De lo posible a lo próximo a lo irreal (II) Rolando Prats

 

14 de octubre de 2021

 

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“(…) toda conciencia de clase —o, en otras palabras, toda ideología en su sentido más estricto, sin dejar de lado las formas más exclusivas de conciencia de la clase dominante— es, por su propia naturaleza, utópica.”

 

Fredric Jameson[1]

¿Hacia dónde intenta aproximar Cuba Próxima a Cuba que no nos diga su editorial “Cuba exige un cambio democrático real y definitivo” del pasado 7 de octubre? ¿Acaso nos deja —el editorial— de decir algo? Y, si fuera ese el caso, si Cuba Próxima se permitiera revelar todas sus cartas, ¿será —esa presunta claridad— obra de transparencia o espejismo? Si de transparencia, ¿prueba de lucidez en la comprensión de la situación presente, de pertinencia en el diagnóstico y de puntualidad en la acción remedial propuesta, así como de confianza en las capacidades y voluntades propias para llevar esta a cabo y curar al enfermo? Si de espejismo, ¿inocente —aunque vana— ilusión o, por el contrario, calculado juego: afirmar una y otra vez lo que no se sabe ni se comprende ni se puede saber ni comprender desde ese punto de miras con la esperanza de provocarlo, de hacerlo advenir mediante un acto de violencia cognitiva, política, material? Sin embargo, ¿acaso ese no saber, ese no comprender, ese no poder no son ya, ellos mismos, prueba no sólo de que, en primer lugar, no se ha accedido a lo real, sino también de que —de entrada— se ha adoptado la decisión (y poco importa en ese caso con qué grado de [in]consciencia se lo haya hecho) de acceder a lo real imponiéndose la hercúlea hazaña de crearlo —a la fuerza, por la fuerza— desde cero? Volvamos, en forma sintética, sobre las premisas, las conclusiones, las propuestas de “Cuba exige un cambio democrático real y definitivo”.

Como ya se ha visto, según el editorial de Cuba Próxima —citamos o parafraseamos—, “Cuba sufre una crisis política sistémica (…) [y una] crisis económica estructural”, lo que unido al “notable descontento político y social (…) coloca a Cuba al borde de una quiebra de la nación, con un Estado fallido que no ampara a los ciudadanos, especialmente a los más vulnerables, mientras crecen la polarización política, las actividades delictivas por supervivencia económica, la emigración desordenada y la frustración y desesperanza, de muchos cubanos, incluidos militantes del hegemónico partido comunista y veteranos de la revolución”. Ante todo lo cual —y para “cerra[rle] las puertas a una indeseable guerra civil”—, siempre según Cuba Próxima, 1) el Gobierno cubano deberá “[e]mprender una reforma política e institucional que conduzca a Cuba a una democracia” y “una reforma económica estructural que detenga y reviert[a] [sic] los niveles de pobreza y desigualdad que agreden [sic] a los cubanos”; 2) “la oposición democrática” deberá contribuir activamente a la democratización de Cuba y diseñar una alternativa de reforma económica —oposición que puede ser “democrática”, cabría recordarle a Cuba Próxima, sólo a condición de que el gobierno a que se opone tan activa e innegociablemente no lo sea en grado alguno, de lo cual, curiosa y paradójicamente, el editorial no ofrece un solo dato tangible, ni adelanta ningún análisis, reflexión o estudio, ni siquiera preliminares, a no ser que como tales se consideren las propias acusaciones que Cuba Próxima lanza en dirección de ese gobierno: que “man[tiene] Constitución y leyes desfasadas con la práctica democrática y con la propia dinámica de la sociedad”, que “bloque[a] polític[amente]  el poder de los ciudadanos”, que “[asedia a la oposición] con métodos represivos soviéticos” —; y 3) los Estados Unidos, la Unión Europea y América Latina deberán “acompañar los cambios inaplazables en Cuba exigiendo respeto irrestricto a los ciudadanos, los derechos humanos y sociales y advirtiendo al gobierno [de] que cualquier avance en las relaciones bilaterales, incluida la ayuda al desarrollo, debe ir precedid[o]  de reformas políticas, económicas y sociales profundas, perdurables y blindadas [sic] jurídicamente”.

