Porque en Cuba solo ha habido una revolución Fidel Castro

 

(Pasajes del discurso pronunciado en La Demajagua el 10 de octubre de 1968[1])

 

¡Nosotros entonces habríamos sido como ellos, ellos hoy habrían sido como nosotros!
 

                                                                                               Fidel Castro[2]

 
 (…) ¿Qué significa para nuestro pueblo el 10 de Octubre de 1868?  ¿Qué significa para los revolucionarios de nuestra patria esta gloriosa fecha?  Significa sencillamente el comienzo de cien años de lucha, el comienzo de la revolución en Cuba, porque en Cuba solo ha habido una revolución:  la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868. Y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes. 
No hay, desde luego, la menor duda de que Céspedes simbolizó el espíritu de los cubanos de aquella época, simbolizó la dignidad y la rebeldía de un pueblo —heterogéneo todavía— que comenzaba a nacer en la historia. 
Fue Céspedes, sin discusión, entre los conspiradores de 1868[,] el más decidido a levantarse en armas.  Se han elaborado algunas interpretaciones de su actitud, cuando en […] realidad su conducta tuvo una exclusiva motivación.  En todas las reuniones de los conspiradores Céspedes siempre se había manifestado el más decidido.  En la reunión efectuada el 3 de agosto de 1868, en los límites de Tunas y Camagüey, Céspedes propuso el levantamiento inmediato.  En reuniones ulteriores con los revolucionarios de la provincia de Oriente, en los primeros días de octubre, insistió en la necesidad de pasar inmediatamente a la acción.  Hasta que por fin el 5 de octubre de 1868, en una reunión en el ingenio —si mal no recuerdo— “Rosario”, los más decididos revolucionarios se reunieron y acordaron el alzamiento para el 14 de octubre. 
Es conocido históricamente que Céspedes conoció en este lugar de un telegrama cursado el 8 de ese mismo mes por el Gobernador General de Cuba dando instrucciones a las autoridades de la provincia de arrestar a Carlos Manuel de Céspedes.  Y Carlos Manuel de Céspedes no les dio tiempo a las autoridades, no les permitió a aquellas tomar la iniciativa, e inmediatamente, adelantando la fecha, cursó las instrucciones correspondientes y el 10 de Octubre, en este mismo sitio, proclamó la  independencia de Cuba. 
(…) Es incuestionable que Céspedes tuvo la clara idea de que aquel alzamiento no podía esperar demasiado ni podía arriesgarse a recorrer el largo trámite de una organización perfecta, de un ejército armado, de grandes cantidades de armas, para iniciar la lucha, porque en las condiciones de nuestro país en aquellos instantes resultaba sumamente difícil.  
(…) De ahí que Martí dijera que “de Céspedes el ímpetu y de Agramonte la virtud”, aunque hubo también mucho de ímpetu en Agramonte y mucho de virtud en Céspedes.  Y el propio Martí expresó en una ocasión, explicando la actitud de Céspedes, sus discrepancias sobre el aplazamiento del movimiento con otros revolucionarios, diciendo que “aplazar era darles tal vez la oportunidad a las autoridades coloniales vigilantes para echárseles encima”. 
Y los hechos históricos demostraron que aquella decisión era necesaria, que aquella resolución iba a prender precisamente la chispa de una heroica guerra que duró diez años; una guerra que se inició sin recursos de ninguna clase por un pueblo prácticamente desarmado, que desde entonces adoptó la clásica estrategia y el clásico método para abastecerse de armas, que era arrebatándoselas al enemigo. 
En la historia de estos cien años de lucha no fue la única ocasión en que nuestro pueblo, igualmente desprovisto de armas, igualmente impreparado para la guerra, se vio en la necesidad de lanzarse a la lucha y abastecerse con las armas de los enemigos.  Y la historia de nuestro pueblo en estos cien años confirma esa verdad axiomática:  y es que si para luchar esperamos primero reunir las condiciones ideales, disponer de todas las armas, asegurar un abastecimiento, entonces la lucha no habría comenzado nunca; y que si un pueblo está decidido a luchar, las armas están en los cuarteles de los enemigos, en los cuarteles de los opresores. 
Y esta realidad, este hecho, se demostró en todas nuestras luchas, en todas nuestras guerras. 
Cuando al iniciarse la lucha de 1895 Maceo desembarca por la zona de Baracoa, lo acompañaban un puñado de hombres y unas pocas armas.  Y cuando Martí, con Máximo Gómez, desembarca en un lugar de la costa sur de Oriente, áspero y duro, en una noche oscura y tormentosa, venía también acompañado de un exiguo grupo de combatientes.  No llevaba un ejército detrás.  El ejército estaba aquí, en el pueblo; y las armas estaban aquí, en manos de los dominadores. 
Y cuando apenas algunos días más tarde avanzaron por el interior de la provincia, se encontraron a José Maceo con una numerosa tropa combatiendo en las inmediaciones de Guantánamo, y más adelante a Antonio Maceo, que después del desembarco se había quedado absolutamente solo por las montañas y los bosques de Baracoa —¡absolutamente solo!—, y que unas cuantas semanas después recibía a Máximo Gómez y a Martí con un ejército de 3 000 orientales organizados y listos para combatir. 
Estos hechos nos brindaron un ejemplo extraordinario y nos enseñaron en días también difíciles.  Cuando no había recursos, cuando no había armas, pero sí un pueblo en el cual se confiaba, estas circunstancias no fueron tampoco un obstáculo para iniciar la lucha. 
Y este es un ejemplo no solo para los revolucionarios cubanos, es un ejemplo formidable para los revolucionarios en cualquier parte del mundo. 
Nuestra Revolución, con su estilo, con sus características esenciales, tiene raíces muy profundas en la historia de nuestra patria.  Por eso decíamos, y por eso es necesario que lo comprendamos con claridad todos los revolucionarios, que nuestra Revolución es una Revolución, y que esa Revolución comenzó el 10 de Octubre de 1868. 
Este acto de hoy es como un encuentro del pueblo con su propia historia, es como un encuentro de la actual generación revolucionaria con sus propias raíces.  Y nada nos enseñará mejor a comprender lo que es una revolución, nada nos enseñará mejor a comprender el proceso que constituye una revolución, nada nos enseñará mejor a entender qué quiere decir revolución, que el análisis de la historia de nuestro país, que el estudio de la historia de nuestro pueblo y de las raíces revolucionarias de nuestro pueblo. 
Quizás para muchos la nación o la patria ha sido algo así como un fenómeno natural, quizás para muchos la nación cubana y la conciencia de nacionalidad existieron siempre, quizás muchos pocas veces se han detenido a pensar cómo fue precisamente que se gestó la nación cubana y cómo se gestó nuestra conciencia de pueblo y cómo se gestó nuestra conciencia revolucionaria. 
Hace 100 años no existía esa conciencia, hace 100 años no existía la nacionalidad cubana, hace 100 años no existía un pueblo con pleno sentido de un interés común y de un destino común.  Nuestro pueblo hace 100 años era una masa abigarrada constituida, en primer término, por los ciudadanos de la potencia colonial que nos dominaba; una masa enorme también de ciudadanos nacidos en este país, algunos descendientes directos de los españoles, otros descendientes más remotos, de los cuales algunos se inclinaban a favor del poder colonial y otros eran alérgicos a aquel poder; una masa considerable de esclavos, traídos de manera criminal a nuestra tierra para explotarlos despiadadamente cuando ya los explotadores habían aniquilado virtualmente la primitiva población aborigen de nuestro país. 
