La peligrosa hipótesis de Emmanuel Macron* Serge Halimi y Pierre Rimbert

 

 

* Publicado originalmente en Le Monde diplomatique, en su número de febrero de 2019, bajo el título “Lutte de classes en France”.

 

Al movimiento de los "chalecos amarillos" el Jefe de Estado francés ha respondido lanzando un "gran debate nacional". Ese tipo de ejercicio supone que los conflictos sociales se explican por problemas de comunicación entre el gobierno y sus oponentes, y no por antagonismos fundamentales. Hipótesis peligrosa...

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El miedo. No a perder una elección, no a fracasar en la "reforma", no a ver desvanecerse sus activos en la bolsa de valores. Más bien a la insurrección, a la revuelta, a la destitución. Desde hacía medio siglo, las élites francesas no habían experimentado un sentimiento semejante. El sábado 1 de diciembre de 2018, algunas conciencias sintieron de pronto un escalofrío. "Lo que urge es que la gente se vaya a su casa", dice, alarmada, la periodista Ruth Elkrief, estrella de BFM TV. Por las pantallas de su cadena desfilan las imágenes de los "chalecos amarillos", resueltos a conquistar una vida mejor.

Pocos días después, la periodista de un diario cercano a la patronal, L'Opinion, revela en un estudio de televisión lo fuerte que había soplado la borrasca: "Todos los grandes grupos repartirán bonificaciones, pues en un momento dado tuvieron

realmente miedo de terminar con la cabeza en la pica. Oh sí, las grandes empresas, en medio de aquel sábado terrible, en ese mismo momento, después de todos los destrozos, habían llamado al patrón del Medef [Movimiento de empresas de Francia], Geoffroy Roux de Bézieux, y le habían dicho: ‘¡Suéltalo todo! Suéltalo todo, porque si no...’  Se sentían amenazados, físicamente.”

Sentado junto a la periodista, el director de una empresa de sondeos alude por su parte a “los grandes jefes que están realmente muy preocupados”, a un ambiente "que se asemeja a lo que he leído sobre 1936 o 1968. Llega un momento en que uno se dice: ‘Hay que saber soltar grandes sumas de dinero, antes que perder lo esencial’”[1]. En la época del Frente Popular, el dirigente de la Confederación General del Trabajo (CGT), Benoît Frachon, recordaba que durante las negociaciones de Matignon, tras un estallido de huelgas imprevistas durante las que se llegó a ocupar fábricas, los patrones incluso “habían cedido a todas las demandas”.

Este tipo de descomposición de la clase poseedora es rara, pero tiene por corolario una lección que ha recorrido la historia: quienes han sentido miedo no perdonan ni a quienes los han asustado ni a aquellos que han sido testigos de que han sentido miedo[2]. El movimiento de los “chalecos amarillos” —duradero, escurridizo, sin líder, de un lenguaje desconocido para las instituciones, tenaz a pesar de la represión, popular a pesar de la maliciosa cobertura mediática de los saqueos— ha provocado, por tanto, una reacción rica en precedentes. En momentos de cristalización social, de lucha de clases sin rubor, cada cual debe elegir su bando. El centro desaparece, el pantano se seca. Y, luego, incluso los más liberales, los más educados, los más distinguidos se olvidan de los melindres de la convivencia.

Poseídos por el terror, pierden la compostura, como Alexis de Tocqueville cuando recuerda en sus Memorias los días de junio de 1848. Los obreros parisinos reducidos a la miseria fueron masacrados por la tropa que había despachado contra ellos la burguesía en el poder, convencida de que “sólo con el cañón se [podían] resolver los problemas del siglo”[3].

 

Al describir al líder socialista Auguste Blanqui, Tocqueville se olvida entonces de sus buenos modales: “La mirada enferma, mezquina, inmunda, una palidez sucia, la apariencia de un cuerpo enmohecido (...). Parecía haber vivido en una alcantarilla de la que acababa de salir. Me causaba la impresión de una serpiente a la que se le hubiese pellizcado la cola."

