Metafísicas Humberto T. Fernández

 

Comencé a escribir estas prosas a finales del pasado siglo, hacia 1998, y tal vez sea hora de terminarlas, después de revisarlas por enésima vez a lo largo de estos veinte años. Apenas me (re)conozco en ellas—será que escribir es perpetuar un momento de la vida del que escribe, y estos, el momento y el que escribe, mudan. Una misma preocupación, sin embargo, las atraviesa todas: el tiempo, si bien al final, a partir de la número treinta y uno, los textos giran con mayor soltura hacia una metafísica de lo cotidiano. En estas piezas se pueden descubrir guiños a ciertos poetas, como Borges o Celan, o lo que llamo “motivos bucólicos”, alusiones a mi particular tradición nacional, a una cierta dicción, una cierta idiosincrasia. Estos son textos de escasa pretensión, apuntes marginales, registro sin más de momentos específicos, definitorios, irrepetibles, intransferibles; en ocasiones, diría que las más de las veces, refieren a experiencias y no a sucesos, a espacios interiores y no a contextos. Tan breves como los textos que adelantan, estas pocas líneas no aspiran a explicarlos o describirlos, si acaso a insinuarlos.

 

[junio, 2018]

 

 

I

Planta de una sola hoja. Así como esta planta crece en una escasez esencial, la escritura debe ser seca, cortante, desprovista de todo asidero. No describir el receptáculo, ni la esbeltez del tallo, ni el verdor de la hoja. El papel en blanco. Nada de ideas ni de intenciones. Soledad en ristre, apartamiento de lo exterior: desnudo todo; todo sea dicho con un amago de totalidad imprecisa, como esa planta de una sola hoja que tiene mi ojo.

 

 

 

II

Perversiones. El sentido recto. Lo rectilíneo hacia atrás: la memoria se desdobla, se pervierte el origen por el recuerdo. Hay un desgaste de la forma en movimiento: una mano en caída corroe cada instante del espacio que surca. Más valen los dedos en suspensión, arpegiando cuerdas, una detrás de la otra. Cada sonido, una pieza. Precisiones. Una línea. Una nota. No se pretende la nulidad, se escribe para el ejercicio de la mano, como único conjuro para establecer, luz en sí misma, sus propias versiones.

 

 

 

III

Uno mismo. La conciencia social. Las formas históricas de la explotación y la convivencia que se derivan de ser uno repetido. Se impone el espejo. Un espejo: la imagen que se multiplica. El rostro de la multitud. La ceremonia de desdoblarse, hacer las veces de anfitrión y huésped. (Des)cuento de uno, uno es su propio relato; narración en retroceso: si uno quisiera desplomarse y confesar lo mal que se siente, deberá callar, tragar en seco y registrar, con mucha parquedad, lo inmediato.

 

 

IV

Lapis. Piedra inscrita de texto, historia, la no existencia de las formas. Permanencia, música inaudible, vocales en distorsión, sin-sonantes, romería de ruidos. Modos y vicios de la grafía que intentan perpetuar el instante de la escritura. Conciencia de algo liso. Trazo del punto en línea. Frase unívoca: acopio de (apenas) recursos lingüísticos al uso para resumir el curso que desesperadamente se inscribió en la piedra. Lápida.

 

 

 

V

Lo importante no es saber quién está dispuesto a dar su vida por ti, sino quién está dispuesto a dar su muerte. El hastío, como móvil del suicidio, apesta. El suicidio como desenlace de la plenitud del asco. Nada de emociones: embargo total de los afectos a la hora de pergeñar las ideas que nos agobian. Movimiento de igualdad el de la mano: las palabras sobre el papel. Cubrir espacios breves, salvar blancos, dinamitar el sentido, no permitirse ni un asomo de permanencia.

 

 

 

VI

Tú. Lo inimaginable del yo. Parapetado en sí, lo otro: la persistencia de unas estructuras ajenas. Percibir el tú; eso otro es la poesía: espacio para el desasimiento total. Las circunstancias añaden resquicios, pretextos para decir o enhebrar palabras, unas tras otras. La historia acompañada por la noche; aparejado al grito, el silencio y yo, que me afano por un trazo neutral, descubro el pequeño formato.

