Revolución, Estado, Derecho: una relación política (otra carta a Yassel Padrón) Iramís Rosique

29 de abril de 2021

 

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Iramís Rosique Cárdenas, del Equipo Editorial de la plataforma digital de filiación comunista La Tizza, toma la palabra, y toma posición, en el intercambio que han sostenido, en Patrias. Actos y Letras, Julio César Guanche y Yassel A. Padrón Kunakbaeva, desde el pasado 21 de abril, sobre el Estado de derecho en Cuba.

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La Habana, 29 de abril de 2021

Yassel, compañero y amigo:

He estado siguiendo de cerca tu intercambio con Julio César Guanche sobre el Estado de derecho y varias otras cuestiones que son ineludibles si se quiere abordar el tema en sus premisas y condiciones políticas, ayer y hoy en Cuba. Un intercambio no solo interesante —eso es lo de menos—, sino también pertinente, por cuanto en él se desnudan, por decirlo de alguna manera, algunos puntos conflictivos fundamentales para pensar la política cubana actual, y para moverse en ella. En este asunto, tengo más interrogantes que certezas, por lo que mis reflexiones —estas que comparto contigo y con el mundo— son nudos de teoría y juicio con los cuales intento hilvanar esa hebra común en que dudas y convicciones se entretejen.

Quisiera desplegar algunas ideas sobre el tan llevado y traído Estado socialista de derecho y justicia social —así, en su formulación integral, que es como se enuncia en la Constitución de la República. En el debate que se ha entablado por estos meses en Cuba, ese concepto —reducido a su espectral y flácida fórmula liberal de “Estado de derecho”— se asume desde un idealismo político, no sabemos bien si cándido o engañoso, que acude a la noción de “Estado de derecho” como un a priori del funcionamiento de la política, de toda política… legítima.

 

Todo parece indicar que la lucha de clases —concepto central de toda reflexión política desde una perspectiva revolucionaria y emancipatoria— pasó al inventario en el repertorio teórico de algunos, por lo que no puede aparecer ya para ellos como el fundamento real sobre el que se levanta toda política. Ni siquiera la lucha en sí, sin complemento de sustantivo, se reconoce entonces como suelo firme de política alguna. Así es imposible salirse del laberinto liberal, del desierto. Y el liberalismo es precisamente eso: un desierto, un laberinto sin muros en el que se proyecta una libertad de movimiento casi total, pero del que no hay salida ni variación; si acaso, oasis. Para el liberalismo la política no es lucha de clases, ni lucha en lo absoluto, tout court, sino conciliación y naturaleza; por eso no puede aceptar que el Estado de derecho, y todo derecho, son más una expresión formal de relaciones de fuerza que un repertorio ultra- o meta-político, externo, imparcial, de normas de procedimiento para un debate civilizado. Si con el arma de la crítica nos salimos del desierto, y dejamos de asumir lógicas trascendentales, podremos preguntarnos por las condiciones de posibilidad del Estado socialista de derecho y justicia social, cuestión por la que no he visto a muchos preguntándose a nuestro alrededor.

Pensando en esta cuestión, me ha parecido estimulante como punto de provocación una idea que los podemitas han barajado por estos meses: la normalidad democrática. Si la despojamos de sus resabios liberales y socialdemócratas, sirve para analizar este asunto del Estado de derecho. ¿Hay normalidad democrática en Cuba? Entendida esa normalidad, no como una entelequia fuera o al margen de toda historia, ni como una ética política trascendental, sino como el cumplimiento pleno de la Constitución de la República que es, a fin de cuentas, la fuente real de nuestra legitimidad ahora mismo —digo: la hay si somos demócratas, y respetamos la voluntad popular expresada en referéndum; entiendo que las fuerzas políticas de la reacción antidemocrática tengan otra lectura. Partiendo de esa manera de entender el concepto, hago varias preguntas.

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Cuba: Votación durante el referendo constitucional, 2019. © Reuters

"Cuando se habla del derecho del Estado a defenderse, se está hablando de un mandato democrático, que emana de la legitimidad de su establecimiento, de haber sido constituido por el pueblo. Los que niegan el derecho del Estado a existir y defenderse desconocen la soberanía popular y la legitimidad del referéndum de 2019 y de la Constitución resultante. Y esto no es nada democrático, aunque a veces lo parezca."           

 

Iramís Rosique

 

