Postales de Cuba: soledades Rolando Prats
 

Por fin Remy Dechamps ha recibido, tres semanas después, una postal enviada a New York desde La Habana el 13 de mayo. O dos, pues a su dirección de Spanish Harlem ese día también le envié una a Jan Lerch, amigo nuestro de Berlín que iba a estar de visita por diez días para correr la media maratón de Brooklyn el 21 de mayo, fechas, podía asumirse con prudente optimismo, para las que las postales reaparecerían en el buzón de destino.


Ante la demora de las postales, mis amigos europeos y yo (Jan es alemán, Remy es belga, los tres somos corredores) convenimos, medio en broma, y medio asustado yo de tener que recoger el guante de la apuesta, en que si las postales llegaban, entonces no sería necesario hacer en Cuba sino alguna que otra reforma (o seguirlas haciendo), y si no, habría que hacer otra revolutsia; lo escribo en ruso, por afectividad nada mellada por la de Octubre, y nostalgia por aquellos revolucionarios a quienes no asustaban ni preocupaban (a lo sumo divertían) las opiniones de sus enemigos o de los periódicos o mamotretos de sus enemigos (ah, ¡Ulianov en Materialismo y empiriocriticismo zarandeando, sin sudarla, a Bogdanov y compañía!); y porque en alemán Revolution, como tantas otras cosas, se escribe siempre con mayúscula. En Cuba la Revolución, con mayúscula, ya se hizo, y para qué repetir la historia como farsa. Debería bastarnos la posible tragedia de las tantas revoluciones pequeñas, o parciales o, mejor, puntuales—los resultados no tienen por qué ser pequeños—que quedan por hacerse. En Cuba. En todas partes. Digo tragedia porque en toda revolución, grande o pequeña, siempre hay alguien que sale perdiendo y que no suele perdonar a los vencedores, esté la razón histórica del lado de quien esté. La razón histórica, es decir,  lo que en cada momento la historia, ni siquiera con hache mayúscula, conmina a los hombres a hacer y, sobre todo, los ayuda a lograr, estén o no convencidos de su razón: convicción no es siempre convencimiento, de la misma forma que fe no es siempre convicción. El caso es que las postales llegaron. A New York. Desde La Habana. Intactas. Sin tachaduras. Disclaimer: Como podrán ver por las fotos, las postales no fueron pergeñadas sino con afectuosidades sin enjundia; todavía recuerdo aquella vez, a finales de los setenta, en que envié de Moa a La Habana un telegrama, nada urgente ni subversivo pero en el que tuve la peregrina (y petulante) idea de referirme a mí mismo como el ciervo herido, y cómo la madre del amigo a quien se lo había enviado hasta habló de ir con él (y con el telegrama) a la estación de policía, o, en su defecto, ni volver a pasar por enfrente. Pensar que la mayor parte de nuestras vidas, para quienes hoy nos acercamos a los sesenta, transcurrieron sin teléfono móvil ni correo electrónico—me pasaré el resto de mis días acercándome a los 60, son el sitio de mi imaginario utópico, si bien esa década la viví (la imaginé) de manera diferida, adquirido por ósmosis su reflejo.

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Natural el interés de Remy en recibir una postal, objeto cada vez más anticuado, precisamente de un país con un “régimen” que muchos consideran, entre otras cosas que despiertan fascinación y condescendencia simultáneas, a la vez antiguo y anticuado. En general a los europeos (aunque no en particular a Jan o Remy), gente educada, razonable, culta (o informada) e incluso lo que tiempo atrás solía llamarse progre[sista], y, ejemplo siempre a mano, una mano que confieso que me pica, en especial a algunos de mis colegas españoles de las Naciones Unidas, entre ellos muchos, ¿todos?, que “simpatizan” con Cuba, pero a quienes Cuba no les importa ni antes ni después de esa expresión, pasajera y ritual, de simpatía, los tienta al hablar de Cuba o de su gobierno echar mano a la desdentada fórmula—“el régimen”—, como si con solo decir “el régimen” sus pulmones y bíceps se hincharan, tal vez todavía espantados (los españoles) por el fantasma del franquismo, que a decir verdad, en épocas más recientes, no llegó a recorrer ni el tupido bigote de Aznar, ese otro asno, sin garras (y, dicho sea de paso, tampoco sin ninguna garra).
   

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Para el lector no avisado, “asno con garras” es el epíteto con que el poeta y revolucionario comunista cubano Rubén Martínez Villena (1899-1934) —sí, arrobados lectores de La pupila insomne, no el sitio web homónimo cubano (“oficialista”—dirán algunos) sino el poema homónimo, co-mu-nis-ta, con todo el impulso torvo y el anhelo sagrado que semejante condición entraña— marcó para siempre, como a una bestia, valga la semejanza, a Gerardo Machado, ex Presidente de Cuba de 1925 a 1933, derrocado por una revolución, la del 33, de la que en Cuba se suele decir que “se fue a bolina” (la frase, creo, es de Raúl Roa). La huelga general que precipitó la caída de Machado fue organizada por Martínez Villena cuando este ya estaba gravemente enfermo de tuberculosis, enfermedad que le costó la vida un año después, sin haber cumplido los 35. Por cierto, fue el asno con garras (lo de “asno” se lo ganó por su proverbial incultura; lo de “garras” por su no menos proverbial matonería) quien con proverbial chicharronería —cubanismo por guataquería, cubanismo a su vez por adulonería desmesurada— recibiera en Cuba al otro Presidente estadounidense en ejercicio que jamás nos haya visitado, Calvin Coolidge, en enero de 1928, cuando Machado ya había enmendado la Constitución para poder reelegirse, lo que logró en noviembre de ese año, ocasión en la que ciertamente necesitaba dar cuanta guataca pudiera, que ya sabemos lo picky que son los Estados Unidos con eso de la constitución y las elecciones. Lo picky y lo prickly y lo dogmático, diría yo, porque ¿quién no reelegiría de buena gana a Abraham Lincoln?, si estuviera aquí y ahora entre nosotros, cuantas veces se lo permitieran su expediente político —his political record in office—y la salud mental y moral del más grande hijo de La Tierra de las Oportunidades, si bien no de la oportunidad de ser reelecto por un tercer o más períodos, se esté o no en forma, o se lo haya uno ganado o no con su trabajo y los propios electores lo deseen, como habría sido el caso, muy probablemente, de ese otro encantador de serpientes antes de Barack Obama que fue y sigue siendo William Jefferson Clinton, tan lejos de Abe y tan cerca de los Estados Unidos.


De estas consideraciones no deberá colegirse, en absoluto, ninguna oposición a cualquier tipo de límite o plazo irrevocable para el fin, ordenado, del ejercicio de los cargos públicos, sobre todo los cargos políticos, sobre todo los más altos, sobre todo el más alto, ni menos aun a lo que en los Estados Unidos llaman checks and balances. A los cubanos el constitucionalismo y el apego a las formas más democráticas posibles de gobierno nos viene igual de lejos, de la Asamblea Constituyente de Guáimaro de 1869, de la que nació la primera de las constituciones de nuestra República en Armas. De la Constitución de Guáimaro, Enrique Collazo dijo que había sido “una constitución modelo, aún cuando no teníamos un palmo de tierra seguro en que clavar nuestra bandera”, no sin acotar que la constituyente había hecho “ciudadanos cuando necesitábamos soldados” y había dado “al recién nacido” que todavía era la república cubana (no se olvide, república en armas) “el régimen de vida de un hombre maduro”. En principio, pero sobre todo en igualdad de condiciones, en cada país y entre todos los países, ¿a quién no conquista el espectáculo —o, en su ausencia, el sueño— de la democracia? Sobre todo en un país como los Estados Unidos, tan de vuelta, y hace tanto, de cualquier situación o coyuntura histórica (geopolítica) en la que el ejercicio sostenido de la democracia, o de esa democracia, su democracia, pudiera ni remotamente poner en peligro su seguridad nacional, su tan llevada y traída (y tan hipersensible y delicada) national security; en todo caso, los Estados Unidos, por su propia y descomunal fuerza militar, hoy prácticamente invencible, y su excesivo convencimiento de que los suyos son los únicos o mejores caminos para perseguir la felicidad (the pursue of happiness) o de que lo que hay que perseguir por encima de todas las cosas es precisamente eso, la felicidad, y no la justicia, pueden poner en peligro solamente la seguridad nacional de los demás, y a menudo también ponerle fin.
 

Políticamente, nada es más encomiable, legítimo y necesario que las formas más democráticas posibles, esto es, viables, de gobierno—y viable en política es aquello en virtud de lo cual los medios sirven a los fines, no a la inversa: la democracia es o debería ser solamente un medio, no un fin en sí misma: el fin es y solo debe ser la justicia: para todos; sin justicia no hay igualdad; y sin igualdad los más libres serán siempre precisamente los menos iguales—a la mayoría. Igualdad se ha vuelto una palabra sospechosa. Se la confunde con igualitarismo. Pero lo de que todos los seres humanos nacen libres e iguales es la piedra angular de todas las declaraciones y todos los pactos y todos los instrumentos jurídicos que informan y fundamentan el consenso universal sobre la primacía del estado de derecho sobre el derecho del Estado. 

 

De hecho, también en Cuba se establecieron límites a los períodos presidenciales desde que Raúl Castro fue electo por la Asamblea Nacional del Poder Popular por un máximo de dos períodos de cinco años; las elecciones unánimes, o casi unánimes, también son elecciones, como lo son aquellas en que se presenta un candidato único, y lo son no solo técnica o formalmente, sino también política y moralmente, pues el hecho de que no haya sino un candidato por quien votar no obliga a nadie, incluso sin riesgos previsibles o inmediatos, a votar por él: en la soledad del acto de marcar con una X, o no, y depositar la boleta marcada, o no, en una urna, cada cual es absolutamente libre de votar por su propia conciencia, de elegirla. Como es también una elección no votar por lo que dicte la propia conciencia, no elegirla, por miedo o duda—y de suyo va que la conciencia puede perfectamente dictar que se elija (se ratifique) al candidato único; cada cual elige lo que hace con su conciencia o su falta de conciencia.

