Espectros de Samir Amin* Rolando Prats

 

“There is no historical determinism prior to history itself.”

Samir Amin

 

Ha muerto también Samir Amin (El Cairo, 3 de septiembre de 1931). De un tumor cerebral, dicen—dice Chérif Salif Sy, economista senegalés y colega de Amin, y de cuyas breves declaraciones se hicieron eco todos los medios que se refirieron a la causa de la muerte de Amin— que ya al final había perdido la memoria, que ya no recordaba nada (o recordaba otras cosas) ni reconocía a nadie. El pasado domingo 12 de agosto de 2018, tres semanas antes de cumplir los 87, en un hospital de París, al que lo habían trasladado el 31 de julio desde Dakar, donde de 1980 a acá había residido la mayor parte del tiempo, tras la creación en 1975, en esa capital, de la red internacional de centros de investigación Third World Forum (Forum Tiers Monde), de la que Samir Amin había sido cofundador y era director al momento de su muerte, y una de las organizaciones que coadyuvó al establecimiento, en El Cairo, en 1997, de World Forum for Alternatives.

Según Chérif Salif Sy, el sábado 11, un día antes de morir en ese indeterminado hospital de París,  Amin había regresado a su casa y pasado el día con su esposa. Curioso, todavía, extraño, inquietante, que, trátese, como en este caso, de un economista universalmente conocido—de un pensador político que había rebasado su disciplina de batalla—, o trátese de alguien de menos o ninguna influencia o renombre, de cualquiera, se nos suelan ocultar las figuras y cifras de su muerte, su pasión, larga o breve—la muerte es el hecho definitivo y por tanto fundamental en la vida de todo ser humano, ¿qué es vivir sino actualizar nuestra propia muerte?, la vida apenas un breve paréntesis en nuestra existencia real, la que se extiende, al infinito, en ambas direcciones antes y después de ese paréntesis—, y que de ese modo se nos hurte la humanidad sin más, tout court, en su momento de mayor transparencia y a la vez de insoluble misterio (¿en qué piensan los que han hecho de pensar una vida en el último instante en que pensar pueden?), humanidad ya de por sí escamoteada, de quienes por su propio oficio—todo pensamiento es auto-disolución sacrificial en un otro presuntamente nuestro, un nos otros, tan necesario como insatisfactorio, tan cámara de resonancia como espejismo—nos escamotean a su vez, en lo que comparten destilado, y por ello mismo despojado de su propio camino, la imposible pero anhelada totalidad de toda experiencia humana.

A Samir Amin lo recordarán y reconocerán los muchos y los mismos que hasta ahora, los otros que hayan de venir tras él, a escuchar para hacerlo seguir hablando, como antes él tras otros que ya no estaban y no podían ya hablar sino siendo escuchados. Quienes lo hayan desconocido o ignorado hasta hoy—por inocente descuido, o no tan inocente o pueril o interesado desacuerdo, o por aversión, en muchos casos, a la manera en que Amin, por más de cuarenta años, desde su tesis de doctorado en 1957, Les effets structurels de l'intégration internationale des économies précapitalistes. Une étude théorique du mécanisme qui a engendré les économies dites sous-développées—título imposiblemente largo, que, por "más académico", el director de la tesis, François Perroux, le impuso a Samir sobre el original, Aux origines du sous-développement, l'accumulation à l'échelle mondiale[1]—, con la que ya tensaba uno de los ejes de su pensamiento: el análisis histórico y el estudio teórico del subdesarrollo, sus causas, sus modalidades, sus efectos, hasta su participación de cuerpo presente o citado en las reflexiones y homenajes que en todas partes habría de suscitar, en lo que va de año, el bicentenario de Karl Marx, martilló sobre los clavos con que, precisamente quienes prefieren, sin rastro de inocente ignorancia, preterirlo o descalificarlo, se aseguran de cerrar su propio féretro, el de existencias tan llevaderas como falsas, tan genuflexas como ventrílocuas, y de impedirse salir de él—, quienes lo hayan pasado por alto hasta hoy seguirán teniendo una sola opción además de seguirlo ignorando a riesgo propio, bajo su propia responsabilidad, al menos, intelectual; o mejor, bajo su propia irresponsabilidad, la de nuestros pseudo-intelectuales, valga la redundancia—todo (auto)denominado intelectual es una medianía falsa y anómala, salvo conciencia y agónico intento de superar tal falsedad y tal anomalía—, del fin de la historia y la inmortalidad de las postrimerías—una vida de regreso de todas las cosas que ya han sido o podrían todavía ser—, tanto los pusilánemes aferrados a sus poltronas de segunda en el centro, como los precaristas de la irrelevancia en la periferia. El mismo fin de la historia que Samir Amin llamó “a non-concept”[2]. El mismo fin de la historia finalmente pospuesto hasta por quien puso en circulación la conveniente y pegajosa fórmula, reemplazada hoy por otro no-concepto, todavía más difícil de apresar—identidad, o, en su sustrato etimológico, thymos, o necesidad de reconocimiento personal, según se simplifica hoy a los griegos—, como motor de la historia que supuestamente se iba a acabar[3]. Doce años antes de que Francis Fukuyama necesitase (o se permitiese) 240 páginas para volver a ser reconocido como alguien que (todavía) tiene algo que decir, otro columnista neoconservador David Brooks—Fukuyama no es más que eso, un columnista neoconservador... en esteroides— comprimió el asunto en menos de 750 palabras[4].

