Summer, como el verano Ernesto René Rodríguez                 

Publicado originalmente como "Summer, Like Summer", en Kenyon Review, julio-agosto de 2019, traducido al inglés y leído por Jacqueline Loss. Se publica ahora por primera vez en español, en versión revisada por el autor para Patrias. Actos y Letras.

“Summer, like summer”—dijo. A punto estaba de presentarme a lo “Winter, como el invierno”. Tampoco muy lejos de primavera, de otoño, cuando tocara mi turno. Todas las estaciones convergiendo en un día de verano. Pero no fue a mí a quien se lo dijo, sino a un viejo delante en la cola, él parecía no escuchar bien, debido quizás a una sordera ya sin vuelta atrás. Con la mano en una oreja, se inclinó para señalar a la empleada que, por favor, hablase un poco más alto. Por un momento, lo único que subió de tono fueron las mejillas. Con poca saliva, sin ajustar el volumen de la voz, ni sonrisa formal hacia el cliente, repitió: “Summer, como el verano”. Suficiente para entenderla, aun las personas de más atrás en la cola.

En mi caso, aunque estaba a solo un paso detrás del viejo, no me interesaba en absoluto lo que apenas era un diálogo, quizás porque mi inglés es más sordo que la sordera del viejo, y suponía que se trataba de algo correlativo a la compra. Pero ni una cosa ni la otra, el viejo oía bien, ella era la del problema. Incluso tenía un solapín enganchado al tirante de su uniforme que la identificaba como Summer, para nada se leía “como el verano”.

Entonces, el viejo, además de aparentemente no escuchar bien, tendría su visión igual de dañada, ya que tratándose de un solapín en alta definición, más claro ni el agua. Sin embargo, no insistió, le dio las gracias, recogió sus bolsas y se fue por donde mismo, supongo, entramos todos. Por mi parte me acerqué al mostrador y coloqué dos latas de frijoles negros.

Me quedé observando al viejo a través del cristal de la puerta en dirección al parqueo. Y Summer me sacó del itinerario de su cliente anterior, no logré acertar cuál modelo de auto podía conducir aquel ser. Y como tampoco me percaté del precio que marcaba la máquina por estar con la mirada en otra parte, Summer soltó un siete cincuenta que parecía un 70.50 en otro idioma, a mí me tocó en español; pero si hubiera sido alemán, la cifra me habría sonado en un alemán bien legítimo por apenas dos latas de frijoles negros. Por un instante me le quedé mirando con cierta admiración y me di cuenta una vez más de que la del dilema era ella. Su acento la delataba, aunque hubiese dicho, bien clarito, llamarse “como el verano”.

Saqué mi tarjeta de alimentos para pagar. Summer dijo Sorry, que ese día no estaban aceptando food stamps. Fue toda una sorpresa, nunca me había sucedido en ese store, al cual par de días a la semana tengo la costumbre o la suerte de llegarme y pagar con mi tarjeta de food stamps. Sospecho que más del noventa por ciento de los productos que venden son suministrados por el estado, estado ni qué estado, por el gobierno en Washington, que es el que me da los food stamps y debe de estar subvencionando ese tipo de tienda en este país donde casi todo es privado.

 

Tal vez Summer tenga una tarjeta de food stamps y no precisamente por trabajar allí ni tampoco quizás por ser madre soltera, sino porque su acento en el mejor de los casos es el de alguien recién llegado que ya sabía más de cuatro cosas en la lengua de Michael Jackson. Fuera del lenguaje no se le notaría nada, a simple vista tiene todas la características de una American woman, en este caso de las típicas women rubias. Y más allá de la tez, culturalmente hablando, refleja la viva imagen de cualquier mujer nacida y educada en USA en los tiempos que corren, así sea rubia, china meridional, afroamericana, latina o de cualquier etnia planetaria, sin nunca haber heredado un linaje familiar de indocumentados. A Summer lo que le falta es la pronunciación, cosa que seguro mejoraría la próxima vez que me tropezase con ella.

Así mismo fue, pero no en el store, sino en una farmacia. Estaba también detrás de un mostrador y con un solapín, pero en el turno de noche. Todo parece indicar que tiene dos jobs, quizás para asegurar el sueño americano. Como cualquier emigrante, arrastra la falta de expectativas que no se puede borrar a pesar de encontrase en el país más condimentado del planeta, del imperio dirían los mass media oficialistas en mi país de origen.

No pude evitarlo antes de presentar mis credenciales, o sea, el frasco de naproxen que iba a comprar. Le señalé con un dedo su solapín y le dije bien up, a lo Walt Whitman en sus pasos sobre la hierba… “Summer… como el verano.” “Like weather”, dijo la que había sido Summer como el verano. Ese “like weather” omitió cualquier otra iniciativa hacia ella. Me dejó en off y necesité al viejo de aquella vez delante de mí. Pero en esta farmacia a las diez de la noche nunca hay cola ni casos de urgencia por ningún estante. Le di mi frasco de cápsulas azules. Necesitaba una lo más urgente como fuera posible. Sé que las medicinas no se compran con food stamps, pero sí con cualquier tipo de tarjeta bancaria, más si se trata de una farmacia tipo Walgreens. Al menos, en esta ocasión, espero que no se le ocurra algo como que están aceptando solo cash, porque no tengo ni un céntimo en los bolsillos.  Doce dólares señaló la screen digital de la caja registradora, y mi debit card se deslizó por la ranura del aparatico sin que Summer chistara lo de “like weather”.

 

A ciencia cierta o literatura de ficción, el recurso comparativo de “like weather” me resultó más apropiado y arrebatador que “like summer”. Incluso la pronunciación con la cual  expresó la frase ya era digna de cualquier voice over de un material audiovisual de la tv americana o de la tesis oral por cualquier alumno a punto de graduarse de una carrera universitaria en English language. Felicidades y el máximo promedio para ella. Pero hubo apenas unos segundos de close-up cinematográfico y retroactivo a lo zoom back y fade out para cerrar. Primero fue Summer que ya no es Summer ni like Summer, menos like weather. Al instante de pronunciar este último slogan ya relativo de su supuesto nombre, la sonrisa con la cual lo había enunciado cambió como lo puede hacer el tiempo sin previo aviso. Su rostro se puso tieso y contagió al mío, que sí tenía sonrisas como mangos dulces en Güira de Melena. Pero estábamos en un drugstore de Tennessee y mi vista no se despegaba de su face. . . time como la manzana de Steve Jobs en cualquier Mac store, y mi índice izquierdo señalando al solapín. Claro, todo esto ocurrió en milésimas de segundos. De repente estábamos en una especie de aquí no ha pasado absolutamente nada, pero ella no pudo evitar un pestañazo a la zona franca del solapín y mi dedo, aún, indicándolo, no obstante…  whatever.  Entonces caímos en la cuenta de que al menos en esta farmacia no se llama Summer, en el solapín se leía perfectamente otro nombre: “Milka Novakova”.

 

De inmediato recordé en la escuela primaria tantas Milkas y Novakovas con un solapín que parecía más que una prenda, un aparato distintivo en el tirante del uniforme, a veces enganchado, otras asido por un broche, color oro, al nudo de la pañoleta. Quizás ninguna hubiera sido ella, pero aún conservaba el mismo semblante de una infancia anclada en otro futuro. Apenas sonrió. Me ofreció una bolsa para el frasco de naproxen, no cruzamos miradas de ninguna índole y antes de marcharme por donde mismo se había ido el señor de la supuesta sordera, le dije “gracias” en ruso y ella casi “de nada” en español.

Fondo de página basado en © Bill Owens, Suburbia