El ensayo como género* Medardo Vitier

El auge que ha tenido el ensayo en los últimos cincuenta años es común a la literatura española y a la hispanoamericana. El género (si hemos de aceptar esta categoría estética después de la negación de Croce) ha aclarado su perfil en la prosa.) Sin embargo, el término ensayo tiene dos inconvenientes, al menos en nuestro idioma. Uno consiste en que se emplea también en las acepciones de prueba y de tarea de principiante, cosas que nada tienen que ver con el concepto de ensayo en literatura. El otro se debe a la amplitud con que hoy se denomina ensayo a escritos que en rigor no lo son.

 

De todos modos, nos entendemos, y hasta se usan los vocablos ensayista, ensayismo, ensayístico.

 

Se entrecruzan en la prosa del ensayo elementos de otras categorías literarias, sobre todo de la didáctica y la poesía. De la primera, a virtud de las nociones que el ensayista expone, con ánimo de comunicar determinados criterios en torno a un asunto. De la segunda, porque las ideas que ordena no aparecen con rigor de ordenación ni fríamente concebidas, como en un tratado, sino que lucen vivificadas por una efusión, más o menos contenida, y por las cualidades de un estilo mucho más flexible que el de los libros destinados a la enseñanza Doctrina, sí, pero diluida en el comentario animado o en la meditación alada.

 

La flexibilidad del género, que es nota inherente, no lo priva de notas específicas. Veamos. Es una composición en prosa (lo cual no es tan obvio como parece, pues en la literatura inglesa, sobre todo, hay piezas en. verso que son y se titulan essays); su naturaleza es interpretativa, pero muy flexible en cuanto a método y estilo; sus temas, variadísimos, los trata el autor desde un punto de vista personal; la extensión, aunque varía, permite por lo común que el escrito se lea de una sola vez; revela, en fin, las modalidades subjetivas del escritor.[1]

 

El ensayo oscila entre cierto rigor de desarrollo, que lo acerca a la didáctica, y la extrema libertad ideológica y formal que le comunica tono poético. La elocución es siempre expositiva. Si se emplean la descripción, la narración y la argumentación es por modo episódico, no central ni continuo. Y por ser el ensayo órgano literario revelador de la personalidad, participa de potencias líricas.

 

Pero en esto se percibe una graduación de los más finos matices diferenciales cuando comparamos entre sí los ensayistas. Vasconcelos, por ejemplo, sin descuidar la objetividad de sus asuntos, se vierte en cálidas oleadas en su prosa, en tanto Alfonso Reyes comunica mucho más su ideación transparente que su mundo emocional.

Ensayo, artículo, estudio crítico, monografía, pueden distinguirse bien. Cierto que en ocasiones es difícil demarcarles exactamente las zonas. Hay piezas en que esas formas de prosa se interpenetran. Pero en lo general no desdibujan los lineamientos de cada una.

 
El artículo es por lo común más breve, su tema de más actualidad, su estilo, de nivel periodístico. Claro que hay artículos críticos que alcanzan la jerarquía del ensayo. La extensión, por otra parte, no es signo esencial. No pocos essays de Bacon son muy cortos.

 

El estudio crítico, en sus mejores cauces, es trabajo de examen frío, de indispensable erudición y de método severo. Con todo, sobreviene, en veces, la confusión, pues las tendencias de la crítica varían mucho. Sainte-Beuve, Taine y Macaulay no escriben con visión y técnica iguales. Siempre se aceptará, no obstante, que el último tiene mucho más de ensayista y que los otros dos pertenecen más a la crítica. Además hay el ensayo crítico, como el Milton de Lord Macaulay.

 

La monografía es ya cosa más definida. Su campo es didáctico, con limitación temática e intensidad en el estudio. Supóngase un trabajo detenido, de carácter científico sobre la pampa argentina. Será una! monografía geográfica. Examinará el área, la latitud, los accidentes del terreno, los factores climáticos, los estratos, la edad geológica, la fauna y la flora, la habitabilidad de aquellos territorios, su interés paleontológico, etc. Ni el investigador ni el mero expositor científico tienen por qué invadir zonas ensayísticas en un escrito de esa orientación. Es monografía neta. En cambio, el propio asunto da de si ensayo, si la actitud del autor es contemplativa, sin mengua de los materiales científicos que le interese manejar.
 

