Palabras a su papel Humberto T. Fernández

Se acaban de publicar en Granma y otros medios de prensa de Cuba, entre otros documentos emanados del séptimo Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), celebrado el pasado abril, Conceptualización del modelo económico-social cubano de desarrollo socialista y Plan Nacional de Desarrollo Económico (Conceptualización) y Social hasta 2030: Propuesta de Visión de la Nación, Ejes y Sectores Estratégicos (Plan Nacional).
 

Agotar la intención o posible pertinencia de estos documentos calificándolos solamente de “documentos programáticos” es rebajarlos a la condición de papeles administrativos, burocráticos. Los dos documentos que comento brevemente en esta nota y que se pueden consultar íntegramente aquí son documentos de trabajo que ahora se someterán a discusión, al menos eso es lo que informa la prensa cubana, a distintos niveles y en distintos escenarios. ¿Cuánto le interesa a la población tener una participación activa en ese proceso de discusión del que se espera salgan correcciones, modificaciones, supresiones, adiciones y, por supuesto, confirmaciones? No lo sé. Asumo que los sectores más interesados, como la emergente clase propietaria, o los más vitalmente comprometidos con la nación cubana desde la perspectiva de la renovación no solo posible sino además necesaria del proyecto cubano, pero sobre todo con la continuidad, no menos posible e igualmente necesaria, de sus presupuestos martianos—es decir, independentistas, latinoamericanistas, antimperialistas, y todo ello sin abandono de una vocación de servicio y de justicia social, de eticidad solidaria, estén de plácemes o al menos optimistas con la proyectada discusión amplia e inclusiva de estos documentos. El reconocimiento por parte del Gobierno y el Estado cubanos del papel de las formas de propiedad no estatales constituye en este momento uno de los elementos más importantes que debatir en el documento titulado Conceptualización. El otro documento, Plan Nacional, es una descripción, diría que minuciosa, de las estrategias y proposiciones para ese Estado y esa nación que se quiere sean el resultado de un largo proceso para la realización de la utopía martiana de la república con todos y para el bien de todos.
 

Personalmente recuerdo el proceso eclesiástico que comenzó en 1980 y finalizó en 1986. Ese proceso se conoce como la Reflexión Eclesial Cubana (REC). Un grupo de sacerdotes, religiosas y religiosos, y laicos, presididos por los obispos cubanos, elaboraron un documento de trabajo, muy parecido en su forma e intenciones a estos dos documentos, que no son partidistas, y que se debatieron en todas las parroquias y comunidades eclesiales de Cuba. Ese documento de trabajo contenía propuestas para la acción pastoral de la iglesia en el contexto cubano, radicalmente diferente al contexto social y político de las sociedades latinoamericanas. 
 

De la discusión a nivel de parroquias y comunidades eclesiales salió un documento modificado que se debatió en asambleas vicariales para una reflexión más profunda sobre el documento de marras y, después, en asambleas diocesanas, se analizó el documento modificado en las asambleas vicariales. En aquel momento, Cuba tenía siete diócesis y, por lo tanto, se celebraron siete procesos asamblearios diocesanos y, como culminación de ese proceso de discusión del documento de trabajo que originalmente se debatió en las bases, los municipios y las provincias eclesiales, se aprobó un documento definitivo que se dio a conocer como Documento de Trabajo de la REC.
 

En febrero de 1986, la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba convocó a una asamblea nacional, el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC). Una semana de discusiones sobre el accionar pastoral de la iglesia en Cuba en los más diferentes espacios sociales, universidades, cárceles, barrios, instituciones académicas y de cultura. Al finalizar esa asamblea se elaboró un documento que serviría, y sirve, de base programática para la pastoral eclesial católica en Cuba. El documento fue finalmente aprobado por los obispos y aprobado como documento programático para la Iglesia Católica en Cuba.
 

Para los que no están familiarizados con la vida de la iglesia y los documentos eclesiásticos producidos en Cuba a principios de los años ochenta, ora porque no son practicantes, ora porque se convirtieron a la fe y la práctica católicas después del colapso de la URSS, o durante el periodo especial, cuando la Revolución parecía que se iba de bruces contra la realidad y la historia (la mayoría de esos conversos —que no todos, gracias a Dios y por la gracia de Dios—siempre en búsqueda de una ideología totalitaria que los “ilumine” y los “apoye” y les dé “sentido” a sus vidas), es pertinente precisar que la iglesia católica no es una institución democrática, es jerárquica, así que todo el proceso asambleario fue puramente consultivo, aunque los obispos siempre actuaron con mucho respeto de la opinión y el sentir que se expresaban en las asambleas a los distintos niveles. Me pregunto qué otra comunidad eclesiástica ha experimentado semejante proceso de participación, de inclusión, en las decisiones pastorales de las iglesias locales. 
Todo este asunto de democracia, dictadura, cada vez me resulta más sospechoso… cuando a Cuba se refiere.

 

Pudiera parecer gratuita la comparación de los documentos de trabajo producidos por la iglesia católica en Cuba y estos de ahora, puestos a discusión por el Partido Comunista de Cuba. La iglesia quiso adecuar las líneas pastorales generales, emanadas del Concilio Vaticano II, 1963-1965, y adoptadas en sucesivas conferencias episcopales en Medellín, 1968 y Puebla, 1979, a la situación de excepcionalidad económica, política y social que vivía Cuba. El PCC sabe que la experiencia del ejercicio del poder revolucionario y socialista ha creado una sociedad con características muy particulares y una ciudadanía con una percepción no menos peculiar del ejercicio de ese poder. Diversas instituciones y personalidades han coincidido en señalar la experiencia cubana como un modelo —y aquí la voz modelo, está usada en su acepción académica. Un modelo de relaciones sociales entre el Estado y la ciudadanía, entre los diferentes estamentos de la población, en el proceso de producción material que narra unos principios, que propone unas estrategias, para articular un orden justo y sostenible frente a un (des)orden injusto e insostenible, no como camisa de fuerza sino como incitación a la creatividad y la flexibilidad en la realización en cada momento y contexto histórico.
 

Estos documentos que se presentan ahora para su discusión por la ciudadanía miran hacia delante y no se percibe en ellos ninguna duda sobre el objetivo de la sociedad cubana a largo, mediano y corto plazo: “La visión de la nación, entendida como el estado que se desea alcanzar, se define como soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible” (Plan Nacional, III, 40). Los cubanos tenemos la experiencia de la República que se caricaturizó por la acción “benéfica” de los interventores norteamericanos: nos enseñaron a gobernarnos, a poner a la población negra en su lugar, “construyeron” calles, acueductos, hospitales, escuelas, nos quitaron el Nobel de medicina que le correspondía a Finlay, nos civilizaron, vaya, dicho en una solita palabra. Esperemos que la Revolución no corra los mismos des(a)tinos de la República, que los revolucionarios cubanos no la entreguen a cambio de eficiencia empresarial, intereses corporativos, marketing, globalización, que no se pierda de vista que las nuevas formas de propiedad no estatal, en una sociedad y un Estado socialistas, deben ser instrumento para el mayor bienestar de una y la mayor viabilidad y legitimidad del otro, sobre todo en estos tiempos de reflujo revolucionario en los que saber adaptarse es, también, una estrategia revolucionaria, en vez de que esa sociedad y ese Estado se conviertan en instrumento, mercado consumidor la una, mero regulador el otro, de esas formas de propiedad. Esperemos que los cubanos no nos quedemos a la sombra, sino en la sombra, siempre luminosa, de aquel que nos enseñó a vivir.