Agua en canasta (IV) Omar Pérez 

 

 

Selección y edición: Rolando Prats

 

Patrias se alegra de publicar en sus páginas una selección de pasajes del libro de prosas inédito Agua en canasta, de Omar Pérez López (La Habana, 1964) poeta, ensayista, crítico literario y traductor. Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén (2010), otorgado por la Fundación homónima y la Editorial Letras Cubanas a su obra Crítica de la razón puta. Entre otros libros, Omar ha publicado los poemarios Algo de lo sagrado (1996), ¿Oíste hablar del gato de pelea? (1999), Canciones y letanías (2002), Lingua Franca (2009) y Filantrópica (2015), el libro de ensayos La perseverancia de un hombre oscuro (2000), que le valió el Premio Nacional de la Crítica, Y la muerte no tendrá dominio (traducción al español de poemas de Dylan Thomas) (2007) y Lo que es. Poetas de la lengua neerlandesa (2014).

 

 

El sueño y la cosa

Apenas al abrir Il sogno di una cosa, novela del poeta italiano Pier Paolo Passolini, encuentro esta estupenda cita del profeta Karl Marx, teólogo de la clase obrera:

“Nuestro lema debe ser,  por lo tanto: reforma de la conciencia no por medio de dogmas, sino mediante el análisis de la conciencia no clara a sí misma, ya se presente bajo forma religiosa o política. Se verá entonces que el mundo tiene desde hace largo tiempo el sueño de una cosa”. Septiembre, 1843

No me detengo aquí para mofarme de la falta de previsión del alemán, él mismo promotor de dogmas que aún pesan sobre esa conciencia que se proponía reformar, sino que, sin dejar de admirar la belleza y altas pretensiones del párrafo, lo relaciono con un texto que he encontrado en el periódico literario cubano La letra del escriba que reproduce en papel y tinta, tomándolas del sitio web de Liberación, las Seis cartas a las izquierdas de Boaventura de Souza, sociólogo portugués.

 

Lo que ante todo llama la atención del alegato de de Souza es su manera de recorrer, como quien pasa un paño sobre un lente borroso, los puntos de vista y conductas de esos movimientos y tendencias que, a más de 200 años de la révolution française, aun nos sentimos obligados a llamar “la izquierda”. O, como el portugués no por mero capricho llama, las izquierdas.

 

La democracia “de alta intensidad” es, según de Souza, el instrumento más preciado, por no decir el último, que les queda a estos movimientos en su resistencia a un capitalismo más corrosivo que antes. Y en cuáles casos se trata de resistencia real y en cuáles de simple ejercicio de adaptación, es cuestión que estas cartas no pueden pasar por alto.

 

Democracia de alta intensidad es, pues, reciprocidad y cooperativismo, espíritu igualitario (que no igualitarismo), responsabilidad colectiva no erigida a expensas de la dignidad individual, disponibilidad a la reflexión abierta a los no militantes, distribución ni indiscriminada ni discriminatoria de la información, proponer, en fin, ante la difusión malévola, no encuentro otro epíteto, de la violencia y el miedo que esta produce, una cultura “de la esperanza, la felicidad y la vida”.

 

Es obvio que, ante la prefiguración de un mundo utópico, o casi, donde prevalezcan esperanza, felicidad y vida, antes bien que el crimen de lesa existencia y la resignación que lo acompaña, de Souza no puede sino atender a esa imagen de realización suma que es para los humanos el mito del crecimiento. ¿Crecer hacia dónde? O, pregunta más dolorosa y fértil, ¿crecer en tanto que seres conscientes o en tanto que esclavos del crecimiento?

 

De ahí la molesta actualidad, más molesta dado que el propio marxismo devino doctrina político-religiosa, del sueño de Marx: transformar la conciencia, único umbral para la transformación de la cosa viva.

 

El luminoso texto de Boaventura de Souza está preñado de interrogantes. Puede incluso decirse, sin ningún afán de reproche, que las preguntas del texto son más contundentes que las sugerencias. ¿Cómo podría ser de otro modo teniendo en cuenta el estado actual de la cosa y el sueño? Precisamos para respirar de estas preguntas más que de ciertas propuestas progresistas que nos hagan suspirar por un futuro inalcanzable.

 

La apocalíptica profusión de recetas, signo de los tiempos que corren, nos deja espacio apenas para organizar ideas, por no decir para volver a aprender a pensar. El pensamiento, sumido en consignas de corte comercial, sean sus fines ideológicos o espirituales, ha regresado a un balbuceo cavernario propio de quienes aplauden sombras chinescas en la pared de una gruta, cada vez más estrecha.