Basta que los datos geográficos se incorporen al intento interpretativo y depongan su fría objetividad para que lo ensayístico se manifieste. Late por eso en el verdadero ensayo cierto elemento creador, o cuando menos, una voluntad de visión personal que hacen del género un instrumento apto para remover las cuadrículas de la rutina en el mundo. De ahí la misión social que ha tenido en las letras de la América española. Por ser prosa de interpretación y discusión lo hemos penetrado de ansiedades, según se verá desde el próximo capítulo.

 

En punto a orígenes, sólo indicaciones esenciales. El ensayo .moderno data de 1580, para recordar la primera edición de los de Montaigne. Pronto, a fines del mismo siglo (en 1597), se publicaron los primeros ensayos de Bacon, cuya última edición autorizada vió la luz en 1625. Aparte de los antecedentes del género en la antigüedad clásica y aun en la Edad Media, fueron ellos los que le dieron fisonomía.

 

Todavía iluminan esta clase de composición las frases con que a ella se referían Montaigne y Bacon. El francés las llamó leçons morales; el inglés, "dispersed meditations". Iluminase también con la diferencia de estilo que la crítica ha determinado entre los dos. Bacon es conciso; sus cláusulas están repletas de mensaje. Montaigne es discursivo. Bacon reserva su pathos íntimo; no se abandona en la vertiente de la comunicación, mientras que Montaigne va revelando en cada página su individualidad. Bacon, en fin, refleja una mentalidad práctica, calculadora, en tanto Montaigne, aunque es un espectador escéptico, colora sus reflexiones de idealidad. Uno y otro hallaron en fuentes clásicas la incitación determinante. Aluden constantemente a Cicerón, Plutarco, Séneca, y los citan.[2]
 

Los especialistas rastrean los orígenes del ensayo en la Biblia, sobre todo en los libros sapienciales de ésta, como el de los Proverbios y el Eclesiástico; en las sentencias de Confucio, en los escritos de su discípulo Mencio (capítulos sobre el amor universal) y en las enseñanzas de Lao tse, fundador del Taoísmo. Por supuesto, tal filiación ensayística consiste sólo en ciertas notas específicas que en efecto se encuentran en dichas obras orientales. Por lo demás, eran brotes rudimentarios del género.

 
En las literaturas griega y latina hubo manifestaciones mejor articuladas, sin que alcanzaran plenitud ni fijaran resueltamente lo que los modernos hemos visto como clase de composición bien distinta. Se descubre dicho sesgo en el libro Memorabilia, de Jenofonte, en pasajes de Herodoto, Tucídides, Luciano, entre otros. Se ha discernido la influencia de Platón en Montaigne, por la libertad y naturalidad de los famosos Diálogos, y la de Aristóteles en Bacon, por la apretada articulación, lógica con que el estagirita expone su pensamiento. El más antiguo e ilustre antecedente del ensayo crítico se ha señalado en la sección de la Poética de Aristóteles dedicada a  la tragedia. Y los Caracteres de su discípulo Teofrasto marcan, quizá, el mejor momento a que  llegó el ensayo entre los griegos.

 

En la literatura latina muestran características de ensayo el Arte poética de Horacio, las Instituciones oratorias de Quintiliano, las cartas de Plinio el joven (ensayo epistolar), las Meditaciones de Marco Aurelio, que derrama su vena contemplativa sobre las sombras del Imperio. Mas todo parece indicar que fueron Séneca y Plutarco los autores antiguos que más incitaron a Montaigne y Bacon.

 

También se incluyen las Confesiones de San Agustín y la Consolación de Boecio, de principios de la Edad Media, entre las obras de dirección en parte ensayística.

