De agua a zapatos. Reducir al mínimo indispensable (Una comunidad de investigaciones)

 

Omar Pérez et al 

 

10 de marzo de 2021

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¿Cómo extraer, de un tubo de pasta de dientes —por ejemplo— todo el dentífrico posible, redimible en la función para la que fue creado —de presumir— por manos comúnmente humildes, o, en su defecto, por máquinas que no saben que lo son, lo que son?

 

Y no sólo en La Habana —por ejemplo—, o en cualquier otro lugar del mundo, de cualquier mundo, incluido el (llamado) primero: sobre todo en el primero. Que cuando se trata de rendir culto al más omnipresente, exigente de sus dioses —el dinero— y, en virtud de esa misma lógica, extender al infinito sus bendiciones —la eficiencia,  la riqueza, la ganancia—, suele ser el último. No hay derroche sino donde hay exceso. No hay eficiencia donde no hay justicia.

 

Pero, sobre todo, ¿cómo hacer lo mismo, no sólo con, y de, cualquier tubo o frasco o recipiente de cualquier producto —palabra mas bien fea, quizá por la pobreza (de espíritu) de quienes más la repiten, que no significa, no puede significar, otra cosa que espíritu (re)encarnado—, sino también con la conversación, el silencio, la pregunta cómo estás, la respuesta a esa pregunta, el trabajo, la duda, el nosaber, el estrechón de manos, el abrazo, la cópula, la despedida —¿quién sabe despedirse, quién domina a la perfección el arte (el deber) de despedirse?—; la promesa de comunidad que nos hace, siempre, la presencia del otro —promesa a menudo incumplida por nuestra propia incapacidad de seguir escuchando, de escuchar como único se puede, desentendiéndonos de ese nosotros mismos que es costra —pátina de irrealidad o de impostura—, no esencia humana, si la hubiera, que ni hablar ya de sagrada o divina, de escuchar al otro dejándonos de escuchar?

 

Tal vez reduciéndolo todo al mínimo indispensable, porque sólo así podrá, todo, alcanzar su máximo de sentido posible. Preguntémosle, al prójimo, cómo estás. Pero sobre todo escuchemos, sintiéndonos, en esa confianza, celebrados.

 

No tiremos, pues, en la basura el tubo de pasta de dientes antes de extender, todo lo que podamos, la vida útil del dentífrico. Esa también es una vida que dejar vivir, proteger, respetar, celebrar, aunque no sea una vida que pueda decir, de sí misma, sino lo que nosotros añadamos a su impasible, inviolable indiferencia.

 

Tal vez, entonces, no habrá vida mutilada ni que sea demasiado breve, ni de cosa ni de animal ni de persona. Y lleguemos, por fin, a entrever —porque no podremos ir más lejos— el momento. epifánico, de la más ardua de las utopías: la comunidad (la como unidad) del ser con su experiencia.

 

 

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Comenzamos, Omar Pérez —de quien nació y en quien vive el espíritu de este gesto, sus primeras y fundacionales encarnaciones, materialidades: las entradas que se publican inauguralmente hoy—, y yo, a conversar sobre “De agua a zapatos. Reducir al mínimo indispensable: una comunidad de investigaciones” a principios de febrero, luego de que me pusiera al tanto de su proyecto y sus primeros resultados. Me permito compartir, a manera de breve presentación, momentos de ese diálogo (por correo electrónico):

 

Omar Pérez: Lo d enciclopédico es en serio. Tan en serio como Bouvard y Pécuchet. Sí, es un trabajo sin fin y sin límites. Puede ser un registro d quimeras o un método d autoayuda y cualquier otra cosa entre ambos. 

 

Debe ser lo q llaman plataforma, sin excluir el libro en cualquiera d sus versiones. Desde luego, participativo y tan directo como lo permita un mínimo indispensable d literatura. Creo que, sin menospreciar lo especulativo o lo "teórico", habría q partir del hecho concreto individual: mi relación con el agua, con los zapatos, y una idea propia d mínimo indispensable. Cada artículo, firmado por su autor, si lo desea. Obviamente, el mínimo indispensable d palabras pesa sobre quien escribe acerca d mínimos indispensables. 

