En busca del viento perdido Iramís Rosique Cárdenas

21 de febrero de 2022

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Se reproducen a continuación, en uno, sendos ensayos de Iramís Rosique Cárdenas, originalmente publicados el X de x de 2022 ("X") y el X de X de 2022 ("X"), en La Tizza y El Caimán Barbudo, respectivamente.

Se reproducen a continuación, en uno, sendos ensayos de Iramís Rosique Cárdenas, originalmente publicados el X de x de 2022 ("X") y el X de X de 2022 ("X"), en La Tizza y El Caimán Barbudo, respectivamente.

Se reproducen a continuación, en uno, sendos ensayos de Iramís Rosique Cárdenas, originalmente publicados el X de x de 2022 ("X") y el X de X de 2022 ("X"), en La Tizza y El Caimán Barbudo, respectivamente.

Se reproducen a continuación, en uno, sendos ensayos de Iramís Rosique Cárdenas, originalmente publicados el X de x de 2022 ("X") y el X de X de 2022 ("X"), en La Tizza y El Caimán Barbudo, respectivamente.

Se reproducen a continuación, en uno, sendos ensayos de Iramís Rosique Cárdenas, originalmente publicados el X de x de 2022 ("X") y el X de X de 2022 ("X"), en La Tizza y El Caimán Barbudo, respectivamente.

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La orfandad de los caníbales

 

 

 

«Toda secta es de hecho religiosa»

 

Karl Marx, Carta a J. B. von Schweitzer, 13 de octubre de 1868

 

 

 

Filogenia del sectarismo o cómo se enlata la política

 

Hay quienes dicen que el sectarismo es un fantasma, pero se equivocan. Quieren jugar al psicólogo y convencernos de que el sectarismo no existe: no puede hacerte daño. Los fantasmas no existen, pero el sectarismo sí, y como la cólera de Aquiles, bastantes males ha causado «entre los aqueos», e incluso, bastantes almas de comunistas valerosos «precipitó al Hades» de la historia.

Este asunto ha sido varias veces denunciado en la Revolución, aunque sobre él, en cuanto tal, se ha reflexionado poco. En nuestra psiquis política colectiva el sectarismo habita como trauma. Eso explica, quizás, los silencios que lo rodean o la angustiosa, y no pocas veces patética, urgencia de algunos para cerrar esa «gaveta» cada vez que se intenta abrirla. Una socorrida solución ha sido personalizarlo o moralizarlo: se reduce el sectarismo a un problema de carácter, de ambición personal de un individuo o un grupo, de simpatías o antipatías. También hay lecturas que asocian el sectarismo a determinadas matrices ideológicas como el marxismo-guión-leninismo. No obstante, estas asunciones no hacen más que oscurecer la comprensión del sectarismo y de sus causas e imposibilitar su extirpación definitiva del campo de la militancia revolucionaria.

En política, como en agroindustria, existen tecnologías de conservación. Estas imponen, a los cuerpos sociales, disciplinas que aseguran la reproducción y consistencia de ideologías, órdenes, instituciones, grupos…

En ese sentido, el sectarismo no es solo una «enfermedad política»[1], sino una tecnología política de la misma familia que el dogmatismo, la mistificación o la sacralización, y lo que la caracteriza es la colocación intransigente de su identidad de grupo particular por sobre las necesidades de la causa política más general en la cual se inscribe y dentro de la cual co-milita con otros grupos. No puede hablarse de sectarismo entre campos políticos antagónicos: el sectarismo se da hacia lo interno de un campo político con determinado grado de pluralidad y, como tecnología, actúa en especial sobre el colectivo cuya identidad «única» se pretende proteger de toda posibilidad de contaminación, desviación o disolución; o sea: sobre la «secta».

Tampoco se puede creer que alguien está per se inmunizado contra el sectarismo. Todo espacio de militancia es susceptible a desarrollarlo siempre que no se asista de una ética que lo considere intolerable.

Seguramente, cuando se habla de sectarismo, muchos piensen en fanáticos vociferando sus verdades sin escuchar a nadie, en fundamentalistas con intención de imponer su verdad a todo el mundo y con el plumón presto a etiquetar de «traidores» o «herejes» a más de uno. Pero, si bien estos son los sectarismos más recurrentes y dañinos, no son todos los que hay. Lo que acabamos de describir pudiéramos llamarlo sectarismo activo, preocupado no solo de disciplinar a su secta, sino también imbuido de la misión de convertir a todo el campo político en su secta y de castigar o expulsar de él a los que se resistan a ello. Este texto lidia, sobre todo, con ese tipo de sectarismo, pero es menester señalar que también existen sectarismos pasivos.