 

El Renacimiento, al avivar los intereses humanísticos, puso en boga, entre otros muchos autores antiguos, como es sabido, a Plutarco, Séneca y Cicerón, los de más directo influjo en Montaigne y Bacon. Cicerón representa el ensayo de matiz filosófico en sus libros sobre la vejez y la amistad. De las Epístolas a Lucilio, de Séneca, escribió Bacon: "If one marke them well, are but Essais, -that is, dispersed meditations, though conveyed in the forme of Epistles."[3] En cuanto a Plutarco, muy leído en español, sus Vidas paralelas ceden lugar, a veces, a pasajes que bien pueden figurar en la prosa de que tratamos. Sus Obras mora!es sugirieron mucho a Montaigne.

 

En ambiente renacentista e inmediatamente anteriores a estos dos ensayistas, representaron el género Maquiavelo con El Príncipe, Erasmo con el Elogio de la locura ("Moriae Encomium"), y el español Guevara -de menos relieve, sin duda- con varios libros. La penetración política de Maquiavelo, aguijada por las turbulencias de las ciudades italianas produjo la prosa de El Príncipe y los Discursos, esencialmente ensayística. El Moriae Encomium del humanista holandés que escribió en latín es una sátira a las costumbres de su tiempo. Monjes, teólogos escolásticos, cortesanos quedan envueltos en punzante sarcasmo.[4] Su compilación de apotegmas y sentencias de los antiguos la utilizó Montaigne. Guevara fundió en el Marco Aurelio y otras piezas su conocimiento de la antigüedad y su experiencia mundana. Impresionó su estilo retórico. Fue traducido al inglés y al francés en su tiempo.

 

De lo expuesto se infiere que el ensayo existía, rudimentario en algunos autores, más desenvuelto en otros, antes de los dos clásicos del género y aún en la antigüedad. No se había diferenciado como forma de prosa con categoría aparte ni denominación especial, aunque en algún caso se da típicamente. ¿Qué condición ensayística falta en Los Nombres de Cristo, de Fray Luis de León? Por eso ya Bacon notó en conocida frase: "The word is late, but the thing is ancient." 

 

La literatura inglesa ha sido fiel a su tradición, en cuanto al ensayo. Con mayor o menor auge hay continuidad en sus essays desde los días del Canciller y filósofo. No es de este lugar la reseña. Baste notar los, florecimientos que más nos interesan hoy por la modernidad de su espíritu. A principios del siglo XVIII aparecen The Tatler (1709) y The Spectator (1711) redactados por Richard Steele y Joseph Addison. Estas revistas marcan época en el proceso del ensayo europeo.  Un siglo de tanteos periodísticos las precedió. Al fin se consigue la clase de artículo que concilie la actualidad con la doctrina en estilo animado. La prosa de Steele y la de Addison son clásicas. Las encontramos en todas las antologías inglesas. Con ellos el ensayo descendió al gran público. Las colecciones de esas dos revistas famosas documentan un período vivaz de esta clase de escrito.

 

Interesan las diferencias entre esas dos publicaciones así como sus colaboradores. Pero no son indispensables aquí. Lo que sí importa a nuestro estudio es lo que aportaron: habituaron al público a leer ensayos en cada número de la revista (The Tatler aparecía tres veces por semana; The Spectator era diario); escribieron toda clase de ensayos, con excepción del científico; redujeron su extensión y la hicieron más uniforme; impartieron un tono más social a los escritos; disminuyeron mucho el elemento personal; variaron los temas y el método de tratarlos; eliminaron toda apariencia libresca. De modo que popularizaron un género.

 

Otras revistas aprovecharon aquella experiencia. Aparecieron muchas con fines de ensayismo durante el siglo XVIII.
 

En la primera década del siglo XIX se fundan dos revistas inglesas de importancia en la historia de la cultura y en los destinos del ensayo: la Édimburgh Review (1802) y la Quarterly Review (1809). Baste mencionar algunos colaboradores de la primera: Francis Jeffrey, Walter Scott,T. B. Macaulay, Gladstone.

