Notas sobre sociedad y cultura desde la Cuba actual Fernando Martínez Heredia

(Publicado originalmente con ese título en Política & Trabalho, Revista de Ciências Sociais, núm. 16, Programa de Postgrado en Sociología, Universidad Federal de Paraiba, Brasil, septiembre de 2000, págs. 45-66)

I

Después de medio milenio de historia escrita y con ciudades, podemos constatar que Cuba ha recorrido un camino muy intenso y en algunos sentidos asombroso. Durante la mayor parte de ese largo intervalo ha sido afectada por la forma fundamental de mundialización del capitalismo, que es el colonialismo y el neocolonialismo. En el curso de sus sucesivas integraciones al sistema internacional, las formaciones económicas registraron etapas de dinamismos extraordinarios, a los cuales debió el país muchos de sus rasgos principales, aunque los sistemas económicos resultantes de aquellas integraciones subordinadas explotaron muy duramente[]las fuerzas de trabajo, exigieron sistemas sociales opresivos y no fueron capaces de asegurar autorreproducciones económicas suficientes. El interés económico y las etapas del capitalismo en los países centrales del sistema, y las relaciones entre las potencias, han afectado siempre a Cuba, y nos han influido mucho sus modos de vida, su pensamiento, sus culturas. 

Otra característica de la historia cubana —a diferencia de numerosas sociedades— es la intensidad y la sucesión de cuatro revoluciones, formas extremas de la actuación social en busca de cambios significativos, en un período históricamente breve. Esas revoluciones tuvieron como vehículo principal acciones populares colectivas muy intensas y abarcadoras, y como resultado profundos cambios en los individuos, las relaciones sociales y las instituciones.

No puedo tener en cuenta en estas notas [] ese ámbito tan abarcador que acabo apenas de esbozar, y que es, sin embargo, tan atinente a mi tema. Todos aquellos rasgos, más la paulatina sedimentación de atributos culturales propios y asimilados, de condensaciones, mezclas y subordinaciones de formas culturales en su interior —ese melting pot que es general en la formación de las naciones—, configuran las acumulaciones culturales que contiene Cuba, esenciales a la hora de inquirir por[,] o de valorar[,] []los eventos y los procesos de la coyuntura.

La cuarta revolución comenzó como una insurrección contra un gobierno ilegítimo, y triunfó hace 40 años. Ha sido el principal hecho cultural de la segunda mitad del siglo en Cuba. Ella implicó los cambios sociales súbitos más trascendentales desde los que en el siglo XVI iniciaron aquella historia escrita. No voy a repetir aquí los análisis y valoraciones que he hecho en numerosos textos acerca de esos cambios, y en general acerca del proceso de la revolución y de la situación actual, sus nexos con la historia cubana, y sobre el contenido y la historia de las ideas en el período. En esos trabajos también he tenido en cuenta los enfrentamientos y relaciones internacionales: las actuaciones de los Estados Unidos y algunos países de América Latina, las ideas y las luchas populares en esta región, los regímenes establecidos en la URSS y otros países en nombre del socialismo y los movimientos comunistas en el mundo, los países de capitalismo desarrollado y las fuerzas e ideas diversas que existen.

Sólo quiero apuntar aquí tres cuestiones que son constantes en mis hipótesis de investigación y en mis ensayos sobre el tema, porque las necesito como contextos intelectuales de la reflexión. Primera: califico a la revolución de socialista de liberación nacional, porque sólo pudo triunfar y desarrollarse combinando íntimamente la lucha de clases anticapitalista y la de liberación nacional. Esto afectó el contenido de lo nacional en Cuba, y le dio determinadas características a su tipo de socialismo[]. Segunda: no utilizo los conceptos de «construcción del socialismo», «socialismo pleno», etc., porque no creo en su capacidad ni fertilidad para la comprensión de los procesos reales. Para los regímenes fundados en poderes anticapitalistas y proyectos comunistas trabajo con conceptos como [] transición socialista, que se refiere a lo que son y a lo que deben ser esas sociedades basadas en una intencionalidad y en las que resultan indispensables determinados cambios culturales []. Tercera: «el problema de las relaciones entre el poder y el proyecto es el más trascendente para todo el que intenta llevar la realización práctica de la revolución contra el capitalismo hasta sus últimas consecuencias [].

