Marginalia Humberto T. Fernández

 

 

[Prefacio]

 

[Viejas rencillas nos apartan de lo que nos constituye. El itinerario de nuestras vidas escinde el ser que siempre hemos querido conservar. Las maneras de pensar se nutren del ayer y se definen por lo que hoy perciben. La tarea de sistematizar se hace agobiante cuando se descubren los fragmentos que moldean nuestra memoria. La lectura se hace edificante cuando permite construir unas referencias que se quedan para siempre. No obstante, nos asedia el deseo (y el goce) de reconstruir un día en nuestras vidas. ¡Cuán felices somos cuando podemos recordar la secuencia de un día cualquiera! Las idas y venidas, los amores y los odios, los paisajes y sus gentes, los libros y las lecturas. Así se hizo este ¿ensayo?, con lecturas, autores, patrocinios, momentos, recuerdos, insomnios. Estas son escrituras que han nacido de lecturas, algunas de ellas imprescindibles para entrar en paz conmigo mismo, con el destino de ser en otra tierra una rama movida por el viento pero no quebrada. Es la intención de quien escribe hacer participar a otros de esas lecturas que prodigaron gracia sobre el lector que soy. No siempre las lecturas perduran inalterables frente a las exigencias del lector-escritor pero están ahí, prodigándose, “tierra que mana leche y miel”, para que quien las lee, las rescriba.]


 

Uno

 

[Texto de Marx, Manuscritos de economía y filosofía. Tercer manuscrito. El dilema de la muerte del individuo real concreto se ha manipulado para que ésta aparezca como estímulo a la no-acción social y a la deificación de la búsqueda del placer como bien último y definitivo. Así, ese individuo real concreto que el pensamiento posmoderno arropa y descaracteriza privándolo de su verdadera esencia, ser comunitario, ser con una decidida vocación social, entendiendo ésta como proyección de la individualidad hacia el colectivo buscando satisfacer las necesidades del otro, muere en cuanto individuo real y se transforma en cosa, se cosifica y pasa ser parte de la abultada oferta del mercado. En las condiciones actuales en que la realidad misma se ve superada por el efecto virtual de lo que Marx llamó industria, y el reclamo de los derechos inalienables del individuo se parapeta tras la defensa de “nuestro modo de vida” (entiéndase o léase, vida de confort y placer), el individuo adocenado, sin otras disidencias que aquellas que lo llevan a elegir una marca comercial sobre otra, es televisado (impuesto como patrón) como un individuo de perenne juventud y lozanía, felicísimo de no saber nada sino de dietas y píldoras, que va dejando una estela de descompromisos para subsumirse en su oscura y patológica mismidad. Ser aislado, desconectado, sin participación real en la vida social, destruido como sujeto, objetivado en producto intercambiable, objeto que cree haber superado “la dura victoria del género sobre la especie”, convertido en individuo no real ni concreto, imagen holográfica, sumatoria despersonalizada de la especie.]

 

 

Dos

 

[Un mundo de fantasía, toneladas de plástico, un servicio reductible a la eficiencia y la limpieza, unas diluidas sonrisas en agua coloreada, unas imágenes de vivísimos colores y esos animados animales que nos recuerdan la triste condición de los humanos que no sabemos ser tan simpáticos e inmortales. Ese es el mundo de Disney. Ese es el mundo que vende el centro de la Florida, además de sus naranjas. Las espaciosas vías de comunicación que enlazan los distintos parques temáticos del complejo Disney con las urbanizaciones colindantes funcionan como las arterias que irrigan el vigoroso corazón de la más exitosa industria del entretenimiento de los últimos tiempos: Disney’s World at Florida. Fabulosas autopistas que empastan los colores de la felicidad prefabricada en esos parques con la precariedad de las vidas que se acercan a ese templo pagano de la Sempiterna Sonrisa, donde la más común de las jaculatorias es “al menos vamos a olvidarnos de la realidad por unas horas” o cosas parecidas, cosas que apuntan a un cansino vacío, a una resignación a flor de alma, a una sed que se abreva con una coca-cola de dieta, si es posible, por favor, dice alguien con una sonrisa cómplice que se mira en el espejo de otra.]