Hay «sectarismo pasivo» cada vez que un colectivo, sin vocación de castigo ni de persecución, coloca sus tiempos, modos, necesidades e identidades por encima de los del proyecto político común. Y cuando decimos «los del proyecto» no nos referimos a los que puedan existir en la conciencia parcelaria de la realidad de algunos, muchos, o incluso la mayoría, sino los que emanan de la toma de conciencia de la totalidad, del cuadro general del proceso político: de lo que Fidel denominó «sentido del momento histórico». Estas resistencias se convierten en techo de poca altura y mala fabricación para el crecimiento político de estos colectivos, devenidos también sectas, esta vez eremitas.

El «sectarismo activo», por su parte, opera como policía política y aspira a colocar el desarrollo de su conciencia como límite al desarrollo de la conciencia del resto del campo político.

No en balde estos sectarios, en vez de estar de frente al enemigo o junto a los compañeros de la retaguardia, se posicionan de espaldas al enemigo y de frente al campo propio para ver quién se mueve en la formación. Rafael Hernández señala algunos rasgos del «sectarismo activo» que captan muy bien lo que estamos describiendo:

 

«(…)

 

1. Dentro del grupo, casi todo; fuera del grupo, nada.

2. Quien no comparte los criterios y normas aceptadas no está solo equivocado (como dice el dogmatismo), sino se ha desviado, es peligroso, o indigno.

3. Quien piensa diferente no comete error o ignorancia (como dice el dogmatismo), sino merece castigo (exclusión, estigma, desprecio).

4. Los que se distancian se alían a la larga con ‘ese bloque del enemigo’ (trátese del imperialismo o del Partido-Estado).

5. Purgar las filas y emplazar ideológicamente a los «inconsecuentes» se justifica moralmente en cualquier circunstancia, a nombre de ‘la verdad’.

6. La confrontación, agresión y adjetivación personal pasan por debate de ideas, y valen como sustitutos a la carencia de argumentos.

7. Toda actitud individual diferente entraña un motivo oscuro, endeblez de carácter o de principios[2]

Cuando leemos la enumeración de estos aspectos, comprendemos que el sectarismo no es un asunto ideológico ni está ligado a ideología alguna. Una vez preguntaba a un amigo por qué Otaola fustiga constantemente a personas como Elaine Díaz o Harold Cárdenas, y los tilda de «agentes del castrismo», de «comunistas», de «tibios». Su respuesta fue que Otaola tenía o se había asignado la función de disciplinar a su campo político, de uniformarlo y mantenerlo bajo la hegemonía de esa fracción histérica y desbocadamente anticomunista de la oposición contrarrevolucionaria tradicional con base en Miami. No podía permitir ni tolerar que terceros entendieran como legítimo que un opositor anduviera diciéndose «de izquierda» o se posicionara contra el bloqueo o criticara el enfoque Trump de las relaciones con Cuba. Ahí tenemos el sectarismo de derechas. También es bien sabido el ambiente que se respiraba en el grupo de Facebook de la difunta plataforma Archipiélago en sus días de alguna relevancia. Más de un enemigo del socialismo cubano se quejó de la intolerancia y el sectarismo de ese espacio, lo que demuestra que no es un asunto de izquierdas o de derechas, sino una práctica política que puede ser desempeñada desde el interior de cualquier ideología o campo político.

Por supuesto que a nosotros nos interesa el problema del sectarismo para el campo revolucionario cubano. Y ese tema adquiere particular importancia en un momento como este, cuando la refundación de la Revolución se hace urgente y en el que la oposición contrarrevolucionaria se ha replegado, porque los sectarismos y otras tecnologías de la conservación obstaculizan que el socialismo pueda ser renovado y retrasan la afirmación en el pueblo de cualquier sentido del momento histórico.

 

Tres (anti)críticas que hace el sectarismo o cómo se mata la política

Ya habíamos dicho que un mecanismo para eludir el trauma del sectarismo entre los revolucionarios cubanos ha sido el de personalizarlo, identificarlo con la praxis específica y aislada de este o aquel funcionario extremista o militante entusiasta e inmaduro. No obstante, en los últimos días, a propósito de la reemergencia de este debate, han ocurrido variaciones discursivas notables, que no son sino otros modos de evadir la contradicción de la que los comportamientos sectarios son síntoma. Aunque hay que admitir que todas esas posiciones entrañan una aceptación tácita de que el sectarismo es un problema político y hace daño a la Revolución.