 

Admitámoslo, si hemos viajado de la Novena Sinfonía de Beethoven a los reguetones, de Chaplin a la telenovela, del pacifista Ghandi  al Premio Nobel de la Paz Obama, ¿no será porque la rueda de nuestro pensamiento decidió, fatigada de tan dudosos avances, girar hacia atrás sin siquiera detenerse?

 

Entre finales del XIX y primera mitad del XX, la conciencia humana sufrió tres desastres o traumas equivalentes al más violento de los tsunamis o terremotos. Primero, el fracaso de la industria en proporcionar la salida prometida a la onerosa condición laboral y a la miseria. Recuérdese aquí la puntualidad de ese maravilloso libelo que es El derecho a la pereza de Lafargue, en este aspecto, al menos, más agudo que su suegro. Compárese el arte de los futuristas italianos con el de los expresionistas abstractos de New York y se verá de qué paisaje mental estamos hablando. 

 

Segundo, la Unión Soviética, madre de algunas izquierdas y madrastra de otras, traicionando la fe colectiva en un mundo ideal al cual llegar por caminos ideales, nos ofreció una versión no menos cruenta del maquiavélico show imperial donde el fin justifica los medios. Para muestra un botón entre millares: Maiakovsky, en su tránsito de colaborador entusiasta a suicida ejemplar.

 

Tercero, a la de por sí traumática guerra mundial de 1939-45, clausurada por todo lo alto con dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, siguió la falsa paz que muchos llaman Guerra Fría. Esta falsa paz que solapadamente minara la posibilidad de aquel “Nunca más” que surgió de Auschwitz es, a mi modo de ver, el peor trauma de  todos, el que nos legó la pesada convicción en la imposibilidad de la armonía, en lo imprescindible de los antagonismos para generar desarrollo y, en fin, nos preparó para ser espectadores cómplices de esa farsa espectacular que recorre y permea instituciones tales como las Naciones Unidas, los Juegos Olímpicos o, justamente, los Premios Nobel de la Paz.  

 

Confieso, por mi parte, no ser de las que se asustan ante una idea optimista, sonreír ante la tormenta es algo que aprendí de mis mayores y de los poetas que en el mundo han sido y son para mí, como los niños, la verdadera y perennemente sojuzgada esperanza. ¿Y no decía aquel poeta de la acción y la parábola que hay que ser como niños para comprender lo que somos y lo que nos espera? No me sorprende entonces que al mencionar de pasada al movimiento de los indignados y a los de Occupy Wall Street, de Souza pregunte: “¿Están locos o son un indicio de los retos que vienen por delante?”

 

La creación de consenso que dichos movimientos proponen y practican (y aquí me detengo para advertir que creación, en su sentido natural y poético, no es sinónimo de manipulación) implica ante todo comprender que las formas piramidales de distribución de bienes son obscenas y obsoletas. ¿Y hay algún bien mayor que la conciencia? Se imponen, no me repugna la redundancia, modos circulares de circulación de todos los bienes, materiales y, sobre todo, inmateriales pues, me permito en ello discrepar del anciano Marx tanto como de sus no menos materialistas adversarios, no daremos en el terreno de la economía nuestros próximos primeros pasos hacia un mundo desde siempre soñado, sino en el de la educación libre y libertaria.

 

Por cierto, ¿en qué momento y por qué razones la circulación dejó de ser circular? Claramente se trata de una degeneración progresiva y habrá de nuevo que aprender a soñar con el círculo, imagen del universo; no parece que sean los economistas, los empresarios y sus financiadores quienes puedan enseñarnos. Ellos tienen mucho camino que desandar para abandonar la arcaica pirámide de la ley del valor. Con solo mirar la realidad que nos toca, nos damos cuenta de que si no asumimos la paciencia de Penélope para tejer, entre todos, un acuerdo digno de la conciencia preterida, Odiseo no tendrá tiempo para volver a Ítaca ni Ítaca a dónde regresar.

 

 

 

Los vicios del existir

Un amigo que apenas había vuelto de Paris, me contaba sus vicisitudes de fumador errante por la Ciudad Luz y me concluía el relato con la experiencia sufrida en el aeropuerto Charles de Gaulle, mientras intentaba consumir el cigarrillo del au revoir.

Atento, por los enormes corredores salpicados de timbiriches de un lujo más caro que una deuda externa, mi amigo no pudo dejar de ver los carteles que prometen un Espace fumeur, flecha mediante.

Pero guiándose por la saeta no lograba discernir el sitio del oasis humeante. ¡Nadie fumando, ni una voluta! Hubo de preguntar. En efecto, la flecha no bastaba para aclarar el subterfugio; tras los amplios y asépticos salones de espera, asediado por pasillos que no van a ninguna parte, el flamante espacio de fumadores: una cabina.