 

Rolando Prats: Un registro de quimeras, un manual de autoayuda... Una obra en construcción que —para quienes deseen vivir en ella— no podrá esperarse a que se termine para mudarnos. Plataforma permanente, colección de libros independientes (auto-suficientes), pero hermanados en su origen y su destino: libros hacia el Libro que nunca se publicará.

 

Lo del “hecho concreto individual” sobresee cualquier posible discordia entre lo especulativo o lo teórico, por un lado, y lo experiencial o empírico, por el otro, pues la lectura o la revelación son experiencias concretas, materiales. Cabrían entradas en las que, por ejemplo, se quiera reducir al mínimo indispensable lo que un autor (o texto) determinado nos haya dejado en herencia.

 

De acuerdo con la necesidad o conveniencia de que fines (reducir al mínimo indispensable) y medios (reducir al mínimo indispensable) se correspondan.

 

Incluso poemas, oraciones, nuevos evangelios apócrifos, nuevos manifiestos mínimos.

Omar: Válidas todas tus indicaciones, incluso hermosas. Play ball. (Rolando Prats)

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Reducir al mínimo indispensable[1]

Reducir al mínimo indispensable la propiedad individual o “privada”.

Interferencia e intervención

Volumen. El volumen en la música.

Ruido, sonido.

Política

Neo-tecnologías

Hipocresía

Representación. Diferencias entre representación suntuaria y representación creativa (teatral, danzaria, pictórica...).

Uso d drogas

Especialización

Sacrificio d animales. Modificar el menú d los dioses...

 

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Es natural q ante una evaluación radical d las costumbres y estructuras mentales se produzca una reacción defensiva. Sin embargo, no se trata aquí d eliminar o combatir, sino d observar sin prejuicios ni crispaciones innecesarias ciertos hábitos d vida q no son ni siquiera personales, antes bien adquisiciones, en su mayor parte inconscientes, q circulan como datos d facto por los canales sociales, políticos y culturales a manera d “comandos d identidad”. Esa identidad supuestamente humana no es otra cosa q una construcción interesada y circunstancial, un compuesto d accidentes históricos y egoísmos colectivos q mantiene a la especie en un limbo evolutivo. El llamado a reducir al mínimo indispensable ciertas acciones es una invitación a investigar los límites y las potencialidades d cada cual, no a generar nuevas prohibiciones.

Solo un individuo, en la propia intimidad d su ser, allí donde ninguna representación es necesaria, puede definir d cuáles máscaras y roles puede y desea prescindir; cualquier otra intervención, por bienintencionada q  sea, no haría más q interrumpir o falsear el proceso. Al mismo tiempo, tal proceso hallaría su definición mejor solo en el seno d una comunidad d individuos sumidos en una investigación similar, una comunidad no conminatoria q no dé por sentada verdad alguna ni practique la conversión d la opinión o el sentido común en ley universal. Ambos elementos son indispensables, el individuo en la extrema soledad del preguntarse para qué sirve esto o aquello, y la comunidad afín como piedra d toque para una transformación no representativa, dado q solo un individuo q quiera honestamente servir a dicha comunidad se plantearía una investigación semejante. En resumen, “reducir al mínimo indispensable” lo q sea, según el caso, no implica la creación d una instancia enjuiciadora más allá del ser, sino una comunión d investigaciones. (Omar Pérez)

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Agua. Pocos temas hay tan atrayentes como éste para el diluvio d cifras y estadísticas. Cuántas personas mueren anualmente debido a la escasez d agua? Cuántos litros d agua necesita (o usa) diariamente un individuo? Existe una ecuación capaz d conectar esas dos cifras en perenne mutación? En fin, cuánto nos falta para arribar al país d Meñique, y cepillarnos los dientes con Coca Cola, ducharnos con Fanta y descargar el inodoro con Red Bull? Pues, si algo queda claro es q un mundo coaccionado por el provecho podrá hacer que desaparezca el agua, pero no los productos suntuarios elaborados con ella. Llegará el agua a ser tan cara como el champán, tan rara como la transparencia q ella evoca: “seré tan claro como el agua”... Hace ya tiempo q desconecté la tubería d desagüé del lavamanos y coloqué debajo del tragante un cubo plástico, retiré el tanque del inodoro (pues todos emplean más agua d la necesaria y suelen tener fugas, más o menos insidiosas) y dispuse junto al fregadero otro cubo para recoger los restos d las operaciones del fregado, lavado d alimentos, etc.

