La luz del imposible Cintio Vitier

25 de septiembre de 2021

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Cintio Vitier (1921-2009) habría llegado, hoy 25 de septiembre, a su centenario. Llega ahora, en esta otra manera de haberse quedado entre nosotros. Patrias. Actos y Letras celebra la ocasión reproduciendo en su sección Letra viva el texto de Cintio La luz del imposible (1956). Tomado de Cintio Vitier, Obras. 1. Poética, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997, pp. 127-140.

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La oscilación entre lo natural y lo extraño parece que se va a llevar toda nuestra vida, comprendiendo que lo natural es también la naturalidad de lo sobrenatural y lo extraño supone la lejanía de lo inmediato. El primer recuerdo que tenemos del mundo (aunque sentimos, en cuanto decimos «el primero», que debe ser el segundo o el tercero frente a una primacía inaudita de otras fincas moradas y otras ciudades al alba) comienza con una conversación que no se puede descifrar, o un silencio donde vibran como en un sosiego indignado las nubes y los árboles.

Diríase que desde el principio la exigencia de fijar ese imposible contorno de lo que está hecho de fugacidades y detenciones, de izquierdo y derecho, de mínimo y gigantesco, y de lo que no hay ninguna palabra que pueda apresarlo pero tenemos la esperanza de su indicación a través de las sorpresas, los agrupamientos y los vaciados, se hubiera establecido en nuestros ojos para que nos torturase siempre con los pabellones de su júbilo o la suspensión de sus angustias. La exigencia de escribir, en ese sentido que es lo más ajeno imaginable a lo que más tarde va a entrecomillar nuestro nombre junto con el de otros condenados (infelices todos, pero ya ninguno inocente), estaba así sellada en nuestros ojos, partiendo del deseo del escorzo rápido y lentísimo de las cosas, de lo entrevisto y entreoído en la incesancia de las fragmentaciones alusivas, en la dulzura grande y desolada que se abre después del aguacero sobre la ciudad donde es imposible alcanzar el guijarro que se tiene en la mano, perseguir hasta sus últimos balcones el frío del hierro del banco donde sin embargo nos sentamos ya a mirar el giro legendario y pobre de la feria, con una sensatez que era nuestro más secreto y más hermoso orgullo.

Porque cuando la esencia de la aventura está inmóvil y absorta, temblando con la luz en las pestañas de un escolar que siente los vacíos de la inmensidad como las gárgolas huecas de la gramática, ¿que fantasías pueden seducimos, atrayéndonos fuera de lo que es la aldea encendida del universo y un círculo creciendo en tajadas cada vez más grandes, sin salirse del marco de lo conveniente? Así el frenesí es el tuétano de la costumbre donde los otros no saben que están disfrazados y actúan para el mirón oculto de la yerba, pero sin perder de vista su dignidad de naturales y su tremenda penuria de sobrenaturales que le dan la mano y lo acompañan.

Son de este modo, más o menos, las preparaciones que me iban a permitir abrirme alguna brecha en la muralla de la mudez, decir algunas cosas aturulladas y a veces con sombreros falsos que no me importaba me sombreasen el rostro avinagrado por las inconveniencias y tenacidades del idioma. Pero no quería estar solo con mi deseo, porque si el deseo de soledad es muy cuerdo, la soledad del deseo puede conducir a la locura, y entonces empecé a querer que otros hubieran deseado en mi país lo mismo que yo. Necesitaba una tradición para mi deseo, no quería afrontar esa especie de extravagancia del ser, que me hubiera puesto en la obligación de fundar un partido con los retiramientos del crepúsculo y los gritos del pescador. Necesitaba avizorar el rostro de los otros enmascarados.  Y como en Cuba no hay casi nada que Martí no haya dicho, entredicho o callado (pues hay que creer con verdadero candor en la elocuencia y penetración de lo que un poeta calla, o del silencio que lo rodea cuando cumple ese acto, el más ingenuo de todos los actos, de mojar la pluma), recordé aquella frase de nuestro sumo poeta cuando, en un cariñoso y tal vez inconsciente reproche a Julián del Casal, escribe: «No se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble y graciosa.»

