Veneno, o del hábito del prejuicio* Omar Pérez

 

El texto que sigue lo terminó de escribir su autor en La Habana a principios de 2018. Patrias. Actos y Letras tiene a bien comenzar a publicarlo hoy, 19 de octubre de 2018, por entregas de variable extensión. Una primera edición, de autor, de tres ejemplares, en encuadernación rústica cosida, fue publicada con el título original de Veneno en esa misma ciudad, también este año, bajo el sello editorial La última zafra.

Lo que se comienza a publicar ahora aquí es el texto íntegramente revisado, corregido y anotado por Rolando Prats, Editor de Patrias. Actos y Letras, revisión y corrección que hacen de la presente una edición propia y distinta, no una mera reedición del libro publicado en La Habana. 

 

A los derechos de autor de Omar Pérez se añaden ahora los de Patrias. Actos y Letras sobre esta segunda edición de este texto, que difiere notablemente, desde la tipografía y la ortografía hasta la sintaxis y el tratamiento de las citas y la adición de referencias bibliográficas, de la ya mencionada (y primera) edición impresa. Diferencias que, valga aclararlo, por notables que sean, hacen de la presente edición digital una edición diferente, no una obra diferente.

Las opiniones expresadas en Veneno, o del hábito del prejuiciotítulo escogido por el Editor de Patrias.Actos y Letras con el único propósito de adelantar aquello de lo que el propio autor, en el prefacio, nos advierte que es "el verdadero tema" de la obra— son, no obstante, exclusivamente las de su autor.

*Veneno, o del hábito del prejuicio © Omar Pérez y Patrias. Actos y Letras (2018) / Foto del autor © Rolando Prats

 

 

 

Veneno, o del hábito del prejuicio Omar Pérez

                           

 

 

 

 

 

                            Y en llegando a esta pasión,

                            un volcán, un Etna hecho,

                            quisiera sacar del pecho

                            pedazos del corazón.

                            ¿Qué ley, justicia o razón,

                            negar a los hombres sabe

                            privilegio tan süave,

                            excepción tan principal,

                            que Dios le ha dado a un cristal,

                            a un pez, a un bruto y a un ave?

 

                                     Calderón de la Barca, La vida es sueño 

 

 

A modo de prefacio

 

 

Hace unos días, mientras limpiaba unas brochas, encontré unas hojas sueltas. Pertenecían a un libreto de un programa radial reciente, destinado a educar al público acerca de los males causados por el consumo de la marihuana.

 

No dejó de llamarme la atención el tono medieval (debo decir, admonitorio y casi esperpéntico), si se considera que la radio es, aún hoy, vehículo de la modernidad, orientado hacia las masas instruidas, redimidas, incluso por la luz del nuevo milenio.

 

Me invadió una sensación de urgencia —como de piedra en el zapato, o mendrugo atragantado. Quise escribir algo —y que no fuera espuma— acerca de uno de los tabúes mejor guardados y peor comprendidos de nuestra civilización; no bastaría con reaccionar a la ligera, teniendo en cuenta la pesadez de los castigos con que suelen hacerse acompañar semejantes tabúes. No es el caso adornar con ironías una excomunión que puede remitir a los herejes al otro lado de alguna de las rejas que proliferan en nuestros limbos sociales: de los “paraísos artificiales” que canta Baudelaire a los penales que denuncia Foucault, sin mucha transición.

 

Recordé entonces poseer un librito acerca del tema, ni más ni menos vetusto que el discurso del mentado libreto, a pesar de la distancia de 80 años —la edad de mi madre— que los separa. Hallé también un número de The Economist (13 de febrero de 2016), que contenía un briefing titulado “Legalising cannabis safely”, capaz tal vez, si no de enderezar, siquiera de conmover la balanza con su hálito, tan británico, de actualidad e imparcialidad.

 

Daré comienzo a esta narración —pues de otra cosa no se trata— apenas con esos elementos, teniendo siempre presente que el verdadero tema de este libro no es el cannabis ni su correspondiente tabú, sino el hábito del prejuicio y la adicción a manipular los datos que la realidad nos ofrece, sobre todo cuando esos datos no corresponden a nuestras expectativas e intereses.

 

28 de noviembre de 2016

 

 

 

I

Que la intelectualidad tenga como función, no decir la verdad y salvar al mundo,

sino ambicionar la capacidad de representar, escuchar y contar historias[1].

Lyotard

Expendedores y viciosos. Una fantasía antropológica

                                                            “He querido más bien que hacer una novela

                                                            con más o menos ribetes de fantasía, escribir

                                                            un libro útil para todos y en ese empeño he

                                                            tenido bastante suerte al lograr para este

                                                            propósito, interesantes datos en relación con

                                                            el tema que trato.”

                        Antonio Gil Carballo

 

Antonio Gil Carballo hizo imprimir el volumen Expendedores y viciosos. Opio, morfina, marihuana, cocaína, heroína —este es el librito del que les hablaba— en la tipografía “La Universal”, situada entonces, 1937, en la calle Habana No. 110. Abre el volumen una contribución de Enrique Serpa, a manera de prólogo, que por sí sola bastaría para apagar cualquier sed de superchería.

 

Serpa, cumplido cuentista, delinea el currículo del autor —de reportero a oficial de la policía secreta— y procede a colocar el cannabis en el centro del altar de todos los peligros:

              “... monstruo inmisericorde, más terrible aún que el del opio, la morfina y la cocaína.”

              “... despierta y exalta las pasiones más crueles y sombrías del hombre, cual si fuese un genio maléfico                        capaz de desencadenar las fieras agazapadas en el inconsciente humano.”

 

“... un niño inclusive, puede caer víctima del afán homicida que suele nacer, con el delirio, en el          marihuanómano”.

Y, en fin, tras mencionar “la desenfrenada sobreexcitación nerviosa y la hipertrofia de la imaginación que provoca la marihuana”, Serpa concluye:

 

“Ni el opio, ni la morfina, ni la heroína, ni el éter, ni la cocaína, ningún estupefaciente, en una palabra, había conseguido mancillar la pureza de la adolescencia. Pero llegó la marihuana y conquistó esa triste y abyecta gloria.”

La contribución del propio Gil Carballo da comienzo con un prefacio aclaratorio (“No soy un teórico, soy un militante”) titulado “Escribo para al bien”, en el cual, tras descalificar a aquellos “notables escritores, entregados al vicio del Opio o a la Morfina” (léase De Quincey, Baudelaire, Coleridge, Poe & Co.)—quienes, al mostrar en sus libros “los supuestos encantos de paraísos artificiales y delicias supra-terrenas”, no hicieron más que “inmoral propaganda”—, pasa a afirmar con cierto desconsuelo que, a pesar del empeño mostrado por la policía, el ejército, la aduana, la marina de guerra, los funcionarios de sanidad, los servicios secretos y hasta la masonería, “los jóvenes fuman cada vez más”. He ahí, al parecer, la razón de este enjundioso libelo que intentaré desglosar capítulo a capítulo, pues el valor documental y antropológico que encierra va más allá de la curiosidad literaria o bibliográfica, aunque, también, incite a ambas.

Antonio Gil Carballo, quien, por su “brega policial”, recibiera del entonces “Jefe del Ejército Constitucional, Coronel Fulgencio Batista, una felicitación por escrito”, logró conformar para su libro una estructura irregular en la que se combinan el documento oficial, la anécdota callejera y la arenga precientífica. Por no hablar del bosquejo histórico; quizás, a veces, antihistórico.

El primer capítulo, “Ojeada general sobre las drogas”, comienza con un vistazo a la nefanda —me contamino con adjetivos “de época”— guerra del opio en China. “El terrible vicio fue llevado a China, para vergüenza de la civilización, por dos naciones progresistas y cultas: la liberal y democrática Inglaterra, cuna del mutuo respeto y progenitora de ilustres varones, y Francia, cuya nación posee en la historia universal, el honor de haber proclamado los derechos del hombre, trazando pautas de hermosas rebeldías”.

Aproximadamente un siglo después del Tratado de Nankín —que impuso a la China derrotada la importación del opio desde la India— continúa la guerra de, o contra el opio: “miles de viciosos y expendedores fueron ejecutados en la ciudad de Peiping[2], en el mes de diciembre del año 1936 y cuatro magníficos Hospitales con capacidad para mil enfermos cada uno de ellos, han sido los últimos pasos dados [por el gobierno chino] en su empeño de sanear la nación”. Tan marcado el empeño que “el enfermo que es considerado INCURABLE, lo ejecuta el Gobierno públicamente”. De la sala terapéutica a la plaza de los fusilamientos, ¿cómo no recordar Vigilar y castigar?

En “La intervención americana”, Gil Carballo elogia al gobierno estadounidense, que, “haciendo uso de las anteriores experiencias, extiende la esfera de acción (…) y recibe el concurso de las naciones hispanoamericanas” en la guerra contra los “envenenadores de la humanidad”. Y luego, “Cuba secunda, no obstante los graves errores que padecemos, los esfuerzos del Gobierno Americano en este problema de las drogas”.

Tras elogiar a Mr. Harry Jacob Anslinger, Comisionado General de Narcóticos, el autor declara: “Los Estados Unidos vienen sintiendo los efectos del vicio de las Drogas, desde la construcción del Ferrocarril de California a los Ángeles, en cuyas obras los obreros chinos enviciaron a los americanos.”

La estructura del libro es heteróclita, asimétrica, fragmentaria y casi digresiva alrededor de un punto fijo: acabar con las drogas y redimir a los viciosos, aunque para ello haya, primero, que ejecutarlos.

En la página 38 se revisan las “Penalidades vigentes en varios países”, que van de la multa de 600 florines en Holanda al fusilamiento en China, pasando por trabajos forzados en Suecia, arresto y multas de hasta 600 pesetas  en España, “mucha vigilancia y castigo de multa y arresto a los traficantes y días de encierro al vicioso” en México, “una escala de penas” que va de 15 meses a 10 años en Nueva York, y otra escala de penas (frase digna de Calderón de la Barca) de 10 años a cadena perpetua en la Florida.

Este abanico de posibilidades represivas alienta al autor a escribir el capítulo “La debilidad de nuestro código”. Se refiere solo a expendedores, lo cual, de momento, hace pensar que los consumidores, también llamados “enfermos”, eran perseguidos, pero no penados. Las penas van de 2 meses y multa de 250 dólares a 6 meses y multa de 500 dólares en el caso de los reincidentes.

El autor lamenta que la policía no pueda encarcelar a un conocido “Expendedor”, “si no se le encuentra encima o en su residencia el cuerpo del delito: La Droga”. Tiene, sin embargo, motivos para la esperanza, pues “la Ley de Drogas está siendo objeto de un detenido estudio y las penalidades serán muy fuertes”.

 

En el renglón de “La sanidad cubana”, el autor advierte con orgullo que la Secretaría de Sanidad nacional trabaja en estrecho contacto con el gobierno norteamericano, de modo que “anualmente se remite por el Gobierno Cubano, un estado de las cantidades de narcóticos en existencia en las Droguerías. Ese informe es enviado al Buró de Narcóticos de la ciudad de Washington”. 

 

Podían hallarse en ese entonces en droguerías, con prescripción facultativa, la morfina, la cocaína y el opio, así como hojas de coca, cloroformo, éter, heroína, hidrato cloral de cannabis indica, marihuana, peronina y tropococaína, elenco aprobado por decreto presidencial de 1924.

 

El autor distingue entre Botica (Apothecarium) o Farmacia y Droguería, a la cual aquella hace sus pedidos, “bien a granel o afectando la forma de especialidades, extractos, tinturas y demás preparaciones galénicas que las contengan [las Drogas] a excepción del Elixir Paregórico y los Polvos Dower”.

 

En la página 48 (“Un calvario el arresto”), se refiere a “los defectos casi inhumanos que posee nuestra Ley de 25 de Julio de 1919, cuando hay necesidad de aplicarla al vicioso que es detenido por infractor”.

Dicha ley ampara al consumidor de la cárcel y ordena su ingreso en el lazareto del Mariel. “Desde ese momento comienza el calvario del individuo. La tramitación oficial es tan lenta que ello ocasiona en el detenido un estado terrible por la ‘falta’ del ‘chivirico’ [uno de los nombres de la morfina].” Gil Carballo dice haber proporcionado droga a detenidos en crisis de abstinencia; cuando otros colegas no tenían a mano sustancia alguna con que aliviar la crisis, el autor “la tenía... y buena, porque sabía aliviar la situación de los infelices”. “En cuanto al Expendedor”, concluye, “no tengo hacia él la menor cantidad de compasión."

El autor lamenta que la policía no pueda encarcelar a un conocido “Expendedor”, “si no se le encuentra encima o en su residencia el cuerpo del delito: La Droga”. Tiene, sin embargo, motivos para la esperanza, pues “la Ley de Drogas está siendo objeto de un detenido estudio y las penalidades serán muy fuertes”.

En el renglón de “La sanidad cubana”, el autor advierte con orgullo que la Secretaría de Sanidad nacional trabaja en estrecho contacto con el gobierno norteamericano, de modo que “anualmente se remite por el Gobierno Cubano, un estado de las cantidades de narcóticos en existencia en las Droguerías. Ese informe es enviado al Buró de Narcóticos de la ciudad de Washington”.

Podían hallarse en ese entonces en droguerías, con prescripción facultativa, la morfina, la cocaína y el opio, así como hojas de coca, cloroformo, éter, heroína, hidrato cloral de cannabis indica, marihuana, peronina y tropococaína, elenco aprobado por decreto presidencial de 1924.

El autor distingue entre Botica (Apothecarium) o Farmacia y Droguería, a la cual aquella hace sus pedidos, “bien a granel o afectando la forma de especialidades, extractos, tinturas y demás preparaciones galénicas que las contengan [las Drogas] a excepción del Elixir Paregórico y los Polvos Dower”.

En la página 48 (“Un calvario el arresto”), se refiere a “los defectos casi inhumanos que posee nuestra Ley de 25 de Julio de 1919, cuando hay necesidad de aplicarla al vicioso que es detenido por infractor”.

Dicha ley ampara al consumidor de la cárcel y ordena su ingreso en el lazareto del Mariel. “Desde ese momento comienza el calvario del individuo. La tramitación oficial es tan lenta que ello ocasiona en el detenido un estado terrible por la ‘falta’ del ‘chivirico’ [uno de los nombres de la morfina].” Gil Carballo dice haber proporcionado droga a detenidos en crisis de abstinencia; cuando otros colegas no tenían a mano sustancia alguna con que aliviar la crisis, el autor “la tenía... y buena, porque sabía aliviar la situación de los infelices”“En cuanto al Expendedor”, concluye, “no tengo hacia él la menor cantidad de compasión”.

Tras describir el tratamiento de desintoxicación en el lazareto, el autor aclara:

“En el Hospital de Narcómanos de El Mariel son recluidos los viciosos de marihuana pero no existen aún planes de curación para ellos. Solo el reposo es lo que reciben allí.”

En la página 54 leemos: “Parecería una descortesía dejar de mencionar los nombres de las principales autoridades cubanas…”. El autor lo hace, desde Batista hasta el último de los Capitanes que participan en la lucha “por hacer desaparecer de sus demarcaciones a los fumadores de marihuana”. En la nómina tiene lugar especial el coronel José Eleuterio Pedraza, jefe del cuerpo policial (responsable de numerosos y notorios crímenes), quien “solo aspira a limpiar de ‘lacras’ a la sociedad”. Palabra de policía.

 

La página 88 da inicio a una antología de desmanes:

“En Jesús del Monte, el hijo de una respetable señora empleada en la Secretaría de Sanidad de Cuba, sufrió los efectos de un cigarrillo de marihuana y al llegar a su casa trató de matar a su madre con una pistola que con mucho trabajo se le pudo quitar.”

 

“En un baile celebrado recientemente en el Centro Gallego de La Habana, durante los carnavales del año 1936, un joven exmilitar, bajo los efectos del cigarrillo de marihuana, disparó su revólver y dio muerte a una pobre señorita que acudía a la fiesta.”

“... un muchacho de 17 años hizo agresión a un vigilante de policía de la calle Vives, cuando el policía trató de quitarle el revólver que portaba y con el que se dio al fin un balazo en la sien. Ese joven había poco antes comprado en el Parque El Cristo varios cigarrillos de marihuana y había fumado 2 de ellos.”

Y, en fin, en 1929, en Denver, Colorado,

“Vence Henderson, de 27 años, bajo los efectos de la marihuana, dio un tiro a su tía Eleonora Wells porque esta se demoraba en calentarle la comida...

 

***

 

 

La antología no precisa de comentario; por otra parte, uno podría preguntarse por qué no prohibir ante todo la producción y distribución de armas de fuego. Este sería el lado “Imagine” de la cuestión, por qué no comenzar por simplificar el mundo antes de seguir complicándolo con ulteriores leyes y armamentos superiores; se trata, sin embargo, de un razonamiento al estilo John Lennon, artista que, para colmo, fumaba hachís. ¿Qué podía saber él de regulaciones?

En la página 92 se proporcionan, en nota, algunos de los nombres propios del cigarrillo maléfico: chitín, chicharra y prajo; “díñame un prajo” sería la manera popular de pedir uno de esos cigarrillos. Desconozco el origen de la voz “prajo”, y, aunque he escuchado decir que es de procedencia eslava (“praj”, en ruso, es una de las varias palabras que en ese idioma significan ceniza), me parece singular, aunque no imposible, que haya llegado de los tugurios de Odessa a los de la Habana.

La “Descripción del marihuanero” ofrece, en la página 93, lo siguiente:

“Los tipos que se dedican al consumo de la marihuana son conocidos a un kilómetro de distancia por su porte especial. Casi todos ellos son delgados; tipo fino, no obstante producirle el humo tóxico un apetito inmenso. Cuando terminan de fumar, tienen hambre y sed. Por el contrario del vicioso de morfina, casi siempre el ‘grifo’ está elegantemente vestido y sobre todo muy bien peinado. Usan un pelado peculiar. Le dicen pelado a ‘la mota’ cuya característica consiste —según ellos— en la semejanza del pelado a ‘la mota’ que produce la mata de marihuana […] Cada ‘cachada’ les produce una nueva idea. Desean tocar guitarra; oír un tango o creerse todo un artista del cinema.”

En la página 94, “Difícil su captura”, refleja ya desde el título casi todo acerca de la actividad redentora. “He considerado”, afirma Gil Carballo, “más importante un arresto de un ‘marihuanero’ que tres servicios en otras drogas”. Menuda cábala; el tono de safari recuerda, por otra parte, aquella frase de Animal Farm: todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros. Por lo tanto, todos los animales son distintos y algunos serán más distintos que otros, ergo:

 

“Parece que el efecto que les produce el cigarrillo tóxico, pues casi todos los expendedores lo fuman, les dota de cierta viveza que ningún otro delincuente posee.”

 

Adentrémonos, si no, en este episodio de Matrix:

“Un niño de quince años fumó en la calle San Cristóbal, en el Cerro, un cigarrillo de esa yerba y cinco hombres fuertes no podíamos con él. No sé de dónde ese muchacho sacó tanta fuerza. Es a mi juicio el producto más nocivo que existe”.

 

¿El producto más nocivo que existe? ¿Más que el derivado de la fisión del átomo? Pues sí, tengan en cuenta que “Ed Brown, veterano Sheriff del Bosque Negro, estado de Colorado, U.S.A., declaró que prefería enfrentarse con 25 bandidos antes que con un sujeto que estuviera bajo la acción de la marihuana”.

Es el mismo estado de la Unión que diera a luz a Vence Henderson, el asesino del apetito monstruoso, hoy región pionera en la legalización y comercialización del cannabis, para consternación de los sheriffs de nuestros días. Ahora mismo, la ciudad de Denver, según uno de los artículos de The Economist que eventualmente comentaré, “es, no por coincidencia, una de las destinaciones más populares entre los estudiantes norteamericanos durante sus vacaciones de primavera”. (La traducción de citas de The Economist es siempre mía.)

Las páginas siguientes prosiguen en la misma vena, ya con sabor científico, histórico o, sencillamente, con sabor a propaganda. Tres tazas:

“He visto al doctor Sansores, médico cubano, perteneciente a la morgue de La Habana, haciendo la autopsia de un sujeto que murió bajo un ataque de locura que le produjo la marihuana y que lo llevó a tirarse desde un quinto piso a la calle en el Vedado. Ese infeliz tenía el cerebro que era ‘enormemente anormal’ —decía el doctor Sansores que ‘era algo verdaderamente raro el fenómeno que presentaba la masa encefálica en relación con la disminución observada’.”

 

“El general Pancho Villa castigaba con fusilamiento a los soldados que la fumaban [la marihuana] porque le repugnaba ese vicio y además, porque estimaba que, bajo la inconciencia del humo tóxico, podían igual traicionar sus principios revolucionarios que defenderlos.”

 

“La experiencia demuestra que en Cuba, muchos hechos delictuosos y especialmente del ‘gansterismo’, se han producido bajo el dominio de la maldita marihuana.”

Sería fascinante releer, y reescribir, la historia de la isla de Cuba a través de esa mirada. ¿Por dónde empezaríamos? ¿Por el suplicio de Hatuey o por la reconcentración de Weyler? O, mejor aún, ¿por la masacre de la calle Orfila, tal vez la primera balacera transmitida en vivo, por radio, en la historia de la república y en la cual se mezclaron policías, militares, políticos y, desde luego, gánsteres? ¿Estarían todos “under the influence”?

En la página 111, el autor introduce “Un capítulo del Dr. Castellanos” que, con gusto, citaré in extenso. Director del Gabinete Nacional de Identificación, Castellanos ofrece su visión de “Cuba ante el problema de las drogas heroicas”. Comienza por alertar sobre “La intensa corriente de viciosos y corrompidos extranjeros, que nuestro país ha recibido por oleadas en todos los tiempos”, a la que responsabiliza por la introducción en la isla de toda una variedad de productos nocivos, entre ellos,

– “el opio para soñar como los asiáticos”;

– “la morfina para olvidar penas y vislumbrar placeres supremos”;

–“la cocaína para sentir sensaciones nuevas e insospechadas”.

Last, but not least,

– “la marihuana para producir energías e impulsos desconocidos”.

Diríase un anuncio publicitario redactado por Rubén Darío; a diferencia del policía, el doctor muestra una curiosidad “científica” por el monstruo inmisericorde, según la terminología de Serpa.

Cita entre las “causas de auge de los estupefacientes entre nosotros”,

– “la inexperiencia de la juventud”;

– “la incontenible inclinación al baile”;

– “el temperamento tropical”;

– “las compañías sin selección física ni moral”;

– “la falsa intelectualización”.

Prosigue,

“Cuba, que ha sido un excelente mercado para los extranjeros, incesantes explotadores de nuestras virtudes y defectos [¿Y acaso no viceversa? ¿No han explotado los cubanos las “virtudes y defectos” de los extranjeros? El subrayado es mío.], no podía dejar de ser una fuente de riqueza para los contrabandistas de estupefacientes.”

Me pregunto adónde se remonta, en su origen, la corriente de viciosos y corrompidos extranjeros que menciona Castellanos. ¿Hasta Colón y sus seguidores? Esta corriente baña nuestros días; un artículo de The Guardian Weekly, de 18 de marzo de 2016, expresa preocupación por el interés que ciertas empresas transnacionales puedan mostrar en invertir en la isla: 

 

 

“... Havana is by far the safest Latin American capital; drug consumption is minuscule and organised crime of the kind known to Mexico City, Bogotá or San Salvador is nonexistent. But no multinational corporation will be as anxious to invest in the newly open Cuban market than the Mexican narco-cartel Los Zetas, which controls the Caribbean, whose heartland territory is no farther than the short distance travelled by the tiny Granma boat that carried Castro’s revolutionary vanguard across the Gulf from Mexico in 1956 ...”

El artículo es uno de tantos que analizan el “futuro” de Cuba a partir de los más recientes eventos: restablecimiento de las relaciones diplomáticas con U.S.A., fallecimiento de Fidel Castro, aumento del turismo, sin excluir el concierto de los Rolling Stones. A modo de resumen de sus especulaciones acerca de cómo una inversión importante en materia de drogas ilegales y —para usar un término ya aceptado en este tipo de análisis— recreativas, podría afectar la estabilidad en la isla, el articulista concluye: “No one wants to talk about that how will change Havana.”

Como si quisiera, desde el siglo pasado, responder a esta ominosa probabilidad, Castellanos declara que “Cuba, más que ningún otro país, debe apresurarse a intensificar la lucha contra el vicio de los narcóticos”. De seguro, muchos otros doctores, en muchos otros países, han de haber llegado a similares conclusiones. Veamos en qué razonamientos científicos basa el doctor Castellanos su premura:

“Nuestro país, que es un territorio de tiroideos e impulsivos, acentúa más su tendencia a los delitos contra las personas, desde las simples lesiones hasta el asesinato más alevoso, con el uso de la marihuana, que al actuar sobre los centros nerviosos exacerba la agresividad en los sujetos.”

Así pues, la capacidad que, según Castellanos, tiene el monstruo inmisericorde para “producir energías e impulsos desconocidos” se dirige a la perpetración del Mal y, no solo, ni fundamentalmente, a otras acciones ya referidas por Gil Carballo en su “Descripción del marihuanero”, como “tocar guitarra; oír un tango o creerse todo un artista del cinema”; tampoco es positivo que produzca “viveza” mental o una extraordinaria capacidad física que estarían fatalmente condenadas a servir a fines delictivos; y se deduce, algo contradictoriamente, que es irrelevante en lo que concierne a “la incontenible inclinación al baile” y ni siquiera a aquello que el doctor llama “falsa intelectualización”, sea ello lo que fuere. En cuanto a la cuestión del “temperamento tropical” de los tiroideos e impulsivos habitantes de la isla y de cómo éste es afectado de modo sobremanera negativo tras su contacto con el monstruo —y no por otras drogas legales, comercializadas y publicitadas, como el alcohol— es cuestión que me permito posponer para un examen ulterior, tratándose de un elemento no de orden político o judicial, sino específicamente sicológico.

Castellanos llama en su ayuda a las socorridas estadísticas y a la, no menos socorrida, autoridad de un especialista norteamericano, el criminalista Carleton Simon, quien “demostró” que en Nueva York casi el 70% de los drogadictos tenían antecedentes penales. Y viceversa, se podría inferir. A ese respecto, uno de los autores del mencionado briefing para The Economist, apunta que, según Jonathan Caulkins, investigador y profesor de Carnegie Mellon University, los consumidores de cannabis son más propensos que los de alcohol a definir al monstruo como la causa de todos 

sus problemas profesionales o familiares. Sin embargo, admite que se trata de “una comparación imperfecta”, ya que los marihuaneros son, por definición, delincuentes —no así los alcohólicos, al menos en el occidente cristiano— y, por lo tanto, más dados, quizás, a enfrentar semejantes problemas. Ahora bien, “está claro que la yerba es, en palabras de Mr. Caulkins, ‘a performance-degrading drug’”. Pregúntenle a Bob Marley.

El método, o, en este caso, el estilo estadístico —según los propios científicos, las estadísticas son en realidad uno de los datos más difíciles de interpretar y más fáciles de manipular—, por el cual alguien que ya es, por definición, un delincuente, termina por ser un delincuente, recuerda operaciones filosóficas como el sofisma o la petición de principio. La pregunta que me hago en este instante es si esas manipulaciones, léase errores metodológicos, son ingenuas o son interesadas. Si provienen de una candidez medieval o si, ya en el Nuevo Milenio, revelan incapacidad para abrirse a todos los matices (no solo políticos, económicos o jurídicos, sino además, y sobre todo, científicos, sicológicos y culturales) que ofrece un campo de estudio sobre el cual no se ha dicho aún, ni por asomo, la última palabra.

Ah, cuánto me gustaría recomendar a los especialistas la lectura del cuento “Los tragadores de hachís”, según lo relata Scherezada en una de sus mil y una noches, pero lo dejaré también para más adelante. Y me conformaré con seguir la rima del doctor Castellanos, quien ahora advierte que, dado que el monstruo “acrecienta los impulsos innatos en los oriundos de la gran isla antillana”, aquellos, o aquestos “descendientes de los que realizaron la epopeya emancipadora”, podrían terminar siendo unos meros “enajenados en libertad”. Algo menos edificante que enajenados presos. He aquí que el dilema “sólo se resolverá por una armónica cooperación del Médico y la Policía”. Y una esperanza más:
 

 “Cuando caiga la demanda, cuando el mercado sea limitado, pobre y estéril, el contrabandista, el expendedor, no será tan peligroso como en la actualidad, que escapa, resiste, medra y florece por los infelices adictos, por los infortunados viciosos.”

No deseo ni imaginar qué consideraciones se harán, por ejemplo, Los Zetas, respecto a la posibilidad de que caiga la demanda; tampoco comentar una frase tan fascinante como “escapa, resiste, medra y florece”, que no sabría si aplicar a un contrabandista, a un guerrillero o a una planta trepadora. Queda muy claro, no obstante, que, varias décadas más tarde, ha tenido lugar un cambio, y no precisamente la caída de la demanda: los infelices adictos, los infortunados viciosos de 1936, no son hoy mucho mejor considerados que un miembro de Los Zetas.

 

 

***

En busca de aire fresco para las ideas sobre el monstruo, ansiando tal vez descubrir en el tema “energías e impulsos desconocidos”, al mismo tiempo que intento evitar todo viso de “falsa intelectualización”, abro Sonetos en Cuba, antología de Samuel Feijóo[3], tras la huella de ciertos “arabescos mentales”, de un momento en el que estos monstruos tuvieran otros nombres, otros sabores. Hurgo entre “fulgores orientales, plectros, amibas”, un “árbol adicto”, de Poveda, para llegar allí donde, al decir de Regino Boti,

Vibra empero una pulsación imperceptible

que une lo personal con lo invisible.

 

Encuentro este soneto de Rubén Martínez Villena, escrito en 1924, dedicado al opio.

 

Página de la droga celeste

 

Semilla del Ensueño, la gota milagrosa

en una falsa muerte la Paz nos anticipa,

y orna la paz de imágenes. El alma, que reposa

la secular fatiga, ve cómo se disipa

su gran Dolor en una voluta caprichosa.

Humo que de la torpe materia la emancipa:

ensaya el vuelo ansiado la triste mariposa

a la crepitación caliente de la pipa…

¡Oh, la espiritualísima sensualidad del opio!

En el laboratorio del universo propio

se aduerme al fin la vieja demencia del análisis,

 

y el fumador, que a ratos su embriaguez desintegra,

hace brotar, luchando con la dulce parálisis,

un vasto ensueño rosa de la píldora negra.

Gracias, Samuel. Gracias, Rubén. Como, de costumbre, los poetas ofrecen un punto de vista autónomo, en sí mismo científico contra toda corriente. Este es el oasis en el que la vida, ante todo, se ve como cultura, como cultivación, y no como ejercicio de la culpa ni alimento de las leyes.

Prosigo con Expendedores y viciosos, y esta vez lo hago ofreciendo un somero índice razonado de los temas que trata el autor, agotada mi curiosidad sobre su punto de vista:

“Los contrabandos en Cuba” (pág. 120) trata del modus operandi y casos ejemplares.

“Expendedores” (pág.123): “En mi concepto cualquier homicida, por criminal que sea [digamos, digo yo Adolf Hitler], merece más compasión que un EXPENDEDOR DE DROGAS [todo en mayúsculas en el original].” Gil Carballo distingue, todavía, entre expendedor, merecedor de “fuerte pena”, y vicioso, “enfermo de la voluntad” digno de ser “sometido a un plan de curación”. Subsiguientes legislaciones habrían de complacerlo, en cuanto a la primera parte, extendiendo la severidad a la segunda, sin resultado terapéutico alguno; terapéutico, valga la aclaración, en el sentido de curar a la sociedad, los individuos que la integran y las costumbres resultantes.

“El barrio chino, meca de la droga” (pág. 129). Con perdón de los musulmanes; describe “barrios propicios a las drogas heroicas”, en especial el chino, y procede a ofrecer más casos ejemplares. Por ejemplo,

– en la página 137, el de menores y mujeres usados como “alcanzadores” o “sujetadores”, es decir, asistentes del traficante;

– en la página 141, “El Chinito Lima”, “Condenación de un expendedor cantonés” (digno título para una obra del Teatro Shanghái);

– en la página 144, “Los mayores servicios hechos en Cuba”;

– en la pág. 149, “Un informe importante”, reproduce un informe dirigido al Jefe de la Policía Secreta Nacional sobre el “descubrimiento” de un laboratorio clandestino: “Que dicho sujeto mediante cierto procedimiento químico extraía del OPIO, MORFINA, y hojas de COCA, los distintos productos heroicos que le han sido ocupados, pudiendo resultar que desde el PERU, importara las hojas de Coca, para realizar estos experimentos químicos que le facilitaran la manera de confeccionar en nuestro país, productos que hacía pasar como DROGAS HEROICAS de marcas extranjeras”.

El tema alquímico, que aparece subrepticiamente en el soneto de Villena, se muestra aquí bajo otras luces.

En la página 153, “La captura de Ángel Caraduly”. Venturas y desventuras de un traficante griego en La Habana.

En la página 159, “Ocupación de 800 gramos de cocaína”. Servicio entre los considerados como de “gran importancia”.

En la página 161, “Dos servicios, en Camagüey y Santa Clara”.

En la página 161, “Dos servicios, en Camagüey y Santa Clara”.

 

En la página 163, “Cómo terminaría el vicio en Cuba”. Tras alertar de “lo acontecido en China, donde millones de hombres, dormidos en sus sentidos todos por el opio, convierten a la nación en un país desprovisto de progreso y bienestar”, Gil Carballo alienta a los cruzados, precisando que “nuestra cultura es muy superior a esos hombres de tez amarilla y ojos oblicuos”. Tras desechar la peregrina pregunta de “qué habría pensado el Jefe de Escuadra Gil Carballo acerca de la Revolución Cultural”, hago notar, porque se hace notar, la relación entre racismo y tabú. Llegaremos ahí. Por el momento, las recetas:

– Se necesitan policías de “preparación y cultura, cuyas plazas deben estar sujetas a buenos sueldos y a una completa inamovilidad”;

– “La Secretaría de Sanidad, debe ser la encargada de tener bajo el control del Departamento de Narcóticos, una Escuadra destinada a la persecución de los infractores”; dicha escuadra estará integrada por miembros de varios cuerpos policiales dirigidos por un “Jefe capacitado”, instruido, a su vez, por un médico o Doctor en Farmacia;

– El plan de curación de los “enviciados” ha de ser ampliado en lo que se refiere a “la estancia del enfermo”, con tal de que éste permanezca alejado el mayor tiempo posible del “ambiente rutinario”;

– “En las casas de Socorro, los médicos deberán poseer dosis de morfina [no menciona otras drogas] para proporcionar en casos de absoluta e indispensable necesidad al individuo”; es decir al consumidor enfermo-vicioso;

– La escuadra colaborará con funcionarios dedicados a “hacer campaña de persuasión, por medio de conferencias, circulares, prensa y boletines, con el fin de que los padres de familia puedan cooperar con las autoridades a evitar la propagación del vicio en la juventud”. ¿Utopía o 1984? Dejemos, por el momento, abierta la interrogante.

Antes de llegar al clímax de esta odisea antropológica que es el libro de Gil Carballo, algunas precisiones.

– Al marihuanero se le llama “grifo”.

– Al expendedor se le llama “gibarito”.

– Un cigarrillo cuesta de 5 a 10 centavos de la época.

Para terminar, el autor reproduce, a partir de la página 171, “El Convenio de Ginebra”, que merita algunas consideraciones. El “Convenio para limitar la fabricación y reglamentar la distribución de los estupefacientes” fue firmado en Ginebra, en 1931, tras reuniones celebradas entre el 27 de mayo y el 13 de julio; entre

otros, y por este orden, por el presidente del Reich alemán, el presidente de U.S.A. y, ahora siguiendo el alfabeto, los presidentes de Argentina, Austria, su majestad el rey de los Belgas, los presidentes de Bolivia, Brasil, Britain and Ireland y dominios británicos “allende los mares”, así como el emperador de las Indias, los presidentes de Chile, Costa Rica y Cuba, su majestad el rey de Dinamarca e Islandia, el presidente de Polonia (por la ciudad libre de Danzig), el presidente de la República Dominicana, su majestad el rey de Egipto, el presidente del gobierno provisional de la república española, el rey de reyes de Etiopía, los presidentes de Francia, Grecia, Guatemala, el rey del Hedjaz, el Nedjed y Dependencias[4], el rey de Italia, el emperador de Japón, el presidente de Liberia, el presidente de Lituania junto a la duquesa de Luxemburgo, el presidente de México, su alteza serenísima príncipe de Mónaco, los presidentes de Panamá, Paraguay, Polonia (se presentó con 2 presidentes) y Portugal, de la mano de la reina de los Países Bajos, el sha de Persia, los reyes de Rumanía, Siam, Suecia, el Consejo Federal Suizo, y los capitanes regentes de la república de San Marino, cerrando el cortejo los presidentes de Checoeslovaquia, Uruguay y Venezuela. El enviado por Cuba fue Guillermo de Blanck, extraordinaria y plenipotenciariamente[5].

Espero que el lector no se haya aburrido con la pasarela. En cuanto a las “definiciones”, se entienden por “drogas” las siguientes:

a) morfina y sus sales;

b) diacetylmorfina y otros éteres, es decir, heroína;

c) cocaína y sus sales, incluyendo preparaciones hechas directamente con la hoja;

d) dihydrooxycodeinona y sustancias afines, sus éteres y sus sales;

e) codeína;

f) opio “bruto” y “medicinal”.

