elegante, bien parecido y de simpática figura. Se distinguía mucho en el baile y la equitación; era esgrimista y gimnasta y se le citaba coma perito en el juego de ajedrez. Tenía un valor personal a toda prueba, acreditado en diversas circunstancias de su vida. Era hombre de gran imaginación, astuto, disimulado, severo, cortés y agradable en el trato social, tolerante por cálculo; poseía una fuerza de voluntad indomable, y era sobremanera galante y delicado con el bello sexo[55].

 

No podemos precisar si la genealogía de la familia Céspedes, recientemente exhumada de un archivo camagüeyano, estuvo alguna vez entre los papeles de sus progenitores, pero lo cierto es que proyecta luz sobre su ascendencia, cuyo rastro podemos atisbar ahora hasta el primer tercio del siglo XVII, con el asiento de 13 de diciembre de 1614, en la ejecutoria familiar.

 

Desde tan lejanos días, parientes y antepasados se desempeñaron en funciones de representatividad y valimiento, léase don Juan Antonio Céspedes y Conde: alcalde ordinario de la villa de San Salvador de Bayamo; don Diego de Céspedes y Anaya: regidor de dicha villa; don Juan de Céspedes: alcalde ordinario de Puerto Príncipe; capitán Diego de Céspedes y Aguilera y don Andrés Céspedes y Salvatierra: regidores de la villa de Bayamo. Ello explica el prestigio de esta familia amplia y bien mirada en el seno del pueblo bayamés.

 

 

IX

 

Resultaría imposible superar la impecable y casi completa recopilación biográfica que con amor filial llevaron adelante Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo, para publicar el título Carlos Manuel de Céspedes. Escritos, el cual salió de la imprenta en 1982, un año antes de que se apagase la vida de ese respetable educador, a quien desde la cuna sus padres indujeron al amor a las glorias y epopeyas de los libertadores de nuestra Patria, y que tuvo como bisabuelo al venerable general Silverio del Prado.

Pero como nunca daremos por agotada la posibilidad de que aparezca un nuevo documento, aun después de la citada edición, llegaron a nuestros archivos otros papeles de Céspedes, entre ellos y principalmente la libreta y el cuadernillo que los soldados españoles ocuparon en San Lorenzo.

Muchas veces hablé con el profesor Portuondo y con su amantísima esposa Hortensia Pichardo sobre el destino ulterior de los manuscritos, pero el misterio permanecía intacto y llegamos a pensar que quizá se habría perdido definitivamente.

 

Por un tiempo consideramos probable que el historiador Ángel Andrés Cué Ibadá lo tuviese entre la valiosísima documentación que llegó a reunir con el propósito de escribir una biografía del mayor general Vicente García. Motivado por esa curiosidad visité El Caney en la primavera de 1973; Cué me recibió con extraordinaria hospitalidad, me permitió revisar las tarjetas de su archivo, y aún mas, me mostró papeles de alucinante contenido que me dejaron en vilo, y que quizá me obligaron por vez primera a meditar en la necesidad de acentuar y destacar el carácter humano de los héroes, a quienes tantas veces queremos presentar como poseedores de virtudes ideales.

 

Pero estos temas no podrán tratarse jamás con ojos judiciales, ni desde la cómoda poltrona del erudito, ni en la mesa a veces árida de los archivos; hay que estar imbuido de la unción reverente que demanda el Manifiesto de Montecristi: «...séanos lícito invocar, como guía y ayuda de nuestro pueblo, a los magnánimos fundadores, cuya labor renueva el país agradecido, y al honor, que ha de impedir a los cubanos herir, de palabra o de obra, a los que mueren por ellos»[56].

 

Cué no me dejó ir con las manos vacías, me aseguró categóricamente que ni poseía, ni había visto jamás el Diario, y solamente recordaba una fajilla de papel con la inscripción Diario de Céspedes, que una vez extrajo del archivo del coronel Manuel Sanguily. Su duda, y por ende la mía, permanecía intacta: ¿A quién se refería esta señal?, ¿a documentos del padre o del hijo? Y en prenda de amistad dio al Archivo del Museo de La Habana una carta del mayor general Ignacio Agramonte, luego de haber tenido en mis manos el documental motivado por el proceso del duelo, que no llegó a celebrarse, entre Céspedes y Agramonte.

