Izquierda y marxismo en Cuba Fernando Martínez Heredia

(Publicado originalmente en la revista cubana Temas, núm. 3, octubre a diciembre de 1995, págs. 16-27. Entre paréntesis se indican, con puntos suspensivos, las porciones del texto que se ha decidido no reproducir, con fines exclusivos de brevedsd y síntesis; entre corchetes se indican las correcciones de omisiones, adiciones innecesarias, descuidos o erratas detectados por la redacción de Patrias. Actos y Letras en la edición de referencia.)

(...)

1. La izquierda y el marxismo en Cuba

La historia política y de las ideas cubana de los últimos 70 años registra una extraordinaria paradoja en lo tocante al tema de la izquierda. Los sentimientos e ideas de izquierda se arraigaron durante la Revolución del 30; después, la gran revolución que triunfó en 1959 legitimó y multiplicó esas ideas y sentimientos, y los ligó a innumerables aspectos de la vida de las personas y del país. Pero esa larga historia ha sido responsable, a la vez, del ensombrecimiento del tema de la izquierda, que comenzó desde el fin de la Revolución del 30. La gran revolución que promovió avances inmensos de la cultura política cubana —signados todos por la pertenencia de izquierda— terminó por agudizar al extremo esa paradoja. Se produjo un cerco progresivo a la elaboración de pensamiento de izquierda, y sobrevino su asfixia, su separación de los sentimientos y de la vida práctica, durante una larga etapa que fue muy negativa en ese campo. Sin habernos restablecido de ella, el país se precipitó en la crisis de los primeros 90, y hoy estamos en una situación muy desfavorable, en la que las ideas y sentimientos de izquierda parecen retroceder.

Me apresuro demasiado. Más valdría preguntar qué es la izquierda, remontarse quizás al momento en que los partidos en la Convención francesa se ubicaron en la geografía de la sala de sesiones, buscando unas identificaciones muy difíciles —inauguraban un sistema y una manera de hacer política—, y se valieron del lugar relativo que ocupaban en el salón. Después de aquella legislatura ligada formalmente a las imágenes oratorias clásicas, y en su práctica a la novedosa guillotina, los siglos XIX y XX han relacionado la izquierda con lo que antiguamente se llamaba «la cuestión social». Todas las variantes de oposición al capitalismo —total o parcial, decidida o tímida, permanente o efímera, tremenda o pacífica— se han calificado, han sido nombradas o acusadas, se han cobijado, bajo el epíteto de «izquierda».

La izquierda es una de esas denominaciones que sobreviven a todos los avatares durante una larga época, y que guardan en su ambigüedad y sus plurales significados una mayor riqueza respecto a la complejidad de los problemas a los que se refieren. Cumple más funciones de alusión que de concepto. Al acercarnos a ella distinguimos a las izquierdas, no a la izquierda. Y las situamos, naturalmente, en el tiempo y el espacio. Estas dimensiones configuran una acumulación cultural que cobija a las prácticas de izquierda, los conceptos de izquierda y las identificaciones que se hacen de ella. Piensen sólo un momento lo que va de la Montaña jacobina a Brezhnev, o del joven Carlos Marx al joven Antonio Guiteras.

El problema principal al que se refiere la izquierda es el de las identificaciones de los dominados y las luchas contra la dominación. Datos muy remotos se refieren a sentimientos, pensamientos, actividades humanas opuestos a la dominación; ellos parecen, por consiguiente, tan antiguos como las sociedades de clase. Sus expresiones y su organización, el sentido y las funciones que han asumido, son muy diversos. Las expresiones coherentes adversas a la dominación que han ganado ascendiente sobre grupos sociales pueden encontrarse entre los mitos, las religiones y las tradiciones más dispares, en las protestas y rebeliones más disímiles, entre las escuelas de pensamiento filosófico, político y social. Esas expresiones pueden ser totalmente alternativas u opuestas a la dominación, o serlo parcialmente, y hasta de maneras contradictorias consigo mismas. Sin olvidar esta cultura de resistencia y de rebeldía, convengo en que «izquierda» se refiere a una época histórica, la del triunfo general del capitalismo europeo, la de universalización de las prácticas, ideas y tendencias del capitalismo y de la cultura política europea de los siglos XIX y XX, hasta llegar a las realidades mundiales de hoy.

Comienzo por la izquierda, y no por el marxismo, porque quiero enfatizar a la rebelión como la actividad cultural más relacionada con el tema del marxismo y la cultura cubana. No entraré en los problemas de la cultura en general. En el caso que trato, cultura sería la acumulación de actos, experiencias y saberes relativos a los procesos políticos y sociales y sus campos ideológicos; la acumulación de rasgos de permanencia del consenso a la hegemonía, y de tendencias a la rebeldía contra el orden constituido; y las visiones o formulaciones de proyectos de futuro sociales. Esta perspectiva no tiene un afán reduccionista, como se verá; pretende sólo identificar lo esencial y partir de él. La izquierda, la presencia de rasgos suyos, será un indicador respecto a la rebelión, e izquierda y cultura serán un marco al cual referir —entre otros— al marxismo.

Anoto solamente algunas cuestiones que me parecen más importantes.

1) Los comportamientos e ideas tendientes a la rebelión, que pudieran ser de izquierda, forman parte de la construcción de realidades sociales de grandes grupos humanos. Su conocimiento no puede ser sustituido por la historia del pensamiento de determinadas personas cultas, aunque esta tiene gran interés. Las expresiones de los grandes grupos humanos pueden ser materia prima del conocimiento social; por ejemplo, los refranes, canciones y narraciones cumplen papeles notables en la cultura política del pueblo. Y las actuaciones, naturalmente; por ejemplo, ser insurreccional en los años 50 fue ser de izquierda, y su forma cultural más lograda fue el Movimiento 26 de Julio.