Se podrá tener alguna idea de lo detallado del convenio cuando se nos dice que “[p]or hoja de coca se entiende la hoja del Erythroxylon Coca Lamarck, del Erythroxylon novogranatense (Morris) Hyeronimus y de sus variedades de la familia de los Erythroxylaceos”, mientras que por “cocaína debemos entender un ‘éter methylico de la benzoylegnonina levogyra’”, etc.

 

Se explica en detalle también qué debemos entender por “fabricación”, “transformación” y “evaluación”. Hasta ahí la alquimia. Después se habla de “stocks del Estado”, “stocks de reserva”, “exportación”, “reexportación”, y así, hasta que las “Altas Partes contratantes” se pongan de acuerdo sobre el tráfico legal de drogas. Ni más, ni menos.

Cabe observar que el monstruo inmisericorde no aparece mencionado en el convenio. Y que la conferencia emitió un voto para “atribuir premios como recompensa por los resultados de las investigaciones emprendidas con el objeto de descubrir medicamentos cuyos efectos terapéuticos, siendo los mismos que los de las drogas, no den lugar al hábito de la toxicomanía”. Quién sabe cuántos caramelos, cuántos programas de televisión, han sido fruto de esas investigaciones.

El Secretario de Estado, Orestes Ferrara, y el presidente de la república de Cuba, Gerardo Machado, dieron curso a esos acuerdos, firmándolos en el Capitolio habanero.

Como se diría en un programa de televisión, el libro que escribo no sería posible, ni siquiera imaginable, sin el de Antonio Gil Carballo; tal es la suerte de los libros y las investigaciones que giran alrededor de ellos. Al reportero-jefe de escuadra debo agradecer, además del caudal de información antropológica, y no solo, haber mostrado una estructura libresca que no está ni enajenada de su fin, ni sujeta a una línea discursiva fijada de antemano. Con los errores que podamos señalar, el libro de Gil Carballo cumple la tarea de evacuar un “trabajo de campo”. En un campo que,  como dijo Félix Varela, han dejado crecer mucha maleza.

¿Legalizar el cannabis o canabisar la ley? Acerca de un briefing de The Economist

Antes de pasar revista al material de The Economist, debo mencionar un artículo que he hallado en estos días; el lector comprenderá que, a medida que un investigador se aproxima a su objeto (y la antropología no puede garantizar que el objeto real de la investigación sea el mismo que el antropólogo ha determinado de antemano), varias “energías e impulsos desconocidos”, para utilizar la terminología del doctor Castellanos, comienzan a contribuir de manera espontánea. He aquí que, en un número reciente de La Gaceta de Cuba —que encuentro en un cajón de revistas—, la documentalista Rebeca Chávez narra, en un artículo sobre el músico Chano Pozo[6], su encuentro con Isolina Carrillo, compositora de “Dos gardenias”:

“Un día me preguntó si estaba ‘castigada’ y si se me ‘imponía’ hacer esta película, en su lógica ella ponía en primer plano al ‘guapo’ marginal y no al músico, y no me hizo ningún comentario respecto [a] la reconocida maestría de Chano con los tambores.”

 

Rebeca Chávez observa que la relación Chano-Manteca puede ser incomprendida; “Manteca” no es solo el título de la pieza más célebre de Chano, es también uno de los nombres vulgares del monstruo inmisericorde. Tata Güines, en el citado artículo, recuerda haber conocido a Chano en la orquesta de Dizzy Gillespie, “independientemente de su número ’’Manteca’”. Qué quiso decir Tata con “independientemente” no es cosa que pueda definirse. Sin embargo, el artículo de Rebeca Chávez cita la siguiente frase: “Todos los que fuman ‘manteca’ antes o ahora no tocan las congas como Chano.”

A medida que progresa esta investigación, los genios locales tienen algo que reportar. Así como los planetarios. El discurso de The Economist parte de ciertas preguntas generadas por un período de “post-legalización”. Para muchos lectores del planeta, antes o después (Chano Pozo no sería hoy una excepción), puede parecer ciencia ficción. Imaginen “hileras de plantas lujuriantes y florecientes atendidas por técnicos en traje blanco que solo son molestados por las autoridades cuando llega el momento de pagar los impuestos”.

Los impuestos, y otras regulaciones, guían la reflexión de los columnistas. En el editorial, “The right way to do drugs”, se preguntan acerca de cómo “someter a impuesto, qué variedades permitir, quién debe vender y a quién” un producto que,  según Gil Carballo, se vendía en farmacia en el siglo pasado. Es el mismo espíritu del antes citado convenio, y la letra bien poco varía. Como si Margaret Thatcher, tras escuchar “Lucy in the Sky with Diamonds”, decidiera reunirse con los especialistas.

En vez de hablarse de legalizar, debería, en propiedad, hablarse de re-legalizar, es decir, devolver a la cualidad ordinaria, cotidiana, un producto que, gracias a una guerra fallida, fuera excomulgado; se deja ver además la falta de una visión cultural del asunto; como si fuera solo cuestión de “regular” o “prohibir” (vigilar y castigar), de impuestos o penalidades, de industria o guerra. O guerra de la industria, y viceversa; el monstruo inmisericorde entra a jugar en un juego prefabricado en el cual participan lo mismo un jabón antibacteriano que una píldora anabólica. Este modelo de “o esto o aquello”, característico del pensamiento autoritario, se resuelve en una falsa disyuntiva. No hay sino una salida, someterse a las armas o al dinero; este efectivo tornillo de banco es el que cumple, entre otros muchos triunfos políticos, la función de vaciar de su elemento cultural la cuestión.

Según los articulistas, no se trata de to be or not to be, sino de legalise or not to legalise. Es obvio que, si las drogas pudieran limitarse a un asunto de impuestos y educación pública, no tendría sentido alguno que existieran; en otras palabras, la droga es mucho más antigua que la ley. El ser humano, como otros muchos seres vivos, conoció la experiencia de la droga

mucho antes que la experiencia de la ley. Así como una lectura de los evangelios, expurgados, de Jesús, puede brindarnos una idea de una vida humana más allá y más acá de la ley, la droga no es mero asunto de drogas, ni de leyes.

Para un columnista de The Economist, comprometido con la sustentación de un mecanismo de cambalache que, de los días de Karl Marx a los nuestros, no ha cambiado mucho, el monstruo inmisericorde no es más que otra mercancía y, como tal, la trata y la describe. Quienes promueven la legalización son pues una mezcla de “libertarios que quieren maximizar la libertad personal y comercial, y conservadores, que comprenden que la prohibición es menos efectiva que la legalización pragmática”. Paréceme estar presenciando un debate acerca de la esclavitud en la cámara de los lores en el siglo XVIII. Sin embargo, ya que en el editorial de The Economist se presentan razones para andarse con cautela respecto a la liberación del monstruo, las citaré con cautela similar,

– El cannabis “parece provocar dependencia en una minoría de usuarios”;

– “La ilegalidad del cannabis significa que la investigación acerca de sus efectos a largo plazo es vaga [hazy]. Hablábamos de petitio principii y de los sofismas como herramienta filosófica; he aquí un ejemplar formidable. Si interviene un procedimiento de ilegalización preventiva, paso previo a una guerra, como sabemos los habitantes del Nuevo Milenio, ello querrá decir que el enemigo lo es porque así ha ha sido declarado. Ergo, war. “Parece” y “significa” no tendrían valor jurídico alguno si se tratara de evaluar, por ejemplo, un caso de fraude cometido por un ejecutivo del FMI. En el caso de la yerba, parece bastar. El editorial, que precede un texto más largo que a continuación examino, no se decide entre la publicidad, de corte científico, de productos elaborados con cannabis (cremas, chocolatines e, incluso, cigarrillos) y ese tipo de especulación intelectual que suele preceder la especulación financiera, acerca de las regulaciones arancelarias, presupuestarias y publicitarias, sin caer, eso sí, en la “falsa intelectualización”. ¿Cuáles son los tecnicismos de rigor?

– prohibir la publicidad;

– prohibir los productos canábicos con paquetes o envolturas atractivas.

Y lanza este llamado: “El estado debe usar el sistema de impuestos y la educación pública para promover los modos menos dañinos de ‘getting high’”, o arrebatarse, como se dice hoy en Cuba, “ponerse”, entre otros. En pocas palabras, esa condición indefinible que permite que los seres humanos, como dice Regino Boti, conecten “lo personal con lo invisible” ¿ha de estar sometida a un regateo de penas e impuestos? No en balde clama Calderón que, a fin de cuentas, la trascendencia siempre estuvo penalizada o vigilada. Por otra parte, que el principio del libre albedrío esté consagrado por las constituciones no lo hace más albedrío sino menos. Como vemos, no es solo cuestión de yerba.

El artículo de fondo de The Economist, “Reeferegulatory challenge”, o el desafío marihuano-regulatorio, si cabe la traducción, no va mucho más lejos. Puede leerse como un desenvolvimiento casi coreográfico, décadas más tarde, del convenio antes citado. “America, and the world, are going to see a lot more such establishments”, proclama el articulista refiriéndose a una boutique, a pocos minutos del aeropuerto de Denver (¿recuerdan al veterano sheriff del Bosque Negro?), donde se comercializa el cannabis, ya sea en su variante vegetal, o como chocolatines y refrescos. Se mencionan los estados de Colorado, Washington, Oregón y Alaska en U.S.A, así como, más allá del territorio norteamericano,  Jamaica, Uruguay y Canadá, como espacios en los cuales el cannabis va mutando de monstruo inmisericorde en mercancía regulada.

El articulista se permite citar a Bob Dylan, “to live outside the law you must be honest”, solo para reprenderlo con un “to live inside the law, you must be regulated”. No sé si alguna vez los hippies se hayan percatado de que sus abuelos podían adquirir la marihuana en la farmacia, simplemente advierto la tensión entre “honest” y “regulated” que,  obviamente, no es la misma cosa. The Economist, que es la biblia periodística de un hegemonismo ancestral enconado en formas democráticas, con sus aspiraciones a la imparcialidad y el cientificismo más mercenario que imaginarse pueda de Da Vinci a nuestros días, no puede menos que defender una visión pragmática del asunto. Estadísticas ad hoc, y no menos ad hoc especialistas, intentan doblegar la relación entre droga, comercio y crimen como si no hubiera, en la cuestión, ningún otro elemento a tener en cuenta. El tornillo de banco del “o esto o aquello” suele ponerse al rojo vivo cuando se trata de regular “energías e impulsos desconocidos”.

Hastiado de semejantes razonamientos me encontraba, cuando llega a mis manos otro artículo. Nada que ver con drogas, sí con legislaciones. Resulta que, no hace mucho, quiero decir, en el siglo pasado, operaba en algunos países, como los Estados Unidos o Gran Bretaña, una regulación prohibitiva de la obscenidad en temas artísticos o literarios. Por solo citar un ejemplo célebre, el Ulysses, de James Joyce, no pudo ser publicado en Inglaterra o los Estados Unidos, por haber sido considerado impropio según esas reglas de decencia e indecencia que suelen caracterizar a los grupos humanos más civilizados. Ulysses fue publicado en París en 1922, pues allí tales convenios no operaban, por una de varias casas editoriales que supieron “escapar, resistir, medrar y florecer” gracias a la prohibición existente en otras tierras. Que la prohibición es un negocio redondo no es tema de estas páginas. Ni para quién. Baste decir que una editorial guerrillera publicó un libro, menos conocido que el del irlandés, que había sido judicialmente vetado en Gran Bretaña.

El libro en cuestión, The Well of Loneliness, de Radclyffe Hall, historia de amor entre mujeres en la que la mención más próxima a la intimidad sexual es la frase “y esa noche no estuvieron divididas” (“And that night they were not divided”), fue prohibido en Inglaterra cuando el magistrado a cargo del caso dictaminó que el problema, en sí, no era la leve presencia de lesbianismo, sino que este, “queda descrito como fuente, para estas mujeres, de reposo extraordinario, contentamiento y placer, y no solo eso, sino que, en realidad, se lo propone como algo que mejora su equilibrio mental y su capacidad”.

Inadmisible para el juez que dos personas fuera de la corriente pudieran no solo ser felices, sino incluso funcionales, en una sociedad íntima, aparte de la nunca íntima sociedad, a la vez intrusiva y solitaria, a la que nos hemos habituado.

Este y otros datos similares nos brindarán la posibilidad de comprender que las prohibiciones casi nunca tratan de aquello que directamente prohíben. Si más de dos mil años de investigaciones acerca de la intolerancia, al menos desde la muerte de Sócrates hasta nuestros días, no han bastado para hacerlo comprender, espero que los lectores puedan tomar en consideración el hecho de que, tal como se ha dicho en algún momento acerca de la economía, las leyes no son racionales, no son coherentes con ningún estamento ideológico inscrito, ad aeternum, en el proceso de la racionalidad humana; son coherentes, sí, con un enjambre de limitados, con frecuencia contradictorios, intereses locales, que pretenden, tan pronto como se les dé la oportunidad, convertirse en universales. No hay que olvidar, por otra parte, que los imperios no son más que una sobreacumulación de aldeas.

"Cree el aldeano vanidoso”, como decía José Martí, “que el mundo entero es su aldea” no es solo una magnífica oración, es una explicación de cómo opera el pensamiento que se atrinchera ante lo desconocido. Y luego ataca. Leyendo The Economist, en un otoño habanero de atmósfera dorada y aires frescos, rodeado de una turística solemnidad que apenas me permite deducir qué estoy haciendo aquí, si es que estoy haciendo algo más que escribir estas páginas, no me queda otra alternativa que inquirir. Toda la evolución humana ¿podría, eventualmente, reducirse a un puñado de leyes y a una serie de tornillos de banco?

Con la relación entre droga y ley sucede algo parecido a lo acontecido con la poesía y la literatura. Los saberes que han llegado después, mucho después, quieren descontar tiempo a fuerza de fuerza; necesitan imponerse. Las leyes y regulaciones contra, o a expensas de, las drogas necesitan ser impuestas; las drogas, en cambio, no precisan de ninguna imposición. ¿Qué será lo que nos querrá decir esa relación tan desigual?

 

Medioevo y Nuevo Milenio. Un libreto radial

Como ya decía, un día, mientras limpiaba unas brochas y otros enseres, me encontré entre las manos el siguiente libreto radial. Reproduzco el fragmento tal como llegó a mis manos, con las interrupciones de rigor y sin fecha de transmisión. Supongo que es de este propio 2016 y reconozco el programa, “Por nuestros campos y ciudades”,  dramatizado divulgativo-científico en materia de salud pública que se transmite por Radio Progreso, cadena nacional:

“… cambia su comportamiento con alteraciones de la personalidad. Sucede también con otras drogas ilegales como la cocaína, la heroína, el alcohol, que sí es legal, por ejemplo, pero también transforma la personalidad.”

Él: Doctor, en algún momento del pasado, ¿se utilizó la marihuana para alguna dolencia o trastorno de la salud?

Médico: Antiguamente se indicaba para el reumatismo, las mialgias, la migraña y también como analgésico. Hoy sabemos que es una droga ilegal muy peligrosa.

Ella: ¿Es cierto que afecta la vida sexual del hombre?

Médico: Es cierto, Lilia, y esta afectación se debe a su potente efecto vagolítico, lo que significa que inhibe las funciones parasimpáticas, bloquea la erección, altera la forma, la movilidad y la información de los espermatozoides.

Él:  Doctor, hemos escuchado decir que la marihuana puede determinar malformaciones corporales o del comportamiento en los hijos. ¿Qué puede decirnos al respecto, por favor?

Médico:  Que es cierto, Valles, y se debe a la transmisión hereditaria de padre, aunque la madre no sea o haya sido consumidora.

Ella: ¿Qué otra consecuencia puede derivarse del consumo de marihuana, doctor?

Médico:  Bueno, también es desencadenante de esquizofrenia, y al igual que otras drogas ilegales, reduce el nivel de las hormonas masculinas, origina el síndrome amotivacional o arreactivo, ya que el individuo deja de interesarse por el estudio, el trabajo, las relaciones familiares, y algo terrible es la manifestación de pérdida de valores.

Él: ¿Se considera la marihuana una droga distorsionante, doctor?

Médico: Sí, y sus efectos son somnolencia ligera, euforia, despersonalización, fuga de ideas y falsa percepción del tiempo. También crisis de pánico, alucinaciones, delirios y estados paranoides que terminan en crisis depresivas.

Ella: ¿En el caso del fumador, el consumo de marihuana tiene algún efecto especial?

Médico: Mire, en el caso de los fumadores de dosis altas, pueden desarrollar síntomas pulmonares como de episodios de bronquitis aguda, tos y aumento de la expectoración, así como una alteración de la función pulmonar manifestada por cambios importantes en el sistema respiratorio.

Él: Nos gustaría que mencionara, doctor, las señales de alerta que deben considerar los padres y otras personas cercanas al toxicómano.

Médico: Sed intensa, sequedad de mucosa, midriasis, dilatación de la pupila, rechazo a la luz, fotofobia, apetito voraz, quemaduras, risas inmotivadas, uso de gafas oscuras aun en días nublados y disminución del interés sexual.

Ella: Doctor, ¿qué son los hábitos tóxicos?

Médico: Es el consumo frecuente de alguna sustancia que actúa sobre las funciones psíquicas, originando efectos muy dañinos para la salud. Esta acción negativa en el organismo se hace evidente cuando el médico o especialista —según el caso— atiende a un paciente, por determinada causa.

Él: ¿Y el concepto de tóxico o droga, doctor?

Médico: Ya sean legales o ilegales, como el cigarro y el alcohol, una vez que se consumen las sustancias tóxicas, producen algún efecto sobre las funciones psíquicas de la persona...”

Hasta aquí las clases; en otro programa, de febrero de este año, con el título  “Actualidad sobre drogadicción y testimonios”, se aborda el tema del monstruo inmisericorde, ya lo comentaremos. Antes escucharemos la “Historia de los dos tragadores de haschisch”, según la cuenta Scherezada durante dos noches (797 y 798):

He aquí un pescador que vivía de su trabajo; media paga la empleaba en provisiones de boca, y la otra en esa hierba alegre de que se extrae el haschisch. Tres veces al día tomaba la yerba: al amanecer, en ayunas, al mediodía y al ponerse el sol. Y esto no le impedía ir a su trabajo.

Una tarde, tras una dosis más fuerte que de costumbre…

PESCADOR: (consigo mismo) Eh, amigo, la calle está silenciosa, la brisa es fresca, la luna invita a pasear. ¡Sal a tomar el aire!

… sale y encuentra la luna llena reflejada en la calle.

 

PESCADOR: Por Alá, hemos llegado a la orilla del río, haría bien en ponerme a pescar.

Así lo hace. Atraído por el olor de la carnada, un perro enorme traga el anzuelo; se genera un tira-y-encoge hasta que el pescador rueda por tierra. Creyendo ahogarse en el río de la luna, como Li Po, grita,

PESCADOR: Socorro, musulmanes, ¡ayúdenme a sacar del agua este pez monstruoso!

Acudieron los guardas de barrio; primero rieron de la extravagancia del tragador de haschisch, pero cuando este reaccionó de esta manera…

PESCADOR: Pero, ¿se van a burlar de mí, hijos de perra? Ayúdenme a salir del río.

Se arrojan sobre él y le dan una paliza. Luego, lo conducen a casa del cadí, o juez de barrio... [aquí calla Scherezada hasta la noche 798] Y cuando a la primera ojeada que dirigió al pescador, comprendió que el hombre estaba bajo el poder de la alegre droga que tanto consumía él mismo, echó a los guardias y se dispuso a ofrecer hospitalidad al amigo recién aparecido.

A la noche siguiente, tras un día de calma y reposo, el cadí convidó al pescador a consumir haschisch. Y entre ambos consumieron una dosis capaz de derribar con las cuatro patas en alto a un elefante de cien años. Lo cual exaltó las disposiciones naturales de sus caracteres. Y quitándose la ropa, se quedaron completamente desnudos y empezaron a bailar, a cantar y a hacer mil extravagancias.

A esas horas, paseaban por la ciudad el sultán y su visir, disfrazados de mercaderes. Percibiendo el jolgorio, al pasar por las puertas abiertas de la casa del cadí, entran y ven a los dos amigos “en el delirio de la alegría”.

CADÍ Y PESCADOR: Adelante, pasen y siéntense.

El sultán, al observar que el pescador tenía un miembro “de longitud interminable, negro y revoltoso”, dice a su visir:

SULTÁN. ¡Por Alá! No está nuestro cadí tan bien provisto como su negro compañero.

PESCADOR: ¿Qué están murmurando ahí? Siéntense, se los ordeno. ¿O no saben que soy el sultán en persona? Y éste es mi visir.

El sultán y el visir advierten que se trata de dos “comedores de haschisch de la variedad más extraordinaria”.

VISIR: ¿Desde cuándo, oh señor, eres el sultán? Y, dime, ¿qué le sucedió a tu predecesor?

PESCADOR: Lo destroné.

VISIR: ¿Y no protestó?

PESCADOR: Ni siquiera. Incluso se alegró de pasarme la carga del reinado. Oh, qué ganas tengo de mear.

Y, enarbolando su interminable herramienta, se dispone a descargarla sobre el sultán, al tiempo que el cadí pretende hacer lo mismo con el visir. El sultán y el visir huyen riendo.

SULTÁN: (risueño) ¡Alá maldiga a los comedores de hashchisch de su especie!

A la mañana siguiente, el sultán ordena que el cadí y su huésped se presenten en palacio.

SULTÁN: Te he hecho venir con tu compañero, oh, representante de la ley, a fin de que me enseñes cuál es el método más cómodo de mear.

El cadí, dándose cuenta de la situación, se arroja al piso, suplicante.

CADÍ:  Amán, amán, oh mi señor, fue el haschisch lo que me indujo a la grosería y la descortesía.

PESCADOR: Bueno, si el sultán se encuentra ahora en su palacio, nosotros nos encontrábamos anoche en el nuestro.

SULTÁN:  Oh, divertido parlanchín, ya que eres sultán, y yo también, te suplico que en lo sucesivo me hagas compañía en palacio.

PESCADOR: De todo corazón, no sin que antes hayas perdonado a mi visir, que está a tus pies.

El sultán le pide al cadí que se levante y al pescador…

SULTÁN:  Puesto que sabes contar historias, por qué no nos endulzas los oídos con alguna.

La historia de los “tragadores” de hachís parece pertenecer, y pertenece, a otro momento de la enrevesada evolución de las costumbres sociales. El propio cadí es un marihuanero, el pescador es un trabajador más y no un enfermo ni mucho menos un delincuente, el sultán y su visir observan con risueña benevolencia sus “mil extravagancias”. Podrá decirse que Las mil y una noches es un libro de historias, pero no de historia y que los legisladores del Nuevo Milenio no están obligados a escuchar a Scherezada. Sin embargo, aquí está el elemento ausente en el razonar de los sultanes de hoy, aquel que encontramos en el poema de Villena, en “Manteca” de Chano Pozo y en otros muchos poemas, canciones, danzas, pinturas e incluso investigaciones científicas que, como las de Huxley, Gordon Wasson, Castaneda y McKenna, no aspiraban a regular ni a prohibir, sino a comprender, “trazando pautas de hermosas rebeldías”, como diría Gil Carballo. Ese elemento ausente es el de la cultura. A fin de cuentas, las únicas armas que el pescador y el cadí enarbolan ante la autoridad son las de la alegría.

 

“Actualidad sobre drogadicción y testimonios”. Un comentario

De esta emisión del programa radial “Por nuestros campos y ciudades” sí tenemos algunos datos; transmitido el 23 de febrero de 2016, comienza con un bloque dramatizado en el que unos viciosos de marihuana, contemplando su mísera situación, ponderan la posibilidad de continuar delinquiendo para satisfacer las exigencias de la adicción. Al final, uno de ellos concluye:

PEDRO: (para sí) Ni un facho [robo] más. Y a mi viejo muchísimo menos. Pero... tengo que buscar dinero de alguna manera; ya estoy alterado, me siento mal y es porque necesito la yerba.

Seguidamente, el habitual trío Ella, Él y el Especialista (en este caso “nuestra amiga la doctora”), conversan acerca del consumo ilícito de drogas en tanto que “flagelo para la humanidad”. La doctora ofrece algunos datos:

– Según el Informe Mundial sobre las Drogas de 2015 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, en 2013 alrededor del 5% de las personas de 15 a 64 años, es decir 246 millones de personas, consumieron drogas ilícitas. De ellas, unos 27 millones son “consumidores problemáticos”;

– Los hombres son tres veces más propensos que las mujeres a consumir cannabis, así como cocaína y anfetaminas, mientras que las mujeres tienden a abusar de los opioides, “con prescripción médica y de los tranquilizantes”;

– También en 2013, 1,65 millones de personas que se inyectan drogas padecían de VIH.

Al tratar la situación específica de la drogadicción en Cuba en tanto que problema de salud pública, la doctora menciona la Ley 41, “donde aparecen los lineamientos para el control de estupefacientes y psicotrópicos”, recuerda la creación, en 1998, de la Comisión Nacional de Drogas, integrada por los ministerios del interior, salud pública, educación superior y relaciones exteriores, así como por la Fiscalía General de la República y señala que Cuba ha firmado acuerdos bilaterales “para la lucha contra las drogas” con 36 países, de los cuales menciona a Argentina, Bahamas, Bolivia, Gran Bretaña, Guatemala, Italia, Panamá y Venezuela.

Nuestra amiga la doctora tiene a bien recalcar que “la columna vertebral” de la “voluntad política” en esta lucha denodada es la prevención. Dicha labor preventiva está basada en “una cultura del rechazo al consumo”, el enfrentamiento al tráfico, y la “rehabilitación social de los adictos”, quienes cuentan con la atención especializada de los servicios de siquiatría. Hasta aquí el Foucault nuestro de cada día.

No es frecuente que los promotores de una cultura del rechazo al consumo de drogas –y hay que decir que ninguna cultura del rechazo es verdadera cultura – admitan, siquiera como punto de vista, la posibilidad de que ese consumo sea síntoma y no causa de problemáticas sociales. La prevención se limita a actuar entre los límites del rechazo, mientras que el castigo bien poco puede prevenir. ¿Cómo prevenir un fenómeno que no se comprende de antemano? Sería como intentar prevenir un tsunami o, peor, actuar como aquellos que pretenden prevenir una guerra con otra.

      

La hipocresía de quienes se acomodan al derecho de “rehabilitar” a los hijos e hijas de una sociedad inhabilitada, condenándolos, por principio, a todas las variantes posibles del rechazo, no es, desde luego, una característica nacional. Es, sí, uno de los rasgos básicos de este acuerdo inconsistente que llamamos civilización. Solo una cultura de la comprensión puede prevenir el tsunami social que se avecina.

 

 

 

 

II

                                                 —Hipócrita lector—,

                                                 mi semejante

                                                                      Charles Baudelaire

3 de enero de 2017

 

Volviendo a esa sensación de urgencia ya mencionada al inicio, mientras escribo y pienso en lo que escribo y en por qué lo hago, dos amigos guardan prisión por el delito de tráfico de estupefacientes, al habérseles ocupado en su domicilio tres plantas y algunas semillas de cannabis. Viciosos trastocados en cultivadores de su propio monstruo inmisericorde, serán juzgados (en realidad ya lo han sido) con la dureza que espera a quienes pretenden resquebrajar la caverna del sentido común.

Un hombre y una mujer, padres, ya abuelos; artesanos, ella de tela y papel, él panadero que toca la guitarra, la cual extraña en prisión. Les envío un libro que traduje hace años, Recluso, de Hugh Lewin[7], periodista sudafricano, blanco, que decidió disentir de la discriminación que condenaba, de antemano y para siempre, a sus compatriotas negros. Lewin cumplió siete años de condena. El apartheid adopta muchas formas, la inocencia también.

No así para los Gil Carballo o los Serpa, para ellos la inocencia es genérica; una virtud, un valor, no una condición específica en un momento concreto. Quien fume cannabis, independientemente de dónde, cómo o por qué lo haga, se convierte automáticamente en un depravado y si osara manifestar su experiencia —como lo hicieron con las suyas Baudelaire, Poe o Villena— será un propagandista, a diferencia de los emisarios de la verdad interesada, los evangelistas de una decencia abstracta.

 

Por ello, mientras mis amigos esperan ser juzgados por traficantes, en sus respectivos barracones penales, quiero volver a aquellas dos páginas manchadas de pintura que estimularon estas otras. Esto, no sin antes confesar que acusar a alguien de tráfico de estupefacientes basándose solo en la posesión de dos plantas de cannabis, y en ausencia de pruebas, testimonio o siquiera indicio de venta o lucro, me parece tan forzado como acusar a cualquiera de tentativa de homicidio porque posea un cuchillo de cocina. No obstante, ya habíamos convenido —o al menos yo conmigo mismo— que las leyes no son racionales y mientras más se esfuerzan por construir una ilusión lógica más se asemejan al sueño de la razón del que hablaba Goya.

Si en un inicio deseché comentar aquel trozo de libreto, se debió a que la tarea se me aparecía insidiosamente fácil, demasiado grande la tentación de refugiarse en la ironía, de martirizar uno por uno los disparates. Bastaba mostrarlos, tal cual, y el lector comprendería.

Sin embargo, es un hecho que millones, es más, miles de millones de personas creerán cualquier tontería si se la repite por la radio, la prensa plana, o algún personaje “bien informado” la declara en televisión. Pueden creer que hay armas de destrucción masiva en Iraq, que los judíos (o los palestinos, o los negros, o los mexicanos) son una raza inicua, que el próximo presidente cambiará sus destinos o que pueden, como último recurso, enviar un S.O.S. a Dios o a otros habitantes del espacio exterior y, todo esto, no porque hayan tenido alguna experiencia concreta al respecto, sino porque alguien importante lo ha afirmado. A fin de cuentas, las personas importantes nunca mienten sino que se limitan, con paternal o maternal cuidado, a decirnos solo aquello que podemos asimilar.

Creemos cualquier superchería porque estamos hechos al hábito vital de creer; no se trata de la creencia instantánea, en el momento dado, ante una evidencia, digamos, de causa y efecto, sino de aquella creencia que se arrastra, como una tara, de día a día, de generación en generación, y que no es, a la larga, diferente de una droga o, más bien, de un placebo.

De ahí que surjan, como efímeros antídotos, ideas como las del “opio de los pueblos”, aplicable a tantos y tan variados fenómenos —de la religión a la política al deporte—, o aquella desesperada frase de Cesare Pavese: el amor es la más barata de las religiones. Más formidable, y graciosa, me resulta la afirmación de aquel, quienquiera que fuese, que dijo: sabemos que existen la causa y el efecto, pero no sabemos cuál es cuál.

Es así cómo la catequesis radial acerca de la marihuana y los marihuaneros trastoca causas y efectos como en una fiesta de disfraces. Examinemos los elementos sin esperanza alguna de objetividad, ni creencia en la creencia, más sí con algo de paciencia.

El primero de estos elementos, que la marihuana tenía usos medicinales en la antigüedad, pero que “hoy sabemos” que es solo una droga nociva más es muestra de deliberada ignorancia; una breve estancia en Google puede aliviar cualquier ignorancia, deliberada o no, respecto a los usos medicinales del cannabis, aceptados hoy por la comunidad médica, que son, obviamente, los mismos que la antigüedad ya había determinado. El tema de la relación causa-efecto, tal como se muestra en el estilo facultativo hasta ahora analizado, es más fascinante.

¿Qué tal si hiciéramos interactuar las “Causas del auge de los estupefacientes entre nosotros” que propone el Dr. Carballo en 1936 —así como las motivaciones para el consumo que pueden fungir como “causas probables”— en correspondencia con los efectos descritos por el anónimo doctor en el libreto radiado 80 años después?

Las causas serían, recordémoslo: la inexperiencia de la juventud, la incontenible inclinación al baile, el temperamento tropical, las compañías sin selección física ni moral (en fin, las “malas compañías”) y la falsa intelectualización. A esto se suman los motivos del consumidor, quien consume para “soñar como los asiáticos” (el opio), “olvidar penas y vislumbrar poderes supremos” (la morfina), “sentir sensaciones nuevas e insospechadas" (la cocaína) y “producir energías e impulsos desconocidos” (la marihuana), en un contexto idiosincrático de “tiroideos e impulsivos”.

Y, del otro lado del espejo, los resultados: impotencia, malformaciones y deformaciones congénitas (de padres a hijos), síndrome amotivacional (responsable por la “pérdida de valores”), somnolencia ligera, euforia, despersonalización, fuga de ideas, falsa percepción del tiempo, crisis de pánico, alucinaciones y delirios, estados paranoides, esquizofrenia, crisis depresivas, bronquitis aguda y otros “síntomas pulmonares”, sed intensa, apetito voraz, fotofobia y risas inmotivadas. Es decir, una antipanacea.

Sin embargo, ¿cuántos de estos efectos son nocivos, cuáles son específicos y cuáles son, en realidad, efectos?

Está claro que la somnolencia ligera, la euforia, la sed intensa y el apetito voraz no son fenómenos, en sí mismos, ni nocivos ni específicos de causa o sustancia alguna, por ilegales que sean. Más bien podrían considerarse elementos de naturaleza benéfica, cuando menos inocua, que pueden obedecer a un sinnúmero de causas. La frase “risas inmotivadas” (que lleva implícito un reproche) es paradigmática: la risa debe exhibir una causa y un motivo concretos, de lo contrario es sospechosa de algún tipo de impropiedad.

Tampoco son la fotofobia y la bronquitis aguda tan específicas como lo parecen, aunque podrían verificarse en “fumadores de dosis altas” (esos enfermos reincidentes dignos de reclusión), sin que por ello pasemos por alto la constitución fisiológica de cada individuo. No olvidar la máxima médica: no hay enfermedades sino enfermos.

Es, no obstante, en el capítulo de desastres psicosociales donde se dan los hechos, si de hechos puede hablarse, más estimulantes para el análisis. Paranoia, esquizofrenia, pánico y apatía (traduzco así el “síndrome amotivacional”) merecen, cada uno, capítulo o libro aparte. de la paranoia diré, primero, que un extenso elenco de tiranos, de Robespierre a Stalin, la han padecido sin que jamás se haya demostrado que sus crímenes se debieron a la ingestión de droga alguna; en cuanto al marihuanero —no sé de ninguno que haya organizado ejecuciones masivas ni dispuesto campos de concentración— que experimente estados de delirio persecutorio al consumir una sustancia perseguida por la ley y estigmatizada por la opinión social, es, cuando menos, un síntoma comprensible. Ahora bien, si tuviera que ofrecer una lista de dictadores de “temperamento tropical” adeptos a la paranoia, sencillamente no cabría en estas páginas.

La mención de la esquizofrenia, que me lleva a recordar a Nijinsky —tal vez por aquello de la “incontenible inclinación al baile”—, a Vincent Van Gogh y a Antonin Artaud, me recuerda que “esquizofrenia” (o mente escindida) es un enigma encubierto por palabras y prescripciones facultativas. Tengo la convicción de que ningún estudio científico que combine la bioquímica con la sicología puede mostrar, mucho menos demostrar, el nexo causal entre ese padecimiento y la acción perturbadora del monstruo inmisericorde.

Que el pánico y la apatía sean, de modo exclusivo, efectos y no también posibles causas del consumo de drogas, no me queda claro en absoluto. Y lo mismo diré respecto de la “pérdida de valores”, cualesquiera que estos sean. Los estados de angustia, ansiedad, depresión —que son consustanciales al modo de vida actual— suelen ser contrarrestados con tratamientos medicamentosos que conducen al paciente a una condición no muy lejana de la drogadicción, si es que no se trata de drogadicción a secas. Los efectos secundarios de muchas de esas drogas legales harían palidecer a los del propio monstruo inmisericorde, en el caso de que médicos y científicos tuvieran la delicadeza de compararlos en la esfera pública y no solo en los laboratorios.

En cuanto a la fuga de ideas y la falsa percepción del tiempo, entramos, de lleno, en la física cuántica. ¿Quién define hacia dónde se fugan las ideas y en qué período de tiempo relativo a un canon predeterminado, es decir, esa fantasía que llaman tiempo? Sin embargo, la idea de que las ideas puedan fugarse es ya motivo de preocupación, después veremos adónde se escapan.

Pondría en relación este “efecto” con aquella “causa” denotada por Carballo como “falsa intelectualización”; es decir, la falsa intelectualización conduce a la fuga de ideas, cannabis mediante. Ahora bien, ¿en qué medida es esta fuga un problema? O ¿no es la civilización un resultado de numerosas fugas de ideas? El concepto resuena con la “hipertrofia de la imaginación” de la que hablaba Serpa; no puedo evitar pensar en el Jardín de las delicias, del Bosco, o en Alicia en el país de las maravillas. Admite también 1984, de Orwell.

La idea del “efecto vagolítico”, por otra parte, es difícil de asimilar si se consideran los casos de Bob Marley y Fela Kuti, conocidos patriarcas que no hacían secreto alguno de su afición al cannabis. En fin, de todos estos disparates el más opresivo me sigue pareciendo el referido a la fuga de ideas; lo relaciono con aquella liberación, mal vista por el magistrado, que se experimentaba en la novela The Well of Loneliness, finalmente prohibida. Las ideas pueden no solo fugarse, sino además pasarlo muy bien fuera de la prisión. Si las ideas pueden hacerlo, los seres humanos también, proposición inadmisible.

