Hacer invisible el chavismo* Marco Teruggi

 

 

*Publicado en inglés con el título “The Social Fabric of Chavismo” en la sección Blog de Verso (www.versobooks.com) el 30 de enero de 2019, en traducción del original “La trama social chavista”, aparecido en Página/12 el 27 de enero. Traducido de la versión en inglés por Rolando Prats para Patrias. Actos y Letras.

 

 

El 23 de enero, Juan Guaidó, quien venía de asumir sus funciones como presidente de la Asamblea Nacional, encabezada por la oposición, se declaró “presidente encargado” de Venezuela en un intento de destituir al titular, Nicolás Maduro. Pero ante una sociedad venezolana profundamente dividida, y el continuo apoyo de los militares a Maduro, no está nada claro cuáles podrían ser las posibilidades de éxito de Guaidó. En el siguiente artículo, Marco Teruggi, quien en los últimos seis años, en su condición de participante en el proyecto comunal de Venezuela, ha sido testigo de primera mano de esta compleja situación, reflexiona sobre el intento de la oposición de formar un gobierno paralelo y sobre su incapacidad para comprender la realidad social de las bases chavistas.

 

Creerse uno sus propias mentiras a menudo puede ser un error fatal. No sería la primera vez que la derecha venezolana cae en ese error. Desde su intento de formar un gobierno paralelo, la derecha ha insistido en que el chavismo no es otra cosa que Nicolás Maduro encerrado en el Palacio de Miraflores, rodeado de su círculo íntimo compuesto por una élite militar corrupta. Sería solo cuestión, repiten, de apoyarse contra algo que ya ni siquiera existe, como derribar un árbol muerto.

Lo mismo arguyeron en 2017, cuando sobreestimaron su propia fuerza y subestimaron la del chavismo. Esa lectura de la situación condujo finalmente a un violento asedio, seguido de una sucesión de derrotas políticas que allanaron el camino hacia la coyuntura actual, en la que la derecha venezolana ha afirmado una vez más su intención de derrocar por la fuerza a Maduro.

Sin embargo, la realidad del chavismo es muy diferente. En primer lugar, el chavismo no se ha desmovilizado. Ello se puso en evidencia con la marcha en defensa de Maduro el 23 de enero, totalmente invisibilizada por la derecha y los medios de comunicación, y con las movilizaciones que se produjeron en los días siguientes, como la marcha del 25 de enero en Vargas,  localidad vecina de Caracas.

A ese respecto es importante desmontar dos mitos de la derecha. Primero, que el apoyo popular se basa en un sistema de clientelismo, y segundo, que quienes se movilizan en apoyo de Maduro lo hacen por obligación. Entre el 37% y el 41% de los venezolanos se autoidentifican como chavistas, según encuestas realizadas por Hinterlaces. Su relación con el actual proceso político varía: hay quienes se sienten distanciados o cansados, debido en gran parte a las profundas dificultades económicas; sin embargo, son muchos más los que están dispuestos a cerrar filas contra la evidente amenaza de un golpe de Estado dirigido por los Estados Unidos.

La militancia del chavismo tiene otra característica: un grado extremadamente alto de organización y politización. Existe un importante tejido organizativo que se extiende a través de los barrios populares y las zonas rurales y que abarca consejos comunales, comunas, comités locales de abastecimiento y producción, mercados comunales, consejos campesinos, emprendimientos productivos y milicias bolivarianas, entre otras experiencias. El chavismo posee una importante dimensión territorial e identitaria. Como la derecha no tiene una presencia organizada en esos territorios, recurre a grupos armados mercenarios para crear focos con la esperanza de obtener apoyo popular.

Más allá de ese entramado, se encuentra el Partido Socialista Unido de Venezuela, principal instrumento político del chavismo y el partido más grande del país, que no muestra signos de división interna. La unidad mostrada por el Partido ante la reciente agresión ha sido abrumadora. Sin embargo, la derecha está tratando de fracturarlo, alentando la deserción entre los desafectos, quines entonces serían presentados como héroes.