No se podría hablar, o no valdría la pena (pues además de una injusticia con la enorme y coherente contribución de Samir Amin, sería una pérdida de tiempo) ni de subdesarrollo, ni de desarrollo desigual, ni de dependencia, ni de capitalismo periférico, ni de eurocentrismo, ni de malformación congénita y fracaso del proyecto paneuropeo, ni de hegemonismo estadounidense, ni de imperialismo colectivo de la tríada EE.UU.-Europa-Japón, ni de la ley del valor mundializado (the law of worldwide value), ni de capitalismo “realmente existente”, “obsoleto” y “senil”, ni de la posibilidad y la necesidad de que los países periféricos, preteridos, subdesarrollados “se desconecten” (de-link) del sistema capitalista mundial para construir un sistema mundial alternativo, otro, “policéntrico”—una alter-mundialización en vez de la anti-mundialización—, sin hablar de Samir Amin, sin pasar por Samir Amin. Sobre todo no se podría ni valdría la pena hablar de Samir Amin, o sin él, sin pasar por él, de la pregunta a responder a la cual le dedicó toda una vida: "¿por qué la historia de la expansión capitalista es la historia de su polarización a nivel mundial?" Que Amin se responde diciéndonos que "la polarización es inmanente al capitalismo" y que, por tanto, no es posible, en la periferia del sistema en la que esa misma polarización inmanente "crea (...) condiciones sociales insoportables (...) ponerse al día o construir una nueva sociedad", y lo que, por otro lado, lleva a Amin, a su vez, a preguntarse por qué "la respuesta de los pueblos afectados ha sido, hasta ahora—y por el futuro previsible—, parcial, mal concebida y decepcionante (los subrayados son míos)[5] Ponerse al día con la noche de la que se quiere amanecer—permítaseme la floritura—que le costó el alma y la viabilidad al modelo soviético—por esa misma razón, e insistentemente, fustigado y descartado por Amin—, y que hoy mantiene a China entre tiempos y destinos irreconciliables. Ponerse al día que hoy, en Cuba—bajo la espuria enseña de que Cuba se abra (de patas) al mundo, ese mismo mundo que, para empezar, obligó a Cuba a volverse, para salvarse, sobre sí misma—podría costarle al país, y a su todavía unico proyecto a la vez maleable (actualizable) y coherente, el que está en el poder, cuya legitimidad se deriva de la futuridad de su pasado, lo que le quede de posibilidad (viable a corto y a largo plazo, por la capacidad de reencontrarse con sus reservas y renovar sus horizontes) de preservar su universalidad en su singularidad y diferencia.

Lo que no obsta para que Thomas Piketty, en su tan condonado Capital in the Twenty-First Century, no mencione el nombre de Samir Amin (o de André Gunder Frank o de Immanuel Wallerstein o de Giovanni Arrighi, integrantes junto con Amin de la llamada "banda de los cuatro", apenas el destacamento de avanzada de toda una formación nucleada en torno a conceptos interdependientes clave como dependencia y sistema mundial) ni una sola vez en 685 páginas[6]. Tampoco se podría comprender por qué la economía apologética del capitalismo como sistema apriorísticamente ideal no es sino pseudo-ciencia y cortina de humo de una insípida ideología sobre la presunta armonía universal entre naciones que interactuaran como socios en el sistema capitalista mundial, espejo de la ilusión de que existe una racionalidad más allá de la historia. Racionalidad espectral de la razón históricamente determinada, de la que Samir Amin vio en Milton Friedman al "hechicero en jefe del Oz de nuestros días”, reinando sobre otros “hechiceros menores”[7]. De hecho, para Amin, economista, la economía pura (pure economics) es una paraciencia y entre ella y las ciencias sociales existe una relación similar a la que separa la psicología de la parasicología. En una de las últimas entrevistas que concedió, el pasado abril, en su apartamento de París, poco antes de viajar a China para coincidir allí con el bicentenario de Karl Marx el 5 de mayo, Amin, quien se difinió como comunista toda su vida, y como marxista aunque no como marxólogo,  celebró a Marx como "el mejor—y yo diría incluso el único—analista serio y real del capitalismo, precisamente porque no era ni economista ni filósofo, ni sociólogo, sino todas esas cosas al mismo tiempo" (el subrayado es mío)[8]. David Harvey, el geógrafo y teórico social británico, y con toda probabilidad el más apasionado y asiduo y tal vez también por ello el más calificado lector de Das Kapital de nuestra o cualquier otra época, coincide con Amin: "Marx himself would never have gotten tenure at a university in any discipline, and to this day most departmental apparatuses are disinclined to accept him as one of their own."[9]

