Virgilio Piñera: Poesía y prosa, La Habana, 1944 Cintio Vitier

 

 

A propósito de la publicación en sus páginas del poema La isla en peso de Virgilio Piñera, Patrias considera oportuno, por su inquietante y alertadora vigencia, reproducir también, a modo de acompañamiento cordial, en la soledad entendida como “maravillosa compañía y semejanza”, la reseña escrita por Cintio Vitier para la sección Notas de la revista Orígenes, en ocasión de la publicación en La Habana, poco tiempo antes, en 1944, de Poesía y prosa de Virgilio Piñera. El texto de Cintio se reproduce a continuación íntegramente tal como apareció en Orígenes, Año II, núm. 5 [Primavera. Abril], La Habana, 1945, pp. 47-50. La reseña que sigue también figura en Cintio Vitier, Crítica 2, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, pp. 145-148.

 

 

La última generación de poetas y artistas cubanos está empeñada en un trabajo amargo y de fecundidad lejana. Consiste esencialmente, a mi ver, en el replantamiento radical de nuestros materiales y medios expresivos. Ese problema, desde luego, abarca toda la dimensión ontológica del drama histórico de la isla, y hoy solo es dable afrontarlo contra la más asfixiante indiferencia, contra el más hermético vacío que ha podido nunca pretender el título de soledad. Porque soledad, lo que en la tradición hispánica se entiende por tal, significa maravillosa compañía y semejanza, entraña conmovida y alma que trasciende, que se comunica. Solitario es el maduro, el amistoso hasta los tuétanos, el amante que vive en los aledaños de toda presencia. Pero nosotros, hoy, vivimos aislados sin soledad: ya hostiles o displicentes. Y esa misma circunstancia, manifestada en lo social mediante tan feroz ausencia de crítica y simpatía, representa a su vez una de las médulas centrales de aquel problema expresivo, y por lo tanto también uno de los asuntos que más profunda y vorazmente ocupan el ámbito de nuestra vigilia.

 

Quizás estos años de labor subterránea y recelosa, de revistas que nadie escucha y libros que nadie comparte, serán algún día recordados como aquellos en que se intentó un acercamiento temerario a los sabores más ocultos o a las superficies más aterradoras de nuestra realidad. Lo que aquí y ahora cada cual está intentando, según sus medios y registros, es la imprescindible y fértil tabla rasa, sin que esto tenga nada que ver con alguna especie de irreverencia e iconoclasticismo; el encaramiento de un perfil telúrico que nos arrecia como única o devoradora esfinge. Decimos telúrico en la acepción metafísica de la tierra sin paisaje, ya que todo paisaje implica una suma y creación espiritual; y en el sentido del estrato más desolador por donde nos deviene el alma. De ese estrato, que procuraremos brevemente sustanciar, no es fácil que llegue a existir nunca testimonio tan justo como el que nos ofrecen los poemas y prosas que recién ha publicado Virgilio Piñera.

 

Sería totalmente ocioso ejercer frente a este libro el oficio, siempre triste, del cazador de influencias. Las influencias aquí son tan visibles, y en cierto modo ingenuo tan agresivas, que no parece sensato atribuir al autor el ánimo de ocultarlas. Antes bien, lo decisivo para nosotros es el hecho de que, exista o no esa pretensión, no se logra ni por un instante confundirnos y en cambio el autor nos luce cada vez más impresionantemente influido por su propia voz. Claro que se trata de una voz que ha de salir, para que alguien la escuche por lo menos como señal confusa, de lo vano y cóncavo de una máscara, de un resonador, no de un pecho desahogado y libre; pero esa oquedad y falsía responde sobre todo a la condición y exigencias de lo que debe testificar, que no es un paisaje, ni una soledad, ni siquiera un abismo, sino, rigurosamente, un vacío. Llamamos aquí vacío al reverso humano de la nada, pues en ésta palpita siempre una significación divina, ya sea la nada como pecado (no ser del mal) o la nada como anegamiento del místico en su arrebato de plenitud, o incluso la nada mágica de la extrañeza y angustia del mundo, en que a veces residimos y que no podemos saber a qué alude. Pero sin duda, lo sabemos por su íntima forma interrogante, alude. Lo propio del vacío, sin embargo, es no aludir a nada, sino, en última instancia, a la nada misma, pero entendida aquí no como Pecado, ni como Inefable, ni como Ser Que No Es, sino en cuanto rigurosa categorización del vacío de un mundo en que las cosas y las criaturas están y nada más sobre una superficie siniestra de trivialidad, armando el espantoso y vacuo disparate que lo absorbe todo. "Un mundo", en fin, "como hecho sin calificativos", viene a decirnos Piñera, quien demuestra siempre una conciencia implacable de su asunto. Por eso, en el momento de la invocación, cuando pudiéramos esperar para nuestra asfixia la apertura del llanto, se cierra así calladamente el anillo: "Tenga piedad de nosotros la nada."