 

Entre los ensayistas que escribieron en la primera mitad del siglo XIX sobresalen Charles Lamb, William Haz 1itt, James Henry Leigh Hunt, Thomas De Quincey. No hay antología de prosa inglesa que no les de considerable sitio. Son poco conocidos en países de habla española fuera de círculos de estudiosos. En cambio alcanzan mayor número de lectores Macgulay, Carlyle, Ruskin, menos accesibles, creo yo, por la naturaleza de sus temas. Arnold, Newman y Walter Pater son también de círculo reducido de lectores entre nosotros. Verdad es que no se han traducido como Macaulay y Carlyle. Omito, es fácil notarlo, muchos nombres, y no de ensayistas menores. De la calidad de Stevenson hay otros.

El ensayismo ha tenido altos representantes en la literatura de los Estados Unidos durante el siglo pasado. Washington Irving, Emerson, Thoréau, Hawthorne, O.Wendel Holmes... para nombrar sólo algunos. Emerson se ha leído en nuestros países mucho más que cualquiera de los otros.
 

En España, el siglo XIX no tuvo la boga ensayística de Inglaterra. Ni mucho menos. El Idearium español (1896) de Angel Ganivet, que fue un llamamiento al examen de la hispanidad, es un ensayo de fundamental mensaje. Plantea la revisión de lo español en sus esencias históricas. El desastre se aproximaba. La generación del 98 (o los novecentistas según prefieren algunos) tuvo conciencia de que un nuevo episodio empezaba en la cultura hispánica. El ensayo recogió -como género apto para esa función las palpitaciones de un tercio de siglo aproximadamente.
 

Ganivet, Unamuno, Cossío, Azorín, Ortega y Gasset, D'Ors, Alomar, para mencionar sólo algunos, revisan los valores de la hispanidad ("les duele España"), afinan la sensibilidad para el paisaje español, meditan en el destino de la nación. Se incorporan a su cultura corrientes europeas; se revaloriza el Greco, se aviva el interés por determinados escritores clásicos; se presiente, en fin, el término de un sistema agotado. No pertenecían, en rigor, a esa generación, pero la inspiraban en parte dos austeros y altos maestros: D. Francisco Giner y D. Joaquín Costa.

 

No cito piezas de la prosa ensayística del novecentismo. Sólo muestro su temática para ver, en seguida, la dirección del ensayo en Hispanoamérica, hacia los mismos años y hasta hoy. Pero destaco En torno al casticismo de Unamuno, fina meditación, llena de sugestiones, y su Vida de Don Quijote y Sancho, libro de fuertes resonancias por sus notas radicales, sinceras, de lúcida angustia. El ensayo señoreaba lo mejor de la vida española y denunciaba sus yerros y desviaciones.

 

Por acá, en las repúblicas hispanoamericanas, se inicia también en torno a 1900 el cultivo del ensayo. Fue el tipo de prosa que mejor correspondió al movimiento llamado Modernismo [5],cuyas innovaciones en la lírica sobre todo han sido de importancia. Lo curioso es que el ensayismo es también entre nosotros un género al servicio de revisiones fundamentales, en casi todos los momentos de la curva que dibuja desde 1900, cuando aparece el Ariel de Rodó. A examinar su temática dedico, centralmente, este libro.

 

Me he fijado en una fecha -1900-; pero el ensayo tenía firmes antecedentes, sobre todo en Sarmiento y Montalvo.

 

Tanto en los ensayistas españoles como en los hispanoamericanos de los primeros decenios del siglo, los asuntos difieren mucho de los que trataron los modernos maestros del género, Montaigne y Bacon. N6tense algunos títulos en los del primero: "De la amistad", "De la soledad", “De los nombres", "De las costumbres antiguas", "De la edad", "De los libros", "De la Filosofía", "De la experiencia", etc. Son meditaciones sosegadas. El autor escribe bajo el signo de una actitud contemplativa, en atmósfera racionalista. Fíjese el lector en estos temas, de Bacon, cuya edición inglesa tengo a la vista: "Of Studies", "Of Truth", "Of Death", "Of Adversity", "Of Love", "Of Atheisme", "Of Friendship", "Of Fortune", "Of Beauty", "Of Ambition"...