 

Nota al margen: Hasta no hace mucho, en Francia los períodos presidenciales duraban siete años, lo cual parecía más que razonable, pues es poco lo que se puede hacer, si lo que se gobierna es un país (sobre todo un país de esos, “de verdad”, como Francia o los Estados Unidos) en cuatro años, de los cuales, en los Estados Unidos, al menos uno, el último del primer término, se dedica casi a tiempo completo a tratar de ser reelecto, y otro, el último del segundo período, a tratar de hacer, a la carrera, todo lo que no se hizo en los primeros siete años que todavía se quiera hacer. Barack Obama debe de haber salivado muchas veces con la posibilidad de despedirse de la Casa Blanca con una muesca más en la culata de su revólver: la del fin del comunismo en Cuba—socialismo dicen los cubanos que no se han tirado del bote, comunismo, casi siempre, los que ya hace rato que están en el agua, o en el aire—, o lo que él considere que existe hoy en Cuba. No parece que le vaya a dar tiempo. Los franceses, por su lado, que no pierden oportunidad de tratar de diferenciarse de los americanos, muchas veces for the sake of it, tampoco pierden ninguna de imitarlos, for the sake of it.


Ahora bien, no tan curiosamente, porque se sabe de dónde viene y qué persigue esa presunta ignorancia, se sobra entre quienes hablan o escriben sobre Cuba como si ya lo supiesen todo y no tuviesen que informarse de nada, nuevo o viejo, quien se hace el que no sabe que en Cuba, al menos desde 2008, el cargo de Presidente del Consejo de Estado (en la práctica el Presidente de la República) se puede ocupar por un máximo de dos períodos de cinco años, como en Francia. ¿Es importante esta mera formalidad, dirán algunos, este mero formalismo, o este mero embuste dirán otros—esta trampa, palabra con la que tienen una relación adictiva quienes no conciben que es posible vivir sin tener, para sobrevivir, que hacer trampas todo el tiempo? Por no hablar de que, después de todo, a algunos parece interesarles más esas formalidades o esos formalismos (sean embustes o trampas o no) que la sustancia que trasunten. Por ejemplo, a los norteamericanos, o a quienes hablan en su nombre (conjuntos intersecantes pero, por lo mismo, no idénticos). Respondamos a esta interrogante con otra: ¿Cómo iniciar y hacer avanzar ningún diálogo o conversación responsable sobre nada; por ejemplo—y aquí correré de nuevo el riesgo de parecer pedestre por tratar de ser pedagógico—, una conversación sobre la necesidad o la mejor manera, si en efecto fuese necesario, de destupir un fregadero, si, de entrada, una de las partes ni siquiera sabe (o finge no saber) que además de la tupición existe un fregadero que (se puede) destupir sin tener que 1) botar el fregadero; y 2) desbaratar de paso la cocina?

 

Hasta en los mejores matrimonios no es infrecuente que los cónyuges no logren ponerse de acuerdo sobre la verdadera naturaleza, magnitud o urgencia de este o aquel problema o asunto doméstico, por aparentemente simple de resolver, o descartar como problema, que este sea. Cuba y los Estados Unidos nunca han sido, ni en los tiempos de menor arrogancia y soberbia de su parte, y mayor abyección de la nuestra, precisamente un buen matrimonio. Matrimonio o concubinato forzoso y forzado por la constante de la geografía. Matrimonio o concubinato de conveniencia (y connivencia) no menos forzoso o forzado por la veleta de las circunstancias, re-empaquetado y re-vendido hoy por los desaforados de la normalizaciónnormalizar tr. Regularizar, ordenar. Convertir algo en normal. Ajustar a un tipo, modelo o norma; tipificar: La fabricación de determinados aparatos se normaliza para facilitar su entrada en todos los mercados.♦ Se conj. como cazar—en presuntas o exageradas complicidades e influencias mutuas, eufemismo (lo de mutuas) para mitigar, en la propia conciencia del más débil y menos mutuo, orgullosa pero dependiente, el gusto o incluso la fascinación—que jamás fue monopolio de la estúpida burguesía cubana, ni de los cretinos como Pablo, ni de la mujer o los padres de Sergio— por todo lo americano (otra exageración) desde el baseball o el boxeo o el jazz o las películas hasta los automóviles, los aparatos, los perros calientes, los sándwiches y el batido (que se inventó en Chicago). Fascinación que es otro eufemismo, o cover-up, por dependencia económica, y por tanto política y, como consecuencia, cultural, pura, simple y nada mutua, pues el tráfico en sentido contrario nunca ha sido ni tan intenso ni tan definitorio. ¿Acaso no es patente el desequilibrio de esa balanza cultural? El intercambio desigual es calle de una sola vía.

 
Como mismo se ha visto que el de elecciones, en la vida personal o en las urnas, es un concepto que cobra su verdadero sentido y adquiere una connotación u otra (positiva o negativa) en dependencia de lo que esté en juego y de las circunstancias (¿qué o a quién se elige y por qué y para qué?), el concepto de régimen per se no tiene ninguna connotación negativa, y así se habla, por ejemplo, del régimen preposicional de los verbos, todos los verbos lo tienen, cada verbo se puede usar solo con un número finito de preposiciones, y cada verbo tiene que observar su régimen, por lo que podría decirse que ni los verbos ni en general la gramática funcionan dentro de un orden, o régimen, democrático; hasta el propio “régimen” que nos ocupa, en tiempos de manuales sobre el futuro luminoso que nos esperaba, solía referirse a sí mismo, sin más, como régimen, as in “el régimen socialista”, o incluso como dictadura, “del proletariado”, sin que nadie saliera a la calle a protestar ni ningún intelectual cubano precoz o fogosamente liberal o post-moderno dijese esta boca es mía, aunque muchos sí este régimen.


También se habla del régimen de sanciones impuesto en virtud de esta o aquella resolución del Consejo de Seguridad contra este o aquel díscolo país, invariablemente del Sur, concepto político respaldado por la geografía pero también eufemismo por haberse quedado fuera, de por vida, de la repartición, y no muy amigo de los Estados Unidos, por un lado, y por el otro, socio comercial o sujeto internacional de interés estratégico para Rusia y China, post-comunistas ambas, de facto o de jure, desde hace por lo menos treinta años, y post-revolucionarias desde mucho antes de las fechas oficiales (y oficiosas) de defunción del proyecto. Solo que al final del día, at the end of the day, como los americanos dicen “a fin de cuentas”, tanto como al final de la noche, cuando lo inevitable ocurre, e inevitable es todo lo que las grandes potencias decidan que sea inevitable, la Primavera Árabe, el Otoño Sirio, el Invierno Ucraniano, los grandes, allá arriba, avant la lettre a veces, after the fact otras, sobre todo after the fact, entre ellos se entienden— ¿oirán allá arriba alguna vez el eco de nuestra intemperie, de nuestra soledad?—, como igualmente se entenderían de tener que ponerse de acuerdo (y repartirse las ganancias o los despojos del caso) sobre algún hipotético Cuban Summer.


Porque ¿a quién, salvo a los cubanos, o a una parte de ellos, y a las corporaciones y las transnacionales, yanquis o casi, le importa Cuba no solo realmente sino vitalmente? ¿A Putin? Solamente como le habría interesado a Jrushchov, como peón en su tablero, y bastan conocimientos rudimentarios de ajedrez para saber que la pieza más fácil de sacrificar son los peones. ¿A China? Solamente como a Den Xiaoping le habría interesado, como peón del adversario en su tablero, Angola—en cuya guerra civil intervino no del lado o en apoyo del MPLA sino del FLNA y la UNITA, es decir, del lado o en apoyo de aquellos contra quienes combatía, y se la jugaba, Cuba; que ni la URSS ni China se jugaban nada— o como le habría interesado Vietnam, como peón del adversario en su tablero, invadida y atacada por China a principios de 1979 luego de que en enero de ese año soldados vietnamitas entraran en Phnom Penh y derrocaran el régimen genocida de Pol Pot: "The little child is getting naughty, it's time he be spanked"—le dijo Den a Jimmy Carter en Washington. “The little child” era (es) Vietnam. Porque lo que le importaba a China no eran ni Vietnam ni Angola ni Cuba (“Hay que castigar a Cuba”, dijo Den), sino ayer la Unión Soviética y hoy Rusia y, claro está, los Estados Unidos: el amigo de mi enemigo es mi enemigo y también el enemigo de mi enemigo. Cuanto más aparentemente torcida sea la lógica de ciertas proposiciones más evidente su utilidad política.

 
¿A los Estados Unidos? A juzgar, para no ir muy lejos, por lo que
dijo Barack Obama el pasado 22 de marzo en el Gran Teatro de La Habana—cito, “In the United States, we have a clear monument to what the Cuban people can build: it’s called Miami”, fin de cita—, no mucho. O, en todo caso, más por lo que Cuba podría ser en virtud de esa diciente metáfora, Miami as a clear monument to what the Cuban people can build, es decir, la de que lo mejor que los cubanos han podido construir está en Miami (y en los ejemplos con los que Barack Obama, en ese mismo discurso, redondea su caballito de Troya: “Here in Havana, we see that same talent [el subrayado es mío] in cuentapropistas, cooperatives and old cars that still run”) que por lo que Cuba es o haya sido y podría ser en virtud de lo que ha sido, incluso antes de que el primer cubano emigrara a Miami, incluso antes de la Revolución, que nuestra República neocolonial produjo en 57 años infinitamente más de original, definitorio y perdurable, al menos en lo que toca al espíritu (y en no poca medida a la letra, a la que en general le suele ir mejor que al espíritu), que lo que Miami ha producido en 120 años, desde que se constituyó oficialmente como entidad político-administrativa (incorporated) el 28 de julio de 1896; o les interesa solo tanto cuanto Cuba, a la corta o a la larga, logre parecerse a Miami; a lo cual, dicho sea de paso, contribuyen no solo los Estados Unidos—véase, por ejemplo, en las páginas de Patrias, “Televisión cubana Made in USA”, en Agua en canasta, de Omar Pérez.

