Derechos de los deberes Rolando Prats

14 de agosto de 2021

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¿Y si lo que, en Cuba, el 11 de julio, con la jactancia de aquello que apurase la historia como fábula de presunciones antes de haberla consumado, acontecimentalmente, siquiera como cabeza de playa, emergió de lo informe para contestar un estado de cosas presuntamente plagado por lo insostenible, si ello fuese, en lo que se pudiese tipificar como cuerpo social, todavía amorfo, de lo político insinuado, tras ardua suspensión del juicio —en quienes desesperamos por ver asomarse los primeros perfiles, inciertos pero reconocibles, de alguna posibilidad de ruptura fecundante en el continuum que es el triunfo de toda verdad— en pugna por clausurar la reflexión antes de que nos la permitamos? ¿Y si quienes han acabado, ellos mismos —por esa figura en suspenso—, convirtiéndose en los huérfanos de una conflagración condenada por sus propios vaciamientos, de sí y de lo que se le resiste, al ocioso escarceo de la tinta de periódico que mana sin cesar entre perentorias hipótesis, exhortaciones descerrajadas, premoniciones sin brújula, recuentos sin bitácora? ¿Si no fuesen, ellos mismos, si no hayan sido nunca, sino la figura de la insostenibilidad que los subsume y a la que no pueden oponer, como el grito al dolor, sino la impotente repetición del síntoma sin diagnóstico o de diagnóstico errado?

 

 

 

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¿Dónde se adquirieron esas banderas cubanas, que aparecen, todas, en lustrosas fotografías, como acabadas de comprar? Acabadas de comprar, las banderas, ellas mismas, en [las] lustrosas fotografías. Acabadas de comprar, ellas mismas, las lustrosas fotografías. De pagar. De regalar. ¿En qué lugar de Cuba las venden, en qué Cuba, en qué moneda? Pero sobre todo, ¿contra qué poder colonial se enarbolan, contra qué fantasmal ejército de ocupación? ¿De qué país, de qué nación, de qué pueblo se reclaman? También en Miami y sus suburbios [cubanos] políticos —de Ciudad de México a Madrid— el cancaneante, si no ya fraudulento, nacionalismo entreguista (Madre de Todos los Oxímoron)— las enarbola con el frenesí de los medios que —de una vez por todas zanjados— se desentendieran de sus nuevos fines. Pues esas banderas, enarboladas como instantáneas del acontecimiento que se consuma, y se consume, en su propia gestualidad, no son —aunque lo sean— múltiples puros. Son banderas de la Bandera. Son restos de la nave naufragada del Uno imposible. Son pueblo contra Pueblo. Como en el popolo de Agamben: “Pero esto significa, también, que la constitución de la especie humana en un cuerpo político se realiza por medio de una escisión fundamental y que, en el concepto de pueblo, podemos reconocer sin dificultad la pareja categorial que (…) define la estructura política original: nuda vida (pueblo) y existencia política (Pueblo), zoé y bíos. El pueblo lleva ya siempre consigo la fractura biopolítica fundamental. Es lo que no puede ser incluido en el todo del que forma parte y lo que no puede pertenecer al todo en el que ya siempre está incluido." (Giorgio Agamben, Medios sin fin. Notas sobre la política (trad. Antonio Gimeno Cuspinera), Valencia, Pre-Textos, 2001, pp. 32-33. He modificado ligeramente la traducción.)

 

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¿Qué es la Revolución, qué puede ser, qué ha sido, qué no puede dejar de ser para no dejar de ser; es decir, para no dejar de ser su proyecto de liberación nacional, pues de eso se ha tratado siempre, de un proyecto-de-liberación-nacional para que el pueblo, político, es decir, el Pueblo, que así se constituya sea el pueblo emancipado de su doble escisión constituyente: la de pueblo-nación frente a los poderes respecto de los cuales es pueblo subalterno del Pueblo (político) presuntamente universal del todo del que somos parte, pero al que no pertenecemos, por ser inclusos exclusos, y la de pueblo de clases? ¿Qué deseo sublima la Revolución sino el del imposible Pueblo indiviso? Oponerse, no al estado de cosas de la Revolución, sino al Estado de la Revolución —que es siempre, también, el estado de la Revolución— y, sobre todo, a la Revolución (la obrada) como Principio, como Idea, como Fundación, es oponerse, entonces —si no de principio, sí en consecuencia, y esa consecuencia, para Cuba, no sería ni podría ser, en este caso, mero cambio de régimen, sino imposición, por el Imperio, de un régimen que haga imposible todo cambio hostil a sus intereses y los del pueblo civil sin Pueblo propio político, así constituido—, a la posibilidad misma de seguir apostando al allanamiento de esa doble escisión.

