Agua en canasta (II) Omar Pérez López

Selección y edición: Rolando Prats

Patrias se alegra de publicar en sus páginas una selección de pasajes del libro de prosas inédito Agua en canasta, de Omar Pérez López (La Habana, 1964) poeta, ensayista, crítico literario y traductor. Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén (2010), otorgado por la Fundación homónima y la Editorial Letras Cubanas a su obra Crítica de la razón puta. Entre otros libros, Omar ha publicado los poemarios Algo de lo sagrado (1996), ¿Oíste hablar del gato de pelea? (1999), Canciones y letanías (2002), Lingua Franca (2009) y Filantrópica (2015), el libro de ensayos La perseverancia de un hombre oscuro (2000), que le valió el Premio Nacional de la Crítica, Y la muerte no tendrá dominio (traducción al español de poemas de Dylan Thomas) (2007) y Lo que es. Poetas de la lengua neerlandesa (2014).

 

 

Petróleo

Cada día que salgo de casa pienso en ti, al hallar las dos latas, una verde, una roja, echadas sobre el césped. Pienso en ti, petróleo, porque estoy segura de que de no ser por ti esas latas, una de refresco y otra de cerveza, no habrían llegado a hollar la yerba de nuestro parque.

No a la mano individual responsabilizo, porque sé que esa mano a ti te sirve; el ser humano, contrario a lo que cree, es instrumento de la tecnología. Llamamos instrumento, en este caso, a aquello que se pone ciegamente  a disposición de un fin específico. Esa pareja humana, inseparable como yin y yang, que bebe TuKola y Cristal y deja sus huellas sobre la tierra mojada de rocío, está sometida a tu antojo, baja y sube con tu precio, con tu energía avanza o se detiene, ve con tu luz y sin ella queda completamente a ciegas.

Pienso en tu nombre, petróleo, ¿aceite de piedra? ¿Cuántos trillones de instantes equivalentes al gesto de lanzar la lata de cerveza sobre el césped han tenido que pasar para que seas lo que eres, para que seamos lo que somos? Y pienso en el árbol donde el tonto del hombre ve a veces un contenedor de celulosa, o un poste que sostendrá, petróleo, tu vana pero abrumadora supremacía. Ya el árbol no tiene vida propia, es sólo un juego de sala comprimido, varios cientos de páginas de periódico que dicen lo mismo.

Porque ya nada en la naturaleza, y ni siquiera el hombre, existe por sí mismo, por su propio valor y goce de existir. Todo, sin excepción, ha de tener valor de uso y precio. ¿Y sería superficial decir que ese valor de uso y ese precio van de acuerdo contigo?¿Eres tú, petróleo, el enemigo? ¿Eres el dios verdadero, el encarnado de las entrañas de la tierra, el que se dispersa por valles, mares y cielos? Ni lo uno ni lo otro. Eres aceite de piedra. Quién sabe para qué otras funciones te reservó la tierra y que nunca conseguiremos comprender antes de que te agotes.

¿Cuál es el futuro, pues, de la isla de Cuba como país productor de petróleo? No me preocupa aquí, como a muchos especialistas, lo que habrá de pensar al respecto el gobierno de los vecinos del norte, sino cuál será en tal caso el comportamiento ambiental del homo cubensis.  Si alguien piensa, por analista de las relaciones cubano-norteamericanas que sea, que los yacimientos petroleros nos van a servir como un pie a tierra en la eternidad del desencuentro entre ambas naciones, que vaya a preguntarles a Saddam Hussein, o a Muammar el Ghaddafi, en qué buena medida el petróleo les sirvió para negociar. Siquiera para sobrevivir. Siquiera para adquirir una muerte decente. ¡Pamplinas! como decía mi abuela. Aquí lo que se olfatean son simplemente nuevas fuentes de ingreso. ¿Ingreso para qué? Ingreso para el consumo. ¿Consumo para qué? Pues para el ingreso, qué pregunta tan tonta, ¿cuál, si no, es el sentido de nuestra existencia? Se me dirá que así discurriendo, brindo argumentos a los adversarios del progreso autónomo y la justa prosperidad de la isla de Cuba. Tantos años han pasado, tantas cosas hemos callado con el argumento del argumento ofrecido al adversario que nuestro forzoso silencio llega ya a parecer, más que discreción, simple ignorancia.

Más contundente aun me parece el hecho de que el ciudadano, la ciudadana promedio de nuestra nación, especialmente en la capital, se pasea con una lata de refresco o cerveza en la mano y aunque esté rodeado, rodeada de cestos de basura, al terminar lanza la lata al piso, al mar y, si viaja en auto o en ómnibus, la lanza por la ventanilla, y si se encuentra en el balcón, pues qué hacer si no lanzarla por el balcón. El hábito de lanzar en derredor latas vacías, seré clara al respecto, no es más que ejemplo de una actitud general y no una travesura solitaria.