¿Qué había en esa frase que salta del contexto, fuera de la sentenciosidad alzando el dedo, como si a Martí lo persiguiera siempre el dómine que nunca quiso ser, y en que después tantos martianos lo convertirían? Tiene Martí un pleito con el dómine, a cada rato le es menester azorarlo, pero a la postre el dómine levanta su gracioso dedo admonitorio: «No se ha de decir...», y desaparece. Es tal vez el dómine conspirativo de la poesía, el que nos conduce a disertar sobre el misterio poético, a escribir ensayos sobre la metáfora y temas parecidos, para volver después avergonzados a la húmeda oscuridad del mismo puente donde mirábamos los valses deslumbrantes y amargos de la vida. Pero hay una época en que también uno quiere la gloria del ideólogo, y se apodera de uno el erotismo de perseguir a esas ninfas que solo corren por las playas de la meditación. No se trata, desde luego, de «pensar», sino de sentir la fragancia turbadora de esos otros cuerpos fugitivos. Y en una de tales épocas, venturosamente, me tropecé con esa frase como si en su advertencia hubiera algún signo para mí.

¿Por qué no se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción? ¿Qué distingo hay entre lo raro y el instante raro? Entonces hallé lo que me confirmaba en mi creencia de que Martí, más que precursor del Modernismo, lo fue del post e incluso anti Modernismo que había de abrir nuestras posibilidades e imposibles. Y es que «lo raro» de Darío y de Casal, pertenece por esencia a una objetivación en el espacio físico e histórico: lo raro está en las cosas raras, en lo pintoresco, lo exótico —helenismo, versallismo, casticismo, japonerías, etc.— y en las sensaciones refinadas que provoca. El «instante raro», en cambio, equivale a cierta dimensión de «lo extraño», porque lo extraño pertenece también al instante, al tiempo, se liga a la línea hispánica de la fugacidad de las cosas inmediatas y entrañables. Lo raro es lo insólito; lo extraño emerge de lo común e indiferente.

«Que en una misma hora / te creces y te ausentas», dice Quevedo. En esa fantasmal crecida que es un irse y sobre todo un quedarse con los ojos de la muerte mirando la vida, está el instante raro, la extrañeza. «Estoy en el baile extraño», dice también Martí, tropezando, sin proponérselo, con una oscura piedra filosofal. No se trata ya de los abates y vizcondes decorativos de Darío, bultos inconsistentes de evocación y pincelada, sino de hombres reales, cazadores por más señas, que han pasado de lo natural a lo extraño, de la costumbre al fulgor de la fiesta, con la naturalidad con que yo había visto el Casino estruendoso de mi infancia, o el parque de los músicos militares, sumergirse en la lejanía de los tristísimos danzones, en la neblina de las tiernas mascaradas de mi patria. Y todo sin perder el brillo hiriente de la inmediatez, los colores de la alucinación que nos rodea.

Y todo sin perder, sobre todo eso, la contención última, la dignidad de la pobreza. Porque tampoco es, en el iris de las diversificaciones cubanas de lo extraño, lo extraño-misterioso que orea la blancura de algunas vocales de «Plácido», aunque también nos deleite la debilidad misma de esas vagas conjuraciones de las almas lunares de los indios: «Los vivientes que algún día / Triscaban en tu espesura / Hoy salen como las hadas / Al esplendor de la luna.» Versos de luna ondulada por el Walpurgis candoroso de nuestras lomas, ingenuo horror posible donde hay una danza aérea, sin los atabales y los alaridos de otras Antillas pintarrajeadas. Ni tampoco lo extraño-fantástico, agriado de remordimiento y pesadilla, solfatara espiritista del melodrama, que evoca la atmósfera de los románticos alemanes o de Edgar Allan Poe en el final de «El Mendigo» de José Jacinto Milanés. Sino más bien, en este mismo poeta, lo extraño-natural, la cotidianidad de la extrañeza en la provincia ingenua del XIX como cuando en su inadvertido poemita «Vagos paseos» nos dice: «Entonces dulce es dejar / la comenzada novela / buscar la brisa que vuela, / y por las calles vagar.» ¡Vago vagar, envuelto en la brisa errante, por las calles desiertas de la lejanísima ciudad! Esa niebla de lejanía visionaria nos va a traer a la calidad idílica de lo inmediato: «¡Y qué bello será ver / en alguna casa aislada, / junto a la lumbre sentada / una angélica mujer!» El cuadro se precisa ahora desde lo oscuro, con la suavidad de un Heine criollo: «Ver la luz que alegre brilla / esclareciendo de lado / el delicioso encarnado / de aquella fresca mejilla.» Lo oscuro se vuelve el hogar del oculto, del que mira sin ser visto, y una onda de piedad inexplicable, un velo de extraña lástima (humilde, fugaz insinuación de lo que debe ser la piedad infinita de Dios al contemplarnos, lo más extraño de todo) se apodera de la visión: «Ver la confiada fe / con que siente lo que lee / porque la hermosa no cree / que aquel que pasa la ve.» Pero ¿quién es «aquel que pasa», sino el transeúnte eterno, el universal desconocido, el que mira la vida con los ojos de la muerte? ¿No jugábamos de niños al escalofriante juego «del que pasa», disfrazándonos, con abrigos y sombreros viejos, de transeúntes desconocidos, y los otros niños en el parque, mirándonos con el rabillo del ojo, seguían conversando porque nos veían cruzar disfrazados del anónimo cualquiera que pasa por las calles del mundo? Suavemente gana la partida la magia natural, lo cubano en su modestia conmovedora, en la pobreza sencilla con que da su sabor y su imagen, hasta con ese dejo de la décima improvisada, que tiene a veces Milanés (y que hará que «El sinsonte y el tocoloro» se hagan populares en los campos): «Ver aquel cuadro que arroba / con objetos hechiceros: / los dos sencillos floreros / en la mesa de caoba.» ¡Los dos sencillos floreros! ¡Qué poesía tan honrada! Pero la sensación de lo oculto, de una mirada casi clandestina al secreto de la vida, es lo que obsede al inconsciente lírico del poeta: «albergue de una hermosura / ignorada todavía». En ese encapotado «todavía» está la clave, y es su lumbre la que cae sobre todas las cosas del mundo, cuando despertamos a la estancia inimaginable del vivir.

