Penúltimas impudicias Humberto T. Fernández

 

Desde el mismísimo título hasta la última oración, el artículo de Jon Lee Anderson divulga el mensaje que ellos han decidido se debe transmitir, ora usando la chabacanería más ramplona (de Miami y Nueva Jersey, digamos), ora el educado y académico discurso de periódicos, revistas y otros medios: murió, ya nada será igual. Lo que se puede traducir como sigue: el orden y la normalidad, el mercado y la libertad han ganado, no hay alternativas, demoró un poco, pero, al fin, éste sí es el verdadero final de la historia, dice Fukuyama disfrazado de Anderson. [Andrés Oppenheimer puede descansar, su larga hora final ha acabado, su vaticinio se ha cumplido.]

 

A lo largo de todo el artículo, Anderson se dedica a rebajar a la categoría humana a un semidiós (como él mismo describe a Fidel): entonces nos cuenta de las bolas de helado que se comió una vez, de sus meteduras de pata con el

Che en Bolivia y la Crisis de Octubre; de su manipulación de los eventos del Mariel en 1980 que comienzan, según Anderson, con la entrada a la fuerza de un grupo de “disidentes” en la embajada del Perú en abril de 1980 y

terminan con la producción de “Scarface” en 1983; nos dice Anderson cómo los profesionales cubanos abandonaron Cuba a partir de los noventa para convertirse en botones, prostitutas y vendedores ambulantes en distintas ciudades

del mundo; el objetivo Anderson nos cuenta también de las facultades de “Castro” (entre comillas, porque jamás podré pronunciar así, a secas, el apellido de Fidel, sin sentirme, por ese mero gesto que no tiene nada de neutral, ajeno a mí mismo) para engañar, a Matthews, de TNYT, y al mundo, porque hizo de las enseñanzas de Maquiavelo una “marca registrada”. Lo único que le concede, de pasada, claro, es que lo llama “valiente”. ¡Dios mío! ¡Y este señor está escribiendo una biografía de Fidel Castro, y escribe para The New Yorker y este artículo es para la BBC!

 

Los confunde la verdad. No pueden, bajo ningún concepto, admitir la verdad, la rectitud, la consagración a un ideal,

con el que se puede o no coincidir. Lo de ellos es seguir pasando su inmunda codicia disfrazada de derechos humanos

y libertades fundamentales.

 

Anderson, quien es lo que suele llamarse un escritor serio si lo comparamos con otros del patio, entiende la realidad a partir de códigos y lecturas recetadas, no hay una mirada crítica, un pensamiento independiente: simplemente no hay alternativas, a lo sumo podemos arrancarle algunas mejorías a esto, pero remedios radicales, nueva sociedad, cambio

de estructuras socioeconómicas y del régimen de propiedad, no, nada de eso, eso es una quimera, un imposible metafísico, un cuento de camino de esos que, dice Anderson, Fidel dominaba tan bien. Pues, bien, el cuento de camino castrista los aterra a todos y de todas partes disparan para acabar con el fantasma… Si en Cuba hubieran hecho un funeral con todo el fasto pasible, lo habrían criticado. Un funeral sencillo pero simbólico los ha insultado… Como murió diez años después de que lo dieran por muerto, su muerte no le supo a gloria (amarillista)… No hubo dramatismo… Hasta después de muerto los sorprende, no porque fuera un semidiós, Anderson, sino porque fue consecuente… La consecuencia en los principios es algo que no es común por acá. [Ahora resulta que el presidente electo no cumplirá ni

un tercio de lo que prometió. Pero eso sabía. Y la grande, seria y libre prensa no dijo nada. Se calló y participó en el embuste. Claro, con esas premisas qué caramba van a entender un proceso político y un liderazgo serios.]

 

Los cubanos saben distinguir a un mentiroso de un cojo tan rápido como otros un auto modelo tal de otro modelo más cual.