Y desde luego, los dueños de las riquezas eran, en primer lugar, los españoles; los dueños de los negocios y los dueños de las tierras.  Pero también había descendientes de los españoles, llamados criollos, que poseían centrales azucareros y que poseían grandes plantaciones.  Y por supuesto que en un país en aquellas condiciones en que la ignorancia era enorme, el acceso a los libros, el acceso a la cultura lo tenían un número exiguo y reducido de criollos procedentes precisamente de esas familias acaudaladas. 
En aquellas primeras décadas del siglo pasado, cuando ya el resto de la América Latina se había independizado de la colonia española, permanecía asentado sobre bases sólidas el poder de España en nuestra patria, a la que llamaban la última joya y la más preciada joya de la corona española. 
Fue ciertamente escasa la influencia que tuvo en nuestra tierra la emancipación de América Latina.
Se sabe que en la mente de los libertadores de América Latina se albergó también la idea de enviar a Cuba un ejército a liberarnos.  Pero ciertamente aquí todavía no había una nación que liberar sencillamente porque no había nación, no había un pueblo que liberar porque no existía pueblo con la conciencia de la necesidad de esa libertad. 
Y en aquellos primeros años del siglo pasado, en la primera mitad del siglo pasado, las ideas que los sectores con más cultura de la población, los sectores capaces de elaborar algunas formulaciones políticas, las ideas enarboladas por ellos no eran precisamente la idea de la independencia de Cuba. 
Por aquellos tiempos se discutía fundamentalmente el problema de la esclavitud.  Y los terratenientes, los ricos, la oligarquía que dominaba en nuestro país, bien española o bien cubana, estaba poseída de un enorme temor a la abolición de la esclavitud; es decir que sus intereses como propietarios, sus intereses como clase, y pensando exclusivamente en función de esos intereses, la conducía a pensar en la solución de la anexión a Estados Unidos de Norteamérica. 
Así surgió una de las primeras corrientes políticas, que se dio en llamar la corriente anexionista.  Y esa corriente tenía un fundamento de carácter económico:  era el pensamiento de una clase que consideraba el aseguramiento de esa institución oprobiosa de la esclavitud por la vía de anexionarse a Estados Unidos, donde un grupo numeroso de Estados mantenía la misma institución.  Y como ya se suscitaban las contradicciones entre los estados del sur y del norte por el problema de la esclavitud, los políticos esclavistas del sur de Estados Unidos alentaron también la idea de la anexión a Cuba, con el propósito de contar con un Estado más que ayudase a garantizar su mayoría en el seno de Estados Unidos, su mayoría parlamentaria. 
Esa es la raíz de aquella expedición a mediados de siglo, dirigida por Narciso López. 
Cuando nosotros estudiábamos en las escuelas, nos presentaban a Narciso López como un patriota, nos presentaban a Narciso López como un libertador.  Tantas cosas nos presentaron de una manera increíblemente torcida, que se nos hizo creer en nuestros años de escolares —y ya supuestamente establecida la República de Cuba—, se nos hacía creer que Narciso López había venido a libertar a Cuba, cuando ciertamente Narciso López vino alentado por los políticos esclavistas de Estados Unidos a tratar de conquistar un Estado más para precisamente servir de apoyo a la más inhumana y retrógrada institución, que era la institución de la esclavitud. 
(…) Todavía realmente no había surgido […] una corriente independentista, una corriente verdaderamente independentista.  Los engaños y las burlas reiteradas del régimen colonial español llevaron al ánimo y a la conciencia de un reducido grupo de cubanos, de criollos pertenecientes por cierto a sectores acomodados, poseedores de riquezas, poseedores a la vez de cultura, de amplia información acerca de los procesos que tenían lugar en el mundo, que concibieron por primera vez la idea de la obtención de sus derechos por la vía revolucionaria, por la vía de las armas, en lucha abierta contra el poder colonial. 
Mas nadie piense que aquel núcleo de cubanos estaba obligadamente llamado a contar con el apoyo mayoritario de la población, que podía contar con un respaldo grande a la hora de la lucha, porque —como dijimos anteriormente— en aquellos instantes la conciencia de la nacionalidad no existía. 
Y entre los sectores que ostentaban la riqueza de origen criollo, había un factor que los dividía profundamente.  Los españoles lógicamente estaban contra las reformas y, aún más, contra la independencia.  Pero muchos criollos ricos estaban también contra la idea de la independencia, puesto que los separaba de las ideas más radicales el problema de la esclavitud.  Por lo que puede decirse que el problema de la esclavitud fue una cuestión fundamental que dividía profundamente a los elementos más radicales, más progresistas, de los criollos ricos, de aquellos elementos que, calificándose también de criollos —todavía no se hablaba propiamente de cubanos— se preocupaban por encima de todo de sus intereses económicos, como es lógico; se preocupaban por encima de todo por mantener la institución de la esclavitud.  Y de ahí que apoyaran el anexionismo primero, el reformismo luego, y cualquier cosa menos la idea de la independencia y la idea de la conquista de los derechos por la vía de la lucha armada. 
Y esto constituye una cuestión muy importante, porque vemos cómo esta historia se va a repetir periódicamente, esta contradicción, a lo largo de los 100 años de lucha. 
De manera que el reducido núcleo —que bien podía comenzar a considerarse patriota— del sector acaudalado e ilustrado de los hombres nacidos en este país, ese núcleo decidido a lanzarse a la conquista de sus derechos por la vía de las armas, tenía que enfrentarse a esa compleja situación, a esas hondas contradicciones que necesariamente conducirían su causa a una lucha dura y larga.  Y lo que vino a darles verdaderamente el título de revolucionarios fue su comprensión, en primer lugar, de que solo había un camino para conquistar los derechos, su decisión de adoptar ese camino, su ruptura con las tradiciones, con las ideas reaccionarias, y su decisión de abolir la esclavitud. 
Y hoy tal vez pueda parecer fácil aquella decisión, pero aquella decisión de abolir la esclavitud constituía la medida más revolucionaria, la medida más radicalmente revolucionaria que se podía tomar en el seno de una sociedad que era genuinamente esclavista. 
Por eso lo que engrandece a Céspedes es no solo la decisión adoptada, firme y resuelta de levantarse en armas, sino el acto con que acompañó aquella decisión —que fue el primer acto después de la proclamación de la independencia—, que fue concederles la libertad a sus esclavos, a la vez que proclamar su criterio sobre la esclavitud, su disposición a la abolición de la esclavitud en nuestro país, aunque si bien condicionando en los primeros momentos aquellos pronunciamientos a la esperanza de poder captar el mayor apoyo posible entre el resto de los terratenientes cubanos. 
En Camagüey los revolucionarios desde el primer momento proclamaron la abolición de la esclavitud, y ya la Constitución de Guáimaro, el 10 de abril de 1869, consagró definitivamente el derecho a la libertad de todos los cubanos, aboliendo definitivamente la odiosa y secular institución de la esclavitud. 
Esto, desde luego, dio lugar —como ocurre siempre en muchos de estos procesos— a que muchos de aquellos criollos ricos, que vacilaban entre apoyar o no apoyar a la revolución, se abstuvieron de ayudar a la revolución, se apartaron de la lucha, y de hecho comenzaron a cooperar con la colonia.  Es decir que en la medida en que la revolución se radicalizó se quedó más aislado aquel grupo de cubanos, aquel grupo de criollos, que, desde luego, ya empezaron a contar con los únicos capaces de llevar adelante aquella revolución, que eran los hombres humildes del pueblo y los esclavos recién liberados. 