 

 

 

 

VII

Tiempo. Sentado, a solas, a oscuras, en silencio, un papel y tú, o tu mano, y el grafito que traza líneas y curvas. Escritura en silencio como esas páginas que amas y olvidas, y son presencia traslúcida en cada acto o pensamiento. Tiempo es la línea fugaz que lo contiene todo. Ineludible, el tiempo es una suma de precarias fidelidades a la permanencia. Tiempo de todo, tiempo de lo mejor y de lo peor, tiempo de estar y de irse. Tiempo del regreso, tiempo de acariciar un rostro antiguo, tiempo de pasar la mano por la piedra, o la tela, o la piel... tiempo, tiempo, a pesar.

 

 

 

VIII

ekphoneses. Palabras ya dichas que se repiten procurando más que un sentido, una música; algo de eco, de trascendencia, de perpetuidad. ¿Será acaso el rasgo del grafito sobre el papel? Escritura de letanías, de repetición o de enumeración, de cosas que vuelven a ti y se apoderan de tu mano y le dictan una forma: esto que doy en llamar una escritura sin género, una escritura sin propósito, una escritura monocorde, una escritura arrítmica, una escritura de bajos e intensos grises, una escritura intraducible, una escritura de la escritura.

 

 

 

 

IX

Ascos. Abandono de las calles y los rostros. Soliloquios con los cálices, reclinatorios, paramentos y la cama vacía. Noche oscura muy temprano y unos copos blanquísimos de nieve en la cima. Alimentos de mi boca: chuletas de cerdo hervidas y maíz casi podrido. Salir caminando sobre lo blanco, los pies sucios de cansancios. No hay sino un aire muy frío, y el horizonte de la ciudad me colma el estómago vacío. Pústulas fabrican la escritura que fuerzo como remedio. Pústulas. Se me escurre el lápiz de la mano mientras escribo, frenético, de estos ascos.

 

 

 

X

Ápice del momento: se enreda el hilo y teje campanadas que llaman a todo dolor posible. Vindicación del curso de una escritura que se hace de sonidos apenas perceptibles. Escritura del hueco que escudriña el hábito olvidado. Del otro lado pergeñar cuartillas que a la postre me devolverán una mano temblorosa, irreal, desconocida. Busco algo que manche, algo que testimonie la necesidad; algo, en fin, que sea un momento, sin ápice, romo, como cualquier otro.

 

 

 

XI

Mitad de la semana: el mismo medio: el espacio de la virtud: el centro. Estoy en la mitad de todo: de las realizaciones, de las aspiraciones, de los deseos, de los vicios, de las virtudes. Estoy en el medio mismo, con esa equidistancia que igual acerca que aleja. Medio. Mitad. Virtud. Recorrido habitual que desando. Colmo de medianías: el auto-exilio: ninguna pertenencia, extranjero, extraño, irreconocible el rostro de la mitad para arriba, la otra mitad en penumbra, mitades en conciliábulo, gesto burlón. Busco la “ocasión propicia” para inventariar lo que resta, aquello que, por encima (o por debajo) de las circunstancias, me constituye.

 

 

 

 

XII

Pintar las pelusas del tiempo con delicado gesto, quedo en el mismo ademán de antes, cuando entonaba canciones de gélida alegría. Pelusas que discurren poblando de tímidos colores este lienzo. La memoria finge no cobrar por cada deslizamiento de recuerdos. Pienso, entonces, en las interminables moradas teresianas, en ella cubriéndose la mitad del rostro con diluidas acuarelas de conventos vacíos, con alargados pasillos tachonados de musgos y líquenes incrustados en las paredes. Viejos íconos mutilados me guiñan el ojo que no existe. La otra mitad del rostro es un amasijo amarillento, mortaja de tiempo y cal. Visión de un daguerrotipo sepia, aviejado.

 

 

 

 

XIII

Arte de vivir la desesperación más inaudita. Arte de la manumisión, de la sórdida alegría del que baila. ¡Danzad, viejas damas, antiguos caballeros! Que el desenfreno corone la quietud del “estilita”. Arte de sublimar lo que nos fue arrancado con la furia de lo oscuro. Arte de poblar, con vanas ganas, de figurillas, de cirios y de atriles aquello que nos fue dado como prenda y hoy se torna, dios mediante, en pavor por lo vivido. Arte que deshace la tortura de imaginar constantemente el paraíso para aceptar la desolada brevedad y la nada.

 

 

 

 

XIV

Mi habitación, sin música de fondo, en silencio. Herméticamente clausurada, divago de una pared a otra. Me acuesto sobre el piso frío y la inmundicia me sale por los ojos. Demencia adquirida por el hábito de martillar sin resultado. Demencia: el hábito de subirme el pantalón y acordonarme los zapatos. Demencia: el hábito de alisarme el pelo. Demencia: el mero existir. Demencia que empaña el cristal que trasluce una imagen gastada. Ayer, hoy, improbable mañana, (música inaudible), habitación cerrada.