 

Me despedí y nunca más volví a ver a aquel buen cubano, que murió años después dejando inconclusa su obra sobre el hombre de Santa Rita y Lagunas de Varona.

 

Del resultado de aquella indagación hablamos Fernando, Hortensia y yo; encuentro que aproveché para entregarles un fragmento de una misiva de Céspedes que alguien halló entre las páginas de un libro viejo. Aquellas letras mínimas parecían apuntar nuevamente al contenido esencial del Diario: «Bien pueden esos enemigos de Cuba (q. no míos) aullar como lobos a vista de una presa codiciada. Mi conciencia está tranquila. Mi consagración a la causa, mis servicios, mis sacrificios están a la vista de todos los cubanos: los malos me atacarán; p[o]. los buenos me defenderán...»[57].

 

Esta fue la última oportunidad en que estreché las manos de Portuondo. Cuando él dejó de existir, el 27 de junio de 1975, recibí el inmerecido honor que me dispensaron Hortensia y Fernando, su hijo, de despedir, en nombre de la familia, a los que se habían congregado en la necrópolis de Colón consternados por el duelo; la oración brevísima estuvo inspirada en su labor como educador, y en su fraternal amistad con Emilio Roig de Leuchsenring, quien una vez había alentado a la joven Hortensia a escribir sus trabajos históricos.

 

Momentos antes de que la lluvia y el relámpago disgregaran a los concurrentes, concluí citando el texto del fragmento de la carta, quedando entre la memoria del ilustre pedagogo y la evocación de Céspedes el hilo que me une a aquel día luctuoso, y es la razón esencial que me lleva a dedicarle a Fernando y a Hortensia este trabajo. Porque ellos, además, desbrozaron el camino e indicaron los derroteros a seguir por cualquier historiador que emprendiese algún estudio sobre Carlos Manuel de Céspedes, o sobre la etapa en que resultó epicentro de nuestra historia.

 

Para la primera edición del Diario de Carlos Manuel de Céspedes encontramos todas las incógnitas e hipótesis formuladas en las páginas de su compilación y profundo análisis titulado Carlos Manuel de Céspedes. Escritos. En el tercer tomo se trata la existencia y extravío de los Diarios: el conocido y reeditado por ellos, que comprende del 24 de julio de 1872 al primero de enero de 1873, y cuyo original fuera donado al Archivo Nacional por la nieta del héroe, Alba de Céspedes; y el de 1871, que en carta a su esposa, Ana de Quesada, anuncia le hará llegar. Al respecto se mantienen las hipótesis por ellos planteadas, pues ninguna noticia ha arrojado luz sobre su destino; apenas podemos responder a la incógnita de si sería ocupado por el enemigo pues todo indica que allí se apropiaron de este libro de memorias.

 

Al último Diario llegamos por los caminos que Fernando y Hortensia indicaron luego de estudiar minuciosamente cuanto publicado e inédito había. Exactas eran la descripción de los libritos, la posesión de Manuel Sanguily sobre ellos, y su ausencia final en el archivo del ilustre intelectual.

 

En el afán de escuchar de viva voz a las personalidades cubanas de anteriores generaciones, me vi en el escritorio de don José de la Luz León[58], autor, entre otras, de una bella semblanza de Ramón Emeterio Betances. Diplomático y periodista que había conocido lejanos parajes de la América y el mundo, le agradaba sobremanera a mi viejo amigo la conversación veraz y alegre que llevaba actualidad y distracción a su retiro, donde hallábase sumergido en un mundo de recuerdos y lecturas.

 

Él centraba sus investigaciones en algunas mujeres que habían jugado papel protagónico en las gestas libertarias, de ahí que hablásemos de Anita de Quesada, que muy joven y bella —a la edad de 27 años— contrajo nupcias con Carlos Manuel de Céspedes, quien llegaba a la plenitud de su vida, en los días jubilosos y esperanzados de Guáimaro. De la Luz tenía fundadas razones, desconocidas por mí, para anatematizar, más allá de las décadas transcurridas, a quienes él consideraba infames calumniadores de la esposa del Presidente.

