Che en los sesenta y los noventa Fernando Martínez Heredia

(Publicado originalmente con el título de "Che Guevara: los 60 y los 90", en Ko’eyú Latinoamericano, núm. 76, Caracas, mayo de 1997.)

(...) Los años 60 se nos presentan hoy como algo que hay que recuperar, no solamente recordar, y no es lo mismo recuperar que recordar. Los 60 fueron olvidados de manera metódica, laboriosa e intencional.

Quisiera entonces empezar, en cuanto al Che, refiriéndome al mito. El mito del Che apareció enseguida, en cuanto él murió, y se apagó pronto. El Che fue la expresión suprema de los años 60. Era la imagen de los 60, como nadie, como ninguna otra persona, y desapareció físicamente en medio de esa etapa. El mito del Che se benefició mucho del ambiente de exaltación y de protesta ante lo establecido que se había extendido tanto. Además, su imagen como persona era muy hermosa, el Che [quedaba] maravillosamente bien [en las fotos], y en ese tiempo la imagen empezaba a hacerse tremendamente importante (...).

El mito del Che desapareció enseguida porque fue imposible adecuar al Che a la dominación, y los poderes dominantes volvieron a fortalecerse en el mundo después de los 60. Un mito puede servir a la ideología de una clase dominante, siempre que le[s] permita a las clases dominadas sentirse bien, sea mediante una autoidentificación compensatoria, una sensación de bienestar o una exaltación, sea mediante la fiesta, el delito común, o cualquier otra cosa. De esa manera se sigue siempre bajo el control de la clase dominante, pero los implicados se creen un poco más libres. El mito del Che no era funcional, el Che era inadmisible, por esto pienso yo que lo desaparecieron: era muy subversivo. Desde todas las posiciones existentes entonces hubo participación en su desaparición, aunque la verdad es que las razones, las motivaciones para colaborar en esa maniobra fueron muy diferentes.

Las características inaceptables del Che, muy sintetizadas, las veo en cuatro aspectos:

1) dedicó su vida y su pensamiento a la lucha por la liberación total de las personas, y en él vida y pensamiento eran absolutamente concordantes. Eso es tan inusual que se rechaza, por reflejo defensivo;

2) era un político que practicaba una ética congruente con su objetivo vital, y proponía esa ética como fundamento de la política;

3) [] encarnó la primacía del proyecto sobre el poder en el proceso revolucionario. Voy a volver sobre el problema de las relaciones entre el proyecto y el poder;

4) el pensamiento que el Che produjo y la corriente que alimentó con él y con su vida son sumamente útiles para combatir a fondo y con eficacia [] la dominación capitalista; y también lo son para una recuperación anticapitalista y comunista del socialismo.

Ha habido dos tipos de dominación en este siglo XX, y tengo que tocar el tema aunque sea de pasada, para situar lo que pienso del Che. Uno, el más importante, el que predomina todavía, es la dominación del capitalismo imperialista, el de la expansión colonial y neocolonial, sobre todo neocolonial, que es la manera fundamental de universalización del capitalismo. A lo largo del siglo este sistema ha aumentado sus capacidades en los aspectos fundamentales del funcionamiento de la formación social, en las regiones centrales en que domina y desde las que se expande. A la vez, sus mecanismos de dominación han forzado a las demás sociedades —en grados y formas diversos— a subordinar el desarrollo o no de sus capacidades, las estrategias, los campos y los fines de esos desarrollos, a los intereses supremos del capitalismo central. Este ha sido protagonista[,] además, a escala universal, de los eventos más salvajes, despiadados y crueles del siglo, contra la vida humana y los derechos más básicos de las personas, de etnias, comunidades y países. Su tipo de organización económica y social es profundamente agresivo contra el medio en que vivimos, al punto de colocar ya en riesgo []la sobrevivencia humana en el planeta. Atendiendo a las tendencias dominantes, caracterizo []la dominación capitalista en la actualidad como transnacional en la economía, democrática en la política (controlada en lo interno, y en muchos países tutelada desde el exterior) y totalitaria en la ideología y la cultura. Esas son las formas fundamentales de esta dominación.

El otro tipo de dominación desarrollado también en este siglo XX fue el del llamado socialismo soviético. Los rasgos internos principales del proceso que lo originó fueron: primero, el fin de una gran revolución anticapitalista en lo que fue el imperio ruso, y el establecimiento de un régimen postrevolucionario que abandonó los objetivos del bolchevismo y ejerció la dictadura abierta de un grupo sobre la sociedad; después, el triunfo de un gran poder estatal en un enorme país que consiguió ser muy poderoso, trató de realizar importantes modificaciones modernizantes y terminó en un estancamiento generalizado. También caracterizaron a la revolución bolchevique y al régimen que la sustituyó la necesidad de enfrentar las agresiones de potencias capitalistas, librar una de las guerras más terribles de la historia, y participar durante 50 años en confrontaciones y coordinaciones internacionales entre grandes potencias.