Sé q estas operaciones parecerán horrendas a la mayoría d las personas civilizadas (es decir, aquellas q no sufren aún, directamente, la escasez d H2O), pues niegan dos de los elementos básicos d toda civilización moderna: la comodidad y el despilfarro. Mas lo he hecho como “experimento existencial”, no como performance con pretensiones teóricas. Funciona.

No he sido llevado a ello por una situación desesperante (tal como la q padecen millones d seres humanos, por no hablar d otros seres vivientes), tampoco por una cuestión d costo monetario. Tal vez el costo mayor, el más oneroso, es ver cómo desaparece d nuestra conciencia el simple amor por los elementos, a cambio d un cómodo parasitismo ciudadano, eso sí, siempre alerta a los derechos y deberes prefijados por la máquina. Que no puede funcionar sin agua.

 

 

Agricultura. Masanobe Fukuoka y la intervención mínima. “Creced y multiplicaos”; así como hay resortes para aumentar –la intervención, el volumen, el control–, también puede haberlos para disminuir. Masanobe Fukuoka, campesino japonés convertido en especialista en la universidad urbana, quiso volver a la tierra para poner en práctica su visión radical d las artes agrícolas. Como si hubiera visto la luz por la fisura entre ciencia y naturaleza, a fin d cuentas estaba habituado al uso del microscopio, Masanobe llega a la conclusión, estilo Shakyamuni, d q no sabemos nada y, por lo tanto, no conocemos el conocimiento. Ese es el resorte q le permite imaginar una agricultura basada en el mínimo d intervención humana.

Tras varios años d experimentos fallidos y quasi catastróficos en los naranjales y otros cultivos paternos, logró echar las simientes d una agricultura permisible q no maltrata ni mercantiliza la tierra q la sostiene. Los detalles técnicos los encontramos en el libro The One-Straw Revolution, en el q se narra, literalmente, un viaje a la semilla. Baste señalar q en esa aventura no participan químicos industriales en forma d herbicidas, pesticidas o abonos, pues esos factores “d control” se encuentran presentes ya en la propia tierra, su entorno y habitantes, ni tampoco se admite “labrar” la tierra, perforarla ni rasgar su manto, o mantillo vegetal.

Fukuoka distingue tres tipos d agricultura, tres modos d tratar (d maltratar o no) la tierra: el industrial, el tradicional (cuyo emblema local serían los plantíos d arroz) y el suyo propio, una ocupación mansa d la tierra sin mayores pretensiones q la mera convivencia y la producción q d ella emana. Agricultura, permisible o permisiva, el modo Fukuoka conviene a quien precise d la tierra sin pretender por ello fetichizarla en propiedad o convertirse él mismo en máquina roturadora, segadora y cosechadora.

 

 

Arrogancia. Ningún ser vivo justifica su existencia en tanto q materia prima para la existencia d otro ser vivo, sea el q fuere. Si bien nociones como “la cima d la cadena alimentaria”, “la supervivencia del más apto”, etc., nos han acostumbrado —con la bendición implícita en la frase “a Su imagen y semejanza”— a practicar la Ley del más fuerte a escala empresarial, promoviendo una industria d la muerte y el consumo q —cómo podría ser d otra manera?— no exime, en su avidez, ni a los propios humanos, la realidad biológica d la cual no somos más q una ínfima parte es, afortunadamente, mucho más compleja. No existe, ni puede existir —ni siquiera en los ámbitos enrarecidos d la ciencia ficción— un espacio vital cien por ciento humano, dado q el propio cuerpo humano es el espacio vital d miríadas d otras criaturas cuya inteligencia está hoy fuera d toda duda digna d llamarse científica. La catastrófica situación q la comunidad humana enfrenta en este mismo instante en su guerra imposible contra las bacterias es un claro ejemplo d cuán poco inteligente ha resultado negar la conciencia de las formas más minúsculas d vida. Por no hablar d aquellas otras formas diminutas pero no invisibles q, como las hormigas, por su organización y eficiencia elementales, parecen reírse silenciosamente d la caótica, destructiva masa humana.