(Thomas Piketty, quien a mediados de marzo de 2017, durante las más recientes elecciones presidenciales en Francia, que culminaron en la victoria de Emmanuel Macron, dos meses después, el 7 de mayo, llegó a decir que apoyaría, contra Macron, a Jean-Luc Mélenchon, el único candidato de izquierda con un mínimo de viabilidad electoral, ante la perspectiva de que el candidato del Partido Socialista, Benoît Hamon—y ahorrémonos el tecnicismo de seguir considerando al Partido Socialista francés un partido de izquierda— no pasara de la primera vuelta (ni Hamon ni Mélenchon lo lograron), contrastaba en su blog de Le Monde a Donald Trump y Emmanuel Macron, seis meses después de la investidura del segundo como Presidente de la República, y encontraba (y atestiguaba, armado de cifras exactas sobre sus respectivas políticas fiscales) más similitudes que diferencias entre ambos mandatarios, aparentemente de genio y figura tan opuestos: uno y otro han propuesto reducir los impuestos sobre las ganancias de las corporaciones entre el 30% y el 20%. "For the first time since the Ancien Régime—escribía Piketty— it has thus been decided in both countries to set up an explicitly derogatory system of taxation for the benefit [of] the categories of income and wealth held by the most affluent social groups. In each case the argument is presumed to be irrefutable; the bulk of taxpayers are neither free nor mobile and have no other option than to treat the rich with respect, otherwise the rich will up and leave the country and they will no longer be able to share in their benefits."[10] Sin embargo, hasta ahora Macron no ha hecho sino continuar—y continuar, en este caso, no puede significar, en la práctica, sino agravar, una política fiscal, que es al mismo tiempo, ella sola, toda la política de quienes la propugnan y aplican, que data, para no ir tan lejos, de 1987, cuando el gobierno de Jacques Chirac dio al traste por un año con el impuesto sobre el patrimonio establecido en 1982 tras la victoria electoral del Partido Socialista, impuesto progresivo sobre el capital que debían pagar aquellos con más de 1,3 millones de euros en activos; sin que por ello la tasa impositiva más elevada, del 1,5%, sobre activos de más de 10 millones de euros, generara en 2015 sino 5.200 millones de euros, apenas el 2% de los ingresos tributarios totales del Estado, ni tampoco impidiera que el patrimonio del 1 por ciento más rico se haya triplicado o que el del 0,1 por ciento haya aumentado cinco veces[11]. ¿De qué se asombra, entonces, Thomas Piketty, él mismo adalid del sacrosanto impuesto progresivo?)

Entre los obituarios, los recuentos y los homenajes a que ha dado lugar la muerte de Samir Amin, detengámonos por un instante, para quienes no conozcan o no estén suficientemente familiarizados con la obra de Amin, en “Samir Amin: a vital challenge to dispossession”, de Nick Dearden, activista británico y director de la organización Global Justice Now, en que se pasa rápida revista a las piedras angulares del pensamiento de Samir Amin y, con asequible y pertinente claridad, se recuerdan los cinco monopolios mediante los cuales, según Amin, el capitalismo mundial ejerce y mantiene hoy su poder sobre su periferia (enumerémoslos en el mismo orden de importancia en que lo hace Amin, no Dearden, y en los términos, más claros y precisos, en que lo hace Amin, no Dearden); 1) el monopolio—que no

necesariamente implica la propiedad—del acceso a los recursos naturales del planeta; 2) el monopolio de la tecnología, reforzado por los llamados derechos de propiedad intelectual; 3) el monopolio de las financias mediante la mundialización del mercado financiero y monetario; 4) el monopolio de la información, que permite que los medios de comunicación la formateen—Amin calificaba certeramente a esos medios de "clero mediático al servicio de la aristocracia financiera[12]"; y 5) el monopolio de las armas atómicas[13], y cómo solo echando por tierra esos cinco monopolios podría ponerse fin a ese poder mundial y absoluto; más absoluto, y tal vez más inexpugnable, me atrevo a señalar, de lo que el propio Samir Amin creía.