 

 

 

 

XV

Alma de los muertos. Oficios, cánticos, mementos, liturgia para el final. Gasto de cirios y ornamentos. Incienso, olor a mármol y luces que vagan detrás de su sombra; una mano acerca la patena y deposita los restos. Sagrario a la derecha, enfrente el altar, resguardo del calor y del gentío, del color y la muchedumbre. Sagrario, luz roja, capiteles y columnas, más que nada vacío, blancura con escasos, breves volúmenes. Voluntad de velar. La primera comunión como si fuera la última, y tú te deshaces en preguntas y lágrimas y sabes muerta el alma.

 

 

 

 

XVI

Parte del tiempo se habrá ido en la acuciosa búsqueda de la otra. El resto es pérdida. Parte del tiempo estará nublado, el resto es velación. Parte del tiempo, el resto es agua. Parte del tiempo: marejadas mortales, el resto es la mar. Parte del tiempo: rumor de brisas breves, el resto es dios. Parte del tiempo entregado al ejercicio de hundir el rostro en un libro, el resto es literatura (citó Borges a Verlaine). Parte del tiempo nieva en el nordeste del país, el resto es abandono. Parte del tiempo. El resto es nada.

 

 

 

 

XVII

Allanamiento de morada. Santa Teresa, piedra de su castillo, derrumbada ante la persistencia en callar de lo blanco ázimo. Desollar el cordero en invierno. El sepulcro está vacío. Tengo sed. La túnica sin costura está en juego: estoy desnudo. Los dedos de Tomás y en la noche las lecciones al de Arimatea. La higuera que no da fruto y Judas con sus treinta monedas en el bolsillo. Aquel campo de sangre. El cáliz derramado.

 

 

 

 

XVIII

La palabra es el cuerpo derrumbado por la muerte de un mesías, proclamado, desde lo alto, por sus dichos, confirmado por sus hechos. El verbo, palabra, logos que se encarna en la historicidad del acontecer humano, proclama fuera de este mundo, de la historia, otro reino, otra verdad. Lo dicho y hecho por aquel mesías regala la posibilidad de desentrañar lo establecido y encontrar la fibra rebelde, irreductible, del pensamiento no circunscrito, libre de asignaciones, para ser palabra.

 

 

 

XIX

El cuerpo entregado al suplicio y a la muerte se deshace en la palabrería de siglos baldíos, se desmarca de su primera función de rebeldía, resbala confirmando lo establecido, lo macerado por el hábito de conseguir que la serpiente se muerda la cola y los dados falsos que giran en un golpe de suerte. La ficción griega de un mundo poblado de dioses, apógrafos. El incienso del templo jerulasemita trastocado en veladura de lo real. Los rollos de la ley ya no se leen con la paciencia necesaria. No hay ojos, ni oídos que quieran oír, ni ver. Sólo temor. Temblor. Duda.

 

 

XX

El pensamiento disociado de la vida, enterrado en falsos espejos y aherrojado en razones y razonamientos que dejan fuera toda posibilidad de fragmentación, es la acción refleja del desdén y el agravio de lo pequeño e identificable. El barroco y el gótico encapsulan y hacen piedra la existencia humana, manifiestan la totalidad, lo definitivo. Pensar en la luz nos lleva a la sombra. ¿Qué es lo verdadero? ¿La sombra, la luz? ¿La misma realidad disimulada por la palabra, supersticiosamente empotrada en la encina del primer día, de la primera hora? La escritura, como el discurso o la imagen, brota de la ambigüedad de no distinguir lo abstracto de una idea de lo concreto de la mano.

 

 

 

 

XXI

Languidecer mirando la lámpara que consume su aceite mientras se espera el imposible de asir la porcelana en que se ha convertido el recuerdo. acto heroico de quien se ha convencido de que la clave tres-por-dos tiene toda la tristeza de la tierra de la bullanguería y el embullo; languidecer hojeando la biblia en busca del pasaje aquel que borra, con el brillo de la gloria, la tragedia de lo diario. Una manera de vivir la virtud en su grado extremo de entrega: ofrendar la carne y la sangre por el pan de cada día.