En Recluso, Hugh Lewin cuenta cómo unos presos organizan una representación de La tempestad. Es una de las expresiones de fuga de ideas más claras que he encontrado; como son pocos y, además, no hay mujeres, deben traducir el texto original —un texto teatral, a fin de cuentas— a su exigua realidad: trabajar con los materiales, físicos y mentales, de la prisión a fin de producir una imagen poética. Shakespeare no habría sabido pedir más.

 

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Aun cuando el cauteloso articulista de The Economist advierta que el cannabis “parece provocar dependencia en una minoría de usuarios”, es cierto que el rango entre albedrío y adicción en el cual se mueve el marihuanero está muy lejos de haber sido delimitado. Este es un asunto de antropología antes que un asunto de leyes.

En entrevista concedida a Rolling Stone[8], el presidente saliente Barack Obama responde a la siguiente pregunta, traduzco yo:

R. S.: Ahora se puede comprar marihuana legal en toda la Costa Oeste. Entonces, ¿por qué estamos librando todavía la Guerra contra las Drogas? Es un fracaso colosal. ¿Por qué seguimos dándole vueltas al asunto y tratando a la marihuana como una droga de Programa 1?

Obama: Mire, he dejado bien clara mi creencia en la necesidad de desalentar el abuso de las drogas (substances). Y no soy de los que cree que la legalización es una panacea. Pero sí creo que tratarlo como un asunto de salud pública, como lo hacemos con los cigarrillos y el alcohol, es la manera mejor (smarter) de lidiar con ello (deal with it). Usualmente, estas clasificaciones no se cambian por edicto presidencial, sino mediante legislaciones o a través de la DEA [Drug Enforcement Administration]. Usted puede imaginar que la DEA, cuya labor ha sido, históricamente, aplicar las leyes contra la droga, no siempre va a estar a la vanguardia (in the cutting edge) en estos asuntos.

R. S.: (risas): Y usted, ¿se va a situar a la vanguardia?

Obama:  Mira, ahora mismo estoy en situación de Presidente cesante (lame-duck status). Y tendré la oportunidad, como ciudadano privado, de describir hacia dónde pienso que debemos dirigirnos. Pero, a la luz de la aprobación de estos referendos, como el de California, ya he dicho que […] para el Departamento de Justicia o la DEA es insostenible a largo plazo continuar aplicando un remiendo de leyes (patchwork of laws) según las cuales lo que es legal en un estado podría costarle a alguien 20 años de prisión en otro. Así que este es un debate que ahora está en su punto (ripe), del mismo modo en que logramos progresar en la cuestión del matrimonio homosexual. Hay algo en todo esto de que los estados son como laboratorios de democracia y de un enfoque evolutivo. Ahora tienes alrededor de una quinta parte del país donde el matrimonio homosexual es legal.”

¿Llama o no la atención que en un diálogo acerca de la yerba se termine hablando del matrimonio homosexual? A fin de cuentas, ¿acaso no se trata de salir del closet, de fugarse, de idea en idea, hasta que el cuerpo alcance un cierto goce de albedrío? O ¿no es de esto de lo que habla Calderón?

 

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Un grupo de científicos asociados a la John Hopkins University y a la revista Lancet, en un llamado a las Naciones Unidas para que reviertan “las políticas represivas impuestas por la mayoría de los gobiernos”, según informa un artículo de The Guardian Weekly (1 de abril de 2016), declara que “la severidad de las leyes contra las drogas ha provocado miseria, fracasado en reprimir el uso de las drogas, alimentado la violencia criminal y contribuido a diseminar las epidemias de VIH y la hepatitis C”. Esta comisión internacional de expertos hace, entre otras, las siguientes recomendaciones:

– Minimizar las penas de prisión a aquellas mujeres involucradas en delitos no violentos que son explotadas como “mulas” en el tráfico de drogas;

– Moverse gradualmente hacia un mercado legal y regulado de las drogas;

– Garantizar el acceso a agujas limpias, así como antídotos tales como la metadona y el naloxeno;

– Poner fin a los riegos aéreos con pesticidas tóxicos en los sembrados de plantas ilícitas.

La página de The Guardian Weekly menciona también algunos casos ejemplares, en uno u otro sentido, de legislaciones en materia de drogas, desde que Inglaterra introdujera en su código penal, en 1964, la primera de varias leyes destinadas a convertir el consumo individual en delito (“según algunos estimados, el Reino Unido exhibe ahora uno de los niveles más altos de dependencia en toda Europa”), hasta que Portugal, en 2001, dejara de tipificar como delito la posesión para uso personal, considerándolo una infracción punible con multa y trabajo comunitario. Canadá, por su parte, ha sido el primer país en legalizar, también en el 2001, el uso de cannabis en pacientes terminales.

Perú, uno de los más grandes productores de hoja de coca, nación que “tradicionalmente adoptara políticas de prohibición y castigo”, a partir de 2003 “relajó esta política”, dejando de perseguir la posesión de cantidades mínimas de algunas drogas ilegales.

La noción de “dosis mínima personal”, tan vinculada al mundo del consumo, no ha tenido por ello menos vicisitudes en su afán por sobrevivir, incluso, en el mundo de la droga, legal o ilegal. Parecería que hasta el consumo, cuando se acerca peligrosamente al mundo de las ideas, dejara de ser cuestión de albedrío. El sueño de la razón produce monstruos que, para ser acallados, precisan de otros monstruos, por ejemplo, drogas que, a su vez, generan nuevos sueños. La vida es sueño, lo advirtió Calderón y lo confirmó Arsenio Rodríguez, aunque no muchos científicos ni legisladores se hayan dado cuenta aún.

 

 

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Mientras dirigía una puesta en escena de Esperando a Godot en el sótano de un teatro —es el verano de 1993 en Sarajevo—-, Susan Sontag observó: “War is noise”, la guerra es ruido. Puede decirse que el verdadero fin de la guerra no es la justicia ni la injusticia, ni la ganancia ni la destrucción, sino provocar esa suficiente cantidad de ruido que nos impida pensar, que nos distraiga de manera imperiosa de todas las preguntas fundamentales. Ser humano es preguntar.

Si sustituyo “guerra” por “ruido”, puedo hablar de ruido civil, ruido de liberación, ruido imperialista y antimperialista, para llegar al ruido contra las drogas, pasando por el ruido mediático.

¿No es ese ruido, él mismo, estupefaciente, en el sentido de que nos deja estupefactos, incapaces de aportar otra cosa que más ruido? A través de los televisores, radios, periódicos, blogs y celulares, el ruido llena las prisiones y, eventualmente, decora las calles con cadáveres. Muchos más que los que el consumo de todas las drogas ilícitas en su conjunto podría provocar.

Y, sin embargo, es un proceso al cual se alían no solo políticos y hombres de negocios, sino también religiosos, científicos y otros intelectuales; así como un buen sector de eso que llaman “personas decentes”. Es la mejor prueba de que el ruido funciona.

Ruinas de la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina, Sarajevo.

Susan Sontag en Sarajevo, durante su puesta en escena de Esperando a Godot, verano de 1993.

 

En 2014, según un artículo aparecido en el primer número de ese año de la revista The Atlantic, la administración Obama se comprometió a revertir los efectos de la guerra contra las drogas, haciendo uso del derecho presidencial a la conmutación de sentencias judiciales; se propuso conmutar las penas de unos 10.000 presos. En noviembre de 2016, se habían conmutado solo 944 sentencias.

Por otra parte, esa exigua cifra es una suerte de récord: es la mayor cantidad de conmutaciones en casi un siglo, superior a la cifra alcanzada por las once administraciones anteriores en su conjunto.

Tampoco se ha podido hacer mucho respecto a la venta de armamentos. En un ensayo que recoge The Nation (en su número del 11 al 18 de abril de 2016[9]), Enrique Krauze dice creer que un tercio de los mexicanos apoyaría una legalización plena de las drogas, empezando por la marihuana, traduzco yo: “No es improbable que, dada la incapacidad del gobierno norteamericano para controlar la venta de armas de asalto, México emule a Uruguay y dé ese paso”. Por su parte, Gabriel Zaid, otro intelectual mexicano a quien cita Krauze, piensa que la reforma debe comenzar en las prisiones. En este momento hay, en México, cerca de 240.000 prisioneros, muchos de los cuales no han sido siquiera sentenciados. Otras medidas que propone Zaid son la liberación de los reclusos que hayan cometido delitos de menor gravedad, una inspección independiente de las prisiones, chequeos semanales al personal e inspecciones sistemáticas por parte de comisiones de derechos humanos.

 

 

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Dado que la guerra es la derrota de la comprensión —Von Clausewitz la vería, en famosa frase, como la continuación de la política por otros medios—, conviene descartar, de antemano, su pertinencia en un terreno que atañe, ante todo, a la salud y a la educación; en otras palabras, a la así llamada “salud mental”. Si bien la desastrosa cópula de guerra y drogas se remontaría, cuando menos, a la ya mencionada Guerra del Opio, le cabe a la administración de Richard Nixon, en 1971, la primacía de haber entronizado el concepto en el vocabulario público y mundial. Antes de emprender la cruzada se hizo necesario presentar la drogadicción (drug abuse) como Enemigo Público No. 1; como se sabe la creación de un “enemigo público” suele ser necesaria para el mantenimiento de los Estados, el que ese enemigo sea No. 1 es, desde luego, cuestión de propaganda. En caso típico del espejismo causa-efecto, se le da prioridad a cualquier elemento que convenga para distraer la observación de las raíces de un problema social dado; en tal sentido, la guerra, el ruido, es el procedimiento radical del anti-radicalismo. Como ya advertía Bertolt Brecht,

Llegado el momento de marchar, muchos no saben

que su enemigo marcha a la cabeza.

La voz que les da órdenes

es la voz del enemigo

y el hombre que habla del enemigo

él mismo es enemigo.[10]

Kafka ha presentado dos ideas claves que, tal vez de manera oblicua, tienen no obstante una conexión íntima con el tema. La primera es que la expulsión del paraíso no ocurrió en una época remota, está ocurriendo ahora mismo; la segunda, no existe ningún juicio final ubicado en el futuro, lo que existe es un perpetuo estado de sitio.

Los conceptos de “prisión a cielo abierto” y “mundo administrado” con los que Adorno intentaba describir la modernidad después de Auschwitz son dolorosamente eficaces para analizar un nuevo milenio caracterizado por la adicción (abuse) de la guerra preventiva, una brutal metáfora médica. Podría decirse incluso que la imposición de un capítulo marcial ante el ejercicio del albedrío individual ha sido una de las victorias más rotundas del llamado complejo militar-industrial; una victoria perfectamente acomodada en una derrota: la conflagración no consigue revertir el paso del consumo, pero sí aumentar el número de prisioneros y la (re)producción de herramientas de control, represión y muerte y ha dado paso a la más medieval de las innovaciones, la prisión privada.

 

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Paso a citar, textualmente, los artículos que el código penal cubano dedica al castigo de los “expendedores y viciosos” de nuestro tiempo:

ARTICULO 190.1.- (Modificado) Incurre en sanción de privación de libertad de cuatro a diez años, el que:

a) sin estar autorizado, produzca, transporte, trafique, adquiera, introduzca o extraiga del territorio nacional o tenga en su poder con el propósito de traficar o de cualquier modo procure a otro, drogas, estupefacientes, sustancias sicotrópicas u otras de efectos similares;

b) mantenga en su poder u oculte sin informar de inmediato a las autoridades, los hallazgos de drogas, estupefacientes, sustancias sicotrópicas u otras de efectos similares;

c) cultive la planta "Cannabis Indica”, conocida por marihuana, u otras de propiedades similares, o a sabiendas posea semillas o partes de dichas plantas. Si el cultivador es propietario, usufructuario u ocupante por cualquier concepto legal de tierra se le impone, además, como sanción accesoria, la confiscación de la tierra o privación del derecho según el caso.

2. La sanción es de privación de libertad de ocho a veinte años si los hechos previstos en el apartado anterior se realizan con cantidades relativamente grandes de las drogas o sustancias referidas.

3. La sanción es de privación de libertad de quince a treinta años o muerte:

a) si los hechos a los que se refiere el apartado 1 se cometen por funcionarios públicos, autoridades o sus agentes o auxiliares, o estos facilitan su ejecución, aprovechándose de esa condición o utilizando medios o recursos del Estado;

b) si el inculpado en la transportación o tráfico ilícito internacional de drogas, estupefacientes, sustancias sicotrópicas u otras de efectos similares, penetra en territorio nacional por cualquier circunstancia, utilizando nave o aeronave u otro medio de transportación;

c) si el inculpado participa de cualquier forma en actos relacionados con el tráfico ilícito internacional de drogas o estupefacientes, sustancias sicotrópicas u otras de efectos similares;

ch) si en la comisión de los hechos previstos en los apartados anteriores se utiliza persona menor de 16 años.

4. El que, al tener conocimiento de la preparación o ejecución de cualquiera de los delitos previstos en este artículo, no lo denuncie, incurre en sanción de privación de libertad de dos a cinco años.

5. Los actos preparatorios de los delitos previstos en este artículo se sancionan conforme a lo dispuesto en el artículo 12.5.

6. Con independencia de lo dispuesto en el inciso c) del apartado 1, a los declarados responsables por cualquiera de los delitos previstos en este artículo, puede imponérseles, además, la sanción accesoria de confiscación de bienes.

ARTICULO 191.- (Modificado) La simple tenencia de drogas, estupefacientes, sustancias sicotrópicas u otras de efectos similares sin la debida autorización o prescripción facultativa, se sanciona:

a) con privación de libertad de uno a tres años o multa de trescientas a mil cuotas o ambas, cuando se trate de cocaína o de otras sustancias de efectos similares o superiores;

b) con privación de libertad de seis meses a dos años o multa de doscientas a quinientas cuotas o ambas, cuando se trate de la "Cannabis Indica" conocida por marihuana; y

c) con privación de libertad de tres meses a un año o multa de cien a trescientas cuotas o ambas, cuando se trate de drogas estupefacientes, sustancias sicotrópicas u otras de efectos similares no comprendidas en los apartados anteriores.

ARTICULO 192.1.- (Modificado) Se sanciona con privación de libertad de tres a ocho años:

a) al profesional que, autorizado para recetar o administrar drogas estupefacientes, sustancias sicotrópicas u otras de efectos similares, lo haga con fines distintos a los estrictamente terapéuticos;

b) al que por razón del cargo o empleo que desempeñe, y a consecuencia de infringir las disposiciones legales o reglamentarias a que está obligado, permita la introducción o tránsito en el país, o la extracción de este, de drogas estupefacientes, sustancias sicotrópicas u otras de efectos similares.

2. Si los hechos previstos en el apartado anterior se realizan en cantidades relativamente grandes de las sustancias referidas, la sanción es de privación de libertad de cuatro a diez años.

ARTICULO 193.- (Modificado) El que infrinja las medidas de control legalmente establecidas para la producción, fabricación, preparación, distribución, venta, expedición de recetas, transporte, almacenaje o cualquier otra forma de manipulación de drogas, estupefacientes o sustancias sicotrópicas u otras de efectos similares, se sanciona con privación de libertad de seis meses a dos años o multa de doscientas a quinientas cuotas, o ambas.”[11]

La mayoría de las modificaciones indicadas corresponden al Decreto-Ley No. 150, de 6 de junio de 1994, modificaciones tendientes a agravar las penas, incluyendo la confiscación de bienes; en cuanto a la de muerte, aparece con el artículo 10 de la Ley No. 87 de 1999.

 

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Mi conocimiento de la ley se reduce a dos aspectos:  que desconocerla no justifica incumplirla, y que aquello que está prohibido y castigado aquí y ahora puede ser permitido allá y entonces. Lo poco que restaría de ese conocimiento es la conjetura de que las leyes no serían más que variaciones alrededor de los mandamientos, variaciones no terminadas y, por lo tanto, interminables.

¿En qué lugar de los mandamientos podría ubicarse la creencia de que consumir drogas es fuente de culpas? El imperativo “no tendrás otro dios delante de mí”, con su llamado a impedir que cualquier otra fuente de conciencia se interponga entre la criatura y el creador, es afín al espíritu de la “guerra contra las drogas”; sin embargo, siguiendo el sendero indicado juiciosamente por Kafka, queda claro que el primero de todos los mandamientos ocurre en un espacio supuestamente libre de ellos: el Edén; este consiste, como se sabe, en no comer del fruto de la sabiduría (o ciencia del bien y del mal), imperativo que determina la primera mentira divina: si lo comen, de seguro morirán. En cambio, la serpiente afirma: si lo comen, se les abrirán los ojos y serán como dioses. En este fruto, más parecido a una planta alucinógena que a una manzana, ha sido inscrito el primer artículo legal contra las drogas.

El padre desea mantener a sus criaturas apartadas del mundo de la dualidad; como Buda en su palacio, Segismundo en su cárcel, Eva y Adán son protegidos de la acción corrosiva de la impermanencia. Sin embargo, como se sabe, no hay unidad sin dualidad: la actitud de aquel dios impositivo, a quien Blake llamó Nobodaddy, recuerda lo del control parental o control paterno (parental protection) que se invoca en los filmes no aptos para menores. De cierta manera, en el jardín prodigioso, Eva y Adán aún no han nacido a la realidad universal; como embriones en el laboratorio de una universidad privada, han de ser expulsados hacia la realidad pública: al comer el fruto prohibido, se gradúan para la muerte.

So far, so good, lo inexplicable es la venganza del padre. Al contemplar sus móviles, no obstante, descubrimos que, gracias al fruto, el padre deja de ser un intermediario imprescindible y se convierte en un intermediario más, y esto, tal como observamos en un mundo hecho de mediaciones forzosas e interesadas, is bad for bussiness. El castigo es, pues, la típica extorsión mafiosa: padre padrino. A la vendetta original que da color eterno al “delito mayor” de haber nacido a la realidad dual del albedrío (Calderón), hay que superponer una teología cuya deidad primordial —sin excluir otras divinidades posibles e imposibles—sea el ser vivo.

 

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“El concepto moderno de persona no nació ya completo en la mente del hombre occidental, sino que se formó a través de un proceso fatigoso, al que no es ajena la oposición tragedia/comedia”, señala Giorgio Agamben en un ensayo dedicado a analizar “la decisión de un poeta de abandonar su propio proyecto poético ‘trágico’ en favor de un poema ‘cómico’”, es decir, la Divina Comedia. Agamben precisa que “se puede, incluso, decir que la persona-sujeto moral de la cultura moderna no es sino un desarrollo de la actitud ‘trágica’ del actor que se identifica hasta el fondo con la propia ‘máscara’”. De ahí que Dante, al presentarse más como personaje cómico que como héroe, renuncie “a toda pretensión trágica en nombre de la inocencia natural de la criatura”[12].

 

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El fascismo es la verdadera transgresión porque violenta las normas básicas de la vida humana, y no solo humana; luego, en típica actitud delincuencial, el fascista convierte a los demás en transgresores para poder así pasar desapercibido. Sin hipocresía, el fascismo no sería posible.

 

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Ahora que nos hallamos en el plano de la “fuga de ideas”, sin haber sido afectados —al menos es mi caso— por otro humo tóxico que no sea el producido por los vehículos que discurren por la avenida, es momento de retomar algunas de esas categorías caras a la propaganda marcial acerca de las drogas y sus efectos. Tan obvias y contundentes como pueden aparecer a simple vista, nociones como las de “despersonalización”, “paranoia” o “pérdida de valores”, suelen tener, en la práctica, un trasfondo enigmático.

Si la persona, y la personalidad, como advierte Agamben, son fruto de un largo y trágico proceso de enmascaramiento, no es sino natural que el individuo, exhausto por la parte que interpreta en el teatro social y político, intente desenmascararse a sí mismo y ver más allá —y más acá— de la escenografía y la pauta que le han sido impuestas desde su nacimiento. En uno de sus himnos a la noche, “Pan y vino”, plantea Hölderlin que ella nos concede “olvido y embriaguez sagrada”, así como “palabras fluidas, insomnes como los amantes y una copa más plena, y una vida más audaz”; las nociones de embriaguez sagrada y vida más audaz, tan preocupantes para los custodios de la norma, y que aquí no remiten a ninguna otra sustancia que no sea la que emana de una individualidad en contacto íntimo con el universo que la ha creado, no admiten, sin embargo, coerción alguna.

Nosotros, maestros y aprendices por igual, ocultamos nuestros corazones

En vano, y reprimimos nuestro entusiasmo sin razón.

Pues ¿quién podría detenerlo, o prohibirnos nuestro placer?

El fuego de los dioses nos impele a avanzar día

Y noche. Vamos, pues, contemplemos lo aparente

Y busquemos lo que es nuestro, ¡por distante que sea!

Algo es cierto: siempre existe una norma, a mediodía

O a medianoche, común a todos. Pero también

A cada uno de nosotros algo personal es concedido;

Cada cual va y viene adonde puede ir[13].

Es claro que lo personal, en este canto, lo es fuera de la norma y no dentro de ella; se trata de una tensión natural entre máscara y esencia, así como se abre también una tensión entre “lo aparente” y “lo que es nuestro”, lo distante de la máscara. De ahí que, a través de esta embriaguez sagrada, la despersonalización conlleve una persona real, un individuo que va y viene adonde le es concedido por la propia ley universal de la existencia.

 

En cuanto a la propia escritura, la despersonalización es inevitable, al apagarse —tal como apunta Foucault en su visión de la muerte del autor, traduzco yo del francés— “la desaparición (effacement) de los caracteres individuales del sujeto que escribe: mediante todos los obstáculos (chicanes) que establece entre sí mismo y lo que escribe, el sujeto que escribe desvía (déroute) todos los signos de su individualidad particular; la marca del escritor no es más que la singularidad de su ausencia”[14].

En su novela Gravity’s Rainbow —en que intenta desplegar una física de las ramificaciones entre droga y actividad mental, léase, también, intelectual—Thomas Pynchon escribe acerca de la paranoia autoinducida; sigo traduciendo yo: “Al igual que otros tipos de paranoia, no es más que el comienzo, el borde conductor del descubrimiento de que todo está conectado, todo en la Creación, una iluminación secundaria —aún no cegadoramente Uno, pero al menos conectado”, y es esta sensación (en su etimología griega, paranoia significa “más allá de la mente”), “otro modo de significado detrás del obvio”, una búsqueda de “otros órdenes detrás de los visibles”.

Por otra parte, un individuo que nace, vive y muere circundado de guerras, prisiones, secuestros y torturas, tratados comerciales, jurídicos y políticos injustos, contaminaciones de todo tipo, conspiraciones delirantes, que perdura (si de perdurar puede hablarse) ante el espectáculo pendular de una destrucción inminente, tiene todo el derecho de experimentar paranoia, en cualquiera de sus modalidades.

El reverso de la paranoia que proclama Pynchon ha sido ya descrito por Adorno, tras la huella, justamente, de Hölderlin, quien se preguntaba de qué servía el poeta en tiempos de indigencia:

“En la cárcel al aire libre en que se está convirtiendo el mundo ya no es tan importante saber qué depende de qué, tal es el grado en que todo se ha hecho uno. Todos los fenómenos se vuelven rígidos, se convierten en insignias del dominio absoluto de lo que es. No existen ya ideologías en el sentido estricto de falsa conciencia, sino solo propaganda del mundo mediante su reproducción y la mentira provocativa que no busca ser creída, sino que impone silencio.”[15]

En ese contexto, por así decirlo, natural de “pérdida de valores”, cabe preguntarse quiénes son los verdaderos expendedores y quiénes los verdaderos viciosos. Antonio Gil Carballo, en su condición de reportero devenido oficial de policía o, lo que es lo mismo, de policía-intelectual o policía del intelecto, nos habla de “contagio mental” como una de las causas de la drogadicción en los ciudadanos de “espíritu débil”. “La imaginación de una ‘vida nueva’”, nos dice, la aspiración a “percibir efectos raros y anormales, originan, seguramente, infinidad de viciosos”. Esta vida nueva, al mismo tiempo doblemente dantesca y afín a la “vida más audaz” de Hölderlin, ¿no es también hoy el reality show, el “deporte de alto riesgo” de la mera existencia humana en que proliferan los viciosos del control, los expendedores de la norma, a toda costa y a cualquier precio?

 

***

El diario Granma (31 de enero de 2017), órgano informativo oficial de la isla de Cuba, en una columna dedicada a comentar los más recientes descubrimientos científicos, nos cuenta que,

 

"Científicos rusos desarrollaron una molécula que bloquea el placer de los narcóticos. El nuevo fármaco, según sus creadores, podría utilizarse para prevenir la drogadicción. De acuerdo con los creadores del futuro antinarcótico, después de su introducción en la sangre del cuerpo, este comienza a producir anticuerpos que imposibilitan el efecto de las drogas en el cerebro. Producto de este efecto el paciente no recibe estimulación para consumir los narcóticos y puede perder la motivación para usarlos."

En esta noticia de apariencia inocua y razonable (“el sueño de la razón...”) se aparean todas las pesadillas. Ya no basta con evocar a Kafka y a Orwell o invocar a Foucault: en un espacio autocrático revestido de positivismo científico, en el cual el objeto de la “prevención” es ya un “paciente”, no cabe sino aguardar la militarización de la mente. Por esa vía, y sin lugar a dudas, los médicos-soldados terminarán por inocularnos una droga que nos impida hacer poesía.

 

           

 

 

 

 

III

 

            “Toda relación hegemónica es necesariamente una relación pedagógica.”

 

 Antonio Gramsci, Cartas desde la cárcel[16]

                              La cucaracha, la cucaracha
                              ya no puede caminar
                              porque le falta, porque no tiene
                              marihuana que fumar.

 

        (De un corrido de la época de la revolución mexicana)

 

 

 

2 de enero de 2017. Excursión al penal

El Combinado del Este, prisión donde mi amigo, el panadero guitarrista, espera juicio por tráfico de cannabis, está situado a unos quince minutos, en auto, del centro de La Habana, no muy distante de las, no menos famosas, Playas del Este. Una avenida arbolada nos recibe —viajo con su hijo y su hermano—, hasta llegar a una plazoleta que sirve de parqueo, anexa al salón de espera para visitantes. En derredor, árboles, arbustos, monte; un sinsonte canta.

El mencionado salón es una nave, de unos 30 x 20 metros, piso de losas, techo a dos aguas de vigas de hierro y planchas de un metal indeterminado. Está limpio, hay bancos y plantas en canteros junto a las ventanas; no es distinto de una terminal de ómnibus, más acogedor, incluso, que muchas. Adjuntos hay servicios sanitarios y un estanquillo que solo expende cigarrillos. Junto a la puerta de entrada, un guardia grita indicaciones a los visitantes, así como los nombres de los reclusos que se va a visitar. Usa un innecesario micrófono.

Uno por uno los visitantes muestran sus tarjetas de identidad y reciben un ticket que reza “Visitante”; con el susodicho ticket se van desplazando, de banco en banco, cargando los bultos de provisiones. Toma una hora recorrer esos 30 metros. Al fin, pasamos en grupos de a docena a la habitación de requisa, con detector de metales; luego, tres custodios revisan los bultos, las carteras o mochilas. Los bultos mayores son entregados y seguirán su propio curso hasta las galeras; la miel tiene prohibido el paso, a menos que esté mezclada con limón, para evitar procesos de fermentación alcoholífera (que los reclusos intentan, de todos modos, en tanquetas plásticas, mezclando agua, pan viejo y azúcar); los bultos menores pasan con nosotros a un nuevo salón de espera donde se aguarda a que el grupo sea lo bastante grande para cruzar una puerta de aluminio y cristal.

Cuando lo hacemos, se avanza por un largo pasaje, primero cercado, después escoltado por pilotes de concreto; a lo lejos se ven los domicilios de los presos, estilo bloques de periferia, aunque, desde luego, sin balcones o ventanas, solo una suerte de celosías, siempre de concreto. Todo es, aquí, muy concreto, nada de metáforas constructivas, aun cuando el alambre de púas pueda a veces mezclarse con ciertas balaustradas.

En un puesto de control entregamos las tarjetas de identidad y cambiamos los tickets por otros, numerados. Ya estamos listos para penetrar en el salón de la reunión; su reja de entrada a la derecha del pasillo y, al final de este, a unos 20 metros, los reclusos esperan que los llamen, uno a uno. Entramos, nos sentamos en los bancos de cemento, ante una mesa de cemento; mi amigo llega en su uniforme gris, shorts y una especie de chamarreta sin mangas y, por debajo, un pullover blanco.

Lleva una inconfundible máscara de dureza, parece mayor: es mayor, con su pelado al rape que no oculta las canas. Más musculoso que de costumbre, los ejercicios son el alimento favorito del preso, su terapia de desintoxicación.

Pero al rato sonríe y ríe; la máscara de concreto desaparece paulatinamente. “No río mucho aquí dentro”, aclara, “río a veces cuando juego dominó”.

Come con buen apetito, sin avidez, la comida de casa; en especial la ensalada de col y tomate. Toma un sorbo de café de la botella plástica y fuma un cigarrillo “Criollo” (el cigarrillo es, en la prisión, una variante criolla de la moneda: un pomo pequeño de café como el que está sobre la mesa cuesta 3 cajetillas de “Criollos”; una cajetilla de “Hollywood” cuesta 5).

“Esto aquí es una píldora de la realidad de afuera, un comprimido del cubaneo. Se discute de pelota o de fútbol, de dónde empieza un barrio y termina otro, de qué es mejor, si ser proxeneta, arrebatador (asaltante), traficante o ratero y el que grita más alto tiene la razón.”

Nos cuenta un sueño que tuvo anoche: orinaba sobre plantas y las plantas, al momento, crecían. Va de planta en planta, meando, pronto lo rodea un jardín. Lo considero un buen augurio, y me lo callo, así como me parece de mal gusto preguntarle, en broma, si entre las plantas había alguna de cannabis.

Ha pedido sobres de cartas, bolígrafos y prosas de Martí; se lo hemos traído. Hace ejercicios cuando les toca “patio”: barras, paralelas, planchas. Hay un campo deportivo al cual fue llevado, casi por azar, hace unos días: allí pudo correr y dar vueltas de campana, mi amigo es un poco acróbata y juglar. El campo deportivo no es siempre accesible.

No tiene mucho espacio en la galera para practicar asanas de yoga; hace lo que puede con lo que tiene: un poco de ritos tibetanos, se para de cabeza, se sienta en zazen en su litera sobre una almohada enrollada. Aprovecha para hacerlo el amanecer o en el horario de la telenovela, cuando casi todos abandonan la galera. “A veces, sentado en zazen, como no tengo nada, digo mis oraciones”. Al principio me cuesta trabajo comprender qué quiere decir, pero luego, sin pensarlo mucho, comprendo la relación entre “no tener nada” y “decir oraciones”.

Se habla, desde luego, de la petición de sentencia fiscal para él y para su esposa: cinco años él, cuatro ella. No parece nervioso. “En algunos momentos puedo llorar por mi condición, pero otras veces siento que puedo estar aquí veinte años; comer, dormir, hacer ejercicios. Es una máquina de perder el tiempo, es de eso de lo que se trata”. Afuera, parecería que no hay tiempo que perder sino mucho tiempo que ganar.

Por otra parte, como es “primario” (sin antecedentes), tiene buenas probabilidades de salir mucho antes por los canales reeducativos del trabajo en granjas y la libertad condicional.

Hay un custodio junto a la reja de entrada que observa lo que acontece en el amplio cubículo; se hace entender mediante un silbato. Este escándalo conformado por muchas conversaciones es algo nuevo para mí; ni siquiera por haber nacido y vivido en Cuba, país famosamente bullicioso, había escuchado antes nada similar. Cuando suena el silbato, por un segundo, todos callan.

Le pregunto si hay algo de “animación cultural”. “Hay un grupo musical que toca, sobre todo, música ‘romántica’” —lo de “romántica” es dicho con una mueca—, “hay un salón de artes plásticas cerrado con un candado, de literatura ni se habla. Y hay quien hace tatuajes con una tinta que consiguen con plástico quemado”. Supongo que la “cultura” es tan remota como el campo deportivo, o un trabajo en la panadería de la prisión. “Leo mucho y a veces tocamos rumba con tanquetas de plástico, marcando la clave con tapas de pomo sobre el piso. Eso está prohibido, incluso el 31 de diciembre. Además, las rumbas son, en realidad, reguetones”.

Suena el silbato, termina la visita, nos abrazamos. Nos pide formar un triángulo de abrazos: padre, hijo, hermano, amigo. Un triángulo.

Al abrir la reja de mi casa experimento una sensación extraña, inconfundible. Comprendo que es una sensación que me va a acompañar por algún tiempo.

 

Breve visita a los diccionarios

 

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española, Madrid, 1925.

cáñamo. (Del lat. cannâbum). Planta anual, de la familia de las canabíneas, de unos dos metros de altura, con tallo erguido, ramoso, áspero, hueco y velloso, hojas lanceoladas y opuestas y flores verdosas. Su simiente es el cañamón. Esta planta se cultiva y prepara como el lino.

cañamón. Simiente del cáñamo, con núcleo blanco, redondo, más pequeño que la pimienta y cubierto de una corteza lisa gris verdoso. Se emplea principalmente para alimentar pájaros.

droga. 1. Nombre genérico de ciertas sustancias minerales, vegetales o animales, que se emplean en la medicina, en la industria o en las bellas artes. 2. fig. Embuste. 3. fig. Trampa.

hipocresía. Fingimiento y apariencia de cualidades o sentimientos […] Dícese comúnmente de la falsa apariencia de virtud o devoción.

Brevis. Pequeño Diccionario Enciclopédico Ilustrado, Buenos Aires, 1958.

droga. Cualquier sustancia empleada en medicina, en la industria, etc. Fig. Trampa, embuste.

cáñamo. Planta textil, con cuyas fibras se fabrican tejidos y cuerdas.

marihuana. Planta narcótica, cuyas hojas secas producen, al fumarlas, alucinaciones nerviosas o terribles efectos fisiológicos.

Dizionario Garzanti della Lingua Italiana, Milano, 1980.

droga. 1. Sustancia vegetal seca usada para dar un sabor agradable a los alimentos (pimienta, canela). 2. Sustancia natural o compuesto químico con marcado efecto estupefaciente. Probablemente del holandés droog, seco, cosa seca.

farmacia. 1. Arte de preparar los fármacos siguiendo las prescripciones médicas y observando las disposiciones de la farmacopea y de la ley. 2. Local destinado a la fabricación y a la venta de las medicinas. Del griego pharmakèia, medicamento, envenenamiento, magia.

hipócrita. Que hace uso de la hipocresía. Del latín tardío hypocrita, hypocrites, del griego hypokrites, propiamente “actor”, derivado de hypokrinein, “representar un papel”, por lo tanto, “simular” (compuesto de hypo, “debajo”, y krinein, “distinguir, separar”).

Merriam-Webster. A Dictionary of the English Language, Massachusetts, 2005.

droga. 1. Sustancia usada como medicina o en la confección de medicinas. 2. Sustancia (como la heroína o la marihuana) que puede causar adicción, hábito o un cambio marcado en el estado mental.

Micro Robert. Dictionnaire du Francais Primordial, París, 1984.

cáñamo. 1. Planta textil de tallo recto, con hojas opuestas. Cáñamo indio: que produce el hachís. 2. Tejido del tallo de cáñamo. Tela de cáñamo.

droga. 1. Medicamento cuya utilidad y eficacia se pone en duda o cuyo uso se condena. Todas las drogas que le prescribe el médico le hacen más mal que bien. 2. La droga: tóxicos, estupefacientes (cocaína, morfina, L.S.D., etc.). Traficar la droga.

Esta no es más que una muestra de los diccionarios que forman una exigua biblioteca personal (en los casos de obvia necesidad, traduje); rehuso la tentación del comentario, al menos por el momento.

             

Otro diccionario, American Slang Dictionary, de Richard A. Spears (McGraw-Hill Education, cuarta edición, 2006), ofrece una suculenta colección de términos dedicados a la droga, sus efectos, sus usuarios. Solo en el acápite de la marihuana, aparecen más de 140 variantes; entre ellas se destacan: brécol (broccoli), cigarrillo sin nombre, incienso, madre, paja, submarino—para la sustancia; y cabeza de heno, come-yerba y saltamontes—para el consumidor.

 

La pipa de Sherlock Holmes

Las aventuras de Sherlock Holmes ocupan en la memoria (al menos en la mía) un sitio tan remoto como las de Julio Verne “al centro de la tierra” o las de Edmundo de Amicis al corazón de los pequeños lectores. De manera simétrica, la recreación cinematográfica de este avatar —protagonizada por el actor Basil Rathbone—, yace junto al Gordo y el Flaco y Casablanca en algún museo neuronal. Al poner estas representaciones en sintonía con ultramodernas versiones del investigador de Baker Street, se suscitan asombros pueriles y quasi-regresiones analíticas.

Entonces Sherlock —me digo mirando en la T. V. la serie homónima “based on the works of Arthur Conan Doyle”— ¿es un adicto al servicio de la ley y el orden? Su pipa, que merodea en los recuerdos de infancia junto a la lupa y el violín, no es, por lo tanto, un mero emblema de reflexión, sino además una herramienta alusiva. Como diría Magritte, ceci n’est pas une pipe, es un elemento en la heráldica de ese caballero andante al que podemos llamar el consumidor investigativo.