 

Hasta que Cuba se parezca tanto a Miami que Miami pueda entonces “incorporarse” a Cuba, o mejor, dirán algunos, Cuba a Miami. Lo cual (el interés real de los Estados Unidos en Cuba) no debería tampoco sorprendernos si se observa (es decir, si se señala) que los Estados Unidos han llegado adonde han llegado, lejísimo, simplificando al máximo sus fines y racionalizando (optimizando) al máximo sus medios. “El Cubano [sic] inventa del aire”, añadió Barack Obama como colofón de sus nada edificantes ejemplos: cuentapropistas (de lo más emocionados, por lo menos esos que estaban ese día en el Gran Teatro de La Habana, de dedo o no, oyendo al Encantador en Jefe), cooperativas (¿a qué cooperativas se habrá referido el Presidente de los Estados Unidos?) y carros (americanos) viejos. Tal vez habría preferido poder decir, sin ofender a nadie, que el cubano es aire. ¿Le habrán mostrado a Barack Obama sus asesores, además de una trillada línea de Versos sencillos, la carta inconclusa de José Martí a Manuel Mercado?


Ahora bien, y por su lado, ¿qué sería de Cuba con sus mejores, en la memoria y la promesa, todavía susurrándole al oído el sueño de su terca, porfiada, posible otredad? ¿O qué sería de Cuba con los Estados Unidos (es decir, con Miami, a juzgar por la homilía de Barack Hussein Obama) vaciándonos de esa memoria, expulsándonos de esa promesa, promesa rota pero que todavía nos congrega y nos convoca, recolonizándolas con lesser figures, o solo con figures (cifras) y su correlato: the bottom line? Tal vez, si no nos sacudimos de una vez la falsa expectativa a la que se ha rendido el mundo, la de un desarrollo ilimitado, una carrera contra el tiempo por el tiempo para seguir perdiendo el tiempo, lo mismo que Cuba siempre ha sido y, entonces, seguiría siendo, contra esa memoria y su promesa: un país crónicamente atrapado entre la pasmazón que crispa y endurece y la podredumbre que hiede y ablanda. Porque Cuba es también, y sobre todo, un país pobre, estructuralmente pobre, empobrecido tanto por su naturaleza y su geografía como por su historia; un país nacido pobre, geológicamente pobre, meteorológicamente pobre, frágil, vulnerable, de poca confianza. Culturalmente aleatorio, compartimentado, asimétrico: por cada guateque, ¿cuántos guaguancós? ¿Quedarán guateques todavía, Campesina, vuélveme a querer, quedarán guajiros y no solo gente que vive en el campo, trabajadores agrícolas?  De contigüidades incomunicadas, incomunicantes, más que de síntesis reconciliadas, reconciliatorias: por cada Nicolás Guillén, el que rizó por siempre tu cabeza amarilla, ¿cuántos Eloy Machado (El Ambia)? Económica y políticamente espasmódico e inconcluso. Cuba no ha llegado. Con la revolución de 1959 llegó más lejos que nunca, se acercó tanto como nunca, por voluntad o designio, por voluntad y designio, a una idea de sí misma por sí misma, a una imagen tanto como a su posibilidad, pero por falta de camino sostenible cogió vereda demasiadas veces y terminó cimarrona, pero sola, perseguida por las jaurías de los dueños de antes, en el monte. Sin la Revolución (con mayúscula y sin fecha, porque a la larga solo ha habido una que las concluyó o, mejor, que las reinició todas), Cuba emprendería el camino de regreso a sus viejos y nuevos barracones, y esta vez, visto el mundo de hoy a la luz que despide su repartición definitiva, su reacomodo forzado, en una sola zona de influencia—la del capitalismo, del centro a la periferia—, sancionada de una vez por el nuevo consenso, no menos forzado, entre poderosos y débiles, explotadores y explotados, administradores y administrados, sancionadores y sancionados, bendecidores y bendecidos, de que este es el mundo que es, esta es la vida, esta es la condición humana, y solo nos queda hacerlo, hacerlas, más llevaderos, sin posibilidad ninguna para esa Cuba, que otra vez sería esclava, de volver a coger monte.

 

Oponerse no solo a la existencia sino a la idea misma de la Revolución (o al menos de sus realizaciones todavía en juego, sus acercamientos todavía en ristre) como referente axiológico y horizonte desiderativo de nuestra definición mejor, a punto de escapársenos, es delito de lesa posibilidad. La posibilidad que radica, con fecundidad que no tendría si de nuevo flotara (y eso es lo que hace hoy, flota) a la deriva de sus objetividades (sus objetivaciones) precisamente en ese no haber llegado, ese seguir a las puertas de su propia otredad, su diferencia, su incomprendida, y también resentida, excepcionalidad. Posibilidad cuya resistencia no puede extenderse sino en el campo gravitacional de la Revolución, cualquier cosa que entendamos hoy por ella, sus aciertos y errores, sus presupuestos inmanentes, sus consecuencias involuntarias, sus efectos no deseados, sus collateral damages, sus derivas, sus reajustes, sus errancias. Su soledad. Cuba sí está sola. Cuba no ha llegado ni se ha acercado a sí misma lo suficiente para acompañarse, autárquica en su espíritu, a sí misma. Los Estados Unidos, no. Los Estados Unidos han llegado tan lejos y a tal velocidad, y de ese tren no hay quien los baje, que ni tiempo tienen ya ni paciencia ni humildad para resolver, de raíz, ninguno de sus problemas. Los Estados Unidos han inflado tanto su presente—como un niño infla su globo, que si no revienta el globo no es porque el niño no quiera, sino porque el niño se ha quedado sin aire— que ya no tienen futuro, o no tienen más futuro que el que pueda tener un globo inflado a más no poder: o desinflarse pacífica y ordenadamente, si no hasta la chatura al menos hasta un nivel de inflación sostenible, o reventar. Más vasta será la llanura—Daniel Shabetaï Milo.

Lo mejor entonces, por lo más justo y lo más fecundo, ya que nunca dejaremos de ser un país constitutivamente pobre, con o sin ayuda de otros países más ricos, en comparación con ellos o en comparación con nuestras propias desmesuradas expectativas, es que a Cuba la dejen tratar no solo de resolver, sola y en paz, sus muchos problemas, sino ante todo de definir, ella sola, cuáles son esos problemas, y, lo que es aun más importante, cuáles de esos problemas no se podrán resolver ni con inversiones extranjeras ni con reinvenciones no menos extranjeras, inautóctonas; no vaya a ser que del palo del internacionalismo, inversión política y moral como no ha habido en la autoestima de los cubanos, pero que al mismo tiempo nos habrá costado miles de vidas y el despilfarro de cuantiosos recursos, sin a cambio demasiada gratitud de los así internacionalizados, ni siquiera un poco de influencia moral, pasemos no menos voluntariamente a la rumba de un cosmopolitismo de barro, sin corazón ni piernas, espectáculo para turistas y curiosos del arte, los negocios, la academia; miren, por ejemplo, a Angola, que en 2014 ocupaba el decimoquinto lugar (de abajo para arriba) entre 174 países incluidos en el Índice de Percepción de la Corrupción que publica anualmente Transparency International, y cuyo recurso natural más importante, para quienes la (des)gobiernan, parece ser no ya el petróleo, sino la incapacidad o falta de voluntad, o cualquier combinación de ambas, para construir siquiera el capitalismo periférico y subdesarrollado, o al menos un Estado que asegure una cierta legalidad, una cierta disciplina social, una cierta civilidad, un cierto respeto y una cierta protección no solo, y sobre todo, de los intereses de los explotadores, sino incluso de los explotados que tengan la amabilidad de dejarse explotar y encima de eso no violar las leyes —recordémosles a los economistas aficionados, y no muy anticapitalistas que digamos, que basta ser asalariado, independientemente de lo que te paguen, para ser explotado—, tan contradictorias a veces, y a veces tan imposibles de aplicar al pie de la letra, pero ¡ah!, que sería de nosotros sin esas leyes imperfectas en esta jungla de instintos. 
    

 

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Dicho todo lo anterior, además de la curiosidad natural por una postal de Cuba, hecha en Cuba y enviada desde Cuba, a Remy lo espoleaba la expectativa (que en este caso compartíamos) del resultado de esa pequeña prueba para averiguar cuán bien funcionaban los servicios de correo postal directo, recientemente restablecidos entre Cuba y los Estados Unidos. Pues parece que funcionan, si bien se toman su tiempo. Que en general funcionan, siempre tomándose su tiempo (de varias semanas a varios meses) fue algo que me confirmó, o más bien respondió, tal vez no tan desinteresadamente, más de un amigo durante mi reciente estancia de tres semanas en La Habana a mi pregunta de si deseaba que le enviase de los Estados Unidos algún libro o revista o medicamento.


Antes de saber, o comprobar que el correo postal directo entre Cuba y los Estados Unidos funcionaba, al menos en algunos casos (la muestra, the sample, lo admito, es demasiado pequeña), tuve que hacer dos cosas: primero, comprar las postales, y luego, tener la presencia de ánimo para dirigirme a una oficina de correos como si no estuviese solo de visita, de modo de no hacer preguntas despistadas o delatarme perdido (y sudado) en el llano, actitudes típicas de quien anda ocupado con el anacronismo de enviar un par de postales, sobre todo desde Cuba, sobre todo a los Estados Unidos, sobre todo escritas en inglés, sobre todo sin faltas de ortografía, sobre todo con palabras como seemingly frozen, complicities, renewing o hasta shall —si bien, después de todo ¿cómo puede estar de visita en Cuba alguien que salió de Cuba por primera vez a los 34 años? De visita he estado en París o New York, o incluso en Miami, sobre todo en Miami, por dos años, o veinte años, o nueve meses, las cifras son exactas y respectivas, y, por supuesto, hay visitas cortas que a uno le parecen interminables, y visitas largas que pasan volando.