 

 

Tres

 

[Texto de Derrida, Espectros de Marx. ¿Qué es lo que se espectraliza? A saber, y cito: “lo que no está vivo ni muerto, ni presente ni ausente”, el elemento que redunda en la vacuidad del ciudadano frente a sus responsabilidades con la polis, con el entramado de lo que gustan llamar, con descaro hoy, sociedad civil. Elemento que pretende neutralizar al ser y convertirlo en zombie-consumidor, en paseante de las interminables vitrinas de los malls, en objeto del objeto de la media, en advertisement en estado puro. El espectro que desea y por el cual se ocupa el capital, ese espectro cuya relación con la realidad se reduce a lo sensorial, a lo instintivo. La mentira, como reflejo de lo cierto: lo sucesivo (la concatenación de generaciones humanas con ideales, motivaciones, angustias) se esquiva en virtud de la permanencia de lo efímero: una especie de fuente de lo nuevo y de lo joven que no se agota, sino que intenta reciclar la individualidad, real, concreta e intransferible del ser humano. La globalización de la más enajenada forma de relación social, el mercado, como alternativa al reclamo marxista de “Proletarios de todos los países, uníos”. En la globalización de la forma desenfrenada de consumir se esconde el deseo de uniformar, de controlar, de dirigir, sin disidencias, el género humano para degradarlo a la categoría de cosa, mercancía, y en esa “granja” medrar, reproducir espectros que se parezcan cada vez más. La alternativa a esa estrategia tiene que ser radical: pensar sin disimulo, no tener escrúpulos en denunciar, desde unos hábitos existenciales cada vez más conscientes, la falsedad de la moneda con la que se quiere anular la capacidad humana de ser reales, concretos e individuales, a la vez que solidarios. Esta “forma de guerra inédita” que se ha planteado hoy necesita de una liturgia de exorcismo en la que se expulse de la subjetividad y la racionalidad humana a ese “elemento” que quiere suplantar la palabra vivida y sentida por aquella otra que tuerce el sentido por lo cual fue dicha. “…en estos tiempos, un nuevo ‹‹orden mundial›› intenta estabilizar un desarreglo nuevo […] instalado en forma de hegemonía sin precedentes”: este tiempo, en que la misma noción de él se escamotea para que el ser deje su casa y repita los lugares comunes que se le dictan desde los “templos” bursátiles, es un tiempo para andar desnudos y sin ataduras el camino exiguo de la virtud. Economía de palabras y de gestos para retar la hegemonía, el sueño de hacer añicos la persona y su capacidad para relacionarse con lo verdadero, con lo otro, en lo cual encuentra su plenitud.]

 

 

Cuatro

 

[Un pasaje grotesco. El imperialismo y la democracia. “We got him”, dijo Bremer y la prensa libre aplaudió a rabiar. Esa es una imagen para no olvidar: la democracia, el estilo americano de democracia, con su prepotencia y chabacanería proverbial, anunció que el ex-dictador, ex-presidente, ex-líder de una nación independiente, ahora ocupada, “fue agarrado” como se hace con un perro rabioso que amenaza a toda la población de un lugar. Y esa es la imagen que ha creado el gobierno de los EE.UU. y su prensa libre. Esa es la imagen que los periodistas del mundo libre se afanan en lubricar para que quepa mejor en la mente de los ciudadanos del mundo libre. “We got him”, dijo Bremer y alguien descorchó una botella de añejo para celebrar la caída de otro dictador. La cuestión no está en beber ni aplaudir rabiosamente, sino en cómo un funcionario de un gobierno que quiere ser el Gobierno se refiere a un ex-dictador, ex-presidente, ex-líder de una nación independiente, ahora ocupada. Es preocupante cómo esta gente improvisa esa manera chapucera de tratar al resto del mundo: nombra gobiernos, da absoluciones, reparte contratos, demoniza, miente, pone cara de contrito creyente y converso penitente, y después, como el que si quiere las cosas, mete un chiste al estilo de Rumsfeld cuando refiere que la decisión sobre quién interrogaría a Sadamm fue “a three-minute decisión, the first two were for the coffee”. Así, con la ramplona simpleza de un comediante que se gana la vida frente a un público dispuesto a pasarla bien a cualquier precio. Rumsfeld ha sido un bromista desde que ganó sus prolongados quince minutos de fama a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001. Recuerdo su cara desprovista incluso de la seriedad de circunstancia pautada por las agencias de relaciones públicas cuando se presentaba en las conferencias de prensa a propósito de aquellos tristes eventos. Ese es el equipo que gobierna al país que parece ser el más rico y poderoso del planeta: Mickey declarándole su amor a Minnie en patético remedo del drama shakesperiano. Mickey con sus tremendas orejas y su ilimitado poder para resolver todas las situaciones, su heroica condición a-histórica y postmoderna.  En el mundo libre, los Mickeys abundan.  Ladies and gentlemen “We got him”, dijo Bremen. Y Mickey saltó, todos los vimos, sonriendo, alzando su bracitos y enseñando una sonrisita comedida, como con pudor. Es tremendo que el destino del planeta y de la humanidad pendan de la imprudencia con que se manejan asuntos tan serios como la guerra y la paz.]

