Azúcar crudo, mentiras refinadas* Omar Pérez

 

La historia que día a día experimentamos, la verdadera, nunca es aburrida. Más bien, “quienes somos definitivamente aburridos somos los historiadores”,  dijo José Luciano Franco en famosa respuesta a un periodista, citada por Manuel Moreno Fraginals en su no menos renombrado ensayo “La historia como arma” de 1966.
 

Si el objetivo de Fraginals como historiador hubiera estado limitado a no aburrir, seguramente lo alcanzó, si es que esta antología ha de servir de botón de muestra: a pesar de su abrumador caudal informativo y numerosos tecnicismos, el libro es casi subyugante en su capacidad para mezclar hechos y cifras con una visión provocativa de los hechos y las cifras.
 

Vista como tentativa hacia la tesis, esta heterogénea colección de ensayos parece apuntar a una definición del Caribe partiendo de su pasado en tanto que experimento capitalista en economía de plantación. ¿Dije pasado?
 

El propio Fraginals se muestra decidido a la conformación de una historia del presente, inevitablemente edificada sobre datos de etapas primigenias, en ese proceso que algunos historiadores han definido, en sagaz y espantosa ironía, como “el desarrollo del subdesarrollo”.  Podemos sentir en la lectura esa tensión entre la consideración histórica de Cuba como “colonia atípica” y una mirada antropológica que va más allá del siglo XIX.
 

También su visión de la cultura se muestra flexible y desasida de los tradicionales encasillamientos: para él, en el siglo XVII, libros de marinería como el Arte de navegar de Lázaro de Flores fueron, para la cultura, más sustanciales que  “todos los sonetos que por entonces se componían  en Cuba o en México”. Y se inclina por una valoración del arte, la literatura y la poesía que logre independizarse de los cotos profesionales para re-interpretar esas manifestaciones en términos de vida real y  no (solo) a partir de construcciones puramente intelectuales, léase meta-textos o, hablando en vulgata, meta-trancas.  
Los ensayos de Fraginals ansían investigar las huellas de los códigos de dominación y sus sumisas contrapartes, así como aquellas interacciones que con frecuencia llevan a la aculturación del dominado. Las diferencias de clase, desigualdades económicas, no menos que disparidades en patrones éticos o estéticos, suelen ser disfrazadas por quienes dominan como “naturales”. Estos mismos dominadores que, Fraginals apunta, justamente en la cima de su poder histórico se vuelven violentamente conservadores.

 

El historiador cubano, ampliamente celebrado por su clásico El ingenio,  analiza con agudeza las contradicciones de la explotación extensiva del trabajo que dramáticamente describe, en un ensayo de 1970, cómo  “las grandes concentraciones esclavistas (surgidas por un imperativo del mercado) tuvieron un rendimiento per caput decreciente directamente proporcional al aumento de la dotación”, aclarando que estas grandes concentraciones de trabajadores que operaban en horarios desmedidos de labor son  “un fenómeno típico de los momentos de grandes transformaciones”, en los que la aplicación inconsistente de avances tecnológicos en una tensa atmosfera socioeconómica pone de relieve “la ineficiencia productiva general”. 
 

¿Es acaso mera coincidencia que mientras el historiador discurría acerca de los desmanes del capitalismo decimonónico criollo, la sociedad cubana en su conjunto fuera llevada por su liderazgo al caos y la desarticulación económica en el intento de producir 10 millones de toneladas de azúcar? El hecho de que una barrabasada tal fuera estimulada ni más ni menos que por “imperativos del mercado” y que provocara una dependencia aun mayor, en todos los sectores de la vida nacional, del sistema imperialista soviético, hace pensar que, fuera Fraginals consciente o no de ello, hay una recurrencia de motivos, de resultados. ¿Causa y efecto? Pocas veces la historia es tan emocionante como cuando, de manera involuntaria o no, echa luz sobre los eventos de nuestro propio tiempo.
 

Mientras atravesamos este amargo cuento del azúcar, no podemos evitar sentir que nuestro pasado no es tan remoto ni nuestro futuro tan insondable; hay un claro patrón en este esfuerzo de centurias por crear soluciones perentorias que, al decir de Fraginals, no llegan a ser una solución “para emerger de la crisis, sino un  recurso para poder subsistir dentro de ella”.  
 

Un patrón que, según la información tan prolijamente recogida en este libro, pudiéramos resumir así:

a.    Un sistema agrícola de rapiña.
b.    Relaciones económicas, políticas y sociales dominadas por metrópolis (domésticas o extranjeras) en prácticas de sumisión-alianza.
c.    Aniquilación del llamado “mundo original”, como práctica de eterno retorno. Una y otra vez en el proceso mimético que garantiza el Mercado y su instrumento, la política, el “mundo original” del presente es “mejorado” de manera brutal.
d.    “Colonización mental”, factor sine qua non que cubre, sino genera los anteriores.

 

La civilización, entendida no cual progreso ni mejoramiento de las condiciones de la vida humana, sino simplemente como la imposición de la ciudad (civitas) en tanto que centro de nuestro universo mental, ha traído al paisaje específico del Caribe un espíritu de fragmentación y  encerramiento que ha convertido el mediterráneo americano en una variación del mare clausum de la teoría jurídica española del XVI; el mundo original descrito por viajeros, no precisamente inocentes, como paraíso de la natura se transforma en cadena turística y semi-industrial de ciudades amuralladas.  
 

Es útil retomar las distinciones que historiadores de pasados siglos aplicaron a la isla de Cuba como “continental” e “insular” (R. Inglis) o, crudamente, “Cuba A” y “Cuba B” (Juan Pérez de la Riva). La Cuba Continental A Habana-Varadero (¿por qué no Miami?), círculo de ciudades corruptas, de economía de servicio más o menos capitalista, gira a través de épocas contradictorias en una, sin embargo, continuidad de máscaras tales como “antemural de las Antillas”, “faro de las Américas”, “llave del Nuevo Mundo”, “ejemplo para el Tercer Mundo” y  sirve de metrópolis a una Cuba B Insular y penosamente agrícola.
 

Un emigrante tipo va de la Cuba B a la A, para ir a Europa y volver a Miami y volverse turista en propia tierra; para muchos, hoy, llegar a Miami es más crucial que llegar a la universidad, por solo mentar un venerado tránsito; también podemos llegar a la Universidad de La Habana como un paso más para llegar a Miami.
 

Pensarnos todavía como azúcar prieta que debe ser refinada en las factorías continentales, pensar que la plantación ya fracasó, el esclavo se liberó y el azúcar sirve para mucho más que para cariar los dientes, es muestra de que el colonialismo mental está aún vivo y coleando en el mediterráneo americano.

*Tomado de Agua en canasta (inédito).