Por incontestable que sea la existencia de esos cinco monopolios, tan evidente que precisamente por ello su existencia se vuelve de algún modo invisible—y se sabe que el capitalismo, como realidad y como imaginario, vive y sobrevive, entre otras cosas, de su capacidad, aparentemente inagotable, para hacer que se confundan naturaleza e historia, y en particular la naturaleza humana con su singular enquistamiento y hasta cierre en la alienación congénita y consustancial al capitalismo como sistema económico que lo permea y redefine y distorsiona y a la larga lo violenta y lo destruye todo—, cabría preguntarse si a ese dragón de cinco cabezas no le falta, en la por demás certera visión y radiografía adelantadas por Samir Amin, una sexta, la del monopolio sobre la propia conciencia humana, la propia manera de ser o de imaginarse a sí misma, sino natural al menos sí naturalizada, de las mayorías; monopolio imposible sin el monopolio de la información pero que no se agota en este, precisamente porque para producir esa información y consumirla acríticamente se necesita, como punto de partida y horizonte, de la existencia de una conciencia enajenada, de una falsa conciencia; monopolio que, de no ser superado, limitaría decisivamente o invalidaría a la larga cualquier avance en el desmantelamiento, simultáneo o sucesivo, de los otros cinco monopolios.

David Harvey, quien coincidió con Samir Amin también en la edición de 2011 del Festival Subversivo de Zagreb, y quien sí cita a Thomas Piketty, va más lejos y nos habla de las "diecisiete contradicciones" del capitalismo, desde la contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio—la erosión del primero por el segundo—hasta lo que Harvey llama "la revuelta de la naturaleza humana" ante "la alienación universal"; contradicciones que Harvey agrupa en tres categorías: fundamentales, cambiantes y peligrosas, y que lo llevan a adelantar o proponer diecisiete maneras respectivas de resolver cada una de ellas, o diecisiete "mandamientos para el cambio"[14]. Por su parte, François Cusset, igualmente proclive a estas visiones (tal vez demasiado) panorámicas y abarcadoras y a estas taxonomías, nos advierte del "cuádruple desastre del mundo contemporáneo: el desastre social, económico, geopolítico y ambiental"[15] (los subrayados son de Cusset). Además de, y al mismo tiempo que, obvio y confuso—de la descripción que hace Cusset de este desastre cuádruple resulta infructuosamente arduo extraer demarcaciones claras y convicentes entre un plano y otro—, este dictamen vuelve a dejar fuera, como en el caso de los cinco monopolios a los que se refiere Samir Amin, un quinto elemento igualmente fundamental, en este caso un quinto desastre, el desastre cultural (y cultural es, de por sí, un término excesivamente contaminado por juicios de valor, aunque no más elusivo, contra toda apariencia, que social, económico, (geo)político o ambiental). Desastre, este último, que se aloja e irresuelve en la paradoja de un estado de cosas, el actual, en que, por un lado, la producción de conocimientos y de información y el acceso generalizado a unos y otra han alcanzado volúmenes sin precedentes, y, por el otro, la incapacidad para establecer vínculos pertinentes entre conocimientos e información y extraer de ellos, críticamente, una visión factible (actionable) es tal que podría hablarse de una suerte de cretinismo ilustrado como característica distintiva (trademark) y hasta definitoria de nuestra época. Cretinismo que tiene su correlato, y no puede sino tenerlo ahí, en la afasia moral de quienes, por primera vez en la historia, son a la vez los más adelantados con respecto al pasado de la ignoracia y los más atrasados con respecto al presente de su propio saber. Por citar solo un ejemplo, ¿qué se puede esperar de la cultura dominante y, por lo mismo, convencional (mainstream, en ambos casos) de un país—los Estados Unidos de América—, cuya industria cultural (personificada en Hollywood, y Hollywood en este caso es un espíritu y un modo de hacer e imponer, no un lugar o una historia) es estructural y funcionalmente (fisiológicamente) incapaz de producir nada que no sea la alienante y cada vez más vulgar reproducción de sí misma? Cultura dominante, y dominada, que si ha logrado lo que ninguna cultura antes que ella es la más imposible de las características: no ser ni culta ni popular, ni alta ni baja, ni convencional ni alternativa, sino tautológica, circular.