Alrededor de esa otra forma de dominación se generó un confusionismo inmenso. ¿Por qué? Porque el Estado y el poder que la representaron —ligados en su origen revolucionario a una pretensión de organizar la lucha anticapitalista a escala mundial— han tenido nexos, impulsado o influido en multitud de organizaciones ligadas a innumerables acciones contra el capitalismo y el colonialismo, o al menos contra malos gobiernos; luchas o resistencias que sucedieron en el mundo durante más de medio siglo. Y han influido notablemente en las ideas a lo largo de ese período.

Esas realidades crearon una complejidad muy grande, que aumentó cuando después de la Segunda Guerra Mundial un grupo de Estados europeos se nucleó alrededor de la URSS, y el peso de la colaboración política, militar y económica de aquel gran Estado y sus aliados se tornó significativa o determinante para numerosos países u organizaciones en el mundo. El súbito final del régimen y el Estado soviético, y de la asociación de países que lidereaba en Europa, ha dejado al mundo entero en una situación muy difícil. La expansión capitalista ahora parece incontrastable, su triunfalismo invade y corroe todos los campos, y la fuerza militar y de dominación ideológica de Estados Unidos sobredetermina —al menos por ahora— al capitalismo desarrollado. Era inevitable que la bancarrota de la URSS y Europa oriental se asociara a la de la idea misma del socialismo, y a su posibilidad más general de realización en cualquier parte. De modo que todo el que hoy aún se siente de izquierda o mantiene esperanzas en el socialismo, al hablar de aquellas realidades busca el modo de explicarse: «bueno, ellos no eran socialistas», o «ellos eran socialistas, pero reales», o «fueron socialistas primero, y después no». En esta precaria y lamentable situación nos ha dejado esa forma de dominación que se desarrolló desde que terminó la gran revolución rusa, bolchevique.

El Che es la figura central de los 60, porque encarnó la rebelión total contra las dos formas de dominación y la propuesta de una vida y una cultura diferentes. No lo hizo desde el mundo entero, eso es imposible, ni siquiera el capitalismo ha logrado aún ser la cultura del mundo entero, aunque es el que más se aproxima. El Che lo hizo desde el Tercer Mundo de Occidente —y digo el Tercer Mundo de Occidente para tratar de ser exacto—[,] pero logró representatividad universal en un grado bastante alto. Y si el mito levantado de inmediato desapareció rápidamente, el Che mismo va a dar mucha guerra todavía. En la nueva etapa que vendrá, el Che será un nuevo lugar de rebeldía.

La del Che no fue una rebeldía alejada del poder, sino que buscaba el poder para realizar la liberación humana. Era una rebeldía que nacía de la revolución cubana, en el tiempo en que el poder cubano era una herejía. Eso es bastante complicado, por lo que se ha preferido olvidarlo también. Les decía antes que una de las características del Che fue encarnar la primacía del proyecto sobre el poder, y el problema de las relaciones entre el poder y el proyecto es el más trascendente para todo el que intenta llevar la realización práctica de la revolución contra el capitalismo hasta sus últimas consecuencias. Lo que se pretende en esos casos es la liberación total, una liberación tal que tiene que ser liberación del poder militar, del poder material y su capacidad de coerción, de la propiedad privada, del respeto a la propiedad privada, del poder espiritual, de la subordinación de los sexos, de la subordinación de las razas, de la acumulación de todas las jerarquías creadas antes del capitalismo, y puestas de otra manera por el capitalismo pero usadas por él también. Y también, entonces, de lo que se trata es de establecer un poder tan fuerte que el capitalismo no pueda liquidarlo, un poder que sirva a la vez como instrumento para las inmensas y al parecer imposibles tareas de la liberación total. Los libertarios se aplican por tanto a crear un poder. Lo que sucede es que ese poder puede volverse contra ellos, de tal modo que después se llegue a olvidar para qué era ese poder, que era para terminar con toda dominación, o toda enajenación, como decía el Che, con las palabras de su tiempo.