2) La izquierda no ocupa más que una parte del espacio en la cultura cubana. Aceptar esto releva de tratar de inclinar a ciertas personas destacadas del pasado a posiciones y significados que no tuvieron, para que formen parte de una supuesta marcha cubana «progresiva». Ni «olvidar» a otros. La moderación, el conservatismo e incluso la contrarrevolución, han tenido sus intelectuales, sus activistas, seguidores y organizaciones. El signo principal de la acumulación histórica cubana es el radical, pero ella también registra rearticulaciones sucesivas a la hegemonía del capitalismo. El autonomismo de hace un siglo fue la primera política cubana antirrevolucionaria de masas; durante la república, el liberalismo miguelista, los abecedarios y el autenticismo grausista, disímiles pero no revolucionarios, son tres ejemplos de obtención de simpatías o de verdadero apoyo de masas.

3) La cuestión básica de la rebeldía en el proceso histórico cubano es la de las relaciones entre la independencia nacional y la justicia social: ese es el contenido interno decisivo en nuestras luchas de clases, que ha sido específico en las diferentes etapas históricas. Su asociación o no, el modo como se han combinado, las acumulaciones culturales que fueron formando, constituyen una materia histórica fundamental. Aquí, como en todo lo demás, son cruciales las percepciones y representaciones, las ideologías a través de las cuales los actores han vivido y resuelto lo que después analizan los estudiosos. Los rasgos particulares que tuvieron en Cuba la constitución y el desarrollo del país en relación [con el] capitalismo, el colonialismo y el neocolonialismo, tendieron a darle un lugar preponderante a la opción del radicalismo político, y por tanto un mayor espacio potencial a las posiciones y soluciones de izquierda.

4) La izquierda revolucionaria no ha sido necesariamente marxista, ni cultivar el marxismo ha significado obligadamente ser de izquierda revolucionaria. Dentro de los movimientos subversivos del siglo pasado, las posiciones más avanzadas no se identificaban por ninguna relación con el socialismo y el marxismo. En las luchas sociales y políticas del siglo xx, las izquierdas fueron de orientaciones diversas, entre ellas las de raíz marxista. Las influencias del marxismo alcanzaron a un amplio arco de acciones e ideas, que fueron desde la insurrección para el socialismo hasta amplias interpretaciones del progreso como motor general que debía ser aceptado o apoyado. La rebelión, y no el marxismo, es el elemento que hay que buscar para saber si es o no, o dónde ha estado, la izquierda en el proceso histórico cubano. Después del triunfo de 1959 es que comienza a predominar el marxismo, dentro del nuevo orden de transición socialista que vive el país. La existencia del poder revolucionario replantea a fondo los términos de la cuestión, aunque no elimina el problema.

5) Una cosa es utilizar el marxismo en el conocimiento de los procesos históricos, y otra convertirlo en juez (y parte) de las valoraciones que hacemos en esos procesos de conocimiento. Evitar ese error ayuda, en este caso, contra la persecución «histórica» teleológica de «nuestras raíces», y contra los «olvidos» de los hechos y personas inconvenientes. Esa atinada posición analítica podría mostrarnos, por ejemplo, que desde el fin de la Revolución del 30 en adelante el marxismo influyó mucho [en el] pensamiento radical y []las prácticas de rebeldía.

6) El marxismo es un cuerpo teórico de pensamiento, a la vez que una ideología teorizada[1]. Los campos de pensamiento social tienen sus especificidades, su autonomía de producción y de influencia, sus sucesiones y contraposiciones intelectuales, su entidad propia. Son realidades ellos mismos, no son «reflejo de la realidad». Como teoría, también el marxismo goza de esa relativa autonomía, a pesar de su decidida vocación originaria de constituir un instrumento del cambio social anticapitalista y de inspirar profundas transformaciones de los individuos y la sociedad. Los innumerables aportes, insuficiencias y problemas del marxismo como teoría deben ser objeto del debate y el conocimiento, y no de avales, exhortaciones, acusaciones o justificaciones.

2. Un comentario sobre el marxismo en Cuba después de 1959

(...)

Me saldría del tema si desarrollo aquí mis criterios sobre los rasgos esenciales y distintivos de la teoría marxista. Advierto al menos que la concepción marxiana y los aportes y problemas de un siglo de historia intelectual del marxismo son tan diferentes de la corriente que con el apelativo de marxista-leninista ha sido dominante en Cuba después de 1971, que recuperar a Marx mismo y al marxismo de Lenin y de tantos otros marxistas es parte indispensable de todo ejercicio intelectual sobre este tema. Y no olvido una realidad social mucho peor: el consumo obligado que durante 20 años hizo una buena parte de la población[] del batiburrillo de retazos de variadísima calaña que en nombre del marxismo aparecía en los manuales al uso, de «filosofía materialista dialéctica e histórica», «economía» y «comunismo científico».

Al triunfo revolucionario de 1959 existía en Cuba, como es natural, un mundo espiritual inmenso, y dentro de él un acumulado de ideas sociales y filosóficas, de prácticas y teorías de ciencias sociales, de ejercicios profesionales, y una historia de todo esto. El conjunto constituía un enorme caudal, de una fértil complejidad y diversidad. La revolución fue un acontecimiento social tan tremendo, y realizó cambios tan profundos, que a veces no nos damos cuenta de que ninguna revolución es sólo cambio, sino también continuidades, y que expresa permanencias además de cambios.

 

¿Podía el complejo cultural preexistente expresar las nuevas realidades cubanas, y su pensamiento y ciencias sociales plantear bien los nuevos problemas? Claro que parece imposible, pero si en la práctica las personas y las relaciones preexistentes fueron la base de la acción revolucionaria, que las violentó en toda la medida [en] que pudo hasta obtener relaciones y personas parcialmente nuevas, lo mismo debía suceder con el mundo espiritual preexistente, que expresaría al mundo nuevo que se iniciaba, violentándose en la medida que pudiese. La naturaleza de ambos procesos es, sin embargo, diferente.

