Una visita a Lula: el “golpe de Estado blando” que continúa* Noam Chomsky

*Publicado originalmente, bajo otro título, en inglés y en portugués, en The Intercept, el pasado 2 de octubre de 2018. Traducido ahora al español por © Rolando Prats, Editor de Patrias. Actos y Letras.

Las prisiones recuerdan la famosa observación de Tolstoy sobre las familias infelices, en el sentido de que cada una "es infeliz a su manera", aunque existen algunos rasgos comunes; en el caso de las prisiones, el reconocimiento, sombrío y asfixiante, de que alguien más ejerce un control total sobre tu vida.

Mi esposa Valeria y yo acabamos de visitar en prisión a quien podría considerarse el preso político más prominente hoy en todo el mundo, alguien de inusual importancia en la política mundial contemporánea.

Para los estándares de las prisiones norteamericanas que he visitado, la Prisión Federal de Curitiba, en Brasil, no es imponente ni opresiva, aunque con esta comparación estamos poniendo el listón bastante bajo.  No se parece en nada a las prisiones que he visitado en el extranjero, y ni remotamente a la cámara de tortura que tenía Israel en Jiyam en el sur del Líbano, y que más tarde fue reducida a polvo por las bombas para que no quedara rastro del crimen, y está muy lejos de los horrores indecibles de Villa Grimaldi en la época de Pinochet, donde los pocos que sobrevivían a las exquisitamente diseñadas sesiones de tortura eran arrojados en una torre para que allí se pudrieran, uno de los métodos utilizados para asegurarse de que el primer experimento neoliberal, bajo la supervisión de destacados economistas de la escuela de Chicago, pudiese seguir su curso sin voces disonantes.

Así y todo, es una prisión.

El prisionero a quien visitamos, Luiz Inácio Lula da Silva, "Lula", como se le conoce en todo el mundo, ha sido condenado virtualmente a cadena perpetua, en confinamiento solitario, sin acceso a periodistas o a diarios, y con visitas limitadas un día a la semana.

Al día siguiente de nuestra visita, un juez, alegando el principio de la libertad de prensa, accedió a la petición del periódico más grande del país, Folha de São Paulo, de entrevistar a Lula, pero otro juez intervino de inmediato y revocó la decisión, no obstante el hecho de que los criminales más violentos del país —líderes de milicias y narcotraficantes— son rutinariamente entrevistados en prisión.

A la estructura de poder en Brasil no le basta encarcelar a Lula. También quiere asegurarse de que la población, mientras se prepara para votar, no oiga hablar de él, y al parecer está dispuesta a recurrir a cualquier medio con tal de lograr ese objetivo.

El juez que revocó el permiso no estaba haciendo nada nuevo. Uno de sus predecesores fue el fiscal que en 1926 presidió la condena de Antonio Gramsci por el gobierno fascista de Mussolini, y quien declaró: "Debemos impedir que su cerebro funcione por los próximos 20 años".

"La historia no se repite, pero, con frecuencia, rima", observó Mark Twain.

 Noam Chomsky conversa con militantes del Partido de los Trabajadores (Brasil) después de visitar a Lula en la Prisión Federal de Curitiba el 20 de septiembre de 2018.

Nos alentó, pero no nos sorprendió, encontrar que, a pesar de las onerosas condiciones y el escandaloso error judicial cometido, Lula sigue siendo el mismo ser lleno de energía, optimista respecto al futuro y con muchas ideas sobre cómo hacer salir a Brasil de su desastroso curso.

Siempre existen pretextos para encarcelar a alguien —válidos o no—, pero a menudo tiene sentido buscar cuáles podrían ser las verdaderas razones. Así es en este caso. La principal acusación contra Lula, basada en declaraciones de empresarios corruptos que admitieron su culpabilidad a cambio de ver reducidas sus condenas, consiste en que le ofrecieron un apartamento en el que nunca vivió. Difícilmente una prueba irrefutable.

El presunto delito es apenas detectable para los estándares de Brasil, y cabría decir más acerca de ese concepto, sobre el que habré de volver. Dejando esto de lado, la sentencia es tan absolutamente desproporcionada en relación con el presunto delito que es más que apropiado indagar por las razones que están detrás de ello. No es difícil sacar a la luz las razones posibles. Brasil se enfrenta a unas elecciones de vital importancia para su futuro. Lula es, con mucho, el candidato más popular y ganaría fácilmente unas elecciones justas, resultado que no es precisamente el preferido por la plutocracia.

