Plecas a "Viaje en soliloquio" de Julio César Guanche* Humberto T. Fernández

 

Del tono. Tiene este texto un tono personal, atípico en el análisis sociológico cubano contemporáneo, que hace del mismo un texto novedoso, interesante, legible.

 

Del discurso de las dualidades como metodología interpretativa. Sorprende la tranquila argumentación sobre cómo se ha usado, y abusado, del método de contraponer las contradicciones de una misma realidad para, no siempre, alcanzar un grado estimable de entendimiento de la misma. Asistirse de esa metodología es riesgoso, pues supone la existencia de lo que, en un primer momento, es un recurso especulativo. Es cierto —nos lo enseña la dialéctica— la persistencia de contrarios en las unidades. Siguiendo esa misma “lógica”, y para participar en esa  contestación, diría que existen, o se yuxtaponen, tres Cubas. Dos de ellas escapan al análisis más somero; esas dos “Cubas” son un invento, como el famoso hombre de paja, de los intelectuales de la solvencia. Hay otra más discreta pero con unos márgenes geográficos, históricos y culturales discernibles, que atraviesa el tiempo y participa de los lugares de penumbras y luces de la historia, y se constituye en entidad del ser. Esa Cuba que se niega a ser “re-invented”, a figurar como una “figure” más del “marketing”, y que no toma atajos para su auto-comprensión y realización sustanciada en la historia. Apuesto por esta última, porque es la que pervive con más fuerza en mis insomnios y los requiebros de mi memoria.

 

Del pensamiento democrático. Es el autor muy delicado al aplicarle ese adjetivo, en el que ya nadie serio, cree al pensamiento revolucionario. Quizás el propósito de reivindicar los orígenes preciosos y precisos del término en cuestión lo animaron a usarlo y a mí la urgencia por terminar de desbaratar esa conceptuación empobrecida por siglos de usura y malversación, me anima a dejarlo de lado. Sin complejos: el pensamiento revolucionario, el pensamiento que siempre ha perseguido articular las querencias más íntimas y las necesidades más elementales del género humano es el pensamiento que evita el dogma en toda discusión y, a su vez, descalifica todo análisis cuyo presupuesto sea dogmático, es decir, contrarrevolucionario. Hoy en día, la globalización del capital, los servicios, la tecnología y el mercado son postulados dogmáticos; son más rigurosamente dogmáticos que los dogmas enunciados por la tradición teológica católica. Es posible hablar, en la actualidad, de una “filosofía dogmática” de mal gusto y peor hechura. La intrascendencia de los estilos, la escritura a lo maquiladora, son acápites de esa dogmática a la que me resisto.

 

 

De “la naturaleza totalitaria del régimen cubano” y otros entuertos. En cuanto a la posición de Cuba como satélite de la URSS y el campo socialista durante la “guerra fría” es, sencillamente, de ignorantes repetir las consignas del Departamento de Estado y las agencias de inteligencia (y de prensa) norteamericanas. El autor es agudo crítico de ellas. Añadiría que durante ese período, las distintas administraciones estadounidenses y sus belicosos subalternos de Miami, juraban y perjuraban que una vez que esa “condición” cesara, el camino para la normalización de relaciones comenzaría. Desaparecida la supuesta metrópoli en 1991, esas mismas personas e instituciones no hicieron otra cosa que reforzar su tremendismo y aplicar medidas cada vez más fuertes, porque a lo que le temen es, precisamente, a lo contrario: a la originalidad e independencia del proceso revolucionario cubano que puede convertirse, y de hecho lo es, en un paradigma de convivencia y ordenamiento social alternativo al capitalismo dogmático e “invencible”. “Totalitarismo”, “caos económico”, “represión” son las fichas que mueven esas fuerzas de esta nueva Santa Alianza para justificar lo que denominan, con tanta mala leche como mala fe, “transición”. ¿Es totalitaria una posición de restricción de ciertos derechos que se toma para defenderse de un enemigo que quiere conculcar definitivamente otros derechos tan válidos como esos que se restringen e, incluso, más básicos? Porque si bien los derechos civiles y políticos que el orden moderno y democrático perjura que preserva son provisiones deseables para toda sociedad, los derechos económicos, sociales y culturales están en el mismo rango de importancia y, quizás, aún más. En la lucha por la supervivencia y desarrollo de la nación cubana esta es una etapa fundamental y definitiva en su planteamiento y formulación. Totalitaria es una sociedad en la que los individuos no tienen más opción que modelar sus aspiraciones y necesidades según el patrón propuesto por los mercaderes, en la que el pensamiento independiente, la opción razonable, la conducta cívica son actitudes cada vez más raras y arrinconadas. Ser-para-los-demás como principio de convivencia civilizada ha sido reemplazado por el ser-para-sí-mismo más brutal e inhóspito. El tejido de esa sociedad civil que en Cuba se quiere contraponer a la sociedad de personas socialmente responsable es inexistente. La sociedad civil en los Estados Unidos se reduce a la existencia de asociaciones e instituciones que no deciden absolutamente nada fundamental, ni de principios, en cuanto al diseño de las estructuras sociopolíticas y económicas se refiere. El totalitarismo del capital dixit. Acusar ya no a la sociedad cubana, sino al gobierno cubano, de represivo es, simplemente, de subnormales. Que el estado cubano ejerce, ejecuta acciones represivas, ¿cuál es la sorpresa? Todos los estados lo hacen, con unos propósitos u otros. La represión es necesaria para garantizar un mínimo de orden social. Ahora, la cuestión es plantearse cuántos muertos, desaparecidos, desamparados tiene ese gobierno en su haber. Se han ejercido presiones indeseables por parte de funcionarios del Estado cubano y sus instituciones. Muchas veces de modo injustificado y arbitrario. El dogmatismo que durante un tiempo señoreó en Cuba hizo víctimas a personas cuyo irrenunciable derecho a ser diferentes les fue arrebatado. El reino de verdad y justicia no es de este mundo. La sociedad humana es rehén de sus propias limitaciones. Pero el saldo general de la sociedad cubana se inclina más a lo justo que a lo pecador. Es esa una sociedad a la que apenas le han dado el derecho a cometer sus propios errores y a rectificarlos. La sociedad cubana, por su carácter revolucionario, será siempre perfectible. La sociedad moderna burguesa está poseída por la convicción de tener, en grado extremo, la verdad irrefutable y blanda, y se niega al cambio. Es el capitalismo el que no cambia: su rostro es, indefectiblemente, el mismo hace muchísimos años.