Al igual que en Freud (otro detective-usuario) o en Huckleberry Finn (otro sociópata), la pipa de Sherlock posee una cualidad emancipatoria, es una metáfora de la modernidad que avanza, echando humo, de lo prohibido a lo desconocido, en un viaje de ida y vuelta. No olvidemos que también el tabaco, tras su introducción en Europa, fue considerado una hierba diabólica, referencia a una realidad exótica y pagana, allende las leyes humanas y divinas, pues, según la visión interesada de los invasores, los aborígenes del Nuevo Mundo ni eran humanos ni conocían a Dios. La historia, londinense, del tabaco relata que, en época isabelina, la pipa que introdujeron los marinos holandeses solo podía fumarse en los teatros, allí donde Próspero y Calibán interactuaban en beneficio de patricios y plebeyos.

Debo sonsacar al Dr. Watson una observación acerca de su singular amigo y su, no menos singular, postura respecto al acto investigativo; según Watson (o Conan Doyle), el detective, versado en las incipientes modalidades de la criminalística, podía mostrarse indiferente en cuanto a otros

departamentos de la ciencia: en otras palabras, a los efectos

del delito, a Sherlock no le importaba si la tierra era redonda o plana. Esta actitud de desdén hacia una “globalidad” del conocimiento, contribuye a dibujar un rostro social, la máscara del especialista moderno.

Nuestro Sherlock de última generación, inmerso en una red mediática y algorítmica —que se niega a abandonar su psiquis victoriana—, es otro desdoblamiento del consumidor investigativo, tal como se ha dejado ver en series al estilo Dr. House o la más reciente Limitless. Esta última puede leerse —más acá o más allá de los límites del entertainment— como alegoría de la ambivalencia político-jurídica ante la droga y sus “instrumentaciones”.

El protagonista de Limitless, un cierto Brian Finch, consume una píldora ilícita (NZT2 es su nombre) que le permite optimizar su percepción de la “realidad”, su capacidad de aprendizaje (aprende la lengua farsi en una mañana y en una semana se convierte en hacker de primera categoría) y, en fin, aumentar el “aprovechamiento” de su jornada laboral al servicio de una unidad ultrasecreta del FBI. Brian Finch es al FBI lo que Sherlock Holmes a Scotland Yard: una carta ambivalente, o polivalente, un Joker a horcajadas entre dos mundos. Podríamos hablar del mundo de lo conocido-prohibido-aceptado y el de lo desconocido-prohibible-aceptable. No falta, pues, una cierta correspondencia homeopática en que los criminalistas se sirvan de las drogas, dado que estas han estado vinculadas, desde la antigüedad, lo mismo con el crimen que con la curación. La propia palabra “asesino” se derivaría, en famosa etimología, del árabe hashashin (según el ya citado Garzanti, “nombre de los sicarios del Viejo de la Montaña, los cuales cometían sus delitos tras haberse embriagado con hachís”), es decir, soldados drogados. Este Viejo de la Montaña es Hassan ibn Sabbah, fundador de una secta religioso-militar chiita —la prensa de estos tiempos los llamaría “fundamentalistas islámicos”— dedicada a hacer prevalecer la línea ismaelita de la fe. El siglo es el XI; la región, Persia.

En su novela Samarcanda[17], narración “basada en hechos reales” de las peripecias del poeta, matemático y astrónomo persa Omar Khayam —amigo de juventud de Hassan ibn Sabahh—, Amin Maalouf dispone de una etimología divergente para caracterizar a aquellos que sabían matar y morir “con la sonrisa en los labios”.

“Se ha intentado demostrar la tesis de que actuaban bajo el efecto del haxix. Marco Polo popularizó esta idea en Occidente; sus enemigos en el mundo musulmán los han llamado a veces haxixiyun, fumadores de haxix, para desprestigiarlos […] La verdad es otra”.

La verdad es siempre otra: según Maalouf, Hassan ibn Sabahh llamaba a sus seguidores Asāsīyūn, fieles al Asàs, el fundamento de la fe; de ahí que el novelista concluya que “los Asesinos no tenían otra droga que una fe inamovible”, sustancia en extremo efectiva, incluso tóxica si hemos de guiarnos por la historia de las religiones y su vínculo con la política y su expresión más concreta: la guerra.

No deja de llamar la atención el hecho de que el diccionario Garzanti llame a estos hombres de fe “sicarios”, término que suele usarse para designar a otro tipo de soldados vinculados a los carteles colombianos, mejicanos y otros: sicario, del latín sicarius, derivado de sica, puñal curvo. Algunos estudiosos han concluido que uno de los más célebres discípulos de Jesús portaba este tipo de arma, de ahí su sobrenombre de Iscariote. Pobre Judas, que no conoció los efectos de una “fe inamovible” capaz, al mismo tiempo, de “mover montañas”.

Tras esta, tal vez vana, digresión, y sin pasar por alto el papel que las drogas —vegetales, químicas o místicas— han jugado en el desempeño militar o sicarial (remember Vietnam, o el asunto conocido como Irán-Contras en época de Ronald Reagan, cuya actitud ambigua hacia el tráfico de drogas merece todo un estudio), podemos volver a Brian Finch.

Este émulo de Sherlock refería anoche, en el canal Multivisión, a su capacidad para convertirse, gracias a la píldora, en “uno de los hombres más inteligentes del mundo” y poner esa inteligencia a disposición del FBI, agencia que, desde su fundación, se ha esforzado no poco en la cruzada contra las drogas; en vena menos altruista quizás,

Brian Finch admite que el consumo le permite “ser la persona que siempre soñó ser”. Es esta relación entre ser y poder la que sustenta, en definitiva, el discurso utilitario y la actitud pragmática que solo nos queda disfrutar —en tanto que televidentes, desde luego— en filmes y series que tratan el tema de la droga como herramienta de justicia. Viva entonces la pipa de Sherlock, contenga tabaco, opio o cocaína, si conlleva el cumplimiento de la ley.

Hay que precisar, no obstante, que la ecuación ser-y-poder-mentales rebasa el espacio de los compuestos sicotrópicos; al menos desde Matrix (por no hablar de los X Files) —filme en el que la droga, en su papel de transformadora de la percepción y el pensamiento, es reemplazada por una aguda conciencia de la irrealidad de la realidad—, se ha estipulado “artísticamente” un estatuto trascendental de la psiquis al servicio de una benéfica revisión de la condición mental humana, esa condición que uno de los personajes de la saga (justamente el Judas de la película) define con la frase “ignorance is bliss”, mientras degusta un jugoso bistec inexistente.

Que esta revisión, por benigna que sea, llegue a adquirir un tono subversivo es inevitable, puesto que una dosis mínima de subversión o, incluso, rebeldía, puede entretener a todos. Los detectives Scully y Mulder (en los X Files), el consejero psíquico Patrick Jane (en The Mentalist) y otros especímenes similares, son electrones sueltos en la estructura de la aplicación de la ley (law enforcement). Así mismo, Neo, The One, o “el que es”, funge de guerrillero antisistema moviéndose, cibernéticamente, entre el sacrificio a la cristiana y el despertar zen. Sin obviar, desde luego, las artes marciales.

Un filme mucho más reciente, I-boy, cuenta la historia de un chico que, al recibir un balazo en la cabeza, sufre una radical reformulación de su actividad mental, convirtiéndose en una especie de receptor-emisor de señales cibernéticas, un ciberumano, un Homo Wi-Fi. Este nuevo, accidental diseño de sus funciones cerebrales, le permite intervenir libremente en su entorno urbano como un Super-Hacker-Man, un malware justiciero, un Zorro Algorítmico.

Si bien este y otros dramas no rebasan el atávico y emocionante sistema binario del “ojo por ojo, diente por diente”, queda por analizar si tales variantes de la fantasía científica bastan apenas para generar modalidades del entretenimiento o si, además, revelan una ansiedad utópica, prefiguración de una mente humana que aún no existe y que, al mismo tiempo, podría activarse mediante una disciplina, una sustancia o un mero accidente.

Artes, marciales o mentales, aparte, está claro que existe un “héroe de nuestro tiempo” que, al igual que un atleta dopado, procede según una aretè, o código moral, “bajo los efectos de”: se trata de un heroísmo “under the influence”.

 

 

24 de febrero

 

La columna “Hilo directo” del diario Granma trae hoy la siguiente noticia:

"El número de personas que sufren depresión en todo el mundo aumentó un 18% en la última década, hasta alcanzar los 322 millones, indicó la Organización Mundial de la Salud, que exigió una mayor atención a los grupos de riesgo. En total, el 4,4% de la población mundial sufre este tipo de trastorno. El incremento entre 2005 y 2015 se produjo no solo porque la población creció, sino porque también lo hizo la esperanza de vida, explicó la agencia de la ONU. El riesgo de sufrir depresión  aumenta por la pobreza, el desempleo, la pérdida de un ser querido, una enfermedad física y las drogas."

Lo cual equivale a decir que el riesgo de deprimirse aumenta con la vida. Comparando cifras, obsesión comprensible, se advierte que el número de deprimidos, o depresivos, es mayor que el de consumidores de drogas ilícitas (246 millones, según cifras de la propia organización ya citadas en estas páginas), si bien se podría sobreentender que hay una multitud de individuos comunes a ambas listas. No se dice aquí, ni habría que esperarlo en nota tan limitada, que la depresión no es solo efecto sino también causa del consumo de drogas, ilícitas o no; como también, de hecho, podrían serlo la pobreza, el desempleo, la pérdida de un ser querido y una enfermedad física, o psíquica. Que la serpiente Causa-Efecto se muerde la cola más de lo que quisiéramos y, sobre todo, más de lo que queremos ver, es, en cualquier caso, la esencia curativa que se desprende de la noticia.

Correo electrónico

Una amiga me envía por correo electrónico esta contribución; son los Heroin Haikus de William Wantling[18] (1933-1973), que traduzco[19] sin dilación.

 

Los Ángeles – 1

Luna llena

tranco la puerta

mientras por las antiguas escaleras

sombras de cocaína se deslizan.

 

 

Los Ángeles – 2 

 

Traigo una lata de yerba

Grady trae pastillas y peyote

Es hora de fiestar!

 

 

La redada

Un golpe, la puerta

se derrumba.

Escopetas, grita el calor —

Quietos, sucios drogadictos!

 

 

Día de visita

Mi esposa!

Le digo que recibí el cigarro de marihuana.

Está demasiado arrebatada

para responder.

 

Wantling, amigo de Bukowski, soldado en Corea, recluso en San Quentin por cargos de posesión de drogas y falsificación. Se lo asocia a la llamada Meat School. Estudiante, más tarde profesor en la Universidad Estatal de Illinois. Estos haikus datan de 1965. Publicó también The Awakening y San Quentin’s Stranger. Noto los tres signos de admiración: la exclamación del consumidor, la intervención policial, la alegría del preso. Dos palabras, joint y loaded, llaman la atención a la hora de traducir: el porro se ha internacionalizado de tal manera —gracias a la televisión, el cine y los turistas— que se escucha también en esta isla, aunque no sea local; el colombiano bareto es desconocido, a pesar de las apenas mencionadas causas concomitantes; el praho que recoge Gil Carballo es casi arcaico. Variantes locales como antena, bate, cigarro, taladro o tareco no son “definitivas”. Según el American Slang Dictionary, “loaded” (cargado, cargada) puede referirse a cualquier droga, incluyendo el alcohol, “if you’re loaded, don’t drive”. Elijo la variante local “arrebatada” para describir el estado de la esposa, dado el precedente con el cual inicia el poema.

El juicio (final)

Hoy, 15 de marzo, se celebra el juicio de mis amigos. La citación es para las 8 a.m. Desde la entrada del Tribunal Provincial, sito en una calle nombrada Brasil, se observa la escalinata del Capitolio nacional, copia de un capitolio internacional.

Los asistentes, familiares o testigos, deben hacer “cola” a unos 30 metros de la entrada, como si fueran a adquirir algo, una experiencia tal vez.

Antes de entrar, reviso el hall: impoluto, decorado con vastas lajas de mármol verde oscuro. Junto a la entrada, a la derecha, hay 8 fotos diferentes del Dr. Fidel Castro Ruz, abogado de profesión. Rodean un enorme bouquet de flores blancas y plásticas.

Se entregan los bolsos, se recibe un ticket; prohibidos están teléfonos celulares y, desde luego, cámaras.

Subimos al segundo piso, donde se ventilan los casos de droga, a esperar en un amplio salón con largos bancos de madera de la vieja escuela republicana. Una dama uniformada dicta las reglas: hablar en voz baja, permanecer sentados, no fumar, no comer. Los sanitarios están al final del pasillo, el agua en el tercer piso. Al inicio el peso de la ley impone algo de recogimiento; con el paso de los numerosísimos minutos, se arma el escándalo sordo, interrumpido a veces por una llamada al orden o la lectura de un elenco de testigos. Estos entregan sus carnés de identidad y vuelven a la espera; algunos han recibido citaciones oficiales, otros no.

Da la impresión de que, como en un paradero de camiones, se espera a que este contenedor esté repleto para dar inicio al trayecto jurídico. El primer caso es el nuestro. Entramos, los testigos deben esperar a ser llamados. Regreso al camión de ruido, pregunto la hora. Son las 10 menos un cuarto.

Un ciudadano perspicaz, haciendo caso omiso de la hora fijada por la citación, podría llegar una o dos más tarde, sin incumplir su deber civil. No sé cómo evaluar aquí el fenómeno de la “falsa percepción del tiempo”.

La obligación de esperar afuera hace que me pierda buena parte del juicio, no sé si la mejor. Soy el último testigo, el único de la defensa. La sala del tribunal, bien iluminada por la luz solar, contiene a los dos encausados, sus familiares y amigos, varios guardias de distinto tipo, un escribano colocado de frente a la tribuna del tribunal (valga la redundancia), un fiscal, un abogado y cinco jurisconsultos (un hombre y cuatro mujeres, una de ellas semidormida); los letrados y letradas llevan su toga ritual, como batas médicas en negativo.

No puedo ver de frente a mis amigos; en tanto que testigo puedo verlos solo tangencialmente, de soslayo: volverme hacia ellos dando la espalda al tribunal infringiría las reglas del teatro jurídico. Al sentarme, entre los demás familiares, siguiendo la invitación de la jueza, solo puedo verlos de espalda.

El alegato final de la acusación es impulsivo, airado y tecnicista. El de la defensa, comedido, casi sentimental, nostalgia de un espíritu antiguo (“el legislador”: Yahvé, Salomón, Pericles) que ojalá flote aún sobre estas aguas.

Advierto en la fiscalía el uso del adverbio “felizmente” al observar que la ley no precisa cantidades para definir el “tráfico”; en efecto, se hace mención en el artículo ad hoc de “cantidades relativamente grandes”. Felizmente.

Advierto en la defensa la apelación a la “reinserción”, la “reeducación”, el valor del “arrepentimiento”, el alto costo del “error” ingenuo. También se deja notar una tímida (en este lugar, valerosa) referencia a aquella “literatura científica” que difiere de la visión estigmática (o astigmática) que la ley ofrece del cannabis en tanto que “monstruo inmisericorde”. Una cierta honestidad me convida a admitir que, más allá de los estereotipos de rigor, la defensa exhibe un grado inesperado, para mí, de compromiso con aquello que llamamos humanidad.

Humanidad, en estos casos, no es ciertamente un mero estereotipo.

He sido llamado a ocupar mi lugar ante el barandal de madera; qué digo, qué no digo, no digo aquí.

Al volver a casa, una vez más, experimento el sentimiento de una libertad coartada, una coartada de libertad. Voy al banco a retirar dinero, voy a buscar pescado, yogur, como si nada.  

 

El poema del amor y del cannabis

Varias veces, a lo largo de los años, escuché hablar del poema dedicado por José Martí al hachís; los hablantes solían expresarse con una mezcla de complicidad y convicción en la incontestable evidencia literaria. Confieso que la primera lectura me produjo la sensación de que se trataba de uno de tantos tributos del poeta al amor de mujer, salpicado de algunas referencias modernistas a las bondades imaginativas (o imaginarias) de los “paraísos artificiales”. Una nueva lectura, en un nuevo contexto existencial, me dice que se trata, más bien, de dos poemas en uno.

“Haschisch”, escrito en México en marzo de 1875, es publicado en junio del mismo año en la Revista Universal. El poeta tiene 22; probablemente enamorado, deseoso de enamorarse o desahuciado de algún enamoramiento, redacta el cántico a una mujer árabe, genérica, que encierra a todas las mujeres,

Una árabe que besa,

Es labio de mujer, donde nos cumple

La eternidad al fin una promesa (...)

y en el que se concluye, de modo perentorio y adolescente, que “la vida es el amor”. Todo el cántico, pues, está chamuscado por una llama intermitente: “hoguera de luz”, “arda”, “arde”, “ardiente”, “fuego”, “fecundo calor”, “calentar”, “chimenea encendida”, “encendido vigor de este mi espíritu potente”, “quema”, “se abrasa”. Como diría Rimbaud, su contemporáneo, su “semejante”, “es el fuego que se levanta con su condenado”. Al mismo tiempo, es inevitable relacionar esta humareda con la que se levanta desde la pipa emancipatoria del “árabe indolente”, otro cliché del XIX colonial que presenta a las gentes del sur en ociosa resistencia a los gravámenes del desarrollo.

Como en El derecho a la pereza, al que su autor, el santiaguero-parisino Paul Lafargue da comienzo elogiando al andaluz “moreno como las castañas, erguido y flexible como hoja de acero”, habitante de ese mediterráneo que “puede aún jactarse de poseer menos fábricas que nosotros prisiones y cuarteles”, “Haschisch” hace alabanza de quien contrapone al mundo del trabajo forzado o forzoso un mundo aéreo de conocimiento trascendente,

El árabe es un sabio:

Cobra a la tierra el terrenal agravio.

Y esta compensación es la que se devenga del cultivo de la “arábiga planta trovadora”, “la planta misteriosa”, el cannabis que el poeta, lejos de considerar “monstruo inmisericorde”, nombra

Fantástica poetisa de la tierra.

Cabe preguntarse aquí si el “fantástico haschisch” al que canta José Martí no es un hachís fantástico, literario, una norma de época. Antes de responder a esa pregunta —con ese lujo de detalles que el poema ofrece más allá de cualquier otra disquisición biográfica, pues se trata de un poema biográfico en tanto que “escritura de vida”—, me complazco en describir la postura que su autor toma como liberatoria y típicamente antiburguesa, siguiendo el estilo de un tiempo en el cual, al decir de Paul Lafargue,

“La moral capitalista, lastimosa parodia de la moral cristiana, golpea con anatemas la carne del trabajador; adopta por ideal reducir al productor al mínimo posible de sus necesidades, reducir sus alegrías y pasiones y condenarlo al rol de máquina generadora de trabajo sin tregua ni piedad.[20]”

Así como Lafargue, en su refutación de un contraproducente “derecho al trabajo” (cuyo prefacio de 1883 escribe, por cierto, en la prisión), exalta “la carne y sus pasiones”, llamando incluso en su ayuda a Descartes para recordar que “todas son buenas por naturaleza, no tenemos más que evitar su mal uso y sus excesos”, Martí ve en el árabe que “cobra a la tierra el terrenal agravio” cultivando una “planta trovadora” la sustentación de su propio “deseo de lo invisible”. Contrastemos este deseo con la jactancia visionaria de Rimbaud (“y he visto a veces eso que el hombre ha creído ver”) y su propuesta de practicar “un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”, uno de los fundamentos de las llamadas “Cartas del vidente”[21].

 

Tal como ha visto Cintio Vitier, estudioso de Martí y de Rimbaud, en su prólogo a la edición cubana de los poemas del francés, “[e]s menester caotizar el caos habitual de nuestros sentidos, desordenar el sólido desorden de nuestra costumbre, confundir la confusión que nos adormece en la vaguedad mediocre de nuestra infinita penumbra vital, para que el otro, el verdadero yo inalcanzable, pueda salir a la intemperie de lo desconocido”[22].

Se trata, entonces, de un imperativo del “ver” que va más allá del bon sens cartesiano de “evitar el exceso”, pues, aunque “razonado” (o precisamente por serlo), este desarreglo de los sentidos es un exceso que dibuja una medida justa; ésta abarca la “falsa percepción del tiempo”, la “fuga de ideas”, la “excesiva intelectualización”, la “hipertrofia de la imaginación” e, inclusive, la “pérdida de valores” que conforman el anatema de los Gil Carballo proliferantes, y vociferantes, desde el siglo pasado hasta nuestros días.

 

***

Un siglo después de “Haschisch” y de las “Cartas del vidente”, Carlos Castaneda, en su saga del legendario Don Juan Matus, hará del “ver” y de su relación iniciática con las “plantas de poder”, la guía hacia un “desarreglo de los sentidos” como puerta hacia el conocimiento de una realidad otra, más compleja e “imprevista”. Ahora bien, volviendo al poema martiano, se hace oportuno subrayar la relación entre la “planta de poder” y el poder del canto, pues en dicha relación se presenta lo específico de la vivencia del poeta joven, en formación de sí mismo y en proceso de afinar su instrumento melódico. José Martí se incorpora, en tanto que bardo, a la figura del árabe indolente y sabio.

Y el árabe hace bien, porque esta planta

Se aspira, aroma, hipnotiza, y canta.

Deja claro Martí, de inicio a fin del poema, que no es el poeta sino la planta quien entona “armonías celestes”; hace énfasis en la propiedad curativa de la in-dolencia: “Y el haschisch va cantando” un himno alegre en desagravio de la criatura sometida a las esclavitudes cotidianas; a la mecánica marcial de las obligaciones sociales opone una biomecánica gozosa cuya obligación terapéutica es la ligereza de un salmo laico, profano,

Y el buen haschisch lo sabe,

Y no entona jamás cántico grave.

La fuerza del pareado, didáctico a la vez que infantil, está, hay que insistir en ello, en la despersonalización del cantor humano en favor de una personalización extrema de la sustancia vegetal; a la manera greco-romance, la antropomorfización comprende una divinización del entorno: la planta, en tanto que “poetisa de la tierra”, es también sacerdotisa de la naturaleza, tema este de la función poética como sacerdocio o magisterio “ambulante” que acompañará a Martí hasta su madurez y su muerte.

Por otra parte, la inclinación por la in-dolencia revela una dolencia; este poeta se siente, a la vez, “buitre y Prometeo”, bruto inconsciente y semidios dador de fuego. El “fantástico haschisch” cumple, para usar las categorías actuales, operaciones “recreativas” al mismo tiempo que “medicinales”,

 

Fiesta hace en el cerebro,

Despierta en él imágenes galanas;

[…] Sabe estrellas y luz, sabe consuelo,

¡Sabe la eternidad, corazón mío!

Es decir, que hay, además, otra operación de carácter cognoscitivo, investigativo que completa, en un solo fuego, los caracteres amoroso, eufórico y prometeico de la pieza. Esto no impide, sino más bien permite, que, al final, el poema vuelva sobre sus pasos sentimentales en una doble invocación,

¡Amor de mujer árabe! despierta

Esta mi cárcel miserable muerta:

Tu frente por sobre mi frente loca:

¡Oh beso de mujer, llama a mi puerta!

¡Haschisch de mi dolor, ven a mi boca!

Quien conoció tan bien la experiencia del presidio, no usará en vano la palabra “cárcel”; asimismo, el hachís no es mera reliquia modernista para aquel para quien saber fue siempre más importante que poder y placer. En una línea perdida en sus apuntes, Martí define,

¡Café, padre del verso! Esencia viva.

Redondear una biunidad yin-yang con la “fantástica poetisa de la tierra” conforma, para nosotros, un factor indudable de conciencia respecto al uso de las drogas, no como accidente hedonista ni decoración literaria ni, mucho menos, como propaganda para el consumo, sino como herramienta de conocimiento y creatividad.

Tal vez no veamos nunca frases como estas en los libros de lectura, ni en las tarjas de bronce, ni en las plazas o monumentos; ningún político, por desesperado que se encuentre, clamará —al menos en público— “haschisch de mi dolor, ven a mi boca”. Este no es el Martí de los bustos asépticos, fabricados en serie, para consumo de aquellos que llamó los “disfrazados”,

No es estatua de lánguida figura

El alma de un poeta:

Es un sol de dolor.

Curioso es que, justamente en un poema dedicado al amor de mujer y al culto del cannabis, el poeta se decida a contradecir, en formidable premonición, el uso y el abuso de esos apóstoles en estado de hibernación con los cuales los tradicionalistas se rinden tributo a sí mismos y a la tradición de la mediocridad, en nombre de un poeta naturalmente iconoclasta. Luego la cuestión es esta: si este poeta de 22 años volviera ahora a su ciudad natal, ¿qué poema al hachís escribiría?

El consumidor investigativo y la condición postmoderna

La tarea más ardua para quien escribe es dejar de hacer literatura y limitarse (en realidad, abrirse) a contar una historia, compartir un testimonio, que no excluya, necesariamente, la literatura. Acoger material diverso e indiferenciado en cuanto a su valor (el Génesis, un artículo periodístico, un poema, un documento judicial) revela un potencial indagatorio.

Ante el “problema” de las drogas o cualquier otro de los que entretienen el pensamiento actual, se advierte que dicho “problema” no obedece a la falta de respuestas, sino a la supresión deliberada de las preguntas y, en consecuencia, a la imposición de respuestas preventivas; esas respuestas pueden prescindir olímpicamente de cualquier interrogante, pasar por alto cualquier referente de realidad y, finalmente, generar otra realidad, desde luego, preventiva.

Arthur Rimbaud, traficante de armas, en Harar (Etiopía), en1883. (Autorretrato)

Cabe decir, por obvio que parezca, que una realidad creada, manipulada, no es menos real que una realidad “natural”, espontánea, si tal cosa existiera en la sociedad humana. Pocos casos son tan paradigmáticos, en tal sentido, como la televisión; esta se despliega como un canal de historias, a veces tan irreales que deben parecer del todo verídicas (como la ciencia ficción), a veces tan falsas que uno supone que debe haber algo de cierto en ellas (como sucede con las noticias). Novelas, novedades, noticias, ¿no tienen acaso todas una raíz común? Toda emisora de televisión, y de radio, es un history channel: los televidentes somos testigos oculares y auditivos de esa expulsión del edén que, según Kafka, está ocurriendo ahora mismo.

Por espurias y deshilachadas que sean, estas anotaciones logran reescribir la realidad y ser materia de ulteriores reescrituras que, con frecuencia, aspiran a ser “últimas”, es decir, a “ultimar” aquella realidad de la que remotamente procedían. Última noticia, última temporada, último éxito no tienen, claro está, valor de finalidad, de fin, ni siquiera de finitud; esos conceptos —si así puede llamárseles— son infinitos como telenovelas y, al mismo tiempo, sintéticos como el video clip. El video clip que es el blasón alucinante de la fuga de ideas, su comprimido.

 

En Four Arguments for the Elimination of Television (William Morrow, 1978), Jerry Mander plantea que la televisión aumentó su poder persuasivo un millar de veces entre 1945, año de su aparición, y 1975; desde luego, las estadísticas, si saben a algo, es a televisión: son tele-visión, observación a larga distancia. Varias décadas más tarde, sin embargo, nos damos cuenta de la progresión de ese poderío persuasivo que preocupaba a Mander; no es menos sugerente la idea del arquitecto Robert Venturi, quien, ya en 1966, declaraba que los norteamericanos no necesitaban plazas porque tenían T.V.; el ágora había sido sustituida por la caja narcótica.

“En todos los lugares del mundo uno encuentra la misma mala película, las mismas máquinas traganíqueles, las mismas atrocidades de plástico o aluminio, la misma deformación del lenguaje por la propaganda, etc. Parece como si la humanidad, al enfocar en masse una cultura de consumo básico, se hubiera detenido también en masse en un nivel subcultural”, dice Paul Ricoeur en su ensayo de 1961 “Civilización universal y culturas nacionales”, posteriormente recogido en Historia y verdad (1965)[23], dibujando un panorama que no es ajeno ni lejano, aunque parezca refugiarse, ante todo, en los dispositivos televisivos. Nuestra propia realidad está tan lejos que podemos tocarla con la mano en las pantallas táctiles.

De ahí se desprendería, entonces, una forma de retraso mental adquirido, como si la conciencia se limitara a funcionar como una tarjeta de crédito ante las ofertas del consumo básico. El anticuado tintineo de las monedas es, sin embargo, preservado en las modalidades sonoras de la maquinaria virtual, atenta a confirmar todas las transacciones con un toque aprobatorio o no. Si bien se ha fragmentado en tanto que altar familiar, la televisión ha visto su potencial hipnótico propagarse y diversificarse, pasando de lo propiamente estupefaciente a lo puramente alucinógeno, generando respuestas emotivas específicas a problemáticas del todo imaginarias, difundiendo el pánico, la cólera o la prudencia según convenga y certificando, mediante la repetición, a nivel perceptual y mental, toda suerte de fantasmagorías psicotrópicas, que vale decir que modifican, “dan vueltas” a la psiquis.

Esto no implica en absoluto que la T.V. —y los mecanismos televisivos en general— llegue a ser considerada realmente una droga y como tal tratada; aun cuando en ocasiones se la llame de esa manera, peyorativamente, se la compare a un nuevo “opio de los pueblos”, aunque en estados de exasperación moral haya sido considerada un “veneno para la juventud”; en fin, a pesar de estar totalmente basada en mecanismos de interacción adictiva, la televisión es un arquetipo del sentido común, es un bien social tan bien protegido por el consenso que ni siquiera precisa defensa, mucho menos explicación. Es lo más parecido a nuestra zarza ardiente.

Acude Baudrillard, en “El éxtasis de la comunicación”:

“... si la paranoia era la patología de la organización, de la estructuración de un mundo rígido y celoso, entonces, con la comunicación y la información, con la promiscuidad inmanente a todas las redes, con sus conexiones continuas, ahora nos encontramos con una nueva forma de esquizofrenia.[24]”

Esta disfunción, o hiperfuncionamiento, que Baudrillard caracteriza como “demasiada proximidad a todo”, cuya perspectiva Google Earth percibe el movimiento de la vida al estilo Animal Planet, promueve un escenario en el cual toda intimidad es vuelta al revés como un bolsillo vacío, hasta lograr que la última de las bacterias “asesinas” se convierta en figura mediática durante cinco segundos e, incluso, llegue a hacerse viral.

Precisaría que, en este y otros casos, “comunicación”, e incluso “información”, pueden leerse como “eufemismo de comercio”, tal como lo ha visto Susan Sontag; la incomunicación del individuo hipercomunicante parece ser una de las líneas dramáticas más recurrentes en el escenario que va de la modernidad “clásica”, a través del intervalo llamado postmodernidad, hasta este instante anónimo de decadencia que, festivamente, se conoce como Nuevo Milenio: se puede seguir “esperando a Godot”, con teléfonos móviles y antenas satelitales.

Ya antes de la aparición de Google, GPS y otros mecanismos de “orientación”, el espíritu moderno operaba en la contradicción, que puede ser angustiosa, de extender y subdividir el mapa, al mismo tiempo que se avizora una realidad que está siempre más allá: en otras palabras, el mapa ha sido siempre “realidad virtual”. La llamada “vanguardia” —estética, científica, por no hablar de la vanguardia política— ha procedido, al decir de Jürgen Habermas, como “invasora de un territorio desconocido, exponiéndose a los peligros de encuentros súbitos y desconcertantes”, actuando según imperativos “que encuentran un centro común en una conciencia cambiada del tiempo”, aventuras que se conforman a partir del “culto de lo nuevo” y la “exaltación del presente” en tanto que “momento de revelación”[25].

En su alocución “La modernidad, un proyecto incompleto” (publicada anteriormente con el título, más cruento, de “Modernidad contra postmodernidad”), Jürgen Habermas describe un organismo llamado “modernidad” que

“...se rebela contra las funciones normalizadoras de la tradición; la modernidad vive de la experiencia de rebelarse contra todo cuanto es normativo. Esta revuelta es una forma de neutralizar las pautas de la moralidad y la utilidad”.

En esta historia contada por Habermas, Baudelaire, uno de los pioneros del consumo investigativo en el ciclo moderno, ocupa un lugar singular, ya que en su obra “el espíritu y la disciplina de la modernidad estética asumieron claros contornos”. De ahí la repulsa que esa obra puede despertar en un investigador preventivo como Antonio Gil Carballo para quien, recordemos, el poeta francés (así como sus colegas Coleridge, Poe y De Quincey) llega a ser un mero propagandista del consumo ilegal; ilegalidad, ante todo, moral, puesto que Baudelaire probablemente podría haber adquirido su material psicotrópico, como muchos contemporáneos de Gil Carballo, en la farmacia de la esquina.

Este subversivo cuento de hadas (las hadas serían las sustancias) tendría, pues, su comienzo en el llamado de William Blake a abrir “las puertas de la percepción” para conocerse y conocer la sustancia infinita y universal de lo humano, llamado que encuentra su respuesta “científica” en The Doors of Perception de Aldous Huxley y alcanza reverberación musical en una banda de rock liderada por otro consumidor investigativo: The Doors.

Del estudio de Huxley a la controvertida muerte de Jim Morrison, se puede trazar el mapa de una época caracterizada no solo por el exceso, la revuelta extravagante, la moda contestataria sino, sobre todo, por una razonada y multiforme desobediencia civil que no se encierra en lo “político”, sino que se despliega en el pensamiento y el arte propios de una “contracultura”. Es, justamente, como colofón reaccionario a dicho proceso, que Richard Nixon inaugura la “guerra contra las drogas” a inicios de los 70, concediendo al “drug-abuse” la categoría de “America’s public enemy number one”.

Si bien al inicio Nixon dedica dos tercios de su presupuesto contra las drogas a “tratar” a las víctimas de ese abuso y a “alertar” a los consumidores potenciales, mostrando incluso, ante las cámaras, un asomo de comprensión (“Uno no se entrega a las drogas a menos que no pueda hallar satisfacción de ninguna otra manera”), los imperativos de la carrera política le hacen adoptar una actitud cada vez menos compasiva. La frase de los Rolling Stones, “I can get no satisfaction”, adquiere, en la era Nixon, un sinnúmero de connotaciones: el presidente insatisfecho con la perspectiva benefactorista, pretende satisfacer a sus electores con “mano dura” y, al mismo tiempo que se presenta como protector de la comunidad, le declara la guerra, literalmente, “con todas las de la ley”. El complejo (dicho aquí en sentido clínico) militar-industrial, o legislativo-represivo, no podía estar más satisfecho.

En la misma línea de acción, declarará años después Ronald Reagan:

“El pueblo norteamericano quiere que seamos severos y que tomemos la ofensiva y esa es, exactamente, nuestra intención”.

Y luego Bush Sr.:

“Ser más duros en las sentencias, fortalecer las fuerzas policiales y construir nuevos espacios para 24.000 presos más”.

Y así hasta hoy: 2 millones y 700.000 niños tienen al menos a uno de sus padres en la cárcel, buena parte de ellos por delitos no violentos relacionados con las drogas. Estos niños son las primeras y más sensibles bajas de la guerra y, siguiendo un patrón social establecido, que podría llamarse “karma colectivo”, muchos de ellos ocuparán el lugar de sus padres en la prisión. Tras haber empleado un trillón de dólares y realizado más de 45 millones de arrestos, la guerra, digamos que pírrica, ha sido un fracaso total en cuanto a sus supuestos objetivos de detener el consumo (reducir la demanda) y frenar el tráfico (erradicar la oferta); podría decirse que, desde esta perspectiva, ha sido la más anticapitalista de las guerras libradas por el capitalismo. Hay, sin embargo, otro punto de vista.

La función de esta guerra, de este “ruido” continuo, sería la de generar el perpetuo estado de sitio del que habla Kafka, convertir la realidad en un campo de entrenamiento para el complejo militar-industrial-legislativo (tal es la forma original de la frase del general Eisenhower, quien luego suprimió el aspecto “legislativo” para no herir la sensibilidad de sus colegas de nomenclatura), comprimir a la comunidad en una red de vigilancia y castigo que involucre por igual a científicos y juristas, policías y periodistas, y cuya arma más formidable y destructiva no son las tropas de asalto, sino la sentencia mínima obligatoria.

Eliminar las drogas, con su potencial “hedonista” (e investigativo) inservible a la máquina disciplinaria de trabajo y consumo, suprimir su “demanda” popular y, digámoslo de una vez, su cultura, implicaría modificar radicalmente el funcionamiento del cerebro humano, militarizar las operaciones mentales con otras drogas de consumo obligatorio: tal es el sentido que se desprende de la noticia, neutral en apariencia, relativa a las pruebas de laboratorio destinadas a elaborar sustancias capaces de suprimir, no solo la adicción, sino incluso el deseo de acceder a un “estado alterado” de conciencia. Las drogas quedarían, pues, reservadas a una élite de ejecutivos, científicos y otros investigadores preventivos que harían uso de ellas para potenciar (al estilo del aun imaginario NZT2) su actividad intelectual al servicio del sistema del provecho.