Pero ¿qué significa, después de todo, Estado fallido? Bastaría con cualquier definición en el sentido más lato del término para descartar su uso por Cuba Próxima como simple gesto de propaganda. Según la Enciclopedia Británica, por ejemplo —traduzco yo—, un Estado fallido es aquel “incapaz de desempeñar las dos funciones fundamentales del Estado-nación soberano en el sistema mundial moderno: no puede proyectar autoridad sobre su territorio y su población y no puede proteger sus fronteras nacionales. La capacidad de gobierno de un Estado fallido mengua de tal manera que es incapaz de realizar las tareas administrativas y organizativas necesarias para controlar a personas y recursos y puede proporcionar sólo servicios públicos mínimos. Sus ciudadanos ya no creen que su gobierno sea legítimo y el Estado se convierte en ilegítimo a los ojos de la comunidad internacional”. Véase la definición completa, ninguna de cuyas condiciones constitutivas es aplicable a Cuba, en la entrada Failed state de la referida enciclopedia[7].

Si con esta tan británica claridad no bastara para relegar al bestiario de los fallidos ideologemas la figura de Estado fallido a que apela Cuba Próxima para tratar de aproximarse, por muy imaginariamente que sea, a la Cuba de leyenda negra que describe y a la Cuba de edificante fábula que vaticina —y para no ir nosotros tan lejos—, citemos, en el mismo orden en que los encontramos, los trece criterios que según la entrada correspondiente de Wikipedia en español debe reunir todo Estado que se considere fallido, e invitemos a Cuba Próxima, y a sus próximos, a ponderar cuántos y cuáles de esos criterios, y en qué grado y con qué frecuencia —y, claro está, por qué causas, aunque ya con ello estaríamos entrando en terreno en que Cuba Próxima podría convertirse en Cuba Movediza—, nos sirven para caracterizar convincentemente al Estado cubano como Estado fallido: corrupción política e ineficacia judicial; sobrepoblación y contaminación; altos niveles de criminalidad e inseguridad ciudadana; altos niveles de informalidad, pobreza y pobreza extrema; crisis económicas, inflación y desempleo; fuga de talento (emigración altamente cualificada); bajos porcentajes de personas con educación superior; gran parte de la población con la primaria y/o secundaria incompleta; pérdida de control físico del territorio, o del monopolio en el uso legítimo de la fuerza; incapacidad de responder a emergencias nacionales; vulnerabilidad frente a desastres naturales; incapacidad para suministrar servicios básicos; incapacidad para interactuar con otros Estados, como miembro pleno de la comunidad internacional. Next?

Nótese, inmediatamente, que al identificar y dirigirse a las autoridades cubanas, el editorial lo hace “[a]l gobierno del presidente Díaz-Canel, al Buró Político [sic] del partido comunista [sic] y a los jefes militares” —sin que se haga mención del Estado, por cuanto, como ya hemos visto, se trata de un “Estado fallido”— y que, al dirigirse a “la oposición democrática” se le pida no sólo que “contribu[ya] de manera activa a la democratización de Cuba con una alternativa eficaz, que ponga a los cubanos en el centro de su estrategia política”, sino además que “diseñ[e] una alternativa de reforma económica basada en la libertad de mercado y la justicia social que erradiquen la pobreza y [la] desigualdad”. En otras palabras, que si bien se interpela al Gobierno, al Partido y a “los jefes militares” —agentes o representantes, habría que asumir, del “Estado fallido”— para que emprenda “una reforma económica estructural”, es a “la oposición democrática” a quien corresponde “[d]iseñar una alternativa de reforma económica”. Con todo lo cual Cuba Próxima no recurre siquiera a la consabida fórmula del diálogo en pie de igualdad entre partes en pugna y, en su lugar, le asigna a una —“la oposición”— la tarea de “diseñar” las reformas que la otra — el Gobierno, el Partido y “los jefes militares” del “Estado fallido”— deberá emprender.

