Cartas a Elpidio Félix Varela

PRÓLOGO

 

Las Cartas a Elpidio no contienen una defensa de la religión, aunque, por incidencia, se prueban en ellas algunos de sus dogmas. Mi objeto sólo ha sido, como anuncia el título, considerar la impiedad, la superstición y el fanatismo en sus relaciones con el bienestar de los hombres, reservándome para otro tiempo presentar un tratado polémico sobre esta importante materia. No creo haber ofendido a ninguna persona determinada, pero no ha sido posible prescindir de dar algunos palos a ciertas clases. Quisiera que hubieran sido más flojos; pero estoy hecho a dar de recio, y se me va la mano.

 

Aunque puede decirse que cada tomito forma una obra separada, he creído conveniente presentarlos como partes de una sola, por la relación que entre sí tienen. Como mi objeto no es exasperar, sino advertir, quedarán inéditos el segundo y tercer tomos, si por desgracia no tiene buena acogida el primero; y éste deberá, entonces, considerarse como una obra separada.

 

Preveo que este avechucho puede acarrearme algunos enemigos, pero ya es familia a cuyo trato me he habituado, pues hace tiempo que estoy como el yunque, siempre bajo el martillo. Vivo, sin embargo, muy tranquilo; pues, como escribía yo a un amigo, el tiempo y el infortunio han luchado en mi pecho, hasta que convencidos de la inutilidad de sus esfuerzos, me han dejado en pacífica posesión de mis antiguos y nunca alterados sentimientos.

 

[F. V.]

 

Carta Tercera


Causas de la impiedad

 

Investigando, querido amigo, las causas de la impiedad, creo poder reducirlas a dos clases bien distintas. Unas están en el corazón humano y otras son fruto del entendimiento.
 

Es el vicio como un cáncer que hace insensibles las partes de que se apodera, y de aquí la indiferencia con que oye el criminal los consejos de la sabiduría, y lo poco que se cuida de los ejemplos de la virtud. Llegan sin embargo, a serle importunos y quiere verse libre de ellos; mas advirtiendo que es imposible conseguirlo sin destruir la religión, se declara su enemigo sin examinarla. No cree necesario este trabajo, pues se halla resuelto a no perder unos placeres que no pueden ser compensados por los sentimientos virtuosos, para los cuales falta, o es muy débil, su sensibilidad. El hábito de resistir los remordimientos llega a hacerlos mucho, menos eficaces; y juzgando de su naturaleza por sus efectos, empieza el hombre a sospechar que su origen es quimérico. He aquí el primer paso a la impiedad.
 

Atrévese el vicioso a hacer frente a la virtud, que antes sólo había desatendido, y su osadía le conduce muy pronto al templo de una pomposa ignorancia que usurpa el nombre de filosofía. Hállanse en éste los ídolos que su corrompido corazón adora y que han tomado nombres sacrosantos, como para hacer un homenaje a la verdad en el mismo atentado del engaño. Llámase, Elpidio, “el templo de la razón”, sólo porque en él se halla aprisionada; y a su vista se ofrecen inciensos al monstruo de la impiedad, usurpador inicuo de su augusto trono. Muy pronto se ve el vicioso en el número de estos necios idólatras, y cree estarlo en el de los filósofos.
 

Desde este momento cesa de pensar y se entrega a un dogmatismo impío, sólo por sacudir el religioso. La analogía entre sus nuevas ideas y los sentimientos de su corazón, es un gran argumento en favor de aquéllas, y llegando el hombre a querer ser impío consigue serlo. Empieza a desechar como malos pensamientos las ideas de religión, y teme entrar en su examen, por no exponerse a perder el delicioso estado en que se encuentra. Lo repito, mi caro Elpidio, es un dogmático impío, al par que ridiculiza los dogmas de la santa religión, y se halla encadenado por la impiedad, como el creyente por la fe divina. Pero ¡qué diferencia entre estas cadenas! Un Ser infinitamente sabio y justo manifiesta sublimes verdades por signos indudables, por obras cuyo origen no puede ser el poder creado, y dada esta razón suficiente, exige una creencia la más racional por ser la más fundada. Desde este momento, no pueden presentarse sino evidentemente falsas las ideas contrarias a estas doctrinas evidentemente ciertas, y un hombre de sano juicio, un verdadero filósofo puede y debe creer sin repugnancia; considerándose más libre que nunca, pues lo está de caer en error, y adora la providencia de un Dios de bondad, que le advierte los precipicios en que hubiera perecido.
 