 

 

 

 

XXII

Memorar a Kierkegaard en la angustia de aunar “lo finito y lo infinito, lo temporal y lo eterno”, lo que se tiene delante y lo que está dentro. Conjurar lo imposible, la imposibilidad radical del ser-en-este-mundo manifestado en la carne y en la sangre, con lo posible, la posibilidad de la corrupción de la carne y de la sangre hasta quedar diluido en lo que no es. Sufrir es concebir la lágrima que corre hasta la sonrisa formando ángulo disparatado. Leer a Sôren, argüir que ciertamente lo posible es “lo que no puede realizarse”.

 

 

 

 

XXIII

Ah!, gnóstico. Dual la composición del alma: lo eterno es igual al tiempo, lo que la luz a la tiniebla. Conocer el acto y el principio por la evocación del texto, el texto por la escritura, la escritura por el lenguaje. Diálogo mudo, emanaciones de un dios-por-conocer en la posibilidad del amor y de un mortal conocido en la atrocidad del amor. Con sentido teológico: el diálogo entre el cristo glorioso y sus discípulos: pistis sophia. Maraña de palabras, palabras que enmarañan el sentido cotidiano de conocer lo que está dentro y lo que queda fuera. La sencilla verdad de que lo podrido es lo real y el resto es ocurrencia.

 

 

 

 

XXIV

En este momento en que la poesía suele ser precario repaso de los originales, escucho la voz (repleta de antiguos desconciertos) que vindica un espacio ínfimo para una metafísica de lo breve.

 

 

 

 

XXV

Memorabilia: un par de espejuelos, una corbata, un cortaúñas, un bolígrafo, un par de medias y unos zapatos, un abrecartas sobre la mesa y un vaso con restos de ron, la computadora encendida y la música que sale del viejo aparato renegrido por el uso; papeles desordenados, escritos de izquierda a derecha y de derecha a izquierda: occidente pensativo, Israel de mis amores, los chinos haciendo malabares; el secante sobre el papel de arroz tragándose la tinta y la lámpara que da sombra; un hilillo de agua que cae de no sé dónde y una güira seca, preparada para la ocasión.

 

 

 

 

XXVI

Esta sensación de desamparo, este amargor en las encías, esta sangre insistente que se mezcla con la saliva y escupo cada vez que recuerdo la ciudad; una llovizna fría, imperceptible, te humedece los ojos y luego no sabes…; un viento brusco, intermitente, se escapa de un cielo encapotado; en ocasiones es un olor a alguna fruta o vegetal, o acaso a yute, mediado de viandas; puede ser una visión, fugaz, sin sentido: estás sentado frente a una ventana y todo el paisaje se tiñe de azul pálido, de azul desvaído, y unas sombras chinescas comienzan a recortarse sobre ese fondo, y forman siluetas reconocibles de rostros y lugares. La ciudad no te abandona. Hay una retirada táctica y, luego, un regreso, como una insinuación, y así la memoria es el sitio, la guardería, el olor, la boca distorsionada, el cuadrante de lo sucedido y de lo próximo.

 

 

 

 

XXVII

Nietzsche. Las manos húmedas, vagando sobre el teclado y el sudor destiñendo la notación. Son las notas de una fuga, furtiva como todas, para el sitio del mar contenido, la espesura de la piedra y la lanchita que parte sin destino aparente hacia la puerta quemada de tanta soledad. La agotada manera de saludar las formas del piano abandonado al principio de la epopeya, la égloga de dispares melodías, la menguada separación de lo distante. Es el tiempo, la digitación perpendicular, la caída en plano de los suspiros, lo que me separa de la duda de ser el que escribe estas inciertas líneas, pensando, más bien, en la abultada claridad de la tarde en que corrí tras Leonardo y Cecilia. La consecuencia de manejar las teclas del piano de correas agrietadas, la mera situación de conservar intacto la dosis de sentimiento encontrado que me avasalla y aturde.

 

 

XXVIII

Una línea que no cesa, trazada del recuerdo al olvido. Memoria culposa. He cantado de las partituras que no sé leer himnos y salmos que invocan lo que está velado y escapa a la lucidez, al entendimiento. Una línea tenue, imperceptible, dislocada sobre el engranaje de la historia. El arte de la línea es el tono que se escurre. El valor del blanco prefigura que debemos morir, el instante postergado en el no tiempo, la miseria del olvido y lo escaso, lo escaso.

 

 

 

 

XXIX

Exsûlo. Ser en pérdida, gradual, definitiva, reverso del sudario. Regreso de las emociones a la frialdad esencial de la memoria. La fotografía bajo el cristal de la mesa de noche, el óxido que lamina y tiñe los perfiles, el contorno; la exhumación de los restos, la conveniencia del polvo; la adecuación a lo informe; la pústula en la herida; el momento de hablar consigo mismo desde la lejanía de uno mismo. La paciente espera de lo prescrito en la escritura rala de los suicidas, en la escritura equívoca de los adelantados.