Mi amigo, a quien no le falta la vena metafórica, la describe como “una pecera de un ataúd y medio de largo por uno de ancho. Cenicero incluido”.  Oh, antropología de los enclaves públicos, en esa cabina donde reina un silencio culposo, más varones que hembras, más cincuentones que mozalbetes, se purga la obstinación de un vicio que, en su momento, significó, tal vez como ningún otro gesto social, el desparpajo de los conquistadores de un mundo cuasi virgen y dispuesto, a la fuerza, a la penetrante superproducción de objetos de consumo. Entre ellos, como un caramelo para adultos, el tabaco en cualquiera de sus modalidades.

 

¿Son estos rumiantes del vergonzoso humo los últimos mohicanos del portentoso pecado de fumar? Ni pensarlo. Antes habría que admitir el hecho de que, en el mundo moderno, la resistencia, por no decir la guerra al fumador, es tan vieja como el propio hábito de fumar. Y tan contaminada de crudo puritanismo como revestida de pretensiones científicas.

 

Hace cuatro siglos, el espacio-fumadores podía ser el teatro abierto donde William Shakespeare ensayaba su genio a contrapelo de los atormentadores de siempre. Ahora es un cubículo a prueba de simpatía donde el drama de la existencia humana se inhala y exhala en silencio y a grupitos.

 

Al fumador siempre lo rodeó una atmósfera de humo y sospecha. Y no debemos sentirnos muy cómodos creyendo que es una época remota aquella en la cual el espantajo del Diablo nos preparaba mentalmente para el espantajo del cáncer. A fin de cuentas, como antes la religión, la ciencia en nuestros días está lejos de prestar sus oficios a la totalidad de la especie. Es una entelequia al uso de una minoría para el abuso de la mayoría.

 

Los vicios del existir, que no son propiamente lo mismo que el vicio de existir, acompañan a la criatura humana desde un momento remoto, anterior a los libros sagrados y los experimentos de laboratorio. Ellos tienen su origen en un territorio que llamamos psiquis, el más inexplorado de todos cuantos están a nuestro alcance y que parece funcionar según leyes más complejas que el más complejo de los ordenadores y mucho más avasalladoras que la más convincente de las estadísticas.

 

Declararle la guerra a nuestros vicios equivale a declarar la guerra a nosotros mismos, un país que apenas conocemos y que insistimos en dominar mediante deplorables relaciones comerciales, cuando no militares. Observar serenamente nuestros vicios podrá no ser el modo mejor de quebrantarlos, pero quebrantarlos no es de seguro el mejor método para conocerlos.

 

Me atrevo, pues, a lanzar una pregunta loca: fumar, como advierte la cajetilla de cigarrillos Monterrey, es principal causa de cáncer de boca”. ¿Y la mentira? El abuso y el desamor, ¿qué tipo de cáncer generan? 

 

 

 

Las abuelas en el siglo XXI

Esta mañana conversaba con una amiga, coterránea y coetánea, que tiene dos nietos en Montevideo y uno en Lisboa; mi vecina Haydée tiene un nieto en Pontevedra, y en la esquina del frente habita Luisa, quien tiene, no podía faltar, una nieta en Miami. Conozco abuelas con nietos y nietas en Helsinki, Cancún, Cali, Milano, San Francisco y hasta en Beijing y Accra. ¿Quiere esto decir que la abuelidad se ha ido transformando, en los últimos veinte años, de manera radical? Tal vez ello implique que las abuelas también se globalizan o, al menos, amplifican su radio de acción o, siquiera, el alcance de sus radares.   

 

Obama y su abuela keniana son un clamoroso, y glamoroso, ejemplo de lo anterior; tal como pudimos verlo reflejado, al momento de la primera entronización de un presidente afronorteamericano, en las cromadas páginas de Time (¿o era Newsweek?), saltaba a la vista la paradoja del emperifollado nieto camelando a la nación más poderosa mientras la abuela ponía sus pies descalzos en el tórrido surco de quimbombó.

 

De aquí se desprende, en tiempos de la más espantosa crisis, no solo una reafirmación del “sueño americano” a la usanza de las propagandas de Nike (Impossible is Nothing) sino también una constatación que, yendo más allá del manido “quien no tiene de congo tiene de carabalí”,  nos devuelve la esperanza en las concreciones de un mundo heterogéneo.

 

Pero ¿podría la abuela africana, azada en mano, aporrear algo de buen sentido en el cráneo del Premio Nobel de la Paz? ¿Tendrá este alguna vez la oportunidad de, descalzando los divergentes pies, ponerlos finalmente sobre la tierra ardiente de los antepasados? Dignas más bien de una telenovela que de esta columna, estas preguntas quedarán, por el momento, sin respuesta. Baste decir que, como ante un argumento de Félix B. Caignet, la esperanza debe asociarse a la más obstinada paciencia.