¡Qué distinta es la situación del impío! Niega, porque no comprende; y convencido por mil experiencias de que no puede comprenderlo todo y que es muy poco lo que entiende, su razón, a pesar suyo, clama y le avisa que es vano el fundamento de su incredulidad, y para mortificar su soberbia le recuerda que es ignorante. Quéjase de las trabas que pone a su entendimiento la religión benéfica, como un niño que se queja de la severidad de su cariñosa madre, que no le permite correr hacia un derriscadero; y para completar su demencia, consiente que la impiedad le prive de todo guía, y que entregado a sí mismo, le oscurezca con una nube de pasiones desarregladas y le invite a correr sin precaución. ¡Que pesadísimas cadenas, mi amado Elpidio, las que agobian y fijan contra la tierra un espíritu emanación del cielo!
 

Sin embargo, los destellos de la luz divina iluminan a veces esta oscura cárcel y sus horrores se presentan con toda claridad; pero no pudiendo sufrirla, los ojos del impío se cierran por debilidad que él llama naturaleza, y elevando la soberbia una nube de las más desarregladas pasiones restablece la amada oscuridad, y vuelve con ella el funesto reposo. Forma entonces nuevos planes y toma nuevos recursos para impedir la entrada a esta luz importuna, que interrumpe el agradable sueño de sus placeres, y se declara enemigo de todo el que atente a introducirla. Sí, querido Elpidio, de aquí viene el odio que tienen los impíos a las personas religiosas, cuya existencia los alarma, al paso que las miran con el más desprecio. Creen que serían felices, si esta luz fatua de la religión dejase de perturbarlos, y si una multitud de ilusos no se empeñase en difundirla. Para engañarse a sí mismos de un modo más plausible, consideran como efecto de una mala educación, y de los hábitos adquiridos desde la infancia, el descontento y los remordimientos que a veces los agitan; y entrando en lucha con su corazón, hacen que fatigado ceda y se tranquilice. Bien conocen que no puede dar esta tranquilidad si no se evita la reflexión, y de ahí el empeño en distraerse y la vida ligera que pasan la mayor parte de estos pretendidos filósofos. Es preciso divertirse en la prisión y el mejor medio es figurarse que no existe, sino que por el contrario, es el alcázar de la libertad.
 

Sigamos los pasos de este infeliz esclavo de las pasiones, y nos compadeceremos más y más de su miserable situación. Adquiere una especie de irritabilidad, que es excitada por la más ligera causa, y de aquí proviene que su entendimiento jamás se halla en estado de discutir con calma y acierto. Experimenta un furor continuo, que produce todo su efecto luego que no es mitigado por una ligereza y aun chocarrería la más ridícula; y como no le es posible conseguir sus fines, vive en un estado lastimoso. La obstinación toma el lugar de la prudencia, y de este modo, queda radicada la impiedad. No hay duda, Elpidio, este horrible crimen no se presenta con toda su deformidad a la vista del impío; porque éste se encuentra siempre en un estado brutal que él llama filosófico, quiero decir, en una apatía, fruto de la insensibilidad de que ya he hablado, o en una agitación frenética que le convierte en un loco respetado. Es, pues, un mármol, o una fiera, y por consiguiente, sólo sirve, o para monumento de ignorancia, o para ejemplo de furia. Bien conoces que llegando a ser habituales aunque alternativamente interrumpidos estos lamentables estados del espíritu, deben alejar la piedad como

también la ciencia.
 