¿Puede hablarse de normalidad democrática cuando existen y se manifiestan fuerzas políticas antidemocráticas con claras intenciones de desconocer y destruir la Constitución de 2019 y el orden político y social que esa constitución refrenda? Tal vez. El Estado, entonces, podría desplegar su Derecho, que no es solo el derecho al agua o la libertad de expresión, sino que es también, por ejemplo, el Código Penal, y actuar contra los enemigos de la Constitución, que son también los enemigos del orden que esa Constitución consagra. Sin embargo, tampoco esto escapa a condicionantes. ¿Qué ocurre cuando los enemigos externos del Estado impiden al Estado actuar conforme al derecho contra sus enemigos internos? ¿Qué ocurre cuando la disyuntiva es comer o usar el derecho como escudo de la democracia? No estoy seguro de que en este caso pueda hablarse de plena normalidad democrática. Alguien podría responder que el Estado no debería hacer nada, que debería convivir con sus enemigos y no defenderse en lo absoluto de ellos; a fin de cuentas, “Cuba es de todos”. Pero esto tampoco es un criterio democrático, y menos aún realista. Cuando se habla del derecho del Estado a defenderse, no se está hablando de una voluntad extrapopular, sino de un mandato democrático: el derecho del Estado a defenderse emana de la legitimidad de su establecimiento, de haber sido constituido por el pueblo. Los que niegan el derecho del Estado a existir y defenderse, los que lo instan a acostarse en el suelo y aceptar pasivamente que le corten la cabeza, desconocen la soberanía popular y la legitimidad del referéndum de 2019 y de la Constitución resultante. Y esto —hay que decírselo a algunos compañeros, amigos y conocidos— no es nada democrático, aunque a veces lo parezca.

Para participar del Estado de derecho lo primero es querer formar parte de él, y la llave de esa participación es el respeto a la Constitución de la República. ¿Desean las fuerzas de la llamada contrarrevolución participar del Estado socialista de derecho y justicia social? Antes bien, parecería siempre que desean destruirlo, y que solo les interesan de la Constitución aquellos dos o tres acápites que les podrían servir para caminar sobre ella. En ese sentido,  me atrevería a llevar tu juicio un poco más lejos: todo Estado de derecho lo es de algún derecho, y lo es —agrego— para alguien. ¿Para quién es el Estado de derecho? Es como la República: para quienes deseen participar de ese Estado.

 

Todo aquel que no se ajuste al derecho de un Estado, se coloca a sí mismo fuera de ese Estado, y el Estado, llegado el caso, tiene derecho —su derecho, que es el derecho del soberano— a colocar fuera de él a quienes se le oponen, ya sea mediante expulsiones físicas como el destierro o la migración, o colocando en suspensión al sujeto —presos, indocumentados, apátridas... Incluso en el caso de las tiranías, los Estados recurren a la desaparición y la muerte. Pero es un hecho que la comunidad política no puede tolerar y convivir con aquellos cuya voluntad expresa es la quiebra del ordenamiento que esa comunidad se ha dado, especialmente si ese ordenamiento se ha refrendado democráticamente como en el caso de la Constitución de 2019 en Cuba. Insisto en que para mí no hay principios trascendentales de legitimidad, sino que es la soberanía popular expresada —en esta ocasión— en el sufragio la fuente de esa legitimidad. No puede ser de otro modo si hablamos entre demócratas. El liberalismo se pone teológico precisamente cuando necesita ser antidemocrático —cosa que es su raíz—, por eso hay que bajar de las nubes metafísicas a la historia real con personas reales. Ahí se disipa todo misterio.

 

 

"Todos deseamos una política sin enemigos; solo que la supresión del enemigo es la supresión de toda política. Y para suprimir la política —horizonte mismo del comunismo, deseo comunista— hay que superar primero los antagonismos de clase que hacen que la política sea, en primer lugar, necesaria. ¿Y cómo superar esos antagonismos? —se preguntarán algunos. A esa pregunta debe responder cada cual, desde su clase."

Iramís Rosique

WTO Protests_Seattle_1999_Real Change.jp

 

Seattle, 1999: Protestas contra la Organización Mundial del Comercio

© Real Change

 

Otro punto es el tema del pluralismo político como sustancia de la democracia, cuestión parcialmente abordada en las líneas que preceden. Pero quisiera añadir algo más. El pluralismo es un pilar del funcionamiento democrático, pero puede ser también su liquidador. No se puede, en democracia —a fin de cuentas, siempre hubo pluralismos no democráticos, oligárquicos, aristocráticos…—, convivir con fuerzas antidemocráticas, cuyo rasgo característico he señalado aquí: el desconocimiento de la Constitución de la República o su aceptación parcial y a regañadientes. Esas fuerzas que pretenden actuar al margen de la Constitución con la clara intención de echarla abajo son inaceptables para la democracia. No se puede convivir tampoco con fuerzas políticas que funjan como voceros y agentes de potencias extranjeras —especialmente del imperialismo yanqui— en Cuba; en primer lugar, por la inconstitucionalidad de ese acto y, en segundo lugar, por la desproporción de poder y recursos de un gobierno como el de los EE.UU. en relación con las fuerzas y los recursos de Cuba y de su pueblo, lo cual desbordaría cualquier espacio político en que pudieran participar esas fuerzas y pone en peligro las condiciones de posibilidad de toda democracia para Cuba.

Una parte de la contrarrevolución cubana —la que no es directamente fascista y golpista, la socialdemócrata y liberal— desea una política sin enemigos. Lo desea como si ello fuera un deseo original. Todos deseamos una política sin enemigos; solo que la supresión del enemigo es la supresión de toda política. Y para suprimir la política —horizonte mismo del comunismo, deseo comunista— hay que superar primero los antagonismos de clase que hacen que la política sea, en primer lugar, necesaria. ¿Y cómo superar esos antagonismos? —se preguntarán algunos. A esa pregunta debe responder cada cual, desde su clase.

Un abrazo en puntas de pie,

Iramís Rosique