La primera de estas variaciones consiste en el intento de homogeneizar, más bien camuflar, el sectarismo bajo el manto de la crítica libre y revolucionaria. ¿Por qué se acusa de sectarismo a los compañeros que simplemente están haciendo una crítica? ¿Acaso alguien se cree inmune a la crítica? ¿No es acaso la crítica un deber revolucionario y una manifestación de salud política, de diálogo?

Probablemente estos compañeros han confundido la noción cotidiana de «crítica» como «decir lo malo de», «hacer leña de», «hablar mal de», con la crítica como ejercicio intelectual de análisis, de dilucidación, de esclarecimiento, que es la que puede tener utilidad en los debates entre compañeros con el mismo horizonte político.

Ni acusar, ni levantar sospechas, ni etiquetar a la ligera son ejercicios rigurosos de crítica. Cuando acusamos a un revolucionario de «centrista» o de «socialdemócrata» o de «liberal» sin tomarnos el trabajo de explicar qué significan esas etiquetas y cuáles acciones o ideas del compañero en cuestión califican como tales, no estamos haciendo ninguna crítica. Eso es simple y burda difamación.

Cuando destapamos la bola de cristal para adivinar y «denunciar» ocultos deseos, posibles traiciones, vínculos vergonzantes o indicios de analogías con pasados traidores, no estamos haciendo ninguna crítica tampoco: eso se llama cacería de brujas. No sabemos bien si es infantil o es cínico, pero el empeño de hacer pasar por pensamiento crítico todos estos tópicos vulgares ―que además no son nada originales y se han repetido una y otra vez desde el siglo pasado― subestima la inteligencia de todos los que escuchamos tal «argumento».

La segunda variación evasiva trata de anular la dimensión política del conflicto y desviar el tema hacia la moral. Entonces el sectarismo no se maneja como lo que es, un asunto político, que debe emplazarse y discutirse públicamente, sino que se reduce a una pelea de grupitos, a una cuestión de pandillas. De este modo se clausura toda posibilidad de que la disputa se resuelva en favor o en contra de la política sectaria: se prefiere, desde una falsa superioridad ética, denunciar los males del ego y la falta de humildad, como si fueran las causas del problema. Incluso en esta línea se llega a esgrimir un conveniente relativismo en el que «nadie tiene la verdad», que es una delicada manera de decir que nadie tiene la razón.

Pues no: sí hay quien tiene la razón, y sí hay quien daña a la Revolución Cubana. El sectarismo y los sectarios hacen daño y están equivocados, y todos los que contra el sectarismo se levantan ―desde dentro del propio campo revolucionario― tienen la razón al hacerlo.

La tercera y más socorrida variación es el llamado a la sacrosanta unidad. Un día tendremos que preguntarnos hasta cuándo vamos a tolerar que tras el paraván de la unidad o el de la Revolución se escuden individuos y conductas que las laceran y las pudren. La unidad esgrimida ahí es una unidad abstracta. ¿Qué unidad es esa y con qué? ¿Qué lacera más la unidad: la cultura política inquisitorial o el llamado a destruirla?

Enseguida corren algunos a pedir que ese tipo de asunto se diriman en privado porque en público «dan armas al enemigo». Hay que sonreír imaginando a estos extintores parlantes susurrarle a Fidel hace sesenta años: «Ay, comandante, no denuncie a Aníbal Escalante públicamente que eso da armas al enemigo, mejor llámelo a un aparte en un pasillito que es como hacen las cosas los revolucionarios que cuidan la unidad.» Por supuesto que a nadie se le ocurrió semejante tontería. Fidel habló, y bien alto, y frente a todos expuso los males del sectarismo, y no sería aquella la única vez. Y poco importa si el enemigo lo usó con oportunismo: hace sesenta años estaba muy claro que el sectarismo constituía una debilidad y el problema debía ser ventilado en favor del fortalecimiento del bloque de la Revolución. No era una entrega de armas al enemigo, era una manera de pertrecharse ante el enemigo. Ese día Fidel habló para los revolucionarios, y para nadie más.

No obstante, nos enfrentamos ahora a la ausencia de una ética colectiva y sin eso nadie puede esgrimir una unidad que no sea abstracta, metafísica y, por tanto, falsa. ¿Cuál es la ética de la Revolución? «Revolución es no mentir jamás ni violar principios éticos». ¿Cuáles principios? Probablemente hay consenso en que no se puede ser corrupto y revolucionario a la vez. Pero ¿se puede ser machista y revolucionario? ¿Y homófobo? ¿Y violento? ¿Y racista? Podríamos decir que no, pero eso no significaría nada. ¿Acaso no hay personas racistas, machistas u homófobas que se siguen considerando a sí mismas «revolucionarias»?