 

Ni preguntas tontas ni nada que le hiciese pensar a quien me atendiese en la oficina de correos, a pesar de mis esfuerzos (no denodados, porque ello habría atentado contra su naturalidad, o apariencia de naturalidad) por comportarme y expresarme como uno más del barrio, de ahí mismo, de El Vedado o Centro Habana, o al menos como uno que lo fue, y se fue, y lo vuelve a [tratar de] ser ahora, de vuelta en Cuba, for good (valga el doble sentido), uno más a pie, pasando trabajo pero encontrando (casi) siempre, incluso en los tan devaluados y vilipendiados pesos cubanos, desde los cuales, con cierta incongruencia, todavía nos siguen sonriendo o amonestando con adusta mirada próceres y mártires, lo necesario para que el pan llegue a la mesa, el cuerpo llegue a su paradero y la sangre nunca llegue al río, y lidiando, o más bien tratando de no tener que lidiar, con el nuevo “elemento” (como suele decir, perspicaz, la generación de nuestros padres, pues de elemento viene elemental) que colorea hoy las calles de Centro Habana, y que se mueve a paso que anuncia y a la vez instala el ajetreo y el apuro de las capitales del Capitalismo, aunque en Cuba, o en La Habana, o, para ceñirme a los hechos, en Centro Habana, todavía lo hagan con esa rara y ofendida (a ratos ofensiva) mezcla de hostilidad ante el foráneo que al final resulta que no es ni yuma ni amigo, en la acepción, muy corregida y ampliada, que ambos vocablos han adquirido en la jerga callejera de estos días, ni amigo ni yuma y, para colmo, ni siquiera extranjero, es decir, yo, que puedo decir, y digo, si conviene o viene al caso o hace falta, cualquier cubanismo, o por lo menos los que recuerdo de mi época, pero al que por todos lados se le sale la pinta (por el caminao y el acento; lo que en este caso significa andar sin apuro, y tal vez por eso mismo, exhibiendo una dicción y elocución mínimamente correctas de la lengua de Cervantes y de Góngora), como me dijo Gisela, quien vende libros en la Plaza de Armas y quien, simpática y aguda y sin más pinta que la que tiene de nacimiento, no reaccionó a la revelación de que la susodicha pinta no era más que involuntaria apariencia, con esa, decía, rara mezcla de hostilidad e insolencia, desidia, abulia, ensimismamiento—todo mezclado pero todavía todo perceptible y distinto por su propio peso— de mis nuevos y afanados vecinos de Centro Habana o La Habana Vieja.
 

Las postales no fue fácil encontrarlas, o el tipo de postal que deseaba enviarles a mis amigos de Berlín y New York, a la vez representativas de Cuba, de alguna Cuba, y no demasiado turísticas—todas lo son, al fin y al cabo, en Cuba o en cualquier lugar del mundo. Digamos, de paso, que en su inmensa mayoría las postales que vi, sobre todo en La Habana Vieja, capital postal de Cuba, podían repartirse en tres grupos: 1) Fotos, las más muy conocidas, de Ernesto Guevara, el mejor de todos los cubanos desde José Martí—que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano y como tal actuaré, y actuó—, aunque hubo que ir a buscarlo a Argentina o, más exactamente, esperar a que viniera de allá, capaz, lúcido, asmático, austero, irónico, sensible, directo, sin pelos en la lengua ni lengua en la nuca, dispuesto a morir, y llegado el caso a matar, no por vicio o maldad o ninguna deformación patológica, ni siquiera por imperativo moral, sino por necesidad política, histórica, más aun cuando la propia disposición de cualquier otro a morir le resulta inaceptable al que quiere vivir a toda costa; pero sobre todo a morir, como al final acuñó con el pellejo, por lo que sabía que era, todavía lo es, lo único sagrado en la tierra, o al menos lo único humanamente sagrado: la posibilidad, por frágil y remota que sea, y cada vez lo es más, de transformar primero, de raíz y de los pies a la cabeza, a esta pobre criatura, el hombre, y luego, o en todo caso al mismo tiempo, el mundo, y no a la inversa, pues cómo hombres viejos podrían construir una humanidad nueva—Ustedes deben despojarse de su vida pasada, del hombre viejo, corrompido por las concupiscencias engañosas; renuévense en su espíritu y en su mente y revístanse del hombre nuevo, creado según Dios, en justicia y santidad verdadera (Efesios 4: 22-24).

 

Palabras que no son de Ernesto Guevara, pero que habrían sido suyas casi dos mil años antes. Palabras en las que no creen, hubiesen sido escritas por San Pablo o San Ernesto, ninguno de los delincuentes historiográficos que hoy afirman que Ernesto Guevara era un asesino; los he oído, a esos, incluso en persona; los conozco, incluso en persona, escritores, músicos, fotógrafos, pintores, diletantes, mercenarios; menciono profesiones—la de mercenario es una, incluso sin paga, por cuenta propia—, pero debajo de cada una de ellas mis recuerdos ven la cara de un nombre, escuchan, con impaciente paciencia, la voz de un nombre; lectores de bastos libelos de segunda, tercera, remotísimas manos, voyeurs de vídeos fabricados (financiados) por la estulticia, la ignorancia, la mala fe, que para el caso es lo mismo, pues la mala fe, sola, no alcanza para zamparse y menos aun prestarles crédito a tales truculencias (Camilo, por ejemplo, asesinado en la Ciénaga de Zapata, porque señores, por ahí hay intelectuales y artistas cubanos, sin comillas, porque lo son, y a veces hasta consumados, lo que es prueba fehaciente, si la necesitáramos, de que la condición de artista o intelectual no nos exonera ni de irresponsabilidades ni de inconsecuencias, de hecho yo diría que ya, de entrada, nos resta, hay por ahí quien anda repitiendo, o, lo que es peor, creyéndose esas fábulas impotentes de los vencidos), apostados de por vida en la garita de su vendetta, en su garito, ya sea para readquirir la propiedad de una fábrica de jabones o enjabonarse el karma de su ego atropellado con fantasías sobre algún tipo muy particular y selectivo de linchamiento. Asesinos que querrían ser.

 

Ernesto Guevara, ex director de banco, pero desinteresado tanto en el dinero como en ciertas manifestaciones o rasgos (¿excrecencias?—that is the question) de la llamada cultura popular cubana; cultura popular que, dicho sea de paso, en un altísimo porcentaje es resultado y reflejo de la imperiosa y legítima necesidad de los explotados de adaptarse y engañar, por cualquier vía, por ilícita que sea, con todas las implicaciones morales de todo engaño, a los explotadores; uno (el dinero) y otra (la llamada “cultura popular”, o algunas de sus zonas más escabrosas o sombrías) de un poder tal de corrupción, que ni el poder en su acepción más trillada, empezando por Cuba o los cubanos; solo que, en su reencarnación como best-selling postcard, Ernesto Guevara ha sido transformado, y hace mucho, por la industria del souvenir en Jim Morrison con tabaco y con pistola, cada vez menos sutilmente despojado de la pluma acompañante—no es que yo quiera darte pluma por pistola, pero el poeta—, carisma y juventud eternos, talentos prematuramente apagados, inmolados—aunque esto último, los talentos, en el caso de Jim Morrison, vivo o muerto, es lo menos que nunca importó, lo menos que nunca ha importado: ¿quiénes de los miles que cada año visitan la tumba de Jim Morrison en Père Lachaise conocen o recuerdan o siquiera todavía tararean alguna de sus canciones? También en el otro caso: ¿quiénes de los millones que en el mundo andan con alguna imagen o efigie del mártir de La Higuera emblazonadas en una camiseta, una taza, una pluma… han leído una sola línea de Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo, ese otro Corazón de las tinieblas, si lo hubiera, o siquiera saben de la existencia de ese otro diario?—, sino además con una visión y un sueño que siguen sin apagarse por entre el humo, no menos patentado, de su tabaco; 2) Escenas callejeras más o menos típicas, protagonizadas sobre todo por lo que un cierto gusto yanqui y pre-revolucionario y cada vez más abiertamente contrarrevolucionario, definitivamente neocolonial y decadente —y hoy viscosamente a la vista en todas partes, disfrazado de rebelión, “controlada”, de las masas por cuenta propia— considera o privilegia como típico, desde los trajinados old American cars y sus rejuvenecidos dueños, esos “indios con cuentas de vidrio” de nuestros días, hasta los no menos trajinados clichés del negrito famélico con maracas, la negra no tan famélica vestida hasta los dientes con los blancos más puros y almidonados y los rojos más chillones, casi chirriantes, que ojos humanos vieron; y el tabaco y el pañuelo que raras veces faltan; o el guajiro blanco con sombrero de yarey, dientes picados o caídos y más surcos en la piel que en la tierra que trabaja o que deja que el marabú se trague; 3) Paisajes, ciudades, edificios, monumentos—en sentido literal y figurado—, fuentes, estatuas: Viñales, Trinidad, el Morro, el Capitolio, la Fuente de la India, el Floridita, la Bodeguita del Medio (Hemingway, dicen, pasó por ahí si acaso una vez), alguna vista de Santiago, palacios y conventos restaurados de La Habana Vieja, casonas que alguna vez fueron casas. Entre estas últimas, la Casa Alejandro de Humboldt, segundo descubridor de Cuba, Calle de los Oficios No. 254, esquina [a] Muralla, en el Centro Histórico de la Ciudad de La Habana, de cuya vista exterior y vista interior (planta alta, salones y galerías) termino encontrando sendas postales a color en La Moderna Poesía, todavía enorme, casi a oscuras en pleno día, casi vacía, tanto de libros y anaqueles como de mobiliario, y en la que, además de esas dos y otras postales, las demás todas en blanco y negro, todas definitivamente de imágenes sagradas (para mí) o no menos definitivamente tradicionales o folclóricas, compro varios libros decorosamente editados (cabría decir elegantemente editados e impresos), algunos en pesos cubanos, por el equivalente de algunos centavos de dólar, otros en CUC; para mi sorpresa, los que me interesan más y a todas luces los más valiosos se venden en moneda nacional—la otra también lo es, pero así se le dice todavía solo al peso cubano no convertible— a precios irrisorios (al cambio).

 

Entre esos libros de sorprendente prestancia editorial y generoso precio, la joya de mi corona es una atractiva “edición corregida y aumentada” de El Diario Perdido (así, como no debe ser, como nunca ha sido en nuestra tradición, con esas mayúsculas tan americanas) de Carlos Manuel de Céspedes, precedida por un extenso y apasionado (y erudito) ensayo de Eusebio Leal Spengler. El libro de Aleida March Evocación: Mi vida al lado del Che, que también compro, se vende en CUC—las dos “áreas”, otra de esas palabras cuyo abuso se nos ha pegado del inglés de nuestros días, en que todo es ahora area, lo mismo una extensión de tierra que los derechos humanos; estos últimos, los pobres, tan legítimos pero tan manoseados, tan contrabandeados, tan prostituidos, como una puta de cuya posible redención alguna vez nos enamoramos pero en la que nos daría asco volver a tocar, por carambola, a chulos y proxenetas; las áreas de peso cubano y CUC están separadas en el enorme aposento, junto al cual alguna vez se formó la cola más larga de la historia de Cuba, la cola para hacerse, gratuitamente, de un ejemplar de la primera edición del Diario del Che en Bolivia—, sin que ninguna de las dos amables empleadas me pueda explicar cuál es el criterio en virtud del cual El diario perdido (deshagámonos de esas vociferantes mayúsculas) del Padre de la Patria, tan cuidadosamente editado por Ediciones Boloña, cuesta menos, mucho menos, que las evocaciones de Aleida.