Hablo desde una coyuntura, como sucede siempre. A inicios de 1999 situaba así la nuestra en la época contemporánea: «El mundo cambiaba cuando sucedió la Revolución cubana, aunque sólo adquirió ese sentido para nosotros como pueblo cuando hicimos aquí el gran cambio revolucionario. Si hay una expresión breve para decirlo es “los 60”. Ahora se percibe, se dice o se piensa que el mundo cambia otra vez, pero sin que casi nadie se alegre. Claro que todo el mundo —o casi— está viviendo los cambios y se dispone a vivirlos, pero las actitudes se parecen mucho a la resignación o al más estrecho pragmatismo.El mundo de estos cambios no parece hecho de la materia que luego abuelos orgullosos les contarán a nietos admirados. Yo los vivo, nosotros los vivimos, desde el mar de experiencias y la gran cultura política de los cubanos, desde el inmenso cambio cultural que sucedió en Cuba. Poder decir “nosotros” es un logro maravilloso en el mundo actual, en que la cultura que se promueve es la de la indiferencia ante la suerte de los demás, la cultura de la fragmentación, del miedo y de la resignación.

«Frente al gran capitalismo mundial somos “nosotros”. Pero no somos ciegos ni sordos; no lo soy. Ahora mismo, en nuestro país, en nuestras casas, en nuestras mentes y sentimientos, estamos envueltos en una descomunal pugna de valores. La cultura socialista, la de la solidaridad entre las gentes y el poder redistribuidor justiciero de las riquezas sociales se bate muy arduamente en todos los terrenos. Audacias y prudencias, aciertos y errores, mezquindades y heroísmos, trabajos y afanes de lucro, orgullos y desconsuelos, suceden todos en un país que tiene más posibilidades de salir adelante como sociedad justa en busca de felicidad que la mayoría de los países del mundo. Pero a la vez suceden cerca del borde de un oscuro remolino.»

La cultura plasmada en la Cuba contemporánea es el teatro principal de la intensa pugna de valores en curso, que influirá, quizás de manera decisiva, en el tipo de sociedad que emergerá de las duras tareas actuales de la sobrevivencia y la reestructuración de las relaciones económicas.

Hoy se levantan otra vez las grandes preguntas, en torno a la identidad nacional y sus rasgos principales, a las identidades de grupos de la sociedad, su relación con la identidad nacional y con las instituciones; se pregunta otra vez qué es la nación, y qué ha sido en los proyectos históricos. En realidad, todas las preguntas atañen al futuro, lo que evidencia tanto la vitalidad de la cultura cubana como la inquietud, incluso las angustias, del presente. Con el propósito de contribuir muy modestamente a un debate imprescindible, limitaré esta vez mis notas a una breve aproximación a tres cuestiones, caracterizadas por las tensiones entre antiguos predominios y nuevas situaciones: el paso de la homogeneidad a los avances de la heterogeneidad; el paso de la politización a la profesionalización; y el crecimiento de la religiosidad.

II

Las revoluciones son instancias de unificación social, y la cubana lo fue en un grado altísimo. La causa principal estuvo en la gran efectividad lograda en su ataque radical a los sistemas de explotación, marginación, subordinación y humillación que existían en Cuba. La expropiación general de los capitalistas y la pérdida del respeto a la propiedad privada, la desposesión radical de otros elementos de control económico, político e ideológico que sufrieron los antiguos dominantes, eliminaron gran parte de las diferencias sociales, atenuaron otras y ocultaron []las demás. El igualitarismo no es —como se ha pretendido en tiempos recientes— un defecto de la política de esa época: es una de las expresiones ideológicas de la formidable igualación de oportunidades experimentada en la práctica por la mayoría de los cubanos, que llegó a convertirse en un rasgo cultural que ha persistido hasta hoy. Entre otras expresiones espirituales básicas de la sistematización de las prácticas de la Revolución en este campo están la pacificación de la existencia de las personas y las familias, y la valoración social de cada individuo por los méritos aceptados socialmente, méritos que llegaron a ser en su mayoría de corte socialista. Se alcanzó un gran peso de la actividad social y política a la escala de las comunidades territoriales y laborales, como ámbitos del ejercicio cívico y de la fraternidad humana. Las divisiones y dominaciones de clases y de otros grupos humanos retrocedieron tanto —aunque en grados diferentes— que la representación de unificación de la sociedad fue sumamente compartida.

