¿Revolución en la revolución?* Régis Debray

[Nota de presentación xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

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Réviolution dans la révolution?

                                                  ¿Revolución en la revolución?

                                                                                                  Revolution in the Revolution?

Prefacio del autor a la edición de Verso (2017)

Prólogo a la primera edición en inglés (1967)

 

Introducción a la primera edición en español (1967)

Régis Debray fue dado a conocer a los lectores de nuestra América con la publicación de su ensayo "América Latina: algunos problemas de estrategia revolucionaria", en el número 31 de la revista Casa de las Américas (julio-agosto de 1965). En enero de ese mismo año había publicado en Les Temps Modernes "Le castrisme: la longue marche de l'Amerique Latine". Reeditados varias veces, ambos trabajos iban a conocer una vasta audiencia, y harían de su autor, o los veintitantos años, uno de los intérpretes más lucidos de la actual problemática latinoamericana. Debray tuvo su primer contacto con el fenómeno revolucionario cubano en 1961: pudo asistir a la gigantesca campaña de alfabetización acometida ese año, que convertiría a Cuba en el primer país latinoamericano libre de analfabetismo. La deslumbrante certidumbre de una realidad vivida ratificó en él su interés por el estudio de los fenómenos revolucionarios contemporáneos, presididos por el pensamiento marxista. A sus concepciones no le ha faltado la confrontación con la realidad, y mucho menos la ha rehuido, sino que han nacido de ella, y conservan la inmediatez, e incluso la necesaria dosis de pasión, que tal nacimiento supone.

Después de Cuba, Debray recorrió varios países del continente, en contacto estrecho con revolucionarios, llegando o compartir en ocasiones la vida guerrillera. Supo pues de América Latina no a través de ideas preconcebidas, sino de experiencias. Profesor de filosofía—formado junto al gran pensador marxista Louis Althusser—, fue extrayendo, de vuelta a Francia, las enseñanzas de sus días latinoamericanos: así surgieron los artículos mencionados, que pueden verse como las dos partes dc un mismo trabajo. E1 rigor intelectual se alía en ellos con el conocimiento, desde el interior, de los hechos abordados.

A fines de 1965 volvió a Cuba, decidido a profundizar en la experiencia de la revolución cubana —a su juicio, no suficientemente estudiada. La agudeza de sus conceptos, su profunda capacidad de análisis y la originalidad de su enfoque, puestas de manifiesto en los trabajos anteriores, despertaron el interés de los círculos dirigentes de la revolución cubana, los que le brindaron las mayores facilidades para realizar su tarea de investigación. Durante todo el año 1966, tuvo oportunidad de hablar con numerosos participantes directos en nuestra gesta revolucionaria: entre otros, con quien concibió y dirigió esa lucha, el comandante Fidel Castro, con quien departió largas jornadas, pudiendo escuchar los relatos de las experiencias vividas, a veces sobre el mismo escenario donde ocurrieron acciones militares decisivas. Tuvo además acceso a numerosos documentos inéditos de aquella etapa que pudieron conservarse: mensajes en pleno combate, instrucciones a los jefes militares en acción, partes de guerra, cartas y otros textos. Esto le permitió adquirir la más viva impresión de aquellos hechos históricos. Ningún otro entre quienes han escrito sobre la revolución cubana ha contado con tal caudal de material y datos para la investigación histórica.

Debray no ha hecho, desde luego, la historia de este proceso, pero ha derivado de él sus conclusiones fundamentales tanto de carácter militar como político, contrastándolas con la experiencia personal, de aciertos y errores, que conoció en otros focos guerrilleros, o de los cuales logró obtener una información fidedigna y fresca.

Es con verdadera satisfacción que iniciamos los Cuadernos de la revista Casa de las Américas con este ensayo, destinado sin duda, aún más que los anteriores de su autor, a despertar la atención de quienes, a lo largo del continente de Bolívar y Martí, Fidel y el Che, saben que el deber de un revolucionario es hacer la revolución. (Roberto Fernández Retamar)

Introducción del autor a la primera edición en francés (1967)

 

 

PREFACIO

"La Revolución Cubana no puede repetirse ya en la América Latina."

Esta frase, en boca de militantes latinoamericanos, se ha convertido en un clisé peligroso. Justa en ciertos aspectos, ha traído olvidos sangrientos.

A fuerza de decir que la Revolución Cubana no tendrá ya equivalente en el Continente, por el cambio que ha operado en la relación de fuerzas, hemos llegado a ignorar tranquilamente aquello que no puede ya repetirse. De la Revolución Cubana, se ignora hasta el abecé.

Primero, hemos reducido a Cuba a una leyenda dorada, la de los doce hombres que desembarcan y que se multiplican no se sabe cómo en un abrir y cerrar de ojos; después decimos que la realidad no tiene ya nada que ver con ese audaz cuento de hadas. Ese juego de manos ha dejado escapar sencillamente lo esencial, la realidad compleja del proceso insurreccional cubano.

¡Cuántas vueltas inútiles, cuantas experiencias infortunadas, cuánto tiempo perdido han resultado de ello para los movimientos revolucionarios del presente! Nosotros mismos hemos tratado de mostrar en estudios anteriores la amplitud de las transformaciones provocadas por Cuba en el Continente. Pero hay que dar fe del movimiento inverso que comienza un poco por doquier entre los combatientes y los militantes; vuelven con curiosidad a la experiencia cubana para advertir "el cómo" más que el brillo de la superficie, los "detalles" políticos y militares, los mecanismos internos. ¿Y por qué? Porque al cabo de años de sacrificios y a veces de derroche, descubren verdades de orden técnico, táctico y aún estratégico que la lucha revolucionaria cubana había puesto en acción y practicado desde sus comienzos, a veces sin darse cuenta de ello. Descubren que cierta manera de aplaudir ruidosamente la leyenda de la insurrección fidelista ha podido encubrir, en sus propias filas, el desdén o la negativa a aprender de ella y discernir sus lecciones fundamentales.

Así, pues, tenemos que lamentar que nos falte todavía una historia detallada del proceso insurreccional cubano, que no puede venimos sino de sus promotores y actores, y que esa falta nos fuerce a abreviar nuestras referencias en alusiones, cuando necesitamos una investigación sistemática.

I

LIBERAR EL PRESENTE DEL PASADO

Jamás somos completamente contemporáneos de nuestro presente. La historia avanza enmascarada: entra al escenario con la máscara de la escena precedente, y ya no reconocemos nada en la pieza. Cada vez que el telón se levanta hay que anudar de nuevo los hilos de la trama. La culpa, desde luego, no es de la historia, sino de nuestra mirada, cargada de recuerdos e imágenes aprendidas. Vemos el pasado superpuesto al presente, aunque ese presente sea una revolución.

El impacto de la revolución cubana ha sido vivido y pensado, principalmente en la América Latina, a través de las formas y esquemas ya catalogados por la historia, entronizados, consagrados. Por ello, pese a toda la conmoción que ha provocado, el golpe se ha recibido amortiguado. Hoy, calmada la algazara, se comienza a descubrir el sentido propio de Cuba, el alcance de su enseñanza, que antes había escapado. Una nueva concepción de la guerra de guerrillas ve la luz.

Entre otras cosas, Cuba ha recordado en primer lugar que la revolución socialista es el resultado de una lucha armada contra el poder armado del estado burgués. Esta vieja ley histórica, de orden estratégico si se quiere, ha sido llenada al principio con contenidos tácticos ya conocidos. Se ha comenzado a identificar guerrilla con insurrección, porque el arquetipo —1917– se había presentado bajo esta forma, y Lenin, seguido por Stalin, lo había teorizado en algunas fórmulas; fórmulas que no tienen nada que ver con la situación presente y que en vano se agitan periódicamente, como las que se refieren a las condiciones del estallido de la insurrección, entendida como asalto inmediato al poder central. Pero esta diferencia saltó pronto a la vista. Después, la guerra de guerrillas americana se ha confundido casi con las guerras de guerrillas asiáticas, puesto que se trata también de una guerra “irregular” para sitiar las ciudades a partir del campo. Confusión más peligrosa todavía que la primera.

La lucha armada revolucionaria encuentra condiciones específicas en cada continente, en cada país, pero éstas no son "naturales" ni evidentes. Lo son tan poco, que en cada caso son necesarios años de sacrificios para descubrirlas y adquirir conciencia de ellas. Asi, por instinto, los socialdemócratas rusos pensaron en rehacer la Comuna de París en Petrogrado; los comunistas chinos trataron también de rehacer el Octubre ruso en el Canton de los años 20; y los camaradas vietnamitas, un año después de la fundación del Partido, de provocar insurrecciones de Soviets campesinos en el norte del país. Para nosotros, ahora, es obvio que las insurrecciones soviéticas no podían triunfar en el Asia colonial de la preguerra, pero los más auténticos militantes comunistas han debido comenzar por ahí el aprendizaje de su victoria.

Podría pensarse que es una suerte que Fidel no haya leído los escritos militares de Mao Tse-Tung, antes de desembarcar en las costas de Oriente: ha podido inventar así, sobre el terreno, a partir de su propia experiencia, las reglas de una doctrina militar conforme al terreno. Sólo al  fin  de  la  guerra  es  cuando  su  táctica  se  define  y los rebeldes descubren los escritos de Mao[1].  Pero de nuevo en la América Latina los militantes leen los  discursos de Fidel y los escritos del Che Guevara con los ojos que han leído ya al Mao de la guerra antijaponesa, así como a Giap y ciertos textos de Lenin, y creen reconocer los segundos en los primeros. Superposición visual clásica, pero peligrosa, cuando la guerra revolucionaria tiene en la América Latina condiciones de desarrollos muy particulares, profundamente diferentes, que no podrá encontrar sino a partir de una experiencia propia. En ese sentido, todas las obras teóricas sobre la Guerra del Pueblo hacen tanto mal como bien: se les ha llamado gramáticas de la guerra. Pero se aprende más pronto el idioma de un país extranjero cuando se está en él y hay que hablarlo, que con una gramática en su casa. En tiempo de guerra esas cuestiones de rapidez son vitales, sobre todo en los primeros momentos, cuando una guerrilla casi sin armas e ignorante debe afrontar a un enemigo bien armado y que sabe.

Fidel achacaba un día la responsabilidad de ciertos fracasos guerrilleros al vínculo puramente intelectual con la guerra. Se comprende por qué: sin contar la debilidad física, la inadaptación a la vida de campaña, un intelectual tendrá que apresar el presente con montajes ideológicos preformados y vivirlo a través de los libros. Sabrá menos que otro inventar, improvisar, arreglárselas con los medios disponibles, decidir en el momento mismo una operación audaz para salir de un mal paso. Creyendo saber ya, aprenderá menos deprisa, sin flexibilidad. Y la ironía de la historia ha querido que la situación social propia de muchos países latinoamericanos delegue precisamente ese papel de avanzada en estudiantes y en intelectuales revolucionarios, que han tenido que desatar o más bien comenzar las formas más elevadas de la lucha de clases.

Luego esos yerros, esos malentendidos, esas confusiones se han pagado. No demasiado caro, si pensamos en los desastres durante tanto tiempo repetidos de la primera guerra de liberación contra España. Se aprende enormemente sobre la guerra y la América leyendo una biografía de Bolívar, y también lecciones validas para las guerras revolucionarias de la América de hoy. La más preciosa de todas: la tenacidad. Cinco veces expulsado del suelo americano en cuatro años, derrotado, ridiculizado, solitario, cinco veces ha vuelto, hasta la primera victoria, en Boyacá, con una obstinación que le hizo tener por loco. Aprendiendo cada vez un poco más: la necesidad de movilidad y de caballería para compensar su falta de efectivos y armamentos; la necesidad de hacer una guerra agresiva y de ataques rápidos, no defensiva y estática; la necesidad de quemar las naves y cortarse todo repliegue posible al declarar "la guerra a muerte" contra el español para precipitar la formación de lo que hoy llamaríamos "condiciones subjetivas" en sus propios partidarios y en los criollos; la trampa representada por Caracas en tanto los españoles fueran dueños de los campos; la necesidad de rodear las ciudades partiendo de los llanos y de bases de apoyo sólidas; la importancia, en fin, de algunos lugares ("Coro es a Caracas lo que Caracas es a América").

La misma lección de tenacidad nos la ha recordado recientemente Fidel, más de una vez al borde del desastre. El Moncada (53), el desembarco del Granma (56) y, en menor medida, el fracaso de la huelga de abril del 58 son otros tantos reveses tras los cuales cualquiera hubiese regresado a casa en espera de días mejores. ¿Cuántos focos guerrilleros han fracasado en Guatemala antes de la consolidación de las guerrillas de Zacapa e lzabal? Más de cuatro, aniquilados o desmantelados. ¿Cuántos fracasos en Venezuela, cuántas traiciones y divisiones? Sin embargo, la guerrilla ha sobrevivido y recomienza con más fuerza: quizá aun la guerra misma empieza ahora de veras.

Los reveses sufridos por el movimiento revolucionario en la América Latina son verdaderamente poca cosa, si se miden por un período de tiempo que es prólogo de las grandes luchas de mañana, si se tiene en cuenta que los pocos años pasados corresponden a ese período de arrancada y reajuste que han atravesado todas las revoluciones en su principio. Más aún, lo que puede sorprender es que algunos movimientos guerrilleros hayan podido resistir tantos ensayos y errores, unos evitables y otros no. Al decir de Fidel, eso es lo asombroso y lo que prueba hasta que punto el movimiento es suscitado por la historia. De hecho, más que de fracasos hay que hablar de cierto explicable estancamiento y de falta de desarrollo rápido, consecuencias, entre otras cosas, de los desaciertos y errores inevitables en esta etapa de exploración de una concepción y un método revolucionario nuevos, pese a su engañoso parentesco con otras experiencias internacionales.

Todos los procesos revolucionarios decisivos han comenzado con algunas salidas en falso por la razón que hemos evocado: porque los puntos de partida existentes son los que deja el proceso histórico precedente y se parte de ellos aun sin darse cuenta. De todos esas salidas en falso la latinoamericana es la más benigna. En cada caso se ha tratado de rectificar el paso sin cambiar la dirección de la marcha, corregir la táctica sin renunciar a la estrategia justa ni a los principios. Es el momento que define los dos campos.

En cada país que ha hecho la experiencia de una revolución, este momento puso frente a frente a los revolucionarios de un lado y a los reformistas y futuros traidores, de otro. Después de 1905, el pacifismo y el espíritu de derrota cobran fuerza en el Partido Socialdemócrata ruso. Lenin, desde Ginebra, donde vive exilado, y otros, deben levantar la voz no para oponer la democracia representativa de las Dumas a la insurrección obrera, sino para oponer una insurrección bien dirigida a una insurrección no dirigida en lo absoluto. En China, al día siguiente de las derrotas de 1927, había que oponer —como lo hicieron Mao y otros— no el compromiso a la insurrección obrera sino el repliegue al campo y la Gran Marcha (forma de lucha propia de las condiciones chinas) al asalto rápido de las ciudades bajo la férula del Kuomintang enemigo. Después del desastre del Moncada, Fidel y sus compañeros supervivientes no pensaron en abandonar el principio de la lucha armada contra Batista, sino que le dieron un contenido distinto, más justo. Para un revolucionario el fracaso es un trampolín. Teóricamente más rico que el triunfo: acumula una experiencia y un saber.

De hecho, unos pocos años de experiencia en lucha armada de todas clases, en la América Latina, han hecho más para dar a conocer la singularidad de sus condiciones objetivas que las décadas precedentes de teoría política copiada. Históricamente, Cuba ha dado la arrancada a la revolución armada en América Latina. Esa arrancada, irreversiblemente efectuada a partir de una línea justa, es lo esencial.

"De hecho, ¿se habrá producido la eclosión de la lucha armada? ¿Estará su vórtice en Venezuela, Guatemala, Colombia, Perú, Ecuador? ¿Serán esas escaramuzas actuales sólo manifestaciones de una inquietud que no ha fructificado? No importa cuál sea el resultado de las luchas de hoy. No importa, para el resultado final, que uno u otro movimiento sea transitoriamente derrotado.

Lo definitivo es la decisión de lucha que madura día a día, la conciencia de la necesidad del cambio revolucionario y la certeza de su posibilidad."[2]

Hoy, en la América Latina, una línea política que no pueda expresarse, en el plano de sus efectos, en una línea militar coherente y precisa, no puede ser tenida por revolucionaria. Toda línea presuntamente revolucionaria debe poder dar una respuesta concreta a esta pregunta: ¿cómo derribar el poder del Estado capitalista? Es decir, ¿cómo romper su esqueleto, al ejército, reforzado de día en día por las misiones militares norteamericanas? La revolución cubana ofrece a los países hermanos americanos una respuesta que hay que estudiar en los detalles de su historia: mediante la construcción más o menos lenta, a través de la guerra de guerrillas libradas en las zonas rurales más propicias, de una fuerza móvil estratégica, núcleo del Ejército Popular y del futuro Estado Socialista.

Toda línea militar depende de una línea política, que aquella expresa. Ahora bien, aún dentro de la lucha armada, estos últimos años han sido puestas a prueba otras líneas militares, dando un sentido muy distinto a la guerra de guerrillas. Más que malas interpretaciones de la respuesta cubana, se trata de esquemas políticos importados, disfrazados de líneas militares, y aplicados a condiciones históricas muy diferentes de aquellas en que esos esquemas tuvieron sus raíces. Tales son los casos de las concepciones de la autodefensa armada; cierta manera de entender la propaganda armada y la base guerrillera; y en fin, la sujeción de la guerrilla al Partido como una pieza más añadida a su organización de tiempo de paz.

Esas concepciones, que han adquirido fuerza de línea en muchos lugares, han dado a la lucha armada popular un contenido trunco que puede juzgarse por sus resultados. Resulta útil investigar qué concepciones políticas las inspiran y cómo algunas plagian experiencias revolucionarias extrañas a la América Latina y a sus condiciones actuales.