Solo en abierto debate de ideas y argumentos puede pugnarse por que una ética nueva se haga hegemónica en un campo político y se erija en ética colectiva y verdaderamente unitaria.

Las evasiones al asunto del sectarismo —que a veces se levantan de modo similar para otros temas— obstaculizan la expiación de esa práctica nociva y son manifestaciones evidentes de antipolítica. Y nada es más extraño y hostil al socialismo que la antipolítica. Si el capitalismo es la sociedad en que la forma mercancía se universaliza, el socialismo es la sociedad de la progresiva universalización de la política, entendida como el espacio de la deliberación, del conflicto, de la conciencia, de la palabra. La democratización de la vida, de todas las esferas de la sociedad, pasa por la entrada de la política en cada una de ellas. La clausura de la política que resulta de la huida constante de la contradicción y el conflicto es uno de los mayores obstáculos de nuestra cultura política para la profundización del socialismo en Cuba.

 

La orfandad de los caníbales o cómo se restaura la política

Esperemos que nunca tengamos que extrañar a los antiguos dogmáticos del marxismo-guión-leninismo. Konstantinov, Afanasiev, Oizerman… ni a ninguno de aquellos viejos profesores de filosofía que saltaban como fieras ante los indicios más mínimos de «revisionismo». Ellos eran guardianes de un poderoso dogma que sostenía Estados gigantes y movía a millones de personas en el mundo. Sabemos que el dogmatismo y el sectarismo son diferentes y que no tienen que convivir, pero podemos decir, sin temor a equivocarnos, que si el sectarismo tiene un padre, ese es el dogmatismo. Y no es solo su padre: es también su corazón. Bajo la luz cegadora de un dogma magnánimo se entiende la ferocidad de los viejos estalinistas dispuestos a echarse los unos sobre los otros como hienas, encantadas por el fulgor de la «doctrina invencible del proletariado», en aras de proteger su «pureza». Así mismo, puede llegar a comprenderse el fundamentalismo religioso, embriagado del mandato mesiánico proveniente de Dios.

Decía Marx que toda secta es de hecho religiosa. ¿Pero cuál es el dios de nuestros sectarios?

Seguramente ante la pregunta responderían airados: «¡La Revolución!». Así, con mayúsculas. Y habrá que insistirles una vez más: ¿qué es la Revolución? O más bien, ¿qué es para ustedes? Estas son preguntas difíciles que, por demás, no hemos hecho aún a esos compañeros. Lo que tenemos como pista son las reacciones virulentas de ellos ante lo que consideran la anti-Revolución.

Si alguien juzga sospechoso o se molesta porque se emplee a un autor francés o estadounidense para explicar fenómenos de la Revolución Cubana, ¿qué cuerpo doctrinario está protegiendo? Cada vez que se acusa a alguien de «centrista» o de «liberal» o de «socialdemócrata», ¿de qué se le acusa exactamente? Esas etiquetas, devenidas ofensas, se han vuelto muy socorridas en los últimos años. ¿Qué son el «centrismo», el «liberalismo» y la «socialdemocracia»? Los dogmáticos y sectarios de antaño, del viejo Partido Socialista Popular, de la URSS, tenían todo esto milimetrado, pero ¿y estos?, ¿qué es lo que defienden?

Hay un problema de fondo en el asunto de acusar a alguien de centrista o de socialdemócrata. En Cuba, desde 1991, pero sobre todo después del retiro de Fidel y del cese de su práctica política discursiva permanente, hay una crisis doctrinal de la Revolución Cubana.

Esa crisis hace que sea difícil distinguir los discursos clásicamente liberales o socialdemócratas, por ejemplo, del discurso del Estado sobre determinados temas.

La Revolución Cubana está pagando una derrota que no fue suya: la del socialismo europeo. La ideología producida en Europa del Este, su marxismo-guión-leninismo, con todos sus defectos y su dogmatismo, otorgaba sostenimiento espiritual y sentido a un mundo —epistemológico, político, jurídico, ético, existencial, estético—. Su hundimiento dejó a la Revolución Cubana y su socialismo como náufragos en el océano de las ideologías.

Por fortuna teníamos a Fidel, una máquina líder productora de sentido. Fidel pasa entonces a convertirse en la principal fuente de legitimación ideológica. En ausencia de un cuerpo doctrinal y espiritual sólido, más allá de la ambigüedad transclasista que caracteriza a todo nacionalismo, lo que Fidel explica y suscribe se considera lo revolucionario. La condición revolucionaria de las ideas ya no reside en su coherencia con un canon específico, sino en el emisor: Fidel, mientras estuvo activo.