El hermano de José Jacinto, el casi olvidado Federico Milanés, también se acerca mucho, desde la sensibilidad de su época, a lo que buscamos en nuestra poesía como tradición donde no se pierdan los cabeceos empapados de los árboles y los carnavales del frenesí medio vacío de la provincia, sobre todo con esos versos a la vez estentóreos e inaudibles como gritados en el negror del inmenso muelle de las despedidas funerarias: «¡Adiós al gran llover de noche oscura / Que en abrigado hogar suena propicio!» «¡Adiós a la mujer, visión radiosa, / Que cruza rauda en el crujiente coche!» Versos más poderosos que los que solía escribir su desdichado hermano, a cuya muerte los dedicó. Y también en Juan Clemente Zenea encontramos otras variantes, como lo extraño-impresionista, lo extraño-metafísico, la veladura de los interiores, la intemperie desolada. Podría sin duda seguirse el rastro de la extrañeza en nuestra poesía, y luego en sus vinculaciones con las poesías europeas. Pero estas páginas quiero mantenerlas alejadas de toda pasmadora erudición, sugiriendo sólo un tema posible. La tradición existe, está indicada con suficiente aunque sumaria evocación.


Y sin embargo uno siente que no es lo mismo, que es otra cosa. La tradición, desde luego, no significa identidad sino linaje, o por lo menos corriente intencional. En suma, uno tiene su familia, pero uno está solo, y esos contactos que nos daban apoyo y fervor desaparecen de pronto en medio de una calle que va entrando en los terciopelos del lubricán.

Cuando estuve completamente solo en Paris comprendí que es una delgadísima valla la que nos separa de las alas rugientes, pero silenciosas, de lo inaudito.

En Toledo me dieron ganas de renunciar a mi parte, cualquiera que fuese, pues se me exigía algo así como una mirada ante notario y escribano, como si tuviera que explicar que es un espejismo delante del coro de los ángeles.

En España sabía que estaba la cura de muchos anhelos del americano, como en América están los bálsamos para muchas desesperaciones del español, y se me llenaron tanto los ojos de mirar las piedras que todavía no se me han desempedrado del todo. Pero cuando tuve que salir de Córdoba antes del amanecer, en el camino a la estación me volvieron a asaltar los relentes planetarios del no saber dónde se está.

Tenía hambre de ver a España, porque sospechaba que mis imposibles salían de un trasfondo de irrealidad, y sabía que España es, como dice Ramón Gómez de la Serna, «rica de realidad». Encontré que esto quiere decir que es rica de pobreza, y que la penuria de la luz española efectivamente pone a las cosas en el trance de no arrojar ninguna sombra, porque la sombra ya no sería una prolongación anhelante sino otra cosa más, como si la sombra de la piedra fuese otra piedra. Para el americano, y más para el insular, tanta absoluta soberanía de lo concreto acaba lindando con el hermetismo de lo abstracto, la materia desnuda se vuelve lo más fantasmal, como sucede en las polvaredas del Quijote y en los cuadros de Zurbarán. El resguardo supremo de España, su castidad física y metafísica de madre sin voluptuosidad, de madre virgen, está en esa completez de su aceptación de las cosas y los actos. Las mayores figuraciones del espíritu de España, por eso, no pueden entrar en la delectación de la mirada del americano que es un esencial gerundio —estoy mirando, estoy deseando— sino que se nos dan, como el Escorial o como el Cristo de Velázquez, en lo ya inmirable, en lo concluyente de su incorporación.