 

 

 

 

XXX

No te olvidaré, aunque no haya ríos y no tenga llanto, y las guitarras se ejecuten en la estridencia del hueco, y aunque quieran que salte de alegría en esta tierra extranjera y que me comporte civilizadamente adivinando a cada instante, cada trazo de lo que está por venir, y tenga la boca reseca y los brazos colgando como hilachas hasta el piso desnudo de esta sala, y los recuerdos sean manchones de tinta descorrida por el agua de tanta vida que me prometiste, que me prometes.

 

 

 

 

XXXI

De una lectura a otra. Paso la mayor parte del tiempo de una lectura a otra. Oliendo el tiempo en las páginas en la tinta que corre cuando pasas la mano, cuando gravitas de un sitio a otro. Autores que parecen decir lo mismo en distancias aunadas. Anidadas. Ahora el libro de tapa irregular, Salinas convaleciente de su muerte en el frío Boston, y Diego, la boca, el verbo más capaz, ilustra el carácter, el hilillo contumaz descendiente de esta isla fehaciente, la más ferrosa, óxido rojo esmalte, inconclusa balada.

 

 

 

 

XXXII

Sobra de arte: decir irregular, tapiado con figuras de indignas cualidades de simulación. Canturreo del mediodía cansino. El río esperando su aguada. De regreso, las palabras y las cosas más locas que se hayan escrito en francés desde Víctor Hugo. Las meninas y el arte que sobra que se despilfarra en significados más que tenues, pálidos. De nuevo al patio, a la faena, de estar sentado, sorbiendo restos de vino de ayer en el estío: la historia como ficción, la ciencia ficción, el comunismo científico, la revolucionaria verdad de dejar de ser antes que ser sobra de arte.

 

 

 

XXXIII

En su aparente vastedad: las ficciones y sus prólogos, artificios de lo escrito en aparente halago de su propia escritura. Los traidores y los héroes como Fénix o Judas. Siniestrados por el mal uso de la brújula y de la espada. Los temas secretos de estas páginas y de las que consiguieron burlar las inclemencias del tiempo. Otras páginas reclaman el concurso que nunca se ganó en Oviedo o Aragón.

 

 

 

 

XXXIV

Imitaciones. Recriminaciones. Otra literatura, otra verdad a medias, dicha. Unos ensayos y otras palabras, hábitos de los dedos y de las palmas de las manos, acariciando el lomo incómodo del caballo que me guiña el ojo. Mirabeau el puente de la muerte. Que nadie testifique en el lugar del testigo. Sordo silencio y leche como amapolas interpuestas, conseguidas a contrabando entre la muerte, la noche y el puente: las tres patrias de la vieja poesía cansada, destrozada, entregada en la lengua que comprimió el cerebro y el alma y el cuerpo; los bellos versos de un viaje, sin final a la noche de oscuro signo, de agua en la boca de la noche.

 

 

 

 

XXXV

Solo la voz se escancia para sacudir el rocío de la noche, delante incluso de esa otra voz que se riega y sacude el polvo de ese otro camino desandado entre arpegios; esa voz sola en el más apartado de los sitios, en el costado abierto impecablemente por la lanza, llanura precisa de bordes delicados, voz que defiende el agua, la sangre que abre los espacios y el tiempo. Decir que la voz se percata abre las hendeduras de silencio, y se siente la respiración pesada, el roto equilibrio entre lo dicho y lo escrito en el lado íntimo de la zarza que abrasa con solo decir que la voz está raída, incrustada en las tablas primeras; escritas para certificar el posterior descenso, capitulación de lo divino.

 

 

 

 