 

En cualquier caso, las empleadas de La Moderna Poesía, que, de manera que se me antoja edificante, no exhiben la menor traza del “meroliquismo todo terreno” que hace ola allá afuera, al final me dicen que eso lo decide el Instituto Cubano del Libro, y que ellas no tienen clara cuál es la política. Política que seguramente sí tiene muy clara el Instituto, que sabe que uno y medio de cada dos turistas o visitantes de cualquier edad o procedencia, profesión o clase social, saben quién es, o mejor, han visto decenas, cientos de veces alguna foto o vídeo o pie de película de Ernesto Guevara, y se sienten atraídos o atraídas, los menos, por su genio, los más por su figura, entre una cierta ignorancia histórica y una cierta incultura política y una no menos cierta e inquieta intuición de que la muerte de Ernesto Guevara, su sacrificio y su ofrenda—que es la unidad de su muerte con su vida, de su vida con su presencia— todavía tiene más valor y titila, a lo lejos pero aquí mismo, tan cerca, con mayor fulgor o sentido que nuestras propias vidas, tan adocenadas y al fin y al cabo tan moribundas, y que, por el otro lado, jamás han oído hablar del mártir de San Lorenzo. Lo que pude comprobar en persona, cuando, en una de las tantas librerías de viejo privadas que proliferan hoy por doquier en La Habana, ésta en en la calle Obispo, no muy lejos de La Moderna Poesía, me tropecé con un turista francés, sesentón en apariencia y demasiado gordo para la inmisericorde canícula, a quien el dueño o empleado de turno trataba de empujarle algo de Céspedes o sobre Céspedes (no el diario perdido que yo había comprado), y a cuyo “Céspedes, el Padre de la Patria”, el francés, en francés—que hasta ese momento había chapoteado mal que bien en español entre un calor insoportable y libros viejos, polvorientos y en su mayoría marcados, hollados, por profusas excrecencias de ratón o cucaracha, reducidas ya a inodoras muestras de fósiles demasiado recientes para cotizar en bolsa—espetó, exhausto y liberado por la excusa, Oh là là! Encore un père de la Patrie! El librero de marras, a todas luces truhán a tono con los nuevos tiempos (¡tan viejos!), se olvidó del francés ya harto de pères de la Patrie, y se puso para mí, como se dice, hasta convencerme a pulso de que comprara un desvencijado (y prolija y minuciosamente defecado) ejemplar de la segunda edición de Lo cubano en la poesía (Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1970), que, de haber estado yo hipotéticamente obligado a escoger un solo libro, uno solo, que traer esta vez de La Habana, habría sido, sin la menor duda, el escogido. 

Una postal desde Cuba fue todo lo que me pidió Remy. Yo había pensado en traerle un billete, o dos, uno cubano tout court, y otro convertible, pero hace años que Remy es bartender en B Café—como antes lo fue en Berlín, corredor amateur, bartender pro—, posiblemente el único bar o restaurante de Manhattan en que todavía se puede beber y al mismo tiempo conversar, sin tener que gritar, como un bárbaro a punto de perder Roma (o de reconquistarla), por encima de estruendos dit musique—los cubanos, Roque, no son los únicos que se emborrachan con ruido—, que ni Atila ni sus hunos e iguales, y en él Remy exhibe una nada deleznable colección de papel moneda de todo el mundo, incluido un billete cubano con la efigie del más célebre director de banco de la historia. Así que la última vez que nos vimos para correr en Central Park días antes de mi primer viaje a Cuba en veintidós años le prometí a Remy que le enviaría una postal desde La Habana, y me dije que otra a Jan, a quien había conocido en Berlín en 2008, por intermedio de Remy, la primera vez que fui a correr la maratón que comienza y termina en el Tiergarten, cada último domingo de septiembre, en ese oasis meteorológico que es Berlín en septiembre, en el Tiergarten, las inmediaciones del Reichstag, la Puerta de Brandeburgo, la Columna de la Victoria.

Va de suyo que alguna vez tuve, en Cuba, un ejemplar, (casi) nuevo o en mejor estado, de Lo cubano en la poesía. Digo casi, porque en 1970, cuando se publicó por primera vez, yo tenía apenas once años, y todavía no leía, ni hubiese podido entender o disfrutar cabalmente, prosas o consideraciones como las de Cintio, por lo que es casi seguro que lo haya adquirido algunos años después en la librería de viejo La Canelo, todavía ahí, en el mismo local, Reina entre Campanario y Manrique, luego y todavía hoy La Avellaneda. En 1970, por cierto, también se publicó en La Habana, por Ediciones Unión —oficialista, diría ahora, por ejemplo, cualquier calígrafo de El País o El Nuevo Herald—, en su primera edición, uno de los dos libros de ensayos más originales y fecundos de la literatura cubana, La cantidad hechizada, de José Lezama Lima; el otro, La expresión americana, también de Lezama. Lo cubano en la poesía y La cantidad hechizada—lejos de ser los únicos dos libros publicados, en Cuba, en 1970, que han marcado para siempre nuestra literatura, lo mismo por su propio peso que por la gravitación exógena y ajena (extra-literaria) por la que se vieron arrastrados (y desvirtuados); recuérdese, a este segundo propósito, Los pasos en la hierba, de Eduardo Heras León— bastarían, solos, para poner en entredicho y en ridículo afirmaciones tan gratuitas y descabelladas como

la que se permite Tad Szulc en su por demás magnífico (y, señores desmemoriados o selectivos, highly empathic, por no decir admiring, engaged) Fidel: A Critical Portrait (Morrow: 1986; 703 pp.), cuando dijo que ya para entonces Cuba, de hecho desde “poco después de 1961”, se había convertido en un “desierto cultural” (a cultural wasteland). Valdría la pena de recordar que en su reseña del libro de Szulc para Los Angeles Times (16 de noviembre de 1986), Jorge G. Castañeda, antes de estampar su cuño de aprobación sobre el severo dictamen de Szulc, que califica de “a good decription”, se pregunta sin quererlo cómo los capítulos de la sección de la biografía que se ocupan de la época posterior a 1959, “by far the most critical […] are also, in a strange sense (el énfasis es mío), the ones where [Tad Szulc] is most substantive in his praise for Fidel [sic] and his revolution”.

 

De esta aparente contradicción de Szulc tal vez quepa decir lo que el propio Szulc de la paradoja que percibe entre “Castro’s own intelectual wealth” y la imposición en Cuba de lo que describe como “a grotesque and repressive travesty of cultural life”: que esa contradicción obedece a “reasons that defy understanding”. Cabe, además, preguntarse, qué habría pasado si Los pasos en la hierba, y antes Condenados de Condado, Fuera de juego o El escudo de hojas secas se hubiesen dejado solos en la única gaveta de nuestras vidas donde único podrían haberse encontrado: en la literatura. ¿Estaríamos todavía reabriéndola por curiosidad arqueológica, diletantismo cultural u oportunismo político, exprimiendo hollejos (“gollejos”) hace tanto ya exhaustos, sin una gota ya ni de dulzor ni de acíbar? No hablo del valor literario de esas obras —El escudo de hojas secas, por ejemplo, es obra sólida, y su autor, cuentista de raza, natural—, o de su ausencia de valor—no creo que sea el caso de ninguno de los títulos mencionados—, hablo de nuestra relación externa con ellas, pre-juiciada—es decir, para la mayoría de sus lectores, una que se forma antes de leer el libro, o sencillamente de no leerlo—, la que alguien, algo, nos impuso desde algún sitio que no habría podido estar más alejado de la intención o el poder de convocatoria originales de esas obras, ni en mayor desproporción con una o con otro, o la que nosotros mismos nos permitimos con atrevimiento que nos halaga. Qué ediciones, después de todo, tan cuidadas, con diseños de cubierta o interiores tan originales, imaginativos, las de esa época, cuando ya Cuba era, según Tad Szulc desde hacía rato, desde poco después de 1961, un desierto cultural; por cierto, y a propósito, por esos mismos años, y en ese mismo desierto cultural, José Lezama Lima llegó a dirigir el Departamento de Literatura y Publicaciones del Instituto Nacional de Cultura, y Alejo Carpentier la Editorial Nacional de Cuba. También en ese desierto se filmó enteramente y se estrenó Memorias del subdesarrollo (1968), tema de otro de los libros que me traje de La Habana, Literatura y cine. Lecturas cruzadas sobre las Memorias del subdesarrollo, de Astrid Santana Fernández de Castro (Editorial UH-Ediciones ICAIC, La Habana, 2010). Cuatro años antes, en 1964, Leo Brouwer había compuesto Elogio de la Danza. Pero no sigamos [re]descubriéndole oasis al desierto, que terminará imponiéndonos la necesidad de rebautizarlo Jardín de las Delicias.

 

¿Idealizo el pasado? Veamos. Las cosas, en algunas áreas del desierto, han llegado a tal punto de deterioro o desidia, de sed por aguas contaminadas—entre las cuales, hoy día, por lo que vi en La Habana, no figura ni el número ni la variedad ni la calidad de los libros que se publican ni de las librerías estatales o privadas en que se pueden comprar o se dejan vender (en la Plaza de Armas, por ejemplo, se puede adquirir Cartas de Presidio. Anticipo de una Biografía de Fidel Castro, de Luis Conte Agüero [La Habana, Editorial Lex, 1959]—, que la mera mención de algún oasis, sin que sea necesario siquiera acompañarla de juicios de valor, se convierte en una forma de idealismo. También se encuentran ahora en La Habana, por cierto, obras de Lydia Cabrera, o Guillermo Cabrera Infante o Reinaldo Arenas o León Trotsky, codo con codo con Luis Suardíaz o Luis Toledo Sande, que es hora ya de que el tiempo, solo el tiempo, todo el tiempo, y no los mercenarios de la literatura o de la historia, ponga esas y otras cosas en su justo lugar. Un lugar, por cierto, cualquiera que sea su destino en el mercado de la posteridad, en que a mí seguirán desinteresándome (o precisemos, en que Lydia Cabrera y Guillermo Cabrera Infante y Reinaldo Arenas seguirán desinteresándome).
    