 
 

Cinco

 

[Texto de Metz, Dios y tiempo. Es esta una época “en que políticamente están en juego la crisis y la destrucción del sujeto”, así que todo extrañamiento del quehacer político en cuanto participación objetiva y solidaria en la lucha por reivindicar el sujeto humano frente al arrollador empuje del capitalismo como modelo último y único de convivencia social es decididamente un extrañamiento de Dios, el principio que históricamente ha estado presente en la formulación de la identidad humana. El vacío creado por la idea de un Dios ajeno al relato bíblico en el que se promete, cumple y realiza la salvación por la acción de la gracia, deja a la humanidad con una idea de Dios como ente de referencia y de invocación sin una dimensión salvadora verdadera, la anulación de la participación de Dios en la vida histórica de los hombres y mujeres concretos que sufren y padecen. La ciudad de Dios como otro lugar, distinto y distante, de la ciudad humana. La religión que se sustrae a “los seudónimos terrenales de Dios”, verdad, amor, compasión, solidaridad, política en cuanto a responsabilidad con el otro, deber y derecho de ser sujeto en la construcción histórica de la identidad no enajenada del ser humano. La palabra de Dios como palabra incitadora a la acción revolucionaria, propiciadora de cambios que acerquen al humano más a Dios, a Él mismo. El olvido de Dios es precisamente el repliegue de su palabra misma a la condición de palabra que no dice, el mensaje religioso vaciado de su contexto social, político, alejado de los temas que realmente afectan al ser humano en su supervivencia y desarrollo. Así, señala Metz, la “falta de compromiso político va unido al olvido de Dios” porque hace que nos desentendamos los unos de los otros, el deseo y la estrategia fundamental de la sociedad actual, diseñada y pensada para ese individuo que ni es real ni concreto, sino virtual imaginería, rastrojo de lo que pudo ser, objeto que se consume. La “cosa” en la que la media quiere convertir al ser humano concreto (no olvidar la denominación de las pérdidas de vidas humanas en las guerras preventivas de hoy: daños colaterales) es un individuo desentendido de su entorno existencial y de las responsabilidades con éste. Enseñar hoy día que no estamos solos, ni hechos para el disfrute genital de lo fugaz, ni somos dueños de una riqueza que no ha sido creada sino disimuladamente adquirida en transacciones que nada tienen que ver con el trabajo y con la realidad, es una enseñanza subversiva, una enseñanza en la que se acerca a Dios a su destino privilegiado, el ser humano. Ese joven de los advertisement es un fantasma del ser humano que estamos convocados a ser y ayudar a construir, vacío de Dios, frío, indolente. La religión que se pretende hoy, en este mundo en el que todo tiene un rol preasignado, es la religión de los que Metz llama “sujetos burgueses”, sujetos muertos a la acción histórica de cambio porque están muy vivos para “fabricar” y acumular capital con el cual solazarse en este reino de acá, amparados en una “ética inmanente que nombra a Dios para alejarlo”. Sujetos en los que la dimensión solidaria es el loan bancario con intereses: te presto, no te doy. La modernidad siempre quiso convertir la religión en un “asunto privado”, desproveerla de su capacidad transformadora y sustanciadora, sacarla de la esencia constitutiva del ser humano para hacer a éste más maleable, manipulable. Hay que re-ligar la religión con la política, el hablar sobre Dios con el hablar sobre el mundo, hacer que cobre sentido lo que aparece cada vez más soso y aburrido, el compromiso de ser a plenitud la persona que piensa, siente, se emociona, padece, necesita, es indigente de los otros, del Otro. La “religión burguesa”, escribe Metz, “no entra en la lucha de los sujetos por su identidad”, sino que da por descontado que la sociedad en que vivimos no puede ser cambiada, ajena y extraña al cambio social. Esta religión medra del “mito de la inalterabilidad de nuestra sociedad”. Esta religión es ideología que se fundamenta en abstracciones de la verdad revelada en los textos sagrados, abstracciones desprovistas del carácter mesiánico que promete la salvación y se cumple en los dichos y hechos de Jesús. Metz advierte sobre la falacia de hablar que estamos en una “época de transición” señalando que “el tiempo siempre está ‹‹en transición››”; ésta, escribe, es una “época de rupturas; transición en sentido inverso, hacia atrás, hacia las formas edulcoradas del pasado, una metafísica corrompida de la imagen histórica, una forma de paralizar el cambio que, necesariamente implica la ruptura del orden de cosas presente hacia otro en que los individuos sean artífices de su propia identidad. Leamos “…los miedos colectivos, que corroen el alma del ‹‹hombre moderno›› […] Atrapado entre la desesperación y el tímido compromiso, entre la apatía y un amor exiguo, entre un individualismo posesivo sin miramientos y una raquítica solidaridad, anda desorientado y sabe menos de sí mismo que sólo unas pocas generaciones antes; tan poco sabe de sí mismo, que no le gustaría ya ser su propia descendencia”. Una radiografía de lo que vivimos hoy día no para cruzarnos de ideas, sino para empezar a pensar en lo que no se quiere que pensemos, en ser seres dialógicos con una dimensión espiritual explícita que no se conforma con los remedos de la new age, espiritualismos tranquilizantes, valiums religiosos. Hay que pensar la religión y la política como ámbitos del pensamiento y del quehacer social en que la administración de los bienes de “allá arriba” y de “acá abajo” no interfieran, sino que sean contingentes para esa sociedad post-capitalista que necesita emerger. Dios como una “idea de resistencia” para que todo sea distinto en oposición a las “políticas del orden”. Esta idea de la resistencia se explicita, políticamente, para Metz en la “idea de la revolución” como acontecimiento social que no sólo provoca una “ruptura dramática” sino que se supera así misma hasta llegar a ser lo que Metz denomina “revolución antropológica”: no sólo propiciar y efectuar el cambio a niveles de las estructuras y los postulados sociales, sino penetrar el sujeto y operar con eficiencia un cambio en la mentalidad, en el sentir y el pensar, en las conciencias adormecidas por el sueño capitalista. Esta confluencia que atiende a cambiar el mundo exterior e interior del sujeto no nos sitúa en el paraíso, sino en camino hacia él.]