 

La abuela cubana, por su parte, al menos no se aburrirá, como decía De Gaulle; no sólo tiene la opción de practicar el Tai Chi mañanero en un florido parque, sino que también deberá dejar a veces la comadrita para irse a ganar algo de “moneda libremente convertible” trabajando de doméstica en otras casas de familia. Signo de los tiempos que corren el que las ancianas deban apuntalar sus magras pensiones trabajando “en la calle” para acceder a un jabón de olor o a la sacrosanta botella de aceite, pues no siempre llegarán a su debido tiempo las pródigas remesas de los hijos pródigos.

 

Quizás la fragmentación de la familia, a nivel planetario, nos esté ya conduciendo a la visión de que somos los humanos, en efecto, una sola familia y de que, inevitablemente, los nietos de Washington y Berlín tendrán que rendir cuentas a sus abuelas africanas, griegas o pakistaníes. Es una posibilidad legendaria, lo admito, y sin embargo no podemos dejar de tenerla en cuenta pues tiene su base en una realidad biológica.

En Cuba, nación prematuramente envejecida, donde según las estadísticas cabe la probabilidad de que, en no mucho  tiempo, llegue a haber más abuelas que nietos, es momento de cuestionarse la pretendida misión que los ancianos y ancianas “de la tribu” tenemos en salvaguardar valores tales como educación familiar, buenas costumbres, ideales e, inclusive, lenguaje, cultura en fin. ¿Estaremos a la altura de un desafío semejante que no es otro que confrontar la marejada del bien organizado egoísmo que se nos viene encima?

 

Me pregunto a veces si las creencias que nos acompañaban desde una ya distante niñez no estarían ya de antemano condenadas a desgastarse en brutales transacciones con un sinsentido común que, en los últimos doscientos años por lo menos, ha demostrado tener una admirable capacidad de transformarse en lo que no es: inteligencia biológica, valga la redundancia. En ese caso, ¿nos alcanzarán los años para tejer, como Penélope, nuevas creencias, o nos limitaremos a la función de ser dulces pilares de un mundo en descomposición?   

 

Hace unos días, me asombró llegar a casa de una amiga y verla absorta en las noticias que reportan acerca de los diálogos de paz entre la guerrilla y el gobierno colombianos que se celebraban a la sazón en La Habana. Conocedora de su indiferencia, por no decir otra cosa, respecto a los vaivenes de la política al uso, le pregunté, extrañada, su parecer sobre dicho proceso.

“¿Cómo creer”, me respondió Olga, ”en conversaciones de paz, cuando una de las partes está empeñada en aniquilar a la otra, mientras ambas creen ganar tiempo en la mesa de negociaciones? La política es una ocupación lucrativa para los que viven de ella, y un mero entretenimiento para los que la sufren. Sin embargo, no  olvides que tengo una nieta en Bogotá”.

 

 

No matarás

 

La diferencia entre guerra y paz es claramente discernible; la diferencia entre guerra y guerra, no. Los que se emocionan, a cada comienzo de una nueva guerra, continuación de la que ya había, pierden de vista a veces las cualidades propias de la paz y empiezan a desperezar sus mentes al sonido de los disparos. Discuten entonces categorías de disparos, quiero decir, de agresión, categorías de guerra. No las mencionaré, están al alcance de todos, en todos los medios. De CNN a Harry Potter.

 

Los asesinatos de dos adolescentes a manos de “fuerzas del orden” que han ocurrido recientemente en la Florida, asesinatos legales, es decir legalizados o legalizables, me llevan a pensar en el dictum “No matarás”. Es claro que tal mandato tiene, en el Antiguo Testamento y a partir de ahí en muchas otras partes, un valor relativo. En sus salmos David canta a la vida al amparo de su dios, y a la muerte de aquellos que no lo conocen u obedecen. El que hizo el Dios hizo la guerra. Nuestra América, sin ir muy lejos, tiene ejemplos semejantes, anteriores incluso a la ominosa llegada de los conquistadores europeos. Porque conquistadores, había ya antes, e imperios y vasallos e incontables masacres.

No sé, debido a mi ignorancia en historia y estudios culturales, si los romanos se consideraban a sí mismo imperialistas; ni tampoco si muchos de los anti-imperialistas que hasta hace veinte años apoyaban a la Unión Soviética eran conscientes de que se aliaban a un imperio. Lo que sé, y dije al principio, es que hay una línea clara y nítida entre la paz y la agresión, entre armonía y odio, entre perdón y espíritu de venganza.