   

***
 

En 1971 mi familia se mudó del cuarto que ocupábamos en un solar del Cerro—y cuando usted ha vivido once de los primeros doce años de su vida en un cuarto de solar, en El Cerro, ese sí es un rito de iniciación, señores, y sobre todo (permítaseme el anacronismo y discúlpeseme mi complicidad afectiva con lo que tantos de ustedes detestan), una escuela ideológica, una influencia decisiva, ante los cuales Memorias del subsuelo o La metamorfosis ne sont que des lectures— a un apartamento de juguete en Reina 315, la misma caja de zapatos en que me quedé por tres semanas hace otras tres, entre dos fuegos que no cedían: un infernal calor, apenas mitigado en las alturas del Colonial por la brisa del norte; y un no menos infernal chorro de rap y reguetón, todo el día, oferta no solicitada pero gratuita de mi nueva vecina Mamita (los cubanos, Roque, se siguen emborrachando con ruido), por demás de una juventud, una bondad natural mostrada en gestos puntuales y una inquietud espiritual—Mamita es, también, pintora—contagiosas y, al fin al cabo, reconfortantes para mí, que no entiendo como a nadie le pueda gustar, por ejemplo, El Chacal (sic). Pero alguna vez mi padre detestó absolutamente todo lo que a mí me gustaba (y yo lo que le gustaba a él), así que entiendo. O trato. Porque me sigo preguntando cómo a nadie le puede gustar El Chacal (sic). De Los Van Van (así llamados por la zafra que nos iba a "traer de todo", yo tenía once años y les oí decir eso a los mayores, ninguno de ellos, en mi entorno, particularmente revolucionario, en su inmensa mayoría, en mi entorno, desafectos, y nos iba a dejar seguir soñando) al Chacal (sic). Los tiempos, sin dudas, han cambiado. Y nosotros con ellos. Ahora yo soy mi padre.


Por lo demás, en La Canelo adquirí, a aquellos precios iluministas y emancipatorios de la época, el grueso de mi pequeña, aunque no tanto para habérmela llevado conmigo a cualquier lado, biblioteca personal. Recuerdo que iba prácticamente a diario y que allí siempre había algo que comprar, bueno y barato, o en su defecto de lo que “apropiarse”, porque al final no hay nada más barato que lo gratis; aclaro que semejante actividad delictiva era más bien insignificante en su frecuencia o volumen y marginal en su rendimiento, si bien siempre exitosa—es decir, impune—y que se excusaba a sí misma por su comercio con la cultura—léase cantidad infinita de saber, una porción finita de la cual uno podría conquistar para al final poder prescindir del resto, ¡oh Cultura!, diosa griega de mi juventud. La Canelo había pertenecido en su momento a un señor llamado Gerardo, que era pequeño de cuerpo y gafas gruesas y enormes y que parecía como si estuviera esperando siempre la hora de venderte algún libro, que la seguía administrando o algo así luego de intervenida, y quien tenía su casa, y una biblioteca personal diez veces más voluminosa y selecta que las selectas migajas, pantalla para amateurs y carnada para iniciados—para estos últimos Gerardo tenía buen ojo—, que el antiguo dueño colocaba en los estantes de su librería de viejo, ahora del nuevo Estado, salvedad hecha, va de suyo, de la bibliografía revolucionaria o meramente didáctica o propagandística, de la que Gerardo se despojaba revolucionariamente, ofrendándola sin mayores cálculos a precios populares.

 

Como también recuerdo haber visitado varias veces, con el torpe nerviosismo y la grandilocuente paranoia de quienes creían (y temían) —Gerardo y sus clientes “clandestinos”, ocasionalmente yo entre ellos— estar conspirando casi contra el Estado Socialista y quién sabe si hasta socavándolo con transacciones tan subversivas como, por ejemplo, la adquisición de un ejemplar de una edición de tapa dura y papel cebolla de la poesía del inefable Juan Ramón Jiménez por la astronómica suma de tal vez 10 pesos, cubanos, cuando no había sino pesos cubanos, y el salario de un cirujano, un dentista, un arquitecto, un ingeniero, un profesor universitario, un músico, un cantante, una bailarina, una actriz, incluso una locutora de radio, era una fortuna (en ese país vivimos, no en la mítica y falsa tacita de oro que había sido la Cuba de antes y en la que no vivieron ni quienes se han apeado con ese cuento), sobre todo porque no había mucho que comprar, y uno se había acostumbrado, aunque echara de menos la otra vida—para los menos, entonces, la que se vivía en Miami o se había vivido en un mítico lugar llamado Antes; para los más una que algún día se viviría en ese otro lugar, no menos mítico, aunque entonces no tan desacreditado, llamado Futuro—, uno se había acostumbrado a no tener lo que no hacía falta; o, en todo caso, en mi caso, a tener menos que en La Canelo, donde estaba lo que importaba, la cultura al alcance de la mano, y quien piense que lo digo con ironía y no con nostalgia, no me está leyendo, sino leyéndose a sí mismo, pues qué no daría yo, hasta toda aquella pequeña y eclécticamente (aleatoriamente) selecta biblioteca personal, sola o combinada con la de Gerardo, por estar, ahora mismo, de nuevo, en 1970, con los diez millones por ir o ya idos sin haber nunca llegado, en un país en que todavía se podía soñar o creer no solo en el imperativo sino también en la posibilidad de ser como él (si queremos [pausa] un modelo de hombre [pausa] un modelo de hombre que no pertenece a este tiempo [pausa], un modelo de hombre que pertenece al futuro [pausa], de corazón digo), a la sombra luminosa, afectuosa, íntima de José Martí, porque él nos habla a cada uno de nosotros, sin habérnoslo nunca merecido; personalmente, de manera cómplice, secreta casi, para que nos lo merezcamos, y esas cartas escritas a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, su Gonzalo, porque para nuestro héroe mayor raras veces su interlocutor no era suyo, o a Federico Henríquez y Carvajal; de cámara unas, las primeras; corales las otras, pero todas íntimas, amorosas, personales, esas cartas —y hasta las proclamas y los manifiestos y las circulares— fueron (todavía lo son cada vez que las leemos) escritas también para ti, para cada uno de nosotros.
 

Biblioteca personal, la mía, la que quedó atrás, en Reina 315, que fue sacrificada, ofrendada, en altares mucho más terrenales, por no decir pedestres, rastreros, que mis nostalgias por aquella Cuba en la que, al menos durante 45 días al año, había que levantarse a las cinco de la mañana para apenas una hora después estar doblando el lomo y la cerviz bajo la tela de mosquitero empapada de rocío, agua de regadío, lluvia, que cubría la vega de tabaco, las manos ennegrecidas ya por las primeras hojas, se arrancan desde abajo, y se colocan en una parihuela (“parigüela”) a un extremo del surco, y así hasta la hora del almuerzo (arroz, chícharo y pescado—¿nos quejaríamos tanto hoy del monótono y al fin y al cabo nutritivo menú de aquellos campamentos?) y luego después hasta la hora de regresar poco antes de comer, y en los labios, una y otra vez, a solas o a coro con algunos, palabras sobre experiencias que nos parecían nuestras, pero que por nuestra edad no habíamos ni podíamos haber tenido, que al mismo tiempo nos redimían en lo distinto que queríamos ser y lo igual (lo normal humano, lo que distrae y te salva y te condena) que todavía éramos, que seguiríamos siendo, mientras la ciudad aún a las cuatro esté encendida y haya un lugar que te distraiga por ahí, nos distraía la Canción de la Columna Juvenil del Centenario.


Biblioteca, la mía, que fue a parar a Regla, a manos de un vecino de la madre de una de mis cuñadas—que todavía lo es, y de lo más cordialmente, sin haber ella leído ni necesitado leer una página de Lo cubano en la poesía ni jamás puesto el pie o, en este caso, el ojo, en ninguna de mis antiguas, y desiguales, propiedades bibliográficas—, recién mudada al apartamento en que se habían quedado viviendo mi madre y mi hermano más pequeño tiempo después de haber salido yo por última vez de Cuba, y cuando había comenzado a hacerse demasiado evidente para ellos que me iba a demorar por ahí un rato más largo de lo previsto, decretó mis libros presencia non grata, por voluminosa e inútil, pero sobre todo porque a quién podían interesarle esos libros viejos. A un vecino de la madre de mi cuñada, en el momento en que ya los iban a botar. Que la Virgen de Regla tenga a Juan Ramón Jiménez, adonde quiera que haya ido a parar el autor de Platero y yo, pulpa reciclada en libro de texto, o rareza en algún anaquel de alguna librería de viejo—el término ahora adquiere connotaciones doblemente literales, los libros son viejos y también sus lectores—, todavía a buen resguardo del polvo o los excrementos de ratón o cucaracha bajo aquella, hoy legendaria, tapa dura de pasta de color azul, entre finísimas hojas de papel cebolla. O que, si algún día alguien en Cuba decide hacer realidad aquello de levantarle un monumento al período especial, al Período Especial en Tiempos de Paz, del que mi cuñada es a la vez refutación y paradigma, tumor y fruto, nativa y extranjera, que mis libros, si no se hubiesen convertido ya primero en pulpa luego en libro de texto, se incorporen y desintegren en la mezcla con que se levante ese monumento.
 

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Si en aquellos años tan echados (por mí) ahora de menos, la cultura, y sobre todo los libros, estaban ciertamente más cerca de los bolsillos del pueblo, todavía es posible conseguir Lo cubano en la poesía en una librería de viejo de Obispo, aunque tengas que contentarte con un ejemplar en mal estado y por 30 CUC, cantidad hechizada por las nuevas (y tan viejas) relaciones de producción, y abrirlo, al azar, por la única página, la 366, que alguien dejó marcada con un doblez del extremo superior izquierdo, en la que Cintio empieza a hablar, precisamente, de la poesía de Rubén Martínez Villena, y después de citar in extenso y comentar Canción del sainete póstumo y El gigante (Y qué hago yo dónde no hay nada / grande que hacer…), dicta veredicto sobre la Revista de Avance (1927-1930): “Todo tiene poco fondo, hay una intrascendencia, un laicismo, una lisura peculiar. Vemos entonces la superficialidad, el vacío de nuestro vanguardismo, a otra luz […] De los ismos el cubano coge precisamente la nada, la esquematización hueca, la novedad estridente e insulsa, el garabato gráfico y verbal. La nada última de los ismos (…) conviene al cubano de esos años por razones muy diversas, unas históricas y otras esenciales de su carácter. Las históricas ya las hemos apuntado: de una parte desencanto, de otra ímpetu o más bien “embullo” renovador. Las internas también las hemos visto como constantes de lo cubano […]: intrascendencia, intemperie, risa. Pero estos elementos, a la vez que se relajan, pierden todo misterio, entran en la pura facticidad y en el causalismo sociológico" (páginas 372 a 373; las cursivas son de Cintio).
 