Esas experiencias negativas nos permitirán quizá descubrir la enseñanza esencial que se debe sacar tanto de la fase insurreccional de la revolución cubana como de las luchas armadas de hoy.

 

La autodefensa armada

La autodefensa, como sistema y como realidad, está hoy liquidada en los hechos. Colombia, con sus zonas de autodefensa campesina, y Bolivia, con sus zonas de autodefensa obrera, constituían los dos países en que esta concepción había tomado fuerza de línea. Esos dos “focos de subversión”, a unos meses de distancia, fueron liquidados por el ejército: Marquetalia, al sur de Colombia, ocupada en mayo de 1964, y las minas de Bolivia, invadidas en mayo y setiembre de 1965 después de trágicos combates. Esta doble derrota señala el fin de una época y atestigua la muerte de una cierta ideología. Es preciso que el movimiento revolucionario cante su  responso de una vez por todas.

Fin de una época: la del equilibrio relativo de las clases. Principio de otra: la de la guerra total de clases, que excluye las soluciones de compromiso y los repartos del poder.

Frente a la polarización actual entre explotados y explotadores en un país neocolonial, el hecho de que pueda existir una porción de territorio en que el Ejército y el aparato del estado no puedan proceder “al ejercicio normal de sus funciones”, es más de lo que puede soportar la nueva legalidad imperialista, pero no lo suficiente para ponerla en peligro. El fracaso de la autodefensa armada de las masas corresponde, en el plano militar, al fracaso del reformismo en el plano político. En el nuevo marco de la lucha a muerte no hay lugar para las soluciones bastardas, para la búsqueda de equilibrio oligarquía-fuerzas populares, para los pactos tácitos de no agresión. La dictadura de las oligarquías nos pone en la alternativa de pasar a su destrucción en bloque o aceptarla en bloque: no quedarse en el medio. Además, la autodefensa está hoy desacreditada; sus propios partidarios de ayer la han transformado en el comienzo de más altas formas de lucha. Pero ¡cuidado!: tiende a renacer bajo formas más seductoras y, desde luego, ocultando su nombre. Tiende a renacer porque se arraiga en una ideología vivaz como Proteo. En el momento en que la autodefensa se ahogaba, el trotskismo ha llegado para tenderle la mano y tratar de darle vida. Este renacimiento es el que nos ocupa ahora.

En el sustrato ideológico de la autodefensa se encuentran ideologías de las cuales Lenin ha dicho repetidamente que eran naturales de la clase obrera y que volverán a tomar la delantera cada vez que los marxistas y los comunistas bajaran la guardia: el "economismo" y el "espontaneísmo". El economismo es la defensa a exclusiva de los intereses profesionales de los trabajadores contra las usurpaciones del poder patronal a través del sindicato; como está excluido atacar al poder político de los patronos, al Estado burgués, esa defensa acepta y avala de hecho lo que pretende combatir. No es un  mero  azar  que  en  Bolivia,  donde  por  más tiempo ha predominado  la tradición anarcosindicalista entre los trabajadores, la lucha de estos revista, desde la revolución de 1952, la forma de milicias obreras de autodefensa.

El término de autodefensa no es el más conveniente: sugiere una actitud pasiva, temerosa y replegada, pero este no es siempre el caso, es incluso excepcionalmente el caso. ¿Quién pondrá en duda el heroísmo combativo de los proletariados europeos antes de "la importación del marxismo a la clase obrera", según la fórmula de Lenin? ¿Y la pericia y coraje de los campesinos colombianos, que fueron las victorias principales de esa terrible guerra civil de diez años, donde cayeron mas de cien mil de ellos? ¿Quién negará que la abnegación y la solidaridad de los obreros parisienses de las Jornadas de Junio y la Comuna se encuentran hoy día en los cuarenta mil mineros y "fabriles" de La Paz, héroes de la primera revolución obrera de América, en 1952?

La autodefensa no adolece de una falta de audacia en sus promotores. Por el contrario, a menudo adolece de una admirable profusión de sacrificios, de un despilfarro de heroísmo que no conduce a nada, es decir, a todo salvo a la conquista del poder político. Mejor valdría, pues, hablar de un espontaneísmo armado. Su propio origen ideológico nos revela su época de elección: anterior a Marx. Autodefensa habría podido llamarse la insurrección india dirigida por Tupac Amaru II en el Perú, a fines del siglo 18. Los indios se levantan por decenas de millares, expulsan a los latifundistas criollos, matan al español en el mismo lugar y recuperan sus tierras robadas por las "encomiendas". El movimiento se dispersa pronto en victorias locales; los indios, a medida que se acercan a la costa, ocupan las tierras y permanecen en la montaña: montan un ejército más o menos regular, ninguna fuerza de choque independiente; los insurgentes, dueños del país, desafían marchar sobre Lima, cabeza del virreinato. Lima tiene tiempo, pues, para reagrupar un ejército, y la reconquista se opera sin dificultades en las condiciones que pueden imaginarse. Autodefensa habría podido llamarse a la insurrección de los Comuneros de Colombia, dirigida por la famosa Manuela Beltrán, casi en la misma época.

En resumen, hubo insurrecciones obreras antes del advenimiento del socialismo científico, como hubo guerras campesinas antes de las guerras de guerrillas revolucionarias: no por ello tienen algo que ver unas con otras. La guerrilla es a la sublevación campesina lo que Marx es a Sorel.

Así como el economismo niega el papel de vanguardia del partido, la autodefensa niega el papel del destacamento armado, orgánicamente distinto de la población civil. Asi como el reformismo apunta a constituir un partido de masas sin selección de los militantes ni organización disciplinada, la autodefensa aspira a integrar a todo el mundo en la lucha armada, a constituir una guerrilla de masas, con mujeres, niños y animales domésticos en el seno de la columna guerrillera.

Asi como el espontaneísmo no aspira al poder político para los explotados y, en consecuencia, no se organiza en partido político, la autodefensa no aspira a la supremacía militar para los explotados y, en consecuencia, no aspira a organizarse en ejército popular regular, con su movilidad e iniciativa propias. Se dirá que hay autodefensa allí donde la fuerza móvil estratégica no es el objetivo número uno de la lucha armada, allí donde la conquista del poder político no es la perspectiva consciente y visible de la lucha armada. La autodefensa no excluye necesariamente la insurrección. Pero esta insurrección será siempre local y no buscará extender su acción al conjunto del país: la autodefensa es parcial y la guerrilla revolucionaria aspira a la guerra total al combinar bajo su hegemonía todas las formas de lucha en todos los puntos del territorio. Local y, por tanto, localizada de antemano, la comunidad en autodefensa no tiene iniciativa. No puede elegir el lugar del combate, no se beneficia de la movilidad, del efecto de sorpresa ni de la capacidad de maniobra. Ya descubierta, la zona de autodefensa será objeto de un cerco y un ataque minuciosamente preparado por el enemigo en el momento escogido por este. La zona o la ciudad defendidas por su población misma no pueden sino esperar pasivamente el ataque del enemigo y depende de su buena voluntad. No obliga tampoco al enemigo "a que d[é] los pasos necesarios para que la  situación no retroceda" (Che Guevara). No obliga a la democracia representativa o al régimen oligárquico a revelar a la luz del día su contenido de clase; la autodefensa permite a la clase dominante no desenmascararse como dictadura de la violencia; mantiene "el equilibrio dictadura oligárquica-presión popular" en lugar de "violentarlo" (Che). Entra en el juego y hace el juego a la clase dominante, favoreciendo los equívocos en el seno de las clases dominadas, disfrazando de victoria las soluciones de compromiso.

En Vietnam sobre todo, y en China también, la autodefensa armada de los campesinos, organizada en milicias, ha desempeñado papel importante, como piedra básica del edificio de las fuerzas armadas de liberación. Pero la autodefensa se extendía a zonas militarmente ya liberadas o semiliberadas, y no constituía en modo alguno zonas autónomas. Esos territorios de autodefensa no eran viables sino en razón de una guerra total que se libraba en otros frentes, con las fuerzas regulares y móviles del Vietminh. Permitían integrar a toda la población en esa guerra sin hacer descansar sobre ella el peso principal de la lucha; dispersando el cuerpo expedicionario francés, aligeraban la tarea de las fuerzas regulares y semirregulares y les permitían concentrar un máximo de efectivos en frentes de combate escogidos en función de los planes estratégicos elaborados por un Estado Mayor. En América Latina, todavía más que en Vietnam, la autodefensa no puede bastarse a sí misma, al menos si se pretende evitar la eliminación de la población civil.

“La autodefensa no es nada más que una parte mínima de un todo con características especiales [escribe el Che Guevara en su prologo a las obras de Giap]. Nunca puede concebirse una zona de autodefensa como un todo en si, es decir, una regl6n donde las fuerzas populares traten de defenderse del ataque del enemigo, mientras todo el territorio exterior a dicha zona permanece sin convulsiones. Si así sucediera, el foco sen a localizado, atenazado y batido, a menos que pasara inmediatamente a la fase primera de la guerra del pueblo, es decir, a la guerra de guerrillas”.

Algún tiempo después de que el Che escribiera ese texto, "la zona de autodefensa campesina" de Marquetalia y las otras "repúblicas independientes" fueron ocupadas y disueltas por el enemigo, y Marulanda tuvo que volver a la guerrilla móvil. Una zona de autodefensa establecida, cuando no es el resultado de una derrota militar, aún parcial, de las fuerzas enemigas, ni está protegida por un frente guerrillero en constante ofensiva, no es más que un coloso con pies de arcilla, su desplome asesta un golpe a la moral de las fuerzas populares tanto mas grave e inesperado cuanto más inalterable parece ese tipo de statu quo; una mitología eufórica se desarrolla, y envuelve la realidad de esas zonas: como éstas duran desde hace años, se olvida que son el fruto de un compromiso tácito, no de una victoria real, y se les cree inexpugnables. La vigilancia se adormece; se olvida cada vez más poner a prueba las milicias, velar por su entrenamiento, por su armamento; la disciplina se relaja. Del lado revolucionario, esos territorios presuntamente liberados se convierten en simple objeto de propaganda política, coartadas para la inacción más que incitaciones a mayor acción. Del lado de la reacción, pretextos hallados a punto para presentarse como guardiana de la unidad nacional y la integridad del territorio, amenazado por ese quiste canceroso, y para atacar a los comunistas "separatistas"; la burguesía infla poco a poco el peligro real y el miedo que siente con fines de propaganda, inflamiento del cual pueden ser víctimas los propios revolucionarios, que acaban por creer que la guerrilla es, en efecto, un cáncer y que sólo el tiempo se encargará del paciente. Asi, el "desinflamiento" de esas zonas, cuando el ejército pasa al ataque después de largos preparativos realizados con toda comodidad, hará mayor efecto: gran victoria para la burguesía, gran derrota para la revolución "castro-comunista". ¿Qué hay en realidad?

Si se juzga por la historia de Cuba y de algunos otros países de América Latina la guerra de guerrillas parece pasar por las etapas siguientes: la etapa de asentamiento primero; la etapa de desarrollo, señalada por la ofensiva enemiga llevada a cabo aún con todos los medios disponibles (cercos operativos y tácticos, rastrillaje, tropas aerotransportadas, bombardeos, etc.); finalmente, la etapa de la ofensiva revolucionaria, política y militar a la vez. Durante la primera etapa, la más difícil de superar evidentemente, la más expuesta a las contingencias de toda naturaleza, el grupo inicial conoce un periodo de nomadismo absoluto al comienzo; después, un periodo más largo de fortalecimiento o habituación de los combatientes, organización de correos regulares, de líneas de aprovisionamiento, de relevos, de depósitos de armas) para llegar a la fase final del asentamiento verdadero o constitución mínima de una zona de operaciones. Esta progresión ve crecer el número de combatientes en valor absoluto, pero también disminuir su proporción relativa puesto que se desarrollan los servicios, las pequeñas industrias, los cuadros oficiales; en otras palabras, la parte de la técnica aumenta (armamento, comunicaciones, producción, explosivos, escuelas de reclutas, etc.) para responder al desarrollo de la potencia de fuego de la guerrilla y de su poder ofensivo.

Ahora bien, una zona de autodefensa como la de Marquetalia daba la impresión de haber llegado al término de esa primera etapa (consolidación de una zona de operaciones) y de que podía pasar a la segunda: hacer frente a una ofensiva enemiga, tomar la iniciativa táctica, destacar elementos de la columna madre para crear otros frentes guerrilleros. Nada de eso. Como los territorios de autodefensa campesino no habían coronado el término de una lucha armada revolucionaria, sino de una guerra civil entre conservadores y liberales, sin conclusión clara, sin efecto sobre el potencial militar del enemigo) la guerrilla, comenzando por la de Marquetalia, tuvo que regresar a la primera fase, a la fase nómada, sin dejar de estar embarazada por las familias de los combatientes, las tareas de evacuación de la población, el cuidado del ganado y las propiedades agrícolas, etc.

Bolivia: una situación análoga, en el medio obrero, asume aspectos de tragedia. Veintiséis mil mineros de las grandes minas de estaño nacionalizadas están distribuidos por casi todo el altiplano, pero la principal fortaleza minera se concentra en una faja de terreno de quince kilómetros de largo por diez de ancho; donde se encuentran las minas "Siglo Veinte", "Huanuni" y "Catavi". En 1952 los mineros destruyen al ejército de la oligarquía, establecen un gobierno liberal, reciben armas y una apariencia de poder. La revolución se aburguesa. Los mineros se escinden poco a poco. Tienen armas, milicias, radios, un sindicato poderoso, dinamita y detonadores – instrumentos de trabajo de cada día– y, además, el control de la riqueza fundamental del país, el "metal del diablo", el estaño. Replegados sobre si mismos, semimpotentes, semindolentes, dejan a la burguesía nacional reconstituir un ejército y jalonan su reinado de huelgas, escaramuzas y combates. En pocas palabras sobreviven; y después, como es natural, el ejército puesto en pie por la burguesía se traga a ésta con un golpe de Estado; de los Estados Unidos llega la orden de destruir el movimiento obrero y la junta militar provoca fríamente a los trabajadores al arrestar a su viejo jefe sindical Lechin. La huelga general indefinida propuesta por los trotskistas es decretada en mayo de 1965; los cuerpos de elite del ejército, "rangers", tropas paracaidistas especiales y la infantería clásica cercan las minas y desatan un combate frontal contra las milicias de los mineros; la aviación bombardea una mina cerca de La Paz y ametralla otra. Resultado; muertos por centenares del lado de los mineros y por decenas del lado de los soldados; las minas son ocupadas por el ejército, los soldados fuerzan las puertas de las casas y ametrallan a ciegas a las familias. Se proscribe, encarcela o mata a los dirigentes sindicales y a los mineros más combativos. Objetivo alcanzado. Todo está en orden, aún el odio y las lágrimas de rabia. Hasta la próxima vez.

En el marco de una insurrección general combinada entre diversas minas, La Paz, y ciertas regiones rurales, si ésta insurrección viene a coronar una larga guerra de desgaste librada en otras partes y con otros medios, los mineros organizados en sindicatos revolucionarios pueden desempeñar un papel decisivo. Pero una cosa parece imposible: que una insurrección espontánea acabe en pocos días con un ejército moderno, entrenado y engrosado por una misión militar norteamericana bien equipada, dotado de una fuerza de choque numéricamente reducida pero agresiva. En resumen, los tiempos han cambiado: es difícil repetir 1952 en 1966.

¿Qué posibilidad de defensa y de ataque victorioso tienen hoy los mineros?

Los milicianos son trabajadores de minas nacionalizadas. En caso de huelga o insurrección, el gobierno corta las carreteras, es decir, los víveres. El aprovisionamiento de los habitantes de las minas se efectúa desde La Paz por tren y camión. En el lugar, a 4.000 metros de altura, los riscos no producen gran cosa; algunas comunidades de indios aymaraes cultivan papas y quina, y secan carne de llama. De esta economía de subsistencia no se saca nada serio. Por ello los camaradas tienen necesidad de una victoria rápida, pues no disponen de víveres para más de una decena de días; pasado ese tiempo, no más leche para los niños, no más medicamentos en los hospitales, no más carne en la "pulpería". En cambio, los mineros impiden la salida del mineral, bloquean los trenes a la salida de las minas. Pero la pelea es desigual: comienzan vencidos. El gobierno tiene fondos en los bancos, préstamos norteamericanos a su disposición, almacenes comerciales, acceso al puerto de Chile, y pueden mantenerse largo tiempo sin mineral. El minero en armas compromete cada día un poco más el aprovisionamiento de su familia: la suerte de uno es la suerte de la otra; ve a su hijo languidecer ante sus ojos, y a sus compañeros de trabajo atacados de silicosis, agotados, agonizar por falta de medicamentos –algunos siropes no más–. Si estuvieran solos, independientes, si estuvieran organizados en unidades reducidas, un golpe de mano contra los almacenes de las ciudades vecinas bastaría para aprovisionarlos por semanas. Pero tal como están, el hambre alcanza por igual a ellos y a sus familias.

Las minas son también ciudades, inmensas barracas grises sin ventanas, construidas a alguna distancia de los pozos, donde sobreviven las familias. Altiplano helado. Ni árboles ni arbustos: un zócalo de tierra roja que se prolonga hasta el horizonte, una luminosidad intensa. Las casas se alinean en hileras rectilíneas, objetivo fácil y destacado para los bombardeos. El bombardeo no compromete la producción: no se trata más que de la población. Por lo demás, la mina es subterránea y las instalaciones de superficie reducidas. Los hornos de fundición están en Inglaterra y en los Estados Unidos. Otra debilidad: las minas están separadas por varias decenas de kilómetros; es fácil para el ejército aislarlas y dominarlas una por una; difícil para los mineros agruparse para coordinar la resistencia. Ningún plan, ningún mando militar centralizado, ninguna preparación militar ni medio de transporte; por lo demás, solo los movimientos de noche estarían permitidos a las formaciones de milicia. A lo sumo, algunos comandos podrían moverse de día, sobre objetivos limitados, aún en la retaguardia del enemigo, hacia las ciudades. Pero ese tipo de acción rebasa la autodefensa y las condiciones concretas de vida de los milicianos, que no tienen cada día sino el tiempo de dormir y malcomer, para continuar su trabajo por un salario promedio de 30 o 40 dólares al mes. De ahí la impaciencia o la desesperación, hay que hacer algo para romper el cerco. ¿Pero qué? Acción suicida, sin preparación; la dinamita no puede nada contra una ametralladora 30 cuando se la arrojan a mano, y los fusiles –viejos, de repetición– datan de la guerra del Chaco. Pocas balas, cuestan caras. ¿Y qué se puede contra la aviación? Para destruir un ejército es necesario otro, lo que supone enfrentamiento, disciplina y armas. La fraternidad y el coraje no hacen un ejército. Ejemplos: España, la Comuna de París...