 

Los dos temarios son bien similares. No lo son las mentalidades de Montaigne y Bacon. Pero uno y otro tienden a elaboraciones de universalidad.

 

En los essays de Steele y Addison que ya recordé, los temas son de cosas cotidianas, concretas. Su crítica se detiene en las costumbres. No intenta remover más. Humor, sátira, amenidad, información... y a salvo la estructura de la sociedad. Es cuestión de alcance. Entre sus escritos figuran, por ejemplo: "Duelling", "Frozen words", "The club", "Westminster Abbey", "Sir Roger at church", "Sir Roger in love". Comentarios sobre tipos, libros, costumbres; el familiar essay, según lo llaman los historiadores y críticos de la literatura inglesa.

 

Se relacionan con estos dos momentos de tradición ensayística en Inglaterra, dos escritores de nuestra lengua, Feijoo, cuyo Teatro crítico es de la primera mitad del siglo XVIII y el  ecuatoriano Juan Montalvo, cuyos Siete tratados se editan en 1882. Tanto el benedictino gallego como el famoso prosista de Sudamérica fueron verdaderos ensayistas, aunque la palabra “ensayo” no circulaba en español ni en tiempos de Feijoo ni todavía en los de Montalvo.

 

Feijoo -espíritu de gran curiosidad intelectual- representa ideas modernas en la España de  su siglo. Denuncia la decadencia, combate la rutina, desvanece y ridiculiza las supersticiones, enseña tolerancia, y lo auxilia en todo su enciclopédico saber. Su preocupación por la vitalidad nacional animó sus escritos, que son ensayos. Se han comparado con los de Addison y Steele, los fundadores de The Tatler y The Spectator. Poco después de haber desaparecido estas publicaciones aparece el Teatro críitico de Feijoo, dentro, aquéllas y éste, de la primera mitad del XVIII. La índole de los temas, la reiteración periódica, la constancia, son, en efecto, notas semejantes en los dos autores británicos y en el fraile español. Este me parece más intencionado, de ánimo más demoledor.


En Montalvo la semejanza es con Bacon, en punto a temas nada más. ¿No recordamos los del pensador inglés, en sus essays, al leer "De la Belleza", "De la Nobleza", en Montalvo? En el modo de, tratarlos y en la extensión difieren. Tales temas, en un hispanoamericano de fines del siglo XIX parecen como últimas resonancias, por acá de aquel cuerpo de ideas que entretuvo a no pocos escritores del Renacimiento. Según hemos de ver, el ensayo abandonó esos motivos para orientarse en cosas de americanismo.

 

Volviendo a los españoles del novecientos, se descubre una concordancia de propósitos entre ellos y los ensayistas que se estudian en este libro. Aquéllos se enfrentan con la interrogación de la hispanidad; despiertan la conciencia española. Estos examinan también la hispanidad (en su tradición colonial) y van, gradualmente, penetrando en los problemas contemporáneos.
 

Hay un paralelismo notorio en los dos movimientos. Pero allá, el recuento se hace al agotarse la vitalidad de un siglo, en una civilización vieja; acá se realiza cuando casi toda la América ha superado sus tropiezos políticos de juventud y quiere conocer sus deficiencias y peculiaridades. Todo, como en España, para una reorientación. Ambos grupos de ensayistas se alejan ideológicamente, no ya de Bacon y Montaigne, no ya de Addison y Steele, sino de Carlyle y Emerson, que están mucho más cerca.

 

El ensayo "hispanoamericano de los últimos cincuenta años representa, en los autores de más relieve, la conciencia de estos países.
 