Algún día habrá que reconocerle y otorgarle, post-mortem, por su revelación de tanta geografía, de tanta fauna y flora y tanto clima de lo espiritual recurrente o residual cubano (y en ambos casos resistente), el título colectivo de Tercer(os) Descubridor(es) de Cuba a la generación llamada de Orígenes, de la que Cintio Vitier seguirá siendo una de las voces más decantadas y de las trayectorias más consistentes: la textura de estas lecciones, de paciente y exhaustiva urdimbre, y el tono, (con)centrado y sostenido pero suelto, ágil, libre, a menudo tan incisivo como llano, de Lo cubano en la poesía, casi 600 páginas escritas de un tirón en aquel rapto de octubre a diciembre de 1957, trasuntan y liberan una red interpretativa pero a la vez destilan sedimentos de gesto autónomo y vocación de vigilancia, que imbrican, entretejen, acendran una potencialidad soberana aunque inconclusa cada vez más incitante, que es lo que les falta a ustedes, errantes amanuenses de lo post-moderno: una vocación, una conciencia de destino, un gesto vital, un deseo, sobre todo, de destino, una angustia, una agonía, una complicidad gozosa y serena, aquí y ahora, ya, con la sobrevida en la muerte que cada día conquista un día más, si la dejamos, y cada día lo pierde, si no, y no el mero y oportuno alquiler de algún meta-relato à la carte, ese sombrero, one-size-fits-all, que ustedes ya no podrán quitarse nunca —esa es la borla de su birrete—ni dejar de querer encasquetárselo a todo el mundo, con la arrogancia del nuevo dogma que se cree a sí mismo la cuarta pata de la última mesa, la patada a la última lata. Descubridores, es decir, también inventores, como lo son todos.
   

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Compradas las postales, de la casa de Humboldt,  a descubrir de mano del segundo descubridor salgo también yo, descubridor por cuenta propia, pequeño Humboldt postal, postales de la casa de Humboldt en mano, una para Jan Lerch, alemán como Humboldt, periodista, descubridor de inapariencias, y otra para Remy Dechamps, belga emigrado a New York, bartender, descubridor de inapariencias y, por derecho propio, tan segundo descubridor de Berlín como Humboldt lo fue de Cuba, pues de Berlín habla como de su hometown (ciudad natal se va por encima, ciudad adoptiva se queda por debajo), y a Berlín vuelve como a su casa, a descubrir (comprobar), salgo yo, cuán bien funcionan los servicios de correo postal directo entre Cuba y los Estados Unidos. En la oficina de correos de Carlos III y Belascoaín—hace rato que Carlos III es Salvador Allende, como Reina es Simón Bolívar y Belascoaín es Padre Varela, pero pueden estar seguros de que si mañana nos tocase algún Restaurador de la Pachanga en Jefe, uno de sus primeros actos, y de los más gratuitos o superfluos, pues nadie dice, ni yo, vivir o estar en Simón Bolívar o Salvador Allende o Padre Varela, será decretar abolidos esos segundos nombres, hasta El Libertador y El Primero Que Nos Enseñó a Pensar cogerán su ramalazo, o más bien su espumaderazo, en esa viradera de tortilla; en Miami también, por cierto, abundan calles con segundos nombres que nadie usa o recuerda—en la oficina de correos, pues, de Salvador Allende y Padre Varela —Yumurí todavía está ahí, menos despejada, menos espaciosa, menos in-obstruida, más fea; parece más una tienda de pueblo de la antigua Provincia Habana (Habana Campo le decíamos, vaya oxímoron); la William Soler, “la William”, sigue ahí, a una cuadra, bajando hacia Monte, la cuadra antes de la Escuela de Artes y Oficios (La Habana, Mirta, sigue siendo una ciudad bien grande), pero ya no es la secundaria a la que alguna vez tuve que trasladarme a la fuerza, por haberme mudado de El Cerro a Centro Habana, con visible trepidación, pues la William tenía fama, merecida, de enclave de ambientosos (¿se dirá ambientoso todavía en Cuba?), que viene de ambiente, es decir, de atmósfera, los ambientosos con su ambiente, con su atmósfera, con su aguaje, con su envolvencia—meteorología del aspaviento y la jactancia—, el que anda con tremendo aguaje es un aguajista, y yo no era entonces, a los 13 años, sino un blanquito flaco, pecoso, tímido, interesado en la poesía o la pelota, no en el casino, o nada interesado en el casino (sigo desinteresado), tampoco mentalmente dotado ni para el casino ni ningún tipo de pasillo, como le decían; por lo que la pelota me salvó de no tener mucho o nada que hablar o compartir con los negros y blancos ambientosos de la William, que por lo demás no pudieron haber asimilado y aceptado con menos tropiezos (aguajes de rigor, como para marcar tarjeta y territorio, a un lado) al blanquito que los ayudaba en los exámenes de literatura —y ese quién es, yénica (¿llénica?), Calderón de la Barca. La letra con aire entra. La William es ahora el Instituto Superior de Diseño. La iglesia neogótica de Reina, la del Sagrado Corazón de Jesús, sigue ahí, al igual que el Papa Francisco, todavía sonriendo, con más bonhomía que misericordia, desde lo alto del lado derecho de la torre. Está y sigue ahí incluso el Gran Templo Masónico de Cuba, en cuyos bajos, haciendo esquina, se aloja la oficina de correos, en la que entro y, luego de dirigirme al mostrador al que aparentemente no se dirigen los que están, sentados, en la cola (todos, en apariencia, jubilados en trámites propios del cobro, u otro asunto no menos propio, de su jubilación) y pregunto cuánto cuesta un sello para enviar una postal (sin sobre) a los Estados Unidos. Sesenta y cinco centavos pero no tenemos, me dice la empleada, tenemos solo de cincuenta, a lo que  respondo, con lógica o sentido común que parece tomarla por sorpresa, entonces por favor deme cuatro sellos de cincuenta cada uno, dos sellos para cada postal (que así le regalo, me digo, no le digo, 35 centavos al Estado, una postal a Remy y otra a Jan y a mí un pequeño suspense barato —¿sobrevivirá la casa de Humboldt, tan a la intemperie, que ni siquiera la protejo de los elementos con un sobre, a este largo viaje por ese presunto amazonas de desidia e ineficiencia sin límites?— y la promesa no tan barata de una estimulante sorpresa contra lo que sugieren, con molesta y a ratos convincente porfía, ciertas apariencias y el barraje de endemización de toda arruga o pliegue o protuberancia o grano o espinilla en la cara de esta Cuba—la metáfora se la debo a Humberto T. Fernández; véase, en su blog, Comentarios de K, su comentario sobre un artículo de Wendy Guerra en El Nuevo Herald— que en Cuba (todavía) algunas cosas funcionan. El correo, me atrevería a decir, al parecer es una de ellas. Lo sé, the sample is terribly small, pero hacer llegar un par de postales de La Habana a New York es algo a la vez (ya) tan simple y (todavía) tan complicado, que basta que salga bien una sola vez para declararlo, si no un milagro, al menos una prueba de que, well, We Can.


De modo que, después de sobrevivir a la mirada y la expresión de la empleada de la oficina de correos, quien ante mi idea, tan obvia, tan simple, tan revolucionaria —aunque esto último ni se lo digo ni a ella parece ocurrírsele— de que si no hay sellos de 65 centavos pues entonces compro dos de 50 para cada postal y resuelto el asunto —e incrementados, por minúsculo que sea el aporte, los erarios de un Estado que todavía ofrece servicios de salud y educación universales y gratuitos; ciertamente deteriorados y, en algunos casos, muy venidos a menos, pero no menos ciertamente universales y gratuitos y que todavía serían de lujo en cualquier otro país pobre, o tan probre como Cuba, que es lo que es y siempre ha sido Cuba, un país pobre, naturalmente pobre, es decir, empobrecido de entrada por la propia naturaleza, la geografía, la geología, los ciclones, la canícula, la colonia; por una inicua repartición natural luego antropogenésica (man-made), colonial, necolonial, pseudo-colonial, a la que no fuimos invitados y en la que nos tocó poco y, si se lo mira bien, nocivo: azúcar, de la que ya nadie duda, cuando se habla de dieta humana, que es the main killer; y tabaco (no comment); país pobre que ha sido país rico solo en el imaginario político, o electoral, por no decir en la imaginación febril, de Eduardo Chibás (Vergüenza contra Verdad, que ciertas verdades, de tan incómodas, avergüenzan), país pobre que alguna vez fue país digno por el período más largo de su historia—, y quien ante mi idea, la empleada (¿el país?) de pegarle a cada postal dos enormes sellos de 50 centavos parece querer preguntarme con todo lo que puede abrir—los ojos, la boca, las manos—, entre desorientada y curiosa, de qué tú me estás hablando de dónde tú has salido, antes de rápidamente, mucho más rápidamente de lo que logro reaccionar para, con mi cada vez más anacrónica buena voluntad, al menos en ese punto tan singular del Universo, una oficina de correos en Carlos III y Belascoaín, y mi cada vez menos eficaz didactismo, abundar en la lógica de mi razonamiento, en un país de escaseces todavía tan marcadas, en que abundar, of all things, en la lógica de tu razonamiento no es exactamente lo que se espera o agradece, antes de extenderme, sin darle más vuelta al asunto, que no la tiene, los cuatro sellos al mismo tiempo que su rostro ensaya con éxito una cara de bueno si usted lo dice usted sabrá y aquí tiene usted el vuelto (esta segunda cara no me tutea). Rostro cuyos ojos me siguen hasta una mesa habilitada, me digo yo, para pegar los sellos antes de echar las postales en el buzón, cosa que hago acentuando la pose de que ni estoy perdido ni apurado— aunque tengo un último momento de duda y casi que me despido funerariamente, luctuosamente, de la casa de Humboldt y la de mis mejores esperanzas cubanas—, tal vez con buenos resultados, pues para el momento en que vuelvo los ojos, por última vez antes de salir a la calle, hacia la empleada detrás del mostrador al que ningún aparente jubilado tiene aparentemente que dirigirse, ya la empleada, desempleada de nuevo, ha pasado a otro, su principal asunto: esperar a Godot.
   