Admito que este punto de vista parece tener, a simple vista, el sabor a paranoia de una conspiracy theory más. Sin embargo, ya mucho antes de la declaración de guerra de Nixon, las drogas sirvieron como pretexto para la discriminación, separando a unos grupos sociales de otros (negros de blancos, inmigrantes de autóctonos, conservadores de progresistas, obreros de intelectuales, clases bajas de clases altas, etc.) y preparando el tejido social para ulteriores fases de control y militarización, en una operación de “divide y vencerás” basada en la ilusión deliberada de que “unos consumen y otros no”, “estos consumen esto y aquellos consumen aquello”, negando la insuperable, e imprevisible, heterogeneidad de la experiencia humana ante las drogas y, en general, ante cualquier otra instancia de conocimiento, placer o compensación.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Paul Ricoeur, Jean Baudrillard, Jürgen Habermas y Edward Said

Es, justamente, en ese panorama fragmentado (cuyo hechizo mayor es el de ofrecerse como unitario, a manera de estado, nación o “identidad nacional”) que las herramientas culturales reclaman una apreciación singular, no genérica. Cuando, en la era Reagan, Edward Said afirma que las prácticas culturales al uso han desembocado en una condición “cuyo beneficiario y culminación es el reaganismo”, da cuenta de una fractura en el organismo social cuyo resultado final parece ser una suerte de esquizofrenia regulada.

En su ensayo “Antagonistas, seguidores, públicos y comunidad”[26], Said declara que “la cultura trabaja con mucha eficacia para hacer invisible e incluso ‘imposible’ las verdaderas afiliaciones que existen entre el mundo de las ideas y la intelectualidad, por un lado, y el mundo de la política bruta, del poder empresarial y estatal y la fuerza militar por el otro”. En tanto que intelectual moderno, o postmoderno, Said debe admitir que “el culto de la pericia y el profesionalismo, por ejemplo, han restringido […] nuestro panorama de visión” y que “las nuevas críticas sitiadas, rodeadas por la cultura de masas” son incapaces de ofrecer alternativas no conformistas en un espacio humano en el cual consumo y entretenimiento son, a la vez, paliativo y legitimación del estado policial.

En la nueva Edad Media que ha sucedido a la efervescente sensación de dinamismo cultural encarnada por la “postmodernidad”, conviene, en ajuste al tema, reexaminar la idea de un “opio de los pueblos”, pero también de un “opio de los intelectuales”, en tanto que ramificación de un orden general de hipnosis-histeria sin transición reflexiva; una manifestación de dicho orden es el ciclo, hipnótico en sí mismo, de conservadurismo-rebelión o “tradición-ruptura”.

Refiriéndose al Daniel Bell de Las contradicciones culturales del capitalismo, Habermas nos habla del “desarrollo y expresión ilimitados de la personalidad propia, la exigencia de una auténtica experiencia personal y el subjetivismo de una sensibilidad hiperestimulada (el subrayado es mío)”, como elementos típicos de una individualidad “moderna” en perenne interacción antagónica con un medio restrictivo; estos elementos serán, a su vez, percibidos por ese medio como “motivos hedonísticos irreconciliables con la disciplina de la vida profesional en sociedad”.

Según Habermas, la propuesta neoconservadora es generar normas “que limiten el libertinaje, restablezcan la ética de la disciplina y el trabajo”, evitando revelar “las causas económicas y sociales de las actitudes alteradas hacia el trabajo, el consumo, el éxito y el ocio”. Es obvio que tal toma de posición respecto a las “actitudes alteradas” ni es nueva ni está, en realidad, circunscrita a una expresión de la actividad humana, sea esta la sexualidad, el arte o el consumo de drogas, por mencionar las más conspicuas. Sin ir más lejos, el propio Habermas adopta una actitud defensiva al describir el conjunto de tácticas postmodernas como “programas extravagantes que han intentado negar la modernidad”.

Romper el ciclo hipnótico de “ruptura y tradición” es, desde luego, una soberbia tentación teórica (dicho sea con toda ambivalencia) y es, de seguro, una de las motivaciones claves en algunos de esos “programas extravagantes” que (como la de-construcción de los discursos hegemónicos, la re-localización de los saberes o las “micrologías”) parecen ser, ahora mismo, reminiscencias jergales de un Arca que nunca se encontró con su diluvio. No obstante, el valor táctico de esos descubrimientos supera aún su valor museable. Interferir en el ciclo sigue siendo una opción (al menos al nivel de la escritura y el análisis ideológico) más estimulante que perpetuarlo con alguna resonante “victoria política” que contribuya a relegar, de nuevo, el valor práctico que la teoría sostiene ante la decadencia de toda práctica.

En un momento en el cual las “autoridades” (sean militares, científicas o culturales) funcionan como entes divinizados, capaces de pensar y actuar no con (a menudo ni siquiera para), sino por los demás, operadores sacerdotales en una red de intermediarios que ejerce la suspicacia ante cualquier autonomía que no sea la propia, conviene, en fin, para desafiar el principio de una inmunidad no compartida sino escanciada a modo de mercancía,  oponer al encantamiento político de la homogeneidad (que la moda de la “diferencia” ha venido solo a reforzar) el mandato biológico de la heterogeneidad; al mito de la política como fuente única y ultima de “realidad” para quienes “tienen los pies sobre la tierra”, superponer una visión desinteresada y, dígase, poética de lo “real” afín a unos seres que,  sencillamente, “pasan sobre la tierra”; y proyectar sobre el vicio de “tomar partido” el hábito de la observación para comprender que rechazar o aceptar ideas es menos apasionante y, en definitiva, mucho menos humano que prestarles atención ilimitada, en espacio y tiempo.

No para propagar ‘paraísos artificiales’ se escribe, sino para subrayar la visión de una perenne “expulsión del edén” que es el sustento de cualquier investigación de lo que ahora es, de lo que ahora nos sucede.

 

 

Interferir en una sentencia

La siguiente petición de sentencia, “a la sala especial de lo penal del Tribunal Provincial” de la Habana, está dirigida a castigar un delito de “PRODUCCIÓN, VENTA, DEMANDA, TRÁFICO, DISTRIBUCIÓN, Y TENENCIA ILÍCITOS DE DROGAS, ESTUPEFACIENTES, SUSTANCIAS PSICOTRÓPICAS Y OTRAS DE EFECTOS SIMILARES” en unos acusados que están ya “asegurados con la medida cautelar de PRISIÓN PROVISIONAL”.

Los nombres de los acusados aparecen también en mayúsculas.

Ellos plantaron “semillas de marihuana” en “tierra contenida en masetas [sic] plásticas y de cerámica”; procedieron al cultivo del “enervante”, “con el fin de obtener picadura” destinada “al consumo propio”.

Uno de los acusados “tomó picadura vegetal”, “se dirigió a la vía pública” y “fue identificado por el agente del orden” que “le ocupó el enervante referido”. Los nombres de los agentes, en minúsculas.

“Como parte del proceso investigativo”, se efectuó un “registro domiciliario” que arrojó, entre otros, los siguientes elementos: “siete masetas de tierra”, “tres plantas de marihuana (con medidas aproximadas de 1.10 metros de altura, 1.00 metro y 10 cm respectivamente)”, “semillas de marihuana”, boquilla “con rastros de combustión”, “cuatro revistas”, papeles para cigarrillos, cachimbas, “un libro [sic] de Obras Completas de José Martí”, etc.

“En la picadura, las plantas, las semillas y la orina de los acusados se detectó la presencia del principio activo Δ9-Tetrahidrocannabinol”.

Se hace referencia en el texto a las listas I y IV de la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes y a la lista I del Convenio sobre Sustancias Psicotrópicas de 1971, que incluyen al cannabis y de los cuales la república de Cuba es signataria.

Las macetas, la tierra y las “revistas descritas” fueron incineradas.

A pesar de no existir antecedentes penales, de que el acusado “no se manifiesta de manera problemática” y la acusada “mantiene una adecuada conducta social y moral”, y aunque ambos tengan “buenas relaciones con los vecinos del lugar” y nunca hayan sido investigados previamente “por órganos policiales”, se proponen sentencias de 5 y 4 años de “privación de libertad” al hombre y a la mujer, respectivamente.

Se concluye que “el consumo de la marihuana” puede provocar “sensación de incremento en la percepción visual y auditiva, de orientación, despersonalización, paranoia, y en algunos casos psicosis tóxicas en las que aparecen alucinaciones, delirios graves y reacciones de pánico”; así como “síndrome amotivacional, caracterizado por apatía, pasividad, indiferencia o irritabilidad, dificultad para mantener la atención y fatiga” e, incluso, “cierta tolerancia que lleva a la dependencia psíquica”.

 

***

La etimología (Garzanti) de interferir, remite al latín inter, "entre", ferire, "herir", "golpear". Es decir, herirse entre sí, o también herir, golpear “entre” dos elementos o espacios. Se habla de ondas luminosas o sonoras que “dan lugar” a interferencia; figurativo, entrometerse, sobre– o anteponerse, “dicho de personas o ideas, intereses, competencias”: “interferir en los asuntos ajenos”. Procedamos según la sugerencia de Agamben, “en cuanto una obra parece concentrarse más en los problemas filológicos y lingüísticos, tanto más denso puede ser su contenido de verdad. Acaso es precisamente aquí donde el crítico no debe temer el riesgo del pensamiento, ni el comentador el de aparecer como filosofastro”[27].

Ante todo, “especial” proviene del latín specialis, "de la especie". Por tanto, la petición de sentencia, sentencia ella misma, va dirigida a un tribunal “de la especie” provincial habanera; la presentación del delito, o delitos, en mayúsculas, conforma un bloque defensivo ante cualquier eventual intervención. Conviene separar los trazos, escandir el discurso.

Producción no es lo mismo que venta, ni venta lo mismo que demanda, ni demanda lo mismo que tráfico; ahora bien, aunque el tráfico pueda verse como forma de distribución, no son sinónimos, no lo son tampoco tráfico y tenencia (ilícita o no) de drogas.

El bloque, por su propia construcción, se hace ajeno a la “especie” del caso. Si bien pesa sobre este como lo que es: un bloque, ya que en él está contenida la sentencia mínima obligatoria; por eso decimos que en la petición está ya inscrita la sentencia.

Los acusados, de todos modos, están “asegurados” en la “prisión provisional”; solo en el pensamiento legal es posible concebir días, semanas, meses pasados en prisión de modo “provisional”. El hecho de que estos acusados hayan sido perentoriamente “asegurados” denota la peligrosidad extrema adjudicada al delito en cuestión, que ni siquiera permite fianza, así como la eficiencia del mecanismo cautelar que interpreta, de manera automática, sus funciones protectoras respecto al “pueblo soberano” al que haya amenazado por delito semejante. Ya veremos, al desgranar los componentes jurídicos, dígase científicos, que evalúan este delito, que se trata, en todo caso, de una cuestión de salud mental y no de conducta criminal. Si bien la ley se reserva el derecho último e indiscutible de determinar qué es o no, y en cuál medida, nocivo para la sociedad de los individuos.

De lo en realidad sucedido sabemos que estas personas cultivaron y consumieron cannabis sativa en su domicilio; que se ocuparon plantas, semillas, picadura de esa “especie”, así como un libro de José Martí y cuatro revistas, que fueron incineradas (sin que jamás se llegue a saber qué relevancia tuvieron el libro y las revistas en el caso en cuestión), y otros elementos característicos del tema.

Tras “acreditar” la planta de cannabis como fuente de “peligro psicológico”, apelar a la autoridad de convenios internacionales, pre-sentenciar a los cultivadores-consumidores, el discurso está listo para el bloque final: los males causados por el “monstruo inmisericorde”, o, si la lectora o el lector lo prefieren, la “fantástica sacerdotisa de la tierra”. Toca descomponer el bloque en palabras, frases, unidades de sentido, según su potencial negativo, positivo o neutro; la primera dificultad que emana del bloque es determinar si “la sensación de incremento en la percepción visual, auditiva, de orientación” puede evaluarse, sin más, como factor o síntoma negativo.

¿Podemos juzgar como un “mal” transferible a escala social el hecho de que un individuo experimente un incremento de la percepción? No; una honesta aplicación de la casuística nos obligaría a intentar descubrir para quién este incremento, ya se trate de una mera “sensación” o de una transformación “real”, puede ser nocivo, para quién beneficioso y para quién, incluso, indiferente.

Hay que abrir aquí un paréntesis de índole pragmática: en una sociedad competitiva, todas lo son, puede que ciertos individuos se muestren interesados en incrementar su percepción con el fin de alcanzar sus objetivos, sean los que fueren; no es raro, pues, que, siguiendo el instinto de la competición, quieran excluir a otros de esta experiencia, juzgándolos no preparados para ella o sencillamente indignos de la misma. La escala de las prohibiciones suele dejar intervalos a aquellos para quienes nada está prohibido, pues controlan el órgano de la prohibición; estudiar estos intervalos puede ser útil para quienes viven bajo prohibiciones erigidas por quienes pueden acogerse a ellas de modo opcional y, según convenga, aprueban hoy lo que prohibían ayer y mañana prohibirán lo que hoy aceptan.

No puedo menos que considerar la “sensación de incremento de la percepción” como un elemento, en sí mismo, positivo, de la “despersonalización” de la que ya hemos hablado; es arduo persuadirse de que pueda ser un delito fuente necesaria de él. Podría tratarse de un síntoma, o un estado de ánimo “alterado”, pero sus ramificaciones jurídicas, y por tanto penales, son, cuando menos, imprecisas.

Es curioso, sin embargo, notar que una ley que juzga y condena “en bloque”, incurrirá inevitablemente en un acto de “despersonalización” sin que por ello los legisladores se apresuren a modificarla, mucho menos a derogarla. Lo considero un elemento neutro, hasta que pueda demostrarse lo contrario.

La paranoia, otros delirios y reacciones (que tal vez podemos llamar “secundarias”, como se prescribe en los psicotrópicos industriales de consumo legal, con frecuencia más adictivos que el cannabis) son fenómenos psíquicos que requieren, también, de análisis casuístico, tal como sucedería prácticamente con el consumo de cualquier sustancia, del alcohol a la aspirina, por no hablar de la mantequilla de maní, el chocolate o los mariscos.

Podemos evaluar estos efectos como negativos solo cuando aparecen en la realidad; no podemos juzgarlos si no aparecen, porque no existen ni puede darse por sentada su existencia solo porque aparezcan registrados en un elenco al estilo de los prospectos farmacéuticos.

Y he aquí que de nuevo nos topamos con el “síndrome amotivacional”, joya de la colaboración científico-policial. “Caracterizado por apatía, pasividad, indiferencia o irritabilidad, dificultad para mantener la atención y fatiga”, este síndrome sería, sin dudas, “peligroso” para el funcionamiento de una sociedad que consume trabajo y trabaja para consumir, en un marco de vigilancia y entretenimiento, coerción y compensación. No obstante, solo Orwell podría imaginar una sociedad en la cual se persiga y encarcele a todos aquellos que padezcan de “síndrome amotivacional”, puesto que es la sociedad misma quien lo genera.

Asimismo, se trata de un elemento digno de estudio sicológico y no de persecución y encarcelamiento.

Al igual que otros eventos que ponen en tensión el vínculo entre libre albedrío y norma social (tales como la homosexualidad, la magia, o el simple fenómeno, a la vez complejo en extremo, de la “otredad”), el consumo de drogas ha pasado, históricamente y hasta hoy en día, por un filtro interpretativo compuesto de tres elementos: perversión, enfermedad y delito. No hay que presumir que ese tránsito conlleve, necesariamente, gracias a una providencial operación dialéctica, la “normalización”. Se sabe que esta triada puede funcionar de manera autónoma y automática según las circunstancias o independientemente de ellas.

Las regulaciones respecto a las “anomalías”, sean estas sexuales, religiosas o perceptuales, aunque usen y abusen del discurso científico, no son científicas sino más bien precientíficas. Pueden obedecer, incluso, a factores más instintivos que propiamente racionales. ¿Es acaso racional que un homosexual, digamos Oscar Wilde, sea llevado a prisión por ejercer su preferencia? Ciertamente, en la Inglaterra de hoy el poeta irlandés no correría semejante riesgo; sin embargo, en algunas de las antiguas colonias en las que impera aún el espasmo civilizatorio la homosexualidad es tratada como delito. Un Oscar Wilde keniano, por ejemplo, podría pasar hasta 14 años en prisión y lo mismo ocurriría si le tocara vivir en otros 34 países africanos, por no hablar de países “árabes” o asiáticos, muchos de ellos excolonias o protectorados del imperio británico.

Un proceso similar, que desafía todo análisis (que pueda llamarse tal y corra “el riesgo del pensamiento”) y recae en lo atávico, se da en la interpretación, persecución y condena del consumo de drogas. Puede decirse que, en realidad, es uno y el mismo proceso, ese que hemos llamado “el hábito del prejuicio y la adicción a manipular la realidad”. Se trata de un proceso tan arraigado que pasa por “normal”, tanto que llega a convertirse en una forma de “dependencia psíquica”.

 

 

 

IV

 

lo natural es siempre sin error

Dante, Divina Comedia, Purgatorio, XVII, 94.


 

30 de marzo

 

Recibo de mi amiga Idalia Morejón, desde Sao Paulo, tres libros pertinentes para esta investigación: Las cartas de la ayahuasca[28] y Yonqui[29], de William Burroughs, y Confesiones de un opiómano inglés[30], de Thomas De Quincey. Como diría William Wantling (cuyos haikus me fueran enviados por la misma contribuyente): Party time!

El primero, en inglés The Yage Letters, presenta la correspondencia entre Burroughs y Allen Ginsberg sobre la búsqueda de la planta conocida como ayahuasca, su preparación, consumo y efectos. Ameno, en la áspera y a veces lúcida labia de Burroughs, se deja leer en un par de horas. Sus 107 páginas describen el milagroso equilibrismo psíquico y emocional de Burroughs (la contribución de Ginsberg es mucho menor, en términos de páginas) en medio de una simpática debacle en que lo personal y lo social se amalgaman como en un “viaje” de drogas. Es un libro “de viajes”, en ambos sentidos de la frase.

Burroughs se desplaza de Panamá a Colombia, pasando por Ecuador, Perú, de vuelta a Colombia... sin perder el sentido del humor, la mala leche de sus observaciones acerca del entorno ni esa sobrenatural e incómoda (ante todo para él mismo) superioridad del estadounidense en tierra de paganos que ha alimentado el pensamiento nacional desde Un yanqui de Connecticut en la corte del Rey Arturo hasta el más reciente guion de Hollywood.

Burroughs se las ingenia para estar siempre under the influence de alguna sustancia, en vías de estarlo, o sobreviviendo algún tipo de resaca; nada humano le es ajeno: alcohol, opio, morfina, marihuana, cocaína van macerando su cuerpo y su espíritu en la búsqueda del Santo Grial que llaman ayahuasca o yahé.

La primera carta (15 de enero, 1953) lo describe en Ciudad Panamá, adonde ha ido a someterse a cirugía (“me pareció que no procedía volver a instalarme entre los indios con almorranas”), mientras explora el mercado local que encuentra limitado: “Panamá era una ciudad p.g. Podías comprar ciento catorce gramos en cualquier farmacia. Ahora los boticarios andan nerviosos...”; p.g. abrevia “paregórico”, “an alcoholic preparation of opium and camphor used esp. to relieve pain”, según el Webster 2005, el único diccionario ahora a mi alcance para explicar el término.

Ninguna limitación, sin embargo, inmanente o inminente desanima a William Burroughs; más bien esa atmósfera en que se mezclan la paranoia y el desparpajo le generan una cierta nostalgia por “la época de la Prohibición” en los Estados Unidos, “mis tiempos de adolescente, y el sabor de los combinados de ginebra en verano, en el Medio Oeste”.

El autor considera que el estancamiento reinante en Sudamérica (muestra genuino pavor ante el estancamiento, interno o externo, que llama “estasis”) se debe, en buena medida, al elemento hispánico; sobre todo, en las autoridades. “Debe [de] haber una onda cerebral especial, de baja frecuencia, entre los funcionarios”, observa en Panamá; en Cali nota que los jóvenes policías “parecen los desechos resultantes de la radiación”; un sacerdote en Popayán le parece “un empresario sin la motivación de la avaricia”, y la iglesia, en general, fuente de “un rancio hedor de putrefacción espiritual”; en Bogotá, “más que en cualquier otra ciudad que haya visto en Latinoamérica, sientes el peso muerto de España, sombrío y opresivo. Todo lo oficial lleva el sello ‘Made in Spain’.”

Sin embargo, no es esto lo peor que pudo haberle pasado a la región, los ingleses, por ejemplo, “hubieran creado esa atrocidad conocida como el País del Hombre Blanco”. Es decir, los Estados Unidos, donde es imposible “ser maricón y drogadicto y seguir manteniendo tu posición”, donde “te tienes que convertir en marginal o vivir en un estado de abulia insensibilizada”. Burroughs sabe de lo que habla, y es, para colmo, un intelectual: “que nadie se equivoque: todos los intelectuales son marginales en los Estados Unidos”.

En la universidad de Bogotá encuentra a un doctor Schindler, “relacionado con la Comisión de Agricultura de los Estados Unidos”. Este le deja ver “una muestra seca de ayahuasca, que tenía pinta de ser una planta muy poco distinguida”. Schindler le comunica haberla tomado, haber visto colores sin haber tenido “visiones” y, en cuanto a las propiedades telepáticas de la planta, le asegura que “son todo imaginaciones”. Siguiendo sus recomendaciones, William Burroughs parte hacia el Putumayo.

Su odisea está condicionada “por ese promiscuo aprecio por los norteamericanos” que ejerce un cierto espécimen proliferante a quien nombra “Señor Especialista de la Localidad”, alguien capacitado para decir “Hello Joe”, “Okei” o “Fucky fucky”. No pocas veces se ve varado en pueblos donde “nadie sabe nunca nada de la selva”; no parece que Burroughs esté especialmente interesado en la selva, compraría con gusto la ayahuasca donde mismo adquiere el “paregórico”. Esto hace su perseverancia aún más admirable.

En Pasto encuentra a un vinatero alemán conocido de Schindler que afirma haber enviado muestras de ayahuasca a Berlín (“me dijeron que el efecto es idéntico al del hachís”); en Puerto Limón, finalmente, “localicé a un indio inteligente y en cuestión de diez minutos ya tenía una planta de ayahuasca”. El indio inteligente lo conduce a un chamán, “viejo farsante borracho”, quien prepara para Burroughs “medio litro de infusión en agua fría”. Dice no notar efecto alguno, aunque a la noche tiene “un sueño de vivos colores, en el que vi el verde de la selva y el rojo de la puesta de sol”; también se pierde en una ciudad “mezcla de New York, Ciudad de México y Lima” y concluye,

“No sé si mis sueños tuvieron algo que ver con la ayahuasca. Pero dicen que cuando tomas ayahuasca ves una ciudad.”

 

Me pregunto si a los habitantes de la selva les sucede lo mismo. En todo caso, el viajero pasa “un día en la jungla con un guía indio” en busca de yoka, planta estimulante; la toma, aprecia “un agradable acelerón, parecido al de la benzedrina”, camina alegremente por la jungla durante cuatro horas “y habría podido caminar otras cuatro”.

“La selva del alto Amazonas”, declara el escritor, “tiene menos características desagradables que los bosques del Medio Oeste norteamericano en verano”; viniendo de Burroughs, podemos considerar esta una inspirada alabanza a la selva amazónica.

El 15 de abril escribe a Allen Ginsberg:

“Querido Al:

De nuevo en Bogotá. Tengo una caja llena de ayahuasca”.

Ha pasado casi dos meses en la selva, ha tomado ayahuasca repetidas veces y sabe “más o menos cómo se prepara”. Ha encontrado un chamán que tenía “el aire de astuta docilidad de un viejo yonqui” (faltan aún veinte años para la aparición de Don Juan Matus, el chamán postmoderno); puede describir detalladamente la preparación del brebaje, según el método del Vaupés o el del Putumayo; aprovecha para “someter a prueba el mito de la contaminación femenina de una vez por todas, con siete criaturas del otro sexo pegadas a mi espalda, metiendo palos en el brebaje, tocando la ayahuasca y riéndose”. Esa noche, nota que el efecto es “similar al de la marihuana”. Es decir, “[v]ívidas imágenes mentales, efectos afrodisíacos, tonterías y risitas”.

En sus andanzas, por cierto, encuentra a un comandante de la fuerza aérea, quien, informado por Schindler de que Burroughs “había escrito un libro sobre la ‘marijuana’”, le comenta que esta planta “provoca una degeneración del sistema nervioso”. Burroughs le aconseja que tome vitamina B1.
 

En sus averiguaciones “de campo”, encuentra que la ayahuasca es común a “blancos” e “indios” y que con frecuencia se la encuentra en los jardines. De vuelta a Bogotá, intenta, sin resultados “concluyentes”, extraer los alcaloides de la planta; nota “efectos afrodisíacos” y somnolencia, “mientras que la bebida preparada con la planta fresca es estimulante, y en dosis excesivas se convierte en veneno convulsivo”.

En mayo, se encuentra en Lima, donde escribe una “farsa” titulada “Roosevelt tras la toma de posesión”[31], mientras se recupera de “neuritis de pisco (el pisco es una bebida local. Parece ser que es veneno)”. El 10 de julio, y desde la misma ciudad, escribe a su amigo: “Anoche tomé lo último que me quedaba del preparado de ayahuasca”; tras observar que “la ayahuasca es un viaje en el espacio y el tiempo”, describe su transmigración y su estancia en la que llama “la Ciudad Compuesta donde todos los potenciales humanos se exhiben en un inmenso mercado silencioso”. Si la noción de que quien toma ayahuasca sueña con una ciudad precisaba de evidencia escrita, el texto de Burroughs presta ese servicio, más allá o más acá de su excelencia literaria.

La visión no difiere, en realidad, de la farsa acerca de Roosevelt en la que el presidente funge de dictador caótico avezado en toda suerte de malévolos disparates, tales como los concursos de Actividades Reprobables y Tretas Sucias y la Semana de Denuncia del Mejor Amigo (cualquier coincidencia con la actual situación, podríamos achacarla a los efectos del pisco); tampoco se distancia mucho de sus experiencias en los antros de Lima y, en general, de Sudamérica, que ha vivido “como una película que se acelera hasta hundirse en una pesadilla de desintegración mecánica y cambio desprovisto de sentido”. Al concluir la carta, se llega a “un lugar donde el pasado conocido y el futuro emergente se funden con un vibrante zumbido sin sonido. Entidades larvarias esperando un ser vivo”.

Esta espera dolorosa se distancia en Burroughs del mero hábito de la droga “que ofrece una precaria serenidad vegetal”; suya es una urgencia que lo lleva incluso a invocar a “un nuevo Bolívar que termine el trabajo de verdad”, zanjar lo que llama “la división fundamental entre el potencial sudamericano y los españoles temerosos de la vida”. Podemos sustituir los gentilicios, incluso eliminarlos: lo que distingue a Burroughs, y lo que él intenta distinguir, es ese horizonte, desprovisto de miedo, donde es posible contemplar cada una de nuestras acciones como “sencillamente una posibilidad humana más”. Sin escándalo. 

William Burroughs

Siete años después, es Ginsberg quien escribe a Burroughs desde Perú. Si se quiere, la ayahuasca version de Ginsberg es más previsible, al menos a posteriori. Aquí aparecen “el Gran Ser, o una especie de sensación de Ello, que se me aproximaba como una gran vagina mojada”, “un gran agujero negro como de Nariz de Dios a través del cual me asomé a un misterio” y otras visiones de cosmos estallando y serpientes de colores a las cuales la imaginería de época, llámese beatnik o hippie, ha llegado a acostumbrarnos. Tampoco Ginsberg es reacio a una cierta inclinación místico-religiosa que, me temo, a Burroughs le habría provocado quizás más náuseas que la propia ayahuasca.

No obstante, al igual que su amigo, Allen Ginsberg es concienzudo en el consumo investigativo y sus descripciones, sin omitir siquiera el miedo ante un “Universo Alterado” ni la nostalgia de una “conciencia normal”. Su misiva incluye dos dibujos y un largo poema estilo Whitman 1960. A vuelta de correos, Burroughs intenta devolverle la ecuanimidad:

“Querido Allen:

No hay nada que temer. Vaya adelante. Mira. Escucha. Oye. ¿Que tu conciencia de AYAHUASCA es más válida que la ‘Conciencia Normal’? ¿La ‘Conciencia Normal’ de quién? ¿Por qué volver a eso?”

Y adjunta un sermón vanguardista dedicado a Hassan Sabbah, el Viejo de la Montaña.

Cierran el volumen una carta de Ginsberg firmada en San Francisco, 1963, dedicada “A quien corresponda”, en la cual resume su “trance de ayahuasca” como “profecía de transfiguración de la conciencia del yo de sensación mental sin hogar del pavor eterno en cuerpo encarnado”. Aleluya. Además, un texto de Burroughs, “¿Me estoy muriendo, Míster?” (I am dying, Meester?), souvenir de sus días en Panamá. “Postal muerta aguardando un lugar olvidado”.

***

Esa misma noche, tras concluir la lectura de Las cartas de la ayahuasca, la caja narcótica y psicotrópica que llaman televisión nos ofrece Inherent Vice, filme de Paul Thomas Anderson con guion basado en una novela de Thomas Pynchon.

Se narran las aventuras estilo cine negro del detective privado Doc Sportello en su intento de resolver (porro en mano) secuestros, desapariciones, asesinatos que se van mezclando en una atmósfera ora sórdida, ora colorida, como en un viaje de William Burroughs.

La época es 1970, el lugar California, las agencias de seguridad se preparan para dar el golpe de gracia a los movimientos de derechos civiles; Martin Luther King, Bobby Kennedy, Malcolm X (entre otros) ya han sido asesinados y comienza la era Nixon: la palabra hippie empieza a adquirir un sabor más peyorativo que nunca. El detective Sportello lo sabe muy bien, pues siempre hay alguien que lo llama hippie, o doper (de dope, droga), lo cual no le impide fumar marihuana durante toda la investigación, es decir, durante todo el filme. Sportello descubre, gracias a una prostituta china, el funcionamiento de una empresa internacional, El Colmillo Dorado, que trafica heroína desde Taiwán y opera en suelo californiano como una red, tipo spiritual supermarket, de centros de desintoxicación y rehabilitación para drogadictos. Jade, tal es el nombre de la prostituta, llama esto “contaminación vertical”. Supongo que la idea es de Pynchon y supongo que, de alguna manera, está implícita en El Capital.

 

***

Las Confesiones de un opiómano inglés (Confessions of an English Opium-Eater), fueron publicadas por primera vez en 1821 en los números correspondientes a septiembre y octubre de The London Magazine, que todavía existe. “Te ofrezco, amable lector, el relato del recuerdo de una época muy particular de mi vida; confío en que, al contarlo de la manera en que lo hago, será no solo un relato interesante sino también útil e instructivo en grado considerable”. Ya que hablábamos de Marx, recordemos que cuando en 1835 David Strauss publicó su Vida de Jesús, creando cierto revuelo en la comunidad intelectual, el Moro (así llamaban a Marx en familia) intervino diciendo que de lo que se trataba era de establecer “la autoconciencia humana como la divinidad más elevada”.

Este es, en realidad, el tema secreto del libro de De Quincey. Por ello su investigación no admite culpa ni sus confesiones arrepentimiento; por ello, también, los propagandistas en contra de la droga lo han juzgado como propagandista a favor, aun cuando el autor de las Confesiones nunca incite al consumo enajenante—como sí suele hacerlo el marketing en sus variantes infinitas—, sino a la observación y el autoconocimiento.

El autor aspira no solo a prestar servicio a los consumidores como él, “una clase en verdad muy numerosa”, sino a todo aquel interesado en estudiar “los poderes de fascinación del opio” desde el punto de vista psicofisiológico, considerando que los “tratadistas médicos” abusan de una prudencia interesada.

Al efecto, redacta una relación pormenorizada y, hasta donde podemos usar la palabra, sincera de sus experiencias, sin demonizar las positivas ni excluir las que considera negativas, redondeando un documento cuyos valores literarios podrían juzgarse, incluso, independientes de la curiosidad específica por el tema en cuestión. Tanto más cuanto que De Quincey pretende actuar a la manera de un filósofo, y, nos dice De Quincey:

 “Un filósofo no puede mirar las cosas con los ojos de la pobre criatura limitada que se llama a sí misma hombre de mundo y que, tanto por nacimiento como por educación, está llena de prejuicios estrechos y egoístas; por el contrario, ha de considerarse como un ser universal que guarda la misma relación con grandes y pequeños, con gentes instruidas e ignorantes, con culpables e inocentes.”

Ya que, prosigue:

“Tan espeso es el telón de modales que oculta el trazo y expresión de las naturalezas de los hombres que, para un observador común, los dos extremos y el margen infinito de variedades se confunden; el vasto y multitudinario compás de sus diversas armonías se reduce a una exigua indicación de las diferencias expresadas en la gama o alfabeto de los sonidos elementales.”

Esta es, desde luego, una parrafada típica de un filósofo-consumidor; en ningún momento niega De Quincey que la tinta con la que escribe está tan “cargada” como la tintura, llamada láudano, que suele consumir; es más, deja bien claro, razonando in extremis, que “el verdadero protagonista de la historia y el centro legítimo en torno al cual gira el interés no es el comedor de opio sino el opio”.

En cuanto a este “alfabeto de los sonidos” y su relación con la comprensión de los comportamientos y las actividades humanas, precisemos que, para el joven De Quincey, el consumo abre las “puertas de la percepción” hacia dos ocupaciones filosóficas: el disfrute de la música en el Teatro de la Ópera, el lugar público “en que podía pasarse más agradablemente una velada” y que combina, como buen peripatético, con toda suerte de encuentros por “los poderosos laberintos de Londres”.

“La música”, nos dice De Quincey, “es un placer intelectual o sensual, de acuerdo con el temperamento de quien la escucha”. Es, por lo tanto, un error común creer que la música se manifiesta solo “por los oídos”, adoptando una actitud “meramente pasiva”. De Quincey enfatiza el papel catalizador de la mente (cuya actividad ha sido refinada por el opio) ante la “materia” que discurre por los sentidos. Tampoco es el caso de concebir ideas a partir de la música: “¿Qué idea, mi querido señor? No es el momento de tenerlas: todas las ideas que surgen en tales casos disponen del idioma de los sentimientos representativos”. Con lo cual, tal vez sin proponérselo, refuta De Quincey la “idea” de que la música es un arte abstracto.

Tras disfrutar de este comprimido de observación perceptual, intelectual y emocional, por solo cinco chelines (el precio de un asiento en galería) y algo de láudano, De Quincey echa a andar por las calles de la ciudad, “sin fijarme en la dirección ni en la distancia”, sin discriminar barrios ni tenerse al margen de la vida de sus habitantes: “como la abeja que extrae indiscriminadamente sus materiales de las rosas y del hollín de las chimeneas”, el joven pensador se funde con la ciudad, “demasiado feliz como para notar el paso del tiempo”.

Aunque De Quincey, con candidez socrática, se haya empeñado en ofrecer una versión simétrica de lo positivo y lo negativo, los deleites y dolores de la opiomanía, es obvio que no vamos a obtener un tratamiento “fifty-fifty” del tema; si bien no evade, ni mucho menos, dedicar el tercio final del libro a abundar en cuestiones relativas a la abstinencia y sus penurias, a la batalla por independizarse, “finalmente”, de su hábito, sin escatimar datos precisos con respecto a dosis y efectos que varían con el paso de los días, semanas, meses, al terminar la historia no queda claro si De Quincey quiere realmente liberarse de su hábito o si, por el contrario, la liberación, para él, está del otro lado de la abstinencia. “¡Ah, justo, sutil y poderoso opio!”

Esto no le impide deleitarnos con la pertinencia de algunas de sus conclusiones, por ejemplo: “el temible Libro del Juicio Final del que hablan las Escrituras es, en realidad, la mente de cada persona”. De Quincey, más que una víctima, es un mártir del consumo y aquellos que, en su época o la nuestra, esperaban o esperen arrepentimiento y contrición, hallaron y hallarán una suave, dulce contumacia.

 

***

Yonqui (Junky, Ace Books, Nueva York, 1953) es la historia que antecede a Las cartas de la ayahuasca. De hecho, el libro concluye con un anuncio solemne:

“Me siento dispuesto a irme al sur en busca de un colocón que abra horizontes en vez de cerrarlos, como la droga. Colocarse es ver las cosas desde un ángulo especial. Es la liberación de las exigencias de la carne temerosa, asustada, envejecida, picajosa. Tal vez encuentre en el yagé lo que he estado buscando en la heroína, la yerba y la coca. Tal vez encuentre el colocón definitivo.”

Los que ya leímos The Yage Letters tenemos derecho a pensar que, al menos en lo que respecta a William Burroughs, el único “colocón definitivo” tendría que ser una sobredosis causada por un cóctel de drogas conocidas y otras que no se han inventado aún, como el NZT2.

Burroughs deja bien claro que nadie quiere convertirse en drogadicto (“nadie se levanta una mañana y decide serlo”); sin embargo, relata que siendo muy pequeño escuchó a una sirvienta comentar que el opio provocaba dulces sueños y él, que padecía, como muchos otros niños, de pesadillas, decidió al instante: “Cuando sea mayor, fumaré opio.”

Mucho después, decidió hacerse escritor. El prólogo de Allen Ginsberg cuenta algo de ese proceso y del papel que el poeta jugara en él y, específicamente, en la publicación de Junky. Dicho prólogo es sustancioso en lo que se refiere a la historia moderna de las drogas y su relación con la cultura, la sociedad, las leyes y sus draconianas aplicaciones.

Allen Ginsberg

Tras algunos intentos fallidos, Ginsberg tuvo “la tremenda suerte” de encontrar en Carl Solomon un editor que, aunque “desconfiaba del romanticismo criminal y vagabundo de Burroughs y Kerouac”, decidió hacerse cargo de la publicación; decisión que,  según Solomon, “estuvo a punto de causarme una depresión nerviosa; me daba un verdadero pánico trabajar con semejante material”. Las razones del pánico, aparte de las cualidades intrínsecas del “material”, estaban dadas en una época caracterizada por “la paranoia del estado policial”, en la cual, incluso, “hablar de las drogas” era considerado ilegal.