Entonces, mirando abajo, arriba, adentro, a todos lados, hay q dar gracias a las innumerables y variadas formas d vida q nos rodean y q, aunque nos sirvan, no fueron creadas para ello. Y, en cuanto a aquellos q fueron creados por la inteligencia humana, a través d la domesticación y el cruzamiento genético, habría q preguntarse no qué seria d ellos sin nosotros, sino qué sería d nosotros sin ellos.

Comida. El plato d comida es uno d los frutos más acabados del triunvirato trabajo-dinero-consumo; d la cornucopia a la canasta básica, el módulo cultural llamado “comida” está vinculado, d manera casi umbilical, con el volumen; aparece así una idiosincrasia del volumen. Grandes volúmenes d comida, o por comer, representan éxito, victoria sobre la miseria y, en esa misma línea d celebración gloriosa, aparece el despilfarro y, luego, la miseria q había sido derrotada. El cuerno d la abundancia es también una caja d Pandora.

Esa identificación, técnicamente hablando, religiosa, entre gloria y volumen, q da a la comida su arquitectura: torres d hamburguesas, castillos d merengue y, desde luego, la casita d chocolate, puede ceder ante una catástrofe, natural o provocada; tras un tsunami, durante una guerra, la combustión entre volumen y felicidad se apacigua en la misma medida en q el valor d todas las cosas se pone en entredicho. Dado q felicidad, bienestar, simplemente estar, no son mensurables, no están circunscritas al área del volumen aunque participen del volumen. Hablaremos d esto cuando afrontemos el tema del volumen, especialmente en el sonido y, d manera específica, en música.

Lo cierto es q, tras una crisis, un desastre q subvierta el orden d los valores, la ecuación bienestar-volumen se recupera gradualmente, puede decirse incluso q más rápidamente q los volúmenes físicos propiamente dichos. A fin d cuentas, así como se come “por los ojos”, se puede generar una realidad mirando a través del embudo del volumen. Por cualquiera d los dos orificios. Mas difícil es, sin embargo, q ese mecanismo ilusorio se desconecte por sí solo; hay q desconectarlo o esperar por alguna intervención dramática estilo Deus ex machina.

Cuando alguien desconecta la relación bienestar-volumen, el entorno se ve apaciblemente modificado. Es posible comer menos sin experimentar un descenso en los indicadores d bienestar, es posible incluso ser feliz en ayunas. Sin pretender ir demasiado lejos, recordemos q la literatura mística abunda en casos d éxtasis con el estómago vacío. Esto no solo confirma q bienestar y volumen no pertenecen al mismo orden d cosas, sino también q al disminuir el volumen d un elemento cualquiera, digamos el ruido en la cocina d un restaurante, otro elemento puede hacerse audible. Así como cerramos un ojo para ver mejor con el otro, como en lo oscuro se ve mejor la luna, al acallar una fuente d información sensorial, otra fuente aparece.

 

Despilfarro d productos alimentarios. Cerca d 1,3 billones d toneladas d productos alimentarios son desechados en todo el planeta, es decir, un tercio d la producción alimentaria. Con lo q se bota bastaría para nutrir a los 795 millones d individuos q sufren d sub-alimentación crónica.

Todos son responsables del despilfarro a lo largo d la cadena d distribución, a partir d la etapa d la producción agrícola hasta el consumo (supermercados, puntos d venta, centros d alimentación colectiva como hospitales, escuelas, universidades, comedores, etc., así como en establecimientos privados y hogares).

Las pérdidas d productos alimentarios se evalúan en: un 32 % en la fase d producción; un 21 % en la fase d transformación; un 14 % en la fase d distribución; un 33 % en la fase d consumo.

Las causas del despilfarro son múltiples. Sociológicas: ritmo d vida, estructura y organización familiar, gestión deficiente. Culturales: criterios estéticos (calibre, color, conservación, fecha d caducidad, etc.). Modo d alimentación. Campañas publicitarias y promocionales: incitación a sobreevaluar las necesidades. Cantidades problemáticas durante el consumo. Reservas demasiado voluminosas. Almacenamiento deficiente, retardo en la distribución, mala organización del transporte, mala organización d la conservación (ruptura en la cadena d refrigeración). Económicas: sobreevaluación voluntaria d la producción, la cual genera la especulación sobre los productos alimentarios.

