OMAR PÉREZ, DE LA CASA DEL SILENCIO AL MUNDO Juan Carlos Sáenz de Calahorra

No sé por qué se ha hecho desde hace tantos días este extraño silencio…

Dulce María Loynaz

Ese propósito noble de ser voz de los sin voz, ya superado (un despropósito casi), acaba de quebrarse cuando uno se enfrenta a una propuesta como la que el poeta Omar Pérez ofreció ayer mismo en el Centro Cultural Dulce María Loynaz de La Habana. En espera del comienzo, la también poeta Basilia Papastamatíu, su anfitriona (pero desconfiemos ya de todo papel aprendido), dice a los asistentes que pueden tomar de la mesa unas revistas antes de que empiece la lectura. Omar, al frente, sale de su mutismo muy cercano a la meditación y aclara que no habrá ninguna lectura. Basilia rectifica entonces dulcemente: lectura no, representación. Y Omar vuelve a corregir discreto: presentación.

¿Qué presenta realmente Omar cuando presenta? ¿Poesía musicada, poesía popular, poesía social, poesía iluminada, antipoesía? ¿Qué hace presente un profeta cuando revela a Dios, no su huella? ¿De qué habla un poeta cubano cuando habla del mundo? ¿Cuántos oyentes pierde o salva en un lugar climatizado cuando se dirige a la “ciudad maligna”? Justo en la performatividad de tal acto, en el misterio punzante de sus fines, hallamos su pureza. Un gesto de ascenso a lo popular (cajón: instrumento músico, puente tendido, tendón de la poesía) que restituye a lo poético una cierta sacralidad que le es inherente, al tiempo que desacraliza su habitus consabido. Poesía de cajón, para cajón, desde un cajón. Cajón con voz.

Como nos recuerda Lina de Feria —también presente en el Centro—, vivimos todavía en tiempos de Torre de Babel. Una discordia de la que Omar Pérez extrae, por útil, la libertad de lo inespecífico, una polisemia que no escapa del (sin)sentido, sino que lo mantiene activo en medio de la modorra general, contra el derrumbe de la conciencia y la falacia de cierto academicismo.

 

“Lo conceptual en el arte —confiesa— ha tomado por un camino verdaderamente desastroso, lo cual no quiere decir que el concepto no tenga una utilidad concreta. Pero la relación entre arte y concepto en los últimos cuarenta o cincuenta años no ha sido buena. El concepto se ha superpuesto al arte de tal manera que el resultado es estéril artística y vivencialmente. A nivel conceptual es muy fértil, pero si no solo de pan vive el hombre, mucho menos vive de conceptos. Creo que es mejor vivir de pan que de conceptos.”

 

Tras una hora aproximada de poesía (no de lectura), me le presento y nos sentamos a hablar en la fuente del jardín, el último.   

Siento que estás hablándole a la ciudad, pero estás dentro de la casa (hoy centro cultural). Un espacio que representa para la cultura cubana la reclusión por antonomasia. El último espacio donde viviera Dulce María Loynaz. En este espacio-del-gran-silencio elaboras un acto poético que está dirigido, sobre todo, a un otro tal vez lejano. Me encantaría oír tu poesía en espacios donde la gente se sienta interpelada, sitios adonde concurrimos como autómatas.

Este tipo de trabajo de alguna manera podría ser el núcleo de un trabajo colectivo, más hacia el cabaré, el teatro, sumando coros, otros músicos, bailarines, actores… Esto no es algo terminado aún. De cierta forma, para mí el trabajo de la poesía ahora es la constitución de un material que en un momento determinado pueda servir para otra cosa. En cierto sentido, esto es autónomo, pero en realidad, como yo lo veo, es ir construyendo un material que pueda sumarse a

otros materiales y armar una especie de apelación colectiva, urbana, ciudadana. Pero eso lleva su tiempo. En realidad no es tan complejo, solo que ahora hay mucha dispersión. En el mundo artístico-cultural prima un cierto tipo de dispersión y las uniones suelen ser interesadas, si se quiere hasta mercantiles. Por eso lo que decías de desautomatizar es necesario, porque esa misma desautomatización es lo que puede permitir volver a crear “telarañas” a nivel cultural que no sean meramente mercantiles. A fin de cuentas, para eso es el arte.

Cuando hablo del espacio público, más abierto, es porque generalmente este tipo de propuestas, de discursos, como el de cierto cine cubano –pienso sobre todo en el cine que hacen los más jóvenes–, llega a un público ya desautomatizado o en vías de desautomatización, y no tanto a los sectores sociales que presumiblemente están más necesitados de esas propuestas y discursos, para dialogar con ellos. El mismo cajón se inscribe en un registro más popular, más cercano a una comunicación directa.

