Carta a Julio César Guanche* Juan Carlos Zamora

 

Octubre, 2006

 

Guanche:

 

Hermano mío, estoy hojeando “Cuba, la ilustración y el socialismo”, después de transgredir el orden de la lectura y empezar por leer íntegramente tu excelente Epílogo. Aunque todavía no tengo una visión total del libro, lo que he leído de Liria es apasionante y me ha llenado de añoranza. En Miami escribí y dije cosas parecidas, aunque de manera más diluida y poco rigurosa, pero mi reflexión sobre Cuba, junto a Humberto Tirado, señalaba en una dirección análoga: defender y entender la Revolución Cubana sin reeditar los lugares comunes con que la retórica sepulta su bisoña complejidad y originalidad. ¡Estoy feliz de leer cosas como estas! La Revolución Cubana se ha visto en la desafortunada circunstancia de no encontrar, y a veces hasta de evitar —por ejemplo, en  los años 70— una reflexión filosófica que, con fidelidad creadora, esté o intente estar a la altura de su compleja singularidad. Creo, si no mal recuerdo, que Gramsci dijo que había hechos filosóficos, y que Lukács también habló de actuar filosóficamente. Al parecer el hecho de ser revolucionario, es decir, el hecho filosófico-práctico de estar comprometido con cambiar la realidad en función del hombre, no siempre va acompañado de la correspondiente autoconciencia filosófica de los procesos que desata la misma acción revolucionaria.

 

No las tengo todas con la Ilustración como tampoco con el Renacimiento, durante el cual renacieron muy pocas cosas y se murieron muchas otras. En Voltaire, a pesar de su ingenio y su ironía citadina, nunca he encontrado nada sólido ni profundo. En Rousseau hay más rigor, pero su visión atomística-contractual del individuo y la sociedad, sumada a las ideas de su antecesor John Locke, fundamentaron teóricamente algunos males que todavía aquejan a la humanidad. Creo que las luces de la Ilustración apagaron otras y que desde entonces se desató un inmanentismo humanista absoluto en virtud del cual el Hombre entra en un proceso autofágico, pues si bien, como dijo Protágoras, el hombre es la medida de todas las cosas ¿cuál o quién es la medida del hombre?

 

La Ilustración, y después la Revolución Francesa, aunque anti-teológicas, con su Igualdad, Fraternidad y Libertad, tenían una inconsciente raíz cristiana, raíz que está detrás de todo el fenómeno de la historicidad occidental. En todas las otras culturas, el tiempo era concebido cíclicamente, es decir,  no había la menor posibilidad de plantearse ningún cambio estructural en dirección al futuro. Solo con el profetismo hebreo y con el cristianismo aparece el tiempo como camino hacia, como peregrinar de la humanidad (humanidad que solo se encontró como concepto unificado por la supuesta común paternidad divina) hacia un Reino o Markut de justicia o posible redención, fraternidad y desalienación. En la medida en que la modernidad se fue separando de su implícita raíz por razones de tiempo y se fue quedando limitada a la pobreza explícita de su supuesta autoconciencia autónoma y ultra-racionalista, nos dejó expuestos a una ambigüedad esencial y a cierta orfandad metafísica desde la cual los caminos podían bifurcarse en dirección a Auschwitz o el Gulag, o a verdaderas Revoluciones como la de Octubre en Rusia (hasta 1924) o la cubana. Aun con esas reservas, creo en la Ilustración como posibilidad todavía abierta del hombre para iluminar y dominar progresivamente con su racionalidad y com-pasión toda su existencia social.

 

El socialismo es la culminación necesaria de esa posibilidad. Ahora bien, ese socialismo debe curarse de toda pretensión metafísica y reconocer que el hombre padece y padecerá angustias que trascienden todo ordenamiento social. La construcción del socialismo no solo es necesaria por la urgencia de justicia y supervivencia que la humanidad necesita, sino también para que esta, ya  libre de sus ataduras prehistóricas y alienantes, pueda plantearse otros problemas,  o más bien el problema de lo Otro. Heidegger, al que tanto pareces desdeñar, a pesar de sus miserias políticas plantea el problema de la muerte y el del misterio del Ser, y Marx despacha el asunto de la muerte con un par de líneas en sus imprescindibles Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, en los que habla, si mal no recuerdo, de “la dura victoria de la especie sobre el individuo”. En tu Epílogo, la palabra o categoría individuo se repite varias veces, como sujeto de derechos y llamado al goce de la plenitud de sus facultades intelectivas y sensoriales, pero el individuo no es el género formalmente atemporal, el individuo es temporalidad intrínseca abocada a la muerte. Si el individuo es tan importante, entonces el problema de su condición mortal, tenga la respuesta que tenga, debe ser objeto de una más detenida consideración filosófica, no exenta de consecuencias políticas. El marxismo debe ser el centro de nuestra constelación

teórica, pero solo el centro…

 