Por un lado, esto tuvo la limitación de que es imposible que el grueso de la reproducción ideológica de una sociedad recaiga en un sujeto individual. El mundo del socialismo real era sostenido por miles y miles de pensadores, artistas, políticos, maestros, científicos, etc. Por otro lado, luego de Fidel, el Estado —y no el Partido — lo sustituye como fuente de legitimación ideológica. Entonces ocurre un desplazamiento muy interesante en nuestros sectarios.

Si un intelectual de izquierdas, pero sin cargos gubernamentales, señala la naturaleza estructural del bloqueo para el socialismo cubano y la necesidad de crear y avanzar a pesar de él, algunos compañeros se levantan airados a cuestionar las ocultas intenciones perversas de ese intelectual que seguramente lo que pretende es blanquear y minimizar el bloqueo. Basta que a la semana siguiente el compañero Primer Secretario del Partido suscriba la misma idea para que, ¡entonces sí!, ellos puedan asumirla como algo decible y aceptable. Del mismo modo, algunos son muy ácidos contra economistas cubanos que no trabajan para el enemigo, pero que tienen visiones críticas sobre determinada política económica, a los cuales acusan enseguida de neoliberales o socialdemócratas ―sin jamás demostrar en lo que esto consiste―, pero después se hace mutis cuando en un pleno del Comité Central un compañero dice que cuando los ricos se enriquecen jalan a los pobres.

Esto indica que para algunas de nuestras sectas locales lo sagrado no es tanto el proyecto revolucionario como el poder que lo sostiene, el cual se les presenta como productor de la verdad.

Que una relación de poder sea el instrumento de legitimación ideológica implica unos niveles de mistificación y metafísica política extraordinarios, además de ser un excelente asidero para los oportunismos de todo tipo que siempre sacan ventajas de las opacidades. El avance o el libre desarrollo de un sectarismo huérfano y sin corazón, cuya única sujeción es la «verdad» del poder, es muy peligroso para el futuro del socialismo cubano, porque precisamente los discursos liberal y socialdemócrata logran calar en las conciencias de revolucionarios, no porque sean engañosos o porque la gente sea tonta, sino por la inconsistencia actual del cuerpo doctrinal de la Revolución Cubana. ¡Y contra la renovación de este se levantan nuestros caníbales!

Quien desee ser solamente ideólogo del poder, es decir, de políticas gubernamentales, de «lo que ya existe», de la burocracia —como rezan recientes confesiones de algunos—, y no ideólogo del proyecto, de la Revolución, de «lo que queremos ser y de aquello por lo que luchamos», que lo sea; pero que no intente hacerlo pasar por militancia revolucionaria. Y que tampoco se atreva, con sus cacerías de brujas y sus mediocridades, a intentar ponerle freno al empeño de pensar y hacer la Revolución Cubana; porque ante toda voluntad de congelar el tiempo y convertir a los revolucionarios cubanos en un ejército de obsecuentes y repetidores, solo hallarán un fuego que se esparció por toda Cuba el 25 de noviembre de 2016, y que no se extinguirá hasta abrasar este mundo y dar a luz a un mundo nuevo. ¡Aprendan a arder, o serán consumidos!

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Paolo Pellegrin / Magnun

Tras el rastro del Mesías

 

Las revoluciones cubanas han sido grandes arrebatos de pasión y nos han enseñado que no existen las revoluciones “científicas”. Los hombres y las mujeres no se lanzan a morir asidos de la “teoría correcta”, sino movidos por la rabia y la esperanza. Pero, como dijo el Che, “hemos hecho mucho, pero algún día tendremos también que pensar”.

 

I

 

En las sociedades modernas se nos enseña a asociar lo religioso y lo mítico con lo sobrenatural, lo fantástico o lo falso. El pensamiento más progresista ha pecado de un exceso hiperracionalista que lo ha inclinado a pensar lo mítico solo desde lo negativo, como engaño perverso. Esto sin dudas tiene su raíz en el enfrentamiento entre la pionera intelectualidad liberal y la Iglesia católica. La militancia anticlerical, devenida ateísmo chato por el mecanicismo materialista hijo de la Ilustración, clausuró no pocas veces las posibilidades de que el pensamiento radical pudiera comprender complejos fenómenos, surgidos en la subjetividad de los pueblos.

Los intentos de descifrar desde lo teológico fenómenos sociales de otra textura como la política han venido de la mano de brillantes, pero reaccionarios intelectuales, siempre más próximos en sensibilidad al viejo mundo donde la teología reinaba sobre la filosofía, pero armados del impulso racional de la modernidad. “Todos los conceptos centrales de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados[3].” Esta idea de Schmitt cristaliza el punto de partida que permite desplegar este método. El camino del jurista alemán y sus acólitos es un camino hacia la oscuridad, pero algunas de sus herramientas nos pueden servir para arrojar luz en dilucidaciones necesarias para la batalla por la liberación. Algo así entendía el marxista Walter Benjamin cuando en una carta en 1930 agradecía a Schmitt por lo que, a través de su filosofía política, había llegado a comprender, y los usos que le había encontrado.