Debemos creer, desde luego, que en asuntos de extracción petrolera, este ciudadano o ciudadana se transformará en un ser consciente, respetuoso del entorno. Debemos creerlo así porque creemos que el que haya petróleo en la isla de Cuba y sus aguas adyacentes es un magnífico regalo que nos hace la madre naturaleza. Respecto a ambas creencias, me permito tener dudas.

Cuando aquellos que distribuyen por doquier sus despojos, sólidos y sonoros,  tomen las riendas de la explotación petrolera en Cuba, vamos a necesitar encomendarnos a la Virgencita. No para que ella, la Reina de Oro, nos acarree mayor prosperidad, sino para que nos vuelva a rescatar de las aguas oscuras.

 

 

La elaboración de Dios

"De tiempo en tiempo ocurrirán cosas que son actos de Dios que no pueden ser evitados”.

Rick Perry, político estadounidense, ante el más reciente desastre ecológico provocado por British Petroleum

 

“La mayor de mis fuerzas está en mis botines, porque debajo de las lengüetas he escrito ´DIOS ES FIEL´ para recordarle en todo momento”.

Kaká, futbolista brasileño

 

“El reguetón es mi Dios”.

Misha, reguetonero cubano

 

No se trata de que Dios no exista; puede muy bien existir (de hecho, así se lo define) independientemente de nuestra voluntad. De lo que se trata es de cómo la humana criatura ha fabricado un efervescente y tóxico culto de sí misma a través del culto de Dios.

Que este culto es sexista, y que este sexismo responde a un marco circunstancial del pensamiento, queda evidenciado al dar a esta entidad “sobrehumana” el nombre de El Señor, y nunca La Señora, habiendo esta pasado, no sin cruentas luchas, a ocupar otras tareas más propias de su sexo, como la piedad y la maternidad de los hijos del antes mencionado, quien en su versión cristiana la excluye de la omnicomprensiva trinidad. ¿Por qué este mito discriminatorio resulta intocado aún en una época de tantas conversiones de género? ¿Por qué no se propone una institución andrógina al estilo Yin-Yang? He ahí el misterio teológico de nuestra era.

El antropomorfismo del Señor (o de los señores y señoras) ha sido criticado violentamente al paso de los siglos, e incluso milenios, sin que se haya conseguido detener en lo más mínimo el proceso de asimilación y proyección. Los divinos siguen comportándose, al igual que durante el apogeo del panteón helénico, exactamente como nosotros; nosotros, al igual que en la época de Atila o Julio César, seguimos comportándonos como ellos. Con la venia del Señor, todo nos es permitido, y a Él, con la nuestra, todo Le es dado: inmensas propiedades terrenales y poderes espirituales, que no alcanzan a detener la miseria y la ignorancia, son intercambiados de una a otra familia —la humana y la divina— con grandes y costosas celebraciones, mediante pactos sangrientos y juramentos de lealtad y discreción extrema: lo inefable, lo innombrable, lo incognoscible tienden nuevas cortinas verbales y conceptuales sobre el crimen cotidiano de lesa naturaleza y lesa vida. Como decía Kafka, no hay por qué aguardar por el Juicio Final: vivimos, en realidad, bajo permanente Ley Marcial.

 

¿A quién conviene esta institución que aplaza ad infinitum la toma de responsabilidad? Dado que “sólo Él sabe”, que “Sus caminos” son inescrutables, que trabaja “de modos misteriosos”, el peor de los asesinatos queda sin desentrañar: aquel que se comete en contra del principio de la vida y de su refugio, la naturaleza, para favorecer a un ser superior, humano, a quien ampara otro ser superior, divino.

Pero, ¿cuándo inventó la humana criatura a su inventor? Es de imaginar que en la fría noche del páramo, amenazado por otras criaturas, las mismas que habría luego de dominar o aniquilar una por una, precisó del talismán de una presencia ulterior, de fuerza inexplicable y maravillosa y de un modo de razonar similar al suyo. Entonces quedó el hombre preñado de Dios. Organizó en su mente dos realidades disociadas, ninguna de las cuales es totalmente cierta ni falsa, que giran alrededor de un privilegio, el de la relación consciente con el sentido de la vida, de la cual supone desprovistas a todas las otras formas de vida aunque no tenga manera alguna de demostrárselo.