Sin duda, me responderás que hay sabios impíos, y que por tanto mi observación es infundada. Examinemos este punto, mi caro amigo, y no me acuses de animosidad, pues mi alma está libre de ella, y poseída sólo por un sentimiento de aprecio y compasión hacia una gran multitud de mis semejantes, que sufren la más peligrosa enfermedad, que es la que se presenta como un estado de salud perfecta. Sabes que una ciencia no es un conjunto de conocimientos varios, y aun opuestos, sin orden ni enlace; antes bien, debe formar un hermosísimo cuadro, donde la verdad está representada con colores vivos y durables, que causan gran placer sin atormentar la vista. Por este motivo no pertenecen a las ciencias las disputas, antes se suscitan por falta de ellas, y sólo sirven como materiales brutos, puestos a prueba, para ver si pueden usarse en el gran edificio. Recordando estas nociones, examina las obras de los impíos y verás que nada hay fijo sino la constante aserción de impiedad, como podría un loco repetir su ·tema. Observarás que no serán tan acordes entre sí, ni consigo mismos sobre ningún punto; que sus escritos son un tejido de disputas, o de negociaciones, signos evidentes de la ignorancia: La verdad, sin embargo, les viene a los labios, y con frecuencia dicen que nada se sabe, haciéndose tan ridículos como los antiguos pirrónicos. De aquí resulta, mi amigo, la gran diferencia que se observa entre las obras de los impíos sobre ciencias naturales y las que tratan de religión. En aquéllas observarás más orden y solidez que en éstas, porque no tocan la tecla de la locura, y así dan tiempo a una tranquila meditación. Mas el hábito de delirar sobre materias religiosas, les hace perder mucho tiempo a los impíos, aun en las que no lo son, y así verás que entre los célebres filósofos y matemáticos se encuentran muy pocos impíos. Aunque ya es ridículo hablar de Voltaire, permíteme que lo cite para recordarte que pobre cosa es su Filosofía de Newton, sembrada de cuando en cuando de muy buenos disparates y sin contener nada que indique sino unos conocimientos muy superficiales en la materia. Los que han perdido el tiempo, y algo más, en la lectura de sus obras, no habrán encontrado cosa alguna que pruebe gran instrucción en las ciencias naturales, ni en otros ramos, sino literatura (no muy rica), y en el funestísimo de la difusión del pirronismo y de la impiedad.
 

No creas que es mi ánimo disminuir el aprecio en que tienen muchos las obras literarias de los impíos. Poco importa el engaño sobre esta materia, y en cuanto a Voltaire yo podría referirme al buen Pirrón, que era tan malo o peor que él; pero a quien, sin embargo, hizo un acto de justicia al despojarlo del fatuo esplendor que le adquirió su estudiada y violenta agudeza, y la redujo a la línea de los genios medianos, aunque en el rango de los más soberbios. Pero dejando aparte del mérito científico, real o fingido, de los que por desgracia, son víctimas de la impiedad, me limitaré a observar que ella se radica por este mismo medio; cuya idea es siempre exagerada, en el entendimiento del impío, por los impulsos y deleite de una vana gloria. He aquí nuevas cadenas; he aquí, mi amigo, un obstáculo para la verdadera ilustración, que siempre es fruto de la imparcialidad. Nada gusta sino lo que aumenta este pretendido mérito, y como el hombre rara vez contempla con detenimiento los objetos que no le agradan, resulta necesariamente una aversión al estudio de las máximas religiosas, y un deleite en los sofismas con que son impugnadas.
 

Da, pues, el impío un paso, el más imprudente en la carrera de sus atentados, y se atreve a asegurarnos que sólo hay placer en la impiedad y que son quiméricos los encantos de la virtud; que el bienestar de los hombres es irreconciliable con las privaciones que ha inventado la religión; y poco a poco va enajenándose, siguiendo estas ideas, hasta que, semejante a un sonámbulo, corre por todas partes sin advertir él mismo, ni tampoco los que le rodean, el sueño que le ocupa y las monstruosas imágenes que forma su extraviado entendimiento. Necesítase, pues, un gran estímulo para sacarle de este ridículo y lastimoso estado; y como no es posible encontrar este eficaz agente sino en la misma religión que él desprecia, llega su mal a ser incurable, por no consentir la aplicación del remedio.
 

En tan lamentables circunstancias suele producirse un efecto no menos perjudicial que la indiferencia o el furor: hablo, Elpidio, de la opresora tristeza. No ignoras el fatal influjo de esta pasión en la moral, y así no dudo que convendrás conmigo en que no puede avenirse con la verdadera piedad, que es la fuente más pura de alegría. Prodúcese la tristeza del impío no sólo por la incertidumbre de su suerte, sino por la falta del que podemos llamar sustento del espíritu, esto es, la adquisición de la verdad. Llega a fastidiarse el incrédulo de sus mismas impiedades, y no se cree feliz, porque no encuentra la verdad; sin que baste a satisfacerle el demostrar (allá, a su modo) que los otros no la han encontrado. Mas observa, Elpidio, la diferencia entre la tristeza que a veces asalta al justo y la que se apodera del impío, y conocerás claramente el origen de ambas.
 