Es la tierra más exterior, el pueblo menos subjetivo.  Y en él se da, por eso, la mayor desnudez humana, la más conmovedora dignidad y el ridículo más puro. Nadie es más criatura, en toda la dimensión de la palabra, que el español. A su lado los demás hombres nos parecen esbozos, aproximaciones o desvaríos. Estoy hablando del hombre llano y primigenio, del que vi en los trenes y los pueblos, no del señorito ni del intelectual.

Pero bien miradas esa realidad y esa aceptación se fundan en un delirio tremendo. Lo que es para nosotros la lejanía es para el español su delirio ardiente, seco y reconcentrado. Me encontraba, no con una solución, sino con otro planteamiento a la vez más furibundo y sosegado: la realidad no se persigue a sí misma, sino que obstinadamente nos mira. El imposible de ese desafío es el apriori de la vida.

Con esas comprobaciones acrecedoras, con esos fortalecimientos y las pasmosas equivocaciones del escribir, es preciso continuar la lucha cuyo premio será la muerte, la sencilla enormidad de morir como todo el mundo.

Van saliendo así esas páginas extemporáneas, sin solución en las que intentamos fijar lo que (como en otro juego infantil) nos toca y huye, llevándose en ese toque algún secreto de la vida. Escritura varia; sospechas, jácaras y asaltos:

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Fina García Marruz y Cintio Vitier

 

 

 

La verdad

 

Por las calles de la Habana Vieja, el chisporroteo de la realidad me llena de constataciones post-mortem que van a fundirse con el chirrido del tranvía de la infancia en el puente adoquinado. Las distancias en ambas casos son pequeñas, todas las grafías de la realidad muy conocidas, pero no se acaba de llegar nunca, el espacio no se  puede atravesar.

 

En ese amargamiento supremo de las calles que de pronto el sol ahueca y tira contra el fondo de su muladar de oro, un dependiente atraviesa la atonía espantosa con su rollo de cueros como una Biblia de los límites, llevando a la otra orilla el mensaje de la continuidad y del optimismo sobrio de las cosas. Anónimo salvador de todo, cuando ya íbamos a perder la fe, nadie sabe la nobleza que en ese memento le incumbe como portador, inconsciente y rudo, de la Verdad.

 

 

Las meninas

 

Ningún cuadro que yo haya visto me ha perseguido tanto como Las Meninas, y es inútil que trate de conjurarlo poniéndolo en la galería de las obras maestras, en la vulgaridad de la fama. Todo es inútil. Yo lo estoy viendo, solo y oculto detrás del cortinaje tenebroso de la clandestinidad, como la revelación incomprensible que estaba prohibido mirar. ¿Por qué? Porque contiene en cifra la suma de las cosas, el cómputo de lo real y lo imaginario, la súbita cuantificación de lo que el ojo sólo puede ver, de la primera a la última generación, en aleaciones sucesivas. Pero mi castigo consiste en que, por más que miro y remiro desde mi cámara oscura, no doy con la clave que haga girar esa caja de caudales.

 

 

 

«Le bon sauvage»

 

Frente a la minuciosa dermografía cultural de algunos seres, tatuados con millones de fechas, citas, signos, enlaces y abreviaturas, siento el desamparo de mi piel, como un cuero todavía no curtido en el que no hay más que las estepas y los poros planetarios, las desolaciones y los desabrimientos de la anatomía.

 

El leer no tiene para mi virtud adhesiva, desconozco el tatuaje de la letra, y es en vano que me dé unas tremendas sesiones de culturación, sometiéndome a todas las variantes conocidas, desde el estudio metódico hasta la más disipada bohemia de la lectura artística, encrespada y genial. Salgo siempre, como dicen que se sale de los baños turcos, con los poros más abiertos y limpios, completamente desintoxicado, muy a mi pesar, de todo lo que tan fervorosamente he querido incorporarme.