XXXVI

El vestigio escaso, la evidencia oblicua del paso sinuoso de la espuma / La acupuntura, alfileres en la sien / Los deseos, fríos, de la memoria, en precario equilibrio con el dedo esquivo, distrófico / El invariable zodíaco de los atardeceres / La lectura concupiscente de la prosa de Milosz repasando el siglo / La pastilla de añil que se rompió en el bolsillo / La habitación corrida hasta el balcón de aquel a quien le sorprenden sus propias palabras /Saltar al abismo de Abisinia con rollos como alas / Avistar el rodillo que amasará la hostia viva / Colocar sobre el tapete la taza de té, vacía / Colillas y cenizas en éste, el cenicero o cementerio / En cuanto a las cosas que no están dichas, mejor es abstenerse, observar el silencio / Difuso reflejo, el espejo de Blanca Nieve (o de la bruja) / Tiene el zapato en sus manos y mira al pie descalzo / Ayer estaba de un humor híbrido / Las manos, esas de atar los cabos para convocar a los enemigos confesos de las horas últimas / La cadencia de unas voces idas / El día que se borra del calendario con el lápiz de falso rojo, agrietado / Música asonante de tambores en la fiesta /Las horas vacías del mediodía y la manera de cantar villancicos de otra época / Los poemas escritos con tinta en un papel raso, sin secante / Un espejo de indudable lucidez y la dolosa imagen de un sonero, improvisando / La fábula de José Cemí / El postre adherido en la encía, la cucharada de almíbar de limón / El espacio de sombra de una rama / El aire de domingo en el libro, en sus páginas de blanco impoluto / El marcador que hiere el papel, la página / La carga al machete de Bonifacio y las guerreras de las tropas orientales / El escrito de Fermín ante la traición. El teatro vacío / La güira. El café de medianoche / Los versos de la rémora y la cantidad de ex-votos en la montaña de cobre / La palabra deshilachada / La cuenca de tus ojos y el sable que nunca compramos en Toledo /El viaje continuo a la pradera del norte / El agua derramada a la hora imprevista, el recuento de la primera noche y su historia /Los hijos dejados a la intemperie / Las caricias a un cartel en la parada y los cortes de navaja sin filo / El paseo indistinto de las voces / Las palabras escritas con lágrimas derrotadas de antemano / Las voces disimuladas en el espejo / La mudanza, y el tenedor de libros haciendo marcas rojas, amarillas / Todo la magnitud de un arañazo / El espacio de un río, su cauce, teñido de azul Prusia / Mientras llora el ojo que no ve, se refocila la mano en lo otro.

 

 

XXXVII

Esta sencilla petición de auxilio en la noche clara que me envuelve es la adecuada respuesta a lo último, lo finito, lo perecedero, a lo que gira en su eje de perenne vuelta, a lo que petrifica lo inocuo del resto lanzado al lado, según el libre albedrío de una imagen celosa de las cuatro formas de la naturaleza muerta y la consiguiente ronda de los centinelas en torno a la antigua torre de los aparecidos. Este grito de blanca manufactura, de azogue, se hace silencio en su misma y espesa inexistencia.

 

 

 

XXXVIII

Fantasmas azarosos hilan nuestras vidas; por momentos no reconocemos ciertas puntadas, ni entendemos por qué esa urdimbre no se tejió jamás. Casi de fantasma es nuestra mirada tímida, que se cruza, trazando simulaciones de felicidad. Fantasmas las palabras que se escapan, y sabes lo que omito y sé lo que callas. Fantasmas los gestos que nos hacemos y quién sabe si son despedidas o saludos. Un gran amor, amor, son los minutos de silencio que les robamos a los días para mirarnos o, sencillamente, recordarnos. El destino que nos fue dado es la vieja y estrujada fotografía que intenta la permanencia en blanco y negro.

 

 

