Los ojos que le arrancaron, viendo (Esperanza de la poesía) Rolando Prats

 

Vuelta de la antigua esperanza. Así tituló Roberto Fernández Retamar (La Habana, 1930) un libro de poemas de apenas treinta y una páginas, con dibujos de Agustín Fernández, publicado en La Habana en 1959[1]. Ese mismo año, de inauguración de una nueva esperanza, de vuelta de la antigua que, por siempre insatisfecha, tal vez por desmedida, permanece igualmente insaciable, Fernández Retamar publicó otro volumen de poemas, En su lugar, la poesía[2], todavía, con catorce páginas en su segunda edición dos años después, más escueto que el anterior, esta vez diseñado e ilustrado por el también poeta y contemporáneo suyo Fayad Jamís (Zacatecas, México, 1930–La Habana, 1988). De la primera edición de En su lugar, la poesía se hizo una tirada de 300 ejemplares numerados. Por lo que puede verse en una librería en línea (casadellibro.com), que vende el ejemplar 245, en WorldCat—el más grande catálogo mundial de colecciones de bibliotecas—quedan solo cuatro ejemplares de esa edición. Cuántos otros habrán sobrevivido, de qué manos a qué manos, dónde, en qué lugar, de qué antigua esperanza seguirán regresando sus lectores, a qué nueva esperanza seguirán volviendo. En su lugar, la poesía, entonces, más que afirmación, más que testimonio de algún conocimiento—de entre los más elusivos, qué es la poesía y dónde o cómo hallarla—, más siquiera que hipótesis—pues de la poesía como suposición de lo posible, o mejor, lo necesario, para que siga imantándonos, nos eluden siempre sus consecuencias, sus conclusiones—, más que proclamación de la victoria, pírrica, de alguna definición, es humilde, esperanzado conjuro, oración de exorcismo (de la lengua contra el habla), testimonio no de algún conocimiento sino de una asunción, apuesta de Pascal. Testimonio sobre todo de una ausencia—inexistencia o muerte—que es sombra y envés, la mitad necesaria, de nuestra presencia en el mundo:

Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?

se pregunta Roberto Fernández Retamar, el de Vuelta de la antigua esperanza y Sí a la Revolución[3], en el quizás más conocido (o citado) de sus poemas, “El otro”, fechado el 1 de enero de 1959, hace hoy cincuenta y nueve años, cincuenta y nueve cincuenta y nueves—fecha que, en este caso, como dato y presencia, reverberación, no solo crepita del título—el otro que hizo posible este tiempo—, sino también tan consustancial al aura del poema como sus trece líneas—, pregunta que nos lleva a otra, y luego a otra más, del nosotros de todos al yo del poeta (¿Sobre qué muerto estoy yo vivo?), del ellos de los acreedores imaginados pero no sabidos que ya no sólo no podrán exigir—o esperar ningún otro resarcimiento que el que exijan los propios deudores, ni en la sobrevida de aquellos por los que dieron la suya, breve, trunca, todavía anterior a la primera de los posibles rebosos, sobreabundancias, excedencias—, sino ni siquiera sobrevivir, como por ósmosis, en el (re)conocimiento de un nombre, un rostro, un gesto; del ellos de los ayer necesarios pero ahora recuperables solo como posibilidad, al él que, todavía sin nombre, se desmarca de la anonimia colectiva solo por el instante en que su sombra o extensión en la sobrevida, la del que se interroga sabiendo de antemano que pregunta y respuesta son esta vez una y la misma cosa—espuela y claudicación de lo que tocamos sin poder ver, sin poder nombrar, de lo que podemos solo aprehender por su pobreza, así la poesía, corona del destronado por su reino inefable—

¿Quién se murió por mí en la ergástula,

                                    ¿Quién recibió la bala mía

                                    La para mí, en su corazón?