Entre todos los conceptos elaborados el siglo pasado por el pensamiento conservador, irónicamente para ser usados en nuestra contra, hay uno que vale la pena recuperar: la idea de la fe secularizada. Asociamos la fe con la creencia en seres sobrenaturales y la reducimos a ello. No obstante, la fe, esa “certeza de lo que se espera”, esa “convicción en lo que no se ve”, no siempre busca su objeto en el reino de los cielos, sino que también puede afirmarse en el reino terrenal. ¿Qué son si no la confianza en la victoria o la voluntad de resistir y morir por una idea sino arrebatamientos de una fe puesta en el ser humano? ¿Qué, entonces, la certidumbre en el mejoramiento humano?

“El marxismo es, en efecto, una técnica de la lucha por el poder. Pero los hombres y las ‘masas’ no se movilizan por tales luchas más que si son de tal modo que la religión comunista pueda propagarse, conquistar. En este sentido, el secreto (por así decir) de la decisión reside en la afectividad humana[4].”

Esto decía con sorna el reaccionario Jules Monnerot, a despecho de los que “sienten horror ante la metafísica y la mística”, una actitud tan frecuente en las filas del marxismo.

En este lado del océano y también del campo de batalla, José Carlos Mariátegui coincidía con el francés al plantear que los mitos eran indispensables para los hombres porque el ser humano era un animal metafísico:

 

“El mito mueve al hombre en la historia. Sin un mito la existencia del hombre no tiene ningún sentido histórico. La historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza super-humana; los demás hombres son el coro anónimo del drama[5].”

La Revolución, ese orden simbólico que da sentido a una realidad patria específica, es el gran mito que nos mueve: es una fe, una religión secular. Proceso, proyecto, poder, país: pero también religión. Cualquier reducción suya a una sola de sus verdades haría de esta verdad una mentira. Tienen razón los compañeros que esgrimen la necesidad de una teología de la Revolución, en el sentido de un tipo de reflexión que permita comprender los modos en que ella y sus elementos han operado sobre el devenir patrio de modos inconscientes, impensados. Quizá desde una meditación así, desde esas categorías otras, tan distintas a las de la ciencia social positivista, nos podamos preguntar si acaso la Revolución, la Patria y el Mesías no son la santísima trinidad que nos ha permitido todas las veces convertir “lo imposible en posible”.

No obstante, hasta hoy la Revolución ha sido mucho más sentida de lo que ha sido pensada. “Comprender la Revolución es más difícil que morir por ella”[6] —dijo Fidel muy temprano. La Revolución tiene su iglesia, pero no tiene su teología. Posee toda una liturgia, con sus objetos sagrados y su panteón de santos. Incluso tiene su catequesis. ¿Qué puede ser una catequesis sin teología?

Hace poco nos preguntábamos cuál era el dogma de la Revolución[7], ese que posee celosos guardianes. ¿Qué cuidan los guardianes? Muchas veces no comprendemos la acidez con la que reaccionan los guardianes del dogma ante los intentos de acceder a él, de conjurarlo con palabras, de abrir el arca e intentar contemplarlo, sin mediaciones. Por lo general recurrimos a ofrecer explicaciones de índole teórica o política, y nos lazamos a culpar al malhadado marxismo-guion-leninismo o a las apetencias políticas de este o aquel fulano. Nunca pensamos en el sincero malestar que producen en los fieles los intentos de tocar un objeto sagrado.

Si pensar es hacer distinciones, el oficio del pensador es igual al del cirujano, que corta, separa, abre, pare volver a unir, para cerrar y salvar. El pensamiento es siempre un acto profano, y de profanación. Para el sacerdote o el beato que se preocupen más por los rituales que por Dios, el sacrilegio amenaza con “desencantar” el objeto sagrado, hacerlo perder su poder, pues para ellos ese poder no emana de la sustancia, de la naturaleza del objeto, sino de la suspensión etérea en la que se mantiene, por lo que abrir el arca es el comienzo de la perdición. Porque, además, ¿y si el arca está vacía?

Quizá haya sido este el verdadero pecado de todos los que en la historia reciente de las revoluciones y del marxismo han sido llamados ―y no por casualidad― con el epíteto religioso “herejes”: la profanación.