XXXIX

La mañana tiende la luz sobre el suelo viscoso que la noche deja. La impericia de moverme por el lado sinuoso de la calle, y el tranvía que la atraviesa.  Llegar al sitio de hospedaje sin las llaves, sin otro atuendo que la desnudez y la impudicia de ser. Los malabares de ese guante que pende del bolsillo en inquietante equilibrio con el boleto. La vaciedad o el vacío de esta hora inoportuna... el estanquillo de la esquina y las aceras desiertas; la discreta humedad y el frío que me cala el sombrero hasta los hombros. La silente paciencia del mendigo que juega con el estambre ¿o con su sombra? Me siento solo en esta habitación de escaparates inmensos donde el humo del cigarro permanece. Unos marcos de fotografías muy viejas me consuelan, el tocado de la dama de la esquina, el escarpelo tenaz en el tiempo, sepia. La palabra ceceada sobre el jugo de naranja y la mandarina rodando, irregular, hacia el borde de la mesa. El charco de leche esparciendo el seco y pegajoso olor hacia la boca. La intensa luz de la locomotora colocada hacia dentro del coche donde duermo y el insensato sueño que persigue la paz en la corteza del árbol derribado. Estar en un lugar es despreciarlo; es asumir la perpetua compostura de lo vago. Asir la columna, pasar la mano, mirar con detenimiento, caminar despacio, contar las pisadas, estarse parado... quieto unos instantes. Lamentar el vasto río y la rueda de nuestros antepasados, la espada y las viejas oraciones, las pinturas de familias a punto de llorar y de las manos, de las manos. Somos a un tiempo la inauguración y el rechazo, la manera de sentir la amalgama de todas las edades y la disidencia de todos los absolutos. La blanca mañana desde el tren y la estación soñada al sur de todo intento de escapar. Descanso mi brazo en la baranda definida por el recodo de la pendiente y la sombra de las canciones; repaso la frente de la amada muchacha que me tiende su mano llena de barro, entre amarillo y rojo, entre melancólica y adormilada. Azuzo la corriente del agua que corre entre mis cejas y sus labios entreabiertos, en medio del mismo río que acogió las barcazas de los antiguos y hoy pasean las inertes sombras en cabuyas de saliente rama, tejiendo, anidando, la manera inconclusa de sentir el bosque devastado, la madera preciosa en manos del negro liberto de la esquina. Esa manera de dibujar lo que no existe y que ha sido confiscada a la memoria del vagabundo de todas las podredumbres y las noches de mar encrespada en la lanchita que zarpa, en contemplación dudosa del castillo que preside la estampida. Siento el viento de la noche, la intemperie que se desliza en dirección al taller de bicicletas junto al puerto y su anfiteatro de tinieblas concupiscentes de abrazos tiernos y besos azorados del espanto de quedarse para siempre en la esquina tremenda donde la escasa luz se confunde contigo, con esa parte de sosegada espera que es tu espalda desnuda hacia el mar, hacia todo lo que no soy yo, aunque esté allí. Un nuevo lenguaje se ha apropiado de las penas y de la oscura manera de deslizar el recado de amor que guardo en el bolsillo de un pantalón que ya no uso. Ha sido una manera de equivocarse, de torcer lo que era recto, una línea continua hacia la mar, hacia la noche.

 

 

XL

Comienzo a sentir la tristeza, la angustia de muerte, la agonía, el irremediable Getsemaní de la existencia —ese que aprendí en vuestro sitio de incienso y de vino. Cada cual asciende a su propio cielo. Yo me voy con los míos, con mis piedras, con las desnudas deidades en cacerolas con las hierbas, con las cuentas de riquísimos colores, y con estos dos maderos cruzados, vacíos.

 

 

 

Seguidilla para Andrey Tarkovsky

 

I

Breve, fluye el arroyo arrastrando las hojas caídas durante la última tormenta. Las aguas del riacho se amontonan tras las piedras de lajas que definen sus orillas. Un hombre acuesta el rostro entre sus manos, humedecidas por el río: el invierno ha quedado atrás, es tiempo de caminar hacia la aldea. Leves las palabras que susurra, mientras las rodillas buscan su acomodo en el humedal. De su boca sale una oración para conjurar lo efímero del tiempo. Medita el peregrino en la fluencia indetenible de las cosas y mira cómo las ínfimas hierbas de esta estepa comienzan a teñirse de verde mientras se estiran para alcanzar sus sandalias. Frío, muy frío ha sido el invierno para este peregrino. Sus cansadas sandalias y el quieto hábito de vivir cobijado entre la Palabra y los frugales refrigerios cobran el cansancio en este inicio de camino —pero el río, el leve verdor de las hierbas y la esperanza de la aldea animan el cuerpo de este viajero del alma. Sacude la frialdad de la mañana incipiente con ademán de fuego en el momento en que un órgano lejano arpegia los tonos de una Salve. Devuelve al paisaje que emerge de lo blanco la mirada que tenía el río y los árboles deshojados le sugieren los gestos de un Cristo en sacrificio. Lento, vuelve su mirada hacia el río y se dibuja en él el rostro del Amado, evocando el tiempo de las largas oraciones: queman las palabras cuando grita el silencio de su alma. Las cosas que presagian la aparición de lo distinto confunden al caminante, y este temor se disipa conjurando la imagen de los rostros incrustados en la piedra: a esos el río no los arrastra.