Cede el justo a uno de los afectos de la naturaleza humana y se entrega a la tristeza, pero sólo para que le sirva de amparo y de barrera que le obligue a retroceder con más prontitud, y sin repugnancia, de los límites de la región del infortunio, que es el siglo corrompido, la deliciosa de la paz que es su corazón. Sí, mi amigo, parece que el alma del justo, disgustada por la horrorosa vista del crimen y del conjunto de las miserias humanas, retrocede, y conservando una santa, firmeza vuelve inalterable a entregarse en los brazos de un Dios de consuelo, que jamás podrán robarle sus más encarnizados enemigos. Hállase el justo ratificado más que nunca en una santa alegría al ver que la conserva en medio de las tribulaciones; y que éstas son para su alma como los vestidos respecto del cuerpo, que pueden desfigurarle, mas no alterar su naturaleza, ni privarle de su robustez. Sirve para aumentar su impiedad, y como oprobio de la naturaleza, ratificarle en ella. Nada hay en su corazón que pueda consolarle, pues de él mismo provino la tristeza; el mundo nada le ofrece, y hallando por todas partes un gran vacío, fúndase en este hecho como en una prueba de experiencia, ratifícase en su idea, sin advertir su delirio, y cree que su impiedad es el resultado de una demostración más correcta. No se contenta ya con decir que ignora; no presenta ya dudas, sino que con un tono decisivo afirma que todos son unos fanáticos que viven de ficciones. He aquí radicada la impiedad por la tristeza.
 

Otra fuente de impiedad es el placer que causan a un espíritu malévolo el sarcasmo y la invectiva. Como los objetos religiosos nada tienen de común con los mundanos, y se hallan además rodeados de una noche misteriosa, dan materia a un truhan para mil anécdotas burlas y cuchufletas, que el mismo cree injustas, pero que le divierten sobremanera, y mucho más si percibe que han producido el efecto intentado. Llegan algunos a adquirir este hábito maligno, y a la manera de niños traviesos e incorregibles, no pierden ocasión de mortificar a los devotos con alguna mofa o calumnia ridícula. Suelen éstos corresponder también con burlas, que lejos de convencer al impío, sólo sirven para exasperarlo; y he aquí un gran incentivo para la impiedad y un obstáculo casi insuperable para una justa libertad filosófica. Bien se echa de ver que esta clase de impíos lo son más por venganza que por sistema; pero, sin embargo, llegan a serles tan familiares estas ideas, que al fin las adoptan sin examinarlas. Encuéntranse siendo verdaderamente impíos habiendo empezado sólo por ser chocarreros. La juventud propende mucho a esta clase de impiedad, por ser más análoga a su carácter, y así es que suelen algunos jóvenes corregirse de este vicio cuando llegan a edad de más reflexión. Sin embargo, estos casos no son muy comunes, y regularmente se observa que el hábito de la impiedad, que no puede tener otro nombre, continúa produciendo sus funestos efectos toda la vida, a menos que por un extraordinario efecto de la divina gracia no se produzca una conversión, la más difícil, por ser la más radicada enfermedad.
 

Entremos en la consideración de otro género de causas de impiedad, que podremos llamar ideológicas, porque están en el entendimiento, y sólo producen en el corazón una dureza para recibir los sentimientos religiosos, mas no un afecto a los criminales de otra clase. Por lo regular todos los impíos son inmorales; mas a veces se observa el extraordinario fenómeno de hombres de una vida arreglada, o no escandalosa por lo menos, que, sin embargo, son irreligiosos. Estos ejemplos son funestísimos, y acaso producen más daños que las relaciones de otros impíos pues sirven de escudo al crimen que pretende siempre defenderse .y probar que no es causa de la impiedad. ¡Qué horrendo es este monstruo, cuando hasta el mismo crimen se sonroja de haberle dado el ser, y finge desconocerlo!
 