Más allá de estas divagaciones,  la categoría Ilustración utilizada en el libro para comprender la Revolución Cubana me parece fecunda. La Ilustración y el Socialismo se replegaron defensivamente en un punto ciclónico del Caribe y, al parecer, desde aquí están dando lecciones más creadoras y seminales que las espectaculares cifras de toneladas de acero producidas en mi amada Rusia cuando los tiempos de los planes quinquenales. Y que conste, no caigo en el faciloncesto antiruso oportunista e ingrato en que han caído algunos pensadores cubanos. Rusia se levantará de nuevo. Yo le rezo siempre a San Alejandro Nevsky para que ponga un poco de calor caribeño en sus corazones y nos envié algo de invierno reflexivo y sacrificial para nuestra pachanga.

 

Estoy hasta cierto punto en desacuerdo con que en tu magnífico Epílogo pongas en el mismo paredón teórico a pensadores de la talla de Nietzsche, Heidegger y Kojéve junto a los ideólogos Leo Strauss y Carl Schmitt, a pesar de que evidentemente tienen puntos de contacto. Aunque esos tres pensadores tengan un pathos derechista, no hay por qué regalárselos tan fácilmente a la derecha, hay que heredarlos. Si de lo que se trata es de la categoría de progreso, te recuerdo que el mismísimo Marx la miró con sospechas en “La ideología alemana” además de hacer una pormenorizada crítica de la Declaración de Derechos Humanos en “La Sagrada Familia”.

 

En cuanto a ese gran reaccionario de Edmund Burke, he sentido siempre cierta curiosidad. Hay algo en él que, más allá de su crítica violenta de la Revolución Francesa, siempre me ha interesado, y es su énfasis en el prejuicio y la tradición como bases de su visión continuista y orgánica de la Sociedad y la Historia. ¿Por qué? La defensa de la noción de pre-juicio siempre me ha parecido un correctivo a la pretensión desmesurada de la Ilustración y de la Modernidad de poder hacer tábula rasa de todo lo que no sea la razón misma en su supuesta y total autonomía para darse ella, de modo transparente, sus propios puntos de partida sin ningún presupuesto anterior a su inmanencia total. Veo en ello un presentimiento de lo que ahora llaman círculo hermenéutico. El pensamiento nunca podrá prescindir de su lugar pre-reflexivo de enunciación. La tontería snob moderna de quienes pretenden carecer de prejuicios lo único que hace es reforzar la zona más obscura de estos. Lo mejor sería asumirlos conscientemente y reforzar su zona más positiva, sobre todo aquella desde la cual actuamos sin mediaciones discursivas contra lo degradante, lo feo y lo injusto, porque hemos recibido pre-reflexivamente un entramado axiológico de la sociedad en que crecimos. Y ahí aparece el problema de la tradición. ¿Acaso todo lo que es tradición es reaccionario? ¿No tenemos paradójicamente en América Latina una tradición revolucionaria desde las misiones jesuíticas, pasando por el Padre Las Casas, hasta Ernesto Guevara? ¿Por qué dejarles siempre el pasado a la reacción y quedarnos los revolucionarios solo con el futuro o el futurismo compulsivo de funcionarios de mal gusto y feas construcciones pre-fabricadas? Walter Benjamín y Pier Paolo Pasolini, revolucionarios indudables, nos recordaron la importancia de la recuperación revolucionaria del pasado salvándolo de su reificación burguesa. El Partenón nos pertenece más que a cualquier hipócrita ideólogo “nostálgico” de la burguesía. Además, la nostalgia y la esperanza no son tan contrarias como parecen. El futuro solo es deseable para salvar toda la herencia de las conquistas humanas, materiales y espirituales, y ponerlas a disposición de todos los hombres para que cada uno de ellos no sea un desheredado como ha sido siempre, si no lo que es esencialmente, un príncipe. Aunque parezca contradictorio, lo que quiere la Revolución es que todo hombre, con igualdad efectiva de oportunidades y sin distinción de origen, como ser único, sea eso, un príncipe heredero de todo el quehacer cultural histórico y social y que desde su singularidad contribuya a enriquecer esa herencia colectiva.

