Ilustración de fondo basada en un dibujo de José Martí por Carlos Enríquez

José Martí: [l]a totalidad imposible Rolando Prats

 

Publicado originalmente en El Caimán Barbudo, Año 23, Edición 266, [La Habana, Cuba], enero de 1990, con ilustraciones originales de Raúl Martínez, tres de cuyas obras sobre José Martí acompañan esta entrada.

 

"Yo ocupo en el único ser el único lugar, singular, insustituible e impenetrable… para otro. En el único punto dado en el que yo me encuentro ahora no se encuentra nadie más en el único tiempo y el único espacio del único ser.  Y en torno a este único punto se sitúa todo el único ser de un modo único y singular. Lo que puedo realizar yo no puede ser realizado nunca por nadie (el subrayado es mío). La unicidad del ser existente es imperiosamente obligatoria. Ese es el hecho de mi no-alibí (sic) en el ser (subrayado por el autor), en el que se basa el propio deber ser concreto y único del proceder...”[1]. En el apólogo que el Bajtín de Vitebsk (1920-1924) ordenaba para una iniciación que habría de esperar 50 años podemos sorprender la respuesta del hombre cósmico, sin dioses ya que lo exoneren del vértigo de la elección, extendiendo el discipulado de Sócrates hasta las puertas mismas de la ciudad, donde el hombre se sabe solo ante los dos abismos. El conocerse a sí mismo deja de ser un acto de pura voluntad en los intersticios del ser, por los que en él se penetra sólo en la anamnesis o en la profecía. La “unicidad” del ser de que Bajtín se hace eco, una vez re-conocida, nos sitúa en un espacio temporal que no es ya ni óntico para el tótem, ni gnóstico para los dualismos de quien ha perdido el hilo de la simiente, sino “vivencia participante activa”[2].

 

José Martí, que ha estado en casa de Echécrates y ha presenciado allí el emocionado testimonio de Fedón, ha terminado por olvidar las circunstancias de aquel diálogo, o su figura engendrada por esas circunstancias, y sólo sabe que fue, que va a ser: “Y sé que fui, porque hay cosas nuevas que no son nuevas para mí. Y sé que seré, porque siento la necesidad de ser más de lo que soy, que no puedo ser aquí[.]”[3](…) O tal vez no ha[ya] sido Echécrates, su curiosidad reverencial contrapunteando ese vacío: entonces vemos a José Martí en la espera de la nave que fue a Delos, dueño antifonal de las claves que le da el maestro para atravesar las puertas. O arrojándose al mar, atravesado el cuerpo por el flechazo que le hubiese correspondido en el coro, ausente para siempre, condenado al alibi. Luego[,] lo vemos volver por sobre las aguas, viene del mar del sur como el que regresa de llevar su diputación a Apolo, durante todo este tiempo ha postergado su propia sentencia, finalmente penetra en la tierra, poseedor ya de una imagen en la que—como en un relámpago—ha visto reunidos todos sus fragmentos.

 

José Martí, en sus ciclos de acercamiento al centro gravitacional que desde sí mismo lo llama, insiste en la indicación socrática, la repite haciéndola concéntrica, como para conjurar en esos círculos la evaporación de lo umbilical: “Para entrar en mí, tengo que entrar por mí mismo (…) Es preciso que yo, puesto en mí, me vea por mí a mí mismo”[4]. Pero como se trata de un conjuro más que de una apelación, menos de una búsqueda que de un rememorar, enseguida alcanza, en los bordes mismos de la puerta que toca, la abertura en el viento de quien reconoce la casa materna: “Lo que yo soy no me lo debo a mí mismo. Yo no nací por mi voluntad. Yo no me di lo que en mí vale. Lo que hay en mí, solo es mío, en cuanto temporalmente es ello en mí. Soy lo que soy, sin que yo sea responsable de un espíritu que no pudo elegir: sin que yo pueda vanagloriarme de un alma que yo no creé”[5]. Sentencias de quien ha visto el otro lado de la luna, volverán a insinuársenos en Vitebsk, pasado medio siglo: “Lo que puedo realizar yo no puede ser realizado nunca por nadie.”

 

Tendremos que reencontrarnos con el que siente “la necesidad de ser más de lo que es” y que “no pudo ser allí”. Es la lección que nos va resultando imprescindible y como constituyente ante cada desafío: porque José Martí sigue siendo nuestra suprema posibilidad de síntesis entre lo secular desintegrado y lo que viene cerrándose por los “enlaces continuos invisibles”[6], tendremos que seguir extendiendo la necesaria contemporaneidad, la modernidad natural de quien nos acompaña tutelarmente inconcluso, tendremos que reencontrar, sin macerarla en lecturas de un finalismo satisfecho, la raíz de su doble destino: el uno, mítico; el otro, histórico. Aquel actuando sobre éste, sumando capas bajo las cuales el fuego de los dioses se da en ceniza museable; lo histórico, sorprendiéndonos por entre las brechas entre el bronce y el mármol, con sus nuevos avisos acumulándose.