Sarmiento, que tenía genio de estadista, examina en sus escritos cuestiones de americanismo. También las trata Juan María Gutiérrez, cuyos intereses eran de erudición y  estética. Son dos momentos del realismo argentino, esto es, de esa voluntad histórica con que los hijos de esa nación han escrutado sus orígenes y sus posibilidades. Después, asistimos aun desenvolvimiento del ensayo, en extremo interesante, por el cambio gradual de su temática.

 

Montalvo acentúa en una parte de su obra la nota de disertación a que me referí y que recuerda gustos del siglo XVI. Rodó, poco después, se pone a meditar en las conveniencias de la cultura nuestra. Todavía refleja resplandores humanísticos, pero ya quiere sentir la americanidad.  En seguida, Manuel Ugarte, muy inferior desde luego a Montalvo y a Rodó, compone ensayos de americanismo político. Se lee mucho en todas partes. Son los años en que se enarbola el término "Imperialismo". Francisco García Calderón, en La creación de un continente, supera el método de Ugarte. Como escritor significa más, pero se mueve en esfera política, todavía, si bien con más fina elaboración. Vasconcelos maneja mayor número de asuntos y sus libros americanistas son de incitación poderosa. Mariátegui irrumpe tajante con su ideario marxista, que aplica a los problemas peruanos, con proyección revolucionaria. Es una marcha gradual del género. Ha ido de lo abstracto a los concreto, a las realidades actuales. He señalado algunos momentos indicadores. Al estudiar el conjunto, en que entran muchos otros ensayistas, lucirá mejor esa gradual diferenciación de temas a que llamo la atención.
 

Aquellas "dispersed meditations" de Bacon, aquellas reflexiones penetradas de  humanidades con que Montaigne iluminó tantos lados de la vida, ceden ahora el lugar a una dialéctica armada de datos. El ensayo acude a urgencias de un mundo que estamos cimentando por acá, quién sabe si más seguro que el de contornos hispánicos, de raíz colonial. Ha dejado en las zarzas del camino la suntuosa vestidura que le dio un día el suave meditador del Uruguay, y la castiza locución y los elásticos giros de D. Juan, el de los Tratados, y hasta aquellas lumbres vivas que derraman claridad sobre la pampa en las páginas de Facundo. Ha depuesto la prestancia que le venía del Renacimiento. Fue príncipe altivo; ahora ha sido como soldado en la pelea, o monje en humildes menesteres de virtud. Se leyó antaño para deleite; ahora para encender en el ánimo la pasión del trabajo y de los designios de nuestra América. Vigilante ensayo batallador, no hay en estos pueblos a la vez vivaces y dolorosos, preocupación que no haya recogido, ni peligro que no haya avisado, ni sus cultivadores se han -dado punto de reposo, de Sarmiento a Hostos, a Carlos
 
Arturo Torres, a Antenor Orrego, a Alcides Arguedas... A veces le usurpa a la novela el campo, veteándole los capítulos, o se desentiende del tumulto exterior pata iluminar las zonas calladas del ser, como en los libros de Eduardo Mallea.

Es género de madurez en las culturas, y no obstante, ha tenido una considerable manifestación en estas jóvenes repúblicas. En su economía ideológica prepondera lo europeo, pero se ven signos de incipientes realidades de América; ya un atisbo, ya una audacia, y frecuentemente un interés en caracterizar y perfilar lo poco que por acá hemos ido logrando. Prosa impaciente, aun en el sereno Rodó, pues le llevan sus urgencias cuestiones de muy varia índole. Sin embargo, para que nada falte en su curso, el colombiano López de Mesa la alivia un tanto de su tensión, al escribir el ensayo de tipo explicativo, según, se puntualizará después.
 

¿Y la pureza del género? No se puede creer mucho en ella. ¿Qué diríamos hoy de la pureza de las razas? Cuando los preceptistas italianos del Renacimiento tradujeron y comentaron  la Poética de Aristóteles, algunos de ellos la entendieron mal. Derivaron del célebre libro toda una codificación literaria. Es un episodio capital en la cultura italiana del siglo XVI. En Francia, Boileau, más tarde, se encargaría de ser, como lo han llamado, el legislador del Parnaso. Se creyó  en los géneros, como en las especies biológicas, antes de Darwin, y en consecuencia, se acumularon reglas. Pero las literaturas nacionales producían obras que no correspondían al cuadro teórico elaborado. Tuvo que pensarse en "géneros no previstos por los antiguos”.

