Políticas* Humberto T. Fernández

La violencia debe cesar… El terrorismo debe ser desterrado de la faz de la tierra… El hambre debe ser erradicada… La pobreza también… Todas las dictaduras son malas… La libertad es el valor supremo del individuo… Los gobiernos no pueden interferir en la vida privada de los ciudadanos… Verdades presuntamente simples que alguien, un amigo de quien disiento, me dijo por teléfono hace algún tiempo...

 

Verdades que no hacen simple la práctica de la política. Que equivaldrían al reclamo religioso de que hay que ser buenos y con ello estar bien con uno mismo, con los demás y con Dios, además de "arreglar al mundo".

 

Los griegos y la polis, la polis y los asuntos de la ciudad comentados, debatidos y decididos en el ágora por la población masculina, libre y propietaria … Atenas: la gobernabilidad de los asuntos públicos por la ciudadanía… Una mirada breve a aquellos tiempos nos devuelve la ciudad y los dioses, la ciudad y las guerras, la ciudad y la economía. ¿Era simple el mundo de aquellos griegos? Podría argumentarse que sí, que no enfrentaba las complejidades tecnológicas y macroestructurales del mundo (post)moderno, pero las sutilezas de las decisiones políticas entreveradas por la intervención de los dioses, la dureza de una vida más vulnerable a los imprevistos de la naturaleza que auto-protegida por sus propios avances técnicos, hacían de la vida de la polis una vida a la vez compleja y precaria, matizada por las pasiones que aún hoy nos acompañan.

En las ciudades-estado griegas, la tríada mercado, individuo libre y administración de la justicia es un tópico inevitable y un espacio real—de ellas hemos heredado esas formas corregidas por los tiempos y las tecnologías. La vida económica de los griegos estaba fundamentalmente orientada al mar, al comercio marítimo, al enlace de distintas comunidades en el trasiego de bienes e ideas. Esta amplitud de espacio y este intercambio que nace de la necesidad dejan su impronta en el carácter de las discusiones en el ágora que es, a la vez, el escenario para la comisión de crímenes de lesa humanidad o propiedad. ¿Puede llamársele a eso simpleza? ¿Acaso lo rudimentario del mecanismo de procesamiento de las relaciones mercantiles y políticas clasifica como ejercicio simple de ciudadanía?

En el mundo clásico griego la justicia es suelo común de la vida de la polis: la justicia como diké y la justicia como themis, la codificación y la autoridad de la justicia, lo estatutario y la capacidad para hacer descender la letra de la ley a la carne que la padece. De aquí, la pregunta sobre en quién recae la responsabilidad de redactar el código, qué intereses representan esos que lo redactan, cuál es el espíritu de la ley. En las ciudades-estado, entre los nobles y los comunes existía un sentido de igualdad ante la ley escrita e impartida. En las ciudades-y-estados (post)modernos el estatus económico y las conexiones políticas determinan cuán iguales somos ante la ley.

De la ciudad-estado a la ciudad de Dios; de la multitud de dioses al Dios único; de la mitología a la historia; de la fabricación a la intelección. Transiciones que marcan el nacimiento de la "cultura occidental": el impacto de el camino en el ágora griega, el trasiego de la torah y los nuevos relatos sobre los hechos y los dichos del Mesías en el corpus filosófico griego, lo escogido y lo pagano se encuentran y se funden para no volverse a separar, ni siquiera a fuerza de modernas o postmodernas consideraciones. En el hecho fundamental de la "política occidental" está tanto el sentido de la ley como el de la guerra, el de la justicia como el de la prevaricación, de ahí que el acto político carezca de la simpleza de los enunciados y se inscriba en el duro quehacer de la unidad y lucha de contrarios que parece reducir lo metafísico a lo histórico, lo que no es una reducción simplista de la filosofía y la política, pues en realidad esa unidad y lucha también se manifiesta en la vida del espíritu, entre el bien y el mal.