A lo que no alude Dearden, quien se califica a sí mismo, con encomiable objetividad, de “activista del Norte”, es a las posibles respuestas a la pregunta de si la guerra que habría de dar por tierra con esos cinco pilares de dominio incontestado por unos cuantos sobre la inmensa mayoría de los seres humanos, desde la manera en que subsisten o mueren hasta los presupuestos y horizontes mismos de su comprensión e imaginación del mundo, sería una guerra a nivel global en cinco frentes concurrentes y simultáneos o si el largo camino hacia el socialismo, como lo llama Amin—y Amin concibe el socialismo solo como sistema mundial—, sería una guerra igualmente larga, y por ahora a la vez discontinua y permanente, en frentes sucesivos.

Samir Amin, por su lado, no dejó margen alguno para dudas sobre lo que él consideraba “la primera prioridad” en la lucha por derrocar el orden mundial hegemónico: “la creación de un frente contra el hegemonismo”, específica y nuclearmente la construcción de una alianza política y estratégica París-Berlín-Moscú, que, de ser posible, se extendiera a Beijing y Nueva Dehli, a fin de adquirir el poderío militar necesario para desafiar a los Estados Unidos[16]. Alianza que, valdría la pena preguntarse, siguiendo las insinuaciones del propio Amin, tal vez incluso como mera hipótesis de trabajo se nos presente demasiado lastrada por las debilidades e inconsecuencias y la carencia de voluntad emancipatoria de ningún tipo políticas y estratégicas de los protagonistas de su eje, desde la caracterización, que ni a Amin se le escapa, del proyecto europeo como básicamente un proyecto “no europeo”, apenas algo más que “la parte europea del proyecto estadounidense”, hasta la advertencia de que Rusia, China y la India, “los tres oponentes estratégicos del proyecto de Washington (…) parecen creer que pueden maniobrar y evitar un choque directo con los Estados Unidos” y la evocación de los temores mutuos y conflictos existentes o latentes entre Rusia y China, por una parte, y la India y China, por la otra[17]; si bien el propio Amin seguidamente reformula, más que matiza, la caracterización de ese enfrentamiento como primera prioridad y califica entonces de “tarea a corto plazo” la de frustrar el proyecto estadounidense, y de “tarea a largo plazo” la de construir un mundo multipolar, y enseguida aclara que no se trata de “objetivos consecutivos”, sino de “tareas que se solapan entre sí”[18]. Es en esa simultaneidad de frentes, de tareas a corto y largo plazo, de batallas y posibles victorias más pequeñas y más grandes, donde parecen entrecruzarse y postergar sus diferencias, momentáneamente al menos, el pensamiento a máxima escala y todoterreno de Samir Amin y las modestas agendas de activistas como Nick Dearden. Es ahí, también, donde se enreda la pita, donde siempre se ha enredado, pues si, como dice una y otra vez el propio Amin, “la construcción del futuro comienza siempre hoy”[19], no hay que olvidar que el presente del día de hoy ni retrocede ni cesa solo porque le arranquemos una hora de futuro, comprometido y contaminado por las propias circunstancias de su nacimiento y la propia constitución de sus adelantados.

Son estas antinomias entre el firme (y, a mi juicio, exageradamente optimista, tanto a corto como a largo plazo) milenarismo revolucionario de Samir Amin—hay páginas de Beyond US Hegemony? Assessing the Prospects for a Multipolar Word en las que parecería escucharse, por ocasional y fragmentadamente que sea, ecos del mensaje de Ernesto Guevara a la Tricontinental cuarenta años antes—y su aparentemente no menos firme creencia en la mera posibilidad y la imaginable eficacia de jugadas tácticas de dominó geopolítico con un fuerte sabor a Realpolitik, las que recorren y minan la obra y el pensamiento de Samir Amin, y la tensan, productiva y, es de esperar, largamente, entre sus propios límites teóricos y prácticos y sus propias y fecundas posibilidades de reapertura y reinserción dialécticas en el continuum de lo histórico. ¿Tendrá en algo que ver ello con la larga intimidad de Amin con las interioridades de los gobiernos, en Egipto, en Mali, en Senegal, o de esa intermediaria de las relaciones internacionales en que se han convertido o han sido siempre las Naciones Unidas, sueño de una balanza de equilibrios imposibles?