Porque en José Martí esa raíz—todo su pathos utópico parece provenir de esa agudísima conciencia suya de unicidad, de la que nutre su ethos y hasta la curva agónica de la escritura de su estilo—es la única que nos puede poner en posesión de la totalidad de su cifra: la de quien se planteó, en lo histórico, la encarnación de la utopía como posibilidad engendrada por la actuación, en lo causal, de la imagen del equilibrio: la isla en el fiel de América y del Mundo se convierte en el telos de esa utopía. Sólo esa totalidad, esa cifra irresuelta, podrá ceder la suma de sus antinomias: “Nada ha de ser. Nada está predestinado a ser. Todo en el mundo, menos él mismo, e[s] el efecto del azar”[7] / “Lo real es racional”[8]; “Lo que yo soy no me lo debo a mí mismo”[9] / “Yo nací de mí mismo, y de mí mismo brotó a mis ojos, que lo calentaban como soles, el árbol del mundo”[10]; “A veces, me confieso que soy bueno. A veces, me golpeo con ira y me exaspero porque que creo que brotan de mí malvados y egoístas pensamientos”[11] / “¡Cómo me regocijo al volver atrás mis ojos, de no haber concebido un solo pensamiento, ni dicho una sola palabra de intransigencia o de odio…!”[12]. Sólo la imposibilidad de esa totalidad devoradora podrá hacer que nos posesionemos del esencial sentido agónico de la vida y de la muerte de José Martí, y de su destinada y continuada resurrección: necesaria por la misma razón dos veces: José Martí será siempre una totalidad imposible.

 

Pues José Martí es, primero, una imposibilidad óntica: él participó a la vez del mito y de la historia, se sabía poseedor de un logos heredado, de un telos mítico, pero se había instalado en el reino de lo condicionado, de lo único causal, sintió el vértigo de su terrible soledad—su soledad no era sino el otro costado de su grandeza—y quiso, oficiado el misterio de la parábola entre la flor de la pólvora y la abeja de los estatutos, pegarse “al último tronco, al último peleador: morir callado”[13].

Y es, después, un imposible gnóstico: nos ha dejado sólo los términos de su tránsito, no el tránsito entre sus términos. Podemos incursionar en el texto concluso o fragmentado, única herencia jurídica, testada por él mismo entre el guardián de la semilla y el rey antesalar que manda componer un Espíritu (para cuando “ande muerto”[;]O.C., t. 1, pág. 16), pero hemos perdido para siempre el contrapunto singular—celular por el protoplasma que la membrana oculta—de cada oración suya, la entonación toda de su palabra, lo que Bajtín enarca como “actitud axiológica ante el objeto”[14]. Si, desde Heráclito, los dialécticos nos han venido horadando el ojo para que vea el simultáneo de cada polo, lo que es que no es al mismo tiempo, de José Martí hemos perdido la mediación entre el suceso vivo irrepetido y la letra repetible: ahora esa letra sigue sucediendo, se re-escribe y es re-escrita en diálogo con su otra circunstancia: filiación que proviene de su inconclusa futuridad y su incitada resistencia.

 

De ahí que citar a José Martí sea la más herética de las fidelidades: fragmentamos esa totalidad, y los fragmentos, aislados, entre sí se enemistan. De ahí que sólo como cuerpo total él nos aguarde tras cada una de las irritadas hermenéuticas. Pues sólo como totalidad aún no ganada José Martí es todavía sustancia de resistencia, tras el gradual y previsible vencimiento de sus entregas onerosas: José Martí escritor, José Martí político, José Martí hagiógrafo y hagiografiado. Mientras no lleg[ue]mos a ese cuerpo imposible, cuerpo pascaliano en cuanto lo que nos interesa es su continuada búsqueda y no la ganancia de un perfil como plomada para la duda, y en él nos posesionemos de lo gravitatorio, que es siempre lo uno y lo indescifrable continuo, rendiremos el tacto a la sinécdoque engañosa: por eso él, desde su muerte andadora, nos sorprende cada vez que creemos agotar la extensión de esa sustancia.