Advierte, querido Elpidio, que en el sistema moral hay dos especies de influjos, que a la manera de los vientos dan diversa dirección a los afectos. Cuando tienen por causa la sensibilidad y empiezan en el corazón del que se apoderan; aunque son ·hechuras, levantan una nube que oscurece el entendimiento, quedando ellos perfectamente libres para impeler al hombre a que se entregue a los placeres criminales, y he aquí formado un impío disoluto. Mas otras veces empieza la impiedad por combinaciones de ideas antes de haberse producido, o por lo menos radicado afecto alguno, y entonces causan un alucinamiento que impide percibir las cosas abstractas y los seres espirituales; mas no los materiales, ni aquellos principios que podemos llamar de moral pública, sostenidos no sólo por las leyes, sino por la opinión. Hallándose aún libre de fuertes pasiones, puede el espíritu gobernarse en cuanto a lo que percibe, mas no puede respecto de lo que no alcanza, ni a lo que erróneamente ha establecido como verdad indudable. Resulta, pues, una impiedad acompañada de cierta justicia social y de un honor que se resiente del más leve ataque y aun del más ligero desdén de la opinión pública. Estos impíos son creyentes prácticos sin advertirlo y nunca se han despojado de unos sentimientos que, sin las ideas religiosas serían unas honradas simplezas; pues, como ya he anotado en mi carta anterior, el hombre que sin creer se sujeta a los mandatos de la opinión y de la virtud, pudiendo infringirlos impunemente, es un necio el más ridículo; puesto que entrega él mismo a sus enemigos las armas con que deben destruirlo, quiero decir, los medios de convencerle de su necesidad , si sus sentimientos son ingenuos, o de su perfidia si son fingidos.
 

Mas, ¿cuáles son, me dirás, esas combinaciones de ideas que conducen a la impiedad? Todas las que forman un sistema religioso. La religión, amado Elpidio, no es un sistema, porque no es obra del hombre, y aunque es cierto que puede sistematizarse, no lo es que se pueda sujetar necesariamente a estos planes puramente humanos. Los dogmas no se derivan unos de otros como las verdades geométricas y no se pueden establecer principios cuya aplicación nos descubra los misterios. Adviértese solamente una conveniencia entre los dogmas, que basta para probar que no hay repugnancia entre ellos, pero nunca se puede llegar a su demostración por medios puramente naturales. Sabida, por ejemplo, la existencia de Dios, no puede inferirse la idea de la Trinidad; y conocida ésta, tampoco se puede inferir la idea de la Encarnación, ni dada esta idea se puede deducir la de los Sacramentos. Parece, mi caro Elpidio, que siendo la religión una parte de la ciencia divina no es discursiva, pues sabes muy bien que teniendo Dios todas las cosas presentes, no discurre, lo cual es sólo propio de las criaturas que ignoran y así necesitan aprender, deduciendo unas verdades de otras. En el hombre no puede formar de la religión una ciencia de evidencia como en Dios; sólo tiene la certeza y carácter científico el más sublime, por la evidencia de la infalibilidad del principio de que procede. Resulta, pues, que respecto de nosotros la religión un conjunto de hechos y nada más. Por consiguiente, la formación de sistemas religiosos es obra puramente humana, y cuando se pretende darla el carácter divino induce a la infidelidad, por hallarse frecuentemente en contradicción abierta con los hechos. Corre esta religión humana el riesgo de todos los sistemas, y ya sabes que no hay uno libre de graves dificultades. La verdadera religión no admite duda o disputa alguna; pues si no se cree en Dios, no hay que hablar de religión, y si se cree en Dios, no hay que hablar de dudas. Siempre he dicho que los infieles que no son ateos son unos tontos y que los ateos son unos brutos. Esta tontería y esta brutalidad no son muy perceptibles para los míseros que padecen tantos males, porque su objeto no se sujeta a los sentidos, y no tiene término de  comparación. De aquí resulta la gran dificultad de convencer a uno de estos impíos que podremos llamar morales, por no hallarse encenagados en los vicios groseros y perceptibles que degradan a otros incrédulos. Empiezan por alucinarse creyendo que su buena moral es indicio de la rectitud de sus principios y tienen por efecto de preocupación o de una ridícula animosidad cuantos esfuerzos se hacen para convencerlos. El impío corrompido tiene un estímulo continuo para salir de su impiedad por el testimonio de su conciencia y la fuerza de los argumentos sensibles que se oponen a su conducta; pero el que sólo comete un error intelectual, es un enfermo mucho más grave, porque nada puede excitarlo.
 

No advierten los incrédulos, querido amigo, que si la religión pudiese ser el fruto de sus discursos, no podría tener más autoridad que la suya; la cual a ellos mismos no les satisface; y que la prueba más evidente del divino origen de nuestro dogma es esa misma incomprensibilidad, de que tanto se lamentan.
 