En una cosa podemos estar de acuerdo con Samir Amin: solo rompiendo y desarticulando el cerco del hegemonismo estadounidense podríamos empezar a acercarnos, en marcha zigzagueante, a ese mundo “estable y genuinamente multipolar”[20] que hubo de añorar y preconizar tanto. Por ver estaría si, a diferencia de lo que Amin afirma sin reservas ni sombra de la menor duda, ese mundo “será socialista o no existirá en absoluto”[21]. En todo caso, ni el capitalismo de Estado ruso ni el proyecto chino de capitalismo nacional ni el nacionalismo exclusivista indio (incluso internamente), caracterizaciones todas del propio Amin, son alternativas conducentes, ni a corto ni a largo plazo, al socialismo democrático y plural al que murió apostando Samir Amin.

Como tampoco se debería ignorar que los Estados Unidos, una vez, hipotéticamente, derrotado el proyecto hegemónico de Washington, superado lo americano como no-lugar—universalismo sin historia, multiculturalismo de yuxtaposiciones y no de síntesis, cortina de retazos, no ajiaco salido de ningún crisol de culturas (melting pot)  —, y refundado el proyecto de lo americano como universal desplazado, lo americano universal, hoy al mismo tiempo dominante en sus excesos y deformaciones y residual en la resistencia de sus futuridades, del que todos somos al mismo tiempo rehenes y beneficiarios, críticos de jure y apologistas de facto (no es de extrañar que Régis Debray haya titulado uno de sus más recientes libros Civilización. Cómo nos hemos vuelto americanos[22]) constituya—junto con lo que quede de republicanismo francés: indivisible, laico, democrático y social, como reza el artículo primero de la Constitución de la Quinta República; por citar, de Europa, la única tradición política realmente recuperable desde una perspectiva emancipatoria— lugar y horizonte, en sus cristalizaciones democráticas, seculares y libertarias, más imantado por la profecía y más fecundante de la posibilidad de una modernidad que se recobre a sí misma en sus universalidades específicas, condensaciones históricas y no a prioris de ninguna teleología, ni optimismo ilusorio de ningún utopismo ahistórico o meramente dogmático—todo proyecto histórico es, por esencia y como toda empresa humana, voluntarista, Ernesto Guevara lo sabía y su marxismo depurado[23] tenía como predicado elíptico  [depurado] "de toda fe pasiva en el determinismo histórico"— , y más fecundante también de la posibilidad de un mundo mejor.

 

 

Notas

* Publicado originalmente, en versión abreviada, en Toda la noche oirán. A blog by Rolando Prats, el 18 de agosto de 2018.

[1] Trece años después se publicaría L'accumulation à l'échelle mondiale: critique de la théorie du sous-développement, París, Éditions Anthropos, 1970.

[2] Samir Amin, Beyond US Hegemony? Assessing the Prospects for a Multipolar Word, Zed Books, 2006, p. 148. A fin de facilitar el acceso de los interesados a las referencias a las que aquí me remito, salvo indicación contraria, cito—y remito al lector a—traducciones al inglés de obras de Amin y otros autores de lengua francesa. Todas las traducciones, tanto del francés como del inglés, son mías.

[3] Francis Fukuyama, Identity: The Demand for Dignity and the Politics of Resentment, New York: Farrar, Straus and Giroux. 2018. Comentado, con pertinencia, por un impenitente liberal, a menudo también impertinente, Louis Menand, en What identity demands: Francis Fukuyama explains why the end of history has been postponed, para The New Yorker, 3 de septiembre de 2018, pp. 64-68. "¿Acaso no importaría distinguir a quienes en última instancia no quieren que las diferencias importen, como los involucrados en #MeToo y Black Lives Matter, de quienes en última instancia sí quieren que importen, como los militantes de ISIS, los votantes de Brexit o los nacionalistas separatistas? ¿Y qué hacer con quienes no son mexicanos ni inmigrantes y sienten indignación por el trato que reciben los inmigrantes mexicanos? En los Estados Unidos los negros arriesgaron su vida por los derechos civiles, pero también los blancos. ¿Cómo clasificaría Sócrates ese comportamiento? ¿Thymos prestado? (...) También podría caber sustituir el concepto lineal de la historia de "si las tendencias presentes continúan" como progresión constante hacia un cierto estado estable por el concepto dialéctico de la historia que Hegel y Kojève de hecho utilizaron. Las tendencias actuales no continúan. Producen reacciones violentas y cambios en la baraja social. Las identidades que la gente adopta hoy son las identidades de las que sus hijos querrán escapar mañana. La historia es, hasta el final, una sucesión de volteretas . Por eso es tan difícil de escribir, y tan difícil de predecir. A menos que tengas suerte."—se pregunta Menand al final de su reseña.

