Jean-Luc Nancy (1940-2021). El último de los incorruptibles João Oliveira Duarte

26 de agosto de 2021

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Publicado originalmente en la mañana de hoy, 26 de agosto de 2021, a tres días de la muerte de Jean-Luc Nancy, en la edición digital del medio portugués Jornal I. Traducido y adaptado por Rolando Prats para la sección Communis, de Patrias. Actos y Letras. Todas las citas han sido redactadas por el traductor, de quien también son las referencias a obras de Nancy en español, y otras referencias, incorporadas entre corchetes en el cuerpo del texto.

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Con la muerte de Jean-Luc Nancy desaparece no sólo el eminente filósofo, autor de más de un centenar de obras. Desaparece también cierta atmósfera y una forma de pensar.

 

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El lunes 23 de agosto, por la noche, a la edad de 81 años, murió el filósofo francés Jean-Luc Nancy. Profesor de la Universidad de Estrasburgo de 1968 a 2002, autor, entre ensayos y entrevistas, de más de un centenar de títulos y uno de los filósofos más salientes de las últimas décadas, Jean-Luc Nancy comenzó a publicar y a construir una extensa obra a partir de los años 70. Obras como El título de la letra (una lectura de Lacan) [Barcelona, Ediciones Buenos Aires, 1981], El absoluto literario. Teoría de la literatura del romanticismo alemán [Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2012], escrita junto con otro filósofo también ya fallecido, Philippe Lacoue-Labarthe, o La comunidad desobrada [Madrid, Arena Libros, 2001], una importante reflexión sobre el concepto de comunidad en diálogo con Maurice Blanchot y George Bataille, contribuirían a conferir a Jean-Luc Nancy el estatus de que goza hoy en día y son hoy indispensables para quien desee comprender a Lacan, el romanticismo alemán o el oscuro concepto de comunidad — y esa pequeña palabra, sin equivalente en español, désoeuvrement [desobramiento], en diálogo explícito con Bataille.

Sin embargo, con la muerte de Jean-Luc Nancy desaparece no sólo el eminente filósofo, cuyas obras, sin duda, se seguirán leyendo y estudiando. También desaparece otra cosa, una cierta atmósfera, una tonalidad, un ethos que llegó a recorrer a varios pensadores a lo largo del pasado siglo, una forma de pensar o, mejor dicho, de practicar el pensamiento, pero también de escribir, en lo que ambos tienen de profundo entrelazamiento, de indiscernible. De hecho, Jean-Luc Nancy formó parte de una "generación", con todo lo que esa palabra tenga de equívoco y ambiguo, que marcó profundamente el panorama del pensamiento contemporáneo. Más que una cierta contemporaneidad o que la existencia de algún rastro en común, lo que une a Jean-Luc Nancy con nombres tan diferentes como Deleuze, Derrida, Foucault, Lyotard o Blanchot es una cierta radicalidad sin ningún tipo de concesiones en materia de pensamiento y de escritura —lo que no excluye, al contrario, las guerras, las diferencias, los distanciamientos o incluso los odios. Son los incorruptibles, como los llamó en su día Hélène Cixous —y es ahí que podemos integrar a Jean-Luc Nancy en ese heterogéneo grupo de pensadores—, con su gusto por la paradoja, por la aporía, por una perpetua reinvención de los problemas y del propio lenguaje, tantas veces acusado de oscuridad, cuando no de oscurantismo.

Pensadores privados, aunque sean harto conocidos, y no profesores públicos. En la última entrevista que concedió, ya bastante enfermo —con el título singular de "Aprender, por fin, a vivir"—, Jacques Derrida hablaba de un "ethos de la escritura y del pensamiento", "intransigente" e "incorruptible", que nunca se dejó amedrentar por todas las imposiciones que la opinión pública, los medios de comunicación o la siniestra figura del lector tienden a imponer —imposiciones que nos remiten siempre a una cierta legibilidad, a una forma de escribir, a una razonabilidad que ese conjunto de pensadores siempre consideró oportuno transgredir de diversas formas. Con la desaparición de Jean-Luc Nancy, desaparece esa forma de pensar y escribir sin concesiones, ese posicionamiento público que nos recordaba que la escritura y el pensamiento son siempre y necesariamente plurales, el último de los incorruptibles, años después de la desaparición de Derrida, Blanchot o Lacoue-Labarthe. Lo que encontramos en varios momentos de su obra —pero también en la de todos los filósofos con los que compartía cierto gusto por lo imposible— es ese escándalo de la razón que contradice todas las imposiciones con que se intenta gravar el pensamiento. El pensamiento no obra ni existe para justificar el sentido común —lo que no quiere decir que defienda ninguna forma de irracionalismo o que prescinda de la argumentación—, ni se acompaña de esas buenas intenciones moralistas que cierta retórica humanista sigue haciendo funcionar en el espacio público, como si el pensamiento estuviera subordinado a una universalidad vacía —volcada hacia el "todo el mundo sabe", hacia la constitución de una comunidad a partir del saber o del conocimiento, como si el filósofo fuera un sabio al que hay que escuchar. Por el contrario, para Jean-Luc Nancy, el pensamiento será siempre esa "impropiedad de lo propio", como dice en El peso de un pensamiento [Pontevedra, Ellago Ediciones, 2007), el momento de la errancia, de la ausencia de toda esencia —reclamando para el pensamiento un estatuto peligroso, y arrancando al filósofo del concierto de los sabios en que tantas veces se lo intenta enclaustrar. El pensamiento es la diferencia, una singularidad sin subjetividad abierta al otro.