En aquellos primeros momentos del inicio de la lucha revolucionaria en Cuba, empezaron a cumplirse indefectiblemente las leyes de todo proceso revolucionario, empezaron a producirse las contradicciones, y comenzó el proceso de profundización y radicalización de las ideas revolucionarias que ha llegado hasta nuestros días. 
En aquel tiempo, desde luego, no se discutía el derecho a la propiedad de los medios de producción.  Se discutía el derecho a la propiedad de unos hombres sobre otros.  Y al abolir aquel derecho, aquella revolución —revolución radical desde el instante en que suprime un privilegio de siglos, desde el momento en que suprime aquel supuesto derecho consagrado por siglos de existencia— llevó a cabo un acto profundamente radical en la historia de nuestro país, y a partir de ese momento, por primera vez, se empezó a crear el concepto y la conciencia de la nacionalidad, y comenzó a utilizarse por primera vez el calificativo de cubano para comprender a todos los que levantados en armas luchaban contra la colonia española. 
(…) Nuestro país solo, absolutamente solo, mientras los demás pueblos hermanos de América Latina —que unas cuantas décadas con anterioridad se habían emancipado de la dominación española— yacían sumidos en la abyección, sumidos bajo las tiranías de los intereses sociales que sustituyeron en esos pueblos a la tiranía española; nuestro país solo, y no todo el país sino una pequeña parte del país, se enfrentó durante diez años a una potencia europea todavía poderosa que podía contar —y contó— con cientos de miles de hombres perfectamente armados para combatir a los revolucionarios cubanos. 
Es conocida la falta casi total de auxilio desde el exterior.  Es conocida la historia de las divisiones en el exterior, que dificultaron y por último imposibilitaron el apoyo de la emigración a los cubanos levantados en armas.  Y sin embargo, nuestro pueblo —haciendo increíbles sacrificios, soportando heroicamente el peso de aquella guerra, rebasando los momentos difíciles— logró ir aprendiendo el arte de la guerra, fue constituyendo un pequeño pero enérgico ejército que se abastecía de las armas de sus enemigos. 
Y empezaron a surgir del seno del pueblo más humilde, de entre los combatientes que venían del pueblo, de entre los campesinos y de entre los esclavos liberados, empezaron a surgir […] oficiales y dirigentes del movimiento revolucionario.  Empezaron a surgir los patriotas más virtuosos, los combatientes más destacados, y así surgieron los hermanos Maceo, para citar el ejemplo que simboliza a aquellos hombres extraordinarios. 
Y al cabo de diez años aquella lucha heroica fue vencida no por las armas españolas sino vencida por uno de los peores enemigos que tuvo siempre el proceso revolucionario cubano, vencida por las divisiones de los mismos cubanos, vencida por las discordias, vencida por el regionalismo, vencida por el caudillismo; es decir, ese enemigo —que también fue un elemento constante en el proceso revolucionario— dio al traste con aquella lucha. 
Sabido es que, por ejemplo, Máximo Gómez después de invadir la provincia de Las Villas y obtener grandes éxitos militares fue prácticamente expulsado de aquella provincia por el regionalismo y por el localismo.  No es esta la oportunidad de analizar el papel de cada hombre en aquella lucha, interesa analizar el proceso y dejar constancia de que la discordia, el regionalismo, el localismo y el caudillismo dieron al traste con aquel heroico esfuerzo de diez años. 
Pero también es forzoso reconocer que no se les podía pedir a aquellos cubanos —a aquellos primeros cubanos que comenzaron a fundar nuestra patria— el grado de conocimiento y experiencia política, el grado de conciencia política; más que conciencia —porque ellos tenían profunda conciencia patriótica— el grado de desarrollo de las ideas revolucionarias en la actualidad, porque nosotros no podemos analizar los hechos de aquella época a la luz de los conceptos de hoy, a la luz de las ideas de hoy.  Porque cosas que hoy son absolutamente claras, verdades incuestionables, no lo eran ni lo podían ser todavía en aquella época.  Las comunicaciones eran difíciles, los cubanos tenían que luchar en medio de una gran adversidad, incesantemente perseguidos y, desde luego, no podía pedírseles que en aquel entonces no se suscitaran estos problemas —problemas que se volvieron a suscitar en la lucha de 1895, problemas que se volvieron a suscitar en la segunda mitad de este siglo a lo largo del proceso revolucionario. 
Pero cuando debilitadas las fuerzas cubanas por la discordia arreció el enemigo su ofensiva, entonces también empezaron a evidenciarse las vacilaciones de aquellos elementos que habían tenido menos firmeza revolucionaria.  Y es en esos instantes —en el instante de la Paz del Zanjón, que puso fin a aquella heroica guerra— cuando emerge, con toda su fuerza y toda su extraordinaria talla, el personaje más representativo del pueblo, el personaje más representativo de Cuba en aquella guerra, venido de las filas más humildes del pueblo, que fue Antonio Maceon (…) [,] que frente al hecho consumado del Zanjón —aquel Pacto que más que un pacto fue realmente una rendición de las armas cubanas— expresa en la histórica Protesta de Baraguá su propósito de continuar la lucha, expresa el espíritu más sólido y más intransigente de nuestro pueblo declarando que no acepta el Pacto del Zanjón.  Y efectivamente, continúa la guerra. 
Ya incluso después de haberse llegado a los acuerdos Maceo libra una serie de combates victoriosos y aplastantes contra las fuerzas españolas.  Pero en aquel momento Maceo, reducido a su condición de jefe de una parte de las tropas de la provincia de Oriente, Maceo negro     —cuando todavía subsistía mucho el racismo y los prejuicios— no pudo contar naturalmente con el apoyo de todo el resto de los combatientes revolucionarios, porque desgraciadamente todavía entre muchos combatientes y muchos dirigentes de aquellos combatientes subsistía el prejuicio reaccionario e injusto.  Por eso, aunque Maceo en aquel momento salva la bandera, salva la causa y sitúa el espíritu revolucionario del pueblo naciente de Cuba en su nivel más alto, no pudo, pese a su enorme capacidad y heroísmo, seguir manteniendo aquella guerra y se vio en la necesidad de hacer un receso en espera de las condiciones que le permitiesen reanudar otra vez el combate. 
Pero la derrota de las fuerzas revolucionarias en 1878 trajo también sus secuelas políticas.  A la sombra de la derrota, a la sombra del desengaño, otra vez de nuevo aquellos sectores, representantes décadas atrás de la corriente anexionista y de la corriente reformista, volvieron a la carga para propugnar una nueva corriente política, que era la corriente del autonomismo, para oponerse, naturalmente, a las tesis radicales de la independencia y a las tesis radicales acerca del método y del único camino para obtener aquella independencia, que era la lucha armada. 
De manera que después de la Guerra de los Diez Años, en el pensamiento político, o en la historia del pensamiento político cubano, surge de nuevo la corriente pacifista, la corriente conciliatoria, la corriente que se opone a las tesis radicales que habían representado los cubanos en armas.  De la misma manera vuelven a surgir las corrientes anexionistas en un grado determinado, corrientes incluso en los primeros tiempos de la Guerra de los Diez Años, cuando todavía muchos cubanos ingenuamente veían en la nación norteamericana el prototipo del país libre, del país democrático, y recordaban sus luchas por la independencia, la Declaración de la Independencia de Washington, la política de Lincoln; todavía había cubanos a principios de la guerra de 1868 que tenían resabios o residuos de aquella corriente anexionista, que fue desapareciendo en ellos a lo largo de la lucha armada. 