 

Don José de la Luz León falleció en La Habana el 5 de junio de 1981. Pocas semanas después su viuda, Alice Dana, me hizo saber que él había dejado como postrer voluntad un sobre cerrado en el cual, de su puño y letra, había escrito: «Estos papeles son de mi Patria». Ella cumplió, puntualmente, el encargo de entregármelos.

 

Entre otros manuscritos de inapreciable valor hallé, al abrir el sobre, la libreta y el cuaderno del Diario perdido. No puedo expresar la indescriptible emoción que entonces experimenté. Pasé la primera noche leyendo las pequeñas anotaciones, en parte coincidentes con las cartas que, como extractos, el autor escribió a Ana, apartada del campo de la Revolución por la voluntad expresa e irrevocable de su esposo, queriendo salvar de esta manera, no solo a la amada, sino además al fruto de su vientre, que al dar a luz serían los gemelos Carlos Manuel y Gloria de los Dolores.

 

Podemos saber por las palabras de Manuel Sanguily contenidas en una carta dirigida a Ana el 20 de agosto de 1894 que el Diario caído en manos españolas en San Lorenzo, fue comprado por Julio Sanguily y de ahí pasó a formar parte del archivo particular de don Manuel; otras personas llegaron a saber de ello, así lo prueba la misiva que Félix Figueredo remite a Manuel Sanguily el 30 de enero de 1888 donde, entre otras cosas, le dice:

 

Tiene en ésta su casa una resma de papel de Of[o]. destinada p[a]. cuartillas, y puede cuando guste mandar por ella ó venir a recogerla, porque ya es suya. Si le ocurre venir ha de ser por la mañana hasta las once, y en ese caso ha de traer el libro de memorias de Carlos Manuel de Céspedes para conocer en que fundaba su resentimiento p[a]. tratarme mal[59].

 

Ahora, incluyamos un extracto de la carta que Ana dirigió el 4 de junio de 1894 a Sanguily:

 

Espero de su caballerosidad y buen corazón de patriota cubano obtener dicho Diario para poder complementar religiosamente las voluntades que en él y —sobre él— consignó mi difunto esposo. Al recibir su contestación nombraré á una persona de toda mi confianza que pase a recibirla de manos de Ud. y manifestarle mi eterno agradecimiento[60].

 

No había recibido respuesta la viuda de Céspedes el 29 de julio del propio año como se prueba por sus letras a Guillermo Collazo[61]. Finalmente, las ansiadas noticias llegan fechadas el 20 de agosto, pero el contenido es desalentador, al no aceptar Sanguily que la propiedad de tales papeles sea invocada por nadie, pues:

 

...Esos cuadernos habían sido ocupados en el rancho de C. M. de Céspedes por la tropa española que lo asaltó, y entraron desde luego en la categoría de botín legitimo de guerra; y de manos del enemigo, su dueño entonces indiscutible, los adquirió mi hermano por dinero, esto es, legítimamente, y de él los obtuve yo[62].

 

Lo que provocó la elocuente respuesta que Anita remite desde París el 28 de setiembre del propio año, carta que reproducimos íntegramente como documento anexo, en esta nueva edición:

 

La clasificación de "botín legitimo de guerra", apropiada al "diario" de Céspedes, pierde su valor, si alguno tiene, al ser invocada por Ud. que tan estrecha y honrosamente estuvo unido á la causa cubana, y que, por tanto, aun después de la catástrofe, no debe olvidar, los más sagrados intereses de los que fueron sus compañeros de gloria y de vicisitudes. Bajo el punto de vista legal, bien está esa clasificación. La legalidad, sin embargo, no es siempre la justicia. En boca de un español la comprendo, como comprendo que defienda la posesión de Cuba por el derecho de conquista; nó en la de Ud. que blasona y con razón, de una lealtad inexorable a lo pasado, de un puritanismo tan austero como honroso.