 

En un proceso tan fuerte y abarcador no se tienen muy en cuenta las permanencias —que caracterizan, junto a los cambios, a todas las revoluciones—, si ellas se adaptan a las nuevas condiciones. Al analizar desde hoy este primer problema de la homogeneidad alcanzada y los avances recientes de la heterogeneidad, es necesario pasar balance a la existencia y las consecuencias de una historia interna de estos 40 años, tan poco tenida en cuenta o francamente olvidada. Distinguir, entre las tareas del proceso, las civilizatorias y las liberadoras[1],y las complejas relaciones que se dan entre ambas; analizar los rasgos esenciales de las etapas sucesivas de la revolución en el poder; los alcances y los límites del proceso transformador. Registrar entonces los logros y avances, pero también las detenciones, las deformaciones y los retrocesos respecto al proyecto, sufridos en el curso de esas cuatro décadas, y la emergencia de intereses particulares y de poder de nuevos grupos dentro de la sociedad. Es básico tener en cuenta para todo lo anterior las relaciones y condicionamientos internacionales de Cuba. Y recordar que cuando se precipitó la crisis de los años 90, la sociedad resultante de la revolución ya tenía fijados caracteres favorables y negativos respecto a su proyecto socialista.

 

En los años 90 se han abierto paso fuertes diferenciaciones sociales, relativas sobre todo al ingreso y al acceso a consumos. El pleno empleo que rigió durante 30 años, casi todo estatal, implicaba relaciones salariales para la gran mayoría de la población laboral, con una dispersión de ingreso pequeña[2]; hoy el ingreso y el consumo provienen de un complejo de actividades estatales, privadas o cooperativas, o combinaciones de ellas, donde la retribución y el status se han diversificado bastante. La población económicamente activa confronta situaciones muy diferentes. Unos han visto descender su capacidad adquisitiva y nivel de vida pero mantienen su prestigio social, otros pueden recibir altos ingresos por productos o por servicios que prestan, pero no tienen un alto prestigio social; en medio hay toda una gama de situaciones. Hay capacidades personales, empleos y hasta vínculos familiares que han cambiado de significación respecto al ingreso, mientras otros se mantienen, o cambiaron sus modos de operar. La variable regional, e incluso local, pesa mucho también en las diversidades. Dos monedas y una economía mixta, grandes replanteos de las oportunidades, los tipos de actividad, las relaciones y otras circunstancias, crean y despliegan nuevas constelaciones sociales. Los mecanismos de redistribución de la riqueza son hoy menos indirectos que en las tres décadas anteriores.

 

Pero frente a esas realidades el sistema vigente mantiene el dominio en variables fundamentales: a) un enorme sector económico estatal que funciona efectivamente como tal, y un control firme y una gran capacidad negociadora en el resto de la economía; b) la excepcional política social que ha sido uno de los rasgos definitorios del socialismo cubano y que está en la base de su sistema político; y c) su entidad como poder soberano y como polo moral y político de las esperanzas de una mayoría que no quiere que desaparezca el tipo de sociedad en que ha vivido. Varios éxitos principales marcan su saldo positivo. Superó la crisis de la primera mitad de los 90, sin permitir el desplome del orden y las instituciones, ni la ruptura de la paz social ni la política: este es un gran logro. La economía se recupera lentamente y realiza su reinserción en circuitos internacionales. Mantiene firmemente la soberanía nacional y su capacidad como interlocutor del principal adversario de esa soberanía, los Estados Unidos. El poder político maneja con aptitud las transiciones, los elementos diversos y las tendencias implicadas; es hoy la bisagra de la situación. Todos esos éxitos han sido posibles por —y están íntimamente ligados a— la capacidad del sistema de regir, darle cauces y alentar la resistencia del pueblo [...] el principal fenómeno político masivo de los años 90 es el predominio de la cohesión, la disciplina y la actividad social en apoyo a la manera de vivir que ha regido más de tres décadas. Esto es, lo decisivo para la política ha sido ese comportamiento social, y no tanto las actividades políticas mismas. La mayoría de la población expresa así, desde su conducta social, tanto su apoyo a que continúen predominando relaciones socialistas, como los rasgos actuales de sus representaciones del socialismo.La identificación política expresa con el proyecto socialista no es una actitud tan generalizada como esa actuación social [].