Según Allen Ginsberg, entre 1935 y 1953, 20.000 médicos fueron denunciados “por tratar a yonquis”; varios miles de ellos “fueron multados y encarcelados, en lo que la Asociación Médica de los Condados de Nueva York denominó ‘una guerra contra los médicos’”. Todavía una década después, “no era posible proponer cambios en las leyes en un debate transmitido por la televisión pública nacional sin que la Oficina de Narcóticos y la Comisión Federal de Comunicaciones te denunciaran, presentando como pruebas las grabaciones de tus palabras”.

“Eso ya es historia”, concluye Ginsberg optimista (el prólogo es de 1976), sin advertir que un nuevo capítulo de la misma “historia” apenas comenzaba, tras la huella de capítulos anteriores: contubernio entre la policía de narcóticos y la delincuencia organizada, criminalización de los adictos y negativa oficial a considerar la adicción como un problema de salud, elaboración de mitos por parte de la prensa y los organismos políticos con el fin de convertir a expendedores y consumidores en “enemigos de la sociedad”...

Ginsberg logró publicar el libro, bajo el seudónimo de William Lee, tras censurar algunos pasajes y adjuntar una introducción de Solomon “que pretendía ser la voz de la sensatez”; se imprimieron, “cosa curiosa”, 100.000 ejemplares, aprovechando la disponibilidad de papel con el que “se imprimía otro libro sobre drogas, escrito por un exagente de narcóticos”.

Ginsberg, y quién sabe a estas alturas cuántos millones de personas, pudieron apreciar en Yonqui “su inteligente exposición de los hechos, su clara percepción, su lenguaje sencillo y directo y sus imaginativas metáforas, así como su profunda comprensión de los fenómenos sociológicos, su actitud cultural revolucionaria hacia la burocracia y la ley, y el estoico y frío sentido del humor con que contempla la delincuencia”.

Como muestra de lo anterior, citaré in extenso la descarga de William Burroughs sobre el cannabis:

“En 1937 la hierba fue prohibida, junto con otros narcóticos, por la Ley Harrison. Las autoridades sanitarias afirman que es una droga adictiva, que su uso es perjudicial para mente y cuerpo, y que induce a cometer delitos a quien la usa. Estos son los hechos: la hierba no es adictiva en absoluto. Uno puede fumar hierba durante años y no experimentará ninguna molestia si de pronto deja de hacerlo. He conocido a fumetas en la cárcel y ninguno de ellos mostraba síntomas de síndrome de abstinencia. He fumado hierba de modo intermitente durante quince años y nunca sentí molestias cuando dejaba de hacerlo una temporada. La hierba es menos adictiva que el tabaco. La hierba no daña la salud. De hecho, muchos de los que la fuman aseguran que aumenta el apetito y tonifica el organismo. No conozco ningún otro producto similar que incremente el apetito. Después de fumarme un canuto disfruto bebiéndome una copa de jerez de California y engullendo una copiosa comida casera […]"

“La hierba no empuja a nadie a cometer delitos. Jamás he visto a nadie que se pusiera agresivo bajo la influencia de la hierba. Los fumetas son muy sociables. Demasiado, para mi gusto. No puedo entender por qué la gente que asegura que la hierba induce al delito no exige que se prohíba también el alcohol. Todos los días se cometen delitos por borrachos que jamás habrían obrado así estando sobrios […]"

“Se oye decir que la gente se vuelve loca por fumar hierba. Hay, es cierto, una forma de locura causada por su uso excesivo. Este estado se caracteriza por hipersusceptibilidad y manía persecutoria. […] La psicosis inducida por la hierba se corresponde, más o menos, con el delirium tremens, y desaparece en cuanto se deja de usar. Quien fume unos cuantos canutos al día no tiene más posibilidades de volverse loco que quien tome unos cuantos cócteles antes de las comidas de contraer la tuberculosis."

“Algo más acerca de la hierba: bajo su influencia nadie está capacitado para conducir. Altera el sentido del tiempo y, en consecuencia, el sentido de las relaciones espaciales. Una vez, en New Orleans, tuve que aparcar en la cuneta y esperar hasta que se disiparan sus efectos.”

¿Burroughs dixit? No se trata de eso sino de confirmar cómo esta página hace honor a la presentación de Ginsberg. Y lo hace, así como el resto de un libro que, a fin de cuentas, y lo considero una bendición, nos deja con más preguntas que respuestas. He tenido la oportunidad de conocer, en La Habana, a algunas personas que, por alguna razón, decidieron convertirse en yonquis, como si se tratara de la realización de un sueño o, al menos, de un estereotipo. Debo decir que lo consiguieron, aun cuando carecían de algunos ingredientes fundamentales: por ejemplo, aquellos con los que contaron hombres como De Quincey o Burroughs. Fueron en busca de elementos afines y lo que buscaban estaba, está aún, en las farmacias o en el gabinete del veterinario.

Puede decirse que es una disciplina digna de mejor causa. No obstante, observando en derredor los efectos desastrosos de disciplinas en apariencia mejor encausadas, por una parte, y por la otra, salvaguardando la interrogante respecto de los motivos de esas personas, quedo con la impresión de que a la cadena de razonamientos usuales—oficiales, científicos y legales— acerca de las drogas, sus efectos y la adicción, supuesta o real, a ellas, le falta, al menos, un eslabón. ¿Cuál?

 

 

V

                                                                      

Ahí está el detalle.

                     

                                                                                    Cantinflas

¿Cuál es el motor de los apegos? En el zen, se dice que la vía del medio son los extremos; como en una autopista, el carril central solo puede definirse en relación con los carriles externos, y éstos, ya sea que los definamos “derecho” o “izquierdo”, “positivo” o “negativo”, se definen en relación con la senda interna: el desapego. Ocurre así en todos los modelos duales: que el desapego puede conformarse solo en su interrelación con los apegos.

Existen innumerables formas de apego; sin embargo, no hay ninguna que no esté vinculada a algún tipo de interés, de sentido del provecho; si una persona mostrara apego al sufrimiento, lo haría probablemente con el propósito de ser reconocida como víctima y despertar, a su vez, el “interés” de los demás.

Hoy en día se reconocen la adicción al trabajo, al sexo, los videojuegos, la televisión, la comida, las gaseosas, la violencia (ejercida o recibida) y a otras sustancias o conductas; no obstante, no abundan los estudios acerca de la adicción a las opiniones o puntos de vista que puede fácilmente degenerar en el hábito de reprimir otros puntos de vista e, inclusive, suprimir a quienes los sostienen.

En el siglo XXI puede parecer extraña o remota la costumbre de quemar vivo a alguien que sostenga que la tierra gira alrededor del sol. Así y todo, ni la iglesia católica ni la comunidad cristiana en general han resuelto todavía la fijeza de sus determinaciones respecto al aborto, la homosexualidad o la validez de otras formas religiosas que, por su parte, tampoco muestran suficiente flexibilidad en cuanto a estos u otros temas.

La propia subdivisión del campo cognoscitivo en puntos de vista independientes, a menudo contradictorios, como el religioso, el científico, el económico, el cultural y otros, se caracteriza por promover conductas extremas basadas en el apego a verdades circunstanciales y, a veces, sencillamente fabricadas a la manera de self-fulfilling prophecies, o profecías autorealizadas.

Una de las formas más comunes de adicción es el apego a la palabra, las explicaciones o justificaciones verbales que no raras veces deriva en un exceso patológico conocido, en español, como “verborrea” y en inglés como logorrhea. Obviamente, la terminación de ambas voces remite al griego diarrheĩn, “fluir a través de algo”; aun cuando no haya nada de qué preocuparse si la palabra fluye, discurre, es preciso que ese flujo, como el de las heces, tenga ciertos límites. El apego al silencio, sin embargo, es raro en extremo.

Otra manera común de apegarse es, desde luego, la propiedad. Pensemos, por ejemplo, en aquellos países europeos que fueron “apropiados” por la Alemania nazi, países como Francia u Holanda, y que, al liberarse de sus invasores, hallaron suma dificultad en liberarse ellos mismos de sus colonias en Argelia e Indonesia, respectivamente. Es curioso observar cómo el sufrimiento de verse “apropiado” por otro puede no ser suficiente para comprender el sufrimiento de aquellos de quienes nos “apropiamos”. El caso palestino-israelí es, en nuestros días, un claro ejemplo de esa disfunción emocional y moral provocada por el apego a la propiedad.

Así pues, contrariamente a lo que comúnmente se cree y promulga, no son solo los yonquis, adictos, fumadores, alcohólicos… las únicas criaturas humanas que padecen, practican o predican el apego. El chofer de un carro bomba, totalmente sobrio, apegado a sus puntos de vista religiosos o políticos, es mucho más peligroso que un borracho al timón en la vía pública. Un político apegado a la “pureza étnica” es muchísimo más nocivo que un drogadicto apegado a la pureza de la sustancia que consume; sin embargo, estos políticos suelen ser admirados y aclamados por miles, si no millones, de seguidores y pocas veces terminan en prisión o pagan siquiera una multa.

Valdría entonces preguntarse, ¿bajo los efectos tóxicos de cuál de esos apegos se encontraba el presidente Harry Truman cuando ordenó que se lanzaran dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki?

 

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“Un practicante hinayana pasa por el camino y, al ver ante él la planta venenosa de las pasiones, siente miedo y la evita porque conoce las consecuencias de ese veneno. Luego, un practicante mahayana pasa por el mismo camino y, al ver la misma planta venenosa, no siente miedo de tocarla, pues conoce el antídoto para ese veneno. Finalmente, un practicante vajrayana llega por el camino y, al ver la misma planta venenosa ante él, no teme ni vacila en comer el fruto de la planta porque sabe cómo transformar su veneno en pura ambrosía.” (Metáfora tradicional del budismo tibetano, citada en la introducción de John M. Reynolds a The Cycle of Day and Night, de Namkhai Norbu.)

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Apego: afecto, afección, afición, amistad, asimiento, inclinación, simpatía, interés, cariño, tendencia.

Antónimos: desinterés, antipatía.

(Diccionario de sinónimos y antónimos, F. C. Sainz de Robles)

 

Attachment: affection, devotedness, devotion, fondness, love, passion.

(Merriam Webster’s Dictionary & Thesaurus)

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En su candidez extrema, el diccionario dice lo que puede y debe; si pareciera exagerado, incluso incorrecto, aunar el apego y el amor, hay que decir que se trata de una tradición arraigada que no pocas veces sale a la luz en la poesía, como en esta, típica, operación de Lope de Vega:

Es la mujer del hombre lo más bueno,

y locura decir que lo más malo,

su vida suele ser y su regalo,

su muerte suele ser y su veneno.

Cielo a los ojos, cándido y sereno,

que muchas veces al infierno igualo,

por raro al mundo su valor señalo,

por falso al hombre su rigor condeno.

Ella nos da su sangre, ella nos cría,

no ha hecho el cielo cosa más ingrata:

es un ángel, y a veces una arpía.

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,

y es la mujer al fin como sangría,

que a veces da salud, y a veces mata[32].

El juego de contrarios, tan caro a esa época del soneto, no es menos recurrente en la estructura mental de los apegos: los pares bueno-malo, cielo-infierno, ángel-arpía, da salud-mata dibujan una red de dualidades rigurosa e infinita. Y también de duplicidades: recordemos que la propia palabra fármaco, como la sangría del soneto, contiene los significados de cura y veneno, así como un antídoto debe contener una cierta dosis de su contrario. Rilke,

Toma tus bien disciplinadas fuerzas

y extiéndelas entre dos

polos opuestos. Pues en el interior de los seres humanos

es donde Dios aprende.

 

 

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David Bohm: Podría decirse que la creatividad es fundamental... y que lo que en realidad debemos explicar son esos procesos que no son creativos. Mire, usualmente creemos que, en la vida, la regla es la no creatividad y, ocasionalmente, aparece un brote de creatividad que requiere explicación. Pero... la creatividad es la base, y es la repetición lo que debe ser explicado.

Renée Weber: Entonces, tal como Ud. lo ve, ¿es como si el universo estuviera experimentando?

David Bohm: Sí, se puede ver de ese modo. Probando varias formas. Puede decirse que la selección natural explica la manera en que las cosas sobreviven una vez que emergen o aparecen, pero no explica por qué tantas formas han aparecido. Parece haber una tendencia a producir estructuras y formas, lo cual es intrínsecamente creativo, y la supervivencia o selección natural es simplemente el mecanismo que selecciona cuáles formas sobrevivirán. Cualquier forma incompatible consigo misma o con el entorno no va a durar, eso es todo.

Renée Weber: Según ese punto de vista, entonces, el universo está aprendiendo.

David Bohm: Pienso que sí.

(De una entrevista con el físico teórico David Bohm, aparecida con el título de “Nature as creativity” en la revista ReVision, otoño de 1982. Traduje yo.)

 

 

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Los antiguos dioses —griegos, yorubas, aztecas— nos legaron toda suerte de patrones mentales, podría decirse que, sobre todo, emocionales, y no siempre positivos, es decir, “divinos”, sino más bien inclinados a la producción de apegos que no debemos dudar en llamar animales. El paso hacia el sistema monoteísta —el cual, si lo viéramos desde un punto de vista político, sería una suerte de totalitarismo autocrático— no resolvió del todo esa “filtración” de patrones negativos: el dios bíblico, por citar un solo ejemplo, es celoso, vengativo y racista y, en ese sentido, no es distinto de otros de sus colegas teológicos, como tampoco es distinto de nosotros, sus protegidos.

Es obvio que puede tratarse de una mera proyección humana. Sin embargo, los más optimistas entre aquellos que practican alguna religión consideran que la función esencial de esos arquetipos es la de fomentar el perfeccionamiento de la especie: si, como dice Rilke, Dios aprende no solo entre nosotros sino precisamente en ese centro magnético que es el ser individual, ubicado “entre dos polos opuestos”, si, como dice David Bohm, el universo con toda su miríada de arquetipos, estereotipos, genes y moléculas está también aprendiendo, lanzando dados al vacío como el niño rey de Heráclito, entonces nosotros —si de un “nosotros” puede hablarse— deberíamos estar aprendiendo algo más que a leer y escribir y construir nuevas máquinas; es decir, podemos aprender a determinar, primero, dónde se encuentra en realidad ese centro magnético divino y, segundo, qué papel juegan los apegos respecto de la esencia de la vida. En otras palabras, cada cual puede aprender a leerse y a escribirse a sí mismo, como una letra más dentro de un alfabeto universal, lo cual, por otra parte, no sería posible sin antes observar al individuo actual y a la sociedad que lo contiene como lo que son: máquinas. Y estas máquinas no pueden funcionar sin el combustible del apego.

Por lo tanto, detenerse a juzgar, condenar o incluso compadecer, digamos, a un drogadicto, no es más que mera hipocresía. Esta civilización, en su conjunto y en cada una de sus partes, funciona gracias a algún tipo de adicción, sin excluir la tan peculiar adicción a lo divino, a lo “espiritual” y al mercado que la acompaña.

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El hombre es un animal que fuma, ha dicho Kodo Sawaki. Monje zen que llevaba el apodo de Yadonashi, sin casa, Kodo dejó algunas notas relativas a la práctica de zazen, el estado de la conciencia humana y otros temas que, de una u otra manera, se relacionan con el apego. Respecto a su sobrenombre decía: “Me llaman así porque nunca he tenido templo ni casa. Todo el mundo es yadonashi, homeless, es un error pensar que se tiene casa fija en la tierra.”

Con lo cual concuerda el poeta náhuatl:

nadie tiene casa fija en la tierra,

solo flores y cantos

Para Kodo Sawaki la razón por la cual los seres humanos con frecuencia nos sentimos fatigados es que “hacemos las cosas con la idea del provecho personal”.

 

También compara el apego humano al trabajo con esos perros que tiran de la carreta, esperando alcanzar el trozo de carne que pende ante el hocico: “Muchos trabajadores son como esos perros. Cada mes corren tras el sueldo que cuelga ante los ojos. El día de pago lo engullen, entonces echan a correr tras el próximo.”

 

Por mucho que persigamos el “nombre” o “renombre”, por muy aferrado que se esté a la importancia personal, todos estamos desnudos, según Sawaki; es más, “todos estamos pescando nubes”.

 

En cuanto al propio zazen, Sawaki declara que “no sirve para nada”.

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profitto, It.: 1. Provecho, utilidad, beneficio, fruto.

2. fig. Avance, progreso en los estudios, el arte o quehaceres similares.

3. Excedente de los ingresos sobre los gastos, resultado económico positivo de una actividad productiva.

4. Aquello que el empresario recaba de la empresa.

 

Del francés profit, del latín profectus, ventaja, progreso; derivado de proficere, progresar, aprovechar.

(Dizionario Garzanti)

***

 

Plusvalía, acumulación, defensa, ataque, fraude, soborno, chantaje, ayuda, desarrollo... cuántas variantes existenciales resultantes del apego, apegadas a él.

La estructura del apego parece estar constituida por dos bloques de signo contrario, naturaleza resistente y propiedad magnética en sus extremos externos, repelente en los internos; “bueno”–“malo” o, más claro aún, “me gusta”–“no me gusta”, se verían así:

=[me gusta] ˃˂[no me gusta]=

como un trazo yin del I King.

El espacio medio, neutro, de inevitable existencia, sería el desapego.

“Me gusta“–“no me gusta” o cualquier otra variante dual, tiene la misma intensidad magnética en sus bordes externos, es decir, atraemos lo que “me gusta” con la misma fuerza con que recibimos lo que “no me gusta”; el elemento repelente entre ambos tiene una intensidad correspondiente.

Puede imaginarse, por tanto, que la fuerza del centro neutral sea correspondiente por igual y crezca o disminuya en relación con el aumento del elemento de atracción positiva o su negativo. De lo que no cabe duda es que “me gusta” genera tanto apego como “no me gusta” y con esa misma energía se repelerán entre sí. Lo esperanzador del caso reside en que no toda esa energía se pierde en rechazar o desear, sino que una parte de ella alimenta el espacio intermedio. En el intervalo entre fobia y placer, repugnancia y deseo, está ese elemento capaz de desmontar el principio de compensación alrededor del cual giran nuestras vidas.

 

 

 

 

VI

 

Hambres mías, volved. Pastad, hambres,

Del prado de los sonidos.

Extraed el alegre veneno

de las enredaderas.

Rimbaud, "Hambre"

 

28 de mayo de 2017

 

Volviendo de Corea del Sur, en Air Canada, hallo este artículo: “Enormous fatigue hits marijuana sector”, de Sunny Freeman; Financial Post del día anterior. Bajo el acápite de Investing, Freeman analiza la “fatiga inversionista en el caliente sector de la marihuana canadiense”, debido a la masiva presencia de productores legales, 44 en total, que ofrecen todos una mercancía muy similar.

Según declaró el ejecutivo Aaron Salz en una mesa redonda celebrada en la Lift Cannabis Expo en Toronto, “la gente ya no es capaz de distinguir entre los productores legales”, quienes, como parte de una industria altamente regulada, se ven obligados a comercializar productos casi idénticos.

Health Canada, la institución a cargo de regular esta industria incipiente en su versión legal, ha otorgado este año luz verde a una o dos compañías mensualmente. Hoy en día, es posible cerrar una rápida transacción por un monto de 100 millones de dólares.

Scott Walters, ejecutivo de Molecular Science Corp., concibe el mercado del cannabis como “una pista de carreras, donde todos tienen que presentarse y apostar. Adonde vas a ganar o perder en una sola jugada”.

Por cierto, The New York Times International Edition, en su número del viernes 26— el mismo día en que se celebra en Toronto la mesa redonda en la Lift Cannabis Expo —exhibe una lámina publicitaria con una reproducción de un amuleto heftalita, acompañado de la siguiente nota:

“Los heftalitas, o hunos blancos, establecieron el primer imperio nómada de Asia central. Este amuleto representa la cabeza de un rey, evidenciada por el cráneo alargado. Era práctica de la realeza constreñir los cráneos de los infantes reales para que crecieran con cabezas improbablemente altas, lo cual es un rasgo de sus imágenes grabadas en monedas. También se tatuaban el rostro, e inhalaban hojas de marihuana de modo comunal en recintos especiales. Los tatuajes aquí tienen la forma de hojas de marihuana con un pez en la barbilla. En la frente, Hormazd mira hacia el cielo."

 

El amuleto original tiene 3 centímetros de alto, corresponde a una época situada entre el 6 y el 5 antes de Cristo.

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Han pasado más de 2 meses desde el juicio, y mis amigos aún no han recibido sentencia. Cualquier intento por recibir respuesta al respecto sería, me han dicho sus familiares, inútil. “Las cosas deben seguir su curso.”

 

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Rimbaud se ha preguntado “¿Para qué un mundo moderno si se inventan venenos semejantes?” y, en otro poema, “Adiós”, afirma que “[h]ay que ser absolutamente moderno”. Se presenta una contradicción aparente, tal vez real. Sin embargo, en esa pieza justamente llamada “El imposible”, ya aclaraba: “¡Mis dos céntimos de razón se han acabado!” La pipa de Rimbaud no es la de Sherlock Holmes; el barco ebrio cruza la modernidad “libre, humeante, pletórico de brumas violáceas”, la metáfora del viaje está engastada en el gesto del fumador, en “el aire hinchado de impalpables volutas”, y es un viaje allende la razón.

 

En “El imposible”, Rimbaud, tras mandar al diablo “las palmas de los mártires, los esplendores del arte, el orgullo de los inventores, el ardor de los ladrones”, advierte que no lo ha hecho pensando “en el placer de escapar a los sufrimientos modernos”. Sabe que al volver “al Oriente y a la sabiduría primitiva y eterna” corre el riesgo de penetrar en un espacio que la modernidad industriosa puede considerar un “sueño de grosera pereza” y se pregunta,

Rimbaud en Harar (Abisinia),1883. (Autorretrato)

¿No será porque cultivamos la bruma? Comemos la fiebre

 con nuestras legumbres acuosas. ¡Y la embriaguez! ¡Y el tabaco!

¡Y la ignorancia! ¡Y los sacrificios!

 

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Sábado 17 de junio

 

Mis amigos ya han sido sentenciados; ella a 4, él, igual (le rebajan uno); el abogado ha pedido reclusión domiciliaria para ella. La deniegan.

 

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El amigo Ángel trae de Madrid El gran delirio. Hitler, drogas y el III Reich, de Norman Ohler. Editorial Crítica, Barcelona, 2016; 774 páginas. La encabeza un exergo de Jean Paul Sartre:

“Un sistema político consagrado al naufragio se empeña instintivamente en acelerar su hundimiento.”

Ohler aclara que “la historiografía nunca es solamente ciencia, sino que siempre es, además, ficción”. Por lo tanto, dado que esta disciplina es, “en el mejor de los casos, literatura”, basta con presentar “una perspectiva distorsionada no convencional, con la esperanza puesta en sacar algo en claro de esta distorsión”. Más adelante insistirá: “No se pretende en estas páginas describir los hechos históricos tal como sucedieron. Lo que realmente hago es terciar en un juicio basado en indicios donde los eruditos llevan siete décadas sin dar pie con bola y también diciendo soberanas mentiras o falsedades...”

Su propósito de operar a partir de “una perspectiva distorsionada no convencional” y de no describir, sino terciar, es decir, interferir, revela una tentativa postmoderna. Dado que “el nacionalsocialismo fue, literalmente, tóxico”, citar a Goethe afirmando que “la dependencia voluntaria es el estado más bello” impone un efecto de distanciamiento tragicómico. La combinación del voluntarismo lírico de Goethe con el florecimiento de una dictadura del dopaje, o dictadura dopada, vuelve a aparecer al relatarse la aparición de una metanfetamina propiamente alemana, podría decirse “aria”.

En la visión de Ohler, mientras Goethe consume láudano y teoriza acerca de la génesis humana como un evento inducido por las drogas (algo en lo que coincidiría después Terence McKenna en sus estudios sobre drogas “enteogénicas”), el farmacéutico Friedrich Wilhelm Sertürner experimenta con el opio hasta aislar su principal alcaloide, la morfina. El farmacéutico Sertürner halla “un punto de inflexión en la historia de la farmacología” que abrirá las puertas de la prosperidad no solo a empresarios como Emanuel Merck, fundador de la firma que aún lleva su nombre (y que ha dado a la cocaína uno de sus apodos: merca), sino además a la industria farmacéutica germana en general, per secula seculorum.

El gran delirio presenta, además, un retrato de Adolf Hitler como “politoxicómano”. En 1930, el Führer era, según narra un correligionario, un asceta: “No fuma ni bebe, come casi exclusivamente verdura fresca y no se acerca a ninguna mujer”. No consumía café y había lanzado al Danubio su último paquete de cigarrillos.

 

Como un retrato de Dorian Grey visto desde “una perspectiva distorsionada no convencional”, esta figuración va a sufrir ciertas variaciones grotescas, sobre todo a partir del encuentro de Hitler con el doctor Theo Morell en 1936; por otra parte, la irrupción del Pervitin, o pervitina, un año después, en el panorama de una sociedad en pleno jolgorio militar, le brindará al cuadro un tono de fantasía apocalíptica.

 

Sin embargo, para no distraernos demasiado, conviene leer esta historia del nazismo como lo que es: un caso de hipocresía pandémica. Los nazis se enfrentaron bien pronto a la llamada “cultura del ocio de la República de Weimar”, poniendo, desde 1933, las regulaciones al consumo de drogas, como la Ley del Opio, al servicio de la “higiene racial”, al sintetizar el uso de “venenos seductores” y la raza en un mismo proceso propagandístico de desintoxicación forzosa; “ya no hay más compromiso porque sería veneno para nosotros mismos”, anuncia Hitler al lanzar su política racial.

La Oficina de Política Racial llegará a afirmar que “el carácter judío es drogadicto per se”; en un libro muy consultado en la época, Venenos mágicos (1938), su autor, Victor Reko, describe un grupo de “productos narcóticos que, al igual que hace pocos años la coca [sic], provienen de círculos de razas inferiores y amenazan con introducirse en los pueblos culturizados”.

Reko, como era de esperarse, pasa por alto el hecho de que, precisamente, un pueblo culturizado como Alemania, con su potencial intelectual e industrial, ya era un exponente destacado en la producción masiva de drogas de varios tipos, entre ellas la respetable cocaína Merck. Siguiendo el razonamiento de Goethe, Alemania se convierte en un “pueblo elegido” por y para las drogas. Resulta inevitable observar en estas y otras lecturas la inconveniencia de la terminología al uso: términos como “narcótico”, “estupefaciente” e incluso “psicoactivo”, usados a la ligera con independencia de la sustancia que pretenden describir, no solo son inapropiados sino también, ellos mismos, narcóticos.

“El veneno”, dice Ohler, “estuvo realmente en el lenguaje que deshumanizó a los judíos como fase previa a su posterior asesinato”. El judío como emblema de depravación aparece en una primorosa ilustración de La seta venenosa, popular volumen infantil de 1938; en la lámina una madre explica a su hijo que “tan difícil es diferenciar las setas comestibles de las venenosas, como distinguir si un judío es un estafador o un criminal”. Sin embargo, este emblema se aplica, como una pegatina con valor jurídico, a otros individuos y grupos; en un campo de concentración (digamos, Sachsenhausen, donde al final de la guerra se realizaron experimentos con drogas en reclusos), coexistían “opositores políticos, judíos, gitanos, homosexuales, testigos de Jehová, súbditos de países europeos ocupados, ‘asociales’, alcohólicos, drogadictos”.

Aclara Ohler que “hoy ya no se habla de judíos contra alemanes, sino de peligrosos traficantes que vienen de otras culturas”. Básicamente, los mismos términos en los que hablaba el autor de Venenos mágicos; en todo caso, en la Alemania de Hitler los traficantes son de la familia: “a pesar de que las medidas de lucha antidroga nazi hicieron disminuir claramente el consumo de morfina y cocaína, se estimuló el desarrollo de estimulantes sintéticos, lo cual condujo a un renovado florecimiento de las empresas farmacéuticas”.

 

En 1937, Fritz Kurt Hauschild (quien se convertiría luego, en la RDA, en un líder de la fisiología deportiva, léase dopaje selectivo) completa un nuevo procedimiento para sintetizar la metanfetamina y, en la Oficina de Patentes del Reich, los laboratorios Temmlet inscriben la primera metanfetamina alemana. Su nombre comercial era Pervitin. Ohler describe sus efectos:

 

“Una pirotecnia neuronal, una ametralladora bioquímica empieza a disparar ideas sin cesar. El consumidor se siente bruscamente despabilado y más fuerte, con los sentidos agudizados al máximo. Cree estar más vivo, lleno de energía hasta las puntas de cada dedo y cada pelo. Con la autoestima en alza, se produce una aceleración subjetiva de los procesos mentales, una generación de euforia, de sensación de ligereza y frescura”.

 

A inicios de 1938 se inicia la comercialización del producto como “estimulante para la mente y el sistema circulatorio”, según promete la publicidad. El Pervitin es consumido por las secretarias, los actores y los escritores, los obreros de las cadenas de montaje y los mozos de mudanza y, en una suerte de poema futurista, Ohler relata cómo “los bomberos apagaban más fuego, los peluqueros cortaban el pelo más rápido, los vigilantes nocturnos ya no se quedaban dormidos, los maquinistas de tren conducían sus locomotoras sin rechistar y los camioneros iban a toda pastilla sin parar a descansar por unas flamantes autopistas construidas en tiempo récord."

 

Para las amas de casa, aparecieron las chocolatinas aderezadas con 14 miligramos de metanfetamina: “Los pralinés Hildebrand siempre animan”, aseguraba, sin faltarle razón, el comercial. Al comenzar la previsible guerra, que muchos eligieron no ver ni prevenir, el uso de ese estimulante que el Corriere della Sera bautizaría como “la píldora del coraje”, se extiende a las hiperquinéticas fuerzas armadas. El futuro Premio Nobel Heinrich Böll escribe a su familia desde el frente:

 

“Estoy molido, y es normal, porque anoche dormí solo dos horas, esta noche no podré descansar más de tres y ahora mismo también tengo que mantenerme despierto. A propósito, la pervitina empezará a hacer efecto muy pronto y me ayudará a superar el cansancio Afuera, la luna brilla como nunca, el cielo está completamente estrellado y hace mucho frío.”

Como diría años después, en su ensayo “Vida provocada”, el médico y poeta Gottfried Benn, “los cerebros potentes no se fortalecen con leche sino con alcaloides”; en un momento en el cual los soldados, tal vez todos los ciudadanos, son considerados “motores con alma”, los militares se dopan a discreción, tal como ya lo hacían (y lo siguen haciendo) los deportistas, en busca de “mejorar los resultados. Debidamente dopados, los nazis romperían algunos récords mundiales de eficiencia y crueldad”.

 

––“Euforia, aumento de la capacidad de atención, evidente mejora del rendimiento”;

 

–– “Todos frescos y despabilados, máxima disciplina”;

 

–– “Remite la sensación de hambre. Especialmente favorable es la aparición de un intenso impulso trabajador”.

 

Estos son algunos de los haikus generados por la tropa dopada y que Ohler excavó de los reportes de rutina almacenados en el Archivo Militar de Friburgo. Mientras tanto, ¿qué consumía el Führer? Desde su encuentro con Morell en 1936, Hitler quedó sometido a un intenso y masivo proceso de dopaje. El doctor Morell (a quien Göring, consumado morfinómano, nombrara con mordacidad “maestro de las jeringuillas del Reich”) administró al paciente A, el Führer, un conglomerado de más de 80 “preparados hormonales, esteroides, medicamentos y otros remedios”, del aceite de ricino al ya endémico Pervitin, sin omitir la no menos autóctona cocaína; el paciente A consumió disciplinadamente hasta 18 sustancias que Ohler considera “psicoactivas, es decir, alteradoras de la conciencia”, incluyendo la Belladona Obstinol, el Luminal, el Profundol y el Eukodal. Para describir este último, nadie mejor que Willian Burroughs: “El Eukodal es una mezcla de cocaína y morfina. Cuando se trata de inventar algo realmente pérfido, hay que contar con los alemanes.”

 

A esta luz, podemos observar mejor aquella escena de El Gran Dictador en la que el tirano juega, mientras baila, con el globo terráqueo; además, cual hechicero medieval, Morell intenta reforzar a su paciente con toda suerte de compuestos, como jugo de miocardio prensado con corteza suprarrenal y páncreas de hígado de cerdo (Glyconorm), esencias a partir de testículos de toro (Orchikrin) o de sangre uterina (Homoseran), así como derivados de glándulas seminales y próstata de ternero (Prostakrinum). ¿Vegetariano Hitler? Tanto como Drácula o un mosquito. Morell, por cierto, llegó a usar el antiguo método de las sanguijuelas para compensar al paciente que, en medio de esos que el ministro de armamento Speer denominara “años del éxtasis”, clamaba “¡Necesitamos a un pueblo sobrio!”.

 

Cuando, en 1942, Hitler traslada su estado mayor a Vinnytsia, en el oeste ucraniano, ocupa un enclave que Ohler describe como “una sede high tech en medio de la nada donde el Führer podría doparse mejor y huir de la realidad consensuada”. El subrayado es mío, los paraísos artificiales de Hitler son bunkers. El jefe de estado mayor Halder declama: “Se está actuando al dictado de quimeras.”

 

Mientras los campos de concentración se llenan de depravados, farmacéuticas como IG Farben, Merck y Bayer se enriquecen sintetizando drogas y la guerra sigue el curso de siempre, entre el paciente A y su doctor se establece un vínculo mefistofélico. Por cierto, en dedicatoria inscrita en una edición conmemorativa de Fausto, el entonces secretario de estado bávaro pide a Morell “que se acuerde no solo de sus amigos de Münich, sino también de su época de universitario, cuando, como usted explica, lo llamaban ‘Mefisto’”.

 

Este Mefisto llegó a tener como pacientes, entre otros, a la concubina Eva Braun (paciente B), a Mussolini (paciente D), al general Iroshi Oshima, embajador de Japón, a los industriales Krupp y Thyssen y a la cineasta Leni Riefenstahl, “que recibía supositorios de morfina”. Una civilización under the influence; tal vez si investigáramos casos afines de “dictaduras dopadas” llegaríamos, cuanto menos, al imperio romano, aunque, hay que decirlo, las dictaduras se bastan para producir toda suerte de delirios colectivos sin necesidad de recurrir a otra droga que no sea el miedo.

 

Morell lo sabe; en un manuscrito de los tantos que Ohler consultó en el Archivo Federal de Coblenza, el Instituto de Ciencia Histórica de Münich y los National Archives de Washington y que el investigador llama “caos de la transmisión escrita”, escribe el doctor:

 

“La relación de confianza entre el médico y el paciente debe ser de tal naturaleza que el primero, en todo momento y bajo cualquier circunstancia, debe tener la sensación de estar por encima del segundo... Ser médico significa ser el más fuerte de los dos."

De este párrafo de vibración foucaultiana, en el cual se hace notar la condicionante dictatorial “en todo momento y bajo toda circunstancia”, se desprende que, sin buscarlo deliberadamente, Hitler se había encontrado con la horma de su zapato. Destaca, además, la precisión, curiosa sobre todo en un médico, de que no se trata de “estar por encima” sino de “tener la sensación” de estarlo. Las puertas de la percepción se abren también en dirección al sometimiento. A fin de cuentas, Morell era también un consumidor.

 

En 1943, la farmacia de la Wehrmacht suministra al Servicio de Inteligencia Militar (Abwehr) 568 kilogramos de cocaína pura y 60 de heroína, todo Made in Germany; Ohler especula que las sustancias pudieron ser usadas para recaudar divisas, para sobornar a altos oficiales de países aliados, o no, e incluso para acrecentar el rendimiento de los agentes. En todo caso, “todavía no se ha revelado qué se hizo con toda esta droga”.

 

En su afán de “convertir al hombre en un depredador”, las instancias sanitarias y farmacológicas del ejército continúan elaborando nuevos compuestos; el DIX, mezcla de Eukodal, cocaína y metanfetamina es distribuido a soldados involucrados en misiones de alto riesgo, por no decir suicidas, en un momento en que el equipo ario ve cómo el juego empieza a escapársele de las manos.

 

En los campos de concentración, como Sachsenhausen, se experimenta con prisioneros, proporcionándoles cocaína pura en pastillas y pervitina en goma de mascar con el fin de hacerles probar, marchando sin parar, la resistencia del calzado militar. Se calcula que hasta veinte personas al día murieron en las pruebas. Además del calzado, se pone a prueba la resistencia per se: el “sujeto de ensayo” Gunther Lehmann anduvo 96 kilómetros sin detenerse bajo el efecto de 75 miligramos de cocaína, estableciendo así un récord que serviría de parámetro para sus compañeros.

 

En Auschwitz y en Dachau, la naturaleza de los experimentos era algo más sofisticada; los doctores Bruno Weber y Kurt Plotner utilizan drogas como barbitúricos, compuestos morfínicos y mescalina, un derivado del peyote, para provocar una “suspensión de la voluntad” en prisioneros sometidos a interrogatorio. En un informe técnico se revela lo siguiente: “Cuando la mescalina hacía efecto, el interrogador podía extraer en todo momento los secretos más íntimos del recluso si hacía las preguntas acertadas. Hasta hablaban voluntariamente de erotismo y sexo... Ya no hubo más reservas mentales”. ¡Bingo! Las investigaciones de Plotner caerían en manos de las tropas estadounidenses y servirían de base para el programa Mind Kontrol Ultra (MK Ultra).