El hombre que en la brecha misma, rodeado de peligros y de miserias, levanta la voz en defensa de los derechos de la patria y de sus mártires, no puede, no debe olvidar la voluntad de Carlos Manuel de Céspedes...[63]

Sanguily, sin embargo, cumplió al pie de la letra sus palabras, que podemos extractar en la terminante negativa de entregarlo a la viuda de Céspedes, a quien en la primera página del primer cuaderno aparece dirigido, expresándose en ello el supremo deseo del ex-presidente.

 

Está claro, por tanto, que las pasiones humanas juegan un papel singular en la historia, aunque a veces para ello vengan encubiertas en el ropaje del azar.

Años después, el brillante tribuno dio a la imprenta su Brega de Libertad, donde aborda la personalidad de Carlos Manuel de Céspedes. Es válido citarle con sus propias palabras:

 

Tuvo en su persona poco de Bolívar y acaso absolutamente no tuvo nada de Washington, aunque por su alma, para engrandecerla y moverla, había pasado —como hálito de tempestad— un soplo de aquellas grandes almas; pero —por las ideas que abrigó y su conducta durante la revolución—, más que a aquellos próceres de la emancipación americana, la osadía de Carlos M. de Céspedes sublevándose contra la Metrópoli en el batey de su ingenio con un grupo de paisanos desarmados, nos recuerda a los terribles conquistadores del siglo XVI: a Francisco Carvajal pisoteando el estandarte de su monarca, a Francisco Pizarro con "los trece de la fama" yéndose por un sublime arranque de rebeldía a conquistar un imperio, a Gonzalo su hermano, al marqués de los Vélez que —en el Perú o en México— soñaron en su orgullo y ambición ceñir a sus sienes la corona regia![64]

¿Es objetivo este juicio?, ¿acaso el que escribe, hombre de vasta cultura y conocimiento profundo de la historia de Cuba, podría ignorar el alcance de esa afirmación? Resulta imposible. No es necesario recurrir ni a la defensa, ni a la apología, la historia de la nación cubana no puede escribirse sin exponer en sus primeros capítulos los actos del Hombre de La Demajagua, y puedo tomar ahora las palabras escritas por el prócer el 28 de octubre de 1873 al conocer la noticia de su deposición: «Ya sin responsabilidad estoy libre de esta carga. La Historia proferirá su fallo. A todos he recomendado la prudencia y q. sigan sirviendo á Cuba, como yo lo haré mientras pueda...»[65].

 

 

 

Fue la señora Sarah Cuervo, viuda del hijo de Manuel Sanguily, heredero de los documentos, la que permitió a historiadores, y a otras personas de su confianza hacer pesquisas en aquella importante papelería; es evidente que ésa fue y no otra la manera en que José de la Luz León tuvo a su alcance el importantísimo testimonio sobre la vida del fundador de la República en Armas, y su acción merece nuestra gratitud.

 

Para una biografía documentada de Ana de Quesada quedan en el futuro sus manuscritos, que hoy forman parte de los fondos de la Biblioteca Pública de la ciudad de Nueva York —a donde fueron a parar, finalmente, luego del deceso de Carlos del Castillo, entrañable amigo de Céspedes y protector de Ana y sus hijos en el exilio— depositados por Moses Taylor, marchant de azúcares cubanos, ligado por gran amistad a Carlos del Castillo[66].

 

También merece gratitud en este recuerdo Rafael Cepeda, por haberme entregado indicios reveladores del proceso del documento, obtenidos en el Archivo Nacional de Cuba.

 

Alba de Céspedes[67], la ilustre cubana nieta del Padre de la Patria, me indicó el cementerio de París donde reposa el cuerpo de Anita, que algún día ha de regresar a su tierra para que repose en Santiago de Cuba, en el panteón de Santa Ifigenia, junto al hombre que la amó y cuya imagen, bellamente esculpida, recibe simbólicamente, de una efigie de Cuba, la espiga de radiantes laureles.

 

En su piso junto al Sena en París, Alba me refirió historias y anécdotas desconocidas sobre sus abuelos y los infinitos pesares que sufrió la familia, veinticuatro de cuyos miembros dieron su vida por la independencia de Cuba. Recuerdo conmovido las palabras de despedida, casi exactas a las de su carta: «Bueno, ya es el alba, o el aurora y el cielo se mira en el Sena. Pero espero que ahora Usted sabrá quien soy yo: una cubana que adora su país y que sería dispuesta a ser el número 25 de su familia que muere para defenderlo y defender la Revolución»[68].