Clavados en su lugar de trabajo; junto a las mujeres que combaten y los niños; expuestos a todas las represalias contra los suyos y contra ellos mismos; sin capacidad de maniobra ni para destacarse de su base en formaciones organizadas; sin organización militar; sin dirección ni medios. En resumen, sin posibilidad material de transformarse en fuerza móvil, los mineros están condenados simplemente a la matanza. Depende del ejército escoger el día y la hora de la matanza: por dónde comenzará, por qué ruta subirán las columnas de soldados, dónde aterrizarán las tropas especiales. La iniciativa y el secreto de los preparativos son dejados a la tropa; a los mineros, solamente el alarde, con sus propios recursos, a la luz del día. Si atacan, su base de partida, ya conocida, es fácilmente liquidada. Su contraataque, por otra parte, no puede ir muy lejos, pues la naturaleza del terreno es tal, que su base les retiene y les atrae como un elástico en la espalda.

Dotar o no a las fuerzas populares de un destacamento armado, orgánicamente independiente de la población civil, liberado de las tareas de la defensa civil y que aspira a la conquista del poder político, tal es el criterio decisivo que distingue en este punto fraseología y teoría revolucionaria. Se sabe que el trotskismo hace mentir al sentido común, ya que en su propia división está su fuerza. Está en todas partes y en ninguna, se entrega ocultándose, no es jamás lo que es, trotskista. La ideología trotskista surge hoy de varios lados, tomando como pretexto algunos fracasos transitorios de la acción revolucionaria, pero es siempre para proponer la misma “estrategia de toma del poder”. Resumámosla.

Las masas obreras y campesinas reclaman en todas partes el socialismo, pero no lo saben todavía por estar bajo la férula de las burocracias stalinistas. Hay que despertar, pues, la espontaneidad latente de los trabajadores. Para obtener ese fin la guerrilla no es la forma más elevada de la lucha revolucionaria; hay que instalar en la base “el doble poder”, es decir, llamar a la formación de comités de fábrica y comités campesinos cuya proliferación permitirá al fin constituir la Confederación Única de Trabajadores; esta Confederación, a través de la insurrección instantánea y general de la montaña y la ciudad, será el instrumento de la toma del poder. El trabajo de agitación debe desde ahora aspirar a desatar huelgas y manifestaciones obreras. En el campo, a constituir sindicatos campesinos; proceder a la invasión de las tierras: organizar insurrecciones localizadas que poco a poco ganen la ciudad con la consigna de: Revolución Socialista. Los trabajadores deben desde ahora, paso a paso, tomar el control de los medios de producción. Después, alzarse directamente contra el poder del Estado, en el acto, sin intermediarios ni destacamentos especializados. La Revolución partirá de las luchas económicas existentes o latentes, que se agudizaran hasta convertirse en insurrección de masas: se pasa directamente de la acción sindical a la insurrección.

Perú, Guatemala y Brasil (Sao Paulo y Nordeste) fueron los tres países elegidos por el Buró Latinoamericano de Buenos Aires, sección de la IV Internacional. Asi operó Hugo Blanco, llegado de la Argentina, con los campesinos del Valle de la Convención; las ligas campesinas de Juliao debían ser "trabajadas" en el mismo sentido, y tal fue la línea impuesta por la Internacional de Posadas hasta estos últimos meses a Yon Sosa en Guatemala, aprovechando su estado de abandono y la falta de ayuda de otras organizaciones políticas. Revolución Socialista, en su tiempo órgano del "I3 de Noviembre", escribe en su primer numero (julio del 64): "La concepción de organizar la insurrección armada por etapas, a través de la llamada guerra del pueblo, es formal, burocrática y militarista. Lleva en el fondo la subestimación de las masas, su utilización y la postergación de su intervención directa."

El trotskismo da una gran importancia al carácter socialista de la Revolución, a su programa futuro, y quisiera que se le juzgara por esta cuestión puramente fraseológica, como si declarar mil veces que la revolución debe ser socialista la ayudará a nacer. Pero el nudo de la cuestión no es teórico, reside en las formas de organización a través de las cuales se realizará "la Revolución Socialista". Entonces se descubre no solamente que esa revolución de que se nos habla es una utopía, sino que los medios que se emplean en ello no llevan a la revolución, sino a la liquidación muy poco utópica de los movimientos populares existentes. Dejemos sobre este punto la palabra al frente guerrillero "Edgar lbarra", destacamento de las FAR de Guatemala, que después de haber demostrado la vanidad de un programa democrático-nacional para la revolución guatemalteca y la "inexistencia de la burguesía nacional", se dirige así al movimiento trotskista: “Toda esta posición [trotskista] lleva, mediante una hábil maniobra, a quitarle el contenido revolucionario a la guerrilla; negar su desarrollo hasta convertirse en el ejército del pueblo; a negar el papel del campesinado en la guerra revolucionaria en nuestros países; a negar la necesidad de la derrota militar del imperialismo y sus lacayos para arrebatarle el poder; a ocultar el carácter de guerra prolongada de la lucha armada y presentar ilusoriamente la perspectiva insurreccional a corto plazo; a dividir a las fuerzas del  pueblo y los esfuerzos de los revolucionarios, distrayéndolos en la organización pacífica de sindicatos y organizaciones de masa."[3]

Decidámonos por un momento a tomar en serio la concepción trotskista, y no como la pura y simple provocación que es en la práctica. Saltan a la vista varias confusiones.  El calco obrerista  del modelo de células  de empresa y sindicatos proletarios sobre la realidad campesina (lo que es valido en la fábrica de la metrópoli capitalista. Sería valido para la comunidad india, que tiene la edad de la sociedad maya o inca); la subestimación, paradójica después de semejante caico, del papel de la clase obrera como fuerza directora de la revolución; la confusión de la lucha armada –como largo proceso de formación de un ejército popular en el campo– con el asalto directo al poder o insurrección de tipo bolchevique en la ciudad; una incomprensión total de la relación de fuerzas entre la clase campesina y la clase dominante. Cualesquiera sean esas confusiones teóricas, y hay muchas, una cosa es cierta: el bello aparato verbal funciona en la realidad como una trampa, y la trampa se cierra sobre los trabajadores agrícolas y a veces también sobre sus promotores. Promover asambleas publicas del pueblo en una aldea indígena, reuniones sindicales abiertas, es simplemente denunciar a sus habitantes a las tropas represivas, y los cuadros políticos a la policía: es enviarlas a la prisión o a la fosa.

"Las consignas de ocupación de tierras y fábricas" –dicen los compañeros guatemaltecos en el mismo documento–, "que podrían ser empleadas en determinadas etapas de la lucha, al ser planteadas anárquicamente conducen a provocar matanzas y reveses muy grandes de los campesinos y obreros que no tuvieron aún respaldo para apoyar esas invasiones. La famosa ‘disputa’ de la propiedad de los medios de producción a la burguesía es inconcebible bajo el control de todo el aparato de represión de las clases dominantes. Esta táctica podría ser aplicada en zonas donde el desarrollo de la guerrilla o del ejército popular impidiera la oleada represiva. De otra manera, ofrece los blancos más vulnerables del pueblo a los golpes del enemigo. Acciones como estas pueden adquirir contenido de verdadera provocación, causando derrotas que conduzcan al pueblo a inhibirse políticamente como única forma de defenderse de la represión."

En el fondo, el trotskismo es una metafísica empedrada de buenas intenciones.[4] Cree en la bondad natural de los trabajadores, siempre pervertida por las burocracias malignas, pero en el fondo jamás abolida. Hay una esencia proletaria presente en el fondo de los campesinos, igual que de los obreros, que ningún accidente podrá alterar. Basta, para revelarla a sí misma, devolverle la palabra, fijarle los objetivos que ve sin ver, que se propone en silencio, y el socialismo pasará a hechos de un golpe, sin dilación, todo limpio.

Porque el trotskismo, llegado a su último punto de degeneración, es una metafísica medieval, está sujeto a las monotonías de su función. En el espacio, dondequiera igual: los mismos análisis de coyuntura sirven en el Perú y en Bélgica.

En el tiempo, inalterable: el trotskismo no tiene nada que aprender de la historia, tiene ya la clave de ésta: la guerra permanente de los trabajadores, indefectiblemente socialistas –por esencia– hasta en su actividad sindical, contra el formalismo perverso de las burocracias stalinistas: Prometeo luchando sin cesar contra un Zeus de mil cabezas para robarle y mantener vivo el fuego de la liberación. ¿Dónde se ha visto el análisis concreto de una situación concreta en la pluma de un trotskista?

Condenado a vivir el presente con las categorías del pasado, se seca en vida. ¿No ha tenido más que fracasos? Los saboteadores de la revolución están en todas partes. La contradicción es que esos guardianes de la espontaneidad de las masas, partidarios de abandonar al proletariado agrícola a sus rencores salvajes, liberado de esa casta "militarista" llegada de las ciudades que son las guerrillas y, al fin, devuelto a sí mismo, son a menudo militantes extranjeros, venidos de afuera o de un país vecino. Y no llegados para participar en un Movimiento de Liberación, para servirle, lo que es el internacionalismo mismo, sino para dirigirle y asumir su control, utilizando sus debilidades, lo que es diferente. Extraña espontaneidad: no nace en el lugar, se importa. ¿Pero por que asombrarse? Metafísica abstracta, sin contacto con la realidad de la historia, ni aún de una sola historia, la ideología trotskista no puede sino ser aplicada desde afuera. No cabiendo en ninguna parte, hay que aplicarla en todas partes, a la fuerza.[5]

Asi, viene a ocurrir en los hechos que, paradójicamente, para el trotskismo ultrarrevolucionario, como para la autodefensa reformista, la guerra de guerrillas traduce una tendencia militarista a apartarse de las masas. La insurrección trotskista se asemeja a la autodefensa: provocadoras una y otra, en nombre de las masas contra los aparatos, en nombre de la acción de las masas contra la acción de un "puñado de aventureros". Las masas tienen buenas espaldas. Estos buenos teóricos las llevan al suicidio cantando himnos a su gloria. Una y otra hacen del sindicato la base de organización y el motor de la lucha de clases, la autodefensa en la realidad y el trotskismo en la realidad y la teoría. He aquí lo que nos explica una sorprendente coincidencia: se nos hablaba de trotskistas ultraizquierdistas; es todo lo contrario. Trotskismo y reformismo se dan la mano para condenar la guerra de guerrillas, frenarla o sabotearla.[6] No es mero azar que esos dos movimientos hayan tomado a la Revolución cubana como blanco de sus ataques en todas partes, en la América Latina como en el resto del mundo. He aquí lo que explica también por que los nuevos movimientos guerrilleros que surgen con fuerza, como las FALN en Venezuela, bajo la comandancia de Douglas Bravo, como las FAR de Guatemala, han tenido que batirse en dos frentes. La carta-programa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Guatemala, que hemos citado, esta dirigida al mismo tiempo al Partido Guatemalteco del Trabajo (Comunista) en su antigua forma, antes de su transformación, y al Movimiento "13 de Noviembre", el de Yon Sosa, entonces dominado por los trotskistas. En base a esa notable definición de las formas y el contenido de la revolución guatemalteca se han creado las nuevas Fuerzas Armadas Revolucionarias a fines del año 1965, de acuerdo con el Partido Guatemalteco del Trabajo, renovado y rejuvenecido.

¿Que enseña la experiencia adquirida hasta hoy?

La guerrilla revolucionaria es clandestina. Nace y se desarrolla en secreto; los propios combatientes usan seudónimos. En sus comienzos se mantiene invisible, y cuando se deja ver es en el momento y lugar escogidos por su jefe. En su acción como en su organización, la guerrilla es independiente de la población civil, y por consiguiente no tiene que asumir la defensa directa de la población campesina. La protección de la población descansa en la destrucción progresiva del potencial militar del enemigo, es relativa a la relación global de las fuerzas: la población estará totalmente segura cuando las fuerzas adversas sean puestas fuera de combate totalmente. Si el objetivo principal de una guerrilla revolucionaria es la destrucción del potencial militar enemigo, no puede esperar que el enemigo vaya a ella para tomar la iniciativa y pasar al ataque. Ese objetivo, en todo caso, requiere del foco que este se mantenga independiente de las familias residentes en su zona de operaciones.

Primero, para proteger a la población del ejército represivo. Frente a los guerrilleros inasibles, el ejército desata la venganza sobre los campesinos, a los cuales supone en contacto con aquellos; si descubre a uno que no ha comunicado una información a la tropa, lo mata y lo titulará guerrillero en su informe al Estado Mayor para sacar más provecho de su heroísmo. La movilidad, ventaja de la guerrilla revolucionaria sobre la población civil, le impone una especial responsabilidad frente a los campesinos expuestos día y noche a la represión, eternas víctimas por sustitución. La guerrilla es, pues, clandestina por partida doble y se preocupa tanto de la seguridad de los campesinos como de la de los combatientes. Las dos seguridades, a fin de cuentas, no son más que una.

Los guerrilleros evitan tanto ir a los pueblos como permanecer a sabiendas de todos en una casa o en las tierras de una familia; si penetran en un pueblo, van a todas las casas para comprometer a todas las familias sin hacer resaltar a un colaborador o no se detendrán en ninguna de ellas. Si  tienen  que dar  un  mitin,  simulan  reunir a  la población por la fuerza, y esta tendrá así, frente a la represión, la excusa de haber cedido a la  amenaza. Los contactos se hacen fuera del pueblo, clandestinamente, y desde luego fuera de los campamentos guerrilleros, utilizando, si es necesario, intermediarios, personas u objetos. Informadores y colaboradores no se conocen entre sí. En la guerrilla misma, un muy pequeño número de responsables conoce las redes de contacto. Un colaborador "quemado" de la región que pide integrarse a la guerrilla es aceptado sin discusión, aún si llega sin arma; etc.

Después, para proteger la propia seguridad de la guerrilla. "Vigilancia constante, desconfianza constante, movilidad constante." Estas son las tres reglas de oro. Las tres conciernen a la seguridad. Varias razones de buen sentido imponen la desconfianza respecto de la población civil y obligan, pues, a mantenerse alejados de ella. Por su misma situación, los civiles están expuestos a la presión y a la presencia constantes del enemigo, que tratará de comprarlos, corromperlos o arrancarles por la violencia lo que no pueden comprar. Además, por no haber sido sometidos a una selección y a una preparación técnica similar a las de los combatientes, los civiles, en la zona de operaciones, estarán más expuestos a la infiltración del enemigo o a la corrupción moral. Por ello, los campesinos, aun los colaboradores, no pueden generalmente ir a los campamentos cuyo emplazamiento ignoran, lo mismo que ignoran, desde luego, los diferentes depósitos, los lugares de destino o la orientación real de las patrullas guerrilleras que pueden ver pasar. "Ocultábamos nuestras intenciones a los campesinos” –cuenta el Che–, “y si alguno pasaba por el lugar de una emboscada, lo reteníamos hasta que se produjera”[7Esta vigilancia no es forzosamente desconfianza: un campesino puede fácilmente cometer una indiscreción y más fácilmente aún verse sometido a la tortura. Se sabe porque esta vigilancia se ejerce ante todo sobre los guías, todos cuidadosamente desinformados por los guerrilleros sobre el lugar de dónde vienen o a dónde van, etc.[8]

De ahí la necesidad de no dejar jamás salir a nadie de un campamento sin abandonar enseguida el campamento. Si es un guerrillero portador de un mensaje, conocedor a fondo del terreno, al regreso sabrá unirse a la columna en marcha o encontrar el nuevo campamento. En efecto, se ha comprobado más de una vez que el hombre –guerrillero o campesino– obligado por sus funciones a ir y venir de la montaña a la ciudad, a llevar un mensaje, a traer una información o hacer un contacto, está muy particularmente expuesto a la acción del enemigo. Por medio de él se trata de infiltrar a la guerrilla, de buen grado por la fuerza, y gracias a él se puede localizar a los combatientes del foco.[9]

Según Fidel, el peligro que representa esta función de agente de enlace entre la guerrilla y el llano es de orden psicológico; al comienzo el joven combatiente, todavía vacilante sobre las oportunidades de victoria de la guerrilla, sale del campamento para realizar su misión. Abajo descubre las fuerzas y la pompa del ejército que cerca la región, su material, sus efectivos. Piensa entonces en la banda de hambrientos que acaba de dejar; el contraste es demasiado grande y la tarea parece irrealizable; pierde la fe en la victoria; cree ridículo o desmesurado querer vencer a tantos soldados con tantos camiones, helicópteros, víveres y aparatos de todas clases. Escéptico, está desde entonces a merced del enemigo. Así es al principio con los novatos. El llano desmoraliza y desmoviliza a los más débiles.