(…) Aquella guerra engendró numerosos líderes de extracción popular, pero también aquella guerra inspiró a quien fue sin duda el más genial y el más universal de los políticos cubanos, a José Martí. 
Martí era muy joven cuando se inició la Guerra de los Diez Años.  Padeció cárcel, padeció exilio; su salud era muy débil, pero su inteligencia extraordinariamente poderosa.  Fue en aquellos años de estudiante paladín de la causa de la independencia, y fue capaz de escribir algunos de los mejores documentos de la historia política de nuestro país cuando prácticamente no había cumplido todavía 20 años. 
Derrotadas las armas cubanas, por las causas expresadas, en 1878, Martí se convirtió sin duda en el teórico y en el paladín de las ideas revolucionarias.  Martí recogió las banderas de Céspedes, de Agramonte y de los héroes que cayeron en aquella lucha de diez años, y llevó las ideas revolucionarias de Cuba en aquel período a su más alta expresión.  Martí conocía los factores que dieron al traste con la Guerra de los Diez Años, analizó profundamente las causas, y se dedicó a preparar la nueva guerra.  Y la estuvo preparando durante casi 20 años, sin desmayar un solo instante, desarrollando la teoría revolucionaria, juntando voluntades, agrupando a los combatientes de la Guerra de los Diez Años, combatiendo de nuevo —también en el campo de las ideas— a la corriente autonomista que se oponía a la corriente revolucionaria, combatiendo también las corrientes anexionistas que de nuevo volvían a resurgir en la palestra política de Cuba después de la derrota y a la sombra de la derrota de la Guerra de los Diez Años. 
Martí predica incesantemente sus ideas; Martí organiza los emigrados; Martí organiza prácticamente el primer partido revolucionario, es decir, el primer partido para dirigir una revolución, el primer partido que agrupara a todos los revolucionarios.  Y con una tenacidad, una valentía moral y un heroísmo extraordinarios, sin otros recursos que su inteligencia, su convicción y su razón, se dedicó a aquella tarea. 
Y debemos decir que nuestra patria cuenta con el privilegio de poder disponer de uno de los más ricos tesoros políticos, una de las más valiosas fuentes de educación y de conocimientos políticos, en el pensamiento, en los escritos, en los libros, en los discursos y en toda la extraordinaria obra de José Martí. 
Y a los revolucionarios cubanos más que a nadie nos hace falta tanto cuanto sea posible ahondar en esas ideas, ahondar en ese manantial inagotable de sabiduría política, revolucionaria y humana. 
No tenemos la menor duda de que Martí ha sido el más grande pensador político y revolucionario de este continente.  No es necesario hacer comparaciones históricas.  Pero si analizamos las circunstancias extraordinariamente difíciles en que se desenvuelve la acción de Martí:  desde la emigración luchando sin ningún recurso contra el poder de la colonia después de una derrota militar, contra aquellos sectores que disponían de la prensa y disponían de los recursos económicos para combatir las ideas revolucionarias; si tenemos en cuenta que Martí desarrollaba esa acción para libertar a un país pequeño dominado por cientos de miles de soldados armados hasta los dientes, país sobre el cual se cernía no solo aquella dominación sino un peligro mucho mayor todavía; el peligro de la absorción por un vecino poderoso, cuyas garras imperialistas comenzaban a desarrollarse visiblemente; y que Martí desde allí, con su pluma, con su palabra, a la vez que trataba de inspirar a los cubanos y formar su conciencia para superar las discordias y los errores de dirección y de método que dieron al traste con la Guerra de los Diez Años, a la vez que unir en un mismo pensamiento revolucionario a los emigrados, a la vieja generación que inició la lucha por la independencia y a las nuevas generaciones, unir a aquellos destacadísimos y prestigiosos héroes militares, se enfrentaba en el terreno de las ideas a las campañas de España en favor de la colonia, a las campañas de los autonomistas en favor de procedimientos leguleyescos y electorales y engañosos que no conducirían a nuestra patria a ningún fin, y se enfrentaba a las nuevas corrientes anexionistas que surgían de aquella situación, y se enfrentaba al peligro de la anexión, no ya tanto en virtud de la solicitud de aquellos sectores acomodados que décadas atrás la habían solicitado para mantener la institución de la esclavitud sino en virtud del desarrollo del poderío económico y político de aquel país que ya se insinuaba como la potencia imperialista que es hoy.  Teniendo en cuenta esas extraordinarias circunstancias, esos extraordinarios obstáculos, bien podemos decir que el Apóstol de nuestra independencia se enfrentó a dificultades tan grandes y a problemas tan difíciles como no se tuvo que enfrentar jamás ningún dirigente revolucionario y político en la historia de este continente. 

 

Y así surgió en el firmamento de nuestra patria esa estrella todo patriotismo, todo sensibilidad humana, todo ejemplo, que junto con los héroes de las batallas, junto con Maceo y Máximo Gómez, inició de nuevo la guerra por la independencia de Cuba. 
¿Y qué se puede parecer más a aquella lucha de ideas de entonces que la lucha de las ideas hoy?  ¿Qué se puede parecer más a aquella incesante prédica martiana por la guerra necesaria y útil como único camino para obtener la libertad, aquella tesis martiana en favor de la lucha revolucionaria armada que las tesis que tuvo que mantener en la última etapa del proceso el movimiento revolucionario en nuestra patria, enfrentándose también a los grupos electoralistas, a los politiqueros, a los leguleyos, que venían a proponerle al país remedios que durante 50 años no habían sido capaces de solucionar uno solo de sus males, y agitando el temor a la lucha, el temor al camino revolucionario verdadero, que era el camino de la lucha armada revolucionaria?  ¿Y qué se puede parecer más a aquella prédica incesante de Martí que la prédica de los verdaderos revolucionarios que en el ámbito de otros países de América Latina tienen también la necesidad de defender sus tesis revolucionarias frente a las tesis leguleyescas, frente a las tesis reformistas, frente a las tesis politiqueras? 
Y es que a lo largo de este proceso las mismas luchas se han ido repitiendo en un período u otro, aunque —desde luego— no en las mismas circunstancias ni en el mismo nivel.
Martí se enfrenta a aquellas ideas.  Y se inicia la Guerra de 1895, guerra igualmente llena de páginas extraordinariamente heroicas, llena de increíbles sacrificios, llena de grandes proezas militares; guerra que, como todos sabemos, no culminó en los objetivos que perseguían nuestros antepasados, no culminó en el triunfo definitivo de la causa, aunque ninguna de nuestras luchas culminó realmente en derrota, porque cada una de ellas fue un paso de avance, un salto hacia el futuro.  Pero es lo cierto que al final de aquella lucha la colonia española, el dominio español, es sustituido por el dominio de Estados Unidos en nuestro país, dominio político y militar, a través de la intervención. 