 

¿Será posible que no pueda recordar una miserable fecha y que tenga que estar leyendo siempre los mismos libros? Lo leído se me vuelve lo desleído, y sólo me va quedando, como auténtica reliquia de mi saber, una mudez estruendosa, un núcleo remoto en el centro de la testa. No dejo de tener fe en esa especie de monte Horeb de mi ignorancia, pero ¿cómo brillar así en la conversación, en la conferencia y el ensayo, cosas tan apetecibles para un espíritu normalmente ambicioso?

 

Como esos anémicos que no fijan el hierro, soy el ser que no fija las programaciones imprescindibles de la cultura y se queda en blanco, sin las contraseñas que harían verosímil su trato con los sesudos libros; comparándome también a un viajero desprovisto de fotografías y referencias, que no pudiese probar que ha viajado, acabando por dudarlo él mismo.

 

Entonces salgo a la calle sin amargura, como el caballo sudoroso y por fin desensillado, a pastar en los inmensos, desnudos, santos pastizales.

 

 

 

El perro

 

Escribir únicamente de lo que conocemos por la experiencia de un sabor, de un olor, de un sonido, de una luz que han entrado mucho en nuestra oscuridad como ladrones acostumbrados a refugiarse en la mansión vacía, donde hay otros bultos que no saben si son muebles que se olvidó la ancestral mudanza o forajidos solitarios que vienen de otras ciudades a las que se llega por un puente en el anochecer lluvioso.

 

Escribir, por ejemplo, del ladrido del perro que lo interrumpe todo con la obtusa exclamación, la destemplada nadería, el desierto pedregal, la cadeneta del tedio, la ficción de las nubes, el ronco cambio del motor, el enarcamiento de las cejas, los cuartos encendidos, el anuncio de la cena, el despeñamiento de la catarata de la lejanía, el hueco atónito del mundo... El ladrido del perro que se intercala para banalizarlo y enseriarlo todo de otro modo, en el estupor de la fatalidad o del azar equivalentes, recordándonos la tumba sobre la que siempre ladra sobresaltado el perro lunático y estelar, y que no es otra tumba que la nuestra, la de cada uno de nosotros que lo oímos como el irritante acceso de tos de la Incoherencia, cuando a los muertos debe sonarles como la dulcísima canción de la verde primavera de sus huesos.

 

 

 

El tardío iconoclasta

 

Había sido siempre respetuoso de las tradiciones y las jerarquías, pero de pronto, cuando ya entraba por las luces alegóricas de los cincuenta, se convirtió en el más furioso iconoclasta, declarando que su visión era única e incomparable con las consagradas añagazas de los siglos. Y no murió en la desesperación, sino rodeado de discípulos posibles, iluminado por la más serena alegría.

 

 

 

La boca del clown

 

Como la boca pálida, modesta y dolorosa del hombre (que hay que acercarse mucho para verla bien, y entonces casi nos avergüenza) dentro de la boca exagerada, patética y blanca como la muerte, del clown, así la vida del que escribe, dentro de la mueca mortal, de risa y de llanto hiperbólicos, de su palabra.

 

 

 

La encerrona

 

Salir, romper, digo el ocaso pero quiero decir caballos, ciudades, los trenes en la noche cruzándose con sus cargas de dicha, con sus destinatarios de espanto, los proyectos anulados que sacan la cabeza fantasmal por encima de las nubes hinchadas, el olor del azafrán en el momento en que no lo podíamos abrir ni impulsar.

 

Salir, romper, digo mañana pero quiero decir estrellas, caballos, el verde menta del mar, la triaca escondida en la tumba vacía, el anuncio concreto de la terriblemente hermosa vulgaridad, el mordisco, la risa, la plumilla del ludión.

 

No lo digo con lirismo, quiero literalmente salir. ¡Aire, aire, no la gran página erótica del diccionario que hojea el simún, no la película muda donde nos ocultamos infinitamente, no el guante nobilísimo de la prostituta, no la avenida desbordando la jarra del instante con el néctar espumoso de los dioses, aire, aire!

 

¡No la muerte ni la vida, romper, salir, despanzurrar este idioma de aserrín, penetrar en las terrazas que no se llamaran terrazas y abrazar a la mujer que no se llamará mujer, y que es la misma que ahora está mirando las pulseras baratas bajo la luz eléctrica de la joyería!

 

 

 

Vida póstuma

 

Lo que necesariamente va a ocurrir, es como si ya hubiera ocurrido. Por eso todo lo que veo es póstumo. Estoy alojado en el fatal suceso futuro y desde él contemplo la radiancia de las cosas con un brillo menos y más del que tenían.