 

 

Seis

 

[Where shopping is a pleasure. Como ir al templo, como la misa dominical, con la devoción derrotada no más se mira la arquitectura igual en todas partes, así se inicia la pequeña liturgia del consumo. Orden y asepsia, ausencia total de lo cálido, alegría, felicidad en todas partes, sonrisas y reclamaciones para ayudarte con una cortesía tan fría, tan cortante que te hace huir o entregarte, según el mood que te acompañe ese día. Los espacios (superficies) comerciales con su uniforme apariencia, su recta y empinada entrada, simulando entradas neoclásicas de gusto tardío y barato, son los lugares en que la gente suele dirimir sus problemas (muchas veces sin saberlo) con lo que nos constituye, la depresión, la tristeza, la duda, la incomprensión ante el signo que es todo, la incapacidad de leer ese signo, la amargura con que termina cada día, el despojo que hace el presente de lo que va quedando atrás. Como un rito desprovisto de sentido trascendental se camina a prisa, con la respiración contenida, la felicidad apretando el pecho ante la infinita dicha de poseer un pedazo de cualquier cosa, que haga sentir la capacidad casi anulada de ser reales dueños de algo de realidad. Ilusa, ilusoria la disposición de las cosas, la parca y recatada mano del vendedor que se llena de cupones para ahorrar y la boca te saluda a ti que vas a morir posiblemente de cualquier cosa menos de plenitud de ser. En esos espacios no puede habitar nada que apunte hacia el otro lado de lo tangible. Humanizar, hacer que el acto bruto de compra-venta se realice en lugares en los que la proximidad de la vida, sus alientos, sus desesperanzas no sean ajenos debe contemplarse en el diseño de la ciudad. Placer de comprar nada, de caminar en la nada, donde la experiencia del ser humano como autómata se constata y se hace efectiva. El placer en esos espacios blanquísimos y ordenados en los que se incurren con vulgar frecuencia es un acto de onanismo, vaciado de la experiencia y el contacto con lo otro para después seguir solos, sin hogar.]