Los cubanos habían luchado 30 años; decenas y decenas de miles de cubanos habían muerto en los campos de batalla, cientos de miles perecieron en aquella contienda, mientras los yankis perdieron apenas unos cuantos cientos de soldados en Santiago de Cuba.  Y se apoderaron de Puerto Rico, se apoderaron de Cuba, aunque con un statu quo diferente; se apoderaron del archipiélago de Filipinas, a 10 000 kilómetros de distancia de Estados Unidos, y se apoderaron de otras posesiones.  Algo de lo que más temían Martí y Maceo.  Porque ya la conciencia política y el pensamiento revolucionario se habían desarrollado tanto, que los dirigentes fundamentales de la Guerra de 1895 tenían ideas clarísimas, absolutamente claras, acerca de los objetivos, y repudiaban en lo más profundo de su corazón la idea del anexionismo; y no solo ya el anexionismo, sino incluso la intervención de Estados Unidos en esa guerra. 
Esta noche se leyó aquí uno de los párrafos más conocidos del pensamiento martiano, aquel que escribió vísperas de su muerte, que prácticamente es el testamento, en que le dice a un amigo el fondo de su pensamiento, una de las cosas por las que había luchado, aunque había tenido que hacerlo discretamente; una de las cosas que había inspirado su conducta y su vida, una de las cosas que en el fondo le inspiraba más júbilo, que era estar viviendo ya en el campo de batalla, en la oportunidad de dar su vida para “con la independencia de Cuba impedir que Estados Unidos se extendiese, apoderándose de las Antillas, por el resto de América con una fuerza más”. 
(…) Martí escribió con toda la fuerza de su elocuencia y fustigó duramente las corrientes anexionistas como las peores en el seno del pensamiento político de Cuba.  Y no solo Martí, sino Maceo asombra también a nuestra generación por la clarividencia, por la profundidad con que fue capaz de analizar también el fenómeno imperialista. 
Es conocido que en alguna ocasión, cuando un joven se acercó a Maceo para hablarle de la posibilidad de que la estrella de Cuba figurara como una más en la constelación de Estados Unidos, respondió que aunque lo creía imposible, ese sería tal vez el único caso en que él estaría al lado de España. 
Y también, como Martí, unos días antes de su muerte escribe con una claridad extraordinaria su oposición decidida a la intervención de Estados Unidos en la contienda de Cuba, y es cuando dice que “preferible es subir o caer sin ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso”.  Palabras proféticas, palabras inspiradas, que uno y otro de nuestros dos más caracterizados adalides de aquella Guerra de 1895 expresaron unos días antes de su muerte. 
Y todos sabemos cómo sucedieron los acontecimientos.  Cómo cuando el poder de España estaba virtualmente agotado, movido por ansias puramente imperialistas, el gobierno de Estados Unidos participa en la guerra, después de 30 años de lucha.  Con la ayuda de los soldados mambises desembarcan, toman la ciudad de Santiago de Cuba, hunden la escuadra del almirante Cervera, que no era más que una colección propia de museo, más que escuadra, y que por puro y tradicional quijotismo la enviaron a que la hundieran a cañonazos, sirviendo prácticamente de tiro al blanco a los acorazados americanos, a la salida de Santiago de Cuba.  Y entonces a Calixto García ni siquiera lo dejaron entrar en Santiago de Cuba.  Ignoraron por completo al Gobierno Revolucionario en Armas, ignoraron por completo a los líderes de la revolución; discutieron con España sin la participación de Cuba; deciden la intervención militar de sus ejércitos en nuestro país.  Se produce la primera intervención, y de hecho se apoderaron militar y políticamente de nuestro país. 
(…) ¿Qué nos dijeron en la escuela?  ¿Qué nos decían aquellos inescrupulosos libros de historia sobre los hechos?  Nos decían que la potencia imperialista no era la potencia imperialista, sino que lleno de generosidad el gobierno de Estados Unidos, deseoso de darnos la libertad, había intervenido en aquella guerra y que, como consecuencia de eso, éramos libres.  Pero no éramos libres por los cientos de miles de cubanos que murieron 30 años en los combates, no éramos libres por el gesto heroico de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, que inició aquella lucha, que incluso prefirió que le fusilaran al hijo antes de hacer una sola concesión; no éramos libres por el esfuerzo heroico de tantos cubanos, no éramos libres por la prédica de Martí, no éramos libres por el esfuerzo heroico de Máximo Gómez, Calixto García y todos aquellos próceres ilustres; no éramos libres por la sangre derramada por las veinte y tantas heridas de Antonio Maceo y su caída heroica en Punta Brava; éramos libres sencillamente porque Teodoro Roosevelt desembarcó con unos cuantos “rangers” en Santiago de Cuba para combatir contra un ejército agotado y prácticamente vencido, o porque los acorazados americanos hundieron a los “cacharros” de Cervera frente a la bahía de Santiago de Cuba. 
(…) Y tal vez tan pocas cosas nos puedan ayudar a ser revolucionarios como recordar hasta qué grado de infamia se había llegado, hasta qué grado de falseamiento de la verdad, hasta qué grado de cinismo en el propósito de destruir la conciencia de un pueblo, su camino, su destino; hasta qué grado de ignorancia criminal de los méritos y las virtudes y la capacidad de este pueblo —pueblo que hizo sacrificios como muy pocos pueblos hicieron en el mundo— para arrebatarle la confianza en sí mismo, para arrebatarle la fe en su destino. 
(…) ¿Con quiénes se concertaron los imperialistas en la intervención?  Se concertaron con los comerciantes españoles, con los autonomistas.  Hay que decir que en aquel primer gobierno de la república había varios ministros procedentes de las filas autonomistas que habían condenado a la revolución.  Se aliaron con los terratenientes, se aliaron con los anexionistas, se aliaron con lo peor, y al amparo de la intervención militar y al amparo de la Enmienda Platt empezaron, sin escrúpulos de ninguna índole, a amañar la república y a preparar las condiciones para apoderarse de nuestra patria. 
Es necesario que esta historia se sepa, es necesario que nuestro pueblo conozca su historia (…) es necesario revolver los archivos, exhumar los documentos para que nuestro pueblo, nuestra generación de hoy tenga una clara idea de cómo gobernaban los imperialistas, qué tipo de memorándums, qué tipo de papeles y qué tipo de insolencias usaban para gobernar a este país, al que se pretendía llamar país libre, independiente y soberano; para que nuestro pueblo conozca qué clase de libertadores eran esos, los procedimientos burdos y repugnantes que usaban en sus relaciones con este país, que nuestra generación actual debe conocer.  
(…) Y saben los hombres y mujeres de este país, sobre todo los de esta provincia donde se inició la lucha, donde siempre se combatió por la libertad del país, cómo fue aquello que de repente todo pasó de manos de los españoles a manos de los americanos.  Cómo fue aquello y por qué los ferrocarriles, los servicios eléctricos, las mejores tierras, los centrales azucareros, las minas y todo fue a parar a manos de ellos.  Y cómo se produjo aquel fenómeno.  
(…) Y cómo era posible que en esas tierras que regaron con su sangre decenas de miles de nuestros antepasados, decenas de miles de nuestros mambises; cómo era posible que en esa tierra regada por su sangre, el cubano en la república mediatizada no tuviera el derecho, no digo ya de recoger el pan, no tenía siquiera el derecho a derramar su sudor.  De manera que donde nuestros luchadores por la independencia derramaron su sangre por la felicidad de este país, sus hermanos, sus descendientes, sus hijos, no tenían siquiera el derecho de derramar el sudor para ganarse el pan. 