La disociación de los factores sociales —que [habría] tenido funestas consecuencias— pudo ser evitada, aun en momentos tan duros como el verano de 1994. En la actualidad la integración social es referida a la unidad nacional y la justicia social, aunque el discurso invoca mucho más []la primera. Se ha hecho obvia la gran diversidad social que caracteriza a todas las comunidades nacionales, que había sido muy amortiguada por la gran revolución social y bien articulada durante décadas por realidades eficaces y por un proyecto trascendente. Numerosas especificidades han aparecido o se han multiplicado, en medio de los problemas cotidianos y para preocupación de algunos. Las distintas actividades económicas, las religiones, las razas, los niveles educacionales, las fraternidades, con su diversidad de intereses, de consumos, de juicios y de preferencias, tejen un cuadro heterogéneo de los cubanos, y ocupan espacios en un medio que antes estaba muy institucionalizado, en tipos y vehículos de actividad orientados políticamente. Los resultados de mediciones y valoraciones de esas especificidades, y de su interiorización por los individuos y los grupos sociales, quizás sean incipientes y parciales, pero sin dudas ese es uno de los procesos básicos en la sociedad cubana actual, y está en tensión y contradicciones con otros aspectos del universo espiritual de los cubanos.

Llegamos así a una segunda cuestión en estas breves notas: la disminución de la politización de la vida. Decía que el comportamiento social de la mayoría, de cohesión y apoyo activo a la forma de sociedad en que ha vivido, ha sido decisivo para la política. Por lo demás, aumenta progresivamente la proporción de las actividades de los cubanos que no encuentran su sentido en lo político. La actividad «profesional» —los oficios, dedicaciones, carreras, técnicas, habilidades— se convierte en el centro del interés y las relaciones, de las expresiones y representaciones de una gran parte de la población. Dos procesos coexistieron en una etapa prolongada: las vivencias y la memoria aproximaban o incluso reunían lo público y lo privado, de modos que me permito llamar legítimos; se pretendió una politización muy formalizada y normativa, invasiva de demasiados campos de la vida de las personas y la sociedad, y el discurso tenaz que la expresaba se fue vaciando. Lo usual hoy es la distancia respecto a aquel discurso, y la distancia entre lo público y lo privado []. El alejamiento de lo político crece, en una población que tiene una alta cultura política.

En su lugar, los investigadores sociales constatan que el ámbito familiar es el preferido a numerosos efectos individuales, seguido por el de los amigos cercanos [][3]. Durante una larga etapa los proyectos personales fueron de alcances dilatados, y tenían relaciones bastante fuertes con los proyectos de la sociedad. Hoy se aprecia un notable recorte temporal de los proyectos, que muchas veces en realidad son sólo estrategias de sobrevivencia o de ubicación más ventajosa, y también se advierte una lejanía entre los proyectos individuales y los que se considerarían de mayor alcance social.La alta escolarización y los niveles profesionales, que fueron tan apreciados durante décadas por las familias e individuos, y estuvieron tan articulados a lo social, han perdido peso en el interés y las expectativas de muchos. El auge de la atención a lo privado coincide con un aumento del peso de la sensibilidad, los pensamientos y las conductas de tipo tradicional. En 1994 señalé que una ola conservadora se extendía entre nosotros[4]; hoy no me parece posible variar esa afirmación.