 

Que la capacidad de perdonar debe ser el fundamento de las leyes y la educación, mejor dicho, de la educación primero y luego de las leyes, lo sé. Como también que vivimos en una época en la que el Premio Nobel de la Paz puede ser un asesino de cuello y corbata, una indígena que defiende los derechos de su pueblo, un burócrata oportunista que sabe decir Yes en siete idiomas. ¿Alguna consistencia? No, ese modelo de canto a la paz del señor no tiene mucha más consistencia que el de David, aunque hay que decir que el del poeta hebreo tiene mayor belleza, al menos en el terreno literario. 

 

Más allá o más acá de los imperios, hay un jefecillo que vive dentro de nosotros; este jefecillo sobrevive a todos los holocaustos; sobrevivió a Auchswitz e Hiroshima como mismo había sobrevivido a Waterloo y las Termópilas. Le da lo mismo una guerra caliente que una fría, una bomba atómica que un diluvio. El jefecillo que, en familia, no deja hablar ni a la mujer ni a los hijos; que en el puesto de trabajo no escucha colegas ni subordinados, que en el ejército, la escuela, el hospital y hasta el juego de fútbol dice “Quien no está conmigo está contra mí” e invoca incesantemente al “Dios de las venganzas” es el primer y único emperador. Esperemos que sea el último cuando muera, pero las guerras no lo matan, antes bien lo fortalecen.

 

Se dice que el pasado siglo fue testigo de una “humanización de los animales”; de pronto nos dimos cuenta de que algunos de ellos tenían individualidad y conciencia de ella, sé que vale la pena distinguir ambas, pues la creencia en nuestra superioridad animal (teléfonos celulares aparte) está basada en buena medida en esa distinción: no basta con ser uno, también hay que mostrarlo.

 

Luego de haberlos exterminado a millares para tomar su carne, plumas, aceites, huesos, colmillos, cartílagos, sangre, cerebros e incluso células y tras haberlos exhibido como muestra de aquella superioridad de la que hablábamos (además de hacer un nuevo negocio con eso), llegamos a la sana conclusión de que estaban vivos, es decir, que no eran solo materia prima para nuestros juegos de dominación y consumo, sino que también podían ser felices sin nuestra compañía, por no hablar de nuestra ayuda. Justamente por eso decidimos ayudarlos, así como en tiempos más recientes se ha ayudado a iraquíes, afganos, libios, sirios y otras especies, al parecer, sin mucho sentido de la coexistencia biológica ¿Cómo? invadiendo sus espacios e imponiendo las reglas del juego, primero a sangre y fuego, luego con las ONG.

Según cuenta Animal Planet, allá por los años 50, Joy y George Adamson decidieron adoptar una leona, a la cual llamaron Elsa, y prepararla para su reincorporación a la naturaleza. Born Free es el libro que narra esa experiencia, adquirida y narrada por Hollywood y otros entusiastas, en tanto historia una manera nueva de enfrentar a los otros animales, nuestros hermanos inferiores. Tras una fructífera relación de convivencia con sus protegidos y amigos felinos, Joy y George Adamson fueron asesinados por los hombres, no por los leones, guepardos o jaguares con los que convivieron. Suerte semejante le cupo a Jane Goodall, protectora de gorilas y chimpancés. El móvil de los asesinatos puede reducirse a tres sílabas: dinero, algo que los otros animales no necesitan. Una proeza, por cierto, que pocos seres humanos han logrado realizar.

 

Cuánto tiempo tendrá que pasar para comprender que la suerte del reino animal es una sola, es algo que no pretendo dirimir en estas líneas; es obvio que era uno solo el destino del búfalo y del nativo humano una vez que los rifles llegaron a las praderas de Dakota, como también es cierto que para los Sioux ese destino era ya uno solo, mucho antes de que sucediera la debacle. Pero, ¿quién iba a escucharlos? Ellos también eran animales inferiores.

 

La estratagema de dividir el mundo animal en inferiores y superiores ha resultado ser tan efectiva que, inevitablemente, ha corroído el espíritu de los propios humanos. Los niños son inferiores a los adultos y estos son superiores a esos otros adultos a los que hoy, con estudiada deferencia, se llama “mayores”.

 

Todos estos, a su vez, gozan de variadas prerrogativas de superioridad que se aplican entre sí de manera aleatoria o planificada, incluyendo la prerrogativa de muerte. Como los mandamientos no tenían, nunca han tenido valor universal, sino solo tribal, es decir fragmentario, “no matarás” es, en tanto mandamiento, una verdad a medias o, lo que es lo mismo, una proto-mentira que nace de una mente dividida, fragmentada.