¿Qué república era aquella que ni siquiera el derecho al trabajo del hombre estaba garantizado? ¿Qué república era aquella donde no ya el pan de la cultura, tan esencial al hombre, sino el pan de la justicia, la posibilidad de la salud frente a la enfermedad, a la epidemia, no estaban garantizados? ¿Qué república era aquella que no brindaba a los hijos del pueblo —que dio cientos de miles de vidas, pero que dio cientos de miles de vidas cuando aquella población de verdaderos cubanos no llegaba a un millón; pueblo que se inmoló en singular holocausto— la menor oportunidad?  ¿Qué república era aquella donde el hombre no tenía siquiera garantizado el derecho al trabajo, el derecho a ganarse el pan en aquella tierra tantas veces regada con sangre de patriotas? 
Y nos pretendían vender aquello como república, nos pretendían brindar aquello como Estado justo.  Y en pocas regiones del país como en Oriente estas cosas se vivieron, estas experiencias se vivieron en carne propia; desde las decenas de miles de campesinos que tuvieron que refugiarse allá en las montañas hasta las faldas del Pico Turquino para poder vivir, a los hombres, a los trabajadores azucareros que vivieron o cuyos padres vivieron aquellos años terribles.  ¡Y qué porvenir esperaba a este país! 
Pero el hecho fue que los yankis se apoderaron de nuestra economía.  Y si en 1898 poseían inversiones en Cuba por valor de 50 millones, en 1906 unos 160 millones en inversiones, y 1 450 millones de pesos en inversiones en 1927. 
No creo que haya otro país donde se haya producido en forma tan increíblemente rápida semejante penetración económica, que condujo a que los imperialistas se apoderaran de nuestras mejores tierras, de todas nuestras minas, nuestros recursos naturales; que explotaran los servicios públicos, se apoderaran de la mayor parte de la industria azucarera, de las industrias más eficientes, de la industria eléctrica, de los teléfonos, de los ferrocarriles, de los negocios más importantes, y también de los bancos. 
(…) Se habían apoderado de todo con el apoyo de los anexionistas o neo-anexionistas, de los autonomistas, de los que combatieron la independencia de Cuba.  Con el apoyo de los gobiernos interventores se hicieron concesiones increíbles. 
(…) Y esa historia debe conocerla nuestro pueblo. 
No sé cómo es posible que habiendo tareas tan importantes, tan urgentes como la necesidad de la investigación en la historia de este país, en las raíces de este país, sin embargo, son tan pocos los que se han dedicado a esas tareas.  Y antes prefieren dedicar sus talentos a otros problemas, muchos de ellos buscando éxitos baratos mediante lectura efectista, cuando tienen tan increíble caudal, tan increíble tesoro, tan increíble riqueza para ahondar primero que nada y para conocer primero que nada las raíces de este país.  Nos interesa más que corrientes que por snobismo puro se trata de introducir en nuestra cultura, la tarea seria, la tarea necesaria, la tarea imprescindible, la tarea justa de ahondar y de profundizar en las raíces de este país. 
Y nosotros debemos saber, como revolucionarios, que cuando decimos de nuestro deber de defender esta tierra, de defender esta patria, de defender esta Revolución, hemos de pensar que no estamos defendiendo la obra de 10 años, hemos de pensar que no estamos defendiendo la revolución de una generación:  ¡Hemos de pensar que estamos defendiendo la obra de cien años! ¡Hemos de pensar que no estamos defendiendo aquello por lo cual cayeron miles de nuestros compañeros, sino aquello por lo cual cayeron cientos de miles de cubanos a lo largo de cien años!  
Con el advenimiento de la victoria de 1959, se planteó en nuestro país de nuevo —y en un plano más elevado aún— problemas fundamentales de la vida de nuestro pueblo.  Porque si bien en 1868 se discutía la abolición o no de la esclavitud, se discutía la abolición o no de la propiedad del hombre sobre el hombre, ya en nuestra época, ya en nuestro siglo, ya al advenimiento de nuestra revolución, la cuestión fundamental, la cuestión esencial, la que habría de definir el carácter revolucionario de esta época y de esta revolución, ya no era la cuestión de la propiedad del hombre sobre el hombre, sino de la propiedad del hombre sobre los medios de sustento para el hombre. 
(…) Y ciertamente no era más que una libertad ficticia.  Y no podía haber abolición de esclavitud si formalmente los hombres eran liberados de ser propiedad de otros hombres y en cambio la tierra y la industria —de la cual tendrían que vivir— eran y seguían siendo propiedad de otros hombres.  Y los que ayer esclavizaron al hombre de manera directa, en esta época esclavizaban al hombre y lo explotaban de manera igualmente miserable a través del monopolio de las riquezas del país y de los medios de sustentación del hombre. 
Por eso si una revolución en 1868 para llamarse revolución tenía que comenzar por dar libertad a los esclavos, una revolución en 1959, si quería tener el derecho a llamarse revolución, tenía como cuestión elemental la obligación de liberar las riquezas del monopolio de una minoría que las explotaba en beneficio de su provecho exclusivo, liberar a la sociedad del monopolio de una riqueza en virtud de la cual una minoría explotaba al hombre. 
(…) Si la esclavitud era una institución salvaje y repugnante, explotadora directa del hombre, el capitalismo era también igualmente una institución salvaje y repugnante que debía ser abolida.  Y si la abolición de la esclavitud era comprendida totalmente por las generaciones contemporáneas, también algún día las generaciones venideras, los niños de las escuelas, se asombrarán de que les digan que un monopolio extranjero —administrándolo a través de un funcionario insolente— era dueño de 10 000 caballerías de tierra donde allí mandaba como amo y señor, era dueño de vidas y de haciendas, tanto como nosotros nos asombramos hoy de que un día un señor fuera propietario de decenas y de cientos y aun de miles de esclavos. 
(…) Porque los pueblos muchas veces se acostumbran a ver cosas monstruosas sin darse cuenta de su monstruosidad, y se acostumbran a ver algunos fenómenos sociales con la misma naturalidad con que se ve aparecer la Luna por la noche o el Sol por la mañana o la lluvia o la enfermedad, y acaban por adaptarse a ver instituciones monstruosas como plagas tan naturales como las enfermedades. 
Y, claro está, no eran precisamente los privilegiados que monopolizaban las riquezas de este país quienes iban a educar al pueblo en estas ideas, en estos conceptos, quienes iban a abrirles los ojos, quienes iban a mandarles un alfabetizador, quienes iban a abrirles una escuela.  No eran las minorías privilegiadas y explotadoras las que habrían de reivindicar la historia de nuestro país, las que habrían de reivindicar el proceso, las que habrían de honrar dignamente a los que hicieron posible el destino ulterior de la patria.  Porque quienes no estuvieran interesados en la revolución sino en impedir las revoluciones, quienes no estuvieran interesados en la justicia sino en medrar y enriquecerse de la injusticia, no podrían estar jamás interesados en enseñar a un pueblo su hermosa historia, su justiciera revolución, su heroica lucha en pro de la dignidad y de la justicia.
(…) De manera que a esta generación le ha correspondido conocer las experiencias de la lucha, de las luchas en el campo de la ideología, la lucha contra los electoralistas defendiendo las legítimas tesis revolucionarias; le tocó conocer la lucha en sí, le tocó conocer las grandes batallas ideológicas después del triunfo de la Revolución, le tocó conocer las experiencias del proceso revolucionario, le tocó enfrentarse al imperialismo yanki, le tocó enfrentarse a sus bloqueos, a su hostilidad, a sus campañas difamantes contra la Revolución, y le tocó enfrentarse al tremendo problema del subdesarrollo. 