Una metamorfosis similar de la civilidad en furia tiene lugar durante la Comuna de París. Y esta vez se apodera de muchos intelectuales y artistas, a veces progresistas, aunque esto último, preferiblemente, sólo en tiempos de calma. El poeta Leconte de Lisle se enfurece con “esa liga de todos los degradados, todos los incapaces, todos los envidiosos, todos los asesinos, todos los ladrones”. Para Gustave Flaubert, “el primer remedio sería acabar con el sufragio universal, esa vergüenza del espíritu humano”. Tranquilizado por el castigo (veinte mil muertos y casi cuarenta mil detenidos), Émile Zola extraería las lecciones pertinentes para el pueblo de París: “El baño de sangre que acaba de tomar quizás haya sido una necesidad horrible para calmar algunas de sus fiebres[4].”

Baste decir que, el pasado 7 de enero, Luc Ferry, catedrático de filosofía y ciencias políticas, pero también extitular del Ministerio de la Juventud, la Educación Nacional y la Investigación, tal vez haya tenido presentes los excesos de personajes con al menos tantos galones como él cuando la represión contra los “chalecos amarillos” (véase “De la violencia policial a la violencia judicial”), demasiado indolente a sus ojos, le arrancó —en Radio Classique…—la siguiente orden a los guardianes de la paz: “Que usen sus armas de una vez por todas” contra “esa sarta de matones, pedazos de hijos de puta de extrema derecha o extrema izquierda o de los suburbios, que vienen a darle golpes a la policía”. Acto seguido, Ferry se puso a pensar en su almuerzo.

Por lo general, el campo del poder se despliega a través de componentes distintos y a veces en competencia: altos funcionarios franceses o europeos, intelectuales, patrones, periodistas, la derecha conservadora y la izquierda moderada. Es en ese ambiente agradable que se produce una alternancia calibrada, con sus rituales democráticos (elecciones y, luego, hibernación). El 26 de noviembre de 1900, en Lille, el dirigente socialista francés Jules Guesde diseccionaba ya ese pequeño tiovivo al que la “clase capitalista” debía su longevidad en el poder: “Nos hemos dividido en burguesía progresista y burguesía republicana, en burguesía clerical y burguesía de pensamiento libre, de modo que toda facción derrotada siempre pudiese ser reemplazada en el poder por otra facción de la misma clase igualmente enemiga. Como el barco de mamparo que puede hacer agua por un lado y que, no por ello, deja de ser menos insumergible.” A veces, sin embargo, el mar se pone áspero y la estabilidad del barco se ve amenazada. En tal caso, las querellas deben disiparse ante la urgencia de un frente común.

Frente a los “chalecos amarillos”, la burguesía ha hecho una movida de ese tipo. Sus portavoces habituales, que, en tiempos de calma, se encargan de mantener la apariencia de que existe un pluralismo de opiniones, han asociado de una sola voz a los manifestantes con una manada de poseídos racistas, antisemitas, homófobos, facciosos y conspiradores. Pero sobre todo ignorantes. “‘Chalecos amarillos’: ¿ganará la estupidez?” se pregunta Sébastien Le Fol en Le Point (10 de enero). “Los verdaderos ‘chalecos amarillos’, confirma el editorialista Bruno Jeudy, luchan sin reflexionar, sin pensar" (BFM TV, 8 de diciembre). “Los bajos instintos se imponen despreciando la civilidad más elemental”, dice por su lado, alarmado, el plebeyo Vincent Trémolet de Villers (Le Figaro, 4 de diciembre).

Pues este “movimiento de patanes poujadistas y facciosos” (Jean Quatremer), dirigido por una “minoría rencorosa” (Denis Olivennes), es gustosamente asimilada a una “avalancha de rabia y odio” (editorial de Le Monde) en que “hordas de mequetrefes, de ladrones” “roídos por sus resentimientos como por las pulgas” (Franz-Olivier Giesbert) dan rienda suelta a sus “malsanas pulsiones” (Hervé Gattegno). “¿Cuántos muertos habrán de pesar sobre la conciencia de estos nuevos patanes?”, se pregunta, con zozobra, Jacques Julliard.

No menos preocupado por “el odio desnudo y ciego a su propia voluntad”, Bernard-Henri Lévy se digna a firmar en... Le Parisien una petición adornada por los nombres de Cyril Hanouna, Jérôme Clément y Thierry Lhermitte, para invitar a los “chalecos amarillos” a “convertir la ira en debate”. En vano... No obstante, alabado sea Dios, suspira Pascal Bruckner, “la policía, con sangre fría, salvó a la República” de los “bárbaros” y de la “chusma encapuchada”[5].