Para hacerlo, tendría que comunicarse con ellas en su propio lenguaje, tendría que ponerse en lugar de aquellas, percibir el universo a través de sus sentidos; en fin, tendría que comprenderlas —no superarlas, domeñarlas, estudiarlas para servirse de ellas en vez de amarlas como dice amar a un dios al que no ha visto nunca, que nunca le ha brindado leche, piel, ni huevos. Ni proteínas, ni miel, ni cantos mañaneros, ni flores, ni ladridos de gozo. Pero que, al suponerlo el creador de todo lo que existe, su jefe y amigo personal, se cree con el derecho otorgado divinamente de maltratar a todo aquello que lo amamanta y prohíja.

Hace muchos años, en Indonesia, una mujer quedó embarazada de sí misma, de su mente deseosa de hijos, hambrienta de orden; eventualmente sus pechos se inflamaron y de ellos goteaba un calostro sentimental. Los misioneros holandeses que la analizaron y averiguaron, por tanto, que era virgen, no supieron sin embargo si declarar el milagro o confirmar la demencia. Finalmente, al llegar el momento de dar a luz, el pueblo se dividió entre aquellos que se inclinaban por una explicación sobrenatural (el niño, fruto de la unión de la mujer con una divinidad local, no nacería por la falta de fe de los moradores),  el argumento objetivo (el niño no nacería dado que nunca existió fuera de la mente de la señora) y el argumento mágico : el niño nació en forma de un gorrión al cual se vio volando alrededor del lecho de la enferma, o posesa, o elegida. Era un gorrión de siete colores, aseguran los testimoniantes, y desapareció justo al desinflarse el vientre.

¡Ay! ¡Cuándo llegará el fin de nuestros nueve meses y nos desinflaremos de tanta divinidad!

 

 

Herakles y su trabajo número 13

Herakles, aquel héroe helénico a quien los romanos y Disney llamaron Hércules, cumplió doce trabajos de dificultad extrema antes de ser envenenado por su mujer. Si el héroe regresara hoy, tal vez querría enfrentarse a uno de nuestros más típicos problemas: salvar el abismo que existe entre la conciencia social y la esfera jurídica, o por decirlo de otra manera, entre cultura de la responsabilidad y cultura del control.

  

Dije salvar el abismo cuando debería haber dicho rellenarlo; es obvio que la primera solución que viene a una cabeza que no necesite ella misma de relleno es la educación. La educación siempre debería ser el puente, ameno y certero, entre nuestros deseos animales y las necesidades evolutivas de la especie. Porque sí, lectores, tal vez eso no se lo enseñaron en la escuela, pero somos aún una especie en evolución que no ha alcanzado su expresión mejor en el universo.

Parece obvio hoy que la educación no basta para completar el tramo que queda, con intención de alargarse, del dicho de la conciencia colectiva al hecho de las apetencias individuales; es decir, aquel cúmulo de las apetencias individuales que no genera necesariamente una conciencia colectiva en el marco de referencia social. Bien sí un caos que, no por familiar, es menos embarazoso.

El ejemplo de la multa al peatón que se rehúsa a cruzar por la cebra es chato, sin embargo no deja de reflejar el funcionamiento de esa cadena de actitudes, tan resistente que el propio Herakles, al pretender quebrantarla, se encontraría con la horma de su zapato: el peatón cruza por la cebra solo si se ve coaccionado a hacerlo; el policía que lo coacciona a hacerlo, mediante la multa, solo lo hace si tiene conciencia de la importancia de cruzar por la cebra o es a su vez coaccionado por sus superiores. Se sabe que a falta de conciencia y de perseverancia en los métodos coercitivos, el peatón nunca cruzará por la cebra, a menos que lo haga por simple coincidencia.

Luego entonces, ¿es cuestión de supervivencia o de mero formalismo el que sepamos desplazarnos de modo tan organizado como las hormigas? ¿Será necesario para alcanzar el escalón más elevado de la especie? Y, ¿llegaremos algún día allí sin que el Gran Hermano nos vaya multando durante todo el trayecto?

Si se observa el desenvolvimiento ciudadano dentro de un ómnibus podemos convenir en que existe una similitud con el funcionamiento de las vías  digestivas: el orificio de inserción es la puerta de entrada, el de excreción las de salida. Aunque el que no debamos normalmente ingerir por las vías excretoras ni viceversa es cosa bien sabida, no pocos intentan revertir el orden del flujo, ya por conveniencia, ya “por la fuerza de las circunstancias”;  se verá, si empleamos cierta dedicación en ver, que no pocas veces la fuerza de la circunstancias opera por conveniencia.

En ese tubo digestivo que es el ómnibus el flujo ideal, armónico es –y miles de conductores lo han repetido como un mantra– “caminar hacia el fondo”. Esa no es, sin embargo, nuestra tendencia. La ley del menor esfuerzo indica la adherencia de los corpúsculos humanos a la menor distancia posible de la entrada, obstruyéndose así el tubo. Vale decir que la Ley de menor esfuerzo físico funciona en realidad según la Ley de menor esfuerzo mental, y esta Física de los pensamientos, llámese sicología o filosofía, no cabe evidentemente dentro de los programas habituales de control y coerción. He aquí un factor de estreñimiento mental ante el cual los laxantes de la cívica resultan ineficaces.