Debemos decir que la lucha se repite en diferente escala, pero también en diferentes condiciones.  En 1868 y en 1895 y durante 60 años de república mediatizada —o casi 60 años— los revolucionarios eran una minoría, los instrumentos del poder estaban en manos de los reaccionarios; los colonialistas, los autonomistas, tenían la fuerza, tenían el poder, hacían las leyes contra los revolucionarios.  Lo mismo ocurrió durante toda la lucha de 1895 y lo mismo ocurrió hasta 1959. 
Hoy nuestro pueblo se enfrenta a corrientes similares, a las mismas ideas reaccionarias revividas, a los nuevos intérpretes del autonomismo, del anexionismo; se enfrenta a los proimperialistas y a los imperialistas.  Pero se enfrenta en condiciones muy distintas. 
En 1868 los cubanos organizaron su gobierno en la manigua; había divisiones y discordias propias de todo proceso.  También ocurrieron cosas similares a lo largo de estos cien años.  Los heroicos luchadores proletarios en la república mediatizada —Baliño, Mella, Guiteras, Jesús Menéndez—, tenían que enfrentarse a los esbirros, a los explotadores asistidos de sus mayorales y sus guardias rurales, y caían abatidos por las balas asesinas en el exilio o en la propia tierra, en México o en El Morrillo o en Manzanillo, o desaparecían como tantos revolucionarios, como fue desaparecido Paquito Rosales, hijo de este pueblo. 
De estos cien años, durante noventa años la revolución no había podido abarcar todo el país, la revolución no había podido tomar el poder, la revolución no había podido constituirse en gobierno, la revolución no había podido desatar las fuerzas formidables del pueblo, la revolución no había podido echar a andar el país.  Y no es que no hubiese podido porque los revolucionarios de entonces fuesen menos capaces que los de hoy —¡no, de ninguna forma!—, sino porque los revolucionarios de hoy tuvieron el privilegio de recoger los frutos de las luchas duras y amargas de los revolucionarios de ayer.  Porque los revolucionarios de hoy encontramos un camino preparado, una nación formada, un pueblo realmente con conciencia ya de su comunidad de intereses; un pueblo mucho más homogéneo, un pueblo verdaderamente cubano, un pueblo con una historia, la historia que ellos escribieron; un pueblo con una tradición de lucha, de rebeldía, de heroísmo.  Y a la actual generación le correspondió el privilegio de haber llegado a la etapa en que el pueblo al fin, al cabo de 90 años, se constituye en poder, establece su poder (…)  
Y por eso, en esta ocasión se constituye el poder del pueblo, el genuino poder del pueblo y por el pueblo; no el poder frente al pueblo y contra el pueblo, que había sido el poder conocido durante más de cuatro siglos, desde la época de la colonia, desde que los españoles en las cercanías de este sitio quemaron vivo al indio Hatuey hasta que los esbirros de Batista, vísperas de su derrota, asesinaban y quemaban vivos a los revolucionarios.  Era por primera vez el poder frente a los monopolios, frente a los intereses, frente a los privilegios, frente a los poderosos sociales.  Era el poder frente al privilegio y contra el privilegio, era el poder frente a la explotación y contra la explotación, era el poder frente al colonialismo y contra el colonialismo, el poder frente al imperialismo y contra el imperialismo.  Era por primera vez el poder con la patria y para la patria, era por primera vez el poder con el pueblo y para el pueblo.  Y no eran las armas de los mercenarios, no eran las armas de los imperialistas, sino las armas que el pueblo arrebató a sus opresores, las armas que el pueblo arrebató a los gendarmes y a los guardianes de los intereses del imperialismo, que pasaron a ser sus armas; pueblo que pasó a ser un ejército.  Tuvo esta generación por primera vez la oportunidad de comenzar a trabajar desde ese poder nuevo, desde ese poder revolucionario y extendido a todo el país. 
Lógicamente, los enemigos de clase, los explotadores, los oligarcas, los imperialistas, que poseían 1 450 millones, no podían estar con ese poder, tenían que estar contra ese poder.  Los politiqueros, los botelleros, los parásitos de toda índole, los especuladores, los explotadores del juego, del vicio, los propagadores de la prostitución, los ladrones, los que se robaban descaradamente el dinero de los hospitales, de las escuelas, de las carreteras, los dueños de decenas de miles de caballerías de las mejores tierras, de las mejores fábricas, los explotadores de nuestros campesinos y de nuestros obreros, no podían estar con ese poder sino contra ese poder. 
Y desde entonces el pueblo en el poder desarrolla su lucha, no menos difícil, no menos dura, frente al imperialismo yanki y contra el imperialismo yanki, el más poderoso país imperialista, el gendarme de la reacción en el mundo.  Poder acostumbrado a destruir gobiernos, a destruir gobiernos que insinuaban un camino de liberación, derrocarlos mediante golpes de Estado o invasiones mercenarias, destruir los movimientos políticos mediante represalias económicas, se ha estrellado toda su técnica, todos sus recursos, todo su poderío se ha estrellado contra la fortaleza de la Revolución. 
(…) ¿Y qué otra cosa hizo Martí para hacer la revolución sino organizar el partido de la revolución, organizar el partido de los revolucionarios?  ¡Y había un solo partido de los revolucionarios!  Y los que no estaban en el partido de los revolucionarios estaban en el partido de los españoles colonialistas o en el partido de los anexionistas o en el partido de los autonomistas. 
Y así también hoy el pueblo, con su partido que es su vanguardia, armado de las más modernas concepciones, armado de la experiencia de cien años, habiéndose desarrollado al máximo grado la conciencia revolucionaria, política y patriótica, ha logrado vencer sobre vicios seculares y constituir esta unidad y esta fuerza de la Revolución. 
La Guerra de los Diez Años, como decía Martí, no se perdió porque el enemigo nos arrancara la espada de la mano, sino porque dejamos caer la espada.  Después de diez años de lucha, enfrentados al imperialismo, ¡ni el imperialismo ha podido arrebatarnos la espada ni nuestro pueblo unido dejará jamás caer la espada! 
Esta Revolución cuenta con el privilegio de llevar con ella y contar como parte de ella al pueblo revolucionario, cuya conciencia se desarrolla y cuya unidad es indestructible.  Unido el pueblo revolucionario, armado de las concepciones más revolucionarias, del patriotismo más profundo —que la conciencia y el concepto internacionalista no excluye ni mucho menos el concepto del patriotismo—, patriotismo revolucionario, perfectamente conciliable con el internacionalismo revolucionario, armado con esos recursos y con esas circunstancias favorables, será invencible.
(…) Conmemoramos este aniversario, este centenario, estos cien años, no en beatífica paz, sino en medio de la lucha, de amenazas y de peligros.  Pero nunca como hoy hemos estado conscientes, nunca como hoy para nosotros las cosas han sido tan claras. 
Esta generación no solo se ha de concretar a haber culminado una etapa, a haber llegado a objetivos determinados, a poder presentar hoy una meta cumplida, una tarea histórica realizada:  una patria libre, verdaderamente libre; una revolución victoriosa, un poder del pueblo y para el pueblo; sino que esta Revolución tiene que defender ese poder, porque los enemigos no se resignarán fácilmente, el imperialismo valiéndose de sus recursos no nos dejará en paz.  Y el odio de los enemigos crece a medida que la Revolución se fortalece, a medida que sus esfuerzos han sido inútiles. 
