Un segundo silencio y su violencia: apuntes a dos textos de La Tizza Victor Fowler

 

2 de octubre de 2021

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En "Maquinismo revolucionario y conciencia de clase: una respuesta a Rialta Magazine", de Leyner Javier Ortiz Betancourt, texto aparecido el pasado 22 de septiembre en la plataforma digital La Tizza, de cuyo colectivo editorial es miembro Ortiz Betancourt, su autor dedica un interesante análisis a la cuestión del lenguaje en el socialismo. Análisis al que vale la pena sumar(le) una suerte de proposición agregada o variación cómplice. Me refiero al momento en que se afirma, acerca del capitalismo como sistema, que es este un tipo de sociedad "cuyo sujeto definitivo es el capital, ente mudo". Esa cualidad básica del capital lleva, más adelante en el párrafo, a la conclusión de que "el poder del capital se basa en su no verbalidad".

 

A diferencia de lo que en ese sentido ocurre con el capital como sujeto, desde el inicio del párrafo se nos dice —citando a Boris Groys— que en la sociedad socialista "el poder y su crítica operan en el mismo medio [el lenguaje]". De esa manera, se concluye, "mientras el poder del capital se basa en su no verbalidad, la cualidad lingüística del poder socialista le permite ser sensible a todo enunciado".

 

¿En qué consiste, exactamente, la mudez del capital? ¿Qué es lo que no puede, o no quiere, decir sobre sí mismo? ¿De qué manera ese tramo vacío —o, más bien, vaciado, arrancado— se relaciona con el orden del mundo, planetario, global? ¿De qué modo se niega a hablar de su violencia, sus jerarquías internas, sus opresiones… no ya como sucesos puntuales o episódicos, sino como elementos y factores constitutivos y estructurales, formativos, conformativos, alimento y condición de supervivencia?

 

Esa no verbalidad del capital, su mudez, precisa de una cuantía enorme de verbalidad falseada, parlanchina y lenguaraz —que no comunica y que, por su propia esencia, calla, desvía, oculta, difumina—, además de que requiere del aparato descomunal de una violencia descomunal, se muestren o no esa violencia y esa ausencia de verbalidad (desde la timidez hasta el cinismo) en las esferas política, económica, militar, cultural y mediática.

 

Si el anterior comentario se refiere a la dimensión "compositiva" del capitalismo, quisiera referirme ahora a otro pasaje de “Maquinismo revolucionario y conciencia de clase” que  trata de algo más íntimo y nuestro; hablo de ese otro párrafo en que Ortiz Betancourt señala que "(lo) que escaseaba en los manifestantes opositores del 11 de julio era una conciencia de clase". Así, al final del mismo párrafo, el autor precisa que "(s)olo una conciencia de clase puede permitir visualizar el sistema mundo capitalista como el mayor enemigo del pueblo, y no al Estado como único responsable de sus desgracias".

 

A ese respecto, creo, cabría preguntarse si acaso, junto a esa "escasez de conciencia de clase" —y más allá, paralelamente con esta o en una especie de estado latente, en su propio interior— no escaseaba, también, el reconocimiento del vínculo con la centralidad de lo colonial en cualquier definición del devenir de Cuba y el acceso a sus pasados, presentes y futuros.

 

 

 

 

"Mientras que el gran orden del capital global ejerce su violencia no diciendo lo que es, el actor derivado no sólo se desplaza como si no existiera ninguna otra cosa que su pequeño territorio, sino que además asume la introducción de un segundo silencio, ese que le permite ocultar, en la abstracción de una nación sin apellidos, su condición de colonizado."

Víctor Fowler

© Barry Wolf.jpeg

© Barry Wolf

 

 

 

 

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Esa dimensión de lo colonial y su centralidad en lo cubano —que la máquina capitalista se empeña en transformar en horizonte de expectativas, normalidad culturalizada y aceptada, alimento cotidiano del subalterno (en todos los escalones de su ordenamiento jerárquico)— son una noción y una perspectiva fundamentales para "O Guisa o Praga", declaración que el colectivo editorial de La Tizza publicó, a manera de editorial, ayer 1 de octubre en esa plataforma. En “O Guisa o Praga” se emprende un candente análisis de lo que el editorial denomina “[e]l ciclo político que irrumpió en el espacio público cubano el último fin de semana de noviembre del 2020 [y que] (…) entra en su fase más aguda de disputas” ahora que “el primer aniversario de esa fecha se perfila como la puesta en escena de una gran confrontación”.