En resumen, las ventajas de que dispone una guerrilla sobre el ejército represivo son utilizables sólo si puede mantener y preservar su agilidad y su flexibilidad. Frente a cualquier operación, el secreto de los preparativos, la rapidez de ejecución y la sorpresa requieren grandes precauciones. So pena de perder la iniciativa, la velocidad en sus movimientos, su capacidad de maniobra, una columna guerrillera no puede convoyar a mujeres, niños y todos los materiales y animales domésticos de un pueblo a otro. Confundir el éxodo de los civiles con las marchas, muchas veces forzadas, de una guerrilla, es privar a ésta de toda capacidad de ataque; luego no tiene con qué defender esta misma población de la cual se hizo cargo. Limitada a tareas de protección civil o autodefensa, la guerrilla deja de ser la vanguardia del pueblo entero y se priva de toda perspectiva nacional. El contraataque, al contrario, cataliza las energías populares y hace del foco en desarrollo un polo de atracción para todo el país.

La autodefensa reduce, pues, la guerrilla exclusivamente a un papel táctico y la priva de todo alcance estratégico revolucionario. En el plano mismo en que se coloca, si asegura por un tiempo limitado la protección de la población, la compromete a largo plazo.

“Dejarse atacar o limitarse a la defensa pasiva es colocarse en la imposibilidad de proteger a la población y exponer sus propias fuerzas al desgaste. En cambio, buscar el ataque al enemigo es poner a éste a una defensiva incesante, agotarle, impedir llevar más lejos sus actividades, quitarle la iniciativa y hacer sus búsquedas difíciles. He aquí la mejor manera de llevar a término nuestra gloriosa misión: proteger a la población”. Esas directivas se dirigían a los combatientes del Vietminh en su guerra de liberación contra los colonialistas franceses. Con mayor razón, valen para muchos países de América Latina

 

La propaganda armada

La lucha guerrillera tiene móviles y fines políticos. Debe apoyarse en las masas o desaparecer; convencer a las masas de sus buenas razones antes de enrolarlas directamente, a fin de que la rebelión se convierta realmente, por su reclutamiento y el origen de sus combatientes, en "guerra del pueblo". Para convencer a las masas hay que dirigirse a ellas, es decir, dirigirles discursos, proclamas, explicaciones, en resumen, realizar un trabajo político, "un trabajo de masas". El primer núcleo de combatientes se dividirá, pues, en pequeñas patrullas de propagandistas, y recorrerá separadamente la montaña, penetrando en los pueblos, celebrando mítines, tomando la palabra aquí y allá para exponer los fines sociales de la Revolución, denunciar a los enemigos de clase del campesino, prometer la reforma agraria, el castigo de los traidores, etc. Si los campesinos son incrédulos, hay que devolverles la confianza en sí mismos inculcándoles la fe revolucionaria: la fe en los revolucionarios que les hablan. Se crearán células en los pueblos, clandestinas o públicas; se sostendrán o fomentarán las luchas sindicales, repitiendo sin descanso el programa de la Revolución. Solamente al fin de esta etapa, cuando se haya logrado el apoyo activo de las masas, una retaguardia sólida, un aprovisionamiento seguro, una información multiplicada, un correo rápido y una base de reclutamiento, se pasará a la acción directa contra el enemigo.

Tal es, al parecer, la línea de la propaganda armada.

Esta concepción se apoya en una experiencia internacional indudable.

En Vietnam, la propaganda armada, ligada directamente a la organización de grupos de autodefensa en el campo, parece haber desempeñado un papel decisivo en el curso de la guerra de liberación contra los franceses, y principalmente en el curso del período de formación del ejército regular popular: 1940-1945.

A medida que pasaron de la guerrilla a la guerra de movimientos, luego al ataque de posiciones fortificadas, poco a poco, los camaradas vietnamitas pasaron de la Sección al Batallón o Regimiento y luego a la División: crecimiento no tan natural como se piensa, puesto que no corresponde, por ejemplo, a la línea de progresión de la guerra revolucionaria china, que puso enfrente de golpe a ejércitos regulares. En Vietnam, pues, el Partido Comunista fue el núcleo de organización a partir y en torno el cual se desarrolla el ejército popular. En 1944, para dar cuerpo y forma al ejército de liberación, el Partido creó "la sección de propaganda del Ejército de Liberación". Asi, el Partido constituye primero un núcleo de cuadros revolucionarios y lo organiza: tal fue el pelotón de propaganda del Partido, dirigido desde el principio por Giap. Después ese núcleo se divide en todo el país para formar milicias populares y unidades de guerrilla irregulares. Su fin no era combatir, sino formar unidades combatientes.

Asi comenzó a edificarse, por la base, la pirámide de las Fuerzas Armadas de Liberación vietnamitas, con sus tres tipos de formación: las organizaciones  paramilitares o guerrilleras, las tropas regionales y las unidades regulares. Al nivel de la aldea y el distrito: la guerrilla. Al nivel de la región o de la "interzona" (grupos de provincias): las tropas interzonales o unidades semirregulares. En fin, el ejército principal o fuerza móvil estratégica, sin base fija ni área determinada de operaciones. Lo mejor de la guerrilla es vertido en la fuerza interzonal; lo mejor de ésta, en el ejército regular: cada piso de la pirámide descansa así en el piso inferior sin aplastarla. Cada uno tiene su función propia. La combinación y articulación de esas tres fuerzas tenían como cimiento, de abajo arriba, el pueblo repartido y organizado en aldeas. La punta de lanza –el ejército regular– estaba soldada a la base, pero era autónoma en sus movimientos. Como explica el general Giap, la estrategia de la guerra contra el Cuerpo Expedicionario francés descansaba en la posibilidad que tenía el partido de hacer actuar, ora alternativamente, ora simultáneamente, esas tres fuerzas una con otra. La guerrilla y las formaciones interzonales dispersan al Cuerpo Expedicionario enemigo, en un territorio demasiado vasto para él, y le inmovilizan hostigándolo. La fuerza de maniobra enemiga se ve así numéricamente reducida al mínimo. Su retaguardia nunca es segura. 0 está en todas partes, y no dispone ya de una fuerza de choque concentrada, o hace frente en un solo punto, y entonces desguarnece el resto del país. "Si el enemigo se concentra, pierde terreno; si se diluye, pierde fuerza": los franceses ayer y los norteamericanos hoy son todavía prisioneros del dilema.

En todo caso, la guerrilla está destinada a aislar y reducir el cuerpo de elite del enemigo, en combinación con los planes de maniobra de las fuerzas regulares del pueblo para hacer actuar siempre la ineluctable ley según la cual un ejército regular es puesto fuera de combate cuando es destruido su cuerpo de elite. Cuando en Dien Bien Phu la fuerza de choque francesa –16.000 hombres– fue eliminada, el cuerpo expedicionario quedó inmovilizado al mismo tiempo por las milicias populares en todo el golfo de Tonkín, y se encontró decapitado.

Luego, para destruir esta fuerza de choque represiva es necesario otra fuerza de choque del lado popular: el enfrentamiento traba en combate a dos ejércitos regulares, con la diferencia de que el ejército regular del pueblo se apoya en todo momento en el conjunto de la población (reclutamiento, aprovisionamiento, transporte, información); si este apoyo faltara, no podría ni siquiera sostener un combate.

Hoy las Fuerzas Armadas de Liberación, en el sur de Vietnam, cuentan también con un Ejército de Liberación propiamente dicho, luego con tropas regionales y en fin con milicias, llamadas guerrillas. Pero los niños, las mujeres y los ancianos no pueden incorporarse directamente a la lucha armada. ¿Cómo movilizarlos entonces? ¿En qué forma pueden participar en la guerra? Integrándolos a la producción, al sabotaje, a la información, al transporte, etc. Esta integración requiere a su vez la formación y organización de un ejército político, cubierta de protección del ejército a secas; así, la lucha política sirve de aprendizaje o entrenamiento para la lucha armada; es la forma de lucha propia de la retaguardia como factor de movilización y comprensión. En resumen, lucha política y lucha armada van juntas; allí donde una es débil la otra lo es también y viceversa.

Si en un país como Vietnam la propaganda armada ha estado en el orden del día es porque allí se dan un gran número de condiciones favorables. Muy esquemáticamente, se pueden citar o adivinar las condiciones siguientes:

Primero: la gran densidad de la población campesina, la superpoblación de las aldeas o pueblos y el marcado predominio de la población campesina sobre la población urbana permiten a los agitadores fundirse con ella fácilmente, como el pez en el agua. Igual ocurrió en China. Esos propagandistas pasan tanto más inadvertidos cuanto que el enemigo es un ocupante, soldado regular, extraño a la vida de la aldea y a las costumbres del país,  y no es imposible engañar su atención: franceses o yanquis en Vietnam, japoneses en China. La desproporción existente entre las fuerzas numéricas del ocupante y la población del país no permite el control de todo el territorio por el Cuerpo Expedicionario, cuya red de supervisión, de mallas demasiado anchas, deja el campo libre.

Segundo: los propagandistas están enlazados ora a las bases de apoyo revolucionario, ora a un ejército popular capaz de sostenerlos o protegerlos en su acción, y más que todo atestiguan la realidad tangible y visible de las victorias militares. Las reuniones, mítines y asambleas en las aldeas tienen un contenido pragmático: no son discursos vacíos, programáticos, “bellas palabras”, tanto y tan justamente temidos por los campesinos, sino llamamientos a unirse o sostener a las formaciones combatientes existentes: los propagandistas se apoyan en una lucha real. La guerra es el ambiente objetivo, cotidiano, en que viven los campesinos. Y no contra cualquier enemigo, sino contra un enemigo extranjero, llegado de afuera, que habla una lengua extranjera y vive en las ciudades como vive el ocupante: un enemigo establecido demasiado poco tiempo en el país para haber podido adquirir un prestigio natural que impida ver sus raíces. No es difícil cuestionar mentalmente su poder, que descansa en la fuerza bruta, en el azar de un tratado entre potencias lejanas, en el derecho de conquista, y no en la costumbre ni en la tradición o la idiosincrasia nacionales. La propaganda armada vietnamita se ha desarrollado, pues, en el marco de una Guerra de Liberación Nacional, de una guerra efectiva, presente en todas partes y bajo todas sus formas, contra un enemigo extranjero localizado y fijado por tropas regulares ya formadas en algunos puntos, fortificados o no, del territorio.

Las diferencias entre Vietnam y la América Latina conducen al siguiente contraste. Mientras en Vietnam la pirámide militar de las fuerzas de liberación se construyó desde la base, en América Latina, en cambio, tienden a constituirse desde la cúspide: fuerzas permanentes primero –el foco–; fuerzas semirregulares luego, en las inmediaciones del foco; milicias al final o después de la victoria (Cuba).

¿Cómo en efecto se presenta la situación en numerosos países de la América Latina?

1. Los focos guerrilleros, al comienzo de su acción, ocupan regiones relativamente poco pobladas, de población muy dispersa. Nadie, ningún recién llegado pasa inadvertido en una aldea de los Andes, por ejemplo, donde inspira ante todo desconfianza. Del "forastero", del "blanco", los campesinos quechuas o cakchiqueles (mayas) tienen muchas razones para desconfiar; saben bien quo las bellas palabras no les darán que comer ni les protegerán de los bombardeos. El campesino pobre cree en primer lugar en quién tiene el poder, empezando por el poder de hacer lo que dice. El sistema de opresión es sutil: esta allí desde que hay memoria de hambre, cristalizado, instalado, compacto. El ejército, la guardia nacional, la policía del latifundista, hoy "rangers" y boinas verdes o negras, están dotados de un prestigio tanto más fuerte cuanto que es menos consciente. Ese prestigio es la forma primera de la opresión: paraliza el descontento, cierra las bocas, hace tragarse el insulto a la simple vista del uniforme. El ideal neocolonial es todavía "mostrar su fuerza sin servirse de ella", pero mostrarla es ya servirse de ella.

Dicho de otro modo, la fuerza física de la policía y el ejército es tabú, y no se rompe un tabú con discursos, sino mostrando que "las balas les entran también a ellos". El guerrillero, a la inversa, debe servirse de su fuerza para mostrarla, pues no tiene otra cosa que mostrar salvo su resolución y su capacidad para servirse de lo poco que tiene. Servirse de su fuerza para mostrar la que casi no tiene y al mismo tiempo mostrar que la fuerza del enemigo es primero y sobre todo su alarde. Para destruir ese tabú, ese vestigio secular de miedo humildad frente al patrono, el polizonte, el guardia rural, nada mejor que el combate. Luego el tabú desaparece tan pronto como el respeto por hábito se vuelve irrisorio. Los mismos campesinos que toman las armas y se enrolan en la guerrilla, igual que los veteranos, llegan a subestimar al enemigo y no tomarlo ya en serio; una acción contraria se impone entonces a la dirección guerrillera en un segundo tiempo: devolver un poco de su prestigio al enemigo para evitar las aventuras.

2. La división y el control de las regiones por la reacción o por el imperialismo directamente, su vigilancia  hoy multiplicada, deben quitar a un grupo de propagandistas armados toda esperanza de permanecer inadvertidos o clandestinos como "peces en el agua". El destacamento armado y la vanguardia popular no tienen que vérselas con un cuerpo expedicionario extranjero, de efectivos limitados, sino con un sistema perfectamente instalado de dominación local. Los extranjeros son ellos. Los sin prestigio, los recién llegados, que no pueden aportar a la población, al principio, sino dolor y sangre, son ellos. Por otra parte, hoy las vías de comunicación se multiplican, se construyen aeropuertos o pistas en las regiones más alejadas, inaccesibles por tierra.

Del otro lado de Los Andes, por ejemplo, entre la montaña y la cuenca amazónica, la  famosa carretera marginal  de la selva se propone unir las regiones tropicales de Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia entre sí y cada área tropical con su capital. En cuanto al imperialismo norteamericano, éste ha multiplicado sus efectivos en el campo, esforzándose por aparecer no bajo una forma represiva, sino, al contrario, como asistencia técnica y social. Se conocen todos los planes sociológicos en curso, con personal internacional, bajo el manto universitario o directamente de la Organización de Estados Americanos, destinados a "fotografiar" la situación social, económica  e individual de cada familia de las "áreas peligrosas": Plan 208 de la OEA  en Bolivia; "Simpático" en Colombia; Plan JOB 430 en la Argentina; "Cámelot" en Chile; "Colony" en Perú; etc. Miles de Cuerpos de Paz, algunos de ellos a fuerza de trabajo, paciencia y a veces abnegación real, han logrado "integrarse" en las zonas rurales, aprovechando la falta de trabajo político de las organizaciones de izquierda en el campo; los misioneros católicos, evangelistas, metodistas, adventistas pululan hoy hasta en las regiones más remotas. En resumen, todo ese aparato de control de mallas finas viene a añadirse al aparato de dominación propiamente nacional. Sin exagerar la profundidad ni el alcance de su penetración, crea una situación diferente.

3. La ausencia, en fin, de fuerzas regulares revolucionarias o semirregulares ya constituidas. La propaganda armada, al menos si esta animada de intenciones combativas, pretende precisamente formar unidades regulares o aumentar las unidades existentes gracias a un trabajo de "reclutamiento político". Así, se precede a la "toma de aldeas" para reunir allí a la población y celebrar mítines de propaganda. En realidad, ¿en qué se ha ayudado a los habitantes de esas aldeas para desembarazarse de sus adversarios de clase? En el curso de esas operaciones pocas armas han sido recuperadas. Aun si el entusiasmo arrastra a jóvenes campesinos a partir con los guerrilleros, ¿con qué se les armará?

Numerosos compañeros han sacado de esas experiencias la conclusión de que una emboscada contra la columna de refuerzos u otro golpe asestado al enemigo en la vecindad hubiera suscitado más entusiasmo en esa aldea, atraído nuevos reclutas, dado una lección política y moral más profunda a sus habitantes y, sobre todo, obtenido armas, que son lo esencial para una guerrilla que comienza. La destrucción de un camión de transporte de tropas o la ejecución pública de un policía torturador hacen más propaganda efectiva entre la población vecina, propaganda alta y profundamente política, que doscientos discursos. Tal conducta la convence de lo esencial: que la Revolución es una realidad ya en marcha, que el enemigo no es invulnerable. La convence en primer lugar de que el soldado es un enemigo, su enemigo, que hay una guerra en curso y que esta depende de su acción cotidiana. Después, el discurso es posible. Podrá ser escuchado. En el curso de tales golpes de mano los combatientes recuperan armas, aminoran el potencial militar enemigo, se entrenan, desmoralizan a las tropas enemigas, reavivan la esperanza de los militantes en todo el país. Su fuerza de propaganda y agitación reside en esa misma concentración de efectos. Detalle significativo: en dos años de guerra, Fidel no da un solo mitin en su área de operaciones.

Las formas de organización militar impuestas por la propaganda o la agitación armada parecen haber conducido a una cierta inacción o a la vacilación. Paradojalmente, ningún movimiento guerrillero que haya adoptado semejante concepción de lucha ha podido aumentar su zona de influencia de manera decisiva. En efecto, para llevar a cabo la agitación armada en una zona extensa, el foco inicial debe dividir sus magras fuerzas en varias patrullas, de efectivos reducidos –tres a diez hombres–, a fin de recorrer el mayor número de aldeas. Ventaja táctica cierta: se cubre una zona más extensa, se evita agotar los recursos locales en víveres y aprovisionamientos de todas clases sin ser carga para los campesinos; se puede multiplicar la presencia y los efectivos del foco en la imaginación de los trabajadores con una simple alusión a las otras escuadras que patrullan la región; sobre todo, el foco se hace inapresable y difícilmente localizable por el enemigo, que no puede cercar así a toda la guerrilla. Pero si bien se gana en movilidad, esta no tiene ninguna eficacia en el plano militar, pues el poder de fuego de cada patrulla es insignificante. Aún si la jefatura pone a punto los muy teóricos mecanismos de "concentración-dispersión", ese sistema queda en el papel durante los primeros meses de una guerrilla sin entrenamiento, sin control ni conocimiento del terreno, habida cuenta de los azares terribles de la vida en la selva, de las distancias, de las difíciles transmisiones. Así desperdigada en patrullas demasiado pequeñas en un territorio demasiado vasto (5.000 Km. cuadrados como mínimo), la relación de fuerzas es desfavorable y tenderá a serlo cada vez más: la guerrilla es débil en todas partes y el enemigo es fuerte en todas partes, por disperso que esté. Esta distribución en patrullas impide la formación de columnas con escuadras especializadas en su seno, escuadras de vanguardia, escuadras de retaguardia, con piezas de armamento pesado servidas por grupos entrenados, haciéndose el rancho por escuadras para aligerar la carga logística. Para seguir la metáfora china, el foco, en lugar de cerrarse como un puño para lanzar un golpe y arrancar un dedo al enemigo, abre y extiende sus cinco dedos, y es el enemigo el que tiene la fuerza del puño frente a cada uno de los dedos. En esto, no basta el convencimiento puramente intelectual. Algunos movimientos guerrilleros conocían y leían con regularidad obras teóricas ricas en metáforas parecidas, a despecho de lo cual seguían hasta hace poco dividiendo al extremo sus fuerzas.