Durante los 60 años que van de 1898 a 1959, prácticamente todas las orientaciones ideológicas y la mayoría de las ideas manejadas en Occidente fueron conocidas en Cuba, y tuvieron practicantes y seguidores. Ellos sostuvieron relaciones complicadas —y a veces angustiosas— con la sociedad a la que pertenecían, complejidad y angustia presentes en todos los medios que, como el cubano, han recibido los impactos de la universalización de la modernidad y el capitalismo. De la pugna magnífica contra la dominación quedaron testimonios intelectuales descollantes, y otros no tan destacados pero también valiosos. Y también quedaron cierto número de trabajos valiosísimos —y otros que no lo eran tanto— del pensamiento cubano adecuado en última instancia al sistema, y a veces incluso de servidores directos de la dominación.

La acumulación de cultura política radical fue el potencial que, detonado por la vanguardia insurreccional y asumido por el pueblo desatado, transformó la política antidictatorial en una revolución socialista de liberación nacional. Entonces todo se politizó. Como afortunadamente el saldo del proceso histórico de las ideas en Cuba era de tendencia avanzada en cuanto a la liberación nacional y la justicia social, la revolución reivindicó ser su heredera y continuadora. Pero asumirlo realmente, y utilizar sus productos, no fue nada fácil. Este es uno de la multitud de temas que esperan por estudios serios. Apunto al menos que el viejo apotegma de Marx de 1846 —«las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época»— puede ayudar a guiar el inicio de ese estudio. Las ideas existentes al triunfo de la revolución, incluidas las marxistas, padecían de las insuficiencias, malformaciones y debilidades a las que la condición neocolonial y de mando burgués mezquino sometieron a toda la sociedad cubana durante aquellos 60 años.

El poder revolucionario[,] unido a la soberanía popular[,] impus[o] el nuevo orden. Que sucedió un tremendo impacto doble sobre las personas y la sociedad, libertario y de poder revolucionario, y que ambos coincidieron durante todo un período, es un dato fundamental de la revolución cubana[2]. Además, la ideología sobredeterminó a las teorías y a las prácticas profesionales e intelectuales en general. En poco tiempo quedaron fuera del juego las posiciones ideológicas y teóricas opuestas al nuevo poder, o consideradas inaceptables por el ambiente reinante. Aunque el entusiasmo de unos y el dogmatismo de otros llevó a creer que el proceso en su totalidad se inspiraba en el marxismo, eso era inexacto. Sería un error creer que porque nos hicimos marxistas sucedió todo, cuando la verdad es que nos hicimos marxistas por todo lo que sucedió. Hubo una increíble multiplicación de la actividad social y política en todo el país, y en muchas esferas de la vida. El marxismo sólo comienza a adquirir peso masivo entre los cubanos en 1961, después de la victoria de Girón y de la declaración de que la revolución es socialista, cuando cien mil adolescentes están enseñando a leer y a escribir a todos los analfabetos y aprendiendo a conocer a su país y sus paisanos, y cientos de miles se organizan en las Milicias para defender la revolución; cuando administradores improvisados dirigen todos los centros económicos nacionalizados y puestos en manos de aquellos que no tenían nada, los sindicatos son verdaderas agencias de la sociedad en revolución, y también los comités de defensa (CDR) y los agricultores (ANAP). Cuando se perfila el nuevo Estado nacido del Ejército Rebelde y del Instituto de Reforma Agraria (INRA), se crean sus instituciones y se dictan mil leyes en los tres primeros años de la Revolución.

En 1961 ser socialistas implicaba ser marxistas, y serlo aliados a los soviéticos incluía ser marxistas-leninistas, aunque la mayoría no conociera nada de marxismo. Este comenzó entonces a formar parte de la instrucción sistemática de las personas, a considerarse la manera acertada de ver [e]l mundo y la guía de la política, y también un buen paradigma para historiadores y economistas. Se crearon instituciones especializadas para enseñar marxismo. Pero lo característico de esa etapa fue la fiesta de alfabetización general que se vivía, el asalto de las clases humildes a la cultura y una inigualada movilidad social. Ser revolucionario incluía lavarse las manos antes de comer, hervir el agua, enseñar al que no sabe, usar tractores y máquinas, etc. Hasta 1967, las universidades tuvieron menos alumnos que en 1959. Todavía en 1970, sólo el 10% de los que matricularon el primer año en ellas tenía 18 años o menos, y el 43% tenía de 22 años en adelante.

El marxismo como fundamento teórico general estuvo asociado de inicio a una inmensa revolución social, y fue ella quien lo legitimó como ideología. También surgió asociado a la voracidad de asumir la cultura mundial desde Cuba. Ya en la primera etapa del proceso[3] —la que llega hasta inicios de los años 70— el marxismo fue campo de debates y pugnas que guardan relación —aunque no inmediata ni simplificable— con la diferencia de visiones que existía dentro del campo de la revolución, acerca del alcance del proceso, los modos de actuar y sus fundamentos. El marxismo en Cuba había tenido previamente influencia, historia y diversidad, ligadas durante décadas a movimientos sociales y políticos, como apunté antes, y a actividades intelectuales; en modo alguno había fronteras delimitadas entre esos campos. La situación en el campo intelectual era mucho más compleja y rica, y con más presencia del marxismo que lo que se ha creído después.