Nosotros no creemos que el arca este vacía, pero sí estamos convencidos de que su contenido está cifrado: de ahí la opacidad del dogma, la ausencia de teología. Esa ausencia termina expresándose como incertidumbre, como confusión e, incluso, como abandono.

Lo más trágico de todo esto reside en que es la condición mítica de la Revolución la que hace que se resista a ser pensada, desde el momento en que todos estamos imbuidos de ella, y dentro de ella. Pensar por separado alguno de sus elementos puede ser una salida.

 

 

II

 

Hace poco veíamos en la televisión nacional la inauguración del Centro Fidel Castro. De toda esa ceremonia hay un episodio que nos ha quedado grabado a fuego: “Fidel, habla, te necesito.” Para aquellos que ya no viven bajo el orden simbólico de la Revolución, que ya no pertenecen a ella, aunque sigan viviendo en Cuba, quizás esa parte les puede haber parecido una cursilería o una manifestación de ese modo vulgar en que entienden el culto a la personalidad. Pero en los que aún somos movidos por ese mito, y vivimos dentro del régimen de sentido y sensibilidad revolucionario, esa imagen de la mujer con el cartel, descrita con voz quebrada por el Primer Secretario del Partido, tocó un lugar muy especial de nuestros afectos. ¿Qué fue eso? ¿Por qué aún al otro día, ante la exposición fotográfica sobre Fidel que se estaba haciendo en el Memorial José Martí, algunos nos emocionamos? ¿Qué potencia es esa capaz de crispar así la sensibilidad? Es Fidel. Y lo que ese mensaje transparentó en muchos revolucionarios cubanos fue el sentimiento de orfandad que nos ha acechado en su ausencia, pero, en especial, en estos momentos tan difíciles que hemos vivido.

“¿Qué hubiera hecho Fidel?” “¿Cómo hubiera sido esto con Fidel?” Esas preguntas con toda seguridad han sido formuladas muchísimo en los últimos dos años, desde el Palacio de la Revolución hasta los solares de la Marina matancera. Incluso los enemigos vacilan y juguetean con la posibilidad que se presenta ante ellos como horror.

Fidel era el líder, el indiscutido, el estratega; pero no solo era eso. No solo era comandante de los ejércitos de la Revolución, guiador, organizador. No solo era orquestador de una práctica terrena, decidor de “lo que hay que hacer”. Fidel también era, y sobre todo, una máquina hegemónica, que operaba como “un hipervínculo hacia un sentido trascendental: como hipervínculo es mundano y está adentro, pero a lo que remite el hipervínculo —la Revolución— se encuentra afuera[8]. Fidel era capaz de descifrar la seña de la Historia que ahora permanece indescifrada, y luego traducirla para todos nosotros. Por eso su condición de dispositivo desborda al individuo: no es (solo) una persona: es toda una práctica político-discursiva, toda una ética, toda una dinámica del poder-proyecto, un dispositivo capaz de resolver contradicciones que sigue funcionando en la sobrevida del individuo físico. En cuanto máquina-líder, Fidel se presenta como una lógica reificada que continúa actuando en nuestra realidad de modo invisible, y esa invisibilidad impide apropiarnos de ella para reproducirla, usarla y evitar que se disperse en la aleatoriedad de la historia.

“Yo soy Fidel.” ¿Qué significa eso? Nos ahorraremos perogrulladas como que ser Fidel es seguir a Fidel o actuar como él. Eso está claro, pero ¿qué significa? El fidelismo en vida de Fidel no necesitaba explicación porque se realizaba en la relación con el objeto físico, con el hombre. Las personas asistían al discurso, en las tribunas, desde sus televisores, desde sus radios, y sentían que Fidel les estaba hablando como si fueran un único sujeto colectivo, en la Plaza de la Revolución, él y ellos. “Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista.” Esa frase encierra un modo específico de relación con la máquina-líder que no pasa por lo racional ni por lo ideológico, sino por la fe que antes señalábamos. Un fenómeno similar ocurre con Martí y esa manera de calar en la subjetividad de un pueblo, de inscribirse en sus fundamentos. Cuentan que a Rubén Darío un soldado le dijo sobre el Maestro: “No entendíamos todo lo que decía, pero al oírlo, queríamos morir por él.” No hace falta entender el comunismo ―o la Revolución―, porque se confía en Fidel.

No obstante, a estas alturas de la partida física del Comandante en Jefe, el tan cacareado, consignado, legislado incluso, fidelismo se presenta como un signo mudo. ¿Cuál es el contenido de ese concepto al que se apela?