Los resultados también lo son. Aumento d espacios agrícolas monopolizados. Aumento del empleo d pesticidas.

Despilfarro d agua d regadíos. Aumento d la producción d envases (madera, plástico, tejidos). Aumento d uso d energía en cultivos y cría d animales. Aumento d energía en la refrigeración. Aumento d energía en transporte y distribución. Impacto en la salud: dos tercios d los desechos alimentarios deben ser incinerados o  enterrados, dando como resultado la contaminación del aire, los suelos y el agua, con el consiguiente impacto climático reflejado en los gases d efecto invernadero. Despilfarro d dinero cuyo costo va a parar al consumidor (alza d precios d venta y coste por el tratamiento d los desechos q equivale a 750 billones d dólares anuales en todo el planeta). (Ana Luna, Ministerio de la transición ecológica y solidaria, ADEME y “cero desperdicio”, Marsella, diciembre d 2019.)

Dinero. No vamos a contar aquí la historia del dinero, enumerar sus funciones ni contabilizar las tragedias asociadas a su influjo. Baste decir q, en el transcurso d milenios d usos y abusos, el sirviente se convirtió en señor, el medio en fin, la herramienta en dios. Si en su origen el dinero es un mecanismo poético, una metáfora del valor, su propia capacidad simbólica le confiere, al mismo tiempo, una considerable fuerza para el sometimiento. No obstante, la “magia” q ha llevado al dinero a ocupar el centro d nuestros altares mentales, y no solo, puede desglosarse en actitudes o gestos comunes q tienen menos q ver con la economía q con la psicología.

En tanto q status symbol –“tanto tienes, tanto vales”–, el dinero es una verdadera muleta psíquica, útil para recorrer con soltura el paisaje social mientras se vela cualquier carencia interior. No menos formidable es su capacidad compensatoria: se gasta dinero, ya no para mostrar q se tiene, sino para llenar un vacío emocional o sentimental, para premiarse a sí mismo por un sacrificio d “energía” o “tiempo” hechos, precisamente, ante el altar del dinero, es decir, el trabajo mercenario. Es obvio, aunque vale la pena recordarlo, q la férrea cadena trabajo-dinero-consumo puede presentar un eslabón más “débil”, es decir, más asequible a la observación individual, y ese eslabón es el del consumo, no pocas veces fortalecido con necesidades artificiales, actividades compensatorias o representativas q contribuyen, inevitablemente, a fortalecer el resto d la cadena.

No se desprende acaso d lo anterior q, en realidad, lo q conviene reducir al mínimo indispensable es el consumo y no la circulación y acumulación d dinero? Así lo parece y, sin embargo, lo q aquí se presenta como núcleo incandescente d nuestra actividad socioeconómica, es decir el sempiterno ciclo consumo-trabajo-dinero (q en este caso el orden d los factores no va a alterar le medida d la esclavitud), es también uno d los “centros hipnóticos” q detiene a la especie humana en su travesía evolutiva. Cuando ha sido posible disminuir el volumen d trabajo, gracias a la tecnología, el aumento consiguiente, y forzado, del consumo ha sido tal q reducir el trabajo a su condición d necesario se ha visto obstaculizado por toda suerte d nuevos deseos transformados en necesidades perentorias. Magia? Es posible. En todo caso la rueda gira y, dado q “los últimos serán los primeros”, todos empujamos. Q tal si uno d los forzados dejara d remar?

 

Televisión: un ejercicio d desidentificación. El joven protagonista d la novela d Alan Sillitoe, La soledad del corredor de fondo, descubre q puede suprimirle el audio al televisor y además agregar él sus propios sonidos. Al intervenir en la heterogeneidad calculada del canal televisivo, q es en sí misma una forma d homogeneidad, el muchacho reduce el volumen de la identificación y propone una lectura improvisada del aparato y, si se quiere, del sistema al cual el aparato responde.

El tareco mágico colocado en el centro d la pieza familiar, como parte d un retablo o sustituto del hogar d leños, propone, es más, dispone un espacio d identificación e hipnosis parecido al ojo d Mordor en El señor de los anillos d Tolkien. Es posible encenderlo, como la atávica fogata, adorarlo y en silencio rezar “La televisión soy yo” o quitarle el audio y recitar, como Gil Scott-Heron, The revolution will not be televised.