Sin embargo, no se trata de una carrera de lobos. Elementos principales de la cultura predominante en Cuba operan en contra, o por lo menos no favorecen esa actitud que está tan extendida en la esfera privada y la vida cotidiana de otras sociedades. Desde el inicio de la revolución y durante un período muy prolongado, tanto el impacto libertario como el del poder fueron muy opuestos al egoísmo, el individualismo y el afán de lucro, con los cambios consecuentes en la sociedad y en las representaciones sociales que apunté al inicio de este acápite. A pesar de los aspectos negativos procedentes de los límites que el proceso no pudo traspasar y de las deficiencias propias que fue desarrollando, el saldo del proceso que siguió ha sido favorable a convertir en costumbres los vínculos de solidaridad. Otras representaciones e ideas más antiguas o profundas que participaron en la creación de la comunidad nacional y en sus correcciones y avances posteriores contenían tendencias igualitarias y solidarias5;ellas fueron asumidas, exacerbadas y exaltadas sin descanso por la revolución, y han servido para fortalecer sus prácticas simbólicas y la idea de socialismo. Otros componentes populares de la cultura nacional, que no han sido expresa o suficientemente atendidos ni resignificados en estos cuarenta años, concurren o [podrían] converger, sin embargo, a favor de tendencias anticapitalistas.

Paso a la tercera cuestión. Sin disminuir la importancia que tiene la creencia en trascendencias en la formación del sentido común de la mayoría de las personas, es indudable que la política ha sido la concreción ideal en forma de conciencia social más usual en Cuba desde hace algo más de un siglo. En Cuba, la historia de las relaciones entre religión y dominación social y colonial —dos formas de dominación que es vital no confundir ni reducir a una sola, aunque aparezcan juntas—, está atravesada por tres factores: el enorme peso demográfico en el siglo XIX de las etnias africanas, por la entrada masiva de esclavos, y la importancia del componente de ese origen en la formación de una etnia cubana, hasta hoy; el racismo antinegro moderno como una necesidad de la dominación, desarrollado en el siglo XIX; el deterioro del catolicismo, ideología y forma cultural religiosa dominante en la colonia criollo-hispana de los siglos XVI-XVIII, durante la gran expansión que siguió, y sobre todo por su extranjerización y reducción a ideología de los «españoles de Cuba», y a ser su Iglesia instituciónun brazo del colonialismo.

En el cuadro resultante, se estableció la influencia en la sociedad de la religiosidad, devociones y religiones de origen africano, a pesar de la opresión ejercida sobre sus portadores originarios y la grande y duradera discriminación posterior. Ellas, las devociones católicas y el espiritismo han sido las formas principales de religiosidad popular. La preeminencia de lo político conllevó también un violento rechazo a las instituciones e ideas eclesiásticas —y a las ideologías de base o influencia religiosa—, asociado a las luchas e ideales nacionalistas y de justicia social. La forja de una conciencia nacional hacia fines del siglo XIX, la Revolución del 95 y el nuevo Estado republicano impusieron un laicismo bastante radical. La cultura determinada que se fijó como «cultura nacional» no tenía buenas razones para estimar a la Iglesia Católica, pero aún menos a las religiones de origen africano. La fe, la religiosidad y las religiones tienen en el período 1899-1958 una historia mucho más compleja que lo que podría sintetizar aquí —incluida la implantación de iglesias cristianas «protestantes»—, pero en lo concerniente a sus relaciones con lo político y con la mayoría de las instituciones sociales, lo general fue que enfrentaran un riguroso laicismo. La Revolución del 30 y la reformulación de la hegemonía burguesa neocolonial que le siguió mantuvieron la más nítida separación entre política y religión.

malhadado enfrentamiento eclesiástico a la liberación cubana en los años 60, los más candentes de acción y concientización masivas, funesto error que quizás era inevitable. Y también por la confluencia en la revolución de dos ideologías promotoras de la secularización extrema: el radicalismo de tradición occidental y la vertiente soviética del marxismo. La imposición del llamado ateísmo científico en la segunda etapa del proceso iniciado en 1959 —la que comenzó en los primeros años 70— constituyó un grave error ideológico y una dolorosa experiencia práctica para muchos creyentes; la religión era vista como un rasgo oscurantista en feliz trance de desaparición.Por otra parte, el sentido que asumían los cambios prácticos en la vida de las mayorías y el inmenso prestigio del conocimiento como instancia iluminadora de la vida, aportados a la sociedad por la obra de la revolución, erosionaron mucho el suelo de las creencias religiosas y aumentaron sensiblemente la presión social irreligiosa. Con aquella historia previa tan influyente y circunstancias sociales de tanto peso, la irreligiosidad tuvo en la Cuba de esa etapa un éxito enorme, cuando en muchos lugares de Occidente el largo proceso de secularización estaba perdiendo fuerza, o incluso revirtiéndose. La influencia de la Revolución sandinista de 1979, y sobre todo el proceso político llamado «de rectificación de errores», iniciado por la dirección del país en 1985-86, abrieron paso a cambios positivos en la política hacia los creyentes religiosos, institucionalizados por el IV Congreso del Partido Comunista (1991) y por la reforma constitucional de 1992[][6].