Esa etapa de los 60 fue de expansión y florecimiento del marxismo. La filosofía gozó de existencia autónoma, y ella y el pensamiento social avanzaron en el ambiente creado por la revolución. La herejía cubana les dio alas, contra la visión dogmática y sectaria que también trató de imponerse en Cuba desde entonces. El medio exigía instrumentos intelectuales propios y capaces. Se sostuvieron fuertes polémicas sobre los más variados temas, en los que las cuestiones teóricas se ventilaban al calor de divergencias concretas, sin temor alguno a que la revolución resultara perjudicada. Al contrario, se aceptaba que el aire del debate era indispensable a su desarrollo. En cuanto al marxismo, podemos discernir ahora —entonces estaban muy unidas— tres tareas principales de aquel período: la divulgación masiva; la preparación de especialistas y formar parte de la instrucción de los demás técnicos y científicos; y un arco muy disímil de intervenciones en investigaciones, ayudas a la producción, servicios y otras tareas —o trabajo directo en ellas—, algo que se denominaba genéricamente «participar en la vida del país».

La influencia cultural soviética, de otros países de su entorno y de China, y del movimiento comunista internacional, fue notable en la primera mitad de la década. Sus publicaciones sirvieron como literatura de adoctrinamiento, nueva lectura para los que —en gran proporción— eran nuevos lectores. Hoy miro con asombro lo que entonces vivimos con naturalidad: a pesar de todos los peligros y escaseces, de la ignorancia, inexperiencia y heterogeneidad de los actores, y de la necesidad de rápida concientización socialista, Cuba supo limitar aquella influencia y sujetarla al predominio de su cultura revolucionaria. En el campo del marxismo se fueron abriendo paso enfoques propios basados en las necesidades cubanas y en el ansia de fundamentar teóricamente las convicciones socialistas cubanas. En esas condiciones se produjo una «vuelta a Marx» diferente a la que tenía lugar en la Europa post 20° Congreso del PCUS y de los primeros sesenta [4].

La herejía cubana reclamaba también un pensamiento propio, y tuvo un marxismo que quiso «ponerse a la altura de la Revolución cubana». Resumo su posición: es condición inexcusable partir de la revolución y participar en su defensa y en la producción, y a través del trabajo intelectual que hacemos, tan digno como las demás labores; proponerse conocer a Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Gramsci, Mao, el Che, a todo el pensamiento marxista, a todo el pensamiento no marxista que fuera posible, y a la historia de las luchas de clases y nacionales; pensar con cabeza propia, no aceptar dogmas, someterlo todo a análisis, argumentar en vez de citar o de acusar; comunicarse lo más posible con todos, divulgar, debatir. Ser antidogmático por ser militante, y no a pesar de serlo; por tanto, ser ajenos a la dicotomía «dogmáticos vs liberales» de la que se hablaba entonces. Este marxismo chocó forzosamente con la ideología teorizada soviética y con posiciones cubanas afines o próximas a aquella.

Este marxismo consideraba necesarios y de interés un sinnúmero de temas: filosóficos, sociológicos, económicos, históricos, pedagógicos, de ciencias políticas, de psicología social, antropológicos. El proceso que se vivía, la historia de Cuba, los sucesos de América y el mundo, las nuevas ideas, le eran imprescindibles. El auge de las ciencias sociales y los espacios creados por la reforma universitaria l[o] favorecieron mucho. Investigar problemas se volvió una fiebre nacional en los años 60. Se incorporaron contingentes de jóvenes al estudio y la práctica de las disciplinas sociales, y el entusiasmo general y las necesidades de la sociedad y sus instituciones promovieron notables resultados, algunos de ellos muy importantes. Con el auspicio directo de numerosos organismos del Estado y el Partido, y de la máxima dirección del país, se desarrolló mucho la investigación concreta y la utilización de una gran variedad de medios auxiliares. La proliferación de las investigaciones estuvo relacionada con los intentos de hacer teoría, e incluso de que investigaciones y teorías marcharan juntos, y se relacionaran de manera más general con el marxismo.

En el terreno institucional, además del sistema nacional de Escuelas de Instrucción Revolucionaria del Partido —que daban docencia e investigaban marxismo y otras materias—, y de un Instituto de Filosofía en la Academia de Ciencias, se crearon Departamentos de Filosofía en las universidades, ya que la Reforma de 1962 establecía el estudio de la filosofía marxista en todas las carreras. Las organizaciones de masas fueron creando escuelas políticas de inspiración marxista, y las clases, charlas y círculos de estudios de marxismo eran comunes en ellas, en la mayoría de los planteles de enseñanza y en los órganos estatales y demás instituciones. Pero eran el entusiasmo, el deseo y las convicciones los regidores de las motivaciones y trabajos marxistas; los planes, escuelas, etc., eran sus instrumentos. La historia de lo que efectivamente sucedió en el campo de la filosofía, el pensamiento y las ciencias sociales en esa larga década espera por estudiosos que posean rigor analítico, amor por la verdad y pasión.

Unas palabras sobre una experiencia personal de entonces, sólo a modo de ilustración. Compartí el esfuerzo colectivo de un numeroso grupo de jóvenes cubanos —partícipes del proceso revolucionario— agrupados en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, expresado en 9 años de docencia a muchos miles de alumnos universitarios —y de otras diversas instituciones—, con nuevos programas de estudios desde 1965; en un gran número de investigaciones teóricas y de campo; de divulgaciones y de edición de publicaciones; en estudios internos rigurosamente planeados y ejecutados, y en una gran cantidad de otras actividades muy distintas. La edición de gran número de materiales, libros de texto y la revista mensual Pensamiento Crítico, fueron realizaciones de aquel grupo. Su actividad de conjunto influyó en el marxismo de aquellos tiempos. No es este el lugar para desarrollar este tema, que por otra parte fue satanizado primero y concienzudamente sepultado después en el olvido durante dos décadas[5].

Al inicio de los años 70 se vio claro que fallaban dos premisas básicas del proyecto revolucionario cubano: 1) el triunfo de revoluciones en América Latina, imprescindible para formar una nueva alianza en el campo económico, político, militar y cultural que permitiera la expansión y por tanto la vida del proyecto; 2) el logro de lo que se llamó desarrollo económico socialista acelerado, esto es, un grado suficiente de independencia económica. Terminaba entonces la primera etapa del proceso abierto con el triunfo revolucionario de enero de 1959.