Nótese también la extraña y ciertamente audaz fórmula según la cual la reforma económica estructural que Cuba Próxima propugna para Cuba, siempre que “[se base] en la libertad de mercado y la justicia social”, será capaz de crear condiciones y mecanismos “que erradiquen la pobreza y [la] desigualdad”. Podríamos preguntarnos al menos dos cosas: 1) ¿Cuáles son los condicionamientos mutuos entre mercado libre y justicia social —es decir, dónde termina uno y comienza la otra, o, para valernos de una conocida metáfora en virtud de la cual el sistema político de los Estados Unidos se concibe y postula y, de paso, se da bombo a sí mismo, cuáles serían o dónde estarían en este caso los tan llevados y traídos pesos y contrapesos, o controles y equilibrios (check and balances)— mediante los cuales la libertad de ese mercado; libertad que por demás se supone irrestricta, no se ha de traducir en vasallaje de la justicia, o, a la inversa, el deseo o la necesidad de justicia social —y qué mejor ejemplo de ello que la propia Cuba, pues ello ocurre aún en las economías centralizadas y planificadas— no le ponga necesario freno a esa libertad; 2) ¿En qué país de las características y las condiciones de Cuba —incluso imaginadas en su presuposición y configuración ideales o en situación ideal, circunstancia que jamás ha “acompañado” la ejecución del proyecto de la Revolución Cubana— se ha logrado, mediante esa fórmula, erradicar la pobreza y la desigualdad? Para esas preguntas, el editorial de Cuba Próxima no tiene ni podría tener respuesta. Y no porque se trate de “apenas” un editorial al que le estemos ahora enmendando la plana con tanta enojosa facilidad —podría, el editorial, haber canjeado más de una línea o parrafada de relleno por alguna en que al menos amagase a insinuar, si la hubiera, la sustancia que lo sustenta—, sino por la endeblez (la irrealidad) de los presupuestos de Cuba Próxima —por un lado, una crisis sistémica y evidente… que de sistémica y evidente tiene sólo su singularidad y su complejidad constitutivas y definitorias (¿se ha dado en los últimos 63 años, en todo el mundo, un país —en su situación y su dinámica— como Cuba?); por el otro, una al parecer no menos evidente disponibilidad de recetas (“reformas”) políticas, sociales y económicas, todas conducentes de manera inexorable a la democratización de Cuba.

Una nota al margen: pobreza y desigualdad ni son lo mismo ni se erradican siguiendo la misma fórmula: no siempre que hay pobreza hay desigualdad, y mientras que para erradicar la pobreza —o, más bien, para reducir la pobreza— pueden bastar reformas, la desigualdad no puede erradicarse sino mediante una revolución política y social. Tampoco son lo mismo pobreza y pobreza extrema, para definir las cuales ha elaborado indicadores tan precisos[2] que no hay manera de “ideologizarlos” esa comunidad internacional de cuya ideología dominante —de la cual las propias Naciones Unidas son el brazo diplomático, militar internacional y humanitario, la de un neoliberalismo pasado por el agua de rosas de un humanismo sin humanidad— Cuba Próxima, en su procaz aunque a la vez insípido amateurismo, parece poder copiar, a diez mil leguas de las realidades incontestadas de este mundo, los más lejanos ecos retóricos, pero en cambio no parece poder, ni a una pulgada de distancia de las realidades de Cuba, inhalar ni un soplo de la sustancia. Póngase como ejemplo al Brasil de los años de la presidencia de Lula, durante los cuales —gracias al programa “Hambre Cero”—  la pobreza extrema se redujo en un 75 %, mientras que la pobreza se redujo en un 65 %[3], sin que por ello Brasil dejara de ser uno de los países con mayor desigualdad social del mundo —lo era todavía en 2006 [4]—, y así, en 2015, Brasil ocupaba el duodécimo lugar entre 159 países (más Afganistán) por desigualdad de ingreso (coeficiente Gini): en esa misma lista Cuba —sobre la base de cifras de 2013— ocupaba el septuagésimo cuarto lugar[5]. A quienes deseen cuestionar la actualidad de esos datos, los invito a que consulten entonces “Chile, México y Brasil son los países de mayor concentración de ingresos en la región” (La República (Colombia), 23 de junio de 2021). Cabría entonces preguntarse si, en el caso de Cuba, el editorial de Cuba Próxima no estaría incurriendo en una doble confusión: entre pobreza y pobreza extrema, por un lado, y entre pobreza de cualquier tipo y desigualdad, por el otro.