Si, por un lado, el foco asegura su supervivencia, asegura también la del enemigo, y sería ingenuo creer que la relación de fuerzas debe cambiar necesariamente en su favor. Como ha mostrado la experiencia de Lara, en Venezuela, y en cierta medida la de Guatemala, los conflictos políticos crecen en el seno mismo de la guerrilla con su cohorte de secesiones, discordias y fricciones personales, a causa de la inacción prolongada, intolerable. Surgen o se acentúan los conflictos con las fuerzas políticas del exterior –partidos u organizaciones– que, en lugar de ser convencidas y arrastradas por la práctica y el impulso de la guerrilla, ven más bien confirmada su sospecha respecto de esa forma de lucha popular, dan la palabra a su reprobación hasta entonces silenciosa, y comienzan a discutir abiertamente dicha forma de lucha. Esas divisiones, por natural efecto de rebote, debilitan más aún el foco, siempre sin victorias militares de importancia, sin crecimiento por consiguiente. El enemigo, por su parte, durante ese tiempo saca provecho de los diferendos surgidos en el seno del movimiento, corrompe, seduce o compra a los más débiles y liquida físicamente a los demás.

¿Es esto decir que la propaganda armada o el trabajo de agitación deben rechazarse? No.

A juzgar por algunas experiencias logradas, una guerrilla deja en el curso de su avance algo –o alguien al menos– detrás de sí y detrás de sus líneas, cuando hay líneas, a fin de organizar lo que llegará a ser una base de apoyo sólida; pero entonces la población está protegida en su seguridad física por fuerzas regulares capaces de rechazar al enemigo; la base comienza a organizarse así en un embrión de Estado popular. El trabajo de agitación y propaganda para explicar la organización nueva a la población y hacer pasar a manos de organizaciones de masas la administración de su zona, se hace fundamental y condiciona los combates futuros. La propaganda testimonia entonces la naturaleza liberadora del combate librado y la hace penetrar en el espíritu de los habitantes. Además, favorece la organización de la producción; la recaudación de impuestos; la explicación de las leyes revolucionarias; el mantenimiento de la disciplina; la creación de escuelas de cuadros y otras; la excavación de trincheras y subterráneos por la población civil para protegerse de los bombardeos; etcétera. Se trata en este caso de una etapa posterior a la que todavía no han alcanzado los movimientos guerrilleros latinoamericanos hasta el presente. Dicho de otro modo: la propaganda armada sigue a la acción militar, pero no la precede; la propaganda armada tiene que ver con el frente interno de la guerrilla más que con su frente externo.

¿Quiere esto decir que la propaganda armada o el trabajo de agitación deben rechazarse? No.

A juzgar por algunas experiencias logradas, una guerrilla deja en el curso de su avance algo –o alguien al menos– detrás de sí y detrás de sus líneas, cuando hay líneas, a fin de organizar lo que llegará a ser una base de apoyo sólida; pero entonces la población está protegida en su seguridad física por fuerzas regulares capaces de rechazar al enemigo; la base comienza a organizarse así en un embrión de Estado popular. El trabajo de agitación y propaganda para explicar la organización nueva a la población y hacer pasar a manos de organizaciones de masas la administración de su zona, se hace fundamental y condiciona los combates futuros. La propaganda testimonia entonces la naturaleza liberadora del combate librado y la hace penetrar en el espíritu de los habitantes. Además, favorece la organización de la producción; la recaudación de impuestos; la explicación de las leyes revolucionarias; el mantenimiento de la disciplina; la creación de escuelas de cuadros y otras; la excavación de trincheras y subterráneos por la población civil para protegerse de los bombardeos; etcétera. Se trata en este caso de una etapa posterior a la que todavía no han alcanzado los movimientos guerrilleros latinoamericanos hasta el presente. Dicho de otro modo: la propaganda armada sigue a la acción militar, pero no la precede; la propaganda armada tiene que ver con el frente interno de la guerrilla más que con su frente externo.

Por lo demás y en lo esencial, en tanto no hayan cambiado las condiciones presentes, la propaganda es una acción militar lograda.

Considerar la propaganda armada como una etapa en sí, distinta y previa a las operaciones militares es, al parecer, provocar inútilmente al enemigo, exponer al asesinato o a la huida a los camaradas propagandistas y denunciar una zona de acción guerrillera futura o posible. Dadas las condiciones sociales, ideológicas y sicológicas del campesinado en la mayor parte de los países latinoamericanos, dados los diversos aparatos de información de que dispone el enemigo, reforzado hasta el extremo después de la Revolución Cubana, el grupo de agitadores, armado o no, será vigilado, detectado y liquidado al nacer, si hay necesidad. Lo que es peor: los contactos que hayan establecido, las células organizadas, las personas que hayan “trabajado” en el campo, las aldeas y los centros urbanos próximos sufrirán quizás la misma suerte. Si el enemigo es bastante astuto para esperar, dejará hacer hasta el comienzo de las operaciones o aún después para permitir infiltrarse a sus servicios de inteligencia. Un “campesino” será situado en la infraestructura de la organización de base. Desde el comienzo de las operaciones toda la guerrilla estará localizada ya y será liquidad enseguida.

¿Qué origen atribuir a esta concepción que reduce al guerrillero a no ser sino un agitador armado?

La falta de experiencia anterior en la lucha armada, en las condiciones históricas y sociales propias de la América Latina, ha permitido, sin duda inconscientemente, copiar la experiencia vietnamita, desgajándola de su medio propio. El desconocimiento de la Revolución Cubana ha podido desempeñar también su papel; revolución de la cual se ha tomado la envoltura externa, pero cuyo contenido no ha sido estudiado todavía suficientemente. La formación de un ejército popular en el campo, a fin de cercar y galvanizar las ciudades, ha cometido tal vez el error de ligarse al nombre de foco. Una especie de interpretación biológica ha ligado espontáneamente a la idea de foco las de contagio: propagación espontánea, irradiación microbiana en los tejidos sociales vecinos por el simple efecto mágico de contacto o vecindad. Un centenar de hombres inflama la montaña de discursos; el régimen, aterrorizado, se desploma bajo los gritos, y las aclamaciones populares reciben a los barbudos. Se habría confundido así foco militar –motor de una guerra total– y foco de agitación política. Se habría olvidado simplemente que los cubanos del “26 de Julio” hicieron primero una guerra sin una sola tregua unilateral; que en solo unos meses de 1958 el Ejército Rebelde sostuvo más combates que otros frentes americanos en uno o dos años; que en dos meses los Rebeldes destruyeron la última ofensiva de Batista, rechazando y poniendo fuera de combate a 10.000 hombres con 300 guerrilleros, para comenzar enseguida una contraofensiva general; una guerra que ha costado cara en vidas de combatientes muertos en combate; una guerra que, aún siendo excepcionalmente corta, no por ello ha requerido menos un tesoro de invenciones tácticas, de movilidad y audacia, aliado a una gran solidez estratégica. Se ha olvidado sencillamente que “Patria o Muerte” no es una fórmula para terminar los discursos, sino una regla de acción, a nivel táctico, que los combatientes cubanos tomaron al pie de la letra en cada una de sus acciones, desde el ataque al pequeño fuerte de La Plata hasta la toma de Santa Clara. Estratégicamente se han jugado el todo por el todo: han merecido tener al fin todo.

Claro está: esta decisión estratégica –arriesgarlo todo– no debe llevar la guerrilla a librar en lo táctico batallas decisivas que puedan costar la derrota de la Revolución. La idea de un Ayacucho no cabe en la revolución de hoy, y no hay que esperar ganarlo todo en una sola batalla. Por ejemplo, cuando la batalla de Guisa, en noviembre de 1958, Fidel opuso 200 guerrilleros (de los cuales 100 eran novatos) a 5.000 soldados de la dictadura, más sus tanques, aviación y artillería, pero los rebeldes tenían siempre la posibilidad de replegarse del Llano hacia la Sierra por el hábil aprovechamiento del terreno: la batalla era más decisiva para el enemigo que para la Revolución, ya que ésta tenía varias columnas en otras partes, invadiendo a la isla. Jugarse el todo por el todo quiere decir; una vez alzados en la montaña, los combatientes libran una guerra a muerte, que ya no admite treguas, retrocesos o componendas. Vencer es aceptar, desde un principio, que la vida no es el bien supremo del revolucionario.

 

La base guerrillera

Tal vez se corren los mismos peligros de imitación a propósito de la base guerrillera. No nos corresponde discutir en detalle esta concepción, que depende ante todo de las condiciones concretas de cada país y de las decisiones propiamente militares incumbentes a los responsables de la guerrilla y sólo a ellos. Aunque sólo una gran experiencia militar puede responder a la cuestión de la base guerrillera o su sucedánea, la zona de seguridad, conformémonos solamente con plantear la cuestión.

Si nos referimos a episodios recientes, como el del Perú, no es imposible que la experiencia china de las bases de apoyo, tal como fue sistematizada por Mao Tse Tung en 1938, en "Problemas estratégicos de la guerra de guerrillas antijaponesa", haya podido extenderse a la América Latina imponiéndose sobre la imagen que se ha formado de la guerrilla cubana. Últimamente, publicaciones difundidas en ambiente universitario, como Monthly Review, se han dedicado a presentar la experiencia peruana de Luis de la Puente y del MIR como el modelo mismo de una pretendida "estrategia cubana" de lucha armada, lo que permite a esa revista pronosticar el fracaso definitivo de ésta última. En un número reciente de esa publicación norteamericana "progresista" –de la cual no se sabe si es más siniestra que ridícula, pues la ingenuidad, de tan perseverante, se aproxima al gran arte de la desinformación– se lee, en la pluma de Huberman y Sweezy, que la estrategia de Fidel Castro "requería el establecimiento de una zona de seguridad controlada por las guerrillas en las montañas, que se convertiría en el foco de la atracción y el desarrollo revolucionarios, llevando eventualmente, como en Cuba, a una guerra en gran escala contra las fuerzas armadas peruanas". [10] Y se añade: "La principal aportación de De la Puente fue que, siendo el Perú de mucho mayor tamaño, debía haber no una o dos, sino media docena de zonas guerrilleras." Resulta de aquí que esa pretendida "estrategia cubana" haría del establecimiento de una base fija el punto de partida y el objetivo primero de la guerrilla.

Que un intelectual, sobre todo si es burgués, hable de estrategia ante todo, es normal. La desgracia quiere que el buen camino, el único practicable, parta de datos tácticos para elevarse hasta definir una estrategia. El abuso de estrategia y la falta de táctica es un vicio delicioso propio de los contemplativos, al cuál también nosotros cedemos al escribir estas líneas. Razón de más para tener presente en la mente la inversión de que somos víctimas al leer obras teóricas. Estas nos presentan en forma de principios y cuadros fijos, concepciones llamadas estratégicas que de hecho señalan, en ciertas condiciones, el final de una serie de pruebas de orden táctico. Tomamos así como punto de partida lo que es resultado. Para un destacamento revolucionario, una estrategia militar resulta primero de la coyuntura política y social; de sus relaciones con la población; de las imposiciones del terreno; de las fuerzas adversarias; de su armamento; etc. Solo el dominio del detalle da seriedad a los planes generales. Finalmente, y más aún tratándose de una fuerza guerrillera que de una fuerza regular, no hay detalles en la acción o, si se quiere, todo es asunto de detalle.

Esta lenta ascensión de la táctica a la estrategia, que ella envuelve y a la cual apela a la vez, acompañada de la experiencia de todos los escalones intermedios, es un poco la historia de la Revolución Cubana, y es también una buena regla de método para el aprendizaje práctico. Uno se queda desconcertado ante la atención minuciosa y casi maniática prestada por Fidel, hasta el último día de la guerra, a los más mínimos preparativos materiales de la menor acción, como queda de manifiesto en su correspondencia de guerra: el emplazamiento de los combatientes en una emboscada futura; el número de balas dadas a cada uno; el Registro de los víveres, etc... Excelente lección de eficiencia precisa. Antes de hablar de una “estrategia cubana”, la simple honestidad impone el deber de informarse, de una u otra manera, con los miembros del Ejército Rebelde, acerca de lo que fue realmente la guerrilla cubana. Cuando un intelectual, présbita de profesión, descuida, además, informarse de fuentes originales, como es el caso de nuestros folletinistas de vanguardia, da a su ignorancia una función social precisa, la de confundir, en beneficio de la opresión existente, al público que está obligado a ilustrar.

A primera vista, la base guerrillera o base de apoyo fija, a la cual la experiencia china presta un valor estratégico fundamental, requiere un conjunto de condiciones favorables:

–La extensión y profundidad de un territorio, que tiene por corolario una falta de medios de comunicación en el interior del país (condiciones subrayadas con fuerza por Mao en el texto citado d 1938);

–Una población rural muy densa (Perú, 9 habitantes por km2);

–La presencia de fronteras comunes con un país amigo (en un país estrecho como Vietnam la base de apoyo más importante, la del Vietnam, carta decisiva a partir de 1950, lindaba con la frontera china);

–La ausencia de tropas enemigas transportadas por aire, que constituyen las fuerzas de choque antiguerrilleras en casi todos los países latinoamericanos, con las técnicas modernas de represión, cerco de infantería por tierra y desembarco simultáneo de tropas aerotransportadas en el centro de la zona embestida, pequeñas patrullas móviles de caza en contacto radial con la retaguardia para localizar y comunicar enseguida la posición de los combatientes populares, etc.

La insuficiencia numérica de las fuerzas enemigas –condición evidentemente llenada en China en el momento de la guerra antijaponesa– que no lo es en absoluto en América hoy. No olvidemos que el ejército rojo chino estaba constituido como ejército regular desde 1927, después de una división entera del ejército del Kuomintang, con sus oficiales comunistas, se pasó a las filas comunistas. En China las fuerzas populares disponían, desde antes de la invasión japonesa, de unidades regulares constituidas. Después de la invasión extranjera, fueron el VIII y el IV Ejército de Ruta los que establecieron las bases antijaponesas, pasando de 40.000 hombres en 1937 a un millón en 1945. Era, pues, posible a los camaradas chinos sostener guerras de posición para defender las bases fijas más importantes.

Casi ninguna de esas condiciones, como se ve, se da hoy en la América Latina.

¿Cuáles parecen ser a ese respecto las enseñanzas de la experiencia cubana y de las luchas actuales?

Sabemos hoy, sólo leyendo los periódicos, que el momento crucial para una guerrilla es el de su entrada en acción. Como los niños de los países pobres, sus oportunidades de morir son muy elevadas en el curso de los primeros meses y decrecen cada mes que pasa. Hacer una guerra corta, matar el foco al nacer sin darle tiempo a adaptarse al terreno, a ligarse profundamente a la población local y adquirir un mínimo de experiencia, es, por tanto, la regla de oro de la contrainsurgencia. Cuando un asesor militar yanqui sueña, apostamos a que ve caer del cielo sus tropas aerotransportadas en medio de un campamento guerrillero apenas señalado. El sueño, por suerte, es irrealizable, al menos en esa forma. En todo caso, entre la represión experimentada y la guerrilla principiante hay siempre una carrera contra el reloj: la guerrilla para ganar tiempo y el ejército para no perder un minuto; la primera para aprender y el segundo para no dar tiempo a aprender. Hay que localizar el foco lo más pronto; todos los medios son buenos, desde la infiltración silenciosa hasta la movilización ruidosa de la infantería y la aviación para agitar y remover una zona sospechosa y obligar así a los guerrilleros, por desconcierto, a moverse y a salir a terreno descubierto.

En esas condiciones, querer ocupar una base fija o apoyarse en una zona de seguridad, aún de algunos miles de kilómetros cuadrados de extensión, es, al parecer, privarse de su mejor arma, la movilidad, dejarse encerrar en una zona de operaciones y permitir al enemigo el empleo de sus mejores armas. El rescate de la zona de seguridad erigida en fetiche es el campamento fijo, instalado en lugares reputados de inaccesibles. Esta confianza en sólo las virtudes del terreno es peligrosa: al cabo, no hay lugares inaccesibles por la sencilla razón de que, si uno mismo ha llegado a ellos, el enemigo puede hacer otro tanto. La regla de conducta observada por el Ejército Rebelde desde el comienzo era la de actuar como si el enemigo supiera siempre dónde se encontraba la guerrilla y fuera a su encuentro desde el acantonamiento más próximo. La lucha contra la infiltración y la delación tendió, pues, en Cuba, a adoptar la forma de movilidad a ultranza. Toda persona que saliera de un campamento era sospechosa de poder denunciarlo de grado o por fuerza; por esta razón no podía haber sino campamentos provisionales y movidos sin cesar en la primera etapa.