Observa, Elpidio, que entre estos impíos dotados de virtudes cívicas, hay unos que sólo dicen que no pueden creer, mas no atinan ellos mismos a dar razón de su incredulidad; pero hay otros que presentan infinitas dificultades y tienen a la mano mil respuestas a todos los argumentos en favor de la religión. La diferencia de esta conducta prueba la diversidad de su causa. Niegan unos porque no perciben y otros porque han formado ideas erróneas; pero en ambos casos proviene el mal de una equivocación funestísima que consiste en suponer que no se debe afirmar lo que no se puede percibir con toda claridad, y que por consiguiente la misma naturaleza del misterio induce a negar su existencia, o por lo menos a un prudente escepticismo. ¡Cuántos males ha causado este raciocinio al parecer tan fundado, y qué absurdo es si lo analizamos con imparcialidad! Reflexiona, querido amigo, y verás que es un sofisma el más ridículo. No hay duda que sólo se debe afirmar lo que se percibe, ni podría el hombre hacer otra cosa aunque quisiera, a menos que no hablase como un delirante, sin saber lo que dice; pero esta verdad innegable se aplica malamente cuando se refiere a la naturaleza de los misterios y no a su existencia. Percibe el entendimiento la posibilidad de unos hechos superiores a su capacidad, y después también percibe la existencia de tales hechos, convencidos por pruebas que percibe claramente; y así es que nunca afirma sino lo que sabe; mas, en cuanto a la naturaleza del objeto incomprensible, nada afirma como fruto de su estudio; por el contrario, confiesa su incapacidad. He aquí cómo todo proviene de una equivocación en aplicar un principio el más sólido, pero que, por la misma razón, alucina mucho más y es causa de errores más perniciosos.
Nos convenceremos mucho más de estas verdades si observamos que, de hecho, hasta los mismos incrédulos admiten misterios, aunque de distinta naturaleza. El argumento que voy a proponer es bien común pero muy poco meditado, y en consecuencia han dicho los impíos que no es más que un refugio de la religión para escaparse de ser puesta en claro por la brillante luz de la filosofía. De este modo, se han esparcido las más densas tinieblas bajo el pretexto de difundir la ilustración y rectificar la moral. Sean, pues, el buen sentido y la imparcialidad los jueces, y yo no dudo que convencerán a un verdadero filósofo las siguientes reflexiones.

 

El hombre es un misterio para sí mismo, y si quiere ser ingenuo debe confesar que no se conoce, ni sabe cómo existe ni cómo opera. Si, a causa de esta ignorancia, se atreve a negar los hechos, esto es, a negarse a sí mismo, forma entonces un nuevo misterio; pues tal es un pirrónico, cuya posibilidad no comprende el entendimiento y cuya existencia no se creería si no la testificase la historia. Negar que existe la verdad es confesar que existe, y como no te disgustan las autoridades de los Santos Padres, citaré al incomparable San Agustín, que expresa este sublime pensamiento con su acostumbrada precisión y solidez. “Supongamos, dice, que la verdad no existe, ¿no será cierto que no existe? Pero esto no puede ser verdadero si no existe la verdad. Luego la verdad siempre existe.” (Lib. II. Soliloq., c. 2.) Efectivamente, querido Elpidio, el pirronismo es mayor misterio que todos los que nos rodean en el orden de los seres materiales y en el mundo moral; sólo una falta de reflexión puede autorizarlo. Resulta, pues, que ora crea el hombre, ora niega, siempre admite un misterio en cada una de sus operaciones intelectuales, que bien analizadas, le conducen con claridad, hasta cierto punto; mas parece que pasados los límites de la comprensión humana, luego que entra en la región de lo infinito, se encuentra a oscuras, porque la débil luz de la naturaleza no alcanza a iluminar aquellas dilatadísimas regiones. ¿Por qué, pues, tanta resistencia de parte de los impíos contra la misión de los misterios religiosos? El mismo San Agustín da la razón de este fenómeno, que consiste en ser los portentos de la naturaleza más comunes que los de la religión, aunque no menos incomprensibles. Llega el espíritu a creer fácil lo que percibe con frecuencia, y la novedad de un misterio es el mayor obstáculo para su creencia.
 