 

De la visión del fracaso cubano y de la necesidad de una reconstrucción histórica que legitime ese fracaso. Sosegado autor este que, a fuerza de paciencia, dedica páginas a devaluar las “tesis” de los historiadores de ficciones, relatos y metarrelatos que nos gastamos. De lo que se trata es que estos autores, y otros, se han adscrito, sin el menor pudor, a las tesis reaccionarias que encontraron cobijo en la ciudad de Miami desde 1959. Si en algún lugar es palpable la ausencia total de contacto con la realidad, la historia como ficción del voluntarismo y la mentira como presupuesto legitimador de la realidad es en la ciudad de Miami. En Miami “la historia de los sujetos, de los procesos y de las coyunturas cubanas, esto es, la historia de Cuba” ha sido adulterada de tal modo que ya es imposible distinguir la realidad del presente, la verdad del pasado y la posibilidad de un futuro viable del emplasto que funde irrealidad, mentira e inviabilidad en un coctel, pestilente y alienado, que se ha adueñado de la conciencia, y por lo tanto del actuar social, de los residentes de la “capital del exilio” cubano. Los tópicos, devenidos íconos del Miami cubano, se pueden reducir a tres: la idea del pasado de Cuba como el de una “tacita de oro, donde el peso valía (sic) más que el dólar”; la idea del presente coagulada en la imagen “las ergástulas de Castro”; y el futuro transferido a lo que es el corolario natural del pensamiento contrarrevolucionario: la restauración capitalista. Los autores del dosier de Nexos participan con diferente estilo, e igual nivel de impudicia, de esa visión. Maquillada detrás de un saber y un decir más refinados, está la tesis de revertir el proceso revolucionario cubano a lo que fue aquella Cuba tan magistralmente dibujada en el inolvidable programa de los lunes en la noche, San Nicolás del Peladero. Si se lee con algún detenimiento a esos autores de pluma alegre, se descubre las costuras de su remiendo de la historia de Cuba. La suavidad, el vacilón y un sentido iconoclasta (“dícese del que difama a personas o cosas que gozan del aprecio general”) de la vida recorre el  discurrir y la escritura de estos iluminados y modernos ensayistas cubanos. La historia cuenta tanto en cuanto sea una narración persuasiva para la entrega de la virilidad [1], el heroísmo, el sacrificio que recorre, como espina dorsal, la historia cubana desde su nacimiento. Es que la misma historia cubana no es otra que la historia de los valores más elevados trivializados por la impertinencia del vecino del Norte. Podrán escribirse muchos libros de ensayos, artículos de más o menos fondo, intervenciones en paneles de eventos dedicados al fracaso de la Revolución y la época del postcastrismo, dossiers en revistas dedicados al mismo tema. Todo eso no anulará la realidad, terca como es, ni la historia real, aunque esta siempre tenga que ser revisada y escrita, ni el posible futuro del país, como entidad independiente, tal como los patriotas del siglo XIX y los constituyentes de 1901 quisieron.