 

 

Siete

 

[Texto de J. M. Coetzee sobre Walter Benjamín. Uno de los más interesantes y amables escritores del siglo pasado, una figura intelectual difícil de situar, un hombre de grandes pasiones y entregas, Walter Benjamín representa al intelectual lúcido, angustiado, que se pregunta por el mundo en el que vive y trata de significar algo en él, de distanciarse para a la vez estar más cerca, de no hacer un uso desatinado de la ironía o excesivo de lo mordaz. Al final de su largo ensayo sobre Benjamín, Coetzee se pregunta “¿Qué era Walter Benjamín?” y se responde citando a Hannah Arendt, “era uno de ‹‹de los inclasificables…cuya obra no encaja en el orden existente, pero tampoco introduce un género nuevo››”. Ese puede ser uno de los destinos posibles de la escritura hoy: tratar de salirse de lo acordado previa y tácitamente con las estrategias del marketing para servir a alguien que inaugura un decir comprometido con la verdad del escritor mismo y con la verdad de los tiempos que se viven. No “encajar en el orden existente” tanto en el orden de la política como en el de la producción de ideas es una disidencia saludable, un negarse a ser parte de las estructuras corporativas que intentan desembarazarse de esa incómoda carga que es la ética, la actitud madura, seria y responsable de afrontar la vida. La sociedad está concebida de manera tal que apeste aquello que se salga de la normalidad; el alcance de un pensamiento alternativo serio es cada vez más ese lugar lejano que cuesta trabajo asir. Pensar desde la no conformidad, desde la perspectiva solidaria a la vez que solitaria de alguien que no quiere prestarse al juego confuso de la fama y la cita periodística es condición indispensable para producir una obra significante, que contribuya, que resista, que proponga salidas a este atolladero. Al final de su ensayo, Coetzee escribe de Benjamín, “…su llamada a una historia centrada en los sufrimientos de los derrotados, más que sobre los logros de los victoriosos, es profética de la forma en que el análisis histórico ha comenzado a pensar en sí mismo en nuestra época”. Walter Benjamín apenas profetizó, más bien interiorizó lo que un paisano y predecesor suyo escribiera cuarenta, cincuenta años antes de su nacimiento acerca de desplazar el foco de atención historiográfico, la perspectiva de compresión histórica desde los que poseían los medios de producción hacia los despojados de cualquier propiedad sobre esos medios pero que contribuían con su única posesión, su fuerza de trabajo, a crear la riqueza social. Los derrotados de Benjamín son los proletarios de Marx. El análisis marxista que pareciera destinado al olvido más perenne si nos entretenemos con las páginas de los súper-intelectuales modernos y posmodernos sigue siendo tan válido hoy como lo fue ayer. Benjamín tuvo la delicadeza de pensarlo con originalidad y sensibilidad, y ese puede ser otro de los destinos posibles para pensar a Marx hoy.]

 

 

Ocho

 