Un caso más singular aun es el de la contaminación sonora. Si es culturalmente aceptado, más bien alentado, hacer ruido, pues esto refuerza el sentido de nuestra presencia –sin el ruido, no somos–, si el disfrute acústico en el espacio es cuestión de escándalo –no sabemos gozar sin volúmenes altos– y estos “valores” constituyen regla y no excepción, ¿podemos esperar que los inspectores encargados de hacer valer la ley de contaminación sonora cumplan cabalmente su trabajo, dejando a un lado el engorroso tema de la corrupción, andando a contrapelo de la ejemplar costumbre patológica?

Como verán, son muchos los temas que caben en ese vacío que deja la falta de una educación orgánica respecto al espacio social. Fuera de las aulas, no siempre dos más dos son cuatro y es este un vacío que no puede llenarse con productos industriales, aunque sean “de punta”, o materias primas, aunque sean “de primera necesidad”.

Cuando los científicos nos dicen que la materia es más antigua que la vida, nos invitan  a pensar en que todos aquellos elementos en continua actividad, sujetos incluso a transformaciones sorprendentes, estaban vacíos de inteligencia y que, por lo tanto, vida es inteligencia.

En sociedades ancladas en la dinámica del “visto bueno” y el “momento oportuno”, como lo es la cubana, es urgente reconocer que no pocas veces la vida en nuestras ciudades sucede no a partir de la materia, sino a pesar de ella y que la inteligencia es, desde el punto de vista biológico, la verdadera y única minoría discriminada.

Para salvar ese elemento,  perdido a medio camino entre los apetitos y las leyes, hará falta una fuerza descomunal, quizás como la de Herakles, pero no el tipo de fuerza que se desencadena alentada por el hambre de objetos de consumo ni movida por la energía de los combustibles fósiles.

 

 

Invocación al Diletante

Diletante, voz que entre el ocaso de las aristocracias y el hervor de las vanguardias adquirió tono peyorativo, no es más que derivación del italiano dilettare o dilettarsi, que apunta al placer y, al igual que el francés amateur, designa a aquel que siendo amante y gozador de las bellas artes, las ciencias y los juegos, no hace ni quiere hacer profesión de ellos.

Así como el verdadero deportista amateur, aquel que trabaja hoy y juega mañana sin hacer del juego trabajo cotidiano, tiende a desvanecerse en la noche del olimpismo, hoy se nota la ausencia del diletante: todos quieren hacer bien pronto carrera artística u oficio de letras. Moldean cuatro versos y aspiran a poetas, confeccionan un meta-discurso y pasan por ensayistas; en menos de diez años algunos de estos audaces se nombran, y son nombrados, pintores, dramaturgos, incluso “maestros”.

Abundan competidores allí donde faltan los competentes, allí donde muchos se desperezan ante el clarín de la carrera falta aquel desinteresado participante, ese indirecto ángel de la guarda. Y así se extinguieron los mecenas, las tertulias se extinguen y algún día tal vez se extingan los poetas, sobresaltados ante tan aguerridas colectividades: los que dejan a un lado lo que son para, con la facilísima tarea de ser otros, enrarecer en vez de preservarlo, el poco aire de la rara avis.

El que pintaba para colgar en la pared de la casa o regalar a la amiga, se encamina hoy a concurrida galería o funda timbiriches de arte pautado; el que golpeaba un cajón y una guataca en el patio común, hoy aspira a la palestra televisiva y la gira internacional; aquella señora que intentaba crónicas familiares en la libreta rayada quiere hoy verlas premiadas, impresas y pagadas.

De la pintura rupestre a la pantalla conceptual, ¿qué se hizo del mágico deleite de reflejar una imagen? ¿Hacia dónde escaparon el sonetista intrascendente, el guitarrista de ocasión, la dama que recitaba y el profesor que hacía chistes si es que no están ahí, abriéndose paso en el proscenio a fuerza de clichés?

El diletante que ya halló vocación y desahogo, se complementa además con el goce de lo que ve, escucha, lee en otros; individuo en busca de completamiento, tiende a la gratitud y la comprensión. El mediocre que rehuyó el desafío de auto-conocerse, se encarama en el vagón destartalado de una cultura sin dirección propia para ser juez y parte de algo que no conoce; tiende a la injusticia y a la malversación de lo bello.

Acaso entre la sociedad ansiosa de desarrollo y la mal llamada “alta cultura” una brecha se abrió por la cual penetraban, a diestra, el self-made man y la show woman, y a siniestra, el tallerista y las diez instituciones culturales, y en el sancocho político de las masividades cada uno creyó encontrar un trocito donde hundir el diente atolondrado.