 

Y bien, al final del Götterdämmerung, Hitler, desprovisto de drogas y casi hasta de ejército, se suicida y, tras él, otros cien mil alemanes. Göring es capturado en posesión de un maletín con 24.000 píldoras de opioides, “sobre todo Eukodal”. En un poema de madurez, Gottfried Benn escribiría,

 

                  ¡Oh noche! Ya he tomado cocaína,

                  y se distribuye por la sangre,

                  el pelo encanece, los años pasan,

                  debo, debo desmadrarme

                  otra vez antes de la ruina final. 

                              

 

 

***

 

1885: Pemberton combina cocaína con cafeína para obtener una bebida refrescante: Coca Cola. La original llegó a contener, hasta 1903, 250 miligramos de cocaína, según Ohler. En A Gravity’s Rainbow Companion. Sources and Contexts for Pynchon’s Novel, su autor Steven Weisenburger, a partir de un “aparente anacronismo” de Pynchon, cita al historiador E. J. Kahn: “Dos palabras que irritan a la compañía Coca-Cola son ‘cocaína’ y ‘cafeína’. En su etapa formativa, la bebida contenía, sí, una cantidad diminuta de cocaína, dado que esta droga no era retirada de las hojas de coca que constituían una pequeña fracción de su elaboración, pero incluso antes de la aprobación de la Pure Food and Drugs Act de 1906, los últimos rastros de cocaína habían desaparecido.” El fragmento anacrónico de Pynchon, refiriéndose a 1904, es este: “… es el año en que la gente del American Food and Drug sacaron la cocaína de la Coca-Cola, lo cual nos dio una generación de yanquis alcohólicos y orientados a la muerte idealmente equipados para pelear en la Segunda Guerra Mundial...”. Gravity’s Rainbow, pág. 452 de la edición Viking (la traducción es mía).

 

 

 

***

                              

 

Ella: Doctor Oviedo, ¿cuál es el criterio seguido por los especialistas cubanos?

 

Médico: Nosotros pensamos que toda droga que es capaz de transformar de manera notable la conciencia, la personalidad y el comportamiento del consumidor debe calificarse como droga dura, por lo que, en nuestro contexto, por ejemplo, la marihuana y el alcohol, cuando se consume en forma no social, se clasifican como drogas duras. Bueno, de hecho, la marihuana está prohibida. Y les digo más: las drogas duras actúan sobre la región anterior del cerebro, ubicada detrás de la frente y llamada por ello región prefrontal supraorbitaria—por estar también encima de la cavidad orbitaria donde están los globos oculares.

 

Él: ¿Pudiera decirse, doctor, que los efectos son de tipo bloqueadores?

 

Médico: Efectivamente, hasta el punto de que mientras la persona se encuentra bajo la influencia de la droga, es como si esa parte del cerebro no existiera. Y esta es la zona “exclusiva” de los seres humanos, responsable de nuestra conciencia, de los valores y principios, la responsabilidad, la solidaridad, el amor, de ahí el peligro que representan las drogas, no solamente el alcohol, que es una droga legal, sino todas las drogas ilegales.

 

[...]

 

Él: Doctor, ¿cuál es el perfil sicológico de un adicto?

 

Médico: Son personas con una autoestima muy dañada, algunos tienen bajo nivel académico, tienen problemas familiares, se sienten incomprendidos y están faltos de cariño, generalmente. También son personas frustradas y de mal carácter. Esto los lleva fácilmente a la violencia.  

 

(De una emisión del programa radial “Por nuestros campos y ciudades”, el 27 de junio de 2017, con el título “Cocaína, características y efectos nocivos”.)

 

                                                                

 

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El periódico El espectador, en su edición internacional del 6 de julio, en la sección “El mundo”, reproduce la siguiente noticia, bajo el titular “Escándalo en el Vaticano: descubren fiesta con drogas y orgía gay”:

 

"Un nuevo escándalo, relacionado con actividades sexuales y consumo de drogas, sacude al Vaticano. La controversia salpica a Luigi Capozzi, uno de los colaboradores del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos de la Santa Sede y quien se desempeña como secretario del cardenal Francesco Coccopalmerio, considerado un aliado clave del papa Francisco.

 

“Según reporta el diario italiano ‘Il fatto Quotidiano', Capozzi fue retenido la semana pasada luego de que en un departamento de propiedad del cardenal Coccopalmerio las autoridades descubrieran una orgía gay e incautaran drogas.

 

"El caso fuer reportado por vecinos de la Congregación, entre ellos otros cardenales que residen en el edificio, quienes alertaron [de] constantes ruidos, así como frecuente llegada de personas a lo largo de la noche. De acuerdo con el diario italiano, fue tal el estado en el que fue hallado monseñor Capozzi, que tuvo que ser trasladado a una clínica para ser sometido a un proceso de desintoxicación.

 

"Tras la intervención, Capozzi—quien nació en 1967 y fue ordenado sacerdote en diciembre de 1992— tuvo que pasar un período de retiro en un monasterio (...)"[33]

 

El informe, digno de un episodio de The Young Pope de Sorrentino, contrasta con una noticia que WEEDS  Latinoamérica ha colocado ayer 20 de julio en su página de Facebook:

 

“Se agotó la marihuana en su primer día de venta legal. Las filas se dejaron ver en las farmacias autorizadas, para comprar 10 gramos.

 

"‘Más allá de toda la locura que supone esto, todo transcurrió bien. No hubo incidentes ni ningún problema’, cuenta un trabajador de una de las cuatro farmacias que venden marihuana. Ahora el tema es la claridad de cuándo se repondrá el stock.

 

"Las farmacias explican que, por ley, el Instituto de Regulación y Control de Cannabis tiene hasta 15 días para efectuar la entrega, pero que esperan la segunda tanda del producto entre el viernes y el lunes. Uruguay es el primer país en el mundo en legalizar totalmente la producción y la venta de marihuana para usos recreacionales.”

 

 

***

                                 .

 

Mientras tanto, mis amigos en prisión enfrentan la confiscación de su vivienda; a pesar de la decisión, emanada del juicio, de no aplicar la medida, el Estado, gracias a una nueva regulación, se reserva el derecho de ignorar las recomendaciones de los magistrados e incautar, como si se tratara de un alijo de “drogas duras”, la vivienda. En dicha vivienda, habita además el hijo del matrimonio prisionero, que no tiene vinculación alguna con el caso.

 

Otras posibilidades son que a la familia le sea ofrecido un habitáculo en un albergue colectivo, o en otro apartamento sobre el cual la familia no tendría soberanía alguna y que ocuparían como arrendatarios del Estado, a perpetuidad.               

                                   

 

 

***

 

A lo largo de este libro hemos observado cómo se desarrollan, desaparecen y se repiten unas líneas de aparente regularidad, desde el afán de prohibir al de liberalizar; es fácil caer en la tentación de descubrir ciclos, revelar un patrón: en realidad estas tendencias coexisten de manera generalizada y desorganizada, por mucho que las visiones históricas, científicas o de otro tipo pretendan encubrirlas con un manto de “sentido”, léase dirección o significado.

 

No obstante, se perciben actitudes concomitantes y contumaces a lo largo de siglos, por no decir milenios. Cuando el actual gobierno de los Estados Unidos culpabiliza a México por la adicción a las drogas que padecen los ciudadanos norteamericanos, al mismo tiempo que pretende construir un nuevo muro divisorio entre dos “pueblos”, recae en un fenómeno de suspicacia exacerbada hacia el “otro” que es, probablemente, tan antiguo como la propia sociedad humana.

 

Si lográramos ver este fenómeno desde una perspectiva biológica más que política, veríamos su raíz, conseguiríamos estudiarlo de cerca y, tal vez, superarlo o, al menos, controlarlo. “Biológico” aquí no se usa como sinónimo de “saludable” o “positivo”, tal como lo hacen hoy ciertas empresas; si lo biológico fuera únicamente saludable o positivo, no sería biológico, sino un placebo conceptual.

 

El común y corriente establecimiento de leyes forzosas depende, en buena medida, de ese fenómeno de suspicacia exacerbada; no podemos separar el miedo de la ley. Los ciudadanos que no han tomado parte alguna en la elaboración de esas leyes y que, dado que ni las estudian ni las conocen, no pueden decir, con propiedad, que están de acuerdo con ellas, se convierten, sin embargo, automáticamente, en sus voceros y co-actores espontáneos, siguiendo el razonamiento nebuloso de que, si son leyes, algo de bueno debe de haber en ellas y de algo malo nos han de estar protegiendo.

 

Quien prohíbe aumenta su capital político y económico y, sobre todo, su capital-poder: por el solo hecho de prohibir, por abrogarse el derecho de detentar lo prohibido (caso frecuente según hemos visto en estas y otras páginas) y por contaminar del poder de prohibir a todos aquellos que, por hipocresía o ignorancia, colaboran de manera directa o indirecta con las prohibiciones, sin conocer sus causas ni meditar en sus efectos. Y, al menos en este respecto, podría decirse lo mismo de quienes actúan en el extremo de la “liberalización”.

 

***               .

 

Traduzco y ropongo aquí algunos fragmentos del artículo “Drugs, migration, and Nafta”, de Suzanne Simon, aparecido en Z Magazine en mayo de 2017:

 

“Como si los supuestos delitos de los “hábiles” mejicanos en las áreas del comercio y la inmigración no fueran suficientes, también son, en apariencia, responsables por la adicción a las drogas en los Estados Unidos de Norteamérica, así como por la crisis de los opioides.

 

“Esta podría ser la última de las penalizaciones, pues tanto adictos como traficantes son considerados, por parte de la sociedad tradicional (mainstream) norteamericana, como el último de los “otros”. Según el universo alternativo de Trump, México es el traficante (dealer) y los viciosos norteamericanos son apenas las víctimas involuntarias. En realidad, la gran industria farmacéutica es la responsable por la crisis de los opioides en los Estados Unidos, así como una amenaza a la salud pública. Según los Centers for Disease Control and Prevention (CDC), más de 33.000 personas murieron el pasado año en los Estados Unidos a causa de sobredosis de opioides. Con frecuencia, las personas se hacen adictas a analgésicos a base de opioides, cuando les han sido recetados por profesionales de la medicina. Cuando las prescripciones se acaban, suelen recurrir a la heroína que se vende en las calles.

 

“Es cierto que México es una ruta de tráfico, así como nación productora de todo lo que hay de la marihuana a la anfetamina (from pot to crystal meth)”.

 

Suzanne Simon, sin embargo, insiste en que habría que mirar en dirección “a aquellas industrias farmacéuticas que lograron la aprobación de analgésicos a base de opioides por parte de la [Food and Drug] Administration]. Durante décadas se ha sabido que los opioides se cuentan entre las drogas más adictivas y, así como afirman muchos veteranos norteamericanos a quienes el [Department of Veterans Affairs][34] saturó con estas píldoras de veneno [sic], como método para lidiar con el trastorno del síndrome postraumático (PTSD, o Post Traumatic Sindrome Disorder), los procesos de desintoxicación (detox) y recuperación requieren varios días de terrible malestar y vómitos (...) Los adictos insisten en tomar opioides o cualquier otra droga no porque lo deseen, sino para, comprensiblemente, evitar el intenso malestar que causa la abstinencia”.

 

No creo que William Burroughs habría estado totalmente de acuerdo con esto último.

                                

 

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7 de agosto

 

Mi amigo me llama por teléfono desde la prisión, desde la Zona 0 a la cual ha sido trasladado a trabajar. Realiza labores de carpintero y albañil que le dejan poco tiempo para leer; también colabora con la organización de la biblioteca. Esto no le impide disfrutar del tomo dedicado a traducciones de las Obras Completas de José Martí, cuyas selecciones y elecciones traduccionales le parecen curiosas (él ha dicho “graciosas”). Aguarda un traslado inminente a alguna instalación penitenciaria de régimen más benigno; su esposa ya ha sido trasladada a Ceiba 4, una antigua “escuela en el campo” transformada en cárcel campestre. Recuerdo la ardiente idea revolucionaria de “convertir los cuarteles en escuelas”; en esta “nueva etapa”, algunas escuelas se convierten en prisiones.

 

Espera también, para inicios de 2018, que el caso vuelva a ser presentado y que esto redunde en ciertas modificaciones positivas. “¿Cambio de medida?”, pregunto. “No”, me responde, “a esto lo llaman ‘beneficios’”. Ha sembrado un trozo de jengibre en un cantero de la cárcel y éste germina. La permanencia de Martí en el caso es comprensible; un tomo de esas mismas Obras Completas aparece ya mencionado en la “petición de sentencia” entre los cuerpos del delito. Martí, a fin de cuentas, fue arrestado en su adolescencia por algo que escribió, llevó sus marcas de prisionero por el resto de su existencia y no pocas veces expresó sus puntos de vista y sentimientos de prisionero “a cielo abierto”: la esclavitud de los hombres / es la gran pena del mundo. Mi amigo, por su parte, leía a Martí antes de caer preso y ahora no ve razón para no leerlo.

                                

 

 

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22 de septiembre

 

Mis amigos han salido de pase: ella por el ciclón Irma (“en la prisión de Ceiba 4 no hay comida suficiente”), él por haberlo solicitado. Pasan un tiempo juntos, esto lo cuenta la madre a una amiga común, por teléfono. El mío está descompuesto gracias al mentado huracán.

 

Ayer compré el volumen Alcohol y otras drogas, de los doctores Ricardo Ángel González Menéndez e Isabel de los Ángeles Donaire Calabuch, en una librería no lejana de aquella imprenta donde Gil Carballo hizo publicar Expendedores y Viciosos. Subtitulado Criterios populares vs. Verdades científicas, el libro fue impreso por la Editorial Academia, en la Habana del 2015, y tiene 191 páginas. Siquiatras ambos de profesión, este matrimonio de doctores ha dedicado la vida, y este libro, al “noble empeño de mitigar el sufrimiento de los enfermos mentales y de las personas mordidas por la adicción”, en las palabras introductorias del profesor Néstor G. del Prado Arza, director de la mencionada editorial.

 

Se compone de 175 preguntas y sus respectivas respuestas, desglosadas en “criterio popular” y “verdad científica”. Aunque no es difícil pronosticar cuál de los contrincantes saldrá vencedor, la lectura no pierde interés. Los criterios populares suelen ser párrafos breves, a veces un par de líneas; la verdad científica puede extenderse un par de páginas.

 

La primera pregunta es “qué viene a la mente cuando se escucha la palabra droga”; el criterio popular la define como “sustancia ilegal que tiene como efecto más peligroso el determinar esclavitud en el consumidor y es más dañina cuando no es natural”.

 

A esto responde la verdad científica: “Existen drogas legales e ilegales; en las primeras, con la única excepción del alcohol consumido en exceso, no se determinan cambios notables del comportamiento ni personalidad, efectos que son comunes a todas las drogas ilegales.”

 

Rápidamente la definición abandona la pareja natural-innatural para discurrir por el canal formado por los opuestos legal-ilegal; salvo el alcohol, las legales no modifican comportamiento ni personalidad, mientras que todas las ilegales lo hacen. Esto coloca a barbitúricos, pain killers y otras bondades expendidas por el facultativo en una curiosa posición, pues, a pesar de ser legales y no alcohólicas, provocan, entre otros tremendos “efectos secundarios”, cambios concretos en quienes los consumen; en especial, en ese punto de conjunción cuerpo-mente que podemos llamar “conciencia”.

 

La voz de la ciencia prosigue: “Aproximadamente 90% de las drogas legales e ilegales son de origen natural y la mayoría se consume sin procesamiento alguno, como té, mate, café, cola y tabaco. Este último es la droga más mortífera conocida hasta hoy, ya que mata anualmente por enfermedades a seis millones de seres humanos a nivel mundial.”

 

Sin embargo, es legal; por otra parte, “la marihuana, la cocaína, los derivados del opio, las catidionas contenidas en el ICE y los hongos, son ejemplos de sustancias naturales cuyos efectos corporales y psicosociales son catastróficos”.

 

La ciencia pide prestada a la poesía la licencia para usar la enumeración caótica. Juntar, en el mismo saco, hongos con cocaína, marihuana con catidiona, es un ejemplo. Puede agregarse peyote a la mezcla y, tal vez, alguna de esas sustancias (performance-enhancing) que son prohibidas a los atletas de alto rendimiento. Concluye citando la Resolución 58.26 de la Organización Mundial de la Salud.

 

Si la pregunta es “¿producen siempre las drogas alegría?”, el criterio popular responderá “Desde luego que sí”, mientras que la verdad científica comenzará por exponer criterios alrededor del concepto de lo “psicoactivo”. El alcohol, la marihuana, los inhalantes “y algunos medicamentos tranquilizantes o hipnóticos” muestran un efecto psicoactivo “inhibidor (depresor)”. Es decir, la “alegría artificial que determinan al comienzo del consumo se debe a los efectos inhibidores sobre las inhibiciones”. A medida que el consumo avanza y permanece, la inhibición de la inhibición deviene depresión pura y simple. “Recuérdese la frecuencia con que las personas embriagadas lloran”. Esta frase, que se encontraría más a gusto en un bolero que en un texto divulgativo, es una de las razones por las que continúo la lectura.

 

Empiezo, incluso, a conjeturar que el criterio popular podría representar lo dionisíaco, y la verdad científica, lo apolíneo. A la manera de una obra teatral del medioevo. Ya sean “inhibidores” o “excitantes”, como cocaína, anfetaminas, ICE, éxtasis, el final de estos personajes está signado por la depresión, cuando no por el suicidio.

 

El efecto “psicodisléptico o distorsionante” genera ideas y percepciones falsas respecto de la “realidad”. Una forma común de delirio o alucinación que sufren los usuarios de LSD es percibir el suelo al alcance de los pies cuando, en realidad se hallan, por ejemplo, en el cuarto piso. Muchos mueren saltando por el balcón debido a este error perceptual. En este grupo, o círculo del infierno, se hallan también los hongos (alucinógenos, se entiende), el polvo del ángel, la ketamina, los antiparkinsonianos y los bloqueadores del sistema parasimpático, como colirios y antidiarreicos.

 

“Ninguna droga debe usarse como medicamento, pues siempre hay fármacos específicos de mejores efectos y menos peligrosos.” De ahí resulta que los fármacos pueden ser más específicos que los individuos; en todo caso, en esta sobria publicidad a favor de la industria farmacéutica, parece quedar claro que droga y fármaco no son la misma cosa.

 

En este diálogo arquetípico el libro continúa hasta su fin, rematado por un colofón de aforismos martianos y una útil bibliografía. Los aforismos tienen como fin servir de inspiración a personas afectadas por sustancias psicoactivas o con “adicciones comportamentales”, tales como la ludopatía, las compras, las asociadas al internet, los videojuegos y otras. Uno de estos aforismos es: “Los errores son una magnífica semilla”.

 

De la bibliografía destaco la Historia General de las Drogas, de Escohotado (Madrid, 1998), el Informe mundial sobre las drogas, de la UNODC (Ginebra, 2010), el Informe mundial sobre el alcohol y la salud, de la OMS (Washington D.C., “consultado el 17 mayo de 2014”), el informe del 50º Consejo Directivo de la Organización Panamericana de la Salud y la 62ª Sesión del Comité Regional de la OMS para las Américas titulado “Estrategia sobre el consumo de sustancias psicoactivas y la salud pública" (Washington D.C., 2010), un artículo del propio Ricardo González ,“Significación ético-deontológica y jurídica del uso indebido del alcohol” (mayo-agosto 2011, disponible en www.revistahph.sld.cu), así como los artículos “Cannabis Use Linked to More Severe Schizophrenia”, de D. Keller (Medscape Medical News Conference News, abril de 2013) y “Marijuana Not Medicine, Addiction Experts Say”, de K. Louden (Medscape Psychiatry, mayo de 2013).

 

A las virtudes comunicativas e informativas de Alcohol y otras drogas hay que añadir el mérito de no rehuir referencias, incluso de orden cultural, acerca de ciertas drogas ilegales, como la Amanita muscaria, el opio y la Cannabis Sativa, apuntando a sus valores rituales o litúrgicos, aunque los autores prefieren confinar estas prácticas a un pasado remoto. Por otra parte, si bien “Marijuana Not Medicine” (dictamen que recuerda al Master Joda de Star Wars, o al profesor Miyaki en Karate Kid), no se evita mencionar sus efectos terapéuticos en “vómitos por sueros anticancerosos, glaucoma, algunos casos de epilepsia y espasticidad muscular”. Se aclara, sin embargo, que estos efectos terapéuticos son plenamente superados por medicamentos actuales “que carecen de los peligros del consumo tradicional”.

 

En el acápite “¿Qué es la marihuana?”, el criterio popular afirma que se trata de una sustancia natural que “no produce daño alguno en el consumidor y es por eso que[,] en algunos países como Holanda, E.E.U.U. y Uruguay[,] se ha legalizado su consumo”, mientras que su adversario alerta que “puede ser calificada como una planta de aspecto atractivo para quien no conozca las desgracias que determina”. Por ejemplo, “conducir a un consumidor a devorarle la cara a otra persona”. Es más, cuentan los autores que “[a]ños atrás atendimos a un paciente de un país caribeño que, justamente en su primer día de consumo de marihuana y en ocasión de celebrar su cumpleaños, se encontraba en el mismo estado de buen humor y tranquilidad típico de las películas de países industrializados, cuando su hijo más querido tomó, en son de broma, una fruta del plato del festejado. La respuesta sorpresiva de este fue que sacó el puñal que llevaba en la cintura y atravesó el corazón de la persona más querida”.

 

Este acto ha encontrado su explicación tras un simple experimento de laboratorio realizado con cuarenta ratas blancas a las que se les administró humo de marihuana durante 10 minutos; solo a una de ellas se le aplicó un estímulo doloroso eléctrico en una de sus extremidades. Cuando la rata afectada cayó al piso de la jaula, las otras 39 comenzaron a saltar frenéticamente. A esto se llama, “síndrome de las rositas de maíz”. Los autores concluyen que este síndrome, conjuntamente con “el desencadenamiento de esquizofrenias, son los mayores peligros de esta supuesta droga ‘inofensiva’”. No se está muy lejos de Gil Carballo, es el mismo libreto; en realidad, podría ser la fuente de los ya citados libretos radiales: aparecen las mismas tipificaciones, los efectos catastróficos a la par de las “risas inmotivadas” y el buen apetito, aunque ahora, a los desastres que ya debe sufrir la capacidad sexual y reproductiva, se suman “cambios sorpresivos de las preferencias sexuales del sujeto”. Sí, debido a la “notable reducción de la testosterona”, la yerba “facilita en sujetos con tendencias homosexuales latentes la atracción por sujetos del propio sexo”. Esto, a menos que se considere la homosexualidad como un grave contratiempo, podría pasar como otro efecto benigno más, tal como las risas injustificadas y el buen comer. La lectura, no obstante, deja la impresión de que tampoco esta es una transformación recomendable de la personalidad y la actitud social. En otras palabras, no hay nada malo en reírse sin motivo, comer con ganas o convertirse en homosexual, a menos que uno haya fumado marihuana antes de hacerlo.

 

                              

 

***

 

Comprender la función “droga” implica que también comprendamos algunos aspectos del funcionamiento cerebral; por ejemplo: “Las drogas duras actúan sobre la región anterior del cerebro ubicada detrás de la frente y llamada por ello región prefrontal supraorbitaria”. Esta porción del cerebro contribuye a frenar los instintos “más primitivos, regidos por el cerebro animal que compartimos con los animales de otras especies”.

 

Gracias al efecto de las drogas “duras”, esta zona cerebral deja de operar con eficacia y “toma el mando el cerebro animal”. Aquí los científicos hacen uso de un símil muy específico, el consumidor es comparado al chimpancé o al gorila; se le ve retroceder 14 millones de años en la escala evolutiva para funcionar “como un orangután”. Ahora bien, “el criterio más seguido por los especialistas cubanos es que toda droga capaz de transformar de manera notable la conciencia, la personalidad y el comportamiento del consumidor, debe calificarse como droga dura, por lo que en nuestro medio la marihuana y el alcohol cuando se consume en forma no social” se clasifican como tales. La noción de conciencia que se imparte a estudiantes de medicina, y que el libro cita al responder “qué es la conciencia y cómo se afecta por las drogas”, la llama “función psíquica de mayor jerarquía, exclusiva de los seres humanos (el subrayado es mío) y posible gracias al desarrollo de la región prefrontal del cerebro, y de las interacciones sociales”.

 

Esta conciencia prefrontal no es asequible a los monos, sinsontes y mucho menos a las abejas y hormigas; en cuanto a aquellos humanos que fumen marihuana durante la adolescencia, poseerán “menos fibras” en las susodichas zonas cerebrales que verán reducidas sus actividades, se reducirá el hipocampo y perderán también “la memoria”. Más que a primates u hormigas, la descripción recuerda a un zombi, tal como lo suelen mostrar las películas de “los países industrializados”.

 

Por su parte, los consumidores de café o cigarrillos no correrán el mismo riesgo, pues estos productos, “en dosis habituales” no modifican la conciencia de manera notable. A pesar de que el humo del cigarrillo solo demore 7 segundos en afectar el sistema nervioso, a pesar de que el tabaco reduzca la irrigación sanguínea en las mencionadas zonas prefrontales (tal como “ocurre en los pacientes esquizofrénicos”), de que perturbe “la respuesta sexual” y mate anualmente a millones de usuarios, es sin lugar a dudas una droga “blanda”, sobre todo acompañada del café, “padre del verso”. Un consumidor de tabaco y café jamás se asemejará a un zombi o a un orangután.

 

Cuenta la verdad científica, al relatar “la verdadera historia de las bebidas alcohólicas”, que los primitivos seres humanos hacían uso de las drogas (duras o blandas) ya desde la etapa de los “recolectores-experimentadores”, antes aún de que el “desarrollo cognitivo” les permitiera comprender el método de fermentación. Cabe preguntar entonces cómo llegamos hasta aquí, cómo se nos ocurrió agregar alcohol a las drogas ya existentes, precisamente en una etapa crucial de lo que ahora llamamos conciencia o pensamiento. Me atrevo a responder con uno de los aforismos ofrecidos al final del libro: “Debe hacerse en cada momento lo que en cada momento es necesario”. Entonces, ¿hay alguna relación entre estas experimentaciones y el surgimiento del lenguaje?

 

Pensando en la muy estudiada conexión entre esquizofrenia y lenguaje, podría preguntarse si los recolectores-experimentadores la padecieron ya, mucho antes de que Descartes declarara “pienso, luego existo”; estas preguntas no aparecen en el elenco. Tampoco aparece una pregunta que podría formular el criterio popular: si el tabaco y el alcohol tienen mayor índice de mortalidad, morbilidad y adicción que la marihuana, ¿por qué son legales y esta no?

 

Este es el tipo de pregunta simple, ingenua, que la verdad científica demolería sin esfuerzo, o sofocaría bajo los escombros de la jerga especializada; sin embargo, no fue seleccionada para representar al criterio popular en el evento de preguntas y respuestas. Aparecen, en cambio, respuestas a preguntas que no me he hecho. La legalización de la droga, ¿funciona?; el elenco no incluye esta pregunta, más sí la respuesta como efecto secundario de otra pregunta: “es una catastrófica, aunque honesta intención surgida de personas bien intencionadas y de alta calidad humana”.

 

La legalización tiene una motivación práctica, incluso pragmática y un efecto relajante en las costumbres. Me doy plena cuenta de que “relajación de las costumbres” equivale a anatema; al mismo tiempo, desde un punto de vista biológico, hasta las costumbres deben relajarse. Partí de Ámsterdam con la impresión de que la experiencia de la legalización y la tolerancia dista mucho de ser catastrófica; tampoco es que necesariamente sea más honesta y bien intencionada que cualquier otra operación comercial, baste decir que no vi orangutanes en los coffeeshops; los vi, así como chimpancés y gorilas, en el zoológico Artis. Allí gozaban de mejores cuidados que muchos consumidores de drogas y pacientes mentales en el cautiverio de innumerables instituciones ad hoc diseminadas por el planeta.

 

Tampoco me he preguntado si el uso del cannabis puede “desencadenar” la esquizofrenia, pues no tengo la menor idea de qué puede, en realidad, desencadenarla ni, por cierto, puedo vanagloriarme de saber “a ciencia cierta” qué es la esquizofrenia, más allá de la palabra o concepto y de un grupo de síntomas tan concomitantes como difusos. Probablemente el mío no sea más que un criterio popular, obligado a bajar la cabeza ante la tajante respuesta de la verdad científica: la marihuana ha sido reconocida por la Organización Mundial de la Salud “como una de las más frecuentes drogas desencadenantes de esquizofrenias resistentes al tratamiento”. El consumidor empedernido —no puedo dejar de pensar en Bob Marley— presenta apatía y extrañamiento afectivo y emocional, “al igual que los cuadros esquizofrénicos severos”; es más, dejando atrás cualquier vacilación, los autores concluyen, ya en el último tercio del libro, que la marihuana es, simplemente, el “más frecuente desencadenante” de la esquizofrenia. Nada como la prohibición para prevenir enfermedades mentales.

 

Conformar, a como dé lugar, un expediente anti-cannabis, no es un elemento novedoso en el esfuerzo mancomunado de científicos, legisladores, propagandistas y policías por erradicar eso que los autores de Alcohol y otras drogas llaman, sorprendentemente, el “incipiente fenómeno del consumo de drogas ilegales”. Sabemos, gracias al propio libro, que no eran ilegales en la Edad de Piedra; gracias al libro de Gil Carballo, sabemos que no eran ilegales hace menos de un siglo. ¿Será que la prohibición es más incipiente que el consumo?

 

 

***

 

En el documental The House I Live In, de Eugene Jarecki (2012), el investigador Richard Miller, al analizar la “guerra contra las drogas”, revela algunas coincidencias con lo que otro historiador, Raul Hilberg, ha planteado respecto al proceso de destrucción por etapas que hoy llaman “el Holocausto”. La primera de estas es la “identificación”, en la cual un sector de la sociedad es señalado como causante de perturbación en el tejido social; la segunda es el “ostracismo”, en la cual aprendemos a odiar a esas personas; la tercera es la “confiscación”, esas personas pierden sus derechos civiles y, eventualmente, sus propiedades; el cuarto eslabón es la “concentración”, por la cual son recluidas en prisiones o campamentos y, finalmente, la “aniquilación”.

 

Miller “identifica” un momento de la historia norteamericana en el cual ciertos grupos “raciales” son marcados como causa de problemas sociales, o económicos, y vinculados al uso de drogas: los chinos, que contribuyeron al desarrollo de California trabajando de manera masiva en los ferrocarriles, son “identificados” como fuente de inestabilidad en el sector laboral, al ocupar empleos destinados a los nacionales y son vinculados al uso del opio; los mexicanos, por razones de similar índole, son “identificados” y vinculados al uso de la marihuana; los negros son vinculados al uso de la cocaína. Una vez que esta operación funciona, a nivel propagandístico (y, lamentablemente, hay muchas evidencias de que funciona), es fácil proceder con la siguiente etapa.

 

Este momento se localiza entre fines del siglo XIX y los años 30 del pasado siglo; Miller nos recuerda que muchas de las drogas que hoy son “duras” e “ilegales” podían adquirirse en la farmacia y su uso estaba difundido por diversas capas sociales, independientemente de su raza y status económico. De ahí la utilidad de identificar y perseguir, tal como lo dice Miller: “no se puede encarcelar a la gente porque sean chinos, pero se les puede encarcelar si fuman opio”. La misma táctica se usará identificando afroamericanos y cocaína, operación que, hasta hoy en día, ha funcionado como un verdadero holocausto. Luego, cuenta Miller, llega el “cambio de reputación del cáñamo”, que había sido un cultivo legal desde la época colonial, por sus variados y apreciados usos industriales (elemento que los autores de Alcohol y otras drogas reconocen), pero que, en la década del 30, “se transformó en un vicio temible”. La marihuana, en esa época, se asociaba con los mejicanos que, también, eran mano de obra barata y, por tanto, un “peligro potencial”. “No se puede”, insiste Miller, “detener a alguien porque sea mejicano, pero se le puede detener por un vicio asociado a los mejicanos”. Miller cree que estas identificaciones que condujeron a subsiguientes prohibiciones, sentaron un precedente negativo para la creación de eventuales “leyes raciales”.

 

 

 

***

                                  

Un conocido escritor colombiano se hallaba, una noche, sentado en una concurrida esquina de Medellín, fumando un cigarrillo de cannabis. Se le acercó un policía y lo inquirió:

 

— ¡Qué hace!

 

— Me fumo un “bareto”, contestó el escritor.

 

El policía le arrancó el cigarrillo de la mano, lo echó al suelo y lo pisoteó. Salta el escritor:

 

— ¿Sabe Ud. quién soy?

 

— Sí, un viejo marihuanero y depravado.

 

El científico ha de saber que, al cumplir con su trabajo, puede estar ofreciendo al legislador, al propagandista y al policía elementos que suelen conformar, en definitiva, herramientas meramente represivas, es decir, no científicas. El consumidor desaparece en tanto “vicioso”, “adicto”, “paciente”, y renace en forma de criminal; no basta con arrancarle el cigarrillo de la boca y llamarlo “depravado”. Hay que tomar otras medidas para colocarlo fuera del ámbito de la ciencia y de la salud pública.

 

Una agradable sorpresa en Alcohol y otras drogas es la presencia de William Shakespeare: respondiendo, precisamente, a la pregunta relativa a “efectos del alcohol sobre la vida sexual”, afirma que “[i]t provoques the desire, but takes away the performance”, es decir, provoca el deseo, pero elimina la realización. La frase de Shakespeare contribuye a iluminar la dicotomía actual entre las “performance degrading drugs”, prohibidas a los ciudadanos, y las “performance enhancing drugs”, prohibidas a los atletas. Shakespeare distancia al deseo de su realización al precisar uno de los efectos de una droga común, legal en unas partes y en otras (las naciones islámicas), ilegal; el deseo de “alegría artificial” convierte al consumidor en ciudadano deprimido, degradado en la apatía, incapaz de cumplir con funciones sociales básicas tales como la “respuesta sexual” y la reproducción. El atleta, en cambio, es perseguido por degradar la realización de su deseo, que es triunfar, mejorándola (enhancing) con medios artificiales.

 

Resulta arduo, en estos casos, comprender los grados de degradación y mejoramiento posibles, sin la presencia oportuna de observadores interesados y entrenados, equipados con los más modernos medios de detección y análisis, en otras palabras, detectives científicos descendientes de Sherlock Holmes y, por qué no, de Charles Darwin. La realidad, sin embargo, no siempre se amolda a los cánones de estos observadores que solo una fe absoluta, propiamente religiosa, en la ciencia nos haría llamar “imparciales”.

 

Cuando Bob Marley, llevado por el deseo de detener la violencia, convocó a dos pretendientes presidenciales a un escenario de reggae, los hizo tomarse de las manos ante miles de personas, sin dejar de danzar y cantar: ¿estaba ofreciendo un performance degradado o mejorado de su deseo? Si admitimos que era una versión mejorada, lo era “por medios artificiales” y, por lo tanto, reprensible en sí misma; en cualquier caso, Marley no aparecía como sujeto apático, desprovisto de valores morales e intereses sociales: resuelta y afablemente, se opuso a la violencia “desencadenada” por quienes, bajo los efectos narcóticos y psicoactivos de la propaganda política, son guiados a la destrucción siguiendo impulsos que sería bello llamar “animales”.

 

Algunos de estos atletas de la violencia son considerados terroristas, y otros, héroes, a veces los mismos y al mismo tiempo. Pueden también llegar a presidir naciones y organizaciones internacionales y recibir premios “por la paz”. He aquí una situación que llamaría “esquizofrénica”; sin embargo, se la llama “orden internacional”, se la llama “alta política”, sus motivaciones y significados son “clasificados”, las más exacerbadas fantasías paranoicas devienen “top secret”. En el soneto 66, Shakespeare habla de cómo ha visto a

 

                   la locura controlando a la destreza

                   y la simple verdad hecha simpleza.

 

Se puede experimentar asombro ante la tarea que han realizado los venerables autores de Alcohol y otras drogas, personas, para usar sus mismas palabras, “bien intencionadas y de alta calidad humana” y hasta podría parecer impío enumerar todas las maravillosas observaciones que en el libro se hacen. Si bien el discurso, como de costumbre, es parco en los aspectos culturales, ancestrales del consumo, al menos los roza—aunque el Psylocibes y el peyotl vayan, de todos modos, a parar junto al éxtasis o la ketamina al gabinete de evidencias médicas o policiales— e, incluso, si gracias a libros como éste, para muchos fiscales de hoy un chamán no sería más que un delincuente camuflado en el criterio popular, se agradece el hecho de que se recuerde a nuestros antepasados “recolectores-experimentadores” que, recogiendo plantas y experimentando con ellas, tuvieron el cuidado de observarse a sí mismos y a todo lo que los rodeaba, como diría Dante, en medio del camino de la vida, sin volverse por ello ni más ni menos animales, ni más ni menos humanos.

 

                                

***

 

Nací y crecí en la costa norte de la ciudad de La Habana, a pocos metros del mar, en la zona que llaman Malecón. En los años de infancia, solíamos nadar regularmente en el mar; en especial, los veranos congregaban a no pocos vecinos en el agua y se colocaba una escalera de madera para bajar a la roca.