Aunque las políticas que Lula aplicó durante su mandato se propusieron dar cabida a las preocupaciones de los sectores financieros nacionales e internacionales, Lula es despreciado por las élites, en parte, sin duda, debido a sus políticas de inclusión social y de prestaciones para los desposeídos, aunque parecen intervenir también otros factores: principalmente el simple odio de clase. ¿Cómo permitir que un trabajador pobre sin educación superior que ni siquiera habla correctamente el portugués dirija nuestro país?

Mientras gobernó, Lula fue tolerado por las potencias occidentales, pero con reservas. Su éxito, junto a su Ministro de Relaciones Exteriores, Celso Amorim, en el empeño de propulsar a Brasil al centro del escenario mundial, haciendo que empezaran a cumplirse las predicciones que se habían hecho hace un siglo de que Brasil se convertiría en "el coloso del Sur", no provocó mucho entusiasmo. Algunas de sus iniciativas fueron duramente condenadas, en particular sus gestiones, en 2010, en coordinación con Turquía, para resolver el conflicto en torno a los programas nucleares de Irán, socavando la insistencia de los Estados Unidos de manejar los hilos de la trama. En términos más generales, el liderazgo de Brasil en la promoción de fuerzas independientes de los poderes occidentales, en América Latina y otras partes, no fue bien recibido por quienes están acostumbrados a dominar el mundo.

Impedida la candidatura de Lula, existen grandes posibilidades de que el favorito de la derecha, Jair Bolsonaro, gane la presidencia y recrudezca las ya severas políticas regresivas del presidente Michel Temer, quien reemplazó a Dilma Rousseff después de que esta fue impugnada en un proceso judicial absurdo durante una fase anterior del "golpe blando" (soft coup) en marcha en el país más importante de América Latina.

Bolsonaro se presenta a sí mismo como una figura autoritaria dura y brutal, y como un admirador de la dictadura militar, que restaurará el "orden". Parte de su atractivo consiste en posar como alguien ajeno al corrupto sistema político que promete desmantelar, y que muchos brasileños desprecian por muy buenas razones, situación análoga a la amarga reacción que ha tenido lugar en gran parte del mundo en respuesta a los efectos de las políticas neoliberales de la generación anterior. Bolsonaro afirma que no sabe nada de economía y que dejará ese campo al economista Paulo Guedes, producto ultraliberal de la escuela de Chicago.

Guedes ha sido claro y explícito en cuanto a su solución para los problemas de Brasil: "privatizarlo todo", toda la infraestructura nacional (Veja, 22 de agosto), para pagar la deuda con los depredadores que se están robando el país a mansalva. Literalmente todo, asegurando con ello que el país se hunda en la insignificancia, convertido en un juguete de los muy ricos y las instituciones financieras dominantes. Guedes trabajó durante un tiempo en Chile bajo la dictadura de Pinochet, por lo que podría ser útil recordar los resultados del primer experimento en neoliberalismo de la escuela de Chicago.

El experimento —iniciado después de que el golpe militar de 1973 allanara el terreno mediante el terror y la tortura— se llevó a cabo en condiciones casi óptimas. No podía haber disidencia —Villa Grimaldi y otros centros de tortura similares se encargaron de ello. El experimento fue supervisado por las super-estrellas de la escuela de Chicago y recibió un enorme apoyo de los Estados Unidos, el mundo empresarial y las instituciones financieras internacionales. Los planificadores económicos fueron también lo suficientemente sabios como para no inmiscuirse en Codelco, la muy eficiente empresa minera de cobre nacionalizada, y la más grande del mundo, que proporcionó una sólida base para la economía.

Durante algunos años, el experimento fue muy elogiado, pero más tarde se entronizó el silencio. A pesar de condiciones casi perfectas, ya en 1982 los "Chicago boys" habían logrado que se hundiera la economía. El Estado tuvo que hacerse cargo de la economía en un porcentaje mayor que durante la presidencia de Allende. Los chistosos lo llamaron "la ruta de Chicago al socialismo". La economía fue en gran medida puesta de vuelta en manos de los gestores tradicionales y costó que se recuperara, sin que dejaran de sentirse los efectos residuales del desastre en los sistemas de educación y bienestar social y otros sectores.