Cuando se hacen paneles, documentales, o incluso investigaciones sobre Fidel, asistimos no pocas veces a exposiciones de mitología. Entre los compañeros y las compañeras que se deshacen en demostrar el carácter sobrenatural, extraterrestre e irrepetible de Fidel, y quienes hacen correr tinta de maestrías y doctorados en registrar cuántas cucharadas de azúcar prefería el Comandante en el café o el batido de guayaba, no nos ayudan para nada a comprender la obra de Fidel ni la cifra del fidelismo. Antes bien contribuyen a oscurecerlo todo. ¿Cómo puede tener sentido “yo soy Fidel” si Fidel hubiese sido un superhumano, un ser de otro mundo?

La indefinición racional del fidelismo sirve, además, de biombo para oportunistas usufructuarios de su mitología, pero que desprecian la praxis fidelista real. Esos enemigos de Fidel, dispuestos a hacerle la taxidermia a su cuerpo y a su pensamiento, como si fuera un objeto de museo y no un cuerpo simbólico andante, no pueden entender, por ejemplo, que en plenos sesenta, al mismo tiempo que el país comprometía importantes recursos de su desarrollo en el armamento general del pueblo y las infraestructuras militares, en el antiguo Country Club, Fidel se planteara crear la Escuela de Artes más bella del mundo; o que liderara el apoyo internacionalista del pueblo de Cuba a la liberación de los pueblos de África, sin esperar ni un diamante a cambio; o que en la hora más difícil apostara por la biotecnología; o que de las ruinas del período “especial” levantara la inconclusa Batalla de Ideas. Coinciden entonces los enemigos de fuera y de dentro: “esas eran locuras de Fidel.” Y a la sazón el fidelismo queda aplastado bajo la lógica mezquina del sentido común producido por el mundo “normal” que nos acecha, incapaz de engendrar una lógica nueva debido a la mudez que padece desde la muerte de su creador.

El Centro Fidel Castro tiene una importante responsabilidad histórica a la que deben coadyuvar todos los revolucionarios: desentrañar el secreto de la praxis fidelista que era el corazón de la política revolucionaria cubana. Hablamos de secreto y no de misterio. En teología el misterio es algo inaccesible a la razón. Fidel es un secreto en el sentido de que su práctica permanece indescifrada aún para nosotros, y debemos descifrarla. Solo de ese modo podremos reproducirla para darle continuidad al proyecto.

Como ya hemos mencionado, los mitos desempeñan importantes funciones existenciales y políticas, pero cuando nos dominan y clausuran la posibilidad de que tomemos conciencia y, por tanto, control de lo real, se convierten en fetiches. Ni Fidel ni el fidelismo pueden convertirse en fetiches. Con “la fuerza de la verdad y las ideas” tendremos que darle su justo sitio a la mitología, sin dejarla cegar a la comprensión, para que pueda florecer, en toda su gloria, la política del fidelismo.

 

Notas

 

[1] Como lo describe Rafael Hernández en su excelente artículo «Algunas enfermedades infantiles en la cultura del socialismo en Cuba», publicado en el diario digital OnCuba el 6 de marzo de 2020 (https://oncubanews.com/opinion/columnas/con-todas-sus-letras/algunas-enfermedades-infantiles-en-la-cultura-del-socialismo-en-cuba/).

[2] Rafael Hernández, cit.

[3] Carl Schmitt: Teología política, pp. 37 (Editorial Trotta S. A.: Madrid, 2009).

[4] Jules Monnerot: Dialéctica del marxismo, pp. 12 (Ediciones Guadarrama S. A.: Madrid, 1968).

[5] José Carlos Mariátegui: «El hombre y el mito», en El alma, el manantial y otras estaciones del hombre hoy, pp.19 (Archivo Chile, Centro de Estudios Miguel Enríquez, en https://www.archivochile.com).

[6] Fidel Castro: «La Revolución no es la oportunidad de negar una vida mejor», en Bohemia, pp. 42, año 54, no. 30 (La Habana, 27 de julio de 1962).

[7] «Seguramente ante la pregunta responderían airados: “¡La Revolución!”. Así, con mayúsculas. Y habrá que insistirles una vez más: ¿qué es la Revolución?», Iramís Rosique: «La orfandad de los caníbales», en La Tizza, 7 de enero de 2022 (https://medium.com/la-tiza/la-orfandad-de-los-can%C3%ADbales-3f4a74f2091b).

[8] Leyner Ortiz: «Cuatro máquinas hegemónicas y una fuga utópica», en La Tizza, 1ro de septiembre de 2021 (https://medium.com/la-tiza/cuatro-m%C3%A1quinas-hegem%C3%B3nicas-cubanas-y-una-fuga-de-utop%C3%ADa-b47105b13a33).