 

Cuando mi primer hijo cumplió un año de nacido, lo llevé al agua y, hasta hoy, si nos es dado, nos tiramos en el mar, “abierto, democrático, en fin, el mar”.

 

Hace un par de décadas, aproximadamente, algunos especialistas tomaron muestras de agua en la zona del Malecón, dictaminaron que estaba contaminada y que era, por lo tanto, perjudicial para la salud. Se dictaron regulaciones, se colocaron carteles a lo largo del muro: Prohibido bañarse, prohibido pescar. Las costumbres de bañarse y pescar continuaron y la aplicación de las nuevas prescripciones era laxa. Faltaba eso que los norteamericanos llaman, con satisfacción, enforcement.

 

En los últimos dos años se ha observado un recrudecimiento de esa aplicación: multas elevadas o confiscación de los avíos de pesca, entre otras medidas. Tampoco se permite a los hombres andar sin camisa, frente al mar, en una isla tropical. La costumbre vecinal de poner una escalera improvisada en el verano y apropiarse de la costa hace tiempo ha desaparecido en esta “cuadra”, aunque he observado familias en las pocetas que van en dirección a la bahía. Un día en que, ostensiblemente, iba a lanzarme al agua, un vecino me advirtió:

 

—“¿Quieres pasar la mañana en la estación de policía de Zanja y que te pongan una multa? Bueno...”

 

En otra ocasión, saliendo con mi hijo del agua, un pescador nos alertó airado:

 

—“Ustedes ¿no son de aquí? Les van a poner una multa...”

 

El pescador no se daba cuenta de que él mismo estaba infringiendo una regla al mismo tiempo que oficiaba como heraldo de las regulaciones. El enforcement comienza a funcionar.

 

Al retirarse las aguas del huracán que llamaron Irma, tropas de uniformados se desplegaron en la franja amarilla que divide la avenida a lo largo del Malecón. De espaldas al mar, los soldados de negro impedían el paso de pobladores y turistas hacia el mar, incluso al muro, la acera, media avenida (en una zona que, hasta hace relativamente poco tiempo, era arrecife) y mantenían una observación constante sobre la acera de enfrente. Noté que se le permitía a la población acceder con ofrendas y otros elementos a Yemayá, casi siempre envueltos en bolsas de nylon cuidadosamente cerradas. Nadando en la costa, me he encontrado a veces con algunas de esas ofrendas “herméticas”: un melón, una papaya, guayabas y otras frutas prisioneras en una bolsa de nylon que flota al infinito; también se pueden encontrar flores envueltas en el mismo plástico en que fueron compradas, por no hablar de los caramelos.

 

Esta ocupación benévola duraría varios días con el pretexto de reparaciones y otras bondades; a veces me preguntaba, y me preguntaban, el porqué de este despliegue militar frente, mejor dicho, de espaldas al mar. Control, si hubiera que definirlo con una palabra; un mero ejercicio de control en una zona ocupada al mar.

 

También me pregunto cuántos de esos especialistas, legisladores y soldados se han bañado alguna vez en el Malecón, si estará prohibido bañarse en el Ganges... en fin, la legislación y su puesta en práctica identifican un problema, y lo separan de la consideración de los “demás” al diagnosticarlo “nocivo”, “perjudicial”. Luego, se confisca el espacio de público acceso y se perpetúa el arreglo castigando a los infractores por ponerse en peligro ellos mismos a pesar de las leyes. Finalmente, se reservan el derecho de no resolver el asunto de la contaminación. En esto de escamotear las causas y combatir los efectos, de confundir efectos y causas en una amalgama de intereses y prejuicios, hay un patrón.

                              

 

***

 

Martes 10 de octubre

 

Voy al barrio de Flores para visitar a la comadre, que está “de pase”, le han dado permiso en la prisión para pasar 3 días en casa. Al llegar, me recibe su hijo. Ella está adentro, sonriente, como de costumbre, y serena, al menos exteriormente. Está horneando pan.

 

¿De qué se conversa? Pues de la prisión, de las leyes, en especial de lo referido al indulto, o libertad condicional (que muchas veces no se aplica, ya sea por tecnicismo o por mera voluntad despótica); de los cambios de régimen penitenciario, sus ventajas y desventajas, de los “beneficios”; a la disminución de rejas y vigilancia en los “campamentos”, antiguas “escuelas en el campo”, se contrapone el cambio en la población penal: las reclusas “primarias”, que esperaban juicio o condena, una vez sentenciadas se mezclan con correligionarias curtidas que esperan la libertad.

 

Cuando a veces escucho hablar de otros temas del mundo del lado de acá de las rejas, tales como escuela o conducta social, me parece advertir la íntima unidad de ambos mundos, prisión y vida cotidiana. Por cierto, al volver a casa, intenté escudriñar el Tratado de los beneficios de Séneca y, aunque no sirva de mucho en estos, ahí está la idea de que quien proporciona beneficios debe olvidarlos y quien los reciba, recordarlos. No así en un sistema penal según el cual quien provee los “beneficios” los añade a la cuenta del beneficiado a la hora de descontar la pena, con lo cual se ve que estos beneficios no son gratis. Pero, ¿cree realmente alguien que los “beneficios” pueden ser gratis?

 

 

 

 

 

 

VII

 

 

              

 

“Si te pueden agarrar haciendo las preguntas equivocadas,

ya no tienen que preocuparse por las respuestas.”

                    

Thomas Pynchon

"Proverbios para Paranoicos, 3". El arcoiris de la gravedad

En su ensayo “Us and Them, and Beyond. The Intersubjective Frames of Existence”[35], presentado este 2017 en el Seoul International Forum for Literature, el escritor surcoreano Kim Uchang dedica cierta atención —entre otros temas más recientes que van de la elección de Donald Trump a la sociedad multicultural— a la muerte del Buda Shakyamuni, ocurrida hace alrededor de 2.500 años, en Kushinagar, cerca de la frontera entre la India y Nepal.

“Hay varias versiones acerca de la manera en que murió”, precisa el escritor para referirnos seguidamente a la interpretación de su compatriota, el poeta So Jongju (1915-2000), quien describe así el incidente en un fragmento del poema “Un claro día los himalayas me contaron”:

A la edad de ochenta, en un año de hambruna,

El corazón lleno de nostalgia por la tierra natal.

Pensó en marchar a pie hasta Nepal,

Se detuvo por el camino y aceptó un cuenco

De potaje que Cunda el herrero le ofreció.

Comenzó a vomitar sangre y agonizaba.

Sin embargo, no dejó de hablarle a Cunda

Acerca de la verdad inmortal de Karuna.

No he visto en mi vida a nadie como él.

“A pesar de la violencia sufrida”, precisa Kim Uchang, “Buda no actuó nunca con violencia vengativa, sino que quiso convertir al pecador al pacifismo budista y a la verdad inmortal de la compasión, karuna”. El poeta, quien recibió una formación budista, reitera la historia en otra pieza, “El Pico del Templo Mayor de los himalayas me contó”, en la que afirma que, desde la perspectiva búdica, el envenenado Shakyamuni no tiene otra alternativa que permitir que el veneno se diluya con amor “en el alma del envenenador”, Cunda el herrero, para que así surta efecto el “trabajo emprendido” por la víctima, es decir, el trabajo de la compasión como forma de la comprensión, del “despertar”, tal como suele llamarse en la tradición a este proceso súbito.

En otra leyenda relatada por Kim Uchang, Buda pide a su discípulo favorito, Ananda, que persuada a Cunda de que la verdadera causa de la muerte del maestro no son los “hongos venenosos que Cunda ha puesto en la sopa”. El escritor coreano cree que, al desviar la atención respecto del modus operandi del criminal, Shakyamuni quiso practicar la compasión disminuyendo el sentimiento de culpa en el envenenador. Kim Uchang nos remite incluso a otra fuente interpretativa: al serle ofrecida la “sopa envenenada”, Buda supo al instante, “como el ser omnisciente que era”, cuáles eran la motivación y el contenido reales de la ofrenda alimenticia; sin embargo, la tomó como medio hábil para propiciar en el criminal una percepción ulterior de la naturaleza negativa del crimen. Al decir de Kim Uchang, se aprende mejor mediante la experiencia directa que a través de la “instrucción moral”; o, lo que en este caso viene a ser lo mismo, la experiencia directa es una forma superior de instrucción moral.

Como practicante zen, escuché varias veces a los monjes “antiguos”, es decir, experimentados, discurrir acerca del deceso de Buda, en ocasiones incluso en tono humorístico, por no decir irreverente: el omnisciente Buda murió de diarrea, como un hombre cualquiera, víctima de una intoxicación provocada por un plato a base de hongos y carne de cerdo que le fuera brindado como gesto inocuo, no inicuo, de hospitalidad. Tan llamativo es que Buda aceptara el veneno como que accediera a comer carne de cerdo, tratándose de uno de los productos más tabú que jamás hayan existido, desde el antiguo Egipto hasta el vegetarianismo actual. No obstante, la actual perspectiva zen de “armonizar antes que rechazar”, lejos de ser acomodaticia o meramente adaptativa, implica que nos impliquemos en lo que existe antes de siquiera pensar en superarlo y propone que superar lo existente, por defectuoso que sea, solo es posible si se rebasan los propios umbrales de aceptación. Dada la naturaleza mutable e impermanente del cosmos, llegado el momento incluso un buda puede tener límites.

En un detallado escrito que dedica al mismo tema, Robert Gordon Wasson [36] infiere, tras escudriñar algunos textos del canon budista (quizás, tratándose del “gordo guasón”, como lo llamaron sus informantes mexicanos, no sin algo de wishful thinking) que los hongos en el potaje o sopa eran de una variedad alucinógena y que, al consumirlos, Shakyamuni no hacía más que prepararse para la apoteosis última y eterna de su despertar: el Parinirvana. Un buda psicodélico puede parecerle a alguien una hipótesis extravagante, pero, dado que ni Kim Uchang ni So Jongju se lo preguntan, preguntémonos nosotros acerca de los móviles que pudo haber tenido Cunda para asesinar a un monje de 80 años que se dirigía plácidamente a pasar sus días postreros en las faldas del Himalaya. ¿Motivos religiosos? Cunda, un sudra, perteneciente a la casta más discriminada del sistema imperante, ¿habría salido en defensa del hinduismo eliminando a su apóstata más destacado, al más pacífico de los revolucionarios? El asesinato de Gandhi, 25 siglos más tarde, nos demuestra que no solo “el que a hierro mata a hierro muere” y que un apóstol de la no violencia puede ser, a ojos de un fanático, objeto predilecto de violencia. El gesto de Cunda puede así adquirir, incluso, cierta “aureola política”.

La lectura de Wasson, por otra parte, y por hippie que nos parezca, al formular a un buda que se droga para acelerar, y hasta amenizar, el traspaso a otro coto de la realidad, la muerte, no está menos sustentada en posibles móviles religiosos o “espirituales”, teniendo en cuenta la larga tradición de consumo de hongos alucinógenos (investigadores como Wasson o McKenna los llamarían “enteogénicos”, es decir, divinizadores de la conciencia) desde los albores del pensamiento religioso hasta nuestros días, en los cuatro puntos cardinales del planeta. Tal como ha dicho Richard Evans Schultes, considerado el padre de la etnobotánica, al hablar de los indígenas del Amazonas, “ellos creen en el poder de las plantas, aceptan la existencia de la magia y reconocen la potencia del espíritu”. Cunda el herrero, aborigen él mismo, pudo haber tenido una concepción similar a la de un Macuna, un Cofán o un Barasana en el instante de ofrendar, a un buda, su veneno.

***

Por cierto, ya que se habla de veneno ofrecido por la tradición y voluntariamente ingerido por la víctima, ¿por qué no hablar de Sócrates? Aunque no omnisciente, pues él mismo se encargó de aclarar que “no sabía nada”, Sócrates conocía no solo los efectos de la cicuta, sino además que era insensato pretender escapar de ellos, pues, en este mundo, nadie sabe quién está en mejor condición, si los que se quedan o los que se van, si los que sobreviven a cualquier precio o los que siguen, para decirlo a la Heidegger, el sendero del ser hacia la muerte. Es consabido que en la repugnancia de Sócrates a escapar a la muerte hay también un elemento de orden político: desafiar los dictados de la democracia no es menos herético que intentar evadir los designios de los dioses.

Algo del eco socrático resuena en la observación —tan rica e intrincada como un cocido de carne de cerdo y hongos tóxicos— que Kim Uchang hace respecto de su compatriota, el poeta So Jongju, a quien se le reprochara en vida el mutismo ante los desmanes de la dictadura militar. Para Kim Uchang, la relación entre Buda y su veneno descrita en los poemas de So antes citados vela su propio vínculo de silencio con los represores; como el Buda ante el herrero, el poeta tragaba su veneno sin chistar y, sin embargo, el “tono apologético, didáctico y argumentativo” de sus versos lo separa del sentido inmediato de la compasión que Shakyamuni muestra ante su supuesto victimario. Buda no elude la muerte ni la comunicación con quien se la proporciona; So Jongju elige hablar de Buda como un expediente de “instrucción moral”, mientras calla el nombre de los asesinos de su tiempo. El juicio es severo y delicadas sus ramificaciones, pues ¿cuál sería hoy la tarea de un buda ante el proceso de envenenamiento general? Probablemente la misma, diría cualquier budista que se respete, la Vía del Medio, sin ser un medio político, tampoco es la vía del miedo.

No cabe duda de que el veneno es también metáfora del pensamiento, que puede servir para curar, para adormecer o para “matar en vida” según quién lo use, cómo y con qué fin. El investigador, aquí, se encuentra en una situación chaplinesca, como la de aquel indigente que, en Tiempos Modernos, deviene agitador involuntario y después recluso y que en prisión descubre, una vez más por azar, los efectos estimulantes de la cocaína que lo llevan a convertirse en héroe y, finalmente, a recobrar la libertad. El contacto con la verdad es mucho más azaroso de lo que me gustaría admitir. Este es un poema de Lawrence Ferlinghetti:

 

Avistamiento de Buda

 

Cuando tenía tres años

vi al bebé Buda

en un manzano junto al río Hudson

Cuando crecimos

Buda bajó de su manzano

Y tomó el Ferrocarril Central de Nueva York

por el Hudson entrando por Manhattan

hasta Grand Central Station

Y tomó el Times Square Shuttle

y luego otro metro hasta el downtown

Y se bajó en Wall Street

Y desapareció para siempre

en la Bolsa de Nueva York

Aunque algunos dicen que ha sido avistado

trabajando en las entrañas del sistema

para iluminar a todo el mundo

sobre cómo vivir

al igual que Siddharta

sin dinero [37]

 

El Buda de Ferlinghetti es tratado como rara avis; es arduo, al menos para un lector cubano, no rememorar la conocida frase de Martí (“viví en el monstruo...”), cuando el Buda se sumerge “en las entrañas” (bowels) de la Matrix. El Martí de New York, como Lorca años más tarde en la misma ciudad, ingiere a voluntad enormes cantidades del veneno que “el monstruo” distribuye de acuerdo con la ley del valor por la urbe “anti-ática”; la capital del dinero “envilece, devora, enferma, embriaga” y aquel mismo “ruido” del que hablaba Susan Sontag, aquí en su versión de guerra cotidiana, se traga la poesía “como un corcel la yerba”. Los versos del Martí habitante neoyorquino abundan en la metáfora del vino, la copa y, por consiguiente, del veneno:

¡Tengo miedo ¡ay de mí! de que este vino

Tósigo sea, y en mis venas luego

Cual duende vengador los dientes clave!

¡Tengo sed; mas de un vino que en la tierra

No se sabe beber!

La sed, como aspecto de una jugosa modernidad ilusoria (“¡La edad es ésta de los labios secos!”), es inherente a la condición del poeta que se escurre entre una multitud ahíta de espejismos, aspirando al “gigante vaso donde se bebe al fin la paz eterna”, pues, nos dice:

¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llena

De copas por vaciar, o huecas copas!

La copa que contiene el “tósigo” es también imagen del cuerpo femenino en tanto que mero “objeto sexual”; la “ciudad grande” de aire babilónico, y tóxico, es precisamente el destino del joven Buda de Ferlinghetti, que abandona su refugio arbóreo junto al río para integrarse a la fábrica de espejismos, o desintegrarse en ella, así como Shakyamuni bebe voluntariamente el veneno para que este “se diluya en el alma del envenenador”.

Recordemos que “tóxico” (griego, toxikon) era, en la antigüedad, el veneno que se untaba en la punta de la flecha y que toxon era el arco; y así como bios es, al mismo tiempo, “arco” también y “vida”, y pharmakon puede ser ponzoña o medicina, el tósigo puede ser un “remedio amargo”: una “cura de caballo”, un doloroso despertar.

No es entonces casual que en el número de The New Yorker del pasado 30 de octubre se utilice la frase “Imperio del dolor” para adentrarse, desde los titulares, en el tema de la llamada “crisis de los opioides”; con 50.000 muertes anuales por sobredosis y unos 2 millones de adictos en la federación norteamericana, no es del todo estrafalario hablar del “duende vengador” que habita en los pain killers, o analgésicos, de “última generación”.

Andrew Kolodny, de la Opioid Policy Research Collaborative, iniciativa adscrita a la Universidad de Brandeis, sugiere que “la crisis se precipitó inicialmente por un cambio en la cultura de la prescripción” promovido por empresas tales como Purdue Pharma, que lanzaron “una campaña multifacética que desinformó a la comunidad médica”[38]. Sin detenerme ante una idea tan elegantemente planteada como la del “cambio en la cultura de la prescripción”, ni mucho menos juzgar a una “comunidad médica” que ha colaborado con el juego de la desinformación durante, al menos, un siglo, me permito, sí, observar que la noción de “matar el dolor” es, en sí misma, dolorosa e ignorante del papel que el dolor y, en general, la enfermedad, juegan en el ciclo de vida y muerte que es “la vida”. Deudora de una mentalidad indisciplinada que ve enemigos por doquier y reacciona, como un muñeco de los juegos de video, disparando a discreción, dicha noción termina por hacer florecer aquello que pretende erradicar; no hay que asombrarse si al matar el dolor, se mata también a los adoloridos. Si fuera el caso de escandalizarse, habría tal vez que hacerlo al contemplar en qué medida matar y castigar han llegado a tener, en esta civilización, un valor terapéutico y cómo las metáforas militares y médicas (como es el caso de los “bombardeos quirúrgicos”) discurren por el mismo canal y gozan, en la práctica, de la misma aprobación, tácita o expresa.

Estamos, pues, rodeados de adversarios perversos: mosquitos, virus, terroristas, drogas, pervertidos, bacterias, espías, extraterrestres, narcotraficantes, huracanes, inmigrantes, colesteroles, celulitis, stress, hackers, burbujas inmobiliarias, neonazis, independentistas, fondos buitres (vulture funds), comida chatarra, hambruna, populismo, golpes de estado parlamentarios, pornografía, racismo, enfermedades de laboratorio, malwares, rayos ultravioleta, deudas externas, hipotecas y desalojos, radicales y fuerzas antimotines, contaminación y metástasis, estamos rodeados de dolor. ¿Cómo matarlo, sin suicidarnos? ¿Sin generar más dolor al mismo tiempo que crecen las ganancias financieras?

En una escena, a la altura de la página 349, de El arcoiris de la gravedad, Pynchon muestra el dialogo entre un capitán Tchitcherine, de la “inteligencia” soviética, y un tal Wimpe, vendedor de la empresa IG Farben, agente “al estilo clásico”. Mientras que Tchitcherine es solo “un soldado y lejos de casa”, el vendedor representa, en tanto que “enlace”, “intermediario”, Verbindungsman, el contacto con una entidad internacional o global como se dice hoy; la conversación se desarrolla inmediatamente después de finalizar la segunda guerra mundial, tras una homilía del vendedor acerca de la búsqueda de “algo que pueda matar el dolor intenso sin causar adicción”, la que ha llevado a los investigadores a una situación cuántica por la cual advierten que existe un “paralelismo entre analgesia y adicción” que les impide aislar una propiedad de la otra.

Esta búsqueda de El Dorado farmacéutico es, según Wimpe, inevitable, pues se trata de “una cuestión de prioridades en equilibrio”. Cortar, desde un punto de vista comercial, el nudo gordiano de analgesia y adicción debe tener alguna “plusvalía”, y no pequeña.

Tchitcherine: ¿Es usted en verdad tan malo, o es solo una actuación? ¿Está realmente traficando con el dolor?

Wimpe: Los doctores trafican con el dolor y nadie soñaría siquiera con criticar su noble vocación. Pero apenas el intermediario echa mano a su portafolio, todos ustedes echan a gritar y a correr. Bueno, entre nosotros no hallará muchos adictos. La profesión médica está llena de ellos, en cambio los vendedores creemos en el dolor real, en la liberación real (real deliverance) —somos caballeros al servicio de ese Ideal. A los efectos de nuestro mercado, todo debe ser real. De lo contrario, mi empleador— y nuestro pequeño cartel es el modelo de la estructura misma de las naciones— se perdería en la ilusión y en el sueño y algún día se desvanecería en el caos. También su empleador”.

De nada vale que el capitán aclare que su “empleador” es el “Estado soviético”; el propio Marx se encargó de advertir, si bien con otras miras, que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, y, en la perspectiva del agente comercial —que ya ha superado, incluso, la categoría de “doble agente”— el célebre “opio de los pueblos” es una especie de Joker y en el juego de cartas puede realizar varias funciones, incluso la literal. Esta es, ciertamente, una conversación imaginaria, pero no fantástica; si observamos las actuales declaraciones gubernamentales en la propia tierra natal de Pynchon, acerca de la voluntad de hallar un “pain killer” que no genere adicción, como parte de un proceso que no se sabe bien si es “emergencia nacional” o “nacionalidad sumergida”, la de los adictos, nos damos cuenta de que la búsqueda de El Dorado político-farmacéutico está muy lejos de haber hallado fin.

El tema de la novela de Pynchon no es la droga, ni la plusvalía, ni la guerra (en cualesquiera de sus formas), ni el “eterno retorno” con sus patrones repetitivos de “caos” y “orden”, “decadencia” y “renacimiento”, ni siquiera la “parábola” como “parábola de la existencia”, ni otros retruécanos y avatares de la llamada modernidad que, desde luego, es al mismo tiempo una premodernidad medieval y una postmodernidad virtual. El tema parece ser el “control”, y el “control mental” es un ingrediente dentro de ese potaje de caos-orden que Pynchon describe como característico de ciertas fases de “transición”, cual la posguerra.

No es el único tipo abordado y habría incluso que dudar que es el más importante en un entramado de controles que parecen concederle a la mente un valor tan contingente como el de la plusvalía. Sin embargo, entre estas “golosinas de la inteligencia”, como decía Lezama, se encuentran ya algunas piezas claves en el rompecabezas (nunca mejor dicho) de la adicción al provecho que emana del “poder” manipular procesos mentales. Aquí la adicción a la “verdad” juega un papel prominente; no es casual que entre los gadgets que Pynchon menciona se encuentre el famoso “detector de mentiras”, o “variable Larson-Keeler”, expuesta en la obra de J. A. Larson, aparecida en 1932, Lying and its detection: a study of deception and deception tests (Montclair, N.J.: Patteerson Smith, 1969).

Lawrence Ferlinghetti

De los experimentos salivales de Pavlov alrededor de la “respuesta condicionada” al Minnesota Multiphasic Personality Inventory (encargado al ejército en 1943), de los manchones de Rorschach a la psicología conductista de Watson & Royner, sin olvidar las técnicas “mejoradas” de interrogatorio-tortura a base de psicoactivos, el experimento literario de Pynchon muestra un repertorio de intentos por alcanzar la comprensión científica de la mente y proceder a su control, que me remite a la atmósfera de Verne o, mejor aún, a Méliès con su cohete clavado en el ojo de la luna. No es cosa de risa, sin embargo (aun cuando la novela de Pynchon sea hilarante a veces, aun cuando digan que Kafka reía a carcajadas cuando leía textos a los amigos); al responder a quienes cuestionaban la temeridad de sus ejercicios interpretativos realizados con niños, el fundador del conductismo declaraba, “ustedes pueden pensar que tales experimentos son crueles, pero no lo son si ayudan a

entender la vida de miedo que millones de personas

viven a nuestro alrededor y nos brindan asistencia

práctica en la crianza de nuestros hijos”. Creer que provocar miedo puede contribuir a curarlo es el primer paso hacia ese comercio del dolor que el Verbindungsman Wimpe considera inevitable, es más, ideal para la conformación de un brave new world, “con todas las de la ley”. Si los científicos lograran comprender la “vida de miedo” de los animales de laboratorio, verían en ese espejo su propia “vida de miedo” y su propia condición de animales de laboratorio.

 

 

Domingo 12 de noviembre

 

Voy a visitar a mis amigos, que están “de pase”. Van de la prisión a casa por 4 días él, ella por 5. Luego, van de casa a la prisión, voluntariamente. Es parte de lo que llaman “los beneficios”.

Aunque han tomado la decisión de no hablar de la prisión en casa, cuentan anécdotas; inevitable que suelten sus experiencias allí donde podrían ser más “radioactivas”: en familia, hijos, nietos, amigos, vecinos, la comunidad urbana, en fin, por oposición a la otra, periférica como un desecho tóxico. Me gustaría reproducir esas anécdotas, pero disfruto el aire de familia y no soy un cronista. Tomo café, converso, no tomo notas.

He ahí por qué olvido las anécdotas y me quedo en el asunto de la confiscación de la vivienda; varios abogados nacionales se han opuesto a tamaña medida (ley 232), considerando que no se debe castigar 2 veces x 1 mismo delito. Estas consideraciones no han tenido efecto y la medida se aplica militarmente, “sin miramientos”, y por vía civil; de hecho, cualquier “apelación”, si de apelación puede hablarse, es dirigida al ministerio de la “construcción” y no al de “justicia”. Aquí también Kafka reiría, por no llorar. Aun cuando no se ha comprobado, tal vez ni siquiera investigado, vinculación alguna con el “tráfico de droga”; aun cuando el domicilio en cuestión no es ni “mal habido”, ni “habido” por otro medio que el desglose familiar; aun cuando en el domicilio habiten personas no vinculadas, ni a tráfico alguno ni al caso, procede la ley como un carro de asalto, blindado y artillado, con respecto a la propia ciudadanía.

***

 

Nos llegan, de la península ibérica, estos textos: de Escohotado, Aprendiendo de las drogas. Usos y abusos, prejuicios y desafíos, publicado por Compactos Anagrama en 2015, y la monografía La creación del problema (1900-1929), publicada en la Revista española de investigaciones sociológica (Reis) en 1986; Políticas sobre drogas en Portugal, serie de artículos de Artur Domoslawski para Open Society Foundations (2012); y Nuestro derecho a las drogas (2006), de Thomas Szasz, en traducción de Escohotado, publicado por Anagrama en su Colección Argumentos (1997).

La creación del problema, como su título indica, defiende la visión de que una norma social, en este caso el consumo de drogas, puede ser subvertida, demonizada y perseguida obedeciendo a perspectivas “morales”, generando una serie de desastres sin precedentes en el orden de lo político, lo económico y lo jurídico, es decir, en el orden de lo “humano”, contribuyendo a provocar, precisamente, aquel estado de caos (ruido) en la conciencia individual y social que supuestamente se pretendía erradicar.

El estudio es enjundioso y cubre un período histórico que va de fines del XIX a los años 30 del siglo pasado, pasando por la Ley Harrison de 1914 y algunas conferencias internacionales ad hoc, como las de Shanghái, La Haya y Ginebra. Comienza el opúsculo con una cita de Gracián:

“Muchas veces nace la enfermedad del mismo remedio”.

Hablando de enfermedades, en alguna medida el texto es deudor de una investigación anterior, The American Disease: Origins of Narcotic Control, de D. A. Musto (Yale University, 1972). También cita, al inicio, este hallazgo de G. Beard (American Nervousness: Its Causes and Consequences, a Supplement to Nervous Exhaustion, G.P. Putnam, 1881): “el uso de sustancias sicoactivas se vincula a la ‘fragilidad’ de la civilización misma”.

 

Un dato: 60 años antes de la publicación de American Nervousness, los Estados Unidos habían comenzado a fabricar morfina; la empresa pionera fue Rosengarten & Co., de Filadelfia, origen de la multinacional Merck, Sharpe & Dohme, a la que se sumaron Bayer (Alemania) y otras compañías encargadas de suplir el mercado norteamericano. En 1902, las importaciones de opio crudo llegaron a 250 toneladas.

Entre los orígenes de “la Cruzada contra los drogadictos”, Escohotado enumera la ya mencionada “nerviosidad” contemporánea, el revival puritano y el racismo, o pánico institucionalizado respecto a las minorías étnicas. Como se ha mostrado en este libro, el consumo de ciertas drogas que, eventualmente, serian ilegalizadas y perseguidas, se vinculó en los Estados Unidos, por razones que poco o nada tienen que ver con elementos científicos o de salud pública, con grupos raciales específicos: el opio con los chinos, la cocaína con los negros y la marihuana con los mexicanos. Ya a inicios del pasado siglo aparecieron propuestas para prohibir el uso no médico del opio, lo cual tendría serias consecuencias para las relaciones de la federación norteamericana con países como China y Filipinas; en todo caso, ya en 1905, como lo plantearía el senador H. W. Blair, la meta era alcanzar “una prohibición planetaria”.

Una prohibición planetaria precisa de acuerdos internacionales sustentados por una política nacional opresiva. Ante la conferencia de Shanghái de 1906, el abogado Hamilton Wright—“cuyo único problema personal era el alcohol, y que llegaría a ser considerado ‘el padre de las leyes americanas [sic] sobre estupefacientes’”— apoyó la creación de “una legislación represiva nacional, para salvar la cara en la Conferencia de Shanghái” y, una vez en la conferencia, dejó claro que solo la represión a nivel global serviría para proteger los intereses nacionales norteamericanos. Aunque aquella conferencia no dio los resultados deseados, la eventual entronización de este argumento tan “familiar” es lo que ha permitido un despliegue a escala global de políticas militares e industriales: “permitiéndose chantajes políticos”, afirma Escohotado, “a otros países productores de fármacos no patentados que desembocaron en exfoliaciones de bosques, envenenamiento de grandes zonas rurales, destrucción de cosechas y —en general— una clara injerencia en sus asuntos internos”. Ya en 1983 la Organización Mundial de la Salud tuvo a bien reconocer que la invasión de somníferos, sedantes y estimulantes farmacéuticos promovida desde los Estados Unidos hacia el resto del planeta es mucho mayor que la exportación de “drogas duras” a ese país por parte de los respectivos productores “tercermundistas”.

Los fundamentalistas de la prohibición basada en malentendidos “científicos” podrían argumentar (aun cuando la presente epidemia de los opioides los desmentiría) que los somníferos, sedantes y estimulantes Made in USA son mucho menos nocivos que, por ejemplo, la cocaína y la marihuana importadas desde México o Colombia; empero, incluso ellos podrían verse obligados a reconocer que la “prohibición planetaria” ha sido una de las imposiciones más efectivas del imperio norteamericano, una que no pocos “antimperialistas” se apresuran a aceptar y seguir al pie de la letra.

En cuanto a la legislación represiva nacional que Wright proponía, en 1910 un cierto diputado Forster presentó al Congreso norteamericano un proyecto de ley persecutoria de cualquier tráfico y uso no estrictamente médico de “opiáceos, cocaína, hidrato de cloral y cannabis, por mínimas que [fueran] las cantidades” y propuso penas de “no menos de un año de cárcel y no más de cinco”. Wright apoyó la propuesta, insistiendo en aspectos como la conexión entre el consumo de cocaína y “el delito de violación de blancas por los negros del Sur”.

En el debate senatorial, que Escohotado califica de “diálogo de sordos”, destacó la intervención de C. B. Towns a favor de la persecución del cannabis, “pues no hay droga en la actual farmacopea capaz de producir tan agradables sensaciones […] y de todas las drogas terrenales ninguna merece tanto estar prohibida”. Un tal doctor Wiley propuso incluir la cafeína en la lista negra de “sustancias controladas”.

Aunque la propuesta de ley no fue aprobada —en buena medida, según Escohotado, gracias a la disyuntiva que presentaban las proprietary medicines, o “medicinas de autor”, verdaderos “estupefacientes” que, camuflándose tras benignos títulos como “El amigo del niño”, “La loción de doña tal” o “El tónico del doctor más cual”, eran meros preparados a base de opio o cocaína—, la maquinaria persecutoria ya había echado a andar tanto en el marco doméstico como en el internacional, de lo cual dieron fe las sucesivas conferencias de La Haya de 1911,1913 y 1914; de ahí que pareciera inevitable, en ese último año, la aprobación de la Ley Harrison.

Para Escohotado, el elemento claramente tóxico de dicha ley que emanaba de la combinación interesada y oportunista de ciencia y moral; definir “qué puede entenderse por ‘médico’ y ‘no médico’ en relación con la moralidad” es asunto que desafía cualquier análisis basado en prejuicios, en los cuales lo religioso, lo político y lo económico se superponen de manera expeditiva a los frutos de la investigación científica, propagando así la paranoia y el “diálogo de sordos” a toda la sociedad y a todo el planeta.

He aquí que “desde 1914 se consagra jurídicamente algo tan poco ‘médico’ y delirante desde el punto de vista farmacológico como que el opio y la morfina promueven apetitos criminales, arruinan los órganos reproductivos y causan demencia”, consideraciones que, como hemos visto, se han transferido y han persistido hasta hoy en lo referente al cannabis. La represión como forma última de “terapia social” se desenvuelve así, para decirlo con las propias palabras de Escohotado, “en relación directamente proporcional con la inaceptabilidad del verdadero estado de cosas”.

A ese “estado de cosas”, que incluía la existencia de miles de consumidores que habían adquirido el hábito “usando medicinas recetadas por algún facultativo”, así como altos niveles de adicción en el propio sector médico y terapéutico (sin excluir a los boticarios), se opone el estereotipo del dope fiend, “consumidor diabólico”, “demonio de la droga”, o como quiera traducirse, en tanto que enemigo público (no muy alejado de los “terroristas” actuales) y no como paciente o “caso social”. A ese efecto, ya para 1925 “no había una sola institución que reconocidamente sostuviese a adictos inveterados”, a partir de la aprobación de la ley unos 25.000 médicos fueron detenidos y, en 1938, 3.000 de ellos cumplían penas de prisión.

Si de 1917 a 1920 se produjeron un total de 8.700 detenciones por “estupefacientes”, en el cuatrienio del 25 al 28 la cifra se elevó a 38.200; si, en 1920, se incautaba droga por valor de medio millón de dólares, una década más tarde las incautaciones equivalían a un millón 600.000 dólares. Un adicto a la prohibición diría que, precisamente, esas cifras demuestran que el método funciona. Esta modalidad de ceguera, que ha sobrevivido un siglo, impide ver que la táctica de la cruzada promueve aquello que supuestamente pretende erradicar.

Ya en los 30, el grupo de “usuarios de preparados farmacéuticos clásicos”, en su mayoría blancos de clase media y edad madura, es superado con creces por un sector de la juventud, en su mayoría negros e inmigrantes en precaria situación social y económica. “Estos consumidores de nuevo cuño”, dice Escohotado, “acosados por la persecución y los altos precios [que ella genera], trafican para subsistir y poseen índices muy altos de criminalidad común, absentismo laboral y marginación”. Hay aquí un mecanismo de “profecía autorealizada” que se legitima per secula seculorum siguiendo el axioma de que “la necesidad de la ley viene probada por las propias dificultades de su puesta en práctica”, según planteara en su momento el general W. B. Wheeler, un prohibicionista “de armas tomar”. Literalmente.

Si bien, gracias al desarrollo del psicoanálisis y las técnicas de terapia social, el prohibicionismo fue contrarrestado por la intervención de nuevos gremios interesados en una solución terapéutica, y no solo represiva, que consideran la adicción “como consecuencia de una dinámica psíquica compleja, susceptible de aparición no solo en seres diabólicos, sino en cualquiera”, y si bien la propia legislación norteamericana (así como la de otros países) se ha diversificado y flexibilizado, el mito del “consumidor diabólico” está muy lejos de haberse extinguido, y no solo en las mentes de sus generadores.

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Aprendiendo de las drogas es un catálogo razonado de sustancias, según su naturaleza (vegetal o química), sus funciones y efectos (que no son la misma cosa y este es uno de los fundamentos del volumen), sus contextos históricos y temas relativos, como toxicidad y dependencia.

 

El texto, que rinde gratitud al químico Albert Hofman y al siquiatra José María Poveda “por los datos que me facilitaron”, es “versión revisada y actualizada” de volúmenes anteriores aparecidos con los títulos El libro de las drogas (Alianza, 1990) y Para una fenomenología de las drogas (Mondadori, 1992).

 

Tras constatar (como lo hizo en su momento Gil Carballo) que “la ebriedad— especialmente con cosas ajenas al menú lícito— no solo sigue interesando, sino que se ha constituido en rito de maduración para cierta juventud, a pesar de las duras condiciones impuestas por el mercado negro”, el intelectual español orienta su examen hacia conceptos y realidades de uso, basándose en razonamientos y análisis de primera mano y no, a diferencia de Gil Carballo et al, en “exorcismos rituales, sermones de analfabetos o sumisión al interés de alguna secta”.

 

Para Escohotado un enfoque “fenomenol&oac