Es, por tanto, la impiedad, en muchos casos, un efecto lamentable de la mala aplicación de un principio y de erróneas combinaciones ideológicas. Un entendimiento verdaderamente ilustrado no tarda mucho en salir de tan funesto estado luego que se entrega a la meditación; pero los necios suelen confundirse mucho más, y radicarse en sus errores mientras más reflexionan. Esto me induje a escribir en otra ocasión que el sabio es como el sol, que ayuda a disipar las nubes que por un momento se oscurecen. Nada hay más temible que un ignorante con pretensiones de filósofo en materias de religión, bien que en todos casos los semisabios son bichos muy perjudiciales. Una ignorancia completa, si está unida a una laudable y juiciosa humildad, es una predisposición para admitir verdades sublimes, que el Ser Supremo se digna comunicar a los hombres haciéndolos depositarios, y no dueños, y menos autores, de tan inestimable tesoro; pero una ciencia humilde, no sólo predispone a recibir este divino influjo, sino que ayuda a conservarlo. Como propio de las ciencias naturales, repiten, muchos que las ignoran, que ellas conducen a la incredulidad; siendo así que no habría incrédulos si todos fueran filósofos. Medita sobre este punto, mi amado Elpidio, y verás que no me engaño, y para que sepas cómo pienso sobre esta materia, haré algunas ligeras indicaciones.
 

Hay unas ciencias naturales que propiamente no merecen este nombre sino en cuanto a la aplicación que en ellas se hace de otras ciencias; y tales son la mineralogía, la zoología y la botánica, que sólo sirve[n] para presentarnos una colección de portentos de la naturaleza. ¿Y cuál puede ser el resultado? Conocer mucho más la sabiduría y omnipotencia de su autor y prepararnos para admitir otros muchos hechos incomprensibles, siempre que se pruebe que tienen la misma causa. He aquí evidente que estas ciencias lejos de perjudicar favorecen la religión. Hay otras ciencias, cuyo objeto es la cantidad y están comprendidas bajo el nombre genérico de matemáticas; y éstas, por la solidez y claridad de sus demostraciones, alejan todo sofisma de nuestro entendimiento, y nos hacen percibir la gran potencia de los seres, y la infinita de su causa, dándose de este modo continuas lecciones de religión; pues no son otra cosa que pruebas evidentes de nuestra impotencia, comparadas con la acción de la naturaleza y la demostración de la infinita sabiduría en los movimientos que tan armoniosamente dirigen el gran sistema del Universo. ¿Qué puede haber en tan sublimes cálculos y en un estudio tan profundo que se oponga a la creencia religiosa? Podrá haber mucho contra la ridícula superstición, pero esto prueba que el estudio de estas ciencias, lejos de formar incrédulos, rectifica los creyentes.
 

En cuanto a la física y la química, es preciso ser muy ignorante en ellas para atreverse a sospechar que puedan servir de apoyo a la incredulidad. Estas ciencias ponen al hombre en un verdadero contacto con la naturaleza y le dan a conocer de un modo evidente que su ciencia no sólo es limitada, sino contraída a una mera historia de los hechos, si bien algunos de ellos se presentan como principios de otros. Las verdaderas causas, quiero decir, las primarias, nos son desconocidas, y así es que hablando con ingenuidad nadie está más dispuesto a admitir misterios que el físico y el químico; que por estudio y convencimiento saben que estos arcanos incomprensibles, pero innegables , son mucho más comunes dedo que el vulgo se persuade. La expresión de los impíos “no lo admito porque no lo comprendo”, no puede salir de los labios de un físico o un químico ilustrado, sin que inmediatamente su corazón le arguya de falacia y su entendimiento le convenza de error; y así es que jamás han intentado los impíos presentar prueba alguna deducida de dicha ciencia.
 

Lo más notable, y no sé si diga lo más ridículo, es que para atacar los misterios se ocurre a otros misterios, convirtiéndose el ataque en una verdadera defensa; y para censurar a los que creen sin entender, se presentan los impíos con la misma creencia, aunque tiene diverso objeto. Repara, mi amigo, que no cesan de ponderar los infinitos medios de la naturaleza y sus incomprensibles arcanos, en los cuales pretenden se hallan encerrados todos los defectos que la religión atribuye a un orden sobrenatural. Jamás prometen abrir estos arcanos ni se atreven a decirnos que los han abierto y visto en ellos los efectos que examinan. Creen, pues, ciegamente, por la convicción en que están del gran poder de la naturaleza; creen, pues, fundados en la manifestación, que suponen haber hecho ésta de su gran potencia; creen, mi Elpidio, fundados en una que podremos llamar autoridad natural los que no quieren admitir la divina. Sí, lo repito, son unos verdaderos creyentes, aunque no religiosos.
 