 

Leyendo, a partir del asesinato de Reefa, aquel adolescente de origen colombiano a quien electrocutaron manualmente en Miami, acerca de las regulaciones para el uso y abuso del aparato llamado Taser, salta a la vista el que se hable de “directivas para el uso del dispositivo de control electrónico X26 Taser en seres humanos, a diferencia de los animales [sic]”, cuando, más allá de cualquier directiva y distinción entre ser humano y animales, el aparato, en sí, está apto para matar.

 

En una simple frase administrativa de corte jurídico podemos ver dos de los síntomas claves de nuestra esquizofrenia como especie: primero, suponer que privar de la vida a otro animal o planta no tiene absolutamente ninguna consecuencia para la vida, como fenómeno general y universal, y para la vida humana como realidad específica; segundo, olvidar (carencia educativa que se remonta a los años formativos del ser humano) que, por superiores que seamos o creamos ser, no somos, desde el punto de vista científico o social, otra cosa que animales. Sobran evidencias y no cabe duda de que son necesarias, pues no por ser obvias y numerosas se les presta la menor atención, he aquí la esquizofrenia como modo generalizado de vida que permite matar a nuestro antojo a otra cosa que no forma parte de nosotros mismos, cual un perro, un árbol, un niño de otro país o etnia, una mujer que no me quiera, un individuo que no piense como yo. En cuanto a esas frases administrativas de un cierto olor y sabor jurídico, hay que precisar que eso, y no otra cosa, son nuestras leyes: disposiciones para zanjar asuntos, “matar la jugada” como se dice vulgarmente, matando a veces “dos pájaros de un tiro” y, con frecuencia, alguna parte de nosotros mismos que, hace miles de años, se niega a morir.

 

 

Poesía y respiración

 

La poetisa norteamericana Emily Dickinson envió cuatro poemas a Thomas Wentworth Higginson, a professional man of letters, para luego preguntarle si sus versos “respiraban”. Ustedes, los que escriben versos, ¿se han jamás preguntado si vuestros versos respiran? ¿Cómo?

 

José Lezama Lima, asmático, era agudamente consciente de su escribir respirando, o respirar escribiendo. Nietzsche, en una de sus largas frases, advertía precisamente acerca de la dificultad de estas, pues se hace difícil aparearlas a la respiración. O viceversa.

 

Hablar de respiración natural es redundante: toda respiración, jadeo, soplido, suspiro o berrido es natural; así en la escritura. Verso libre… ¿libre de qué? La rima no es obstáculo a la respiración y la melodía es una de las formas inmemoriales de la memoria. Martí, cuya cabalgata sobre la respiración merece un texto aparte, preferiblemente un poema, era libre en el uso de las subordinadas largas al punto de que puede uno preguntarse cómo respiraba.

 

No sé si existe un método para optimizar, vaya palabra, el uso de la respiración en la escritura. Recuerdo, sí, aquello historia que contó Gurdjeff en Encuentros con hombres notables, novela de aventuras espirituales si las hay. Gurdjeff fue a encontrarse con un guru de tierra adentro, de esos que meditan y predican bajo un árbol; le preguntó cuál era el método justo de respirar. Le contestó aquel señor:

 

“Para controlar la respiración habría que controlar tantas otras cosas que, al final, uno queda medio muerto por el esfuerzo. Es preferible entonces no controlar absolutamente nada so pena de engendrar males mayores”. Y bien, Robert Creeley, quien fumaba tanto como escribía y murió honrosamente de un enfisema pulmonar, escribió este poema

 

Le Fou

                                                                para Charles

quien planea, entonces, las frases

hablando, tomando, siempre el ritmo desde

el aliento

                     (moviéndose lentamente al principio

el aliento

                  que es lento ______

quiero decir, las gracias vienen lento,

es de ese modo.

 

Cuando Creeley habla de “ritmo”, dice beat, como en beatnik, o Afrobeat, es el tiempo, el paso, la marcha de una melodía silenciosa: la escritura.

 

“El poeta piensa con su poema, reside ahí su pensar, y eso en sí mismo es la profundidad”, dice William Carlos William; en cuanto a la relación respirar-pensar o, si se prefiere la manera de Descartes, pensar-respirar y cómo ello se relaciona con la percepción, dice Lezama,

 

“La primera aparición de la poesía no es percibida por los sentidos sino por la respiración”.

 

Desde luego, los que crean que la poesía es un género literario se estarán preguntando qué puede tener que ver un género literario con el funcionamiento de los pulmones; en efecto, si la poesía fuera solo un género literario, no tendría nada que ver con los pulmones, a menos que los quemáramos e inhaláramos el humo. Entonces, ¿de qué poesía hablamos?

 

Hablamos tal vez de una variante de la existencia, de una modalidad. No necesariamente un modelo, pues comportarse como un modelo, como ya sabía Platón, no es cosa de poetas sino de ciudadanos.