Una vez el Che explicaba —hablando del llamado socialismo de Europa Oriental— que podía ser como el caso del piloto que sin darse cuenta en un momento dado se salió del rumbo, y lo supo tiempo después; pero no sabía en qué momento se salió del rumbo, y por lo tanto ya no puede regresar. (Esto está en uno de esos tantos escritos y grabaciones del Che no publicados, que no están al alcance del público; eso sucede con más de las dos terceras partes de lo que el Che escribió o se le grabó.)

(...)

Hoy es necesario replantearse el socialismo, volver a preguntarse no sólo qué no era, sino qué va a ser, qué puede ser el socialismo. El Che tuvo que recorrer ese camino y hacerse esas preguntas desde que era un joven revolucionario, combatiente y triunfador, cuando parecía que era únicamente el momento de afirmar y de ejercer el poder. Desde antes de la guerra de Cuba él había leído mucho, se sentía y creía ser marxista, y había tratado de actuar en consecuencia como revolucionario; en la guerra, ya desde 1957 era uno de los jefes rebeldes más destacados, y sin embargo tuvo que evolucionar mucho. En los días polémicos de diciembre de 1957, al escribirle desde la Sierra Maestra a un dirigente del Movimiento 26 de Julio, el Che defiende las posiciones de principio revolucionarias, pero le añade: «Pertenezco, por mi preparación ideológica, a los que creen que la solución de los problemas del mundo está detrás de la llamada cortina de hierro...» Y el compañero, que fue un héroe que murió peleando meses después, le contestó explicándole que ambos compartían los mismos ideales y convicciones, pero le aclaró que consideraba como fines del Movimiento «llevar adelante, con la liberación de Cuba, la Revolución que, iniciada en el pensamiento político de José Martí... se vio frustrada por la intervención del gobierno de Estados Unidos...», y que la revolución cubana formaría parte de la lucha de «nuestra América» por eliminar la opresión y la miseria, conquistar los derechos sociales de los pueblos y crear gobiernos de los pueblos que, «estrechamente unidos...» lleg[aran] a formar «una América fuerte, dueña de su propio destino» frente a todas las grandes potencias.

El Che aprendió pronto, y mejor que mucha gente nacida en Cuba, qué era lo fundamental en la revolución cubana y el papel que esta podía jugar. Eso dice mucho de su capacidad de aprender. Todavía en 1959 el Che creía que Cuba podía planificarse de inmediato, a[l] estilo soviético. En marzo de 1962, reprocha cómo se dejó pasar 1959 —¡el año 59!— sin decidir cuál sería la línea económica y con qué intensidad se avanzaría por ella. A este protagonista impaciente y riguroso se le escapaba que una revolución de verdad implica un caos inevitable, caos que se vive o se oye contar, pero nunca es explicable. Aquí se dictó una Ley de Reforma Agraria y para cumplirla hubo que incumplirla, y tomar posesión de las tierras violentando la Ley Agraria, porque las leyes no son para hacer revoluciones, las leyes se hacen para legimitar las revoluciones o las contrarrevoluciones.

El Che recorrió un arduo camino de aprendizaje y lo hizo bien y pronto. Y en pocos años desarrolló un conjunto de ideas alrededor del socialismo y del marxismo, de qué son realmente la revolución y la transición socialista, de las dimensiones nacionales e internacionales de ellas y cómo interactúan; de las relaciones entre el movimiento político y el movimiento social; de las relaciones entre el individuo, la masa y el Estado; de las relaciones entre la conciencia, la vanguardia y la participación del pueblo en la dirección del proceso y de la sociedad; de las relaciones entre la ética, la política, la economía. Ese cuerpo de ideas resultó antitético al socialismo real. Pero el Che no realizó ese trabajo excepcional desde la posición del que ha sido negado o está excluido, sino desde la posición de dirigente en un país que tenía grandes relaciones con la Unión Soviética, relaciones complicadas que también es necesario conocer e historiar, y habrá que hacerlo. Che no hizo su crítica herética buscando expresarse como un francotirador, sino asumiendo sus responsabilidades de dirigente. Eso lo hacía todavía más peligroso y más subversivo: la herejía propiamente dicha es la de adentro.

Con la Cuba de esos años le nació a la idea de universalizar el socialismo un hijo occidental, libertario y extremadamente comunista; hijo a su vez de la historia nacional y no del movimiento comunista internacional. Y cuando digo «hijo de la historia nacional», quiero decir también hijo de la historia de la lucha cubana por la justicia social y no solamente por la existencia de una nación independiente. Y esa revolución cubana tan legítima y tan comunista no se hacía en nombre de un debate entre intelectuales, sino que se hacía: simplemente se hacía. De aquí que el Che cometa el pecado de decirle a Ernesto Sábato que la revolución anda mucho más adelantada que la ideología, o que Sartre cometa su pecado francés, con relación a la revolución y la teoría. Lo cierto es que aunque no aparecieran gruesos libros, en Cuba se estaba produciendo un gran adelanto del pensamiento revolucionario y marxista, y en esto consistía también la subversión y el peligro tan grande: Cuba no estaba enfrente, estaba dentro.