Es difícil relacionar los hechos expuestos con el notable y sostenido crecimiento de la religiosidad y las religiones en la Cuba de la última década. ¿Cómo entenderlo, con una historia como la cubana, un triunfo tan completo como el que tuvo la ideología revolucionaria y el gigantesco proceso educacional de los jóvenes desde posiciones ateístas que sucedió en las décadas recientes? ¿Qué necesidades espirituales está expresando el gran boom de la religiosidad? Hoy son creyentes muchos miles de jóvenes que no tuvieron experiencias religiosas cuando eran niños.Todas las religiones han crecido, tanto que ya son habituales los grandes grupos de personas en los lugares de culto y el uso de una parte del tiempo de no trabajo en ceremonias, reuniones o lecturas de contenido religioso; numerosas palabras de ese ámbito resultan ahora corrientes en el habla común. En general este hecho novedoso es vivido socialmente con naturalidad, y ya va siendo aceptado en líneas generales por los poderes públicos. Las instituciones religiosas, que son muy diversas, reaccionan o actúan como pueden frente a un hecho para el cual no estaban preparadas, aceptando o no las consecuencias, variando en sus liturgias, su organización o el orden en que veían las cosas, actuando en terrenos que les eran insospechados. Hoy se hacen visibles muchas veces los aspectos no religiosos de esas instituciones.

Frente a la perplejidad o el entusiasmo de unos, el dejar pasar de otros y algunos avances de los conocimientos sociales, la fe religiosa y la pertenencia a religiones están ocupando un espacio significativo en la cultura cubana[7].  ¿Tenderá ese hecho a la permanencia? A los efectos de estas notas apunto sólo algunas de sus relaciones con lo dicho hasta aquí, desde el estado en que se encuentran mis análisis. Ante todo, el hecho religioso en la Cuba actual es un indicador vigoroso de la diversidad social; a la vez que se incorpora al avance de lo heterogéneo, hasta ahora no parece respetar las líneas de diferenciación social tendidas por el ingreso y el consumo. Sin duda, el auge religioso actual forma parte de la disminución de la politización de la vida. La fe religiosa brinda un espacio privilegiado a lo personal, y entre las instituciones sociales reivindica fuertemente a la familia. El converso reciente vive con pasión sus experiencias y se siente miembro de una comunidad de creyentes, en la cual intercambia afectos y busca apoyo; él puede ver c[ó]mo crece una nueva entidad que es más que cada uno de sus miembros. Ante las necesidades de sentido común de una época de desgarramientos y de transiciones, ¿llegará a ser la religión entre nosotros uno de los discursos públicos de lo privado?¿Encontrará fuerza en el predominio que posee del material «espontáneo», diferente a la concientización? Las religiones brindan a sus adeptos, además, un proyecto trascendente —algo tan necesario a las personas y los grupos—, que es muy diferente [de] las prácticas cotidianas y no parece relacionado con ellas.

 

Los fenómenos religiosos actuales no permanecen ajenos a la descomunal pugna de valores en curso que mencioné arriba. Las tradiciones intelectuales religiosas incluyen aproximaciones diversas, e incluso contradictorias, a los temas más agudos de esa pugna de valores; este elemento le presta singular interés a las posiciones posibles desde la religiosidad. Aunque el discurso religioso se expresa por lo general al margen de las prácticas políticas, es inevitable relacionar con lo político al hecho religioso cubano actual y sus implicaciones. La religiosidad, las religiones, ¿formarán parte de la ola conservadora a la que me refería, o podrán participar en una formulación renovada del proyecto socialista cubano? ¿Están marcadas por un inevitable peso ideológico conservador, o pueden ayudar a mantener la conversión en costumbres de los vínculos de solidaridad?