El sentido de la historia en Hegel: la historia mundial es el proceso por el cual el espíritu llega a una conciencia real de sí mismo como libertad. Así pues, la historia mundial es el progreso de la conciencia de la libertad. Así en Hegel como en Marx, la historia como progreso y proceso, con las complejidades propias de ambos conceptos, su sentido lineal y sucesivo, por un lado, y, del otro, el avance en retroceso, hacen de esos conceptos instrumentos de (dudosa) utilidad. Y la idea de la libertad. La libertad en Hegel es conciencia, y en Marx, emancipación. La libertad como valor y práctica histórica, confinada a los límites de la historia, realizada en la historia, se hace una necesidad, adquiere un carácter necesario, deja a un lado su carácter periférico y apologético y se convierte en el “santo y seña” de la modernidad política, o de la política en la modernidad. Pero se ha rebajado de la libertad de ser-alguien a la libertad de hacer-algo —hablar, escribir, asociarse, pensar, opinar, moverse—, y hemos comprado ese producto retórico, de manera que la libertad es algo más, que está ahí, que tiene valor de uso y puede que algún valor añadido (sobre todo desde los púlpitos o las tribunas).

Con Hegel la filosofía entra en la historia para salir de ésta de la mano de Marx convertida en política. Heidegger entendía que referirse a los griegos era referirse a los comienzos de la filosofía y referirse a Hegel era referirse a los finales de la misma, y habla en su conferencia “Hegel y los griegos”, de julio 26 de 1958, de estos tiempos en los que el colapso de la filosofía es fragrante porque ésta ha migrado a la lógica, la psicología y la sociología. ¿Cómo podremos devolver la filosofía a la historia, sacarla de la política y ponerla de vuelta en la historia, y más allá de esta también? ¿Se podrá? El encuentro definitivo de la política y la filosofía, así como de la política y la historia. Los griegos hicieron de los asuntos de la polis política; los modernos hicieron de la política modus vivendi. Encontrar el medio en que la existencia discierna sus propias y antiguas esencias, rescatar el acto político del secuestro de las prácticas económicas cuya finalidad es el enriquecimiento (ilícito) de las élites, devolver la economía a la creación de bienes para el sustento de todos: eso es política, y nada simple.

En Hegel hay un desarrollo ideal de la historia en la que un ‘espíritu universal’ encarna y se desenvuelve hasta que llega a la plenitud de un estado inalterable regido por la razón. En Marx hay un desarrollo material de la historia en la que el ser humano se emancipa de todas las alienaciones y llega a la plenitud de una sociedad sin Estado, de plena igualdad y reconocimiento social.

La idea de una sociedad sin clases y sin Estado; pues, en definitiva, el Estado es representación de las clases, no del pueblo. [La sociedad ateniense era clasista aun cuando estuviera abierta a la participación de la ciudadanía (masculina)—sólo lo aristócratas y comerciantes urbanos podían ser elegidos a los cargos políticos.] Con la idea de Hegel de un "estado racional y liberal", Marx hizo lo mismo que con la dialéctica, que andaba cabeza abajo, y propuso la abolición del Estado en virtud de la superación de la lucha de clases. El pensamiento (falsamente) postmoderno parte de la(s) idea(s) de la superación de Marx por la propia historia: el fracaso de la experiencia de la construcción del socialismo en Europa oriental y la Unión Soviética es, según esa visión, la prueba de la equivocación marxista, del error del comunismo. La evidencia en los procesos históricos no tiene la misma validez que en la filosofía. La contradicción fundamental planteada por Marx en el siglo diecinueve, a saber, entre trabajo y capital, entre la apropiación indebida de la plusvalía por parte de los que no producen y el desposeimiento de los productores, no ha sido superada—pues no ha sido superada la lucha de clases. La lucha de clases se superará en una sociedad de iguales en los derechos fundamentales a una vida digna con servicios sociales adecuados de salud y educación, expresión de una cultura liberada y liberadora. Un ser emancipado en una sociedad auténticamente libre.

El estado postliberal e (ir)racional de hoy como colofón del desarrollo del espíritu universal hegeliano: formas pre-modernas de confrontación, guerras religiosas, tecnología moderna, uso de los medios y de las redes sociales, diseño de tecnologías militares con una capacidad letal inmensa, concentración globalizada de la riqueza globalmente producida.

El terror en la historia (moderna) como arma política: el terrorismo anarquista de finales del diecinueve, principios del veinte en Europa y los Estados Unidos; el terror de las Brigadas Rojas y Nuclei Armati Revoluzionari en Italia, la Fracción del Ejército Rojo (RAF: Rote Armee Fraktion) en Alemania, el Ejército Republicano Irlandés (IRA), Action directe en Francia, las CCC (Cellules Communistes Combattantes) en Bélgica, ETA en España, el Black Army Liberation en los Estados Unidos, terrorismo plural: muerte selectiva, anónima en ocasiones, en otras por su nombre. El terrorismo de hoy, de la jihad contra el poder de los infieles, contra el poder de las antiguas potencias coloniales que siguen viviendo de los recursos de los otros tanto como lo hicieron ayer. Todo el terror (moderno) se ejerce en el contexto de la lucha contra los poderosos, desde ideologías o sistemas de pensamiento que se oponen al dominio de los poderosos—la lógica de desbancar el poder usando su arma predilectas, la violencia.