 

Ahora quedan ante el lector las páginas del Diario de la cuales falta sólo una, la correspondiente a parte de los días 23 y 24 de noviembre de 1873, y que siguiendo la intensidad del escrito, no parece haber contenido algún elemento esencial cuya ausencia pueda motivar especulaciones. La fragilidad del papel cosido a las carátulas de la libreta provocó, con certeza, el desprendimiento fortuito de esa hoja. Aunque cabe suponer que un exceso de curiosidad o devoción motivara su sustracción.

 

Consiste el Diario en una libreta y un librito que recoge las incidencias del 25 de julio de 1873 hasta el día de su muerte, el 27 de febrero de 1874; quedando, entre el documento anteriormente publicado y este, seis meses de silencio. Hemos tratado de descifrar otros escritos hechos a lápiz que fueron sustituidos por los de tinta, pensando en las diferencias entre lo uno y lo otro, pero el empeño ímprobo y fatigoso no aportó mayores resultados.

 

El debate moral en que viose el gran cubano en los últimos tiempos de su vida emerge nítidamente de estas confesiones, y resulta revelador que el nombre del mayor general Ignacio Agramonte no aparezca incluido entre sus rememoraciones, esto quiere decir, que el diferendo que una vez les situó en ángulos distintos, o puntos de vista diametralmente opuestos sobre el cómo conducir la lucha, estaba absolutamente superado, pues otros nombres regresan como fantasmas a inquietar su retiro y, sobre ellos, lanza el anatema de sus juicios, generalmente precisos.

 

Por ello escogí una extraña fotografía para ser incluida como signo de reparación y de observancia de una regla en el análisis de la historia, de la cual no debemos apartarnos jamás. Esa imagen fue tomada en el cementerio de la Ciudad Heroica, y en ella quedó impresa la figura, tantas veces señalada en el Diario, de Salvador Cisneros Betancourt, aquel joven que una vez rechazó el título de nobleza y la sólida fortuna que le habían legado sus antepasados, por seguir el ideario político republicano y antiesclavista[69].

 

La vida le reservaría una oportunidad excepcional —si se tiene en cuenta que la casi totalidad de sus contemporáneos cayeron en los campos de batalla, o no sobrevivieron a las prisiones o al exilio— la de corresponder a la convocatoria de 1895, y la de protestar enérgicamente, y con lucidez, contra las infames circunstancias que entenebrecieron el nacimiento de la República, la cual no emergió de la victoria de las armas revolucionarias, límpidamente alcanzable ante el inminente desmoronamiento del poderío militar español, sino de la ocupación militar extranjera. El voto particular de Salvador Cisneros contra el apéndice constitucional, conocido con el nombre de Enmienda Platt, honra su memoria.

 

Vencido por los años aparecen aún entre los rasgos vitales del rostro apergaminado de aquel anciano de cabellos y barba blancos, los ojos vivaces de un azul claro, llevando en sus manos una ofrenda floral a la tumba de Carlos Manuel de Céspedes, ambos triunfadores de la muerte y del olvido.

 

Es mal servicio el que se presta a los pueblos cuando se ocultan los hechos históricos, por temores pueriles o por espanto ante las consecuencias probables. Todo puede ser explicado, todo en su contexto puede ser comprendido, analizado, justamente valorado; a estos preceptos remitimos a los lectores que hallaran explicación a muchos problemas cubanos en las líneas que, si bien amargas, no marginan jamás la esperanza, la fe y la confianza en el triunfo de los ideales revolucionarios.

 

Desde las penumbras de un ya lejano pasado, escuchamos la voz timbrada y enérgica del grande hombre, como aquel día en que recibiera la más alta responsabilidad con el título y los deberes de Presidente de la República en Armas. Su vigencia no nos deja lugar a la debilidad, ni a la duda.

 

Cuba ha contraído, en el acto de empeñar su lucha contra el opresor, el solemne compromiso de consumar su independencia o perecer en la demanda: en el acto de darse un gobierno democrático, el de ser republicana.