 

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Libertad. Libertad. Libertad. ¿Libertad de qué? ¿Para quién? ¿Contra quién? ¿Al servicio de qué o de quiénes? ¿Del país y su Pueblo (político) para recrearse a sí mismo o para disolverse? ¿De cuál pueblo contra cuál? Pues ya hemos visto que tal pueblo no es el Pueblo, aunque ya siempre, de este, haya formado parte y aunque ya siempre, en este, haya estado incluido.

 

Libertad. Libertad. Libertad. ¿De la Revolución, es decir, contra ella? ¿O libertad [propia] de la Revolución, con ella, para ella? Porque podemos nombrar las obras de la Revolución, contarlas o medirlas tanto como acogernos a sus intangibles. ¿Podríamos nombrar las obras de la libertad que se le opone? ¿Dónde, por quién, en qué circunstancias? ¿Para qué, es decir, para quiénes? Pues si el ejercicio de los derechos de unos, en esa otra libertad contra la [propia] de la Revolución y su nosotros —pues la Revolución puede pronunciar su propio nombre sólo por boca de su nosotros—, habría necesariamente de suponer la supresión de la libertad de otros para cumplir con su deber, entonces lo único justo, lo único verdaderamente justo, sería que esos otrosnosotros— les dijesen a aquellos unos: a ustedes los derechos, todos los derechos; a nosotros, los deberes, también todos... en esta Cuba. Libertad. Libertad. Libertad. Para ustedes, en el ejercicio de sus derechos. Para nosotros, los otros, en el ejercicio de nuestros deberes. Y no hará falta entonces otra constituyente que la de la verdad —siempre en disputa—de esa relación (política): derecho sin deber vs derecho del deber, es decir, deber del derecho, deber con derechos. El deber como fuente de derecho.

 

 

 

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Pero el 11 de julio de 2021, en Cuba, hecho a la vez finito y todavía por consumarse en su ignoto tamaño —y, sin embargo, ya a las claras, aun cuando fuese cierto que la historia se repite como farsa, ¿sería concebible acaso que una revolución como la cubana pueda, por no decir deba, ser desbancada por rappers, influencers, paparazzi, hashtags, fotografías de concentraciones (de manifestantes políticos) en El Cairo o (de aficionados al fútbol) en Buenos Aires, fotografías (verídicas) de lustrosas banderas manifestándose a los pies del Capitolio, como acabadas de comprar (o de ser regaladas); ¿de dónde salen? ¿O por qué nadie siquiera se lo pregunta?—, prolifera secuestrado por la nada sorprendente confluencia de las aguas albañales de la abyecta noria periodística y las lacrimosas de un civismo ex post facto que apenas logra hacer que quepan, a empujones y a la carrera, sus nuevas consignas —Constitución o muerte diríase que es una de ellas— en los ahora desiertos anaqueles en los que ayer se empolvaban variaciones sobre la Revolución como fuente de derecho… y de vida verdadera. ¿Valdrá la pena mencionar lo enojoso que se antoja ver al Mejor de nosotros vergonzosa u ociosamente paseado como una suerte de  factotum capaz de ventrilocuar para cada uno la cita conveniente? Proliferación cacofónica que no exhibe como trasfondo sino una despiadada afiliación a la verdad como agreste empiria, si no como fiesta de disfraces en la doxa. Volvamos al Badiou de Pasolini sobre San Pablo: "(...) [L]a verdad puede abrirse paso sólo protegiéndose del exterior corrupto, y, al amparo de esa protección, ejerciendo una férrea disciplina que le permita ‘revelarse’, volverse activamente hacia el exterior, sin temor a perderse en él. Todo el problema estriba en que esa disciplina (...), aunque totalmente necesaria, es también tendencialmente incompatible con la pureza de lo Verdadero." (Pier Paolo Pasolini, St Paul. A screenplay (trad. Elizabeth A. Castelli; introd. Ward Blanton; prefacio de Alain Badiou), Verso, 2014.)

Es sólo en la Revolución que Cuba podría ser de todos —aún de aquellos para quienes la Revolución ni siquiera exista—, pues es sólo en la Revolución que todos habrían de tener los mismos derechos efectivos. Pero no todos podrían ni tendrían que tener los mismos deberes: esos del espíritu que se sabe en lo cierto. A todos, pues —repitámoslo—, sus derechos; a los revolucionarios, a los comunistas, a nosotros —los otros— nuestros deberes.