 

Huelga decir que el editorial de La Tizza se refiere a una serie de marchas de protesta convocadas para el próximo 20 de noviembre en todo el país por el grupo Archipiélago —cuya agenda de reclamaciones va de la exigencia de que se respeten los derechos humanos a la de que se libere a los presos politicos— para cuya celebración se ha pedido autorización a las autoridades de varias provincias y municipios; hecho este —el de solicitar oficialmente autorización para efectuar esas marchas—, si se quiere, aún más inusitado que las manifestaciones del pasado 11 de julio, al mismo tiempo que difícil de imaginar si no hubiesen ocurrido estas últimas.  

 

Luego de precisar, a propósito de esas marchas, que “sus promotores no son independientes ni buscan independencia alguna: son cómplices, conscientes o no, del imperialismo y buscan la sumisión a este”, el editorial de La Tizza nos dice que "esta derecha nuestra" no sólo actúa como una micro-fuerza  complementaria del gran orden del capital global, sino que —transparentando así su obediencia— se expande hacia un sistema de "relaciones con otras derechas del mundo, más o menos reaccionarias" y hace rebotar en la esfera mediática "sus conocidas alabanzas a connotados presidentes conservadores del hemisferio" (así como más allá de él), para terminar develando su contenido en ese nuevo acto de silencio que es la invocación de una "nación sin apellidos".

 

Es en esa evocadora imagen de resonancias poéticas —que aparece dos veces en el texto, primero referida al “nivel de abstracción y sin apellidos” de los propósitos de la marcha, y después a “la convocatoria de marchar el 20 de noviembre [que] invoca a una nación sin apellidos”— que el editorial de La Tizza se imbrica a la perfección con aquella "mudez" del capital sobre sí mismo de la que nos habla el texto de Ortiz Betancourt; sólo que ahora se trata de un reflejo o derivación, la acción en pequeña escala propia de la condición colonial y, por extension, neocolonial: “[La convocatoria no] menciona el socialismo porque sabe que este dotó de contenidos emancipatorios a lo nacional, de una forma en que la república burguesa neocolonial jamás hubiera podido.” De ahí que, mientras que el gran orden del capital global ejerce su violencia no diciendo lo que es, el actor derivado no sólo se desplaza como si no existiera ninguna otra cosa que su pequeño territorio, sino que asume la introducción de un segundo silencio, ese que le permite ocultar, en la abstracción de una “nación sin apellidos”, su condición de colonizado. Así, según pronostica el editorial, siempre que se trate de esa derecha nuestra: "[n]o veremos en sus discursos ni el antimperialismo, ni la igualdad o la justicia social (…)."

 

En oposición al gesto de "democracia colonial" —la extensión toda del ámbito de ilusión para el actor político colonizado— que esa derecha preconiza, el editorial propone "una solución de máximos, adelantar las leyes que profundicen la democracia socialista, abrir un debate público y masivo sobre la participación y la democracia" y, junto a ello, "fortalecer el poder popular a todos los niveles, retomar la Asamblea General Nacional que sancionó las dos declaraciones de La Habana, recuperar el mecanismo de los parlamentos obreros, potenciar el rol de los sindicatos, y más".

 

Resulta alentador que el editorial finalice en/con ese "más", dispuesto al riesgo y deseoso de apertura y exploración. Un “más” que permite imaginar, expandir, incluir y soñar, transformar, hacer de otros modos.

 

Recomiendo la lectura de "Maquinismo revolucionario y conciencia de clase: una respuesta a Rialta Magazine", de Leyner Javier Ortiz Betancourt, y "O Guisa o Praga", artículo y editorial, respectivamente, de La Tizza. Uno y otro nos adentran, cada uno a su modo, en dos tipos de violencia que son tanto más insidiosas cuanto más invisibles y que, en ambos casos, sostienen sistemas, estructuras y prácticas que se auto-proclaman hostiles o ajenos a toda violencia.