El Che vive, trabaja y piensa en la cresta de una ola. Forma parte de nuestro interés profundizar, explicarnos los años 60, pero yo debo contraer mi intervención al tema del Che. Apunto al menos entonces que los puntos de partida y el pensamiento del Che en los 60 son influidos por los acontecimientos, las ideas y el espíritu de aquella época tan rica en desafíos y expresiones. No es ocioso que recordemos todos, sin embargo, que él vivía esa época, por lo que al estudiar al Che debemos aplicar la regla general de método de distinguir entre las dos realidades en interconexión configuradas por «los hechos» de una época y por la []conciencia [] que tuvieron de ellos los que actuaron entonces, y diferenciarla de una tercera realidad, la postulada por nuestros conocimientos y posiciones actuales acerca de la época en cuestión.

La especificidad del Che debe ser establecida también respecto al mundo que retaba —o parecía retar— a la dominación, y no sólo al mundo de esta última. Como he hecho con otros temas, sólo puedo apuntar este aquí. Que el Che [haya sido] sumamente radical no lo iguala a manifestaciones e ideas muy radicales de los años 60 que tuvieron otras inspiraciones y otros contextos. Y que su imagen sea tan representativa no elimina la distancia existente entre su férrea consecuencia y sus prácticas, y los alcances de otras imágenes y expresiones de aquella época.

(...)

El Che llevó a cabo una experiencia práctica en el terreno de la economía a partir de sus ideas de la transición socialista, las puso a prueba a escala de una parte de la sociedad cubana durante varios años. Esa es una herencia extraordinaria que nos ha dejado. En el debate de ideas de aquellos años él se había pronunciado contra la reproducción del mundo del capitalismo dentro de la transición socialista, que resulta funesto para esta, y contra el error de creer en la inevitabilidad de una «fase intermedia» prolongada y «anterior» al socialismo, que en realidad llevaría a la congelación del proceso de cambios y a su posterior derrota. La actividad del Che, las relaciones establecidas entre muchos miles de personas, las instituciones, organización, control y planeación de ellas, el Sistema Presupuestario de Financiamiento, eran demostraciones prácticas de que es posible otra forma de transición socialista.

Me veo obligado a recordar una frase suya, muy sintética y muy exacta: «...tenemos que empezar a construir el comunismo desde el primer día, aunque nos pasemos toda la vida tratando de construir el socialismo». El Che se planteó —y por eso es tan subversivo— cómo hacer la transición de los comunistas mediante la transición socialista. Hacerla diariamente y cada vez más y mejor planeada, no remitir el comunismo a un programa máximo confortable y mentiroso. Y se planteó: ¿cómo hacerlo? Es[]o está en el centro de su pensamiento: ¿cómo construir? Uso el verbo que era usual, que él usaba también y se ha usado hasta hace poco tiempo; en realidad de lo que se trata es de crear. ¿Cómo crear una nueva economía?[] ¿[C]ómo crear unas nuevas relaciones de solidaridad?[] ¿[C]ómo enfrentar la permanencia del egoísmo, del individualismo? La revolución no es realizada por marcianos sino por la misma población que siempre estuvo sometida, habituada a la barbarie del capitalismo. El Che decía: «Ahora pasan los medios de producción a poder del pueblo, pero el pueblo sigue siendo el mismo pueblo que ayer increpaba al patrón y maldecía su trabajo. Las condiciones de trabajo en muchos casos no han cambiado...»

La lucha diaria es entonces contra el subdesarrollo, pero no tiene el objetivo de modernizar al país. Modernizar un país puede suceder, pero es igual a modernizar al país y a la dominación. Muy diferente es producir cambios diariamente en el sentido del fin de todas las dominaciones. El trabajo teórico del Che para enfrentar la transición socialista es complejo —lo que pasa es que no se l[o] estudia— y un ejemplo es su idea de un continuo que vaya de la coerción y la coacción estatales a la coerción social sobre los individuos, que pase por los sistemas de educación hasta la autoeducación. El Che se da cuenta de que una misma persona puede estar por un lado autoeducándose, siendo educado en otro aspecto, y a la vez es necesario premiarlo, presionarlo o coaccionarlo en otros aspectos. Fue piedra de escándalo su afirmación de que la dictadura del proletariado se ejerce no sólo sobre la clase derrotada, sino también, individualmente, sobre la clase vencedora. El trabajo del Che, y el esfuerzo maravilloso que significó en su conjunto la revolución cubana, me recuerda el largo camino recorrido y los avances obtenidos desde que Carlos Marx, muy joven, cuando ya creía que sólo el proletariado podía liberar a todas las clases, escribía sin embargo lúcidamente: «...por lo menos en los primeros tiempos de su dominación los proletarios tendrán que hacer creer a las demás clases que las pueden liberar».