Lo cierto es que la religiosidad y sus prácticas se ven influidas por un gran número de factores y de tensiones. La historia reciente —y la ignorancia del proceso histórico— pueden facilitar la impresión de que las prácticas y los ideales religiosos son respuestas o resistencias al mundo «oficial», que sería ateo, autoritario, o por lo menos la opción que el religioso no escoge. El dinero y las crecientes relaciones promotoras del individualismo, el egoísmo y el afán de lucro, son rechazables por la moral religiosa; pero existe una acumulación cultural religiosa —con sus variantes— que contiene ambigüedades y campo para vivir las dicotomías entre el «hombre económico», «el mundo» o «el siglo», por un lado, y la persona religiosa practicante por otro, de modo funcional a la hegemonía capitalista. En sentido contrario, las tradiciones religiosas contienen condenas al poder de los ricos, a la opresión y a la vida regida por el interés mezquino y el lucro, que han inspirado rebeldías y tienen formulaciones morales y teológicas[8].

El problema planteado arriba es demasiado serio para aludirlo de pasada, y me parece que todavía no se ha desplegado suficientemente. Me limito entonces a agregar la mención de tres signos que estimo positivos: el auge de las religiones de origen africano ataca a uno de los elementos que componen la cultura cubana: el racismo, que influye todavía a pesar de los inmensos avances integradores de las revoluciones. En segundo lugar, el Papa fue muy bien recibido, pero enseguida fue olvidado, y su visita era también un test acerca de las posibilidades de perturbar al régimen desde la religión. Tercero, en determinados medios «protestantes» se hacen esfuerzos serios por participar, desde sus prácticas, su ética y su eclesiología, en la defensa de la sociedad solidaria que ha existido y en la necesidad de reformularla a la altura de los problemas actuales; esa actitud intenta superar la vieja relación protestante Iglesia-Estado.

III

El esfuerzo hegemonista principal del gran capitalismo actual está puesto en una guerra cultural mundial. Su objetivo es que todos aceptemos que la única manera posible de vida cotidiana es la que obedece las reglas del capitalismo, y que estas reglas constituyen el deber ser de la vida ciudadana. Sólo de ahí en adelante es que las diversidades son admitidas, y hasta estimuladas en ciertos casos, para controlarlas y manipularlas.No lo hace por capricho o simple maldad. En su fase actual, el capitalismo no puede evitar, por su naturaleza, excluir de sus procesos a gran parte de la población del mundo. No es la economía a secas la que no puede satisfacer ni siquiera de manera elemental a miles de millones de personas, ni puede evitar agredir gravemente al medio en que vivimos: es la economía capitalista dominante. Sin reformas que redistribuyan algo el ingreso, amplíen ciertas capas medias y brinden bases sociales al sistema, la lucha burguesa por mantener la hegemonía en un mundo de parias y de iniquidades escandalosas tiene a la cultura por teatro principal. El gran capitalismo transnacional y parasitario centraliza el poder y las decisiones a un grado nunca visto, vacía de sentido [] la política mientras exige el imperio de la democracia formal, y ejerce controles casi totalitarios sobre la información y la formación de opinión pública; pretende imponer en suma un sistema de homogeneización cultural omnipresente, que provea todos los consumos espirituales y desmonte todo potencial de protesta. «Neoliberalismo» o «globalización» son palabras de un lenguaje que limita el pensamiento a debates secundarios o confusionistas respecto a lo esencial del sistema; este propone hoy, en lugar de las antiguas promesas, una cultura del miedo, la indiferencia, la fragmentación y la resignación[].