Este doble compromiso, contraído ante la América independiente, ante el mundo liberal, y lo que es más, ante la propia conciencia, significa la resolución de ser heroicos y ser virtuosos.

Cubanos con vuestro heroísmo cuento para consumar la independencia. Con vuestra virtud para consolidar la República.

Contad vosotros con mi abnegación[70].

 

            Señoritas de Bayamo bordaron para este primer Presidente de Cuba la escarapela tricolor que luciría en su sombrero. Depuesto Céspedes, su Secretario y amigo, Fernando Figueredo Socarrás, solicitó de él un recuerdo[70], memoria de los gloriosos días compartidos, y fue la escarapela el objeto seleccionado.

 

Años después, la significativa prenda encontró su mejor destino cuando, por admiración y asombrosa intuición, el depositario la entregó a José Martí en vísperas de su partida de Norteamérica, con destino final a los campos de Cuba. Una vez més los símbolos expresan, como por azar, la admirable renovación de hombres y generaciones en la consecución de un ideal profundo, en la mágica y lógica trama de la continuidad histórica.

 

La muerte sorprende a José Martí, delegado del Partido Revolucionario Cubano y mayor general de Ejército, en la confluencia del Cauto y el Contramaestre, veintiséis años después, luciendo la escarapela de Carlos Manuel de Céspedes[71]. Cese toda palabra, la historia ha proferido su fallo.

 

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* Lo que se publica aquí—que sepamos, por primera vez en forma digital—, es el texto de Eusebio Leal Spengler "El Diario Perdido de Carlos Manuel de Céspedes", que sirve de introducción a Carlos Manuel de Céspedes. El Diario Perdido, de Eusebio Leal Spengler (edición corregida y aumentada), Ediciones Boloña (Colección La Puerta Vieja), [La Habana], 1998, págs. 21-76. Se han respetado la ortografía, la puntuación y la sintaxis, a menudo peculiares si no cuestionables, del texto de Eusebio Leal Spengler. Los interesados en leer el texto íntegro conocido del diario propiamente dicho pueden acceder aquí a su reproducción digital—que sepamos, también la primera—en Patrias. Actos y Letras. Salvo cuando se indique lo contrario, las notas que siguen han sido tomadas de la edición citada, en la que aparecen como notas a pie de página, y que hemos reproducido textualmente aquí tal como aparecen en dicha edición, en nueva numeración consecutiva.

 

 

Notas

[1] Se refiere a la primera edición (Malmierca, Zamora, 1992).

[2] Hortensia Pichardo, «La muerte de Céspedes», en María Cristina Llerena, Sobre la Guerra de los 10 Años 1868-1878, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1971, p. 218.

[3] Carlos Manuel de Céspedes, Diario, Libro Segundo, 1874, enero, sábado 24, folio 24 del manuscrito original. (En nota del autor, inscrita a pie de página.)

[4] José Martí, Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 6, p. 420.

[5] Gerardo Castellanos García, En busca de San Lorenzo, Editorial Hermes, La Habana, 1930, p. 236.

[6] Diario citado, Libro Segundo, 1874, enero, viernes 23, folio 23 (reverso).

[7] Manuel Sanguily, «Discurso pronunciado en Chickering Hall, New York, 10 de octubre de 1895», en Breve Antología del 10 de octubre, Publicaciones de la Secretaría de Educación, La Habana, 1938, p. 131.

[8] Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, Carlos Manuel de Céspedes. Escritos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1982, t. 1, p. 93.

[9] Diario citado, Libro Segundo, «Notas», folio 44.

[10] Diario citado, Libro Segundo, 1874, enero, martes 13, folio 19 (reverso).

[11] Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 1, p. 86.

[12] Diario citado, Libro Primero, 1873, noviembre, martes 4, folio 42.

[13] José Martí, «Carlos M. de Céspedes», en ob. cit., t. 22, p. 235.

[14] Diario citado, Libro Primero, 1873, octubre, martes 28, folio 36 (reverso).

[15] Copia facsimilar de dicha carta, en Ramón Infiesta, Máximo Gómez, Imprenta "El Siglo XX", La Habana, 1937, pp. 106-107.

