Intemperies cubanas de Carlos Cazalis* Rolando Prats

 

Dos figuras humanas, dos hombres, ascienden desde el centro de la foto. ¿Dos trabajadores de mantenimiento de vías? ¿O dos para los que la línea de tren es menos camino que vereda? Uno, a la derecha, por sobre los rieles, cabizbajo, y como cansado, o quizás todavía buscando algo en el suelo; ensimismado. El otro, por la cuneta, la vista fija delante, como hastiado de hacer lo que ha hecho durante quién sabe ya cuánto tiempo, pero presto y dispuesto a hacer otra cosa, cualquier otra cosa. Descreído y, desde lejos, insolente. Desde lejos. Lo indefinido y lo indeterminado, más que lo que no se sabe, en pleno monte de lo referencial –en toda imagen, irrealidad naturalizada por semejanza y analogía, todo es real fuera de lo real, pero ni lo que no miente dice toda la verdad. ¿Qué lo dice? ¿Quién la dice? Lo indefinido, lo indeterminado, o lo ambiguo, como cortesía entre mitades que todavía se miran para cerciorarse de la línea (férrea) que las separa, o como negociación del sentido, armisticio entre sentidos encontrados. Dos figuras humanas tan confundidas con el paisaje que las rodea que el árbol del centro parecería también caminar, ascender, acercarse, deferente, al momento en que por fin las reconozcamos, las podamos nombrar. Los envuelven –a hombres y árboles–verdes, grises, azules, repartiéndose (disputándose) el aire, la luz, el objetivo, la mirada. Estamos, con Carlos Cazalis, en Cuba, o en una Cuba, la de Cazalis, que dice, sin ambages y sin el lastre de los agradecimientos, lo que es, sin importarle ya lo que lo-no-dicho, la otra Cuba, otra Cuba, alguna Cuba, diga por su lado o tenga que decir. Estamos en algún lugar del campo cubano, en Ciego de Ávila o Guantánamo, destinos de Cazalis, y la neblina, como pared empañada de vaso en que se ha bebido leche, nos recuerda que esta foto fue tomada en la mañana. Entonces, cómo no preguntarse, volviendo a los caminantes, ¿ensimismados en qué? ¿Cansados de qué?

 

En otra, la figura central de las seis que ocupan el proscenio parece alzar hacia el cielo –implora o agradece o celebra o todas esas cosas– sus brazos de guajiro joven y bien vestido (ha llovido y un sendero de fango encharcado atraviesa la escena, y todas las demás figuras se nos muestran mojadas o con sus ropas ensuciadas por el lodo, no la figura del centro: sus ropas parecen acabadas de poner, o acabadas de salpicar por el lodo o la lluvia, colores recios y vivos, de domingo que todavía insiste), en la mano derecha una botella de aguardiente o de ron bebida hasta la mitad. Fiesta o juego, o mero alto en la ruta de lo que se diría una caravana, estos cubanos, esta Cuba, este paisaje humano y natural, nos desafían desde una intemperie orgullosa y expectante. ¿Hacia dónde van, de dónde vienen, o, más exactamente, dónde están? ¿En qué punto del trayecto? ¿O es que estar –para esta gente de campo, si todavía no totalmente libre, al menos ya sin retorno, liberada, por ellos mismos– es ya estar de paso, en camino, siempre entre dos aguas, la encharcada en el suelo enlodado, la devuelta, depurada, de un cielo redescubierto que se demora o no alcanza?

 

 

 

 