Última foto de Ernesto Guevara antes de ser capturado y asesinado en Bolivia_edited.jpg

 

Mediados de septiembre de 1967. Ernesto Guevara, rodeado de campesinos bolivianos, consulta un mapa de la región del Río La Pesca. Última foto conocida suya antes de ser capturado y asesinado en el poblado de La Higuera, el 9 de octubre de 1967. © Bettmann/Bettmann Archive

 

¿Tendremos, nosotros —los otros— otra elección que la disciplina que supone trabajar en la verdad y por ella a partir de la apuesta por lo que esa verdad —en ella misma y a su propio amparo— ya ha sido de lo que podría ser —y, para quien sepa o desee escuchar, ¿hará falta predicar su predicado?—, de nuevo expuesta a la impureza de lo verdadero? ¿O tendremos que conformarnos, al menos quienes estamos exentos de la responsabilidad de las riendas del Estado de la Revolución —actitud al mismo tiempo de mínima prudencia ante la ignorancia propia y de indulgente temeridad en la delegación del derecho a abrirse paso con la verdad hacia el exterior que la corrompe y a la vez la revela—, con esperar? ¿Esperar a que se disipe la humareda y, en ese aire más claro, a que podamos acceder a los hechos —que no son la verdad, pero sin los cuales la verdad es como alma en pena—, a su porción de realidad incontestada, que es la que tarde o temprano termina por usurpar lo real, ocupándolo en la doxa, e imponerse como la verdad de la que apenas es realia, no realidad —si bien nunca la misma para todos— hasta que algo más real, lo próximo más real, pueda contestarla? Exentos de la responsabilidad de las riendas del Estado de la Revolución, pero no del estado de la Revolución.

 

 

 

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Con su trillado humor, Mark Twain escribió que los hechos eran tercos y las estadísticas flexibles. Afortunadamente para algunos, Twain apenas hubo de articular, en tiempos que ahora parecen de fábula, trivialidades de sentido común: los de a pie que a estas alturas ni siquiera han escuchado pronunciar el nombre de Twain así lo saben y lo han dicho desde siempre: el papel aguanta lo que le pongan. Afortunadamente para otros, es decir, para nosotros —pues toda humanidad, toda política, toda verdad comienza no por un todos inasible, irrepresentable, moral y políticamente imposible, es decir, inaccionable, sino por un nosotros que sea conciencia (de clase para sí), apuesta, riesgo, posibilidad de verdad y de justicia para el mayor número, no para todos, pues ese todos no será posible como Pueblo (político) mientras convivan en él visiones y proyectos (de clase en sí) irreconciliables, o será posible sólo como aspiración utópica o señuelo electoral para extraviados—, hay algo más en este mundo que papel que lo aguante todo, algo más que estadísticas, algo más que expertos, algo más que sentido común, algo más que realismo —ah, los realistas de siempre, tan orondamente desconectados de lo real que se les escapa—: hay verdad, y hay sobre todo espíritu, porque sin espíritu la verdad es apenas dato.

 

Esa verdad-dato, esa verdad-noticia, esa verdad-imagen, esa verdad de periódico, que no convoca sino a la dignidad del pensamiento o los rigores del silencio en nosotros, despojados hoy y para siempre de la más mínima aspiración electoral, o del deseo o incluso la urgencia de parapetarnos tras la retórica —desiderátum impracticable por impolítico— de una inclusividad tan vertiginosa que suprimiría la idea misma de la necesidad de justicia en un mundo definido por la injusticia y, por tanto, en un mundo de inocentes y culpables, como si reconciliarnos todos, así de pronto, por un acto tan voluntarista como el que se les reprocha a tantos de quienes nos antecedieron, y se nos reprocha a nosotros, los otros‚ sólo que ahora de buena voluntad, no fuese lo mismo que perpetuar, santificándolo como humanidad natural reencontradaEn busca de lo mismo perdido se titularía esa obra—, el inaceptable, por injusto, estado de cosas del mundo.