 

Precisamente el ensayo era uno de ellos, ya que ni los griegos ni los romanos tuvieron cabal conciencia de sus lineamientos ni le dieron nombre, a pesar de haber dejado piezas y pasajes de naturaleza ensayística.
 

Si por modo convencional estimamos los ensayos de Bacon y Montaigne -y aun otros posteriores- como ejemplos de la pureza del género, ésta se pierde pronto. La tesis de Croce, excesiva y todo, contiene elementos irrefutables. La noción de género es de filiación lógica y el arte vive en zona estética. La dimensión lógica del espíritu se agota en el intelecto; la dimensión estética dispone de la imaginación y la sensibilidad. De ahí que las obras literarias rebasen, en muchos  casos, la vieja clasificación. Esta, después de todo, ha de supeditarse a la producción capaz de perdurar.
 

Participa el ensayo de esas dos dimensiones, lógica y estética. Por la primera se interna en las ideas; por la segunda se espacia en más artísticas funciones. Oscila entre esos dos mundos y altera la estructura que lo gobernó en sus orígenes. Retiene, eso sí, aquellas líneas a virtud de las cuales constituye una prosa específica. En Camino de perfección de Manuel Díaz Rodríguez, es fiel a esenciales notas de los modelos. En cambio, en libros recientes de José Vasconcelos se entrecruza con lo autobiográfico y lo novelístico. Cierto que el prosista venezolano publicó ese opúsculo en 1907, cerca todavía de la aparición de Ariel.
 

Camino de perfección representa bien dos modalidades propias del ensayo: la insistencia y la revelación. Insistir en el tema, demandarle sus secretos, sus íntimas relaciones, no por vía de discurso puramente lógico como en la didáctica, sino por medios más libres y sutiles. Lo que revela un ensayo no pertenece más que en parte al corpus general de ideas establecidas. Su revelación enriquece lo comúnmente admitido, o lo rectifica.
 

He dicho insistencia en el tema. Pero suele confundirse ésta con la reiteración de las ideas, vicio que debilita algunas partes de los Motivos de Proteo de Rodó. Pudo reducir el libro a menor volumen, sin omitir nada del mensaje. Diluyó, cayó, a veces, en lo difuso.
 

Insistencia y revelación de buena ley hallamos en los escritos de Walter Pater. La citada pieza de Díaz Rodríguez me recuerda al escritor inglés. Y no es que se parezcan sino que uno y otro ilustran esas dos condiciones ensayísticas.

Salvo algunos autores, nuestro ensayo hispanoamericano ha de lucir humilde comparado con la espléndida tradición del europeo. Es género que no vive sino en medios de superior   cultura.
 
Precisamente algunos de los ensayos que se examinan en este libro plantean la cuestión del aprendizaje fuerte. No es nota común por acá. Pero así avanza nuestra América, con lentitud, en las letras, en las ciencias, en la política. Veremos desde el capítulo siguiente cómo el género que nos ocupa contribuye a aguijarrnos a la vez que ilumina el horizonte.

*Medardo Vitier, "El ensayo como género", en Del ensayo americano, México, Fondo de Cultura Económica,1945, pp. 45-61.

 

Notas

[1]  Ver Century Readings in the English Essay. por Louis Wann (1939), p. 4.

[2]  L. Wann, ob. cit., p. 11.

[3]  En el texto de la época.
[4]  W. H. Woodward, Desiderius Erasmus (Cambridge, 1904), pp. 20, 21.

[5] No exclusivo, claro está, de Hispanoamérica ni de España. Se ha designado con ese nombre en el mundo español, y es dentro de éste, una peripecia estética que proviene de universales tendencias de la cultura, a fines del siglo XIX.