Nacido en 1940 en Burdeos, alumno de Paul Ricoeur, amigo de Jacques Derrida y de Philippe Lacoue-Labarthe (el primero le dedicó un libro, Le Toucher, Jean-Luc Nancy), existe en toda su obra ese compromiso sin reservas con el pensamiento, una interrogación implacable, sin concesiones, que recorre el psicoanálisis, la sexualidad, la ética, la política, la literatura y la estética, todos esos ámbitos  que interrogó en más de cien textos. Debido a la proximidad de su pensamiento al de Jacques Derrida, Jean-Luc Nancy llegó a figurar entre los grandes nombres de una conocida "corriente" filosófica, la llamada "deconstrucción". Más que un conjunto determinado o determinable de tesis filosóficas, la deconstrucción —uno de los proyectos en que más se implicó Jean-Luc Nancy fue, en los años 90, un conjunto de obras bajo el título general de "deconstrucción del cristianismo"— configura, si pudiera decirse, un "lugar de traducción" —la traducción incesante y singular del otro, con todo lo que ello indudablemente implica de pérdida, pero también de incalculable. Porque siempre fue singular plural, para evocar el título de un texto de Jean-Luc Nancy —Être singulier pluriel [Ser singular plural]—, la deconstrucción siempre ha sido un fenómeno de fronteras, el "rigor de la errancia", como afirma en El peso de un pensamiento.

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Jean-Luc Nancy @ Jornal I

 

 

Nancy fue, sin duda, un pensador de la comunidad, de la posibilidad de lo en-común, pero también un gran pensador del cuerpo, de la sexualidad y de la finitud —en un breve texto, El “hay” de la relación sexual [Madrid, Editorial Síntesis, 2001], dialoga con la frase de Lacan “No hay relación sexual”, y en otro igual de breve, titulado Corpus [Madrid, Arena Libros, 2003],  podemos leer, poco después, que los cuerpos, en una época como la nuestra, se esconden cada vez más en hospitales, cementerios y fábricas:

"La pintura es el arte de los cuerpos, porque sólo conoce la piel, porque es piel de una parte a otra. Y otro nombre para el color local es carnación. La carnación es el gran desafío arrojado por esos millones de cuerpos de la pintura: no la encarnación, en la que el cuerpo está henchido de Espíritu, sino la simple carnación, como el latido, el color, la frecuencia y el matiz de un lugar, de un acontecimiento de la existencia. Diderot envidiará así al pintor capaz de acercarse, a través del color, a lo que él, como escritor, no podía acercarse: el placer de una mujer."

En ese pasaje encontramos todo un programa, que será, en parte, el programa de Jean-Luc Nancy. Al igual que Merleau-Ponty, otro filósofo francés que escribió extensamente sobre el cuerpo, Jean-Luc Nancy intenta algo harto difícil: pensar el cuerpo fuera de los condicionamientos de la publicidad y la teología, que siempre necesita ver el cuerpo "henchido de Espíritu".

Es en esa medida que Jean-Luc Nancy es, igualmente, un pensador de la finitud —otro conjunto de ensayos dedicados al tema es Un pensamiento finito [Barcelona, Anthropos, 2002]— y, en consecuencia, de los fines. Puesto que sólo hay un cuerpo finito, localizado y localizable—lo que significa también disponible para una contabilidad—, la finitud tendrá que ser pensada, según el filósofo francés, independientemente de cualquier infinito.

"Pero la finitud en su concepto moderno —en su concepto nuestro, que hacer nuestro, del que apropiarnos, y por lo tanto aún por venir— constituye por el contrario lo absoluto de lo finito. Este ya no es entonces la negación del infinito, y lo que el infinito debe negar. Más bien constituye ese modo de finición (de acabamiento, de sentido) que no acaba, que no termina, que no totaliza y que, en ese preciso sentido, no 'infinitiza'".

El lenguaje, difícil, paradójico, aporético, como puede verse fácilmente, apenas se conforma al cuerpo transparente de la lengua que tantos quieren imponer. Pero lo que significa es quizás más simple, si es que es posible reducirlo: es necesario afirmar el cuerpo, es decir, los cuerpos, verlos en toda su diferencia, pensarlos fuera de toda totalidad, desconectar el cuerpo de toda noción de infinito. Reivindicar, por fin, un ateísmo propio del pensamiento.