[16] José Martí, «Carta a Máximo Gómez, Santiago de los Caballeros, 13 de sep. de 1892», en Papeles de Martí, Imprenta "El Siglo XX", La Habana, 1933, t. 1, p. 17.

[17] Carlos Manuel de Céspedes, «Carta a José M. Mestre. Fines de julio de 1870», en Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 1, p. 80.

[18] Carlos Manuel de Céspedes, «Documento al Sr. C. Sumner, Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos de América. Las Tunas, agosto 10, de 1871», en Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 2, p. 264.

[19] James O'Kelly, La tierra del mambí, Editorial Cultural S. A, La Habana, 1930, pp. 277-278.

[20] Diario citado, Libro Segundo, 1874, febrero, lunes 2, folio 30.

[21] Ibidem, 1873, diciembre, jueves 11, folio 3.

[22] Ibidem, 1874, febrero, domingo 1, folio 29 (reverso).

[23] Ibidem, miércoles 25, folio 42.

[24] «Fragmentos del Diario del Presidente Céspedes. 1872», en Cartas de Carlos Manuel de Céspedes a su esposa, Instituto de Historia de Cuba, La Habana, 1964, p. 231.

[25] Diario citado, Libro Segundo, 1874, febrero, jueves 19, folio 40.

[26] Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 3, p. 74.

[27] Se refiere al ensayo Rescate de Zenea, (Cintio Vitier, Editorial Union, La Habana, 1987).

[28] Máximo Gómez Báez, «Convenio del Zanjón. Relatos de los últimos sucesos de Cuba», en Revoluciones... Cuba y Hogar. Imprenta y Papelería Rambla, Bouza y Ca., La Habana, 1927, p. 144.

[29] Carlos Manuel de Céspedes, «Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba», en Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 1, p. 108.

[30] Cartas de Carlos Manuel de Céspedes a su esposa, Instituto de Historia de Cuba, La Habana, 1964, p. 47.

[31] Diario citado, Libro Primero, 1873, agosto, viernes 8, folio 4, y 4 (reverso).

[32] Ibidem, Libro Segundo, diciembre, miércoles 31, folio 13 (reverso).

[33] Carlos Manuel de Céspedes, «Arenga en la convención de Tirsán , 4 de agosto de

1868», en Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 1, p. 101.

[34] Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 2, p. 114.

[35] José Martí, Obras completas, Editorial Trópico, La Habana, 1936, t. 22, p. 235.

[36] Idem.

[37] Ibidem, p. 236.

[38] Diario citado, Libro Segundo, 1874, enero, lunes 12, folio 19.

[39] Diario citado, Libro Primero, 1873, octubre, domingo 12, folios 28 y 29 (reverso).

[40] Enrique Piñeyro, Morales Lemus y la Revolución de Cuba, Municipio de La Habana, 1939, p. 35.

[41] Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 2, pp. 467-468.

[42] Ramiro Guerra, Historia de la Nación Cubana, Editorial Historia de la Nación Cubana, La Habana, 1952, t. 1, p. 281.

[43] Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 1, pp. 115-141.

[44] Antonio Pirala, Anales de la guerra de Cuba, Imprenta F. González, Madrid, 1895, t.1, p. 393.

[45] Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 1, p. 62.

[46] Diario citado, Libro Segundo, 1874, enero, domingo 11, folio 18 (reverso).

[47] Cartas de Carlos Manuel de Céspedes a su esposa, ob. cit., p. 161.

[48] Incluido en la presente edición. Ver Anexos, p. 435.

[49] El primer Obispo de Cuba nacido en la isla: Santiago José de Hechavarría y Elguezúa, llevó a cabo en 1774 el traslado de la Parroquial Mayor y el Seminario de San Ambrosio a la iglesia y convento de San Ignacio de Loyola, desocupados a causa de la expulsión de los jesuitas en 1767. Además de trasladar el Seminario y cambiar su nombre por el de San Carlos y San Ambrosio, reformó el reglamento y amplió sus cátedras y becas.

[50] Cintio Vitier y Fina García Marruz, Flor oculta de poesía cubana (siglos XVIII y XIX),

Editorial Arte y Literatura, Ciudad de La Habana, 1978, p. 98.