¿Literatura para niños? Fue un diletante, matemático de profesión, quien escribió Alicia en el país de las maravillas. ¿Congresos y simposios de escritores? Fue un diletante quien inspiró a Rilke las Cartas a un joven poeta, hoy ese “joven poeta” sería otro literato angustiado, otro angustioso funcionario.

Vedlos, en cualquier recital, aglomerados inconscientes de su afable  potencial, deseosos de penetrar en el Parnaso a golpes de disciplina y otros buenos oficios, cuando se sabe que los poetas se cuentan con los dedos de la mano. Colmo de males, escasean aquellos que les encariñen el sendero, ya de sobra espinoso.  Querido diletante, como dijeran Lennon y McCartney, get back to where you once belonged

 

 

De septiembre 11 al 17

 

Aquellos que estuvieron en New York en los días siguientes a la catástrofe de las Torres Gemelas recordarán cómo en la atmósfera prepotente de la ciudad donde impossible is nothing, como profesan los anuncios de Nike, se había deslizado un aire de dolorosa humanidad, una solidaridad espontánea que se hacía presente en un sinnúmero de iniciativas ciudadanas con las cuales los habitantes de la ciudad pretendían reformular el dolor en amor a la vida.

 

Sin embargo, September 11th sirvió también, y sobre todo, para reforzar una conducta de “Norteamérica contra el mundo” en la que el miedo y el rencor se unieron para realzar la violencia. Lo cual explica por qué algunos newyorquinos salieron a festejar tras la muerte de Osama Bin Laden y The New York Times saludó la ejecución,  disfrazando la ideología de ojo por ojo y diente por diente con filosóficas parrafadas.

Y he aquí que 10 años y seis días después, la misma urbe se sacudía ante otra debacle, la del sentido común que prescribe que no es posible la democracia directa, sin liderazgo reconocible, ni presupuestos considerables, ni programas traducibles a la lógica de los intermediarios de siempre: políticos profesionales, medios de difusión pasiva e intelectuales que se rehúsan a abandonar el tanque de pensar.

A aquellos que cuestionaban las posibilidades del movimiento Ocupa Wall Street de producir cambios reales, sus participantes respondieron que ese movimiento, en sí mismo, era un cambio. Y tenian razón. Primero porque OWS no fue solo un fenómeno estadounidense, sino también parte de una onda masiva de respuesta a la crisis, de enfrentamiento civil a la violencia de los Estados: violencia económica y militar. Y si se obvia la política es porque esta, nunca mejor dicho, tiene su óptima solución a tiro limpio, o sucio.

Justicia mediterránea que hayan sido los bárbaros de África del Norte, los atrasados y sospechosos “árabes” los inspiradores de esta ola de conciencia civil. Como si todo el odio y la suspicacia que Hollywood, Bush y compañía diseminaran durante una década se devolviera ahora con el viento del Sahara, cada vez más caliente, cargado de una nueva dignidad.

Algo de magrebí, y algo de griego y español, hubo pues en los días y noches de preparación que antecedieron la ocupación de Liberty Plaza (llamado también  parque Zuccotti), el 17 de septiembre de 2011. Así lo cuentan algunos de los que participaron en esos encuentros organizativos en un libro que mi amiga Nina Tomassef me trajo de Nueva York a principios de 2012 como regalo de año nuevo: This Changes Everything, editado por Sarah van Gelder y el equipo de la revista Yes! Se trata de una selección de 16 textos breves pensados y escritos casi todos al calor de la contienda. Pues de eso se trata, de una confrontación crucial entre las únicas dos razas humanas que verdaderamente existen: los que despiertan y los otros.

El lector no ha de encontrar un programático y atractivo recetario al estilo de “Lo que vamos a hacer y cómo” sino más bien un estimulante recuento de “lo que se está haciendo”. Y lo que se está haciendo es suficientemente magnético, pues la ocupación no es un hecho intelectual, aunque altere al intelecto dormido, ni es una fábrica de novedosas categorías políticas, aunque proponga con fuerza renovada la validez de ese elemento de cuarta categoría que es hoy el ciudadano.

La ocupación es de por sí un espacio de creación política, de regeneración social, una terapia simple, osada y efectiva. Como dice la editora Sarah Van Gelder, “Los cínicos podrán cuestionar la importancia de esta profundización en el sentido comunitario. Pero personas que han vivido en un mundo competitivo y aislante están probando un modo de vida construido sobre las bases de la colaboración y la inclusión, en algunos casos por primera vez”.