Esta muestra de fuerza política es subrayada por la falta de voluntad de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) y de las agencias gubernamentales de responder al llamado a un golpe de Estado. Mientras que en 2017 la derecha venezolana logró poner en contra del gobierno a la Fiscal General, esta vez un solo magistrado del Tribunal Supremo de Justicia abandonó su cargo y solicitó asilo en los Estados Unidos. Es decir, que apenas se ha producido ninguna reestructuración a niveles gubernamentales, teniendo en cuenta las acciones hostiles que se han puesto en en marcha.

La derecha venezolana ha sido una inversión pésima y costosa: este es su cuarto intento, en seis años, de tomar por asalto el poder. Una de las razones de este repetido fracaso es su propia caracterización del chavismo, de sus complejidades, su fuerza, su arquitectura y su capacidad de contraatacar cuando está contra las cuerdas.

 

La tan cacareada fragilidad del chavismo es un cuento de la derecha que ha sido desmentido tanto por las capas populares como por los escalones más altos del país. ¿Puede la derecha venezolana seguir de veras creyendo en sus propias afirmaciones?

Nada de esto quiere decir que no existan vulnerabilidades, muchas de ellas producto de reiterados ataques, otras provocadas por la mala gestión del gobierno o desequilibrios internos. El cuadro económico es el factor más corrosivo. De ahí que la estrategia anunciada por los Estados Unidos sea profundizar y ampliar el bloqueo económico y desecar una economía dependiente del petróleo y de las importaciones. Asimismo, ha quedado claro que los planes futuros del gobierno paralelo dependen de los intereses internacionales y no del ámbito nacional.

El desfasaje entre las dos variables es demasiado evidente para quienes viven en Venezuela. Así lo evidenció lo ocurrido el sábado 26 de enero: mientras el fin de semana se iniciaba de manera rutinaria en Caracas y en todo el país, una sesión extraordinaria del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas devenía campo de batalla entre el bloque liderado por los Estados Unidos y los países opuestos a la intervención extranjera. Tenía lugar allí el principal enfrentamiento.

La derecha venezolana parece a la espera de nuevas instrucciones desde el exterior, en dependencia de la evolución de determinados acontecimientos. Las fuerzas internacionales se han dividido rápidamente en dos bloques: Rusia apoya a Maduro, mientras que la oposición cuenta con el respaldo de la autodenominada “comunidad internacional” de los Estados Unidos, Francia, Alemania —gobernante de facto de la Unión Europa— y España—cuyo interés en marcar la pauta en América Latina obedece a razones neocolonizantes—, junto con el Reino Unido, Canadá y el Grupo de Lima.

Es demasiado pronto para aventurar cualquier tipo de pronóstico sobre la posible evolución de estas variables, aunque lo ocurrido hasta ahora parece indicar que los Estados Unidos avanzan paso a paso por la ruta de un plan establecido. La pregunta es entonces: ¿en qué plazos esperan derrocar a Maduro? ¿Con qué actores? ¿Tendrán previsto acelerar el ritmo de su intervención en el plano interno en Venezuela una vez que el cuadro internacional quede reconfigurado de acuerdo con los intereses de los Estados Unidos? ¿Estarán haciendo ahora cálculos a mediano plazo? Un elemento en particular queda todavía por entrar en juego: el gobierno colombiano.

La política no es un juego de ajedrez, y mucho menos ahora que el mundo ya no está dividido a lo largo del eje unipolar de los años noventa, cuando los Estados Unidos podían hacer y deshacer gobiernos —la forma en que ha mutado la guerra en Siria es prueba de ello. Venezuela es terreno hostil que no se presta a resultados preconcebidos, y la derecha venezolana ha sido una inversión pésima y costosa: este es su cuarto intento, en seis años, de tomar por asalto el poder. Una de las razones de este repetido fracaso es su propia caracterización del chavismo, de sus complejidades, su fuerza, su arquitectura y su capacidad de contraatacar cuando está contra las cuerdas.

 

Subestimar al adversario —en este caso, al enemigo, dada la forma en que se ha desarrollado el conflicto— es un error elemental. La derecha no hace otra cosa que cometer una y otra vez el mismo error. ¿Lo harán los Estados Unidos?