Volviendo a las prescripciones de Bolsonaro-Guedes para socavar a Brasil, es importante tener en cuenta el poder abrumador de las finanzas en la economía política brasileña. Según ha señalado el economista brasileño Ladislau Dowbor, al mismo tiempo que la economía brasileña se sumía en la recesión en 2014, los grandes bancos vieron incrementarse sus ganancias entre el 25 y el 30 por ciento, "dinámica en la que cuanto más se benefician los bancos, más se estanca la economía", por cuanto "los intermediarios financieros no financian la producción, sino la drenan" ("La Era del Capital Improductivo").

Por otro lado, continúa diciendo Dowbor, "[d]espués de 2014, el PIB se redujo drásticamente, mientras que los intereses y las ganancias de los intermediarios financieros aumentaron entre el 20% y el 30% al año", característica invariable de un sistema financiero que "no presta servicios a la economía, sino que recibe servicios de esta"[I]. Se trata de una productividad neta negativa. La máquina financiera está viviendo a expensas de la economía real".

Este fenómeno se da a escala mundial. Joseph Stiglitz resume la situación de forma sencilla: "Donde antes las finanzas eran un mecanismo para conseguir dinero para las empresas, ahora sirven para sacarles dinero". Este es uno de los bruscos retrocesos en materia de política socioeconómica que trajo al mundo el asalto neoliberal, junto con la aguda concentración de la riqueza en unas pocas manos, mientras la mayoría se estanca, las prestaciones sociales disminuyen y democracias funcionales son socavadas por obvios medios, a medida que el poder económico se concentra cada vez más en manos de instituciones financieras depredadoras. Las consecuencias de esta situación son la fuente principal del

resentimiento, la ira y el desprecio hacia las instituciones gobernantes

que se han generalizado en gran parte del mundo, a menudo bajo la

errónea etiqueta de "populismo".

 

Este es el futuro planeado por la plutocracia y los candidatos que la plutocracia favorece. Este futuro se vería socavado por un nuevo mandato presidencial de Lula, quien atendió a las necesidades de las instituciones financieras y el mundo empresarial en general, pero no lo suficiente en esta era de capitalismo salvaje.

Detengámonos un momento en lo que ocurrió en Brasil durante la época de Lula —"la década de oro", en palabras del Banco Mundial de mayo de 2016. Durante estos años, según informa el Banco Mundial en su estudio:

El progreso socioeconómico de Brasil ha sido notable e internacionalmente reconocido. Desde 2003 [inicio de los mandatos de Lula], el país ha sido reconocido por su éxito en reducir la pobreza y la desigualdad y por su capacidad para crear empleo. Mediante políticas innovadoras y eficaces para reducir la pobreza y asegurar la inclusión de grupos anteriormente excluidos se ha sacado de la pobreza a millones de personas.

Además:

Brasil también ha venido asumiendo responsabilidades globales. Ha tenido éxito en la búsqueda de la prosperidad económica, al mismo tiempo que ha protegido su patrimonio natural único. Brasil se ha convertido en uno de los nuevos donantes emergentes más importantes, con amplios compromisos, en particular en África subsahariana, y en uno de los principales protagonistas de las negociaciones internacionales sobre el cambio climático. La trayectoria de desarrollo seguida por Brasil en la última década ha demostrado que es posible el crecimiento con prosperidad compartida, pero equilibrada y respetuosa del medio ambiente. Los brasileños se sienten justificadamente orgullosos de esos logros internacionalmente reconocidos.

Al menos algunos brasileños, pero no los que detentan el poder económico.

El informe del Banco Mundial rechaza la opinión común de que este progreso sustancial fue "una ilusión, creada por el auge de [los precios de][2] los productos básicos, pero insostenible en el actual entorno internacional, menos permisivo", y responde a esta afirmación con “un ‘no’ no exento de matices. No hay ninguna razón por la que los recientes avances socioeconómicos deban revertirse; de hecho, bien podrían ampliarse mediante políticas adecuadas".