 

Me alegran los razonamientos que encuentro en “Cuba, la ilustración y el socialismo” sobre el ascetismo y la alegría y sobre la posibilidad, en el socialismo, de un ascetismo alegre acompañado del goce. La versión protestante y calvinista del cristianismo, que le sirvió de base espiritual al capitalismo, le arrancó a la Fe fundada en el Dios revelado en Jesús todo lo que ésta tenía de invitación a la alegría, testimoniada en el Evangelio desde el milagro del vino en las bodas de Canaan hasta la Resurrección, que es resurrección del ¡cuerpo! Nada más y nada menos. Claro, también están la cruz y la muerte, pero como momentos dialécticos y desgarradores de la esperanza. Max Weber y Max Scheler hablaron de ese tipo enajenado de fe que traicionaba la alegría.

 

Son de altura las reflexiones sobre el derecho o el estado de derecho en Cuba que figuran en el texto, las suscribiría sin vacilaciones. Ya te dije, en el extranjero hice apuntes en esa dirección, pero ni hablar de que se puedan comparar con la brillantez, la profundidad y lo bien escritas que están las de Liria, las de Alba y las tuyas. Ustedes tres, como pensadores, tienen en común cierta fe, al igual que Bobbio, en la posibilidad de que el socialismo pueda heredar, en circunstancias propicias, las conquistas jurídicas ilustradas de la democracia con su división de poderes, entre otras cosas.

En cuanto a Alberto Lamar Schweyer ,me atrevería a afirmar que, más allá de su biologismo y su desafortunada polémica con Roberto Agramonte, es un pensador cubano que merece atención, sobre todo por su libro “La crisis del patriotismo en Cuba”. Hay varios pensadores cubanos que debemos salvar del olvido, aunque sean de derecha, como por ejemplo el pensador santiaguero y autonomista José del Perojo, quien tradujo al español, creo que por primera vez, “Critica de la razón pura”. Publicó, además, un valioso panorama del pensamiento alemán de la época, fue amigo personal de los jefes de la escuela neokantiana y sus intervenciones ante el parlamento español, publicadas bajo el título “Cuestiones coloniales” (existe otro título que no recuerdo), contienen una fuerte denuncia de la excesiva presencia comercial norteamericana en nuestra economía.

 

Pero volvamos de mis digresiones sobre algunos nombres citados en el libro al libro mismo, a su cuerpo y sustancia. ¡Lo he terminado! ¡Estoy felicísimo y agradecido a ti, a Liria, a Alba y Eliades Acosta de poder leer este texto! Es una de las mejores cosas que se han publicado en Cuba en mucho tiempo. Comencé subrayando el libro, pero no pude continuar, pues habría terminado subrayándolo todo. La lógica paradójica que atraviesa todo el texto, la lucidez antiretórica, la belleza del lenguaje, la honestidad y el coraje intelectual que manifiestan los autores, hacen de este libro uno de los análisis filosóficos políticos más importantes que se hayan escrito sobre la Revolución Cubana.

 