Al final del año 1957, operaban dos columnas en la Sierra Maestra: la de Fidel, 120 hombres, y la columna confiada por Fidel al Che, llamada columna N°4 con fines de desinformación, 40 hombres. En el mes de octubre, con esta columna que ya contaba unos 60 hombres, el Che intentó sentar las bases de un territorio libre en el valle del Hombrito. Instaló ahí un campamento fijo, hizo construir un horno de pan, un hospital, talleres de reparar zapatos, etc., trajo un mimeógrafo, con el cual tiró los primeros números del periódico El Cubano Libre y empezó incluso, según sus propias palabras, a establecer los planes de una pequeña hidroeléctrica sobre el río del valle. Al cabo de unas pocas semanas, las tropas de Sánchez Mosquera atacaron esta base que no pudo ser salvada a pesar de haber sido preparada su defensa. Los Rebeldes no tenían la fuerza para defenderla. El Che fue herido en el pie, y tuvo que retirarse más adentro. Este intento de crear una base no tuvo repercusiones graves por estar presente en la cercanía la columna de Fidel en la cual podía apoyarse la del Che. De haber sido un foco aislado, este intento hubiera podido salir muy mal. Sin embargo, la defensa porfiada del Hombrito forzó al ejército a retirarse posteriormente y convirtió la destrucción de la base en una victoria más. La idea de la base era justa, pero prematura.

Fue solamente al cabo de 17 meses de combates continuos, en abril de 1958, cuando los Rebeldes fijaron una base guerrillera en el centro de la Sierra Maestra.

Durante todo este tiempo la base guerrillera no fue sino la zona de operaciones, ya la ofensiva constante, fuera de las líneas, fue la que logró “liberar” una pequeña porción de la Sierra Maestra. Las columnas descendían cada vez más hacia el llano, ampliando sin cesar sus incursiones, impidiendo poco a poco la entrada al macizo montañoso a las tropas represivas. Los habitantes de la Sierra no tenían que temer entonces ser cogidos entre la tenaza de las tropas de Batista y los guerrilleros. Parece, pues, que la base de la Sierra Maestra se ha constituido de fuera hacia adentro, de la periferia hacia el centro.

El pequeño territorio básico entonces despejado es el terreno en que se encuentran el hospital de campaña, las pequeñas industrias artesanales, los talleres de guerra, la radio, la escuela de reclutas, el puesto de mando. Esta pequeña base permitió a los rebeldes resistir en posiciones atrincheradas la ofensiva general del verano del 58. Adosados a esa estrecha faja de montaña, pudieron hacer frente a una serie de ataques convergentes del enemigo, que en un momento dado redujo a menos de 4 km la profundidad del territorio rebelde, en algunos puntos críticos.[11] Pero aún en esta situación de sitio, el Ejército Rebelde seguía siendo capaz de abandonar esa base, burlar el cerco y, llegado el caso, volver a su nomadismo primero en otra zona.

En Cuba, la ocupación de una base guerrillera, por decisiva que hubiera sido, no fue el objetivo político y militar número uno de los Rebeldes. El objetivo número uno era, al parecer, la destrucción de las fuerzas enemigas, y, primero la recuperación de armamentos. Las experiencias actuales de Guatemala, Colombia y Venezuela parecen confirmar, en ese punto, la validez de la experiencia cubana. La ocupación de una base fija no es allí la condición “sine qua non” del desencadenamiento de las primeras operaciones ofensivas de las guerrillas; más aún: esa ocupación no es posible sino después de una primera etapa nómada de lenta fijación en una zona de operaciones particularmente favorable.

Durante ese tiempo la base guerrillera es, según una expresión de Fidel, el territorio dentro del cual se mueve el guerrillero y que se mueve con él. En la etapa inicial la base de apoyo está en la mochila del combatiente.

Partido y guerrilla

En muchos países de América a menudo la guerrilla ha recibido el nombre de "brazo armado" de un Frente de Liberación, para indicar su dependencia de un frente patriótico o de un partido. Esta expresión, copiada de fórmulas elaboradas en otras partes –en Asia principalmente–, se opone, en el fondo, a la máxima de Camilo: "El ejército rebelde es el pueblo uniformado". En ausencia del conocimiento concreto de una situación concreta, diferente y desconocida en su diferencia misma, es siempre peligroso importar esquemas de organización, aunque estos se apoyen en una teoría reconocida. Físicamente peligroso, se entiende, pues de un solo error político derivan numerosos errores militares y de un solo error militar la destrucción de todo un foco que comienza. Sin duda, el hecho de que la lucha armada en América Latina no haya sucumbido a tantos pasos en falso, a tantos tanteos y erróneos comienzos, revela la tolerancia de la historia frente a ella. Mientras tanto, la sanción de una teoría falsa es el fracaso militar, y la sanción del fracaso militar, el asesinato de decenas y centenas de compañeros y hombres del pueblo. Según una frase de Fidel, ciertas políticas tienen que ver con la criminología.

Situar la guerrilla bajo la dependencia estratégica y táctica de un partido que no cambia radicalmente su organización normal de tiempo de paz, o situar la guerrilla como una ramificación más de la acción del partido, trae por consecuencia una serie de errores militares mortales. Pasémosles revista rápidamente: son hoy conocidos de todos.

I. La bajada a la ciudad: El brazo, por armado que esté, debe consultar a la cabeza antes de hacer un movimiento. La cabeza –o dirección– se halla en la capital, ¿Acaso no es allí donde se concentran la vida política del país, los dirigentes de los otros partidos, la prensa, el Parlamento, los Ministerios, las oficinas de correos, en resumen, los órganos del poder central? ¿Acaso no es allí donde se concentran el proletariado industrial, las fábricas, los sindicatos, la Universidad, en resumen, las fuerzas vivas de la población? Las normas del centralismo democrático imponen al comandante del frente guerrillero –generalmente miembro del Comité Central– ir a participar en las discusiones de la Dirección; si no es miembro del órgano dirigente, razón de más: es necesario comunicarle las orientaciones. Se dirá que la Dirección puede también enviar un emisario a la montaña, y es lo que hace a menudo. Pero para discutir sus orientaciones cuando no concuerdan con la realidad de la guerra, para exponer los problemas concretos –materiales y políticos– que se plantean a sus hombres, para solicitar ayuda o simplemente para hacer sentir que existen a una Dirección que tiende pronto a olvidarlo, que ignora todo de la guerra y sus problemas, bañada en la "vida política" de los días buenos, el comandante guerrillero, tarde o temprano, debe bajar. Sobre todo cuando las divisiones políticas se hacen evidentes, estallan los organismos y se forman otros sin que él sea consultado, hay que ir "abajo", allí donde se hace y se mueve "la política". Como ocurre que "la cabeza" esta vacía o es incompetente o sorda, para hacerle comprender los detalles de ese mundo más lejano que la luna que es la vida guerrillera, se necesita tiempo; hay que prolongar, pues, la estancia "abajo" o volver a bajar. Riesgo fatal tarde o temprano, el responsable militar caerá: asesinado en el acto, torturado y "suicidado", excepcionalmente encarcelado si la opinión pública puede intervenir a tiempo. Una vez ha escapado a tiempo; la otra será cogido. (El azar o "extraños azares" se mezclan en la cuestión: un accidente de automóvil, por ejemplo).

No olvidemos que el enemigo de clase procede a un asesinato selectivo en gran escala en América Latina: matar a los jefes, dejar vivir a los otros. Doble ventaja: se aísla a los jefes mientras vivan y se corrompe a los combatientes que no quieren morir; la clase dominante sabe reconocer bien a los que le hace falta matar –los políticos-militares– y a los que puede dejar en la cárcel o en la calle –muchos políticos–, a los que tiene interés en liberar de la prisión o dejarles en libertad. Con la mayoría de los responsables militares, de los hombres de la montaña, no hay compromiso posible; nada hay que esperar de ellos sino la guerra; hay que suprimirlos. ¿Atraparles o liquidarles en la montaña? Si tienen experiencia, es prácticamente imposible. El único medio para los polizontes y los asesores norteamericanos es que bajen a la ciudad, a su terreno. Enfermos, que descienden a hacerse curar; traicionados o aislados, que vayan a poner orden entre los políticos acorralados. "La ciudad –dice Fidel– es un cementerio de revolucionarios y recursos". Sin contar el efecto moral desastroso que provoca en los combatientes el descenso de su jefe, en las condiciones de vida en que se encuentran, cuando el primer papel del jefe es dar ejemplo de aguante y sacrificio. Mejor secuestrar a un médico o la mitad de un hospital que bajar a hacerse curar, decía en conclusión un comandante guerrillero. El jefe no puede bajar para asistir a ninguna reunión política: hace subir a los políticos para decidir y discutir en lugar seguro, arriba; si no, envía a un emisario. Lo que supone, primero, que se le reconozca su cualidad de jefe responsable y que se le den los medios de ejercerla, o que se los tome el mismo. Lo que supone, ante todo, la adopción de una estrategia franca y clara: ¿cuál es la forma fundamental de la lucha de clases en un momento dado? ¿Su terreno fundamental? ¿Su objetivo principal?

II. La falta de poder político acarrea la dependencia logística y militar de la montaña respecto de la ciudad. Ahora bien, esta dependencia acarrea a menudo un abandono de la guerrilla por la Dirección de la ciudad.

La subordinación de la guerrilla a su dirección política urbana desarrolla en los guerrilleros no solamente una situación real, sino también un complejo mental de inferioridad y dependencia. Del exterior esperan todo: sus cuadros políticos, las orientaciones, el dinero, las armas, hasta la fecha de las operaciones. El principio moral y político, no contar sino con sus propias fuerzas, es perdido de vista, y la guerrilla esta cada día un poco más presa de los espejismos de la ayuda exterior inminente. Hay que esperar a que la ayuda prometida llegue, y el día previsto la ayuda no llega o llega con cuentagotas y es pospuesta para el día siguiente. Se va tirando en espera de mañana para ver si llegan los pares de botas, los nylons, las municiones, la gasolina, los medicamentos, las linternas eléctricas pedidos tres meses antes. Así se coloca rienda a "su" lucha armada, aunque sólo sea por indolencia.

La subordinación de la guerrilla a su dirección política urbana desarrolla en los guerrilleros no solamente una situación real, sino también un complejo mental de inferioridad y dependencia. Del exterior esperan todo: sus cuadros políticos, las orientaciones, el dinero, las armas, hasta la fecha de las operaciones. El principio moral y político, no contar sino con sus propias fuerzas, es perdido de vista, y la guerrilla esta cada día un poco más presa de los espejismos de la ayuda exterior inminente. Hay que esperar a que la ayuda prometida llegue, y el día previsto la ayuda no llega o llega con cuentagotas y es pospuesta para el día siguiente. Se va tirando en espera de mañana para ver si llegan los pares de botas, los nylons, las municiones, la gasolina, los medicamentos, las linternas eléctricas pedidos tres meses antes. Así se coloca rienda a "su" lucha armada, aunque sólo sea por indolencia.

Y es normal: las capitales, sobre todo las ciudades del Caribe, esas grandes sucursales yanquis, son purgatorios vivibles al lado de las aglomeraciones urbanas de Asia y aún de Europa. ¿Cómo un habitante de esas ciudades, por marxista-leninista que sea, podrá adivinar la importancia vital de un metro cuadrado de nylon, de un pote de grasa de fusil, una libra de sal, de azúcar y de un par de botas? Como se dice, "hav que haberlo vivido para concebirlo". Vistos desde afuera, son "detalles", "servidumbres materiales" de la lucha de clases,  "el  lado  técnico", luego menor, por tanto, secundario de las cosas:  reflejos mentales de burgueses, y  todo hombre,  aunque sea un camarada, que se pasa la vida en la ciudad, es un burgués sin saberlo en comparación con el guerrillero: no puede saber el trabajo material que esto demanda: comer, dormir, moverse, en resumen, sobrevivir. No tener medios de subsistencia salvo los que produce uno mismo, con sus manos, a partir de la naturaleza bruta. El hombre de ciudad vive como consumidor. Basta un billete en el bolsillo para tener con que pasar el día; desde luego, los billetes no bastan, pero con la afluencia de yanquis y su cortejo de corrupciones se ganaran otros sin demasiadas dificultades.

La jungla de las ciudades no es tan salvaje: los hombres se estrangulan allí para ser reconocidos como bestias superiores, no se combate ya para no morir. La vida es de todos, desigualmente dada, pero dada de todos modos. Está en el comerciante en forma de productos acabados: la carne descuartizada, el pan cocido; el agua en la pila; el sueño sin turnos de guardia, bajo techo, a cubierto; la luz, en las calles sin serpientes, en los focos del alumbrado; el medicamento, en la farmacia o el hospital. Se dice bien que nos bañamos en lo social: los baños prolongados ablandan. Nada mejor que salir de ellos para darse cuenta de hasta que punto esas incubadoras tibias infantilizan y aburguesan. Los primeros tiempos en la montaña, recluidos en la selva llamada virgen, la vida es simplemente un combate de cada día en sus menores detalles y, en primer lugar, un combate del guerrillero consigo mismo para superar sus antiguos hábitos, las marcas dejadas por la incubadora en su cuerpo, su debilidad. El enemigo a vencer, en los primeros meses, es él mismo, y no siempre se sale vencedor de ese combate: muchos abandonan el campo, desertan o descienden voluntariamente a la ciudad para asumir otras tareas.

El terrible abandono en que han tenido que vivir numerosos focos durante meses, a veces años, no se explica tanto por el sabotaje larvado, el desinterés o la traición de sus aparatos de superficie como por una diferencia irreductible de condiciones de vida, luego de pensamiento y comportamiento, entre unos y otros. El mejor de los camaradas, en la capital o en el extranjero, aún destacado en misiones importantes, dedicado a su trabajo, cae bajo el golpe de esa diferencia, que vale por una "traición objetiva". Muchos de ellos lo saben. Cuando una guerrilla habla con sus responsables urbanos o en el extranjero, trata con "su" burguesía. Aún si tiene necesidad de una burguesía –como de un pulmón artificial para los momentos de asfixia– no puede perder de vista esa diferencia de intereses y de medio: los dos no respiran el mismo aire. Fidel Castro ha tenido la experiencia de ello y no ha vacilado, aún a riesgo de quedar solo en momentos muy difíciles, en condenar y repudiar a "su" burguesía, inclinada a hacer alianzas sin principios. Principalmente cuando condenó el Pacto de Miami en su admirable carta del 14 de diciembre de 1957, en que, frente a una política burguesa, se define ya una moral proletaria encarnada en el Ejército Rebelde, moral que más tarde revelará ser también una política proletaria.

Dependencia logística: algunos frentes guerrilleros han sobrevivido recibiendo en un año doscientos dólares del organismo político de que dependían. El mismo organismo político gastaba durante ese tiempo miles de dólares en tareas de propaganda en el extranjero y en el interior, en mantener funcionarios dentro y fuera del país, en crear órganos de prensa, reunir congresos de amnistía, etc., para sacar provecho del prestigio que le daba la existencia de esos mismos frentes, desprovistos de medios de combate y solitarios. De esta experiencia y otras semejantes se ha sacado la conclusión siguiente: es menos riesgoso y más seguro para una guerrilla hacer desde su propia base incursiones, si es necesario motorizadas (secuestrando y abandonando un camión), a los poblados vecinos para obtener víveres y equipos de campaña (mochilas, mantas, botas, vestidos, etc.), crear sus propios depósitos, enterrarlos u ocultarlos, y asegurar así su libertad de acción por algunos meses.[12] Por arriesgados que sean esos golpes de mano, son preferibles a la espera pasiva: esperar la buena voluntad o la posibilidad de aprovisionamiento por los organismos urbanos, los azares del transporte, las dificultades causadas por los "cercos operativos" u otra movilización de las fuerzas enemigas. Además, reducen al mínimo las posibilidades de infiltración o localización de la guerrilla, que se hacen siempre desde la ciudad en dirección de la montaña, del exterior al interior, y no en sentido contrario.

Dependencia militar: no pueden planificarse operaciones militares con meses de anticipación, para un día dado, de acuerdo con el calendario político nacional establecido por la clase dominante: elecciones presidenciales o parlamentarias, sesiones del Congreso, asambleas diversas, viajes oficiales. Dicho está que los planes de campaña deben ser elaborados por aquellos mismos que tienen que realizarlos o en colaboración mutua con una dirección política que tenga un conocimiento profundo, táctico, detallado, de las cuestiones militares. Pero una dirección política sin esos conocimientos no puede elaborar planes militares sola, según sus conveniencias, como apoyo a una política de maniobras o de presiones sobre el régimen burgués, y luego transmitirlos a su aparato militar "para que los ponga en práctica", como el cliente imparte la orden al "maitre d'hotel", que la transmite a los cocineros. Por ridícula que sea la comparación, el divorcio entre teoría y práctica, entre vanguardia política y vanguardia militar, puede llegar y ha llegado a esos absurdos.

III. La falta de mando único: Acarrea la falta de plan general de acción; no es posible combinar y coordinar los medios disponibles en función de una dirección principal de acción. La falta de unidad de mando pone a las fuerzas revolucionarias en la situación de un sirviente de pieza de artillería sin dirección principal de fuego, en la situación de una línea de ataque sin dirección principal de ataque: los atacantes se pierden en el terreno, tirotean al azar y mueren por nada. El número y el poder de los medios de fuego no sirven de nada sin un plan de fuego, la asignación de un sector principal para ser batido por fuegos cruzados o concentrados. A ese despilfarro, a esa matanza inútil, lleva la ausencia de dirección ejecutiva centralizada, es decir, político-militar. El Frente o el Partido no son mancos: al brazo armado corresponde un brazo legal, pacífico. ¿Cómo combinar la acción de los dos? Peor todavía: ¿cómo combinar las dos alas del aparato armado, la guerrilla rural y la resistencia clandestina en las ciudades? Sólo una dirección notablemente coherente y vigorosa, armada de un plan estratégico racional  a largo plazo, movida  por  un análisis político sin tachas, puede combinar esos dos aspectos dc la acción directa; por lo menos es necesario que exista, que salve el pellejo. Quedándose en la ciudad, la dirección política será inevitablemente destruida o desmantelada por la represión. Los dirigentes lo saben o se lo imaginan. Pero la fuerza de la tradición, la adhesión zoológica a formas de organización determinadas, consagradas, solidificadas por el tiempo, impide romper una estructura establecida y pasar a la nueva forma de lucha exigida por la situación de guerra. Esas resistencias son normales: el partido bolchevique y Lenin tropezaron con ellas hasta octubre del 17.