Aunque el proyecto cubano no desapareció en la práctica, sí se proclamó bastante su abandono; es decir, en la práctica se renunció menos a él de lo que se proclamó. Se difundió que habíamos sido idealistas, que habíamos querido ser demasiado originales en vez de aprender modestamente de las experiencias de los países hermanos que habían construido el socialismo antes. Cuba se sujetó ideológicamente a la URSS y consideró antisovietismo y diversionismo ideológico todo lo que se diferenciara de esa sujeción. El pensamiento social recibió un golpe abrumador. Se cerró de tal manera el espacio que las corrientes no marxistas fueron malditas y se trató de erradicarlas, se consideró incorrecto conocerlas y aún más tratar de utilizarlas. Dentro de las corrientes marxistas se afirmó que sólo la soviética era la acertada y la correcta —esa unión perversa de la verdad y la virtud—, por lo que se redujo el marxismo al llamado materialismo dialéctico e histórico, o filosofía marxista-leninista, o al llamado marxismo-leninismo compuesto por filosofía, economía y comunismo científico.

Desde 1971 se cancelaron, de una u otra forma, valiosos esfuerzos diversos que se realizaban en el país, dirigidos al desarrollo de un pensamiento correspondiente con el proyecto original de la revolución cubana y con los requerimientos que a ella presentaban América Latina y el mundo. Un pensamiento que fuera por tanto capaz de participar en un proceso tan original y tan ajeno a la espontaneidad como es la creación de nuevas personas y nuevas realidades sociales. El cierre aquel año del citado Departamento de Filosofía —y de la revista Pensamiento Crítico— determinó la disolución de ese grupo marxista y el fin de sus actividades. La maduración del grupo, que ya comenzaba a expresarse en obras, no continuó.

El mundo de la segunda etapa del proceso también tiene su historia, que es imprescindible recuperar y comprender para enfrentar con más posibilidades de éxito la etapa en que estamos adentrándonos. No es fácil, no sólo por tratarse de un pasado inmediato sino porque siguen presentes muchos de sus resultados. En lo que a mí toca, desde 1987 he escrito mucho sobre aspectos y hechos de aquella etapa, que he calificado de contradictoria. Durante 15 años se registraron notables avances en algunos aspectos de la economía, en la política social, en los servicios de salud y educación, en el bienestar material, en el tipo de ordenamiento institucional que se adoptó, como resultado del ordenado trabajo realizado en esos años, de los frutos de los enormes esfuerzos de la primera etapa y también de la parte positiva de las relaciones económicas anudadas con la URSS y el bloque que ella dirigía, relaciones que obtuvo Cuba por el valor que había logrado darse a sí misma y por el papel geopolítico que tenía. Pero también se hicieron fuertes en esa etapa la burocratización generalizada, la formalización y ritualización, el autoritarismo, el seguidismo, la formación de grupos privilegiados, la supresión de todo criterio diferente al considerado oficial, el reino de la autocensura, la simulación, el unanimismo y otros males.

Un «marxismo-leninismo» —trágico uso del nombre de uno de los más grandes luchadores por la libertad del siglo XX— dogmático, empobrecedor, dominante, autoritario, exclusivista, fue impuesto y difundido sistemáticamente, en el preciso momento en que crecía tan bruscamente el nivel de preparación de los niños y jóvenes cubanos que es difícil encontrar en el mundo un ejemplo igual de avance obtenido en el plazo de una generación. Las maneras soberbias y la aparente ocupación absoluta del lugar de la ideología por aquel tipo de marxismo fueron engañosas; en esos años se echaron las bases de la futura indiferencia o aversión que tenía que provocar esta situación.

Casi se llegó a liquidar prácticamente las publicaciones de ciencias sociales; las sobrevivientes y alguna nueva fueron sujetas a limitaciones y esquemas muy rígidos. Al suprimirse el debate se acaba la razón de ser de esas publicaciones, al dogmatizarse el pensamiento social esos órganos pierden la posibilidad de expresar sus problemas y sus logros, y las publicaciones insultan al decoro al establecerse la práctica tan vergonzosa de la censura, y al volverse tan crónica que se convierte en autocensura, muchísimo más castradora que la censura y de efectos perniciosos más prolongados en el tiempo.

A pesar del quebranto de estos años las investigaciones de asuntos concretos continuaron, solicitadas por organismos estatales y políticos, y se ampliaron con el crecimiento de las estructuras y de los niveles técnicos generales. Pero se excluyeron temas de investigación imprescindibles, se dificultó la asunción de otros métodos e ideas, se presionó en cuanto a resultados de investigación que se estimaran inconvenientes, se creó una absurda cultura del secreto y de la sospecha, y se rompió la relación entre las investigaciones de ciencias sociales concretas y el campo teórico de esas ciencias. La carrera universitaria de Sociología fue simple y torpemente eliminada. El predominio del marxismo soviético ejerció un efecto funesto. En la práctica de cada disciplina ha habido grados diferentes de dificultades. Por otra parte, muchas veces no había una relación fuerte entre la teoría dominante y las prácticas profesionales. Las prácticas encontraban sus fuentes más inmediatas en métodos e ideas implícitamente relacionados con teorías diversas, aunque en general todos los profesionales se declaraban marxista-leninistas.

(...)