(…) El estudio de la historia de nuestro país no solo ilustrará nuestras conciencias, no solo iluminará nuestro pensamiento, sino que el estudio de la historia de nuestro país ayudará a encontrar también una fuente inagotable de heroísmo, una fuente inagotable de espíritu de sacrificio, de espíritu de lucha y de combate. 
Lo que hicieron aquellos combatientes, casi desarmados, ha de ser siempre motivo de inspiración para los revolucionarios de hoy; ha de ser siempre motivo de confianza en nuestro pueblo, en su fuerza, en su capacidad de lucha, en su destino; ha de darle seguridad a nuestro país de que nada ni nadie en este mundo podrá derrotarnos, nada ni nadie en este mundo podrá aplastarnos, ¡y que a esta Revolución nada podrá vencerla! 
Porque este pueblo, igual que ha luchado cien años por su destino, es capaz de luchar otros cien años por ese mismo destino.  Este pueblo lo mismo que fue capaz de inmolarse más de una vez, será capaz de inmolarse cuantas veces sea necesario. 
Esas banderas que ondearon en Yara, en La Demajagua, en Baire, en Baraguá, en Guáimaro; esas banderas que presidieron el acto sublime de libertar la esclavitud; esas banderas que han presidido la historia revolucionaria de nuestro país, no serán jamás arriadas.  Esas banderas y lo que ellas representan serán defendidas por nuestro pueblo hasta la última gota de su sangre. 
Nuestro país sabe lo que fue ayer, lo que es hoy y lo que será mañana.  Si hace cien años no podíamos decir que teníamos una nacionalidad cubana, un pueblo cubano; si hace cien años éramos los últimos de este continente...  Un día la prensa insolente de los imperialistas, en vida de Martí, calificó al pueblo cubano de pueblo afeminado, con el más increíble desprecio, argumentando entre otras cosas los años que había padecido la dominación española, demostrando con ello una increíble ignorancia acerca de los factores históricos y sociales que hacen a los pueblos y de las condiciones de Cuba, y que motivaron una respuesta de Martí en singular artículo llamado “Vindicación de Cuba”. 
Bien:  podían todavía en 1889 alegar esos insultos contra la patria, ignorando sus heroísmos, su desigual y solitaria lucha; podían decirnos que éramos los últimos.  Y es cierto y no por culpa de esta nación.  No podía culparse de algo a la nación que no existía, al pueblo que no existía como tal pueblo.  Pero la nación que existe desde que surgió la vida con la sangre de los que aquí se alzaron el 10 de Octubre de 1868, el pueblo que se fundó en aquella tradición, el pueblo que inició su ascenso en la historia, que inició el desarrollo de su pensamiento político y su conciencia, que tuvo la fortuna de contar con aquellos hombres extraordinarios como pensadores y como combatientes, ya no podrá decir hoy nadie que es el último.  Ya no somos solo el pueblo que hace cien años abolió la esclavitud; ya no somos el último en abolir la esclavitud, es decir, la propiedad del hombre sobre el hombre; ¡somos hoy el primero en este continente en abolir la explotación del hombre sobre el hombre!  
Fuimos el último en comenzar, es cierto, pero hemos llegado tan lejos como nadie.  Hemos erradicado el sistema capitalista de explotación; hemos convertido al pueblo en dueño verdadero de su destino y de sus riquezas.  Fuimos el último en librarnos de la colonia, pero hemos sido los primeros en librarnos del imperio.  Fuimos los últimos en librarnos de un modo de producción esclavista; los primeros en librarnos del modo de producción capitalista, y con el modo de producción capitalista de su podrida estructura política e ideológica.  Hemos echado abajo las mentiras con que pretendieron engañarnos durante tantos años.  Estamos reivindicando y restableciendo la verdad de la historia.  Hemos recuperado nuestras riquezas, nuestras minas, nuestras fábricas, nuestros bosques, nuestras montañas, nuestros ríos, nuestra tierra. 
Y en esa tierra que se regó tantas veces con sangre de patriotas, se riega hoy el sudor honesto de un pueblo; que de esa tierra, con ese sudor de su frente, con esa tierra conquistada con la sangre de sus hijos, sabrá ganarse honradamente el pan que nos quitaban de la mano y de la boca. 
Somos hoy la comunidad humana de este continente que ha llegado al grado más alto de conciencia y de nivel político:  ¡Somos el primer Estado socialista!  Los últimos ayer; ¡los primeros hoy en el avance hacia la sociedad comunista del futuro!, la verdadera sociedad del hombre para el hombre, del hombre hermano del hombre. 
Y ya no solo luchamos por erradicar los vicios y las instituciones que tienen una relación negativa del hombre con los medios de producción, sino que tratamos de llevar la conciencia del hombre a su grado más alto.  Ya no solo la lucha contra las instituciones que esclavizaban al hombre, sino contra los egoísmos que esclavizan todavía a muchos hombres, contra los individualismos que apartan a algunos hombres de la fuerza de la colectividad.  Es decir, ya no solo pretendemos librar al hombre de la tiranía que las cosas ejercían sobre el hombre, sino de ideas seculares que todavía tiranizan al hombre. 
Por eso podemos afirmar que desde el 10 de Octubre de 1868 hasta hoy, 1968, el camino de nuestro pueblo ha sido un camino interrumpido de avance, de grandes saltos, rápidos avances, nuevas etapas de avance y nuevas etapas de avance. 
Tenemos sobrados motivos para contemplar esta historia con orgullo.  Tenemos sobrados motivos para comprender esa historia con profunda satisfacción.  Nuestra historia cumple cien años.  No la historia de la colonia, que tiene más; ¡la historia de la nación cubana, la historia de la patria cubana, la historia del pueblo cubano, de su pensamiento político, de su conciencia revolucionaria! 
Largo es el trecho que hemos avanzado en estos cien años y larga también la voluntad y la decisión de seguir adelante ininterrumpidamente.  Inconmovible el propósito de seguir construyendo esa historia hermosa, con más confianza que nunca, con más trabajo que nunca, con más tareas por delante que nunca:  enfrentándonos al imperialismo yanki, defendiendo la Revolución en el campo que sea necesario; enfrentándonos al subdesarrollo para llevar adelante todas las posibilidades de nuestra naturaleza, para desplegar plenamente todas las energías de nuestro pueblo, todas las posibilidades de su inteligencia.
Y estas serán las tareas:  defender la Revolución frente al imperialismo, profundizar nuestras conciencias en la marcha hacia el futuro, fortalecer nuestro pensamiento revolucionario en el estudio de nuestra historia, ir hacia las raíces de ese pensamiento revolucionario, y llevar adelante la batalla contra el subdesarrollo. 
(…) Por eso hoy nosotros, los revolucionarios de esta generación, nuestro pueblo revolucionario puede sentir esa íntima y profunda satisfacción de estarles rindiendo a Céspedes, a los luchadores por nuestra independencia, el único tributo, el más honesto, el más sincero, el más profundo:  ¡el tributo de un pueblo que recogió los frutos de sus sacrificios, y al cabo de cien años les rinde este tributo de un pueblo unido, de un poder del pueblo, de un pueblo consciente, y de una revolución victoriosa dispuesta a seguir indoblegablemente, firmemente e invenciblemente la marcha hacia adelante! 

 

Notas:
[1] El texto íntegro de este discurso puede consultarse aquí.
[2] Discurso pronunciado el 13 de marzo de 1965.