La violencia. La violencia ha estado siempre con nosotros, siempre nos ha acompañado: somos violentos por naturaleza, violentos contra la naturaleza, en batalla contra ella para arrancarle sus recursos y vivir de ellos, por ellos... Violencia contra todo lo animado e inanimado, en las palabras, en el cuerpo, en las cosas, en el otro, en lo otro, en uno mismo. En la apropiación del "excedente de producción" se ejerce la violencia social, económica y política—el trabajo se enajena para solaz de los que se adueñan de lo producido, quienes, a su vez, se adueñan de los cuerpos y de la voluntad de los otros. La tierra de todos es ahora la tierra de unos pocos para quienes la mayoría la hace producir. Violencia en el reparto de lo que antes unía en comunidad—los recursos que servían para alimentar, alojar y vestir a la humanidad que se desgrana, ahora, en "individuos-en-competencia". La violencia que se ejerce contra ese "orden de cosas" —que ha mutado históricamente, adoptando formaciones con especificidades y características distintas pero cuyo móvil sigue inmóvil: perpetuar la división, el privilegio, el cohecho, la violación, la tortura, la desgracia— es (re)presentada como in-humana. Una vez alcanzado el fin de la historia, nos dicen, la violencia es inconsecuente por inmoral (en tanto apela a elementos extrínsecos a la naturaleza humana) y contraproducente (en tanto contrapone los conceptos de libertad y justicia). Una especie de ahistoricismo recorre el mundo y cubre la tierra un vaho en el que se han diluido medias verdades y completas mentiras, y la humanidad (que alguna vez se pensó que había dicho ¡basta!) asiste, en masa, a los rituales de su propio funeral en medio del gentío, los gritos de los mercaderes, los apetitos desbordados por el entertainment y la industria de la hospitalidad.

No es tan simple la política como piensan los que desean que la realidad sea normalidad, o se creen ya en ella, o más que normalidad, aceptación bovina: "esto es lo que hay". El mundo vive hoy un período de contrarreforma o de restauración—las conquistas que se les han podido arrebatar, con mucha violencia, más padecida que ejercida, a los propietarios de la plusvalía están siendo conculcadas: en nombre de la libertad (de unos pocos) se restringen los derechos de las grandes mayorías, en nombre de la igualdad (de los iguales) se rechaza a los otros (los que no son iguales), en nombre de la fraternidad (entre los identitarios) se aniquila a los diferentes. La "prensa libre" llamó populistas a los gobiernos latinoamericanos que en la primera década del presente siglo encarnaron una voluntad de independencia política y desarrollo económico alternativo en América Latina, y los “gobiernos del mundo libre” trazaron una estrategia de desestabilización, a cualquier precio, que sacude hoy hasta a Nicaragua[1]. Se ha desestabilizado a Brasil, Ecuador, Honduras, Argentina y Venezuela, recurriendo a diferentes maniobras con el mismo fin. Hasta ahora sólo Bolivia ha podido ir sorteando todas esas "iniciativas democráticas", todas esas “(contra)revoluciones”. Entretanto, el gobierno de los Estados Unidos de América, artífice de la desestabilización en América Latina, adalid de los "valores democráticos", se gasta un gobierno que niega, punto por punto, la misma receta que quiere administrarles al resto de los países de la región y del mundo.

No es tan simple esto de la política como los normales (los que quieren serlo o se lo creen ya) pretenden hacer ver. La política del continuismo garantiza la ausencia de cambio, la persistencia de las estructuras injustas, inciviles y antidemocráticas del orden actual.

 

[1] Un país cuyo Índice de Desarrollo Humano pasó de  0.570 en 2000 a 0.645 en 2015. Este índice computa datos de ingresos y de acceso a la educación y la salud en un determinado país. Este cambio porcentual refleja algo más que modestos cambios.

*De la serie Políticas, que Humberto T. Fernández publica en su blog comentarios de k, the fearful jesuit (http://comentariosdek.blogspot.com).