 

Puedo dejar esa persiana distinta (como aquella, única, que le descubría a la calle su trozo más secreto en la amarilla irradiación de las cuatro) y tener también visiones en gerundio, como los demás, empujadas por el grueso de la onda que fluye mansamente; pero me he enviciado con la risa serenísima, con el sensacionalismo remoto de la hora póstuma.

 

Tiene entonces alga de carruaje despeñado el mundo, la ropa tendida flamea sobre el naufragio, los enfermos se mueren de memoria, una luz desencajada saca el pecho escuálido detrás de la otra, se le ve la encía al idilio... No, no es eso tampoco. Todo sigue igual, exactamente igual; o bien la variación es tan leve que no podemos precisarla.

 

Un pájaro canta en el lustroso verdor sobreviviente con una dulzura inexpresable.

 

 

 

Tratado de la siesta

 

Una buena siesta consta de tres etapas: la voluptuosa, la atónita y la resurreccional.

 

En el desperezo de sus primicias la criatura vuelve a tomar contacto con las fuerzas soñadoras de los orígenes. No es un hundirse en el descanso y el olvido, como ocurre con el sueño nocturno, sino un acrecimiento rumoroso de la vitalidad. Es el lado mítico, anteico, de la siesta. Sus detractores dirán que es el lado animal. Pero se trata de una animalidad aérea, desvariante, fabulosa. De una animalidad, en suma, sin ponzoña ni avidez, donde todos los impulsos y todas las ensoñaciones son ideales, inocentes.

 

La etapa atónita es la fase de la videncia. ¿Cómo se pasa de un estado tan placentero a otro tan amargo y dramático? Misterio. Ahora estamos, con una lucidez gigantesca y fija, en un solo rayo de luz que cruza por encima de la cabeza sudorosa, mirando las imágenes más significativas y más incomprensibles. Es el lado revelador de la siesta, el momento de la escala de Jacob. Es el momento en que todos somos Jacob, y los ángeles de fulgor tremendo suben y bajan inmóviles. Pero esos ángeles puede o ser un rostro, un patio desierto, un personaje que llega a la playa y habla con palabras inaudibles. Las alabanzas más deslumbrantes y las injurias más atroces se escuchan en esta etapa de la siesta.

 

Sobreviene entonces una especie de transfiguración, entre fruitiva y dolorosa. Las imágenes se borran, hay un suave esplendor. Ya no somos Jacob estupefacto, sino Adán presintiendo la herida y la sobreabundancia de su despertar. Empieza la resurrección, no a otra vida, sino a esta vida misma, que aparece como después del inmenso baño lustral, goteando la luz postdiluviana de las nupcias.

El hombre se alza reconciliado de la teodicea de la buena siesta. Mala será la que fanatice sus registros, no pudiendo superar la inclinación a la molicie y entonces degenerando en obcecada pesadumbre, o infatuándose hasta exigir sus gigantes y cabezudos a la pesadilla que duerme en el sótano horrendo de la siesta.

 

El centro del día le sirve para sestear como puede a la humanidad desdichada y fraterna. Los hay que echan su siestecilla tardía de las cuatro. Los hay que van sesteando al trabajo. Los hay de muy distintos hábitos y matices; pero los que no la aman tienen que seguir su vigilia estéril, sin ese sumergimiento fortalecedor, envidiando el circulo mágico y festivo de la siesta de los otros.

 

A cada cual su siesta le enseña algo. A mí la mía me ha enseñado que todo lo que somos y tenemos es fulmíneo y terrible como un rayo.

 

 

 

Lo cubano y lo criollo

(ensayo mínimo)

 

La diferencia entre lo cubano y lo criollo se hace patente en cuanto confrontamos el Separatismo con el Autonomismo. Esos dos Partidos tienen la profundidad de representar algo más que soluciones políticas, porque viven un momento en que la política tiene raíces poéticas. Poesía y política se confunden hermosamente, como en un solo rayo purificador, en las actitudes más intensas de nuestro siglo XIX. Ese rayo es, en efecto, la idea electrizante de la patria. La gallardía del Separatismo viene del fulgor del ideal de la ruptura, del desgarrón de lo distinto, mientras la elegancia del Autonomismo se asienta en la idea sensata de la evolución, en los resguardos de la continuidad. El uno quiere ganar o perder, a la intemperie; el otro, conservar y diversificar en la penumbra, con una candorosa astucia llena de datos económicos, jurídicos y sociológicos. Son dos ingenuidades, que el cariño de la República a la postre acogió sin miramientos bajo la misma proceridad. El Separatismo culmina en los barrocos y desgarradores discursos de Martí, como el Autonomismo en la oratoria sabiamente modulada de Montoro. Son dos estilos, y por ellos vemos lo cubano y lo criollo, que tienen manifestaciones más secretas, objetivarse nítidamente en el proscenio.