[51] Diario citado, Libro Segundo, 1873, diciembre, sábado 13, folio 4.

[52] Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 1, p. 405.

[53] Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t.1, p. 406.

[54] Diario citado, Libro Segundo, 1874, enero, viernes 30, folio 28 (reverso).

[55] En El americano ilustrado, París, 20 de junio de 1874.

[56] «Manifiesto de Montecristi», en Hortensia Pichardo, Documentos para la historia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, t. 1, p. 491.

[57] «Fragmento de carta de Carlos Manuel de Céspedes a su hermano fechada el 6 de agosto de 1873», en Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 3, p. 252

[58] José de la Luz León nació el 23 de mayo de 1892 en Punta de Maisí, Baracoa y falleció en La Habana el 5 de junio de 1981. Licenciado en Derecho Diplomático y Consular y doctor en Derecho Publico. Periodista que colaboró en casi todas las publicaciones de Cuba, y otras en París y España. Impartió conferencias sobre temas literarios e históricos en diferentes países. Fue miembro de las academias Nacional de Artes y Letras, de la Gallega, de la de Historia, y miembro de número de la Academia de la Lengua de Cuba. Publicó doce títulos y se conservan diez obras inéditas. Recibió condecoraciones en Francia, España, Italia y en Cuba la Orden Nacional de Mérito «Carlos Manuel de Céspedes». Ocupó cancillerías, consulados y Ministerios de Cuba en Berna, Coruña, Ginebra, Sevilla, Calcuta, Barcelona, París, Panamá, Roma, España, Costa Rica, El Salvador y Lisboa. Fue presidente del Ateneo de La Habana.

[59] «Carta de Felix Figueredo a Manuel Sanguily fechada en La Habana el 30 de enero de 1888», en Archivo particular de Rafael Cepeda.

[60] Archivo Nacional de Cuba, Fondo Donativos y Remisiones, caja 374, expediente 1.

[61] Idem.

[62] Idem.

[63] «Carta de Ana de Quesada a Manuel Sanguily, París, 28 de setiembre de 1894», en Archivo Histórico de la OHC. (Legajo 91, expediente 14.)

[64] Manuel Sanguily, Brega de Libertad, Publicaciones del Ministerio de Educación, La

Habana, 1950, p. 65.

[65] Diario citado, Libro Primero, 1873, octubre, martes 28, folio 36 (reverso).

[66] En el Archivo Histórico de la OHC, (legajo 29, expediente 1) obran fotocopias de los Papeles de Carlos del Castillo, Colección «Moses Taylor», de la Biblioteca Publica de Nueva York.

[67] Alba de Céspedes falleció en París, en noviembre de 1997.

[68] «Carta de Alba de Céspedes a Javier Ardizones, embajador de Cuba en Italia, fechada en París el 10 de octubre de 1986», en Archivo particular de Eusebio Leal Spengler.

[69] Se refiere Eusebio Leal a la fotografía que aparece en la página 74 de la edición del Diario Perdido que nos sirve de fuente y referencia. En ella aparece Salvador Cisneros Betancourt, durante una visita a las tumbas de Carlos Manuel de Céspedes, José Martí y los mártires del Virginius en el cementerio de Santa Ifigenia, junto a un grupo de personas no identificadas en el pie de la fotografía de marras, acontecimiento reseñado en El Fígaro, 29 de abril de 1906. [Nota de los editores de Patrias. Actos y Letras]

[70] Carlos Manuel de Céspedes, «Alocución al ser nombrado Presidente de la República de Cuba en Armas. Guáimaro, 11 de abril de 18ó9», en Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, ob. cit., t. 1, pp. 181-182.

[71] En Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, Carlos Manuel de Céspedes. Escritos, ob. cit., aparece en el t. 2, p. 117, la carta de Carlos Manuel de Céspedes a Fernando Figueredo Socarras, fechada el lro. de diciembre de 1873 donde expresa: «No olvidaré el pedido que usted me hace para en el caso de mi salida al extranjero; pues siempre fue mi ánimo dejarle alguna memoria mía».

[72] En la Casa Natal de José Martí se encuentra esta escarapela, acompañada del relato del donante.