 

 

 

 

"Ahí va una prosa sobre el porvenir de la poesía."

Arthur Rimbaud, Carta a Paul Demeny,

15 de mayo de 1871[2].

Auto-retrato, Arthur Rimbaud en Harare, 1883.

 

 

Zapatos. Tuiavii d Tiavea, d las Islas Samoa, viajó a inicios del siglo pasado por varios países europeos, como parte d un grupo d representantes d las gentes d la Polinesia. Sus impresiones fueron recogidas por Erich Scheurman, misionero, quien las diera a la imprenta en 1920. D la costumbre d usar zapatos, dice Tuiavii (quien, según Scheurman, era un gigante con voz d muchacha) q el europeo elabora con piel “una canoa para el pie izquierdo y una para el derecho. Estas barcas para los pies son atadas y anudadas con fuerza al tobillo con cuerdas y ganchos de modo que los pies estén en una sólida concha, como el cuerpo de un caracol marino”. Nota q el europeo lleva esos caparazones en los pies noche y día, dentro o fuera d la casa, haga frío o calor, por lo cual los pies “están como muertos y apestan”. D aquellos días a la fecha, mucho ha mejorado la situación del calzado, no así la d los pies. Como vivir con guantes perennes en las manos es la institución d los zapatos; con su carga moral, histórica y simbólica del status quo, es un milagro sicológico q nos permitan aún alzar los pies.

Añadamos los lentes en los ojos, los audífonos en las orejas, el celular en las manos y, ahora, el nasobuco en lo q quedaba d rostro y veremos al hombre, cosmonauta en su propia tierra. Recuerdan a Neil Armstrong andando como una marioneta sobre la luna? Se dijo entonces que era “un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”. Pasos d marioneta.

La frase “tiene un zapato en la cabeza”, además d ser sinónimo d estupidez, qué más puede señalar? Tal vez, la creencia en q los pies fueron creados para los zapatos, y no viceversa. Hay, por suerte, un sinnúmero d refrescantes excepciones a la susodicha fe: Isadora Duncan rechazando las coercitivas zapatillas d danza para exclamar “Yo puedo bailar esa silla”; La Lupe, soltando los zapatos en cualquier dirección para poder cantar, descalza, “lo tuyo es puro teatro”; Abebe Bikila desdeñando a Adidas para correr descalzo la maratón olímpica d Roma. Y, en el plano d la política q llaman “alta”, cuya única altura se debe quizás a la medida d los tacones, no hay q olvidar a Nikita Jruschev quitándose el zapato en la ONU, ni a aquel periodista que disparara sus zapatos en dirección de George Bush. Con otros ojos podemos ver a Chaplin comerse sus zapatos en La Quimera del Oro.

Recuerdo q, en Milano, me llamó la atención q aquellas personas con las q t cruzabas en la calle, no t miraran a los ojos, sino q t examinaran, al paso, los zapatos, como evaluando tu condición humana. Milano, q no solo es capital industrial, sino también metropolis of fashion, ofrecía a la vista una pasarela d veloces uniformados “a la moda”, obligándome a recordar al Martí q definiera el mundo d hoy como “vasta morada de disfrazados”. Sería incorrecto afirmar q ese disfraz comienza por los zapatos? Lleva uniforme el abogado, el médico y el deportista; lleva uniforme el rapero, el hipster y la pole dancer (pues un cuerpo desnudo es más sexy con tacones); lleva su uniforme el monje (quien nunca debió llevarlo), la aeromoza y el obrero, “y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son”... a partir d sus zapatos.

Miro una foto d Rimbaud bajo el sol d Abisinia; no muestra la cabellera parisina, ni pipa ni sombrero, ya no lleva el uniforme d poeta vanguardista: en otra anda descalzo.

Notas

[1] Salvo que se indique lo contrario, y por ahora, las entradas sin atribución son de Omar Pérez.

[2] Tomado de Arthur Rimbaud, Iluminaciones (Illuminations) seguidas de Cartas del vidente (ed. Ramón Buenaventura), Madrid, Hiperión (Poesía), 1985.