Cuba Próxima se dirige (interpela) no sólo al Gobierno [del “Estado fallido”] en sus instancias o figuras políticas y militares, a “la oposición democrática” y a los Estados Unidos, la Unión Europea y América Latina. También lo hace, y sobre todo (...) a “los cubanos”. ¿Quiénes son “los cubanos”? Se supondría que son “el pueblo”, o, al menos, una de las constantes de la ecuación por la que Cuba Próxima intenta resolver el problema de Cuba, o más bien, la eterna variable, la eterna cantidad desconocida que toda agenda política aspira a convertir en cantidad hechizada. ¿Son entonces esos cubanos, a los ojos de Cuba Próxima, sujetos de un pueblo político (por constituir y conquistar) o población ya conquistada, se sobreentiende que para la causa de Cuba Próxima, si vamos a creer en todo lo que Cuba Próxima nos dice sobre el estado actual de la realidad cubana? ¿Acaso no son cubanos también quienes integran el gobierno o el partido o no lo son los jefes militares? ¿O se estará insinuando que estos son una fuerza de ocupación? ¿Explicaría ello el incongruente y ubicuo uso de banderas cubanas durante las manifestaciones del 11 de julio?

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Figuras imposibles (Impossible Shapes) © Joshua Caudwell

 

 

 

 

 

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Nótese, además, la extraña noción de “acompañamiento” de esos cambios, que el editorial considera “inaplazables en Cuba”, a que se invita a los Estados Unidos, la Unión Europea y América Latina, y ello no sólo porque sea obvio, aunque no se lo diga, que a ese acompañamiento no se le pone ningún límite —precisamente porque no se lo dice, en todo el editorial no aparecen ni una sola vez las palabras independencia o soberanía—, o que por tal acompañamiento podría entenderse incluso —como ya señalábamos en la primera parte de este artículo— una intervención militar de los Estados Unidos o de alguna fuerza multinacional, sino también porque a ese acompañamiento se le anexa una condición, como también ya se ha visto, la de que "cualquier avance en las relaciones bilaterales, incluida la ayuda al desarrollo, debe ir precedid[o] de reformas políticas, económicas y sociales profundas, perdurables y blindadas jurídicamente” (el subrayado es mío). Sería difícil, si no imposible, imaginar cualesquiera reformas de ese tipo que sean “profundas, perdurables y blindadas jurídicamente” sino a condición de desmantelar por completo el Estado de la Revolución, “fallido” —según Cuba Próxima— pero al mismo tiempo (¡!) capaz de “bloque[ar] [el] poder politico de los ciudadanos” y evitar, “asedia[ndo] con métodos represivos soviéticos”, que la oposición “consig[a] capitalizar el notable descontento politico y social”. Con Estados fallidos como esos…

 

En cuanto al uso de la expresión “blindadas jurídicamente”, nótese que no se dice refrendar o, en un registro más especializado, vincular jurídicamente algo, de conferirle carácter vinculante —háblese de derechos, acuerdos, tratados o, como en este caso, reformas—, sino de blindarlo. Cabría recordar, por ejemplo, que de “blindaje jurídico” se habla también cuando se lo hace del poder de los monarcas, y no precisamente de los de antes de 1789, sino de los de las monarquías constitucionales contemporáneas[6]. Y no es que los editorialistas de Cuba Próxima estén pensando, precisamente, en instaurar una monarquía en Cuba —aunque no hay “método represivo soviético” que pueda impedir que en la “oposición cubana” a alguno se le ocurra, en el vértigo que todo horror al vacío provoca, tan peregrina y descabellada idea—, sino que con semejante invocación de la noción de blindaje jurídico, Cuba Próxima hace dejación, de facto, de todo derecho moral a quejarse de que en la Constitución cubana de 2019 se haya “blindado” como irrevocable el sistema socialista que esa Constitución refrenda.