 

Ahora bien, ese mundo como un ojo vaciado, en que se borra el pecado y no se insinúa la melancolía, en que sólo es posible invocar a la todopoderosa nada inmanente, no es por lo mismo ni siquiera un mundo de desesperación o caótico. Frente a los poemas y prosas que tan ceñidamente lo reflejan, hemos creído sorprender el secreto de aquel alarido cerebral y graduado con la sangre impávida, que es la característica constante en la escritura sucesiva de Piñera. No hay aquí absolutamente, para nosotros, desesperación ni caos. Por el contrario, lo que hay es un mundo al que, dicho sea con valentía y tosquedad, se ha sustraído El Verbo. Esto implica la imposibilidad tanto de la esperanza como de la desesperanza, de la creación como del caos; y la profunda frecuencia de lo cursi. Porque, en efecto, "cursi es todo sentimiento no compartido", según la frase genial que hallamos en una página de Gómez de la Serna, y allí donde la gracia del Verbo abandona a la palabra humana, ésta sólo puede reiterar el propio vacío, que no es una tiniebla ni un dolor, sino una incomunicabilidad radical en cuyo seno persistirán los perfiles formales del universo, pero desustanciados, grotescos, reducidos a un simulacro sin locura ni contorno. La criatura destinada a expresar ese alucinante infierno cuya esencia consiste en ser todo superficie, tendrá que aparecernos incesamente disfrazada de tantas desesperaciones ajenas como le sea imperioso utilizar. Pero aunque no lo sepa o no lo quiera estará sirviendo de catarsis a la realidad, estará expulsando por su voz ese veneno del vacío que amenaza el corazón de nuestra vida.

 

Con esto queremos decir que el fenómeno así manifestado es tanto de carácter individual como social e histórico, y que justamente en esa coyuntura confiamos para atribuir a estas páginas una significación moral e incluso religiosa que ha de perdurar cuando ya su cuerpo estético, en parte híbrido y vicioso, haya caído. La realidad de la categórica superficie, despojada de toda sombra, entraña o intimidad, que ellas revelan, es innegable para quien se acerque sin malicia, o tal vez armado de una redoblada malicia que disuelva el pastiche adjetivo y los complejos personales inútiles. Quien al principio creyó habérselas con el más presuntuoso y falso de los poetas, acabará fulminado por la evidencia de que su verdadero asunto no es ninguna especie, por ejemplo, de surrealismo kafkiano internacional, sino estrictamente lo que más inmediata y simplemente aherroja nuestros ojos: la muda naturaleza desligada, con mudez de discurso físico, fisiológico; la autónoma naturaleza omnímoda, vacía y exterior en que vivimos. Tierra sin telos, sin participación. Alma telúrica, en cuyo ámbito suele prosperar una actitud, aquella que, llevada por el orgullo a calidad monstruosa, encarna la negación de todo sentimiento y diálogo cordial: la ironía. Pero el énfasis de su función resulta parasitario. Lo que aquí centralmente se expresa es que en este país estamos viviendo ese grado de desustanciación por el cual dos hombres que se cruzan, una boda, una cópula o una mujer que plancha, se equivalen y autodestruyen, no guardan resonancia ni entran en una jerarquía, no son nada más que fenómenos que están ahí bajo la luz terriblemente retórica del proscenio vacío, fragmentos que no se ligan entre sí, que no alimentan ni sugieren una forma orgánica, superior e invisible. Ya de otro modo lo había hecho Piñera en su poema "La Isla en Peso", por el que discurre deformada la intuición que ahora nos presenta nítida: “Pueblo mío tan joven, no sabes ordenar. Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro.” Pero esa ocasional ternura parece como que debilita y extravía su visión, ya que ésta en rigor no se refiere a un estado susceptible de penetrar en ninguna intimidad, en ningún movimiento de compasión o inteligencia, sino al extraño hueco sin fin que nos ataca.

 

Las razones y el proceso más o menos invisibles que han determinado el raímiento, la oquedad ética y la tradición a que aludimos, no cabe dilucidarlos aquí, ni serían para ello suficientes nuestras fuerzas. Bástenos sugerir al lector la meditación del contraste, rico en vértigos y lecciones, que ofrecen junto a la publicación que comentamos, a nuestro juicio profundamente veraz, las páginas saturadas, centelleantes y recias, del diario de José Martí: ejemplo mayor de una actitud, de una forma estética y cordial que hemos perdido. No pretenderíamos, por otra parte, afirmar que el testimonio que nos trae Piñera constituye un espejo absoluto de nuestra realidad espiritual. Otros imperios, paradójicamente sombríos de posibilidades y húmedos aún de noche original, están compareciendo puntualmente ante los ojos de nuestros escritores y artistas. Por esa incesante y proteica cita de la naturaleza y el espíritu adviene de algún modo nuestra figura. Pero debemos insistir en que, aparte su altísima calidad literaria y el puesto inconmovible que le corresponde en el empeño expresivo de la actual generación, este libro de Virgilio Piñera podrá ostentar en todo caso el honor de haberse enfrentado, para delatarlo y ceñirlo insuperablemente, con el vacío inasible y férreo que representa para nosotros, a través de nuestra cotidiana experiencia metafísica, el demonio de la más absoluta y estéril antipoesía. Y sin duda por ello simbolizará siempre, para el posible lector sucesivo, una desconcertante hazaña.