 

Cuba también está inmersa en esa batalla mundial, con graves debilidades pero con muchas cartas a su favor para defender la manera de vivir socialista desde la lucha cultural. Son reales los avances del conservatismo en nuestro país, del apoliticismo y de relaciones y representaciones ajenas al socialismo.Pero nada está decidido, estamos en medio de una confrontación.Ante todo, es necesario derrotar la sugerencia de aceptar la generalización de relaciones y representaciones capitalistas como un fenómeno de origen externo, que nos es ajeno e inevitable. E impedir los avances de formas nacionales de hacer «naturales» las diferencias sociales y las jerarquizaciones a partir del poder del dinero.El fin de ambos procesos sería —aunque no se tenga conciencia de ello— dar lugar a una transición al tipo de capitalismo que le correspondería a Cuba. Ellos no son tan fuertes en la actualidad, porque el sistema vigente mantiene su poder en las variables fundamentales que describí arriba, y porque el fatalismo y el poder del dinero carecen de legitimidad política, y hasta ahora carecen también de legitimidad social.

 

Pero se está arriesgando en la actualidad la disociación de lo cubano y el socialismo. No será positivo aferrarse a una nación sin apellidos, porque ese tipo de nación resulta siempre a la postre un dominio burgués.Pienso que la diversidad social no es nuestra debilidad sino una fuente potencial de renovación de todos los aspectos de la vida social, si logramos darle sentido socialista a sus actividades, ideales y organizaciones. Salir adelante implicará resolver exigencias clave en todos los campos de la vida social. Y habrá que cumplir, entre otros requisitos, los de no considerar como algo dado lo que en realidad es un gran escenario en movimiento, abandonar cierto número de certezas para reidentificar desde los valores hasta las instituciones, y sobre todo para recrear y crear, que a menos no se puede aspirar si se quiere ser pragmático en la lucha anticapitalista.  

 

Notas

 

[1] Las primeras tienden a satisfacer necesidades como vestido y alimentación, salud, empleo, vivienda, educación, estado de derecho, etc. Las segundas atañen a cambios profundos de las gentes, sus relaciones entre sí y con las cosas, dirigidos contra todas las dominaciones y a favor de la formación de individuos más plenos y más solidarios, organizados para que la sociedad sea cada vez más libre y más socialista. La división es difícil y los intersectos entre ambos tipos de tareas son muy fuertes. 

[2] La revolución transformó la distribución del ingreso: en 1953, el 40% más pobre recibía el 6,5%, en 1986, recibía el 26%; el 10% más rico, en 1953 recibía el 38,8%, en 1986, el 20,1%. El PIB per cápita cubano creció el 3,1% anual entre 1960-85; en el resto de América Latina creció al 1,8% en el mismo período. (Zimbalist y Brundenius, 1989: cap. X, tablas 10.2 y 10.6) 

[3] Además de entrevistas realizadas por el autor.

[4] «...una reacción del campo espiritual que amenaza envolver a la producción cultural y a la vida cotidiana». (Martínez Heredia, 1995 b).

[5] No es posible comprender a Cuba si el análisis olvida que este «país socialista» tiene su historia. Isla caribeña de importancia estratégica, una gran expansión económica basada en intensa explotación esclavista mercantil, colonialismo y racismo, formó un pueblo oprimido en el siglo XIX, que combatió a muerte por la libertad —personal, social y ciudadana—, y creó instituciones y representaciones políticas muy modernas desde hace más de un siglo. Su enérgico nacionalismo —y esta es otra diferencia con los de Europa— es de raíz muy popular, refiere sus prácticas simbólicas a guerras revolucionarias e incluye una fuerte aversión al poder de los Estados Unidos.

[6] Para esa historia ver, entre otros: Documento final del Encuentro Nacional Eclesial Cubano. Tipografía Don Bosco, Roma, 1986; y La voz de la Iglesia en Cuba (100 documentos episcopales). Obra Nacional de la Buena Prensa, México DF, 1995. 

[7] En los últimos años se ha publicado un número creciente de estudios de asunto religioso. Sólo para ilustrar el hecho cito [] la revista de pensamiento socioteológico Caminos, del Centro Martin L. King de La Habana, con catorce números publicados. Y [] Temas núm. 4, [] oct./dic. 1995. 

[8] América Latina es el sitio de origen y el campo privilegiado de desarrollo de la Teología de la Liberación, aporte intelectual extraordinario a una renovación religiosa que cuenta con innumerables referentes prácticos en movimientos sociales de la región. La influencia en Cuba de esta renovación es indudable, pero por diversas razones ha estado reducida a círculos exiguos.