3. El marxismo hoy: crisis y perspectivas

Cuando estalló el gran desprestigio del socialismo, y el final tan bochornoso del bloque de Europa oriental se tornó un siniestro Midas del fango, la situación de Cuba se volvió crítica en la economía y peligrosa en la seguridad nacional. Una nueva etapa ha comenzado con la reinserción en la economía mundial, y con las transformaciones económicas y sociales en curso. En medio de problemas enormes y acuciantes, no creo que el que analizamos sea objeto de mayor interés a altos niveles institucionales. Pero sigue ahí, ahora acumulando sobre sí viejas y nuevas complejidades. No tengo datos suficientes, pero mi impresión es que el viejo «marxismo-leninismo» aún funciona, como una rueda cada vez más suelta, en unos casos desvaído y en otros ligeramente remozado y mezclado con ingredientes «occidentales». En los planteles educacionales se ha atemperado su imperio y recortado su alcance. Además, en los instrumentos de reproducción ideológica son cada vez más escasas las referencias al socialismo, y el marxismo como un requerimiento ideológico ha ido desapareciendo; en los medios de comunicación, las referencias a ambos son prácticamente inexistentes. No subestimo la esterilidad vigente de sectores ideológicos burocratizados que siguen funcionando e imponiendo su arbitrio o su inacción. Pero lo más visible es una suerte de vacío ideológico aparente. Me preocupa mucho que la agonía vergonzante del «marxismo-leninismo», que durante casi 20 años fue confundido con todo el marxismo, aumente el desaliento y la confusión actuales. Hay que evitar que esa ideología arrastre en su caída a todo marxismo posible.

La magnitud del desastre ideológico es enorme e influye a todos, aunque los comportamientos sean disímiles. La ruina del llamado «socialismo real» fue aparentemente súbita, pero se estuvo incubando durante mucho tiempo. Los impactos tan grandes recibidos como consecuencia de los sucesos de Europa Oriental nos aclararon finalmente dos cuestiones: qué decisivo era el exterior para nosotros; y qué necesidad tan vital teníamos de reconocernos y revisarnos en busca de nuestra propia fuerza e identidad. Fuimos muy dependientes de un centro de poder e ideológico que nos era ajeno, y que en su discurso y sus ritos escondía a un sistema de dominación en descomposición. No estamos solos ahora, sin embargo: nuestro destino no incluye la soledad. Ni estamos satisfaciendo bien la necesidad tan vital de autoidentificarnos y buscar nuestras propias fuerzas. El trabajo intelectual tiene entonces que contribuir, dentro de su especificidad y su modesto alcance, a esa tarea tan básica.

El marxismo vive una crisis que tiene raíces muy hondas y se fue gestando durante décadas. La liquidación de regímenes que se llamaban a sí mismos socialistas, y el final aparente del supuesto conflicto a escala mundial entre el capitalismo y el socialismo, con el triunfo del primero, no nos dispensa del deber de conocer y valorar el proceso histórico implicado. Es urgente e imprescindible recuperar y comprender toda la larga y compleja historia del marxismo en el siglo XX. Sus procesos intelectuales: aparición de nuevos temas y ampliación de su objeto, asunción de otras teorías y métodos, los nuevos aportes, contracciones de su contenido y su eficiencia, contraposiciones con otros cuerpos de pensamiento, divulgación para grupos y para millones, formación y existencia de grupos profesionales dedicados al marxismo, entre otros temas. Recuperar y comprender la historia de sus relaciones con las luchas de clases y con las luchas por la independencia o por la liberación nacional, con las esperanzas y las luchas de las mujeres, de etnias, creyentes religiosos y de otras comunidades, en todo el mundo de este siglo. La historia de sus relaciones tan complejas con la universalización —tantas veces colonial y neocolonial, hoy además transnacional— del capitalismo imperialista y de los campos culturales ligados o influidos por él. Sus nexos con las grandes revoluciones del siglo, Rusia, China, Cuba, Viet Nam y las demás. Con los poderes y Estados que lo han invocado como ideología y teoría oficiales, y con las instituciones que lo han reconocido como su guía.

(...)

La crisis del marxismo en Cuba puede analizarse desde varias dimensiones. Forma parte de la peor crisis de toda la historia del marxismo como ideología, a la que hemos aludido; las íntimas relaciones sostenidas con el campo soviético hacen más sensible esa dimensión, porque el desastre arrasó todo el prestigio de la teoría soviética. En la dimensión nacional, factores sociales importantes de la actualidad influyen muy negativamente en la valoración que se tenga del marxismo; su abandono forma parte, para muchos, de cambios más abarcadores. En cierta medida, el descrédito o desahucio del marxismo como teoría y como ideología es también una expresión de la modalidad de lucha cultural que asume una parte de la política actual. Desde otro ángulo, la crisis es exacerbada por el defensismo remanente del «marxismo-leninismo» que rigió, que es estéril y contraproducente, porque se presenta como defensor de la ideología de la revolución. Por una u otra causa se suman el abandono del marxismo y el prejuicio contra su utilidad y su mero examen. La profesión pierde terreno en su utilización y su presencia social. Y la teoría marxista misma pasa por uno de esos momentos en que se necesita revisión, recuperación, puesta al día y búsqueda de eficacia conceptual, frente a la falta de realización en el movimiento histórico, y al reto tan radical que hoy le presentan los problemas, las percepciones y las perspectivas de los individuos y las sociedades. Esta última dimensión de crisis no es privativa del marxismo; la comparte con las direcciones fundamentales del pensamiento social actual.

La situación es muy difícil: el marxismo se conoce muy mal y muy poco. Se conoce más la vulgarización que tomó el nombre del marxismo, se l[o] desprecia bastante y se l[o] asocia al autoritarismo, a la ineficacia y a muchos males atribuidos al socialismo, unos con razón y otros sin ella. Y el punto de partida de ese desprecio es peligrosísimo, forma parte de una ola conservadora que se extiende por el país, y que afecta también a sectores intelectuales. Tenemos numerosos profesionales preparados y con práctica, pero con fuertes deficiencias de información y formación teórica, e influidos por la situación que he descrito. Los problemas acumulados afectan mucho las posibilidades de desarrollo generales de la filosofía y los campos teóricos de las ciencias sociales, afirmación que relativizo cuando considero diferentes disciplinas e individualidades. La burocratización también afectó duramente []la administración de las ciencias, y no creo que en el caso de las ciencias sociales los llamados polos científicos resuelvan mucho. En Cuba algunas ciencias tienen un gran desarrollo, y allí sí son válidos los instrumentos de coordinación, y de racionalización de esfuerzos y recursos. Pero lo que necesitan las ciencias y el pensamiento sociales son estímulos a las iniciativas, la diversidad, la información y el intercambio, y no esquemas administrativos que pudieran tornarse camisas de fuerza.