Desde Europe Écologie – Les Verts (EELV) hasta los escombros del Partido Socialista, de la Confederación Democrática del Trabajo Francesa (CFDT) hasta los dos anfitriones matutinos de France Inter (una “asociación de inteligencia”, según la directora de la estación), todo un universo social se ha vuelto a congregar para machacar a las figuras políticas que han mantenido una actitud benevolente hacia el movimiento. ¿Su error? Atentar contra la democracia al no mostrarse solidarios con la minoría asustada. ¿Cómo contrarrestar a esos apestosos? Recurriendo a un viejo truco: rebuscar cualquier cosa que pudiera vincular a un portavoz de los “chalecos amarillos” con cualquier opinión que la extrema derecha haya defendido o expresado alguna vez. Empero, de ser así, ¿debería alentarse también a la violencia contra los periodistas con el argumento de que la Sra. Marine Le Pen, en sus votos por la prensa, ve en ellos “la negación misma de la democracia y el respeto de los demás, sin el cual no puede haber un intercambio constructivo, ni una vida democrática, ni una vida social” (17 de enero)?

Nunca antes el sobresalto del bloque burgués que constituye el zócalo electoral de Emmanuel Macron[6] se había revelado tan crudamente como el día en que Le Monde publicó el retrato, empático, de una familia de “chalecos amarillos”, “Arnaud y Jessica, hasta el último euro" (16 de diciembre). Un millar de furiosos comentarios aparecieron inmediatamente en el sitio web del periódico. “Pareja no muy inteligente... La verdadera miseria, ¿no será, en algunos casos, más cultural que financiera?", ponderaba un lector. “El problema patológico de los pobres: su capacidad para vivir por encima de sus posibilidades”, subía la parada un segundo. “Ni pensar que de ahí saldrán investigadores, ingenieros o creadores. Estos cuatro niños serán como sus padres: una carga para la sociedad”, zanjaba un tercero. “Pero ¿qué esperan del Presidente de la República?”, se sublevaba otro. “¿Que vaya a Sens todos los días para asegurarse de que Jessica se tome la píldora?!”. La periodista autora del retrato se quedó atónita ante ese “aluvión de ataques” de “acentos paternalistas” [7]. “¿Paternalistas?” No se trataba, sin embargo, de una disputa familiar: los lectores de un periódico conocido por su moderación más bien tocaban a rebato las campanas de la guerra de clases.

 

Aclaración sociológica

El movimiento de los “chalecos amarillos” marca, en efecto, el fiasco de un proyecto nacido a finales de los años ochenta y desde entonces sostenido por los evangelistas del liberalismo social: el de una “república del centro” que habría puesto fin a las convulsiones ideológicas expulsando del debate público y de las instituciones políticas a las clases trabajadoras[8]. Todavía mayoritarias, pero demasiado inquietas, estas debían ceder el espacio —todo el espacio— a la burguesía cultivada.

El “punto de inflexión hacia el rigor” en Francia (1983), la contrarrevolución liberal impulsada en Nueva Zelanda por el Partido Laborista (1984) y, a finales de los años noventa, la “tercera vía” de Anthony Blair, William Clinton y Gerhard Schröder, parecían haber alcanzado ese objetivo. A medida que la socialdemocracia se enroscaba en el aparato estatal, se sentía cada vez cómoda en los medios de comunicación y “okupaba” los consejos de administración de las grandes empresas, relegaba a su antigua base popular a los márgenes del juego político. En los Estados Unidos, apenas es de extrañar que, frente a una asamblea de donantes electorales, Hillary Clinton echase en un “cesto de pobres diablos" a los partidarios de base de su contrincante.