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País pobre. Cuba lo es, siempre lo ha sido, y si lo aceptáramos de una vez y dejáramos de confundir, es decir, si ustedes dejaran de confundir su nostalgia, sospechosamente ex post facto, por la Cuba periférica de ayer—tacita de oro falso (“de fantasía”) de la que bebían los menos—, y su no menos sospechosa connivencia con la Cuba alternativa de hoy—los caballos de Troya regalados a los que Barack Obama les sirvió abundante heno en su discurso del 22 de marzo en el Gran Teatro de La Habana y a los que ni se les mirará el colmillo con tal de que lleven su carga, ni siquiera ya tan oculta,  hasta el corazón de la ciudad sitiada y en el instalen sus tiendas de vendedores de alfombras mágicas—si dejáramos, es decir, si ustedes dejaran de confundir esas nostalgias y connivencias por y con una Cuba de hedonismos chatos y provincianos alardes con cualquier descabellada idea de “desarrollo” o “identidad” o “esencia” o “gracia” interrumpidos o desviados o atajados o abortados ayer y paralizados o desvirtuados o reprimidos hoy por la Revolución, o el Estado, o el Gobierno, tal vez pudiésemos, a pesar de todo lo que nos separa y nos separará, o precisamente por ello, empezar no solo a hablar civilizadamente, sino a pensar responsablemente, es decir, a hablar y pensar no como si ustedes hubiesen ya ganado moralmente la batalla y no estuviesen sino esperando a consumar políticamente la victoria, sino como los hechos, sobre el terreno, lo determinen.
    
Sobre todo ustedes, profesionales a) del anticastrismo industrial como inversión emocional y, si se puede, financiera, de bajo costo moral, porque nunca fueron otra cosa, en el fondo o en la superficie (ambas opciones siempre existieron), y de alto rendimiento, porque les asegura la más amplia aceptación social donde cuenta; b) de la impostura, porque ustedes tampoco son lo que predican: liberales, demócratas, tolerantes, pacíficos, civiles (¿civilizados?), sino todo lo contrario: conservadores (los liberales, todos, también lo son, y esto no es diatriba, sino descripción empírica de la lógica interna, inherente, inmanente de las posiciones—y posturas—de ustedes, estén conscientes o satisfechos de esa lógica o no, porque mejorar el capitalismo, humanizarlo, perfeccionarlo —doesn’t it sound familiar?—, no es ni puede ser, objetivamente, sino conservarlo, perpetuándolo como naturaleza socializada, condición (in)humana irrevocable, el mejor (no el menor, no sean hipócritas) del peor de los males (hasta en los trillados países nórdicos, también veniditos a menos, que por demás siempre han estado, en términos históricamente proporcionales, donde están hoy), dic-ta-do-res (que para algo se acogen, tan agradecidos y gustosos, al diktat del pensamiento único, y de una manera que ya ni requiere sesudas lecturas de John Stuart Mill o John Rawls, sino rápidos paseos por los periódicos del Gran Consenso, y después a chapotear alegremente en las perogrulladas (bromides) de Facebook y demás portales—valga la asociación— de los llamados social media en los que apenas puede practicarse otra cosa que la calistenia, cacofónica, del conformismo; c) de la impostura, otra vez, es decir, de las posturas de ustedes permanentemente dictadas por el viento de la ley del menor esfuerzo moral e intelectual, incluso emocional —incapaces como son ustedes de desentenderse de sus propios y ventrílocuos monólogos, de mirarse en el otro, en lo otro, no en la luna validatoria del propio espejo, sino en su inquietante azogue, para que los invite a masticar lo arduo, a digerirlo, a apacentar en lo oscuro, que sin noche no hay estrellas, hasta que haya un poco más de día común o compartido para ustedes y para el otro, los otros, nos-otros—, del menor esfuerzo cognitivo y el mayor rendimiento retórico: ustedes suenan exactamente, siempre lo han hecho, como en la época en que les ha tocado vivir (y medrar), y que almohada más mullida que esa para dormir en paz; d) de la inconsecuencia y la bobería: ¿no se han dado cuenta, ustedes, de que entre lo que ustedes dicen que piensan y lo que ustedes piensan [y] que no dicen hay ya tanta distancia que es imposible saber, con ustedes, en qué momento del monólogo (el de ustedes) o de la conversación (la de ustedes con ustedes mismos, entre ustedes mismos, esa lata de sopa Campbell’s reproducida ad infinitum y ad nauseam por un Warhol built-in y automático) están pensando lo que dicen o meramente diciendo lo que no piensan? Ustedes, profesionales del amauterismo, ¿a quién le deben el cuento, el púlpito usurpado, la sobra-vida?

 

Anti-castrismo: enfermedad infantil del anticomunismo: ni siquiera se atreven a llevarse a los labios lo que les quema la garganta, pero hasta en esas imposturas retóricas lamen ustedes botas, a Miami (es decir, a Washington), a cualquiera. Que mira que he vivido toda mi vida rodeado de desafectos, y qué precisa esa palabra, además de neutra, desafecto, en la casa, la familia, los vecinos, la escuela, el barrio, la pelota, el trabajo, y a esos los oí susurrar, y quién sabe si hasta lo habrán pintado de madrugada en algún muro poco frecuentado por ojos vigilantes, ¡Abajo Fidel!

 

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¿Cómo, entonces, sentirse en casa, de pleno derecho, deseando, y echando de menos en el deseo, agónicamente, que la cultura cubana, popular o culta, popular y culta, revolucionaria o liberal, revolucionaria y liberal, o mejor, libertaria, sea una de simbiosis y de síntesis, no de vidas paralelas y desencontradas, ajenas, de compartimentos estancos, recelosos, anhelando que los presupuestos y los códigos, los fundamentos y los fines de una civilidad y una convivencia cubanas sean, también y sobre todo, otros y unos? Esta no es pregunta retórica, pues la cultura cubana es y siempre ha sido una cultura escindida en aguas enemistadas, desiguales, hostiles, sobre todo entre lo popular y lo culto—en este último caso, en una medida que con mucho supera la media internacional—, lo decadente y lo avanzado (en cualquier época), tensión que no es solo una cuestión de gustos para colores, sino de valores para elecciones éticas, no solo estéticas, y decisiones existenciales, clivage en que lo popular, hoy más que nunca, muchas veces reducido a lo primario o primitivo, parece susurrarle en el oído a lo culto, o a lo llamado, tendenciosamente, “culto” para re-significarlo como “elitista” o “desvinculado” de la "vida real", así llamada desde lo popular, restregarle en la cara a lo llamado culto —y que no es más, en todo caso, que imagen acumulada y reserva mínima, masa crítica constantemente amenazada de ser repelida de vuelta a su condición de proyecto, de la posibilidad de otra Cuba, de síntesis y no solo de frágil y promiscua convivencia (connivencia)—, susurrarle al oído, restregarle en la cara a lo otro, con la soberbia del inseguro y acomplejado que encuentra fuerza en el alarde, te tolero y hasta te invito a mi fiesta y te dejo hacer tu número, pero aquí el que baila manda, y aquí el que baila soy yo.
   

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Entonces salgo a la calle, y bajo por Belascoaín hacia Neptuno, piquera móvil de almendrones y demás taxis genéricos o idiosincráticos, y de pronto, por primera vez desde que aterricé en La Habana tres semanas antes, siento que estas calles de Centro Habana, tan polvorientas y deterioradas y a la vez tan relativamente limpias, considering—la basura está bien repartida, o compartimentada, hay áreas, a veces se trata de una esquina, que parecen especializarse en acumular o recoger toda la basura de todo el muncipio—, y tan tranquilas, y a esta hora, viernes al atardecer, tan inesperadamente desiertas, tan entrañables siempre y tan tristes —de toda la vida, como las de los polvorientos pueblos de campo de Provincia Habana (Habana Campo), que nadie venga a decir ahora que la melancolía cubana es residuo o daño colateral del futuro luminoso que nunca llegó, que nosotros mismos no dejamos que llegara; que esa insistencia cubana, de lo popular cubano, en divertirse a toda costa no esconde y no delata el espanto de un hastío natal— han empezado a ignorarme, en un envite de paz tras la prueba, ni tan prolongada ni tan ardua, del re-encuentro y la re-familiarización, o tal vez incluso a aceptarme y, poco a poco, si me lo gano con paciencia (conmigo mismo) y parodia (de mí mismo) y su debida dosis de indiferencia (con todo)—como siempre fue, cuando en Centro Habana no había ni uno solo de estos timbiriches de mala vida pero en el aire todavía se podían respirar los ecos de algún espíritu, de esos enlaces invisibles se va tejiendo, no solo atravesar transparencias vacías, transparencias de lo opaco, lo oscuro— a volver a considerarme uno de los suyos, aunque siempre en su lugar. Como los negros y blancos ambientosos de la William Soler hace cuarenta y cuatro años, patillas de corte recto, pantalones de corte recto, cuchillas de corte recto, pañuelo blanco para enjugarse el sudor, apenas unas palmaditas en el cuello y los pómulos (que no es de hombre estarse tocando tanto la jeta), peine de dientes gruesos en el bolsillo de atrás, lápiz de punta afilada entre la sien y la oreja, diente de oro, tatuaje, zapatos blancos de punta fina, letras de guagancós de presidio (donde lloran los hombres de valor), tremenda ruta (¿se dirá tremenda ruta todavía?), hacia dónde no importaba, en los ojos, la mirada, las palabras, los gestos, las manos balanceándose exageradamente a ambos lados al caminar, siempre marcando su territorio, siempre moviéndose y apartándote, manteniéndote a raya, manos en ristre, siempre a punto de darte un gaznatón, siempre alertándote de que, aunque aceptado y hasta protegido, eres un bicho raro, y ese quién es, mi yénica (¿mi llénica?), Calderón de la Barca.

 

4 de junio de 2016