Tantos factores negativos pueden ser más graves para el marxismo, al reforzarse unos a otros en condiciones propicias. Y ellas son advertibles actualmente. La sociedad constituida a partir de la revolución —un complejo cultural de transición socialista, de relaciones, instituciones, conductas, costumbres, ideas, expectativas, proyectos— está siendo sometida a un conjunto de procesos e influencias que la desafían en muchos terrenos básicos[6]. Esas nuevas realidades favorecen el aumento de actitudes de fatiga, de alejamiento o de disenso en unos; y en otros, generan grandes modificaciones del modo de vida respecto al modelo que predominó durante décadas, con la consiguiente necesidad de justificaciones ideológicas y, si es posible, legitimación. Sería erróneo, sin embargo, subestimar la fuerza y las capacidades existentes en Cuba a favor de una continuidad del régimen de justicia social y soberanía nacional que hemos tenido. Dentro de ese marco, la renovación del interés en el marxismo a que me refería al inicio puede ser un buen síntoma.

A su favor operan la acumulación de cultura política y sentimientos socialistas, y orgullo nacional, que persisten. Es apasionante la claridad ideológica, la profundidad de crítica, la sagacidad política y la capacidad cultural y técnica con que se expresan multitud de personas en cualquier institución, evento o lugar del país, por iniciativa y preocupación propia, sin haber recibido orientaciones. También es notable la gran expansión de las capacidades de investigar las realidades sociales y la sensibilidad para identificar los verdaderos problemas. Y no es desdeñable el número de los que tienen conocimientos teóricos útiles, y los utilizan. Esos factores favorables pueden ser o no decisivos para una recuperación crítica del marxismo; dependerá de algo más que su voluntad, naturalmente. En realidad[,] ha habido esfuerzos e iniciativas desde que comenzó a aflojar el férreo control que existía. Pero el caso es que en el campo del marxismo —y no sólo en él— el dinamismo de individuos y grupos de la sociedad es mayor que el de las instituciones facultadas, y estas tienen en Cuba un peso muchas veces decisivo.

(...)

El capitalismo trata de ganar la guerra cultural de la vida cotidiana. Esto es, usted puede decir lo que le parezca y le pueden gustar o no las telenovelas, el anarquismo, la ecología, Lezama Lima, el sexo seguro, la postmodernidad o los comunistas, pero aténgase a que la única cultura posible de la vida cotidiana es la del capitalismo. Los centros fundamentales del capitalismo mundial tienen dos cartas formidables a su favor: un poder inmenso en muchos terrenos, y que la naturaleza de la cultura del capitalismo es universalizante. La reproducción económica de esos centros sólo necesita y abarca a una parte de la población mundial; el resto, enorme, es sobrante. La reproducción cultural universal de su dominación le es básica entonces, para suplir los límites de su alcance real y dominar a todos los excluidos mediante su consenso. Para ganar su guerra cultural, al capitalismo le es preciso eliminar la rebeldía y prevenir las rebeliones; homogeneizar los sentimientos y las ideas, igualar los sueños. Si las mayorías del mundo, oprimidas, explotadas o supeditadas al capitalismo mundial, no elaboran su alternativa diferente y opuesta a él, llegaremos a un consenso suicida, porque para nosotros no hay lugar futuro. Y en vez de proyectos y esperanzas sólo quedaría el recurso de apreciar el sosiego de nuestra resignación.

Es necesario que haya una alternativa, y que incluya una recuperación y utilización del marxismo, pero, ¿qué marxismo recuperaremos?, ¿en qué consiste realmente «recuperarlo»? Hoy esto está ligado íntimamente a la recreación del concepto de socialismo, porque si no lo recreamos seremos tan débiles que la tarea sería imposible. Si el socialismo entre nosotros es sólo una referencia al pasado, está perdido. Sólo avanzaremos si es una referencia desde el presente hacia el futuro, y tratamos de elaborarlo entre todos.

En estas circunstancias y ante las necesidades del futuro cercano, el pensamiento social cubano tiene que volver a tener peso. Los niveles intelectuales tan superiores a escala masiva que se lograron no serán forzosamente una fuerza positiva: en la sociedad que escogimos nada importante es espontáneo, ni es otorgado por el destino. Ya es un teatro de esa tensión el de la reasunción de nuestra historia y la reinterpretación de sus procesos, y entre ellos el pensamiento social, sus productos y sus condicionamientos. Reaparecen algunos autores —Mañach es un ejemplo— y se ensayan revaloraciones, de términos, de adscripciones teóricas, o de posiciones acerca del decursar histórico o el destino de Cuba. El denominador común de estos temas es haber sido abandonados, poco tratados o maltratados por lo menos durante 25 años.

Me parece muy positivo lo que sucede: de alguna manera ha de ponerse en movimiento otra vez el pensamiento cubano. Sólo llamo la atención acerca de tres puntos: a) cualquiera que sea la opinión sobre el tiempo transcurrido, ahora estamos en uno de esos momentos de obligada reasunción y revaloración de un país: la nación cubana, la historia, las ideas, los valores, los proyectos de futuro. Y no ha sido por decisión de los intelectuales, lo están exigiendo las necesidades de la sociedad, aunque ellas no fueran expresadas; b) nunca han sido neutrales esas periódicas reasunciones y revaloraciones de un país. Con todas las mediaciones, debidas precisamente a su entidad y autonomía intelectuales, ellas expresan también su condicionamiento por los distintos intereses y visiones sociales que existen, y por tanto implican posiciones diferentes y discordes; y c) las negativas consecuencias del gran desnivel que se creó entre la cultura adquirida por la población en los últimos 20 años y los lamentables atributos que han tenido los fundamentos del conocimiento social, a su vez confundidos con la ideología oficial.