 

Sin embargo, incluso en el vientre de su madre, un ciudadano y un poeta respiran rítmicamente. Y la respiración embrionaria es incluso recomendada para ciertos males, sin excluir los mentales. Pero, para no volver ante el guru bajo el árbol y su solemne reprimenda, evitemos también el tema.

 

Cuando la soprano canta “Casta Diva” ¿respira igual que Celia Cruz al cantar “Tamborilero”? Obviamente no, pero ambas son conscientes de la respiración. ¿Somos conscientes de la respiración al escribir un email, o al leer este texto? Es otro asunto al cual se le presta bien poca atención; no lo digo porque sea importante, las cosas importantes absorben todo el tiempo, por lo tanto, no tenemos que ser conscientes de ellas. Ellas parecen pensar por nosotros.  Me refiero justamente a esas cosas sin importancia, como respirar, sin las cuales, definitivamente, no podemos vivir.

 

La única destinataria verdadera de esas baladas de amor que dicen “no puedo vivir sin ti”, debería ser la respiración, pero nunca he escuchado que nadie le dedique un bolero y mucho menos un tango. No es precisamente un bolero o un tango lo que siento ganas de cantar cuando salgo a caminar por una avenida como, digamos, 10 de Octubre o 23 y respiro el aire cargado de petróleo quemado. Ese petróleo, por cierto, al cual se le dedicaron no pocos versos a principios del siglo pasado. ¿Recuerdan a los futuristas? Somos el futuro que ellos soñaban.

 

Así que respiremos hondo. Sostengamos la respiración un segundo, expiremos y, sin suspirar ni resoplar, sigamos caminando.

 

 

Actualización de Francisco

 

El que a un nuevo Papa se le nombrara como al poverello d'Assisi provocó de inmediato que se hablara acerca de la actualidad “espiritual” de Francisco; prefiero hablar de actualización, que es un gesto, y no de actualidades que son entusiasmos momentáneos, tan fugaces como la vida, cierto, pero menos profundos.

 

Lo de “nuevo Papa” es un oxímoron: nunca un papa será nuevo por mucho que se empeñe en vanas innovaciones, representa lo más vetusto de nuestra conciencia, la zona más oxidada y chirriante del engranaje civilizatorio, la de los mecanismos intermediarios entre alto y bajo, poder y sociedad, conocido y desconocido, misterio y norma, eternidad y miseria humana.

 

En tal sentido, un Papa nada se distingue de un presidente, un banquero, un general de ejército, un presentador de televisión. No así Francisco de Assisi quien eligió el modo directo; dos cosas, pues, me interesa resaltar en esta actualización de la persona y su método: la opción de la pobreza, el diálogo con los animales.

 

Según el actual canon de pensamiento —actual desde hace milenios—, la pobreza solo de manera muy excepcional resulta una opción; en general, se trata de una deficiencia, cuando no una maldición, que debe superarse a toda costa y a cualquier precio (táctica contraproducente que suele eternizar la miseria en un porvenir hipotecado a manos de los ya mencionados intermediarios); en el mejor de los casos, la pobreza es un estímulo para crecer sobre las circunstancias, dejar de ser pobre y convertirse en paradigma de triunfador. Sin embargo, esta opción sabe ya demasiado a Disney y es, en realidad, mucho menos rica que la encarnada por Francisco —no el Papa, insisto—, aquel fool on the hill, aquel poeta ensimismado y generoso.

 

La pobreza es mala, eso nos lo han enseñado muy bien: hay que tener batidora, tostadora, microwave, refrigerador, olla arrocera, barbecue, ordenador (de escritorio y laptop), video y videojuegos, conexión a internet, agua fría y caliente, aire acondicionado, televisión (preferiblemente de pantalla plana), teléfono (fijo y celular), auto (preferiblemente más de uno en la familia), relojes (de pulsera y de pared), muebles de todo tipo (para sentarse, para acostarse, para recostarse, para mecerse y para estremecerse, para comer y para evacuar, para proteger y para botar), mucha ropa (como si tuviéramos muchos cuerpos) y muchos zapatos (como si tuviéramos muchos pies); innumerables cantidades y variedades de calidades de objetos que creemos dominar y dictan la relación que tenemos con el espacio, con los semejantes y, sobre todo, con aquellos que no lo son, los que no fueron creados a nuestra imagen y semejanza, los otros animales que surgieron antes, no como experimento divino ni para servirnos, sencillamente así: surgieron.