De ese él rescatado en los huesos, los ojos, la mirada, la mano, las palabras, la voz de quien ni así lo libera de su mudez, de vuelta otra vez al yo de quien que apenas si alcanza a escribir palabras rotas donde él no está, en la sobrevida:

¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,

Sus huesos quedando en los míos,

Los ojos que le arrancaron, viendo

Por la mirada de mi cara,

Y la mano que no es su mano,

Que no es tampoco ya la mía,

Escribiendo palabras rotas

Donde él no está, en la sobrevida?

Preguntas sin respuesta, sin más asidero que las prerrogativas de su propio salto—pues solo en ese preguntar desamparado podría insinuarse, intermitente y distante, la sobrevida vicaria de los ausentes—, que desembocan, todas, en una engañosa ecuación que tampoco se resuelve: la de la sobrevida que, tan anterior a sí misma como la vida del otro, del ido, se sabe ya para siempre posterior a sí misma, inasible en su propio presente, consciencia encontrada de su demasía y su exigüidad, su descargo y su culpa.

Años después, el poeta es interpelado no por sus propias preguntas, o por las preguntas, en las suyas, del otro ido, sino por las del otro presente, concomitante, sobreviviente, en uno de los momentos de concurrencia y condensación más entrañables de la poesía cubana, de toda la poesía cubana—qué miserable o idiota (qué miserable e idiota) la reticencia de tanto apóstata neo-colonizado nuestro de las letras sin actos, cuando no la negación soez y enana, por las afiliaciones políticas de Roberto, ante su estatura, desigual pero alcanzada, ganada ya para lo que nos uniría en lo cendrado, si de veras fuéramos 

contemporáneos de lo que nos define, de lo que extiende la sombra de lo raigal, lo arraigado, sin allanarnos el ala; qué mezquindad la de estos cofrades sin más patria que sus errantes epigonías—, en que la pregunta, de nuevo

por la sobrevivida, esta vez no esta vez no gracias al sacrificio del otro en la vida del aquí heredado, compartido, sino por la gracia de lo inmortal a la que se accedería solo por la fe (la creencia), parece moverse, alzarse, dejarse arrastrar, junto con (y por) el horizonte de su respuesta indescifrable alejándose:

Tú me preguntas, aprovechando que arden sobre nosotros

Los inconcebibles astros de aquellos tiempos;

Tú me preguntas: Roberto,

¿Es verdad que no crees?

Y yo miro las estrellas quemándose allá arriba,

Y hacia las que un viento mayor arrastra la pregunta humeante

De tus labios que querría inmortales.[4]

Entre la historia y la fe, entre las cuencas desolladas del mártir anónimo y los labios de la pregunta humeante—quemándose acá abajo—, entre la ergástula de la memoria sin recuerdos y la libertad del viento mayor que nos arrastra hacia donde lo visible y lo (im)palpable se intersecan, se enemistan, acreyéndose, adeudándose, —lo que vemos que no tocamos, que no podemos tocar, asir, que aprehendemos solo en la imagen o el reflejo de lo evaporado—los inconcebibles astros de aquellos tiempos, estrella de este instante, lo que titila es el recuerdo de su luz, como el instante mismo—, lo palpable que vemos solo después de tocarlo, de ser tocados por ello, presencia que podemos nombrar pero no encorsetar, apresar, discernir; entre increencia y querencia, el interpelado parece encontrar respuesta en el deseo de inmortalidad de lo perecedero, en la inmortalidad de su propio deseo. Respuesta humeante, quemándonos en lo anterior, en lo que inmortal querríamos, donde la cuerda se tense para una flecha sin blanco, o sin más blanco que el propio viento, mayor, que la arrastre no ya hacia lo inconcebible, sino hacia lo imposible necesario.

Notas

[1] Roberto Fernández Retamar, Vuelta de la antigua esperanza (Dibujos de Agustín Fernández), impr. Úcar-García, La Habana, 1959.

[2] ______________________, En su lugar, la poesía (Diseño y dibujo de Fayad Jamís), Librería La Tertulia, La Habana, 1959; 2a. ed., 1961.

[3] ______________________, A quien pueda interesar (poesía, 1958-1970), 3ª. edición, Siglo Veintiuno Editores,  México, 1970.

[4] ______________________,Buena suerte viviendo, ERA, México, 1967.