Es un proceso largo desentrañar la funcionalidad poética, hasta que llegas a descubrir “el agua tibia”: que la poesía es anterior a la literatura, anterior a la política, probablemente anterior a todo. Y que es tal vez anterior al ser humano. Por convención creemos que el ser humano es el que crea la poesía, cuando en realidad es a la inversa: es la poesía la que crea al ser humano. Darse cuenta de esa función es un proceso que abarca la vida. Desgraciadamente, en Occidente usamos una sola forma para referirnos a la poesía, y viene del griego ποίησις (poiesis), que significa hacer, lo cual no está mal, pero sería bueno enterarse de cómo se designa la poesía en otras regiones del planeta. Tenemos una visión de hecho muy limitada a estas alturas de la evolución de la poesía, porque la vinculamos a la literatura. Los griegos nos han legado un concepto de poesía que está atado al hacer, cuando en la práctica la poesía también implica un no hacer. Por ejemplo, la contemplación no es un hacer, lo contemplativo no puede ser un hacer, la meditación no es un hacer, y todos esos ámbitos forman parte de la experiencia poética.

Un no hacer que es también un hacer en potencia, una disposición al acto…

Sí, pero hay un hacer en potencia que de cierta manera siempre debe permanecer en potencia, nunca debe ser realizado. Lo que hago es muy sencillo. Lo hablaba con unos amigos hace unos días. Es una operación similar a la que ejecuta un quinesiólogo: volver a poner la estructura ósea del mundo en su lugar. Y desde luego no es vanguardista, ni mucho menos experimental, más bien es, hasta cierto punto, tradicionalista, incluso popular. Es volver a retomar la idea de una poesía popular.

Aprecio un vínculo entre la publicación en Patrias. Actos y Letras de tu diario escrito en los EE.UU. y el gesto de decir la poesía en público de esta forma espectacular, cuando ambas formas de expresión han sido confinadas a la intimidad del individuo que escribe para sí o lee para sí.

  

Hay una relación entre el testimonio del diario y este testimonio con la poesía. Es como decía Lyotard: no se trata de salvar el mundo sino de dar testimonio, recolectar testimonio, transmitir testimonio. Ese diario coincide en el tiempo con el inicio de este trabajo. Y coincide con la idea deliberada de sacar el testimonio de un ámbito estrechamente íntimo para hacerlo más íntimo aún, porque la intimidad con los otros es la verdadera intimidad. La intimidad con uno mismo a la larga es limitada, porque en realidad son muchos egos, no es uno solo, sino varios. La intimidad con uno mismo puede ser a veces esquizofrénica, y es mucho más limitada que la intimidad que uno puede lograr con los demás. Entonces sí, airear el testimonio es fundamental ahora.

Como poeta interesado en comunicar, ¿qué te gustaría obtener a cambio, qué respuesta haría que te sintieras recompensado?

Ahí hay que ser prudente. Es lo que decías hace un rato. Quiero provocar un cierto grado de desmecanización, desmecanizar los procesos de percepción y lograr una verdadera intimidad entre la persona que está aquí y la persona que está allá. Para lo cual, de hecho, hace falta demoler el concepto de público. Yo no trabajo para el público, no creo en el concepto de público. Creo en un individuo más otro individuo más otro individuo… De hecho hay idiomas en los que la palabra nosotros no existe, existen solo , yo, fulano… Esos son los problemas conceptuales que se dan en el lenguaje. Público es un concepto cómodo, pero al mismo tiempo automatizante, mecánico…

Y vertical.

 

Por ejemplo, en esta propuesta el artista está al mismo nivel que los demás. El concepto de público me parece innecesario.

 

Terminamos de hablar ya en la acera, en el apuro del regreso, lejos del último jardín. La poesía en el mundo. Un silencio lleno de voces dispuesto a hablar con todos. Leo en silencio: “La poesía es una casa abierta; casa sin puertas, tal vez puerta sin casa.”

La Habana, 8 de diciembre de 2017.

Juan Carlos Sáenz de Calahorra. Guionista y realizador. Ha sido asistente de dirección en varias puestas para televisión de obras teatrales. Premio Caracol para Guión de Dibujos Animados Mi caballero. Realizador del documental El Evangelio según Ramiro (2012) (premiado en diversas categorías en la Muestra Joven ICAIC, Almacén de la Imagen, Por Primera Vez) y de los cortometrajes La aurora (2007), Lejos de mí (2008) y Autorretrato con árbol (2010). Miembro del Comité de Selección del evento anual Muestra Joven ICAIC y director de su órgano El bisiesto.