 

La casa cubana, en el campo, es la casa de tablas y tejas, pintada de blanco y azul, con jardincillo modesto al frente y detrás la arboleda de mangos y naranjales. La casa criolla por definición, en Cuba y en toda Hispanoamérica, es la quinta de las afueras, con césped, pinos y estatuillas en las fuentes. El paisaje criollo es el de los grabadores franceses e ingleses del XVIII y el XIX. El paisaje cubano, el que anota Martí en sus últimos Diarios. Hay elementos comunes, pero la diferente luz en que se sumergen los aleja tanto como si fueran de países distintos. La luz tamizada, fina, entre irónica y nostálgica, donde todo se recorta con reposada e imperturbable nitidez hasta los últimos planos, que otra de la luz que se arremolina en golpes, asombros y ráfagas, o fija la hiriente plenitud del paisaje como una pobreza espléndida. Lo criollo es maternal y lo cubano está en las rebeldías e ilusiones del hijo. Las estancias y los muebles del llamado «estilo colonial cubano» son más bien representativos de lo criollo; el mueble cubano es cualquiera, con el menor estilo posible. Lo cubano es el mantel de hule y lo criollo el de hilo bordado, que sin embargo se pueden poner en la misma casa, resumiéndose graciosamente la polémica secular de nuestra personalidad.

 

 

 

La piedra heraclea

 

Se habla tanto de influencias porque se ha perdido la epicidad y la catolicidad de la palabra, entrándose en un mundo sajón, desleal, competitivo. La idea de las influencias debiera ser sustituida por la teoría platónica de la Piedra de Heraclea, de la imantación que va formando lo que podríamos llamar familias de entusiasmo. Así perdería el gremio de los escribas y rapsodas ese aire hosco de estar siempre acechados por espías y rateros. «Me husmeó una metáfora.» «Me birló un título.» «Me raptó una idea.» ¡Llorones de la originalidad, cuando no hay más que familias de entusiasmo y una sola gloria coral de la palabra humana!

 

 

 

El autorretrato de Velázquez

Desde su autorretrato, Velázquez me mira al sesgo, profundamente ofendido, el triángulo nocturno de la melena fantasmal (tan parecida, como un pájaro a otro pájaro en la sombra, a la melena de su Cristo crucificado) enmarcado el triángulo de lumbre de vela mortuoria del rostro pálido, encendidamente pálido como un pergamino al trasluz; la guía fiera del mostacho, con el toque grana, grueso, extrañamente vital, del labio superior, subrayando la mirada de un solo ojo lleno de objetividad, desdén, reproche, y el otro que de pronto asoma como atisbando con la curiosa trivialidad de un ojo de fotógrafo; y la manga granate, sobre el terciopelo negro que sólo rompe el filo de luna del cuello que lo decapita dejando la cabeza flotante, vaporosa, en otro piano, se dobla afectada, señorial, negligente, imperiosa, en el guantelete de oro viejo a la cintura, con el meñique rematando la inaudita impertinencia en una última tilde fría de indecible, sobrepasada, casi melancólica exquisitez; irguiéndose la aparición desde los siglos, como entre el humo pardo y lejano del incendio de las cosas, frente al salón del espejo que lo apresó para nosotros, para su pincel que lo está pintando en el espejo del salón que no podemos ver, y se acerca y se aleja, con la cabeza ladeada, con otro mirar más cariñoso y más herido de modestia, mejorando siempre, en el silencio de la piedad de su pintura, la imagen absoluta de su orgullo.

 

 

 

La cebolla

 

Habéis visto la cebolla, primero entera, con moño trunco y espoleta, después partida, en arandelas vegetales, rodajas tosco-sibilinas, naipe de satélites cayendo (el cuchillo, arrancando el papel prehistórico, cruje sollozante, hilarante, serio verdugo del brocado lunar de ese cráneo), patrona del ojo gnómico, sobre el mármol blanquísimo, altísimo, aunque sanguinolento, solemne, bestial, de los monumentales cadalsos de la simplicidad. ¿Y no os basta?