En la actualidad, hay países en que numerosos dirigentes políticos pueden dar su acuerdo, en un momento de auge, a abandonar la ciudad, a ir a la montaña y escapar a la represión creciente. Pero de hecho, difieren cada día la partida. Cada día hay un golpe de Estado "en el aire", una reunión atrasada; una esperanza de ver resuelta la crisis en un abrir y cerrar de ojos. Siempre hay un pretexto. Hasta el día en que es demasiado tarde: la policía los encarcela o los mata. Luego, la dirección tradicional cae. Se pone en pie rápidamente una dirección de reemplazo clandestina, sin las cualidades de la primera, elegida con regularidad en congreso, que se encuentra en prisión o diezmada; desvinculada de la base y de las organizaciones regulares. Esta dirección improvisada despacha los asuntos corrientes y se absorbe en la rutina clandestina. Satisfecha con poder siquiera mantener en pie algo así como un partido, da largas; vacila en tomar las decisiones de fondo y deja a la guerrilla como está, allí donde está; esperando días mejores, le presta el concurso de siempre, y siempre con grandes sacrificios.

En todos los casos se buscará reunir las ventajas de todas las formas de lucha sin los inconvenientes de ninguna: se rehúsa escoger una forma de lucha como fundamental y otra como subordinada. Se deja a los dos brazos agitarse, cada uno por su lado, cada uno por su cuenta, sin acción coordinada, sin subordinación de las tareas. Esta dirección política abstracta, reformista o desavenida, transforma el movimiento revolucionario en un muñeco desarticulado. En una situación de guerra, una desviación en la cima, en la cabeza, puede engendrar desviaciones de signo contrario en las dos alas del aparato armado: a las nostalgias legalistas de la dirección política vienen a responder, en su aparato armado, el terrorismo descontrolado en la ciudad y el bandolerismo en el campo.

a) Acciones incontroladas en la ciudad. En ausencia de un mando único, ninguna estrategia clara de lucha armada. En ausencia de una estrategia clara, ningún plan de acción. La guerrilla es aislada de las ciudades; cada una actúa por su cuenta; las fuerzas urbanas o lo que hace las voces de estas no están claramente subordinadas a la Sierra: para ello hace falta que la guerrilla sea reconocida como el ala directora y motriz del movimiento. De ahí, acciones independientes y anárquicas en la ciudad, que pueden comprometer no solamente los planes de la guerrilla, sino hasta cl sentido mismo del combate librado.

“Es fundamental precisar [escribía el Che Guevara ya en 1960] que nunca puede surgir por si misma una guerrilla suburbana... La guerrilla suburbana estará directamente a las órdenes de jefes situados en otras zonas. Por tanto la función de esta guerrilla no será llevar a cabo acciones independientes, sino de acuerdo con planes estratégicos preconcebidos”.[13]

 

Claro está que el terrorismo de ciudad no puede desempeñar ningún papel decisivo y que entraña a la vez algunos peligros de orden político. Pero si está subordinado a la lucha fundamental, la del campo, tiene, desde un punto de vista militar, un valor estratégico: inmoviliza millares de soldados enemigos, congela la mayor parte del aparato represivo en tareas estériles de protección. Fábricas, puentes, centrales eléctricas, edificios públicos, carreteras, oleoductos pueden ocupar hasta las tres cuartas partes del ejército. El gobierno, por ser gobierno, tiene que proteger todos los intereses de todos los que tienen bienes y en todas partes, los guerrilleros no tienen que cuidar nada en ningún lugar. No tienen peso muerto. Por eso, la relación de fuerzas no se mide en términos de igualdad aritmética. En Cuba, por  ejemplo, de los 50.000  hombres  que tenía Batista, no pudo emplear nunca más que 10.000 a la vez contra la guerrilla. Y el  Ejército  Rebelde, al decir de  su  jefe, llegó  a  ser  invencible cuando alcanzo la proporción de 1 contra 500.

Es que, desde el primer día, Fidel impuso una clara estrategia, aún más clarividente porque las fuerzas del 26 de Julio eran mucho mas numerosas y mejor organizadas en las ciudades (Santiago, La Habana) que en la Sierra, en esa época de lucha. El acento principal debía ponerse en la consolidación de la guerrilla rural, en el Ejército Rebelde; a éste correspondía la dirección del Movimiento, aquí estaba la cabeza de todo el país. Después del desembarco, Fidel delegó en Faustino Pérez la reorganización del Movimiento en La Habana, dándole plenos poderes para ponerlo bajo la dirección de una fuerza que, como se sabe, reunía 20 hombres (enero del 57). Todas las armas disponibles debían ser enviadas a la Sierra Maestra y ni un solo fusil distraído para la resistencia  urbana, directiva que podía parecer escandalosa, dado el desarrollo de esa resistencia y sus reales necesidades en armas; directiva que engendró más de un conflicto con el ala urbana del Movimiento, más de un resentimiento, pero que permitió en un mínimo de tiempo la constitución de "la fuerza móvil estratégica", el Ejército Rebelde, en el primer frente de la Sierra Maestra. Será ésta la que liquidará al régimen en definitiva: tal es uno de los leitmotivs de las cartas de Fidel a Frank País, jefe del Movimiento en Santiago.

Después de la muerte de Frank País sigue insistiendo Fidel. El 11 de agosto de 1957, escribe a Aly (Celia Sánchez): "Una consigna debe ser ahora la más correcta: ‘todos los fusiles, todas las balas y todos los recursos’, para la Sierra", y vuelve a lanzar la misma consigna en otra carta a Aly el 14 de agosto.

Entre las dos alas del Movimiento Liberador, las contradicciones no dejan de acentuarse, inevitablemente. Las dos alas tienen un desarrollo desigual, donde quiera que sea, en efectivos y en ciudad; de ahí los peligros de una cojera. Como hemos visto, la montaña proletariza a burgueses campesinos y la ciudad puede aburguesar hasta a los proletarios. Los conflictos tácticos que no dejarán de surgir, las diferencias de apreciación o de línea, encubren un conflicto de clase, donde los intereses del proletariado, paradójicamente, no están del lado de la ciudad. Si esos conflictos pidieron ser resueltos tan pronto en Cuba, si la marcha hacia el socialismo ha podido ser tan rápida después de la conquista del poder, es porque desde el primer día la hegemonía fue reclamada, defendida y conquistada por Fidel en beneficio de la guerrilla rural. Una de las pocas acciones que pudo proponer e imponer el Llano fue la huelga general de abril del 58, que terminó en una catástrofe y repercutió gravemente sobre todo el Movimiento.

La Comandancia del Ejército Rebelde dejó hacer y colaboró al máximo y de buena fe a los preparativos de la huelga, tanto Fidel en el Primer Frente como Raúl en el Segundo: a los de abajo, les tocaba decidir sobre lo de abajo. La Sierra no podía estar mejor informada de la situación en las ciudades que la gente de la ciudad: por esta razón de sentido común, Fidel no se opuso a la huelga. Resultó así víctima del "subjetivismo" del ala civil del Movimiento. El fracaso de la huelga general puso en evidencia una crisis latente a la vez que permitió superarla. En el plano de la organización, se reestructuró la Dirección, acabando con todas las trabas impuestas a la Sierra; la Comandancia del Ejército Rebelde tomó en sus manos la responsabilidad nacional del movimiento. En el plano de las concepciones de lucha, fue definitivamente barrida la concepción "civilista": para el Llano, la guerrilla era algo simbólico, destinada a crear las condiciones de un golpe de Estado en la capital. Para la Sierra, la guerrilla podía y debía dar una solución militar al problema político que no podía resolverse por ningún otro medio. Por eso, pudo Fidel escribir antes de la huelga: "Si logra [Batista] aplastar la huelga, no resolvería nada; nosotros seguiríamos luchando, y dentro de seis meses, su situación será peor" (carta a Nasin, marzo 23 de 1958). La clase dominante tenía todos los medios para reprimir y resquebrajar una huelga general, mientras que estos medios no le servían en absoluto para vencer en una guerra de guerrillas. Asi le tocó a la Sierra salvar a la Revolución puesta en peligro por el Llano. Con el fracaso de la huelga, al comprobar a los ojos de todos que sólo la Sierra podía salvar la Revolución, era lógico quo esta asumiera la responsabilidad de su dirección. En un discurso ulterior al triunfo, Fidel volvió sobre las oposiciones fundamentales de estrategia y de clases que encubrían el mal paso y la discusiones que lo siguieron.[14]

Toda la experiencia contemporánea de América confirma y da fuerza de ley a esa desarmonía y ese desgarramiento entre las fuerzas de la Sierra y del Llano.

b) Dispersión en el seno mismo de la guerrilla rural. La ausencia de mando único y dirección centralizada favorece la creación prematura de varios focos. Dada la desigual relación de fuerzas existentes al comienzo entre la reacción y el campo popular, esta división debilita todavía más a la guerrilla que al ejército represivo. Ese se resiente menos de tener que dispersar sus fuerzas que la guerrilla de tener que dispersar las suyas. Tanto más cuanto que él ejército no las atacará simultáneamente, sino una por una, obteniendo así en cada sector una superioridad todavía más absoluta que si hubieran estado unidas en un solo foco. Aquí el ejemplo peruano habla por sí solo. La gran extensión del territorio no parece ser un argumento suficiente para retardar la consolidación previa de una fuerza móvil mínima, dotada de un poder de fuego mínimo que le asegure una capacidad de ataque apreciable en un sector dado. En otra parte (Venezuela), los focos guerrilleros se multiplicaron desde 1962, multiplicación artificial que no correspondía a un crecimiento real del movimiento guerrillero ni de su capacidad ofensiva. Este crecimiento forzado –causa y efecto de la ausencia de una comandancia única– debilitó de hecho la guerrilla. Es esta quizá una de las razones del retraso que sufrió la guerrilla venezolana para constituirse en vanguardia político-militar y darse al fin una comandancia única (1966). En todo caso, lo que muestra bien que la guerrilla no fue en ese país un movimiento concertado, obediente a un plan de acción madurado de antemano, es esa proliferación espontánea y desordenada de focos, con un personal no entrenado, cuya mayoría fue liquidada en los primeros meses. Entre los otros focos que sobrevivieron a esa primera ola  de ofensiva (Falcón, Lara, Trujillo, Oriente) ninguno se desarrolló suficientemente pronto y bien para poder catalizar en torno de él la lucha de clases. Así, ninguno pudo, hasta una fecha reciente, contrabalancear seriamente los centros de poder dispersos que representaban los partidos políticos existentes. La ausencia de una dirección única de la lucha armada, realmente ejecutiva y prestigiosa, provoca así el desparramamiento de los frentes, y esa dispersión a su vez retarda la aparición de una dirección única.

Este retardo puede ser voluntario; o sea, que se crearán nuevos frentes guerrilleros para impedir la constitución de esta dirección única. Pero en este caso, más que de frentes guerrilleros activos, se trata de depósitos de ahorro a cobrar después de la victoria. No están destinados a hacer la guerra, sino a mantener una masa de reserva política, y hacer la propaganda de sus promotores. Tener una guerrilla da prestigio permite hablar en voz alta e imponerse en la escena del poder. La simple rivalidad entre organizaciones concurrentes o una frustración pequeño-burguesa frente a una vanguardia constituida, pueden llevar así a una dispersión inoperante de la guerrilla rural.

En las condiciones que le son propias, Cuba ofrece el ejemplo de un desarrollo armonioso de la guerrilla a partir de un núcleo central único cuyo crecimiento se opera naturalmente. Ese núcleo crece hasta el día en que sus efectivos, excesivos para los recursos locales en víveres y aprovisionamiento de todas clases, debe estallar. De la célula madre, la Sierra Maestra, se destacan entonces otras células portadoras de gérmenes por división natural: crecimiento, primero, de la columna madre hasta 120 o 150 hombres: sobrepasada esta cifra no solamente agotaría los recursos del lugar, sino sobre todo resultaría demasiado grande para el tipo de terreno donde opera en condiciones de guerra irregular, terreno donde no es posible desplegar unidades grandes. Esta columna va generando después sucesivamente varias columnas, que pueden ser inicialmente de 40, 50 o 60 hombres (dentro del mismo frente de la Sierra Maestra, la primera fue confiada al Che Guevara en julio del 57). Esas columnas llegan a constituir nuevos frentes que a su vez más tarde, siguiendo el mismo principio, generan sus columnas o unidades tácticas. Si una de estas columnas va destinada a zonas distantes donde no es posible la coordinación táctica con la columna madre y sus columnas, la nueva columna llega a constituir otro frente, que a su vez genera sus columnas. Raúl parte de la Sierra Maestra hacia el norte de Oriente con unos 60 hombres y organiza un nuevo frente, que llegó a contar con numerosas columnas. Almeida, en marzo del 57 parte a lo largo de la Sierra Maestrea, con 40 hombres, hacia la zona de Santiago de Cuba, donde después se formaría lo que se llamó el Tercer Frente. Che, en agosto del 58, parte de la Sierra Maestra hacia Las Villas con 120 hombres, desarrollando allí al máximo la guerra, apoyado por la columna de Camilo Cienfuegos –que salió con 90 hombres de la Sierra–, cuyo destino era organizar un frente al occidente del país, en Pinar del Río. Pero a principios de diciembre, dado el vertiginoso desarrollo de la guerra y su presumible desenlace rápido, recibe la orden de apoyar con todos sus efectivos las operaciones del Che en Las Villas, a fin de cortar en dos partes el territorio y liquidar las principales unidades de Batista concentradas en la región oriental.

La ventaja de ese proceso de menor a mayor, de apariencia tan natural, que parece engañosamente marchar como seda, es que anuncia a la vez la existencia de un mando central indiscutido y de una muy grande libertad táctica de los oficiales y las columnas. Tanto más fuerte es el mando central y más clara y firme la estrategia fijada al comienzo por el mando, cuanto más grandes pueden ser la libertad de acción y la flexibilidad táctica de los diferentes frentes y columnas. La concentración de los medios y de los hombres en un solo foco permite la elaboración de una doctrina militar única al calor de los combates, en la cual se forman todos los hombres. A esta altura, “doctrina militar” designa un conjunto de pequeñas reglas tácticas que han probado su eficacia: atacar a las tropas en movimiento y no en acantonamiento o en estacionamiento; atacar los refuerzos enemigos de manera escalonada, es decir, preparar de antemano emboscadas en su camino; conservar reservas para batir, después de una emboscada a la tropa enemiga en retirada, ya desmoralizada y enredada en el transporte de sus heridos y muertos; prohibir al grueso de los combatientes tener bala en el directo antes de que haya empezado el fuego; cortar y destruir la vanguardia de las columnas por una doble emboscada, de contención para cortarla del centro y de aniquilamiento para destruirla una vez cortada; utilizar al máximo las minas eléctricas a distancia; valorar, en un principio, la captura de armamentos más bien que la destrucción física del enemigo; conservar la iniciativa en la elección de las sorpresas y la escalada de las provocaciones, es decir, habituar al enemigo, en un punto dado, a un tipo de acciones para sorprenderle bruscamente por medio de una acción diferente en el mismo punto; devolver los prisioneros a sus casas; curar con atención al enemigo herido... Así se forman poco a poco, oficiales en una cierta escuela moral, política y militar, oficiales a los cuales el Mando puede, llegado el día encomendar con toda confianza la dirección estratégica de una zona o un frente, sin que el Mando ejerza el tutelaje de sus acciones. Se han formado todos en la misma escuela, que les ha inculcado un espíritu común, reglas tácticas y un plan de acción escalonado, político y militar.

Varias veces, en momentos en que la menor diversión hubiera sido de gran ayuda, Fidel se oponía sistemáticamente a la creación precoz de otros frentes guerrilleros, como ocurrió en mayo de 1957, con lamentables consecuencias cerca del Central Miranda.

“Era necesario demostrar que vivíamos, pues nos habían dado algunos golpes en el Llano; las armas destinadas a abrir otro frente en el Central Miranda cayeron en poder de la policía, que tenia presos a muchos dirigentes valiosos, entre ellos a Faustino Pérez. Fidel se había opuesto a separar las fuerzas, pero cedió frente a la insistencia del Llano. Desde ese momento quedó demostrada la justeza de su tesis y nos dedicamos a fortalecer la Sierra Maestra como primer paso hacia la expansión del Ejército Guerrillero.”[15]

c) Dirección artificial de un Frente político improvisado. La falta de unidad en el mando desata infinitos mecanismos de compensación. Uno de los más socorridos consiste en promover un frente nacional al cual se confiara oficialmente la dirección del brazo armado.[16] Se invertirán energías considerables en la constitución de un frente- fantasma, compuesto en lo esencial por el partido que lo ha formado; como un partido no hace un frente, se fabricarán de pies a cabeza organizaciones creadas a expensas de las fuerzas del propio partido; se buscarán las famosas "personalidades independientes" progresistas, cuyo nombre puede callarse para adornar su misterio. Tantas energías y esfuerzos de que se priva al desarrollo de la lucha armada para proveerle, aún antes de que esa lucha se haya consolidado y extendido, de una envoltura pomposa. Acto reflejo clásico: no hacer alianzas reales sobre objetivos determinados, en torno de una fuerza constituida, sino presentar una fachada y decorarla antes de amueblar la casa. Se elaboran programas espléndidos abundantemente distribuidos en el extranjero, ignorados en el interior, y se cree estar en paz con la historia porque se ha puesto el futuro en programa, sin ocuparse siquiera, en el momento presente, de obtener los medios efectivos de realizarlo aunque sólo sea en su primera fase. El Programa, el Frente, las Alianzas, todas esas bellas maquinarias artificiales, absorben la atención y dispensan así de poner en pie el instrumento de su realización: el ejército popular, único que puede dar a un frente político su seriedad histórica y su eficacia. No se puede confundir la guerra con su propaganda. Ningún frente artificial puede colmar un vacío de dirección militar y política. Querer disfrazar un vacío con otro no  suprime el primero, sino  añade un segundo.