[Texto de George Bataille, On Nietzsche. Es este escritor de quien Roland Barthes prefirió decir que escribía textos sin estar alineado con un género determinado, uno de esos escritores que inauguran maneras de decir, percepciones de rigor y escrituras bellamente construidas. Sylvère Lotringer escribe en su introducción a esta obra de Bataille: “Él fue tímido en cuanto a los conceptos, no muy dado a los sistemas y sospechaba profundamente del lenguaje”. He aquí a un escritor que reúne, o puede reunir tres de las características que echamos de menos en el pensamiento contemporáneo: timidez, resistencia y rigor. Esa sospecha del lenguaje no es más que una demostración de riguroso acercamiento a la patria única de los escritores y al fundamento mismo de la civilización humana. Su biografía no deja dudas de que fue un individuo visitado por todos esos extraños demonios que en personas de carácter funcionan como catalizadores de una mirada lúcida y serena, trasmutada en escritura. Bataille en esta obra escrita durante la ocupación alemana de París (un autor retirado del escenario, viviendo del magro salario que percibía de su puesto de bibliotecario en tiempos más que difíciles) hace un raro ejercicio intelectual, confesando que lo “que motivó [esos] textos fue el temor de [volverse] loco”. Un escritor que no desea satisfacer sino sus “deseos insatisfechos” expresados en su “urgencia por reír, no muy diferente en su manifestación de las desastrosas pasiones de los héroes de Sade y muy cercanas de las tensiones de los mártires y los santos”. ¿Reír? ¿En época tan convulsa? La risa que nos propone hoy la televisión es una que hubiera hecho palidecer a Nietzsche, es una risa privada de locura y contagio, una mueca que nos entristece y repugna, porque se pretende absoluta, sin derecho a ser ripostada. La risa de hoy, la que se proyecta en nuestros rostros como un reflejo digitalizado de la televisión no nace de ninguna cordialidad, de ningún afecto, es una afectación, no un afecto, un pujo estridente para acallar el ruido sordo que provoca el aire en una tubería de agua. Bataille que abandona a su padre, ciego y sifilítico, para entregarse al estudio de la teología, fervoroso católico, aspirante al presbiterado, enfrenta aterrado la pregunta sobre el significado de las cosas, de su ambigua presencia, y se rodea de Nietzsche por todas partes y escribe, en el París ocupado por los alemanes, unos diarios de lecturas y meditaciones de la obra nietzscheana que son conclusivos para entender la vitalidad de este alemán acosado por la hipocresía de la entonces vigorosa cultura burguesa. (Es curioso que Heidegger, en su retiro, también se dedicara a estudiar a Nietzsche). Uno de las ideas en las que insiste Bataille es que la libertad no debe ser considerada, prioritariamente, un valor político. La libertad es la condición existencial que un individuo real y concreto asume como lo que da balance y frescura a una vida, no viene desde afuera y no puede ser fabricada a fuerza de gritos y pataleos: se conoce, se ejerce, se predica desde la precariedad que las condiciones sociales y las limitaciones personales nos imponen. “La lucha por la libertad es la lucha para conquistar un bien”, un bien que pudiera ser de carácter público, para uso de todos, como es el bien en sí mismo, lo bueno, lo que nos permite acceder a mayores cuotas de verdad y sosiego. En esa lucha lo frívolo queda relegado, el tratar de aparentar lo que no es, la frivolidad entendida como exaltación del individuo en cuanto ente sin responsabilidad cívica, trascendente. Bataille, el trasgresor, asiente “que lo que es libre, no puede ser definido” porque aún no existe, es un ansía, una utopía. Lo que necesitamos hoy cuando la libertad en manos y brazos y boca del mercado y de la estrategia de perpetuar lo inocuo se ha convertido en valor “indiscutible”, instrumental para establecer que no podemos hacer sino estar quietos y tejer erudiciones extrañas. El ser humano de hoy necesita de esa libertad que Bataille, el atormentado, buscó incansable: ella (la libertad) no puede ser conculcada, controlada en nombre de este “modo de vida” que violenta y hace vulnerable hasta la desaparición al ser humano. La filiación primera religiosa de Bataille y su posterior enfrentamiento con lo religioso es síntoma y señalamiento para este hoy descolorido que vivimos, ¿en cuál esquina está lo que hará verdadero y duradero al ser que soy y se derrumbará mañana? En el lugar de la seriedad y en el entendimiento del vacío como los momentos definitorios de un pensar verdadero, que se relaciona con la realidad sin intermediarios y a pesar de los timos que nos tiende la propaganda, las escrituras oportunistas.]

 

 

Nueve

 

[Últimos bochinches del deseo. La aseada habitación del capitalismo puritano y las directrices católicas sobre la moral han encontrado un territorio común: los homosexuales deben ser destinados a la soledad legal. Los hechos superados por la ley, la ley que hace convicto a los hechos. La carcajada de la realidad frente a las disposiciones de los sabios. El miedo. La epidemia. La desconfiguración de la realidad formulada desde los púlpitos laicos, la homosexualidad como remanente de la sociedad; afuera, los deseos oscurecen el entendimiento: a siglos de practicar por fuerza o deliberadamente el heterosexualismo ¿por qué ahora una medida legal puede convertirnos a todos en lo que no somos? ]

 

 

Diez

 