Nada de lo cual, por auto-contradictorio que sea desde un punto de vista propiamente operacional, deja de revelar claramente las intenciones de “Cuba exige un cambio democrático real y definitivo”, a pesar de la pobrísima hechura de este lamentable fárrago de declaraciones o concesiones falsamente conciliatorias, por un lado —la “crisis económica estructural” tiene como trasfondo esperanzador (¿esperanzador?) cierto “capital humano, fruto de la propia obra social de la revolución cubana”, por lo que “toda crisis es también una oportunidad de cambio real y perdurable, y todo desafío, por enorme que parezca, puede encauzarse con democracia y civilidad, cerrando las puertas a una indeseable guerra civil”— y, por el otro, de altaneros a la vez que diletantes juicios y reclamos. Tan pobrísima la hechura que, por ejemplo —y llega uno a preguntarse si hay alguna intención detrás de todo ello, y hasta se la descubre—, “gobierno” y “partido comunista” los escribe el editorial con minúsculas, pero no así “Buro Político”, como insinuando que tanto el gobierno como el partido son meras correas de transmisión del verdadero y único centro del poder, el Buró Político. Sin Partido. Buró Político del Poder (valga, se dirán los de Cuba Próxima, la redundancia).

Obviemos el hecho, de interés apenas académico, de que siempre que nos refiramos al gobierno de un país específico deberá decirse Gobierno —con mayúscula inicial, y lo mismo cabe para Constitución, Parlamento, Ejército, etc.—, y de que el partido en el poder en Cuba no tiene un nombre genérico —partido comunista—, sino propio, Partido Comunista de Cuba, aunque las palabras sean las mismas, y preguntémonos por la inclusión de “los jefes militares” en una relación compuesta por entidades oficiales, por muy cuestionables que sean la competencia gramatical o las aptitudes estilísticas y hasta el buen tino político de los editorialistas de Cuba Próxima, a pesar de su infladísima y ciertamente representativa Dirección Ejecutiva —entre cuyos miembros no hay uno solo que no esté “de regreso” de sus (a)filiaciones políticas de origen, declaradas o plausibles, o que sencillamente no haya tenido, para formar parte de la Dirección Ejecutiva de Cuba Próxima, sino que ‘seguir de largo’ en su regreso de donde siempre estuvo, lejos, lejísimos, y ello contenciosa, obstinada, militantemente…, de la Revolución Cubana— y a pesar de la ostentosa idea de dotarse incluso de un Consejo Asesor Internacional, “[ó]rgano con carácter consultivo encargado de aportar una visión externa, de alto nivel, capaz de contribuir al desarrollo de los estándares de excelencia profesional del trabajo y de apoyar los vínculos internacionales”, como si Cuba Próxima fuese no una plataforma digital más, y de las menos engañosas en su esmerada mediocridad, sino todo un think tank, por no decir toda una fundación o todo un partido político.  ¿Se querrá insinuar que en Cuba ni siquiera hay un ejército, unas fuerzas armadas, tropas del Ministerio del Interior, milicias, necesariamente constituidas y "blindadas" social y políticamente desde abajo, sino apenas unos cuantos jefes militares en cuyas manos no está sólo todo el poder de las armas —es decir, de la represión política de toda oposición, pues en el universo de Cuba Paralela no hay lugar ni para la necesidad ni para la mera posibilidad de que Cuba defienda sus fronteras, su territorio y su población contra una invasión, militar, extranjera—, sino todo el poder económico y, por tanto, político. En otras palabras, una junta militar en comparación con la cual las encabezadas por Videla o Pinochet habrían sido apenas dictaduras democráticas. Lo cual está lejos de ser una boutade, pues nada hay en Cuba Próxima —y no sólo en el editorial que aquí nos ocupa— que denote que su concepto de democracia requiera, para ser suficiente, de algo más que propiedad privada, economía de mercado, pluripartidismo, derechos humanos, entendidos estos sobre todo como libertad de credo, reunión, asociación y expresión, por un lado, y de emprendimiento —o, en su defecto, ensimismamiento—, por el otro.