(...)

La recuperación y avance del marxismo tendrá que incluir otra «vuelta a Marx». Esta vez lo exige la situación creada por la bancarrota de los regímenes, organizaciones e ideología que utilizaron su nombre, y el obligado deslinde entre ellos y Marx. Pero también la reclama la proximidad creciente entre el mundo del capitalismo transnacional de hoy y el formulado teóricamente por Marx hace siglo y medio como primera premisa de la liberación humana. Puede ser que su teoría comience a entrar sólo ahora en la fase de su verdadera aplicación mundial. Además, a mi juicio su concepción es la más apropiada para volver a impulsar los fundamentos de la ciencia social, al darles paradigma, algunos puntos de apoyo válidos y una adecuada relación ciencia-conciencia. Claro está que de nada serviría la «vuelta» si se convierte a Marx en un fetiche: sus errores y exageraciones, sus ausencias, lo que ya envejeció, sólo pueden ayudarnos a buscar mejor.

(...)

Ser marxista sería una de las formas de construir el desarrollo de las ciencias sociales cubanas, de recuperar los procesos históricos y los saberes acumulados en su sociedad, de conocer su circunstancia actual y sus opciones de futuro. Sería participar en la asimilación crítica de todos los campos de conocimiento estructurados como teorías y como profesiones, como técnicas y como resultado de investigaciones, en las ciencias sociales cubanas y del mundo de hoy. Naturalmente, tanto esfuerzo no será para convertirnos en bellos almacenes de erudición, sino para realizar trabajos intelectuales concretos sobre temas necesarios y con medios apropiados. Ser marxista no es tanto un asunto de paradigma, más bien es de lucha y angustia, de estudio y creación.

El país está cambiando, desde el lugar magnífico, dual, menguado y aventurado al que hemos podido llegar. Ese cambio no está regido por un destino inexorable: puede cambiar por rumbos diferentes, tener sus cambios sentidos dispares. ¿No le toca al trabajo intelectual papel alguno en esto, después de los esfuerzos grandiosos que hicimos, que elevaron tanto las capacidades de millones de personas? ¿Es imposible entender que lo más fuerte y avanzado que tiene Cuba es el nivel de los sentimientos y la cultura solidaria de su gente?

¿De qué servirán estos trabajos? ¿Serán sólo, como tantas otras situaciones de hoy, para el fastidio de algunos y la impotencia de los otros, fastidio e impotencia a veces, por momentos, permutados? ¿Habrá que esperar a que venga el tiempo de los juicios terribles? Y que después, los historiadores de mañana queden perplejos ante la vez aquella en que enormes capacidades de percepción y lucidez no se correspondían con ninguna actuación. No puede ser tan estéril el trabajo intelectual. Yo confío en la necesidad, que según nos recordó una vez Federico Engels[,] puede más que las universidades, y en las reservas prodigiosas de este país.

La Habana, junio de 1995.

Notas

[1] He ido dando mis criterios sobre esta cuestión, y sobre el marxismo en general, durante los últimos 30 años; desde la Presentación del libro Lecturas de Filosofía (Departamento de Filosofía, Universidad de La Habana, enero [de]1966), «El ejercicio de pensar» (El Caimán Barbudo, núm. 11, La Habana, febrero de 1967), o «Marx y el origen del marxismo» (Pensamiento Crítico, núm. 41, La Habana, junio de 1970), hasta «Historia y marxismo» (...).

[2] Me he referido a [ello] en varios trabajos, entre ellos: Che, el socialismo y el comunismo. Casa de las Américas, La Habana, 1989; «Cuba: problemas de la liberación, el socialismo, la democracia», en Cuadernos de Nuestra América, núm. 17, jul[io-dic[iembre de] []1991, pp.124-148; y [] «Marxismo y cultura nacional», [en Contracorriente, La Habana, 1(1), julio-septiembre de1995, pp.109-114].

[3] He expuesto mi criterio sobre etapas de la revolución a partir de 1959 en Desafíos del socialismo cubano, Ed. Centro de Estudios sobre América, La Habana, 1988; «El socialismo cubano: perspectivas y desafíos», en Cuadernos de Nuestra América, núm. 15, jul[io]dic[iembre de] 1990, pp. 27-52; en «Cuba: problemas de la liberación...», ob. cit., pp. 131 y ss.; y otros.

[4] Participé en esa «vuelta», entre otros textos, con: «Nota: sobre el estudio del joven Marx», en Lecturas de Filosofía, Instituto del Libro, La Habana, 1967, t. I, p. 127. «Ideologías políticas en tiempos del joven Marx», en Lecturas de pensamiento marxista[,] Ed. Revolucionaria, ICL, La Habana, 1971, pp. 39-46.

[5] He tocado en alguna medida el tema en «Cuba y el pensamiento crítico», entrevista realizada por Néstor Kohan, en Dialéktica[,] núm. 3/4, Buenos Aires, oct[ubre de] 1993; reproducida en América Libre, núm. 5, Buenos Aires, 1994.

[6] He tratado esta cuestión, entre otros, en «Desconexión, reinserción y socialismo en Cuba», en Cuadernos de Nuestra América, núm. 20, pp. 46-64; en la conferencia «Nación y sociedad en Cuba», UNAM, México DF, 28-9-1994; y en «Marxismo y cultura nacional», ed. cit.