 

 

 

El carro del carbón

 

Tirado por un mulo majestuoso, fijo en el hueco de la luz por las tiernas, crueles, repujadas orejeras (ingenio tosco y desgarrante de los hombres, pero algo más, algo en los pespuntes del cuero claveteado que era el orejón evidente y triste de la realidad), saltando sobre los pedregales del sol de la mañana venía el carro del carbón, el último carruaje misterioso, la última carpa transportada entre las nieblas de la medianoche, la última carroza de los reyes, carbonizada y dando tumbos con sus ruedas demasiado grandes por la calle que se despeña en el absorto río.

 

 

 

El encascabelado

 

Vi el brazo encascabelado, guitarrero, trágico. ¿Qué había de pensar? Un relámpago lívido, la hipótesis de los muchos tornándome nadie, el ojo irreprensible de la yerba; que nublazón hiriente, ahora, se despeña en sesgadas cenizas rencorosas. Acaso escrito con pluma de moña verde loro, péñola de preso abanderada de la ingenuidad del crimen, del corazón áureo del que asesta el mazazo y fuerza las cerraduras, en el silencio penal del mediodía; escrito con la indescriptible pluma... ¿Qué? ¿El día? Y entre este y aquel día ¿cuántos, escritos con qué plumas? Comprendí, por ejemplo, que la penca del cocotero que a ratos ocupa mi ventana es físicamente gigantesca. El viento la balancea como a un castillo, como a una estrella. Entre tanto siguen cayendo los reflejos agrios, el rencor plomizo, las zonzas risas crudas de los grises. ¡Ah, pero yo he visto el brazo con su recia faja de cuero y cascabeles, y el hombre del diente de oro agitándolo rítmicamente sobre la guitarra trágica! Y los dos decíamos en voz baja: ten misericordia de nosotros, ten misericordia de nosotros.

 

 

 

 

Canción

Voy a salir un día tan afuera que veré el sol del pavorreal, la luna del potro, la silla del rey; no, tan afuera, que veré a mis hijos.

 

Voy a entrar una noche tan adentro que sólo las piedras conocerán mi carne con mi alma; que sólo aquellos inmóviles y desunidos podrán entender mi unidad, mi movimiento. No, tan adentro, que seré otra vez como ahora.

 

 

 

La pared

 

¡Cuántas cosas veo, y sobre todo, cuántas no veo, en la pared vieja, descolorida y manchada, de la casa vecina! Es la pantalla mágica donde se desarrollan las mejores historias de mi vida, donde se escriben mis mejores poemas, donde brotan con un pálido esplendor henchido los más inteligentes comentarios a las lecturas o los recuerdos. ¡Concreto vacío modesto, realidad primera y última, colegio y sepulcro, imagen de las imágenes! Lo que veo allí es lo imposible; lo que no veo, lo posible.

 

 

 

Epitafio

 

Respirando, al expirar me entrego, al inspirar asimilo y me oculto, transparente ladrón. Viviendo, al nacer me entrego, al morir asimilo y me oculto, tenebroso ladrón. Mostrarse, esconderse; mostrarse, esconderse. Como la ola.

***

 

La poesía se nos va trasvolando en los papeles y las conjeturas que hacemos de su ser, quimera con las alas funerales de la adolescencia y el aliento ígneo de la juventud. Los domingos se hacen cada vez más inmensos en el enloquecimiento de sus ojos. Ya no es la poesía, sino las ventanas de La Habana, los harapos de los diálogos, la nube acero y cárdena que se hincha por detrás, con el ciego beneplácito de todo. Ya no es otra cosa que la adultez del corazón y el humo beato de la sopa; pero algo por las lejanías más descomunales sigue gritando como una transparencia de los mundos. Abrimos el teatro del poema, escribimos el poema, cerramos el teatro del poema, con nuestra única asistencia. Pero ningún poema basta, la palabra misma es ridícula. Nadie puede decir «soy un poeta, escribo un poema», qué repugnancia; y sin embargo, uno había soñado vivir en el noble comercio de las letras, como en un trueque de aves liras y turquesas, de constancias e ilusiones. En lugar de eso ha tenido que polemizar con el escepticismo y la bastardía, entrar en la boca de los inmundos, romper sus años en el pedregal vacío de la escritura, de las publicaciones. Y encima comprendiendo que iba por otra parte, que se escapaba, que está sonando en el piano solo y aterrador de la finca, lo que de tan grotescas maneras creíamos apresar.

 

¿Será la poesía una enfermedad, una obsesión, un vicio?

 

Levanto la cabeza (esta cabeza de buey del escriba inclinado sobre la tierra surcada de la página) y veo las copas de los arboles movidas por la brisa. Ahí está Dios.

 

Y al anochecer Cristo se encontró con Nicodemo.

 

Agosto-septiembre, 1956.