En una tercera, quienes podrían ser madre e hija, sentadas a la mesa, a la hora de comer, a alguna hora de comer, de dar a comer. No le vemos los ojos a ninguna –la adulta, labios de hastío, se cubre los suyos con la mano izquierda; la niña apoya su frente, los ojos entornados, en el borde. La mesa, el plato de comida, el jarro de metal, el vaso, la botella de plástico, los muebles, las paredes, la vista por la ventana, pero sobre todo los gestos, el gesto –la foto parece atravesada, sostenida, y al mismo tiempo minada, por un solo ademán: una suerte de abulia angustiosa, de hastío crispado– nos dicen más no solo de lo que sabíamos antes de entrar, con Cazalis, en esta humilde sala o comedor de una casa, pobre, de campo, sino más de lo que podemos comprender, de lo que a estas alturas quisiéramos, de lo que tal vez jamás podamos. Estamos, con Cazalis, dentro de una casa, pero todo, todos, la casa, las figuras, el espacio, el tiempo, los ánimos, los ademanes, el primer plano y el fondo, Cazalis y nosotros… todo parece estar fuera, a la intemperie, como un agua continua ilusoriamente represada, compartimentada, por tolerantes tabiques.

Así Carlos Cazalis nos hace entrar y salir, curiosos y perplejos, por un túnel translúcido y envolvente, acercándonos con ojos vespertinos cada vez más extrañados de los matinales, de esa primera mañana ascendiendo por una línea de tren entre lomas, llevándonos de la pupila como de la mano, a paisajes, figuras, gestos, recintos, labores, tránsitos, celebraciones, ritos, cuerpos –lustrosos y opacos cuerpos, tersos, porosos, curtidos, intocados por la represión de ningún deseo o pregunta ineludibles, de ningún misterio que no poder atravesar sin necesidad de descifrarlo– a la intemperie todos, fuera o dentro, en un país, ese país –tan real e insoslayable como trunco, desgajado, pasmado–, a la intemperie, a la deriva. Una Cuba –con sus paisajes rurales y urbanos, su gente, sus costumbres, sus ritos, sus modos de vida–inclemente y hóspita, elemental y enigmática, exhausta e inocente, familiar e incógnita.

 

Unos cubanos que, ante la cámara o el destino, se sabrían al mismo tiempo observados y desapercibidos, deseados y devueltos, repetidos (como se dice, en Cuba, repetir la comida, esto es, que los gases de la digestión hagan reflujo), hacinados y solos, en la soberanía, destechada, de su ser descoronado. ¿Dónde está el Estado en estas fotos, en esta Cuba? ¿Omitido por su propia ausencia –ausencia que avanza como el texto de una sentencia o como, en estas fotos, parece avanzar la noche, las noches de Cazalis, hacia la abolición, en el trabajo o la mesa, el ritual o el juego, la piel o la soledad, la mirada o la lengua, de toda autoridad y toda tradición que no sean las de lo que jamás habría de volver? ¿Dónde está Cuba, esta Cuba? ¿En la muchedumbre que espera, impaciente y resignada –que esperará ahora, para siempre, en la foto, el autobús que también Cazalis, nosotros, seguiremos, para siempre, esperando? ¿En la empleada estatal que, impaciente y resignada, vigila o espera o hace esperar junto a un busto apenas más antiguo o museable que su dignidad atenazada? ¿O en quienes, adultos y niños por igual, parecen ser lo que son solo cuando juegan, o cuando rinden culto a sus dioses con gesto o mirada tan desafiantes (soberbia nada segura de su recompensa, de su victoria) –el gesto y la mirada con que nos ajenan y nos miran, en Cazalis? Con gesto o mirada tan atrevidos y profanos que sus propios dioses, si lo fueran, podrían castigar, o seguir castigando –ama a tu prójimo como a ti mismo cuando te ames a ti mismo.

 

¿Se ha convertido la cubana en una sociedad por cuenta propia? ¿No será este vivir como al pairo sino apogeo, desde abajo, lejos de ser negación o derrota, de la emancipación, saciada o agotada, desde arriba? Casa sin techo pero de pie, ruinas en construcción. Una Cuba, y unos cubanos, más independientes, y libres, y vulnerables que nunca (incluso a sí misma, a sí mismos). En tránsito hacia alguna encrucijada en la que terminar de atar cabos sueltos y soltar amarras. Una isla bote. Desencallando. Navegar para ver.

 

14 de marzo de 2017

*Publicado originalmente en Zaframedia.com. Texto sobre Carlos Cazalis y selección de fotos de la serie Bajo honda intimidad de Carlos Cazalis  © Rolando Prats.