Pero, cómo, me dirás, ¿cómo pueden conciliar estas doctrinas con la experiencia de tantos impíos dotados de unos profundos conocimientos de las ciencias naturales? Podría responderse con otra pregunta, esto es, ¿cómo puede sostenerse que las ciencias naturales forman los impíos, habiendo tantos piadosos eminentes en ellas? Sin embargo, quiero dar una respuesta directa, haciéndote observar que esos sabios impíos no dicen, y si lo dicen no prueban, que su ciencia los ha inducido a la incredulidad. No hay duda que un entendimiento ejercitado y brillante tiene una inclinación continua a operar, y a veces corre gran peligro; mas no proviene esta desgracia de las facultades intelectuales, sino de su abuso. Por lo regular, todos los asesinos se hallan en perfecta salud y robustez, y apenas podrá contarse un hombre débil que tome el puñal para detener a un caminante. ¿Se dirá por esto que la robustez forma los asesinos? ¿No será más justo decir que el asesino abusa de este precioso don que debía emplear para bien suyo y de sus semejantes? Lo mismo debemos discurrir acerca de las facultades del espíritu y las fuerzas de que éste abusa empleándolas contra la verdad; nunca podrá decirse que son la causa de un crimen tan enorme.
 

Está, pues, demostrado que la impiedad, que proviene del entendimiento sin presuponer la malicia del corazón es un efecto de combinaciones de ideas inexactas, ya provenga este error de falta de atención, o de un lamentable alucinamiento; y que los impíos que presumen de serlo, en consecuencia de dilatadas y profundas reflexiones, son unos locos filosóficos, que habiendo repetido su tema por muchos años, llegan a persuadirse que tienen en su favor la experiencia, y tratan de bisoños e inexpertos a todos lo que no ven como ellos, ni quieren aprobar su manía. Siempre se ha dicho que Cervantes escribió una obra adaptada a todos tiempos y condiciones, si bien tomó por objeto la caballería andante; y créeme, amigo mío, que cada vez estoy más persuadido de que este elogio es muy justo y que aquel genio extraordinario consideró al hombre en todas sus condiciones. Tenemos reyes Quijotes, taberneros Quijotes y filósofos Quijotes, que por más que salgan estropeados, apaleados y chasqueados, jamás desisten de su rara locura, ni dejan el tono magistral y ridículo a que están habituados.
 

La impiedad, como todos los monstruos del abismo, no puede vivir en una atmosfera pura, y tiene por pasto la ignorancia. Purifíquense las costumbres, difúndase la ilustración, destrúyanse los errores y desaparecerán los impíos, o quedarán reducidos a un corto número, que en nada podrá perjudicar a la sociedad, ni afearla con sus deformidades. Vendrían a ser como algunas yerbas secas esparcidas acá y allá en un florido jardín, que ni siquiera se notan, y si por casualidad se descubren no alteran la agradable impresión que ha producido en nuestra alma el gran conjunto. ¡Qué estado tan feliz el de un pueblo moral e instruido! ¡Qué paz tan inalterable! ¡Qué amistad tan justa! ¡Qué unión tan firme! ¡Ah! mi caro Elpidio. Si yo viese a la horrible impiedad, que acosada por la ciencia y la virtud, corría a esconderse en las cavernas infernales de donde ha salido, tendría, por efecto de la misericordia divina, el privarme de la vida, para no exponerme a perder tanta felicidad, si por desgracia volviese este espantoso aborto del Averno.
 

En este miserable estado no puede el hombre percibir otros objetos que los terrenos, y llega a creer que son los únicos –porque la existencia se conoce por la acción– y no hay otros que la produzcan en su alma aprisionada. Concluye, pues, que es un absurdo el fingir seres que no dan signos alguno de su existencia y que es una lastimosa debilidad el llenarse de vanos temores, privándose de los placeres de la vida. Por infundado que sea este discurso, se presenta a su entendimiento como una demostración; y adquiere nuevo brío para continuar con toda confianza en la impiedad, que ha honrado con el nombre de ciencia. Quedan, por tanto, remachadas las cadenas, y el mísero ya no hace esfuerzo alguno para romperlas; antes las ama, para mayor desgracia.
 

Privado de tanta dicha, consuélame sin embargo el escribir a un amigo, que libre del común contagio, percibe las bellezas de la santa religión y el alucinamiento de sus impugnadores; a un amigo a quien consagro, con esta carta, mi más tierno afecto.