[Texto de Louis Gill, Fundamento y límites del capitalismo. La mercancía como forma social, se infiere del prólogo a la edición española de este libro que extrañamente no tiene edición en los EE.UU. Detesto los absolutos por obvios pero esta es una interpretación y lectura consistentes del marxismo. La mercancía como determinación histórica del capitalismo, pivote del análisis marxista del desarrollo histórico, está condenada al desprecio de los que impugnan el capitalismo como la “solución final” del problema de la humanidad. ¿Qué queda para la sociedad nueva? ¿Habrá que inventar un término como “anti-mercancía”? ¿Cómo sobreviviremos, como género, sin ella? La mercancía hoy no es la cosa de valor relativo producida por el trabajo asalariado sino la cosa virtual que no se produce pero se consume: esa “cosa” que nos invade y nos hace participar del festín, de la orgía de lo que no existe como si fuera real, tangible. Lo primero que se consume es la necesidad arbitrariamente creada y después el artefacto, la realización marginada de nuestros deseos convocados por la publicidad, las estrategias publicitarias como coartada de la necesidad. No es lo cíclico defendido por Vico, Nietzsche o Eliade, es el círculo vicioso engendrado en la conciencia última del ser humano por efecto especial: un fuego no es un fuego, el aire no es el aire, la tierra no es la tierra, el agua no es el agua: ni consume, ni transpira, ni germina, ni calma: el parapeto de los elementos, la mentira enarbolada como verdad indiscutible. El marxismo explicado para que entendamos que la teoría social de Marx, Engels, Lenin y todos los revolucionarios que nos precedieron es la adquisición más relevante en la resistencia al totalitarismo más conspicuo, el de la industria de la guerra y de la supresión del individuo como entidad portadora de verdades respetables. ¡Tránsito! Trabajar para la transitoriedad de lo que debe ser, del imperativo definitivo de ser y habitar en una casa respetable, digna, es lo que se aplaude, lo que actúa según la democracia. Se piden cuentas y se aplaudió la transición del socialismo irreal de la Europa del Este, y se desestima, según apunta Louis Gill, que “las medidas tomadas para la transición al socialismo han sido cuestionadas: gestión planificada de la economía, monopolio estatal del comercio exterior, propiedad estatal de los medios de producción, regímenes de protección social, control estatal de los precios de los bienes de primera necesidad, etc.” No es concebible ni permisible que se transite hacia formas más humanas de convivencias; se cuestiona que se piense, se hable o se escriba sobre cómo superar este modo de relacionarse socialmente que es el capitalismo; se invoca con total nocturnidad de ideas y de información la transición de los países ex-comunistas al sistema capitalista en desuso que se dejó atrás en los años setenta para convidar a los pobres a que se alineen con estos postulados noveccentistas de las medidas del FMI que resultaron en el gran fiasco de los pueblos y países latinoamericanos. La responsabilidad grande hoy es ser uno mismo a costa del repliegue y de la aparente inanición de los pueblos. Un escritor, un pensador hoy requiere ser interpelado y dejarse interpelar por las realidades que se conjuran hoy no para olvidar a Marx sino para atraerlo y hacerlo consustancial a la lucha de hoy por perseverar el ser individuos responsables los unos de los otros, aguafiestas del party neoliberal.]

 

 

Once

 

[Un cielo nuevo y una tierra nueva. Meditación para pensar mejor. Hay un cura en Nueva York que un día decidió no leer más que a Santo Tomás. Había sido de izquierdas. Otro en La Habana había sido fusilado por los maoístas siete veces y salvó la vida porque pudo recitar en chino algunos proverbios de Confucio. Fue de derechas. Ambos negociaron el cielo con sus vidas y lo que nos queda es el testimonio callado de sus vidas y la imprecación de lo que vivían. He aquí que las fuerzas del mal se disfrazaron de mil demonios y los dos curas, españoles por más señas, se unieron en oración para des-terrar lo oblicuo, para recrear la promesa en la tierra prometida, ésta de hoy que tenemos. Un cielo nuevo y una tierra nueva, liberada de los abusos, de la concupiscencia de lo que parece ser pero no es. Pensar, meditar, ser hoy es asumir a Pascal: saber estar a solas consigo mismo en el cuarto para salvarnos de la estulticia y del desencanto, construyendo, en gracia y sabiduría, lo que nos permita derrotar la amenaza muy poco virtual de desparecer como entes, individuales a la vez que solidarios.]