Esta primera vez, en una civilización egoísta y violenta, no debe ser desestimada. Como tampoco podemos pasar por alto el que el movimiento haya acogido de modo orgánico la práctica de la no violencia, de la meditación, de la democracia directa y no jerárquica, de las asambleas que construyen consenso desde la persistencia en la verdad de cada uno y no a través de juegos de representatividades numéricas o de otro tipo.

Tal como refiere uno de los contribuyentes al libro, el escritor y antropólogo anarquista David Graeber, “así como los seres humanos que son tratados como niños tienden a actuar como niños, la manera de estimular a los seres humanos a actuar como adultos maduros y responsables es tratarlos como si ya lo fueran”. Y resulta que la manera en que estos semejantes nuestros se han estimulado finalmente a actuar, abandonando el caparazón de sus vidas “privadas” y emprendiendo una conversación difícil con la propia realidad nacional, parece madura y responsable comparada con la que otros semejantes nuestros muestran al apostar aún por esa máquina de generar desigualdad que es la fórmula capitalista, tal vez creyendo, como tantos millones lo hicieron antes, que nunca se encontrarán en el lado más oscuro del espectro.

Observemos atenta y respetuosamente el movimiento, a fin de cuentas, los crédulos de hoy podrían ser los indignados de mañana. 

 

 

Del fachadismo y otras cuestiones

 

Que la fachada es un aspecto vital de las construcciones lo demuestra el hecho de que no existe, al menos que yo sepa, fenómeno, evento o criatura sin cara externa. Bien conocemos las mujeres la importancia de una buena fachada, que a veces suple, y con creces, ciertas carencias.

¿No ocurrirá lo mismo con los edificios? Desde luego. La labor, sostenida y, nunca mejor dicho, emblemática, que la Oficina del Historiador desempeña en el área del malecón habanero, deja no pocas muestras de esa ideología constructiva que podemos llamar “fachadismo”.

En alguna medida el fachadismo es deudor de esa otra corriente, de mayor abolengo, que se puede resumir en la frase “se hace lo que se puede”. Ahora bien, por qué ”lo que se puede”, llámese recursos materiales y humanos en enérgico despliegue, queda limitado a una superficie o lado del problema es una cuestión que atraviesa todas las fachadas de nuestro pensamiento.

Es obvio que el área del malecón es la fachada de nuestra ciudad; tal vez pueda decirse sin exagerar que es la fachada de nuestro país. He ahí un aspecto que no han pasado por alto aquellos que se han beneficiado “beneficiando” la fachada, llámense Gerardo Machado o Meyer Lansky.

¡Horror! ¿Cómo en estas reflexiones, que aspiran a analizar el presente de nuestra ciudad, siquiera en su lado externo y superficial, aparecen tales espectros del pasado?

Nadie se asuste ni ofenda: las coincidencias históricas van más allá de la fachada de los nombres e inclusive de ciertas actitudes escandalosas. A fin de cuentas, si la actitud de la Oficina del Historiador en el área del Malecón no puede calificarse de escandalosa es porque hoy en Cuba los escándalos que involucran a instituciones o representantes del Estado son los únicos escándalos prohibidos.

Pero volvamos a la fachada del edificio, de ese estoico inmueble que ha sobrevivido republiquitas y ciclones, desatenciones y, algo que suele ser más dañino, torpes atenciones. Así que sin siquiera preguntarnos a qué le sirve de fachada el fachadismo, pasemos a explicarnos el concepto: es aquel criterio de reparación, construcción y, por lo tanto, también de urbanismo, que valora la imagen externa por encima y a expensas de la armonía interior de un edificio, un barrio, una ciudad. Razones para que prime criterio semejante no faltan.

La necesidad, real pero casi siempre exagerada y desvirtuada, de atraer inversores y fomentar un  turismo ramplón barnizado de cosmopolitismo, sirve de catalizador para la eclosión de una fantasía atlántico-caribeña que parecería diseñada por un duende posmoderno. Paradigma de ello es el eclético café Neruda, que ofrece por cierto sus servicios a precios que muy pocos Nerudas podrían permitirse ahora, en Cuba o en Chile.

Tal es la disyunción, por no mentar fractura, entre pensamiento y deseo que se hace observar cuando el rostro es maquillado con primor de acero, hormigón y vidrio mientras las piernas siguen siendo de cartón. Cierto que no pocos se han visto beneficiados, dentro y fuera del área costera, por la marejada de obras, pero el entusiasmo de los benefactores no ha contagiado a todos.

Luisa, vecina de la zona por más de medio siglo, nos refiere:

“No se debería hablar de Plan Malecón sino de Planes Malecón,  pero todos cortados por la misma tijera. La falta de coordinación con los vecinos. Un día abres el balcón y te encuentras con un andamio en la cara, y al otro día, por no decir a la semana o al mes siguiente, porque los trabajos no se sabe ni cuándo empiezan ni cuando terminan, te encuentras el balcón lleno de basura, manchas de mezcla y pintura y nadie a quien reclamar”.