Pongamos a un lado la cuestión de si la crisis política es sistémica o la crisis económica es estructural —pongamos a un lado incluso la afirmación acerca de “la frustración y desesperanza, [sic] de muchos cubanos, incluidos militantes del hegemónico partido comunista y veteranos de la revolución” y la inevitable, por legítima, réplica que querría saber cuántos  y cuáles “cubanos, incluidos militantes del hegemónico partido comunista y veteranos de la revolución”, y a qué información estadística o anecdótica tiene acceso Cuba Próxima que no tenemos los demás— y preguntémosle: 1) ¿Qué relación de transitividad sistémica, estructural existe entre descontento social y descontento político? 2) Cuando Cuba Próxima nos habla de “descontento político y social”, ¿nos habla de dos descontentos o de dos atributos o dimensiones de uno solo? A diferencia de fenómenos como la pobreza, la pobreza extrema, la desigualdad social… ¿cómo se mide el descontento social? ¿Cuáles son los criterios formales de su definición? ¿Se trata, en el caso de Cuba, de una cantidad constante capaz de alterar la balanza del consenso social o de un fenómeno cuya intensidad fluctúa en dependencia de variables que nada tienen que ver con ninguna forma de descontento político? ¿No se hablará, muchas veces, de descontento político donde debería hablarse de desgaste o desacuerdo ideológicos, si no meramente discursivos? ¿Se hacen ese tipo de preguntas Cuba Próxima y sus próximos? ¿Se han dado alguna respuesta?

Dicho todo lo anterior, el editorial que nos ocupa de Cuba Próxima se dirige (interpela) no sólo al Gobierno [del “Estado fallido”] en sus instancias o figuras políticas y militares, a “la oposición democrática” y a los Estados Unidos, la Unión Europea y América Latina. También lo hace, y sobre todo —son los últimos a quienes se interpela y a quienes más exhortaciones se les hacen— a “los cubanos”. ¿Quiénes son “los cubanos”? Se supondría que son “el pueblo”, o, al menos, una de las constantes de la ecuación por la que Cuba Próxima intenta resolver el problema de Cuba, o más bien, la eterna variable, la eterna cantidad desconocida que toda agenda política aspira a convertir en cantidad hechizada. ¿Son entonces esos cubanos, a los ojos de Cuba Próxima, sujetos de un pueblo político (por constituir y conquistar) o población ya conquistada, se sobreentiende que para la causa de Cuba Próxima, si vamos a creer en todo lo que Cuba Próxima nos dice sobre el estado actual de la realidad cubana? ¿Acaso no son cubanos también quienes integran el gobierno o el partido o no lo son los jefes militares o las tropas al mando de esos jefes? ¿O estará el editorial de Cuba Próxima insinuando que no, y que, en cambio, el gobierno, el partido, los jefes militares son una fuerza de ocupación? ¿Explicaría ello el incongruente y ubicuo uso de banderas cubanas durante las manifestaciones del 11 de julio a que ya me he referido en otra ocasión? (Continuará)

Notas

[1] Fredric Jameson, The Political Unconscious. Narrative as a Socially Symbolic Act, Ithaca, Cornell University Press, 1981, p. 289. (La traducción es mía.)

[2] A modo de referencia y para consultas cruzadas y múltiples que brindan acceso a datos actualizados y desglosados por países, véase The World Bank, Understanding Poverty, accesible en https://www.worldbank.org/en/understanding-poverty.

[3] Véase “Éxito de Lula y Dilma: Brasil redujo la pobreza extrema en 75 por ciento”, Cubadebate, 16 de septiembre de 2014.

[4] Véase “La pobreza en Brasil se reduce un 19 % durante el Gobierno de Lula. El país, sin embargo, es todavía el país con mayor desigualdad social del mundo”, El País (España), 22 de septiembre de 2006.

[5] Datos tomados de https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Pa%C3%ADses_por_igualdad_de_ingreso.

[6] Consúltense, si no, Patricia García Majado, “El blindaje jurídico del monarca”, Agenda Pública, 15 de julio de 2018 (accedido en https://agendapublica.es/el-blindaje-juridico-del-monarca/).

[7] Accedido electrónicamente en https://www.britannica.com/topic/failed-state.