 

¿Nos esperaban? Dios sabe que no. ¿Nos necesitaban? No más que nosotros a ellos. Y con ellos Francisco conversaba. No quisiera citar de la leyenda franciscana ni rememorar los Fioretti, más bien imaginar de qué hablaban. Si es que Francisco les predicaba a los pájaros y otras criaturas, debió de haber advertido en algún momento que ellos no se preocupan de dios ni dioses. Cuando los europeos llegaron a este lugar que llamaron América tuvieron éxito en contagiar a los aborígenes con sus creencias, además de otras enfermedades, pero un sinsonte no necesita de intermediarios para comer ni para cantar. Dios es básicamente el intermediario entre lo que somos y lo que queremos, especialmente si es complejo; para comerse un mango de la mata de mangos, para bañarse en el aguacero, en el mar o en el polvo, como los gorriones, para aullarle a la luna, piarle a la madre, maullarle a la hembra o al macho, no hace falta ningún dios. Tampoco, como le he escuchado decir a varios hombres y mujeres de bien, para actuar correctamente, con buen sentido hace falta tomar en consideración ningún libro sagrado, ningún pergamino hallado en el fondo del mar, ninguna piedra labrada y encontrada en un sepulcro; ese buen sentido original que proviene de nuestra herencia animal nos hace, paradójicamente, más humanos y mejores criaturas. Eso Francisco lo supo y aprendió de los animales tanto como ellos habrán aprendido de su prédica, quién sabe si más.

 

En la medida en que dejó de ser ciudadano, hijo, súbdito y señor, se convirtió en un animal universal, hijo y padre, siervo y rey de todas las cosas, hermano de los elementos. El que Francisco haya enderezado su vida al son de la idea evangélica del “obrero que vive de su trabajo” es un acto que reúne la conciencia de ser y la de ser útil, conjunción a la cual corresponde de manera natural una retribución: la vida toda provee, provee incluso su fin, el cual no habría que anticipar, y su finalidad, la cual no habría que determinar, ni puede determinarse, desde el intelecto.

 

¿En qué momento hubo de trabarse este ciclo espontáneo marcado por la idea del “obrero que vive de su trabajo”? ¿En qué momento el ciclo dejó de ser comprendido? Evidentemente, es el subdesarrollo en la comprensión de este proceso específico el que genera miseria. Y no a la inversa. Cuando el presidente de Bolivia y el Papa, según cuentan las noticias, se suman verbalmente a “la lucha contra la pobreza” solo queda decir que no han entendido nada; al menos no han comprendido a Francisco, a los millones de Franciscos y Franciscas que en el mundo han sido, son y serán sin conocer más canon ni canonización que la pobreza de cada día.

 

La pobreza es fea, nos dicen, de ella emanan la ignorancia y la violencia. Pues bien, los hechos que dan prueba de mayor ignorancia y violencia en lo que va del flamante y vergonzoso siglo XXI, cual el crimen de Septiembre 11, los bombardeos en Irak, Libia, Palestina y Afganistán, la condena a los cinco antiterroristas cubanos, los desastres provocados por Brittish Petroleum, los desmanes de Monsanto, los robos multimillonarios ejecutados por banqueros y políticos a expensas de los pueblos norteamericano, español o griego, las torturas “autorizadas” en Abhu Graib y Guantánamo, el golpe de estado en Honduras, la guerra declarada a los carteles de la droga en México  ¿fueron resultado de la pobreza? ¿Osaré decir que fueron crímenes de la riqueza, que solo se explican por una  acumulación mafiosa y demencial de dinero? Él y solo él, el dios verdadero de esta civilización hipócrita, el que guía nuestros pasos y encamina nuestras plegarias, el sine qua non, el padre de todos los milagros. Sin ojos y sin manos debía quedarse quien te inventó, así dijo Federico García Lorca; pero quién inventó a Dios primero, luego inventó el dinero y siempre ha tenido miedo de la pobreza.

 

Luchar contra la pobreza es estigmatizar a los que viven en ella, haciéndoles rehenes de una guerra sin fin ni principios, destructiva y lucrativa al mismo tiempo, como la que ha venido librándose, y recrudeciéndose desde los inicios de la era industrial, para dominar a la naturaleza, que es decir, convertirla en materia prima, combustible y desechable de nuestras santas aspiraciones de especie. Francisco, por cierto, no fue santo mientras vivió; santo fue hecho tras su muerte por esos poderes que, justamente por ser poderes e inamovibles, guardan tan poca afinidad con la vida que vivió.

 

Canonizar la pobreza, no. Santificar los zoológicos, las granjas y los mataderos, tampoco. Comprender la real suficiencia del existir y, al comprenderlo, comprender también la naturaleza sectaria y fanática de aquellas instituciones que median en la distribución y comercialización de esa suficiencia. En ese instante, deja Francisco de ser santo y vuelve a ser uno de tantos.