 

 

II

Franquea el vado el pie diestro y la mano se alarga hacia el rostro bien amado; mojadas las sandalias, las alabanzas en su boca son palabras que deshielan los últimos intentos del frío: “misericordia, Señor, mira cuántos sacrificios” —para ejercitar la compasión, la abstinencia es el camino de los santos. El peregrino recuerda las angustiadas oraciones que hiciera en el largo invierno, esperando el deshielo de las aguas de los ríos. Es el tiempo lineal lo que lo apena, es la fláccida curvatura de lo entrevisto. Una antigua promesa lo impulsa a desandar el camino hacia la aldea. Vadeado el río, distingue chozas de bejuco ardiendo en llamas desesperadas y le sube una oración a la garganta: “Señor, haz que persevere en el camino, no deshagas estos nudos que me atan, que no hay grilletes más dulces que los tuyos, ni tiempo más eterno que tu rostro”. Crepitan las largas y secas ramas y se cubre el paisaje del humo que asciende al cielo purificando la aldea de todas las desgracias. Vuelve el trigal a ser trigueño, camina el peregrino entre las zarzas, mientras medita entre las cenizas del incendio, en los cantos tenues de los pájaros que presagian que el limo que volverá a crecer en breve. Los golpes secos de la siega lo devuelven al extenso paisaje que lo abraza: los campesinos juegan a los gallos de la muerte y el plantío espera algún hilo de sangre fecundante. Después de sacudidas las últimas escarchas, cuando las aguas se arremolinan en el recodo y el fuego hace pasto fácil de lo seco, el peregrino se pregunta por qué en invierno la soledad es más llevadera. Aquí, en esta estepa de sucesivos cuadrantes de cosecha, se superponen escenas sin sentido: las llamas devorando el bejuco, los campesinos y los gallos, el río en deshielo, el limo, el trigo del último pan: la Eucaristía, la música incesante, el trino de pájaros cansados, y él, con sus sandalias gastadas de todo el invierno, caminando hacia la aldea del deseo y la nostalgia.

 

III

Todo se acaba, se agota, él lo sabe: se lo han dicho esas imágenes de furia; quizá una entrecortada conversación salve el mundo, un diálogo de silencios y miradas, algún que otro murmullo, una cita de los Libros venerados, un recuerdo de la infancia. Él lo sabe, estamos a punto de la historia: basta que dos digan que se aman y la paranoia universal estalla. Así sucedió una vez. Él lo sabe. Sabe que existe un monte más alto. El peregrino comienza el difícil ascenso; sus pies florecidos de acacias, sus manos como de flores que se hunden en la tierra y el himno desesperado del regreso se le escurre desde la memoria hasta la boca: “Que cuesta volver sobre el camino que hicieran un día nuestras sandalias, más bien pesa el alma tras la ausencia...” Pesa también haber aprendido a sollozar en otra lengua. El alto monte armado de sus finas atalayas contempla al que vuelve con sospecha: no hay sacrificio que se ofrezca sin aparejar pérdidas y olvidos. Del otro lado está la aldea y la casa de los íconos descoloridos, y de sus manos cuelgan goterones de sangre, y sus brazos y sus ojos están raídos. La sencilla geometría de las líneas del dibujo contrasta con el rojo y el incienso; las volutas diluidas de las oraciones y la tos hacen persistente la esperanza: del resto fiel brota el retoño. Caminar es el destino, desandar las estepas intrincadas; persistir en el intento de arpegiar las músicas antiguas, invocar la gracia del Dios que se regala: “Oh Dios, fija tu mirada en mis cansados pies que resbalan en la tierra mojada por las lágrimas de los que aguardan”. Caminar en este desierto, no importa cuán verde la hierba, ni qué fluido el río, ni el número de los que esperan en tu nombre, es el tránsito obligado del peregrino.

 

 

IV

Patria esa pequeña demarcación de los olores y las visiones; ese sentido de lo propio, de la casa y sus habitaciones; del tintinear de los vasos y la quietud del mediodía. Patria, ese consuelo en la extrañeza, esa manera de circunvalar el olvido y acercarse de puntillas al recóndito lugar de los espejos, los cubiertos, el mantel. Ay, patria, después de este largo camino, después de diluirte en el trémulo alcohol de las noches de frío, apareces tachonada de verde, y el frágil río acurruca las lágrimas y las confunde, y ellas desbordan la imposible corriente. Patria. El peregrino introduce sus dedos verdes de musgos en el costado que abrió para la huida y contempla desde la otra orilla el agua que brota, la sangre, las vísceras. Después del invierno, el peregrino se postra ante la cruz vacía. Tu silueta, patria, se incorpora a su ojo, y la vieja choza que ardía resurge en múltiples líneas, y cesa el temblor y se alza la cruz y de ella surge el día.

 

 

 

 

Epílogo

Aquí estás, sonámbulo de las últimas vigilias. Aquí hablas, como escrutando el aire, el fuego, profano e irredento. Aquí estás. En las horas desordenadas de la eficiencia, enhebrando los tenues hilos de la nada. En lo blanco.