Así y todo, la situación en Francia es apenas mejor. En un libro sobre estrategia política, Dominique Strauss-Kahn, socialista que formó a muchos de los allegados del actual presidente francés, explicaba hace diecisiete años que en lo adelante la izquierda debía apoyarse en “los miembros del grupo intermedio, formado por un inmenso número de asalariados, sensatos, informados y educados, que son la columna vertebral de nuestra sociedad. Son ellos quienes aseguran su estabilidad, debido a (...) su apego a la ‘economía de mercado’”. En cuanto a los demás —menos “sensatos”—, su suerte estaba sellada: “Lamentablemente, del grupo más desfavorecido no siempre podemos esperar que participen serenamente en una democracia parlamentaria. No es que estén desinteresados de la historia, pero sus irrupciones a veces se manifiestan en forma de violencia”[9].

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Por lo tanto, no había que preocuparse de esas poblaciones sino una vez cada cinco años, por lo general para culparlas de las puntuaciones de la extrema derecha. Después de lo cual, regresarían a la nada y a la invisibilidad—la seguridad vial no exigía entonces que en todos los automóviles hubiese un chaleco amarillo.

La estrategia funcionó. Las clases trabajadoras han sido excluidas de la representación política. Ya de por sí baja, la proporción de diputados obreros o empleados se ha dividido entre tres en los últimos cincuenta años. Excluidas también del centro de las zonas metropolitanas: con solo un 4% anual de obreros o empleados entre los nuevos propietarios cada año, el París de 2019 se parece al Versalles de 1789. Excluidas, finalmente, de las pantallas de televisión: el 60% de las personas que aparecen en los noticieros pertenecen al 9% más calificado de la población [10]. Y, a los ojos del Jefe de Estado, esas clases trabajadoras no existen, ya que Europa para él no es más que un “viejo continente de pequeñoburgueses que se sienten seguros en la comodidad material” [11]. Sólo que, voilà, ese mundo social obliterado, decretado reacio al esfuerzo académico, a la formación, y, por lo tanto, responsable de su suerte, ha resurgido bajo el Arco de Triunfo y en los Campos Elíseos (véase “Un mapa perturbador”). Confundido y consternado, el consejero de Estado y constitucionalista Jean-Éric Schoettl no necesitó sino diagnosticar en el sitio web de Le Figaro (11 de enero de 2019) una “recaída en una forma primitiva de lucha de clases”.

 

Desdibujamiento ideológico

Si el proyecto de escamotearle a la mayoría de la población la arena política se está convirtiendo en un callejón sin salida, otro capítulo del programa de las clases dominantes, el destinado a desdibujar las líneas entre la derecha y la izquierda, ha gozado, sin embargo, de una fortuna inesperada. La idea inicial, que se hizo dominante tras la caída del Muro de Berlín en 1989, consistía en hacer retroceder a los márgenes desacreditados de los extremos cualquier posición que cuestionara el “círculo de la razón” liberal, expresión del ensayista Alain Minc. La legitimidad política ya no se basaría en una visión del mundo, capitalista o socialista, nacionalista o internacionalista, conservadora o emancipadora, autoritaria o democrática, sino en la dicotomía entre razonables y radicales, abiertos y cerrados, progresistas y populistas. La negativa a distinguir entre derecha e izquierda, negativa que los profesionales de la representación reprochan a los “chalecos amarillos”, reproduce básicamente en el seno de las clases trabajadoras la política de desdibujamiento seguida durante décadas por el bloque burgués.

Este invierno, las demandas de justicia fiscal, de mejoramiento de las condiciones de vida y de rechazo del autoritarismo del poder han pasado a un primer plano, pero la lucha contra la explotación salarial y la denuncia de la propiedad privada de los medios de producción están en gran medida ausentes. De otro modo, ni el restablecimiento del impuesto de solidaridad sobre el patrimonio, ni el regreso a los 90 kilómetros por hora en las carreteras secundarias, ni el control más estricto de las cuentas de gastos de los representantes electos, ni siquiera el referéndum de iniciativa ciudadana (véase “¿Quién teme a la iniciativa ciudadana?”) ponen en tela de juicio la subordinación de los trabajadores en la empresa, la distribución fundamental de las ganancias o el carácter ficticio de la soberanía popular en la Unión Europea y en la globalización.