(...)

No es posible desarrollar aquí el pensamiento del Che; yo mencionaba algunos elementos, el tiempo me impide referirme a otros. Aunque no parezca razonable, pienso que estamos quizás al inicio de una nueva etapa de renovaciones del pensamiento y las prácticas revolucionarias, y llamo la atención sobre el pensamiento del Che porque creo que es valiosísimo para propiciar ese resurgimiento y pudiera ser de gran utilidad. Por lo mismo quisiera prevenir de dos supuestas defensas que se hacen del Che, funestas las dos:

1) se dice que el Che fue un hombre muy bueno, muy heroico, muy desprendido, muy abnegado, casi inimitable, pero que fue de los 60, un hombre de los 60. Esta es una verdad trivial, todo el mundo es de algún tiempo determinado, «de su tiempo»: Cristo es de hace unos 2 000 años. Esta «defensa» pretende descalificar al Che al despojarlo de toda trascendencia práctica y escamotearle[s] a los que viven hoy el sostén, la ayuda y la fuerza que significaría el Che. Es poner al «gran hombre» en su altar, en donde no moleste;

2) se dice que el Che fue muy superior a su tiempo, tan superior que pertenece a un tiempo que no ha llegado todavía, lo que no estaría mal si se refiriera a un aspecto de su legado, a la comprensión de las dimensiones más trascendentes de este hombre de su tiempo y del nuestro en la lucha contra la dominación. Pero lo que postula esta «defensa» es que el Che fue un extraño individuo perteneciente a un tiempo que nunca llegará, el que antes fue el tiempo de los programas máximos formulados para cumplir con los ritos, unirse alrededor de un dogma y dormir mejor, y hoy es presentado como el tiempo ilusorio e imposible de los que tuvieron la osadía de creer que las personas y las sociedades pueden llegar a ser solidarias y libres.

En esas dos posiciones el Che es ubicado o como un hombre de los 60 o como un hombre de un tiempo que supuestamente vendrá, quién sabe cuándo.

El Che es el hombre que planteaba a sus compañeros en la polémica famosa de 1963-64: «¿[P]or qué pensar que lo que “es” en el período de transición [] necesariamente “debe ser”?»[] Y los invitaba a “no desconfiar demasiado de nuestras fuerzas y capacidades”. Este es el Che que puede volver, el Che que yo pienso que volverá pronto, porque existe una acumulación cultural que obra a favor nuestro. Hubo muchas derrotas desde los 60, pero también nos dejaron una cantidad muy grande de experiencias, y además ya las cosas nunca han vuelto a ser iguales después de los 60. Así pasa con todas las revoluciones de verdad, en las que participa el pueblo, así pasa con todos los movimientos que van a fondo al enfrentarse a lo establecido: no desaparecen nunca del todo; aunque sean derrotados, su derrota es aparente; crean nuevos puntos de partida superiores para las jornadas que vendrán.

(...)

El Che retorna, pienso yo, porque lo necesitamos y porque crece nuestra cultura política, y por eso vamos a ser capaces de identificarlo realmente y plenamente. Ya no vuelve en un poster, como aquellos tantos posters de los primeros años, ahora vuelve el Che, enfrentándose al olvido y a los disfraces que le pusimos. Ya terminó la etapa en que el pensamiento social fue reducido y fue inutilizado, y no pudo cumplir con sus tareas fundamentales; ahora está claro otra vez que nuestra cultura se relaciona de un modo u otro, o con la dominación y con el colonialismo, o con la liberación. Ahora nos enfrentamos a la guerra cultural que pretende, mediante el dominio de la vida cotidiana, que creamos que ningún socialismo es posible, que nos conformemos con hablar en general de cualquier cosa, pero que el poder y la vida cotidiana sean completamente controlados por el capitalismo. Ahora es más necesario que nunca reapropiarnos del ejemplo del Che, de su acción y de su pensamiento, pero también hoy resulta más factible hacerlo.