 

Si José Lezama Lima ha podido situar su muerte “dentro del Pachacámac incaico, del dios invisible”[15], o en “una dimensión egipcia”[16] (“Las palabras finales de sus dos (sic) Diarios, nos recuerdan las precauciones, que se han de tomar por las moradas subterráneas según el Libro de los muertos. Pide libros, pide jarros con hojas de higo…”—La expresión americana, La Habana, 1957, pág. 75), es porque el propio José Martí emprendió su secular empresa luego de haber sido todos los tiempos del hombre, y porque su excursión por lo histórico es en él sobrevida, espejo cifrado donde su daimon clavetea los signos de su alteridad. La hermenéutica ficcional de Lezama se torna, de hecho, [...] estricta visión histórica.

 

Si Lezama ha podido vislumbrar, en una suprema prueba de la raigal capacidad de ordenamiento y resistencia de lo imaginario en un país “frustrado en lo esencial político”, a José Martí en la casa del alibi, allí donde en “su justa permanencia indescifrada sigue en sus memoriales enviados a un rey secuestrado, / en sus cartas de relación nos describe para su primera secularidad una tierra intocada”[17], es porque ha leído antes en el invisible, anfitrión y huésped de la “casa que va a ser incendiada”[18], que “por sobre los depósitos de la muerte aletea, como redimiéndose (el subrayado es mío)…la luz que surge invicta de la podredumbre (…) ¡así de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria![”][19].

 

Ya hemos visto que para Bajtín “la unicidad imperiosamente obligatoria del ser existente” es la condición de su no-alibi en el ser”. [A] José Martí el ser se le aparece como su propio alibi, vencidas las oposiciones entre el hombre que alzará el mundo” y el que desea “morir callado”[20]. Su muerte, que se pudiera seguir fechando, le otorga por su fecundidad la entrada en el alibi que quiso alcanzar en vida. Muerte fecunda, nos lo salvó para el alibi donde único podremos reencontrarlo: en esa inasibilidad de su imantada presencia, inasibilidad que nos explica el mandato secreto de la más misteriosa de sus oraciones: [“]¡Qué ventura, que no me entiendan! y qué dolor, si me entendiesen!”[21].

 

Si su primera secularidad se cumple “en una tierra intocada”, su segunda secularidad—la de su muerte como inicio de su segunda vida—, acechante en una nueva lectura de sus “memoriales”, de sus “cartas de relación”, parece perseguir una señal de incumplimiento, de cautas celebraciones sobre el cuerpo mutilado que se resiste al bautismo por el “que gime una ausencia de telos”[22].

 

En su segunda secularidad, José Martí de nuevo “penetra en la casa: encuentra la reciente ceniza de las recientes humaredas; / y el pequeño caballo está quieto, pues sabe que la mano que lo traía / ha penetrado con su alegría en la casa del alibi”[23].

 

Será deber del rey liberado clavar en el paredón como sentencia lo que es hoy modulada insinuación: que “el mejor [(…)] ha tomado nueva carne”[24].

 

13 de noviembre de 1989

Notas

 

[1] [Mijail Bajtín, “Filosofía del proceder”, revista] Ciencias Sociales, Academia de Ciencias de la URSS, No. 4, 1987, pág. 165.

[2] Ibídem, pág. 151.

[3] [José Martí, Obras Completas], [Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1975], t. 21, pág[s.] 63-64.

[4] Ibídem, pág. 68.

[5] Ibídem, pág. 69.

[6] Ibídem, t. 4, pág. 284.

[7] Ibídem, t. 21, pág. 34.

[8] Ibídem, pág. 36.

[9] Ibídem, pág. 69.

[10] Ibídem, pág. 167.

[11] Ibídem, pág. 68.

[12] Ibídem, pág. 341.

[13] Ibídem, t. 4, pág. 111.

[14] [Mijail Bajtín, “Filosofía del proceder”, revista] Ciencias Sociales, Academia de Ciencias de la URSS, No. 4, 1987, pág. 161.

[15] [José Lezama Lima], La expresión americana, La Habana, 1957, pág. 75.

[16] Recopilación de textos sobre José Lezama Lima, [Serie Valoración Múltiple,] Casa de las Américas, 1970, pág. 39.

[17] [Revista] Casa de las Américas. No. 158, sept.–oct. 1986, pág. 35.

[18] [José Lezama Lima, La expresión americana,] ed. cit., pág. 74.

[19] [José Martí, Obras Completas, ed. cit.,] t. 4, págs. 283-284.

[20] Ibídem, pág. 111.

[21] [José Martí, Obras Completas, ed. cit.,] t. 21, pág. 256.

[22] Recopilación de textos sobre José Lezama Lima, [ed. cit.],  pág. 35.

[23] Ibídem, pág. 34.

[24] Ibídem, pág. 35.