 

Nuestros muchachos y la democracia. Leo y releo el texto que comento y la claridad expositiva tanto como la argumentación serena y documentada me hacen dudar de la necesidad de estas plecas pero, aun así, decido continuar. La impunidad con que Cuba es arrastrada a trampas y asedios no debe ser solo corregida por los que viven en la isla, sino por todos los que quieran que no se hunda la posibilidad de un mundo nuevo, residan donde residan. Los datos aportados por el autor para desarmar a estos “pacíficos” opositores del régimen de cubano son suficientes: no se requiere volver a citarlos. Me voy directo al párrafo final del texto de JC Guanche: “Una cosa es discrepar de un modelo político y otra negarlo con superficialidad —y a veces con alevosía. Quien haya visto “La vida es silbar”, “Marketing”, “La noche”, un Salón de Arte Cubano Contemporáneo, o quien haya leído cualquiera de los textos de la narrativa cubana de los 90, o de las revistas cubanas de esa década, sabe de la complejidad con que el arte, la literatura y el pensamiento social plasman la realidad de la isla, pero sabe también que la problematicidad de esa sociedad es mucho más compleja de lo que la propuesta de Nexos puede explicar. La cavilación histórica, política y moral sobre Cuba puede ir mucho más allá, sin negaciones en bloque ni apologías, sin golpes de pecho ni frases sonoras.  El discurso de Nexos — ¿debe decirse el “de la realidad”?—, al silenciar la ilusión —la ilusión disidente de cambiar la vida, como quería Rimbaud—, supone la existencia de otra Cuba con quien no quiere dialogar”. Vuelve el autor a ser generoso: ¿Discrepar con el sistema político cubano es legítimo cuando de lo que se trata en realidad es de destruirlo o, al menos, de hacerlo vulnerable a la supresión de su esencia nacional e independiente? Discrepar con el modelo político cubano es hacerse cómplice, con alevosía por toneladas, de los que tratan de perpetuar un orden injusto e irracional. Se puede discrepar de las realizaciones de ese modelo, del modo en que se han implementado y se implementan las estrategias de desarrollo social y económico, de la forma en que se han diseñado las relaciones sociales o se ha concebido el papel de la cultura, la religión, la educación, de cómo los derechos políticos de los ciudadanos deben ser respetados y articulados dentro de un nuevo tipo de sociedad, pero el modelo político cubano es intocable, y aquí me adhiero al decir más “duro” dentro del discurso político cubano actual. Ese modelo significa la alternativa al capitalismo. Ese es el verdadero desafío de la Revolución cubana, servir de alteridad a un mundo muy viejo e igual en su condición de privilegiar el dinero como rasero básico y único de medir la eficacia de una sociedad. Es la eficacia que se rinde ante las necesidades de los más desfavorecidos, que articula las posibilidades reales de una nación pobre con la satisfacción de esas necesidades la que interesa que salga adelante. Está bien que se sacuda el árbol para que se caiga todo lo inútil y marchito, pero que se cuide de la pervivencia del tronco que provee la savia de la verdad y de las ramas que confieren sombra y reposo.

 

Nota y cita

 

*Este escrito data del año 2005. En lo esencial se ajusta a mi pensamiento. Los hechos y eventos acaecidos desde esa fecha, le dan validez a algunas intuiciones y al espíritu general del texto. Sin embargo, de haberlo escrito ahora hubiera atemperado ciertos pasajes de la prosa.

 

[1] Permítaseme una cita, cosa muy ad usum entre los intelectuales de la transición. Una cita de un ensayo que acabo de leer y que se titula “Buenos días, Sabiduría”. Ensayo a propósito de un artículo de Kojève “El último mundo nuevo” y presentado en un seminario dedicado a “Lacan y el saber del siglo”. La autora, Catherine Lazarus-Matet, dice en el citado ensayo que “la época del saber absoluto es correlativa del declive e incluso de la desaparición de lo viril”. Más adelante escribe: “Esta tesis retuvo la atención de Lacan en el Seminario IV, cuando mostraba al pequeño Hans como un hombre, un viril dudoso, que aborda el objeto heterosexual bajo el modo de un cierta obediencia, sumisión que –es la confesión que aquí nos hace Lacan– no constituye según él un ideal de virilidad”. El párrafo que sigue se inicia con esta oración: “La cuestión es saber si la virilidad puede tener un lugar en el mundo nuevo que no sea únicamente el de la comedia”. Es una mujer quien escribe: esto aleja cualquier posible acusación de machismo y, además, describe un estado que puede explicar algunas de las actitudes que se observan entre los intelectuales de la transición y el cambio.