 

Pues Cuba es un pequeño pedazo y una precaria porción no de la imaginación política de cada uno —sobre todo de cada uno de esos intelectuales nuestros, tan de regreso de todo sin haber jamás llegado ni a aquello de lo que hoy se evacúan, que querrían superar cada impasse de lo político invocando lo humano… como si todos estuviésemos de acuerdo sobre lo humano que es—, sino del único mundo que existe, este: saqueado, explotado, devastado, dominado, controlado y narrado por quienes único tienen el poder de hacerlo desparecer en cuestión de segundos. Un mundo hoy cada vez más cerca de su auto-exterminio que de su auto-emancipación. Al punto de que la Revolución ha terminado por ser su propia realidad, desertada por lo revolucionario, por los revolucionarios. Pensar Cuba es, pues, pensar el mundo en que Cuba existe, y responderse, antes que cualquier otra, esa pregunta: ¿Queremos ser mera imagen del mundo que ya es o, en cambio, queremos ser, nosotros —los otros—, imagen del mundo otro (mejor) que podría ser? Porque vivimos en un mundo imperial —y su capital no está sólo en Washington—, no en una reconciliada y armoniosa federación universal de pueblos y culturas.

 

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Habrá que esperar por toda la verdad —la paciencia todo lo alcanza, decía Santa Teresa—, pero esperar andando. Porque la hora podrá ser de aconsejable paciencia teresiana, pero para que esa paciencia no termine jugándonos la mala pasada de sacarnos del juego, también lo es de cartesianas claridades.

 

Así, la claridad de la discordia —mortal— entre Revolución y sus contrarios. Pues antes de que ninguna revolución cometiera su primer error —y la cubana, por sus propias condiciones, no podía ser la excepción de la regla—, ya su contrarrevolución le había negado, de entrada, la posibilidad no sólo de que no lo cometiera, sino sobre todo de que lo enmendara. Así, hoy, haga lo que haga el Estado cubano, diga lo que diga el Presidente de la República, hayan hecho y dicho uno u otro lo que hayan hecho y dicho antes del 11 de julio o ese mismo día o después —incluso aunque uno y otro hicieran o dijeran lo que la contrarrevolución les pide que digan o hagan—, la contrarrevolución no lo va ni a aplaudir ni a aceptar, siempre en busca de la trampa, de la mentira, siempre convencida de que ella es lo Real (o lo realista, lo posible), lo humano,  ante la fantasía criminal, o el récord indefendible… de la Revolución. Y es que la condición sine qua non de existencia de la contrarrevolución, su propia razón de ser, es que la Revolución no sólo ya fracase sino que además se revele, en su fracaso, como una empresa ilegítima, criminal, contra natura, mientras que la Revolución no necesita de la contrarrevolución para definirse a sí misma, para legitimarse, para ser. Es ese el pecado original de toda contrarrevolución: no poder sino querer ajustarle cuentas a la Revolución, derrotarla, incluso antes de que la Revolución tenga cuentas que poder ajustarle, incluso cuando la Revolución, para no dejarse derrotar, mueva la cerca, o suba o baje el listón, coja vereda, se adapte, trate de nadar y de guardar la ropa (actitud legítima de lo no travestido).

 

La hora es de paciencia teresiana, pero también de cartesianas claridades. La paciencia nos ayudará a llegar a un mejor lugar posible con el mayor número posible. Las claridades a no olvidar que ese lugar, en Cuba, no puede estar fuera de la Revolución ni contra ella, por ser en la Revolución donde único se puede pensar Cuba sin empezarla a perder en el mismo acto de pensarla. Y es sólo en la Revolución que Cuba podría ser de todos —aún de aquellos para quienes la Revolución ni siquiera exista—, pues es sólo en la Revolución que todos habrían de tener los mismos derechos efectivos. Pero no todos podrían ni tendrían que tener los mismos deberes: esos del espíritu que se sabe en lo cierto. A todos, pues —repitámoslo—, sus derechos; a los revolucionarios, a los comunistas, a nosotros —los otros—, nuestros deberes.

 

A quienes nos acusen de rehenes ideológicos del Estado, de huéspedes turística y cómodamente instalados en Hotel Estocolmo, deberemos recordarles que en situaciones como estas nuestros principios —obviamente diferentes de los suyos— sobreseen incluso nuestras ideas, nuestras proposiciones. Y el primero de esos principios es y será siempre que, en Cuba, en este mundo, nada ni nadie deberá ponerse por encima de la Revolución —de su obra consumada, en lo intangible ya tanto como en lo palpable, y de su posibilidad—, porque Cuba, sin su Revolución, no es ni nuestro país ni el ara de nuestro deber. Esa otra Cuba sin su Revolución podría ser, jurídicamente, de todos —es decir, de explotados tanto como de explotadores—, pero jamás sería nuestra para todos otra vez.