[4] David Brooks, All Politics is Thymotic, The New York Times, 19 de marzo de 2006.

[5] Samir Amin, Itinéraire intellectuel, París, Éditions L'Harmattan, 1993, pp. 5-7.

[6] Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First Century,The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge & London, 2014. El asépticamente neo-clásico Thomas Piketty es, de otro modo, lo que podría llamarse, por omisión, "an equal-opportunity offender", es decir, un delincuente que çoncede a sus víctimas igualdad de oportunidades de ser victimizadas, pues tampoco menciona a ninguno de los dos Paul,  Baran y Sweezy, de la constelación de la que Samir Amin no fue astro rey sino otra estrella. Para una somera y rápida referencia a los orígenes, composición y principios de la escuela de pensamiento económico representada por la llamada banda de los cuatro, véase Samir Amin, "A Note on the Death of André Gunder Frank (1929-2005)", Monthly Review, 21 de mayo de 2005 (https://monthlyreview.org/commentary/a-note-on-the-death-of-andre-gunder-frank-1929-2005/). Para una amplia y ciertamente equilibrada reseña de Capital in the Twenty-First Century, véase Jonh Bellamy y Michael D. Yates, "Piketti and the Crisis of Neoclassical Economics", en Monthly Review, 1 de noviembre de 2014 (https://monthlyreview.org/2014/11/01/piketty-and-the-crisis-of-neoclassical-economics/). Una mirada o acercamiento menos pausados al libro de Piketty, aunque no por ello menos pertinentes y autorizados, podemos encontrarlos en David Harvey, "Afterthoughts on Piketty's Capital", en Reading Marx's Capital with David Harvey, 17 de mayo de 2014 (http://davidharvey.org/2014/05/afterthoughts-pikettys-capital/). Añadamos que en su larga y pesada homilía a los impuestos progresivos sobre el patrimonio, la amable panacea que jamás ensuciará las melindrosas y blancas manos de nuestro nuevo Keynes, Piketty tampoco menciona ni por error a David Harvey. En todo caso, y en cuanto a sus presupuestos de partida, el socialdemócrata Piketty se cuida de dejar claro cuáles son, so pena de cualquier sospecha de que pudiese ser objeto por mera asociación con reseñadores de la mesura de Bellamy y Yates: “I’m not trying to [tear down the Western economic system and replace it with socialist redistribution of wealth]. You know, I turned 18 when the Berlin wall fell, so I have never had any temptation with communism, I am just trying to see how we can ensure that everyone benefits from globalization.” (tomado de Thomas Piketty on The Colbert Report—citado en "Thomas Piketty on Communism: Implications for Theory and Practice", entrada del blog ... the point is to change it!, 3 de junio de 2014 (https://thepointistochangeit.wordpress.com/2014/06/03/thomas-piketty-on-communism-implications-for-theory-and-practice/).