Una vez más, y a despecho de todas las experiencias adquiridas hasta hoy, se hacen pasar las instituciones antes que los hechos. Movimientos revolucionarios incipientes o grupos reducidos sumando unas decenas de hombres, elaboran, aún antes de entrar en acción, organigramas más complejos e ininteligibles que los de un Ministerio, llenos de Mandos, Direcciones, Comisiones como si la seriedad de un movimiento revolucionario se midiera por el número de sus subdivisiones. Las formas de organización preceden al contenido a organizar. ¿Por qué? Porque no se está liberado de la vieja obsesión, y se cree todavía que la conciencia y la organización revolucionaria deben y pueden en todos los casos preceder a la acción revolucionaria. Busquemos bien; este idealismo ingenuo es el que inspira en el fondo a los que se entregan al opio electoral, para quienes habrá socialismo cuando la mitad de los inscriptos en el Registro electoral más uno, voten por él. Se llega a la siguiente paradoja: inconscientemente se aplica a la lucha armada los mismos presupuestos que rigen a las muy pacíficas actividades de los reformistas. Para qué asombrarse entonces si las malandanzas de estos últimos recaen sobre ciertas luchas guerrilleras.

Primero, se va de lo más pequeño a lo más grande. Querer ir en sentido inverso no sirve de nada. Lo más pequeño es el foco guerrillero, núcleo del ejército popular, y no es un frente el que crea ese núcleo, sino que es el núcleo el que, al desarrollarse, permitirá crear un frente nacional revolucionario. Un frente se hace en torno de algo existente, no solamente en torno de un programa de liberación. Es el "pequeño motor" que pone en marcha el  "gran motor" de las masas y precipita la formación de un frente, en la ascensión de las victorias obtenidas por el pequeño motor. Lo que enseña la practica fidelista de la guerrilla es la siguiente paradoja: cuánto más débil es el núcleo revolucionario más debe desconfiar de las alianzas; cuánto más fortalecido, más puede permitirse buscar esas alianzas puesto que el Ejército Popular tiene la hegemonía, y los principios –los motivos del combate– están  a cubierto. Concepción que sería sectaria si sólo se tratará de preservar la buena conciencia y la pureza inmóvil  del núcleo armado, pero que no lo es cuando se trata de un núcleo dinámico, concebido como motor y director de una guerra ofensiva sin tregua. Ese pequeño grupo –si quiere salvarse– no puede permanecer inmóvil, cerrado sobre sí mismo, Patria o Muerte. Muere –de muerte física– o vence, salva la Patria y se salva. En un sentido, el Ejército Rebelde ha luchado durante toda la guerra y especialmente al comienzo, contra la unidad a toda costa, sin principios, para reagrupar, por medio de la guerra, a los militantes de los otros partidos y del pueblo entero haciéndolos participar en esa misma guerra contra la dictadura. La carta a las organizaciones en el exilio, denunciando el pacto de unidad de Miami, es una vez más un cortante ejemplo de ello. Dicha carta termina con estas palabras: “Que para caer con dignidad no hace falta compañía”.

Esa extraña dialéctica repercute sobre las relaciones de la guerrilla con el ejército. Al principio, siendo débiles los rebeldes, Fidel desalentó al máximo las tentativas de golpe de estado y los contactos con los militares. Aún un golpe de estado a favor del “26” hubiera sido desfavorable al Ejército Rebelde: una Junta “liberadora” hubiera podido confiscar e interrumpir el proceso revolucionario, no existiendo todavía un contrapeso. Después, cuando la Sierra Maestra contaba ya con fuerzas suficientes y se transformaba poco a poco en vanguardia reconocida por el pueblo entero, Fidel no perdía ocasión de tomar contacto con los militares, no para fomentar un golpe de estado, sino para acelerar la descomposición del régimen, y avivar las contradicciones en el seno del Ejército, principalmente entre los oficiales subalternos y el alto mando de La Habana. Aún un golpe de estado, si se hubiera producido, no podía ya desviar la lucha popular, dividiendo las fuerzas del enemigo, no las fuerzas guerrilleras que hubieran seguido el combate contra los militares con mayor empuje. [17] En octubre del 58 escribe a un compañero de la organización: “Lo revolucionario no es el golpe de estado, sino la incorporación de los militares a la lucha armada” (carta a Camacho 29/10/58). Esta incorporación pudiendo aparecer como una traición a los militares leales a su institución, se contentaba con llamarlos a parlamentar, a deponer las armas o a neutralizar ciertas unidades, sin imponérsele nunca condiciones humillantes. Aceptar hablar es ya empezar a claudicar; y a medida que recibían más y más golpes, los oficiales enemigos respondían cada vez más a los mensajes de la Comandancia Rebelde, a pesar de la terrible reputación que como asesinos de soldados había hecho la propaganda de Batista a los Rebeldes.

La guerra sicológica no tiene efecto sino se inserta en la guerra a secas. Aliviada un momento la presión militar, la presión política sobre el adversario carece inmediatamente de punto de apoyo y cae en el vacío. Porque cada día morían soldados, porque se veían amenazados en su vida, los oficiales de Batista, a la cabeza de un ejército profesional, aceptaban un diálogo; por ello ya no se reían, como lo hicieron al principio, de tan ingenua pretensión. Infiltrar o presionar valen cuando se combate y golpe a la vez. Para que un ejército responda a los llamamientos patrióticos o revolucionarios de las fuerzas populares armadas, hace falta que aquél las respete; y un militar no respeta sino a los que teme. También se puede hablar de paz, pero haciendo la guerra. Solamente así, la consigna de paz se vuelve contra el opresor, no contra la insurrección. Y durante todo el proceso, Fidel esgrimió la consigna de paz, el deseo de todos de poner fin a la guerra civil, pero mostrando que Batista y su régimen eran el único obstáculo a la paz; y el deseo de paz se volvió aliento para la guerra revolucionaria.

Después, ningún frente político deliberativo puede asumir la dirección efectiva de una guerra popular; solamente un grupo ejecutivo, técnicamente capaz, centralizado, unido sobre la base de intereses de clase idénticos. En resumen, un estado Mayor revolucionario. Un frente nacional heteróclito por naturaleza es el lugar de desavenencias políticas, de discusiones, de deliberaciones sin fin y de compromisos momentáneos. No puede unirse y vivir sino frente al enemigo, frente al peligro inminente, y aún los medios de encararlo descansarán en la acción separada de las fuerzas que lo componen, dotadas cada una de su unidad propia. Estas fuerzas recobrarán su libertad después de la victoria, resurgiendo entonces sus antagonismos. Aún en ese caso, un Frente puede asegurar la diplomacia de una guerra, pero no su dirección operacional. Los presidentes u órganos dirigentes de un Frente viven lo que viven los compromisos de clase. Los “árbitros” pueden ayudar a los jefes a conquistar el poder; son los jefes los que lo conservan. A menos que él “arbitro” revele a tiempo sus cualidades de jefe, baje del cielo azulado de los Acuerdos por encima de las clases, ponga los pies en tierra y en sus vulgares sociedades de clase, a la cabeza de una de ellas.

Evidentemente, esos métodos de trabajo tienen una causa política. ¿De dónde vendrían si no? ¿De una falta de moral? Los militantes tienen moral, y admirable. En los países en que han hecho estragos esos métodos han sido los camaradas, los militantes comunistas, los que han llevado el peso principal de la guerra. Miremos la lista de los muertos: casi todos son miembros de los partidos, e igual los encarcelados. ¡Ay! La abnegación no es un argumento político y el mártir no tiene fuerza de prueba. Cuando el martirologio se alarga, cuando todo acto de entereza se convierte en martirio, es que "algo anda mal". Y es un deber moral investigar esta causa, como lo es saludar a los camaradas muertos o encarcelados.

En la raíz hay sin duda viejas concepciones políticas hoy gastadas, desacreditadas, roídas por el fracaso, pero que sobreviven, todavía vivaces. La vieja teoría de la alianza de las cuatro clases, que incluye a la burguesía nacional; la perspectiva de una "democracia nacional", es decir, el mantenimiento de las relaciones de producción capitalista, pero aseadas, limpias de toda injerencia imperialista, bajo el control de las masas, que exigirán después pasar al socialismo; el desprecio o la subestimación del campesinado, al que una tal perspectiva, por otra parte, no puede seducir. En el fondo, muchas de esas organizaciones políticas adolecen todavía de una falta de análisis concreto de los modos de producción en vigor en cada país de América Latina, de las combinaciones existentes entre los diversos modos de producción, de las formas de dominación de un modo de producción sobre los otros, análisis que solo pueden indicar las relaciones de clase existentes. Esos defectos, esas lagunas son conocidas; no basta evidentemente denunciarlos para paliarlos; lo que interesa aquí es su efecto práctico.

La frase "lucha armada" es esgrimida, repetida en el papel, en los Programas, pero el empleo de la frase no puede ocultar que falta todavía en muchos lugares la decisión de la lucha armada y la definición positiva de una estrategia que le corresponda. ¿Qué se entiende por estrategia? La distinción de lo principal y lo accesorio, de donde resulta una jerarquía clara de tareas y de funciones. Un pragmatismo alegre permitirá ir tirando todas las formas de lucha juntas. Que se las arreglen entre sí para entenderse. En un extreme puede aparecer la definición negativa de una estrategia en forma de rechazo. A la idea de que, en condiciones dadas, hay que subordinar las formas pacificas de la lucha de masas a la lucha armada de masas, se ha opuesto a veces la idea de que semejante subordinación equivaldría a hacer depender la línea política del partido de vanguardia de la estrategia militar, de su aparato armado, y subordinar la dirección del partido a la dirección militar. De hecho, no hay nada de eso. Una vez más se ha olvidado, pese a las aquiescencias verbales, que la guerra de guerrillas es de esencia política y que no se puede, pues, oponer lo político a lo militar.

A despecho de las palabras, el "tecnicismo" y el "militarismo" están más bien del lado de aquellos que llaman militarismo y tecnicismo a la voluntad de englobar todas las formas de lucha en el contexto de la guerra de guerrillas, del lado de los que oponen. línea política y estrategia militar, dirección política y dirección militar. Estos viven en un mundo doble, realmente dualista –y ¿por qué no decirlo?– con una herencia espiritualista muy próxima. Lo político de un lado, lo militar de otro. La guerra del pueblo es una técnica, localizada en el campo y subordinada a la línea política entendida como supertécnica, "puramente" teórica, "puramente" política. El cielo manda a la tierra, el alma al cuerpo, la cabeza al brazo. El verbo precede a la acción. Los sucedáneos laicos del verbo –la palabra, la palabrería, el parloteo– preceden y ordenan la actividad militar, desde lo alto del empíreo.

Primero, en la América Latina de hoy, no se ve como una dirección política pueda ser extraña a los problemas técnicos de la guerra; y como se pueda concebir un cuadro político que no sea a la vez un cuadro militar, Es la situación misma, actual o futura, la que lo exige. "Los cuadros" de la lucha armada serán aquellos que tomen parte en ella y, en el terreno, se revelen capaces de dirigirla. Ahora bien, cuantos dirigentes políticos prefieren seguir, día tras día, la vida del sindicalismo mundial o absorberse en los rodajes de las mil y una "organizaciones internacionales democráticas" dedicadas a mantenerse en vida, más que a informarse seria y concretamente de las cuestiones militares vinculadas a la guerra de su pueblo. Además, la técnica militar reviste una importancia especial en América Latina. A diferencia de China y Asia en general, la gran desproporción de fuerzas existentes al comienzo entre los efectivos revolucionarios y todo el aparato represivo, la pobreza demográfica del campo y los lugares en los cuales se desarrolla la guerra, no permiten reemplazar por un tiempo la técnica y el armamento por la masa y el numero de combatientes. Al contrario, para compensar esta desproporción inicial y de manera general la pobreza demográfica relativa de muchos países, hay que dominar la técnica con pericia. De ahí el papel, más importante que en otras partes, de las minas, los explosivos, las bazucas, las armas automáticas modernas, etc. En una emboscada, por ejemplo, el empleo inteligente de armas automáticas modernas; su cadencia de fuego; su combinación organizada de antemano según un plan de fuego riguroso, donde el menor detalle y cada segundo cuentan, permiten compensar la carencia o la escasez de los efectivos del lado revolucionario. En un número limitado y definido de segundos, tres hombres pueden liquidar un camión de transporte de tropas con 30 soldados, allí donde se hubiere necesitado, con los viejos fusiles mecánicos, un número equivalente de guerrilleros. Por la misma razón, el objetivo número uno de una guerrilla es apoderarse de las armas del enemigo y no tratar de liquidarlo físicamente, aunque casi siempre para quitar las armas haya que liquidarlo primero físicamente. En resumen: no hay “detalles” para un jefe político-militar; todo descansa en los detalles –en un solo detalle– y él debe vigilarlos personalmente todos.

Después, está probado que la experiencia militar de la guerra del pueblo es más decisiva que una experiencia política sin contacto con la guerrilla para la formación de los cuadros revolucionarios. Los dirigentes de envergadura en la América Latina de hoy son hombres jóvenes, sin larga experiencia política previa a su entrada en la guerrilla. Es ridículo continuar oponiendo “cuadros políticos” y “cuadros militares”; “dirección política” y “dirección militar”; “políticos” puros –que quieren seguir siéndolo– no sirven para dirigir la lucha armada del pueblo; los “militares” puros sirven, y dirigiendo una guerrilla, viviéndola, se convierten en “políticos” también. La experiencia de Cuba y la más reciente de Venezuela, Guatemala y otros países, muestra que en la guerra de guerrillas los combatientes se forman políticamente más pronto y más profundamente que pasando un tiempo igual en una escuela de cuadros, aunque se trate de un pequeño burgués o un campesino. Efecto, en el plano de los hombres, del carácter esencial y totalmente político de la guerra de guerrillas. Doble ventaja sobre la formación política “tradicional”, aunque sea en el seno de un partido, de la lucha sindical o de una escuela de cuadros nacional o internacional: en ese “cursus honorum” político es seguro que no se formará militarmente (salvo en detalles) y no es seguro que la formación política recibida sea la mejor. Ejemplo: Cuba. El Ejército rebelde y la clandestinidad han suministrado a la Revolución sus cuadros dirigentes y el núcleo de sus militantes. Todavía hoy los Rebeldes están a la vanguardia de esa vanguardia, defendiendo en el seno de la Revolución la línea más radical, la más comunista. ¿No es éste un extraño destino para “militares” tales como los conciben “los políticos”?

Sin embargo, en algunos países, los “políticos” parecen olvidar esta experiencia y la de su propio país. Mantienen esa distinción absurda en las condiciones latinoamericanas, entre “políticos” de un lado y “militares” del otro. Muchas conductas, hoy mismo, reflejan ese divorcio:

–Tal dirección de ese partido sustrae de la guerrilla un buen número de cuadros y combatientes para enviarlos a una escuela de cuadros política fuera del país.

–Tal otra dirección inhibe o “controla” el desarrollo político de sus cuadros militares, poniéndoles al lado “comisarios políticos” llegados de la ciudad. Se instaura así, si no un doble aparato de dirección, en todo caso dos especies de “cuadros” en el seno mismo de la guerrilla, lo que no puede sino estorbar el surgimiento natural de líderes populares, de dirigentes político-militares completos. Esta actitud contrasta con la de Fidel, en Cuba, durante la guerra: “A los que dan pruebas de capacidad militar, darles también responsabilidad política”. El riesgo vale la pena: Raúl, Che Guevara, Camilo Cienfuegos, decenas de oficiales, hoy responsables políticos de una revolución proletaria y campesina.

Pero no ocultemos una evidencia.

Los partidos o las organizaciones cuyas direcciones han procedido así, controlando desde el exterior a su germen de ejército, manteniendo esta dualidad de organización o retirando a sus militantes de la guerrilla para enviarlos a formarse políticamente en otra parte, se apoyan en principios de organización consagrados, aparentemente esenciales a la teoría marxista: distinción de la instancia militar y la instancia política. Se apoyan, además, en toda una experiencia internacional: en el marco de la guerra prolongada del pueblo, la de China y el Vietnam. Puede que apliquen mal esos principios, pero los principios no tienen la culpa. ¿No estaríamos entonces en trance de confundir un principio político con una forma de organización determinada o un estado contingente de ciertos partidos? ¿No estaríamos entonces en trance de repudiar a medias palabras un principio sacrosanto, el de la distinción y el predominio del partido sobre el ejército popular en la fase precedente a la conquista del poder, con el falaz pretexto de que el principio es mal aplicado? ¿O el principio no es uno, valido para todas las latitudes? Tomemos el problema por su raíz.

Notas

*Nota sobre las fuentes y su cotejo y la revisión de la traducción.

[1] Como se sabe, Fidel halló en Martí su inspiración política fundamental, inspiración fortalecida y corregida desde ya antes del Moncada, por las ideas de Marx y Lenin, De este último, prestó fundamental interés a las ideas contenidas en El Estado y la Revolución, donde la destrucción del viejo aparato estatal y sus medios represivos se convierten en un axioma revolucionario. Pero sus fuentes de  inspiración militar fueron otras: Realengo 18,  de  Pablo  de  la  Torriente  Brau;  los relatos de las campañas de Máximo Gómez; los textos de Engels  que explican las difíciles condiciones de lucha callejera impuestas al proletariado parisino por el fusil Chassepot y la abertura de grandes avenidas; Por quién doblan las campanas, de Hemingway (donde Pablo y su banda casi-guerrillera se mantienen en la Sierra en la propia retaguardia de los fascistas, entre Madrid y Segovia). Más que fuentes, estos libros son coincidencias: Fidel no encontró en ellos sino lo que estaba buscando. Problemas estratégicos de la guerrilla antijaponesa de Mao-TseTung cayó en las manos de Fidel y Che después de la ofensiva del verano de 1958: con mucha sorpresa, leyeron en este libro lo que habían practicado apremiados por la necesidad.

[2] Che Guevara: "Guerra de guerrillas: un método".