Los obreros, como ya se ha hecho costumbre, dicen hacer “lo que les mandan”… y los hombrecillos, o mujercillas, de portafolio, celular y pluma, ellos ¿qué dicen? Lo mismo de siempre, podríamos llamarlo la jerga de la incoherencia ilustrada. En versión polifónica.

Otro habitante de la zona, Abel, 50 años y constructor él mismo, es más tajante aun que Luisa:

“Lo peor de las obras del Plan Malecón es la desorganización y la botadera de materiales para tener bonita la fachada, mientras que detrás de la fachada la gente tiene más problemas que medios para resolverlos”.

¿Y lo mejor? Pregunto.

Sus manos hablan más que la boca.

“Lo mejor está aun por verse”.

 

 

El video clip

 

El video clip es la mágica invención que permite que los músicos no tengan ya que preocuparse por la calidad de la música, sino que esta solo deba fluir tras una miríada de imágenes vertiginosas que acaparan por completo la atención. Hoy, pues, cualquier música es música de fondo. Lo genial de la invención, sin embargo, es que tampoco las imágenes deben tener espesor alguno, profundidad, sustancia. Basta que el mensaje visual se acoteje de algún modo con la música de fondo que, a su vez, se amolda a la imagen.

Nunca antes dos artes, en este caso la sonora y la visual, se combinaron con tanto éxito para no hacer arte. Pero esto no quiere en absoluto decir que los responsables del hecho hayan dejado de sentirse artistas. Por el contrario, por una rarísima inversión de conciencia, los que participan en la onda del video clip se sienten más artistas que antes. Es más, podría decirse que si no fuera por el video clip muchos técnicos del sonido y la imagen jamás habrían logrado sentirse artistas.

Aunque hay una gran variedad de tácticas a elegir, puede decirse que los videos clip se dividen en dos variantes: los que cuentan una historia y los que no. Los que lo hacen, como es lógico, deben reducirla al máximo, o al mínimo. A la capacidad de diversificar y comprimir imágenes, mientras la historia se va simplificando en alusiones narrativas cada vez más caprichosas y chatas acompañadas del carrusel musical, se la ha llamado “estética del video clip”.

Es natural que el noventa por ciento de esas visiones se deriven del cinemascopio internacional y que abunden las atmósferas de thriller, misterios pseudo-góticos y algarabías pre-gansteriles por no hablar del paisajismo “romántico” estilo Discovery Channel en que modernas Pocahontas son trasteadas por no menos modernos primates al son de la bachata.

Sin embargo, y si Aristóteles lo permite, hay que decir que la “poética” del video clip le debe, y le aporta, menos al arte cinematográfico que al discurso de la pasarela de modas y el comercial televisivo. Más tarde o más temprano, el cantautor de turno tendrá que exhibirse al timón de algún auto deportivo, deberá consultar su Nokia y emplear tres o cuatro mudas de ropa por cada melodía. Por minimalista o vanguardista que sea, el artista de la actualidad le debe más a su productor que a cualquiera de las Nueve Musas.

Se me dirá que todos los desarreglos tienen sus excepciones y que hay un punto sutil, tan sutil, en el cual el video clip se encuentra con el video arte. Y bien, hay una esperanza inscrita en toda la basura que ahora se comercializa como arte, y es la perspectiva de que todo el sinsentido estético que evoca y provoca la sicosis de mercado sea el magma del cual brotará un sentido otro para el arte. Más tolerante y dúctil, ecuménico, si se quiere, desaforadamente popular y carnavalesco, inter-disciplinario, multipropósito y hasta terapéutico. Se podrían, a la manera de un video clip, acumular vertiginosamente toda suerte de adjetivos a uso futurista e insuflar en el lector, y hasta en mí misma, una virtual sonrisa de Gioconda.

Pero no logro ver en el video clip al heraldo de un nuevo arte planetario (como sí lo veo en Eisenstein, ese otro aprendiz de brujo del corta-y-pega), y es que, aun cuando crea en la sanación homeopática, no llego a creer que el aturdimiento se resuelva con aturdirse más aun, ni que la enajenación se cure con enajenación.

En nuestra isla, con típica arrogancia de isleños, ya se elogia “la calidad del video clip cubano” como a la altura del mercado mundial; dentro de poco, así como se habla de la escuela cubana de ballet, de voleibol, e incluso de baile español, se comenzará a hablar de la escuela cubana de video clip, se inaugurará, no lo duden, un instituto ad hoc y se realizará el sueño de muchos realizadores audiovisuales: un MTV Made in Cuba.