Desde luego, los movimientos aprenden sobre la marcha; se fijan nuevos objetivos a medida que perciben obstáculos imprevistos y oportunidades inesperadas: en la época de los estados generales en 1789, los republicanos no eran sino un puñado en Francia. Solidarizarse con los “chalecos amarillos” es, por tanto, actuar para que su acción siga profundizándose en dirección de la justicia y la emancipación. Conscientes, sin embargo, de que otros se esfuerzan por que la evolución ocurra en sentido inverso y cuentan con que la ira social beneficie a la extrema derecha en las elecciones europeas del próximo mes de mayo.

Semejante resultado se vería facilitado por el aislamiento político de los “chalecos amarillos”, que el poder y los medios de comunicación se empeñan en convertir en intratables exagerando el alcance de ciertos pronunciamientos o de actos reprensibles pero aislados. El éxito eventual de esta empresa de descalificación validaría la estrategia seguida por Macron desde 2017, consistente en reducir la vida política a una confrontación entre liberales y populistas[12]. Una vez impuesta esa división, el Presidente de la República podría amalgamar a sus oponentes de derecha e izquierda en el mismo oprobio, y, luego, asociar cualquier protesta interna a la acción de una “Internacional Populista” en la que, en compañía del húngaro Viktor Orbán y del italiano Matteo Salvini, se codearían, según Macron, conservadores polacos y socialistas británicos, franceses insumisos y alemanes nacionalistas.

El Presidente francés tendrá, no obstante, que resolver una paradoja. Apoyado por una base social estrecha, podrá llevar a cabo sus “reformas” del seguro de desempleo, de las pensiones y de la función pública sólo a base de un mayor autoritarismo político y de la represión policial, sin dejar de echar mano a un “gran debate sobre la inmigración”. Después de haber sermoneado a los gobiernos “antiliberales” de todo el mundo, Macron terminaría así plagiándoles las recetas...

 

(Traducido del original en francés por Rolando Prats para Patrias. Actos y Letras. Para una versión en inglés de este artículo, publicada por el propio Le Monde diplomatique, consulte aquí.)

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Notas

 

[1] "L’info du vrai", Canal Plus, 13 de diciembre de 2018.

[2Cf. Louis Bodin y Jean Touchard, Front populaire, 1936, Armand Colin, París, 1961.

[3] Auguste Romieu, Le Spectre rouge de 1852, Ledoyen, París, 1851, citado en Christophe Ippolito, "La fabrique du discours politique sur 1848 dans L’Éducation sentimentale"Op. Cit., núm. 17, Pau, 2017.

[4] Paul Lidsky, Les Écrivains contre la Commune, La Découverte, París, 1999 (primera edición: 1970).

[5] Respectivamente: Twitter, 29 de diciembre de 2018; Marianne, París, 9 de enero de 2019 y 4 de diciembre de 2018; Le Point, París, 13 de diciembre de 2018 y 10 de enero de 2019; Le Journal du dimanche, París, 9 de diciembre de 2018; Le Figaro, París, 7 de enero de 2019; Le Point, 13 de diciembre de 2018; Le Parisien, 7 de diciembre de 2018; Le Figaro, 10 de diciembre de 2018.

[6] Bruno Amable, "Majorité sociale, minorité politique"Le Monde diplomatique, marzo de 2017, y, del mismo autor, junto con Stefano Palombarini, L’Illusion du bloc bourgeois. Alliances sociales et avenir du modèle français, Raisons d’agir, París, 2017.

[7] Faustine Vincent, "Pourquoi le quotidien d’un couple de 'gilets jaunes' dérange une partie de nos lecteurs"Le Monde, 20 de diciembre de 2018.

[8] Laurent Bonelli, "Les architectes du social-libéralisme"Le Monde diplomatique, septiembre de 1998.

[9] Dominique Strauss-Kahn, La Flamme et la Cendre, Grasset, París, 2002. Véase Serge Halimi, "Flamme bourgeoise, cendre prolétarienne"Le Monde diplomatique, m5728502.

[10] "Baromètre de la diversité de la société française. Vague 2017" (PDF), Conseil supérieur de l’audiovisuel, París, diciembre de 2017.

[11] "Emmanuel Macron - Alexandre Duval-Stalla - Michel Crépu, l’histoire redevient tragique (une rencontre)"La Nouvelle Revue française, núm. 630, París, mayo de 2018.

[12] "Libéraux contre populistes, un clivage trompeur"Le Monde diplomatique, septiembre de 2018.