Ya San Pablo hablaba de la fuerza de la debilidad. “Cuba, la ilustración y el socialismo” es una defensa “indirecta” de la Revolución Cubana desde sus propias debilidades, desde la fecundidad imprevista de sus contradicciones no resueltas, desde su negatividad, como diría Adorno. Digo “defensa indirecta”, porque como dice de sí mismo uno de los autores, y eso atraviesa como espíritu todo el libro, “él no apoya a la Revolución cubana, sino que más bien se apoya en ella”. Creo que en esa paradójica expresión está todo el hilo conductor del texto. Pues de lo que se trata no es de defender algo que nos sea externo y a lo cual nos acercamos con voluntad solidaria cruzando las vallas de nuestra subjetividad, subjetividad que suponemos ya asegurada desde un amurallado lugar de enunciación. Lo que se defiende en Cuba no son simplemente sus titánicas cifras, sino la raíz de sus logros: la conversión violenta de todo ciudadano en sujeto permanente de derechos sociales en simultaneidad con la creación paralela de su correspondiente aunque imperfecto correlato objetivo en la estructuración institucional de la sociedad. Es decir, que todo cubano, en medio de la noche mundial de la usura y la voluntad de dominio, es de hecho, a través de la ranura de la Revolución, ciudadano de una utopía con fundamento in re, es partícipe de hecho del principal derecho del hombre, que es el de estar engranado todavía con la historia como dinámica trascendente de posibilidades sociales, humanas, mientras que en la mayoría de las otras sociedades la historicidad ha quedado ocluida, y la derelicción del hombre ante las leyes smithianas del mercado ha quedado consagrada por el derrumbe del socialismo real y engalanada jurídicamente por el mismo estado de derecho que enorgullece a Occidente. A pesar de algunos lugares comunes y cierta retórica, la Revolución Cubana se defiende bien, lo cual no quiere decir que no necesite defensa. Ahora bien, quien la defiende, por muy distante que sea su lugar de origen y residencia, lo que está haciendo es defenderse a sí mismo a través de ella, defender su derecho a no aceptar el fin de la historia. La clara conciencia de eso, y su aguda y solidaria penetración en nuestras problemáticas, hacen que los autores de los textos que componen este libro estén a salvo de todo turismo ideológico.

 

Una vez, en Miami, dije y escribí que sí, que en Estados Unidos había cierta libertad de expresión porque previamente esa sociedad ya había destruido todas las posibilidades para que la palabra fuera vehículo eficaz de sentido, de cuestionamiento transformador. En medio de esa gigantesca, sólida y ruidosa estructura de funcionamiento y poder, la voz de una persona se pierde como en un vasto desierto sin ecos ni reverberaciones. En Cuba, el ciudadano común cuestiona con efectividad y habla de lo que sea, pero cuando algún disidente trata de realizar una manifestación callejera, aunque no siempre sea condenado, es detenido porque precisamente la sociedad que construimos tiene estatura humana y la palabra está cargada de tensión significativa, de sentido, como una vela al viento, por todo el dramatismo y la tragicidad que adquiere el intento de edificar el socialismo a noventa millas del Imperio mas poderoso de la historia y después de una larga cohabitación con él. Detrás de la aparente soledad de cada disidente está todo el nuevo orden mundial capitalista liderado por Estados Unidos. Detrás del Estado cubano, con su eficaz acción defensivo-represiva, hay solo un pueblo de gente pobre, ilustrada y amistosa que defiende, con objeciones o no, un proyecto socialista, y en el plano internacional una tremenda y casi absoluta soledad con respecto a los grandes poderes que deciden en el mundo. Entonces ¿quién es el auténtico disidente?

 

La condición geopolítica que padecemos, con sus agresiones patentes y latentes, no mata pero sí inhibe la vocación pluralista (no digo pluripartidista) y democrática de la Revolución Cubana, sometiéndola a un estado de suspicacia y crispación defensiva, crispación defensiva que se convierte en un procedimiento y en una actitud que invade, con burocratismo terco y ceñudo, todas las zonas de nuestro funcionamiento social y político, desde las problemáticas más graves hasta una irrelevante gestión municipal de carnet de identidad, generándose de esta manera una gran lentitud operativa y una gran falta de la necesaria fluidez en la interacción de los distintos niveles de la pirámide social. Esas fisuras pueden convertirse en espacio de oportunismo político en que el pequeño-burgués, amparándose verbalmente en las más ortodoxas consignas políticas, se recicla y acecha para revertir el proceso social, como señaló Fidel Castro en su reciente conversación con los estudiantes de la Universidad de La Habana. El estado y la sociedad cubana están conscientes de esa situación y no se resignan a ella, y en su lugar luchan contra esa condición que se nos impone y abren nuevos espacios de participación, reflexión, interacción ilustrada.

 

“Cuba, la ilustración y el socialismo”, de Carlos Fernández Liria y Santiago Alba Rico, con prólogo y epílogo de dos pensadores cubanos, es una lúcida contribución a esa lucha. Hasta aquí mis apuntes sobre el libro. Espero verte pronto en el bautismo de mi hija Belén, que será en la catedral ortodoxa de La Habana Vieja.

 

Un abrazo a todos y do svidania,

 

JCZ

 

*Carta a propósito del epílogo de Julio César Guanche a "Cuba, la ilustración y el socialismo", de Carlos Fernández Liria y Santiago Alba Rico.