Hasta más ver (y creo que hemos visto bastante, pues a escala relativa posiblemente la producción de videos clip ya supere la producción de alimentos) el truco de la estética del video clip me recuerda mucho al truco de la ética en política: cuando nos damos cuenta de haber sido estafados es porque estamos siendo objeto de una nueva estafa.

 

 

Antros

A la entrada del teatro habilitado como cabaret, habilitado a su vez como tugurio ceremonial, aguardan madre e hija, apoyadas en la barrera que divide a los que van a entrar de los que no.

Es una barrera férrea, de las que se emplean, por ejemplo, en los carnavales. De este lado de la barrera, se pasea un guarda trajeado de casi dos metros de alto por uno de ancho. Como una puerta viva que las tácticas empresariales han tenido a bien colocar diez metros por delante de las otras mudas puertas del antro. Ante ella ruega y, luego, exige la madre; la hija calla con rostro de niña que no se atreve a la indignación.

La madre sí se atreve. La puerta habla:

—Si me muestra el carné de identidad de la niña, con gusto las dejo pasar.

—Ella es mayor de edad.

La madre se recuesta a la barrera férrea. Alza la voz en dirección a las lejanas orejas del guarda.

—¿Con esa carita?

—Tiene 18 años. ¿Usted no confía en mí?

Los que esperamos, esperamos. No intervenimos, ya somos espectadores antes de cruzar las dichosas puertas. Sabemos que entraremos, que a ellas les espera una recia refriega mental. De la paciencia a la amenaza, de la pasión al miedo. De vuelta a la paciencia. Todos hemos jugado alguna vez ese juego. No nos impresiona ni nos interesa el desenlace.

—No estoy aquí para confiar en nadie. Lo más que puedo hacer es comunicarle al jefe de turno.

—No se preocupe, sé cómo funciona.

El sarcasmo de la madre, aunque es triste, les da brillo a sus ojos elevados hacia el macizo interlocutor. Entramos. ¿Sabemos ahora lo que nos espera a las elegidas y elegidos, señoras y señores, ladies and gentlemen?

La cueva de los tesoros: el templo es refrigerado como nevera cárnica que traga a los convidados. De piedra habríamos de ser y, vaya coincidencia, el volumen del audio se estrena y arrecia con un grupo de mariachis. De piedra también los oídos.

En las mesas se conversa como los sordomudos: haciendo señas, leyendo labios en la penumbra. En el escenario central se organizan estilizadas parejas de baile que exhiben el Arte de Pasarla Bien. Sonríen sin tregua al ejecutar ese vaivén que llaman “sacar agua del pozo”, imitando campestres bailes de antaño. No obstante lo enérgico del ejercicio no estimula a los camareros a servir agua en las mesas. Agua gratis, se entiende. Costumbre de épocas remotas, como el zapateo y la serenata. El pozo está seco.

Cuando llega la cancionera de turno, ya hemos dejado de tiritar. Ella quiere incitarnos a corear un estribillo dizque pegajoso. El volumen de su micrófono es tan alto que impide todo contagio. El coro humano se somete a las bocinas. “Tú me quieres dejar, yo no puedo sufrir…” Aclaro que se trata de una gala de premiación para programas televisivos. Tras la aplastante obertura, se reparten los premios entre flores y besos.

Ninguno de los televisables artistas, presentados o presentadores, hace uso de su rato de gloria para solicitar que moderen el aire acondicionado. Utilizar el micrófono para pedir que disminuyan el audio, ¿no sería llevar el absurdo al umbral de lo sublime?

Antros, santuarios del disgusto. Hablar aquí de mal gusto presupondría la existencia de su opuesto. Algo legendario en la caverna del volumen: más alto, más fuerte. Como en unas olimpiadas. ¿Quiénes compiten? ¿Quiénes son en realidad los vencedores? ¿Quiénes los perdedores? Quien quita que alguno de los presentes haya sido premiado por un documental sobre el medio ambiente.

Estos premios me han dejado sedienta de una tarde que espera soleada al otro lado de las puertas, más allá de la selectiva barrera involutiva. Al salir, lo hacemos también más rápido; no se diría que retomamos un paseo sino que huimos a casa, como quien abandona un aeropuerto, un supermercado, o alguna pírrica conquista.

Nos tropezamos en el corredor con madre e hija que, victoriosas, han logrado irrumpir en el templo en que los mercaderes, por fin, ofician sin que nada los moleste, sin que nadie los fustigue. Yo no puedo confiarles a la madre y a su hija que aún tiene ojos de niña cuán pobre es la victoria.

Quisiera retratar los antros como una posibilidad de dicha, aunque fuera crepuscular y decadente. Mas lo crepuscular precisa de matices.  Lo decadente no es lo que ya ha caído, con el mismo estruendo de los aparatos que lo acompañan.

 

(Continuará)