[7] Spectres of Capitalism. A Critique of Current Intellectual Fashions, Monthly Review Press, New York, 1998, p. 142.  Prefiero traducir wizard por hechicero en vez de por mago, para tratar de evadir cualquier connotación positiva del concepto o la imagen que habitualmente se tiene de lo que es un mago, siquiera en sentido figurado ("persona singularmente capacitada para el éxito en una actividad determinada") y al mismo tiempo de capturar lo que Samir Amin pensaba, y escribió, de ese desembozado ideólogo y, por tanto, charlatán que fue Milton Friedman. He aquí, in extenso, la cita sobre Friedman y sus epígonos y secuaces, así como sobre quienes los emplean y de la atmósfera de cortesanismo y mercenarismo en que florecen y se auto-replican esta y otras lucrativas ramas de la superchería consustancial a toda manifestación ideológica del capitalismo, que el lector puede hallar en la citada obra, pasaje que me parece ejemplo apropiado de la capacidad de Amin, de resonancias o ademanes que me recuerdan a Lenin, para poner en su sitio, con soberana contundencia y la cantidad exacta de floritura, a charlatanes y demagogos como Milton Friedman: "Milton Friedman is the wizard-in-chief of our contemporary Oz. He understood what they wanted to hear: that wages are always too high (even in Bangladesh), that profits are still not high enough to offer the affluent sufficient investment incentives, and so on. Hence his success, despite his muddleheadedness (he might say anything, and then its opposite, depending on who is listening and when) and his proven intellectual dishonesty. Those are the very qualities sought in a wizard-in-chief, worthy of a Nobel Prize. (...) Moreover, as in witchcraft, cultism flourishes. Lesser wizards cluster around their pundits, each of whom furthers the careers of his own devotees. I see a similarity, indicative of this aspect of current intellectual fashions, between the proliferation of sects among economists and that among organized cults in parascience-parapsychology. (...) The great statesman uses "pure" economists for his own purposes, just as a great king of old chose his own agreeable wizard. Lesser politicians believe in pure economics, and the most mediocre among them, who often believe in parapsychology as well, even belong to one of pure economic's sects." ("Milton Friedman es el hechicero en jefe del Oz de nuestros días. Comprendió lo que querían oír: que los salarios son siempre demasiado altos (incluso en Bangladesh), que las ganancias no son todavía lo suficientemente altas como para ofrecer a los ricos suficientes incentivos para la inversión, y así sucesivamente. De ahí su éxito, a pesar de su atolondramiento (que lo haría decir cualquier cosa, y a renglón seguido lo contrario, dependiendo de quién esté escuchando y cuándo) y su probada deshonestidad intelectual. Esas son de por sí las cualidades que se buscan en un hechicero en jefe, digno del Premio Nobel. (...) Por otro lado, como en la brujería, florece el culto. Hechiceros menores se apiñan alrededor de sus expertos, cada uno de los cuales promueve la carrera de sus propios devotos. Veo similitudes, indicativas de este aspecto de las modas intelectuales actuales, entre la proliferación de sectas entre los economistas y la que tiene lugar entre los cultos organizados en paraciencia-parapsicología. (...) El gran estadista utiliza a los economistas "puros" para sus propios fines, del mismo modo que un gran rey de antaño elegía a su propio conveniente hechicero. Políticos de menor talla creen en la economía pura, y los más mediocres de entre ellos, que a menudo también creen en la parapsicología, incluso pertenecen a una de las sectas de la economía pura.")

[8] "Nous avons rencontré Samir Amin", Le Grand Continent, 13 de agosto de 2018 (véase el texto íntegro de esta entrevista en dos partes en en https://legrandcontinent.eu/2018/08/13/nous-avons-rencontre-samir-amin/).

[9] David Harvey, A Companion to Marx's Capital, Verso, 2010, p. 7. "El propio Marx nunca habría sido profesor titular de ninguna universidad en ninguna disciplina, y todavía hoy la mayoría de los aparatos departamentales no están dispuestos a aceptarlo como uno de los suyos."

[10] "Por primera vez desde el Antiguo Régimen se ha decidido en ambos países establecer un sistema impositivo explícitamente derogatorio en beneficio de las categorías de ingresos y riqueza de los grupos sociales más acomodados. En cada caso se presume que el argumento es irrefutable; la mayoría de los contribuyentes no son ni libres ni móviles y no tienen otra opción que tratar a los ricos con respeto, de lo contrario los ricos se irán del país y ya no podrán compartir sus beneficios."

[11] Citado por Didier Fassin en Sure looks a lot like conservatism, reseña escrita para London Review of Books (vol. 40, núm. 13 , 5 de julio de 2018) de Revolution Française: Emmanuel Macron and the Quest to Reinvent a Nation, de Sophie Pedder.

[12] "Nous avons rencontré Samir Amin". Véase nota 5.

[13] Ibídem.

[14] David Harvey, Seventeen Contradictions and the End of Capitalism, Oxford University Press, 2014. Una traducción al español de esta obra puede consultarse en línea en

 https://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/Diecisiete%20contradicciones%20-%20Traficantes%20de%20Sue%C3%B1os.pdf.

[15] François Cusset, How the World Swung to the Right. Fifty Years of Counterrevolutions, Semiotext(e), California, 2018, p. 17.

[16] Samir Amin, Beyond US Hegemony? Assessing the Prospects for a Multipolar Word, pp. 148-149.

[17] Ibídem, pp. 148-149. De China, Amin afirma, al parecer no sin razón, que “busca poco más que proteger su (ya de por sí ambiguo) proyecto nacional”.

[18] Ibídem, p. 147.

[19] Ibídem.

[20] Ibídem, p. 146.

[21] Ibídem, p. 149.

[22] Régis Debray, Civilisation. Comment nous sommes devenus américains, Gallimard, París, 2017.

[23] Carta de despedida de Ernesto Guevara a sus padres (marzo de 1965). Véase, por ejemplo, https://www.elhistoriador.com.ar/carta-de-ernesto-guevara-a-sus-padres/.