Las políticas adecuadas deben incluir cambios radicales en el marco estructural general que permaneció en pie durante la época de Lula-Dilma, cuando se satisficieron las demandas de la comunidad financiera y se mantuvieron las políticas de los años precedentes, durante la presidencia de Cardoso, en particular la baja tributación de los ricos (a menudo evitada por completo mediante la fuga masiva de capitales hacia paraísos fiscales) y tasas de interés absurdamente altas que llevaron a algunos pocos a amasar grandes fortunas, al tiempo que se atraía capital hacia el sector de las finanzas en vez de hacia la inversión productiva. La plutocracia y el monopolio de los medios de comunicación sostienen que las políticas sociales drenaron la economía, pero en realidad los estudios económicos muestran que el efecto multiplicador de la ayuda financiera a los pobres mejoró la economía, mientras que la renta financiera proveniente de tasas de interés usurarias y otros regalos al sector financiero fue la causa real de la crisis de 2013, que podría haber sido superada de haberse aplicado "las políticas adecuadas".

El destacado economista brasileño Luiz Carlos Bresser-Pereira, exministro de finanzas, capta de manera sucinta el factor crucial de la presente crisis: "no hay explicación económica [que justifique la política de "bloquear el gasto público y mantener altas las tasas de interés"]; la causa fundamental de las altas tasas de interés en Brasil radica en el poder de prestamistas y financieros" con sus drásticas consecuencias, ayudados por el poder legislativo (elegido con fondos empresariales) y el monopolio de los medios de comunicación, que es en gran medida la voz del poder privado.

Dowbor señala que, a lo largo de la historia moderna de Brasil, los desafíos al marco estructural regresivo han conducido a golpes de estado, "empezando por la destitución y el suicidio de Vargas [en 1954] y el golpe militar de 1964" (que contó con el firme respaldo de Washington). Existen buenas razones para pensar que lo mismo ha venido ocurriendo durante el "golpe de Estado blando" en marcha desde 2013. Esta campaña de las élites tradicionales, ahora concentradas en el sector financiero y secundadas por medios de comunicación altamente concentrados, se aceleró en 2013 cuando Rousseff trató de reducir las extravagantes tasas de interés a un nivel civilizado, amenazando con hacer disminuir la avalancha de dinero fácil hacia el pequeño sector capaz de permitirse los mercados financieros.

La actual campaña para preservar el marco estructural y dar marcha atrás a los logros de "la década gloriosa " está sacándole partido a la corrupción en la que participó el gobernante Partido de los Trabajadores, el partido de Lula, conocido como PT. La corrupción es bien real y grave, aunque satanizar en particular al PT no es más que puro cinismo, si se tienen en cuenta las correrías de los acusadores. Como ya se ha dicho, las acusaciones contra Lula, incluso si se les diera crédito, no pueden tomarse en serio como base del castigo administrado para sacarlo del sistema político. Todo lo cual hace de él uno de los presos políticos más importantes del momento.

La reacción habitual de la élite ante las amenazas al marco estructural de la economía sociopolítica brasileña es secundada por la respuesta internacional a los desafíos que el Sur global[3] (Global South) lanza al sistema neocolonial vigente después de siglos de devastación imperial por las potencias occidentales. En los años cincuenta, en los albores de la descolonización, el Movimiento de los No Alineados trató de ocupar un lugar en los asuntos internacionales. Rápidamente, fue puesto en su sitio por las potencias occidentales. El asesinato del prometedor dirigente congoleño Patricio Lumumba por los viejos gobernantes belgas (que se le adelantaron a la CIA) se convirtió en un símbolo trágico. El crimen y sus brutales consecuencias pusieron fin a las esperanzas del que debería ser uno de los países más ricos del mundo, pero que sigue siendo "¡el horror! ¡El horror!"[4], con la amplia participación de los habituales torturadores de África.

Sin embargo, a medida que la descolonización proseguía su agonizante marcha, seguía irrumpiendo la molesta voz de las usuales víctimas. En los años 60 y 70, con el aporte sustancial de economistas brasileños, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo propuso planes para un Nuevo Orden Económico Internacional, en que se abordaran las preocupaciones de las "sociedades en desarrollo", la gran mayoría de la población mundial. La iniciativa fue rápidamente aplastada por la regresión neoliberal.

Años más tarde, en el seno de la UNESCO, el Sur global llamó a que se estableciera un Nuevo Orden Internacional de la Información que abriera el sistema mundial de los medios de comunicación a la participación fuera del virtual monopolio de los países occidentales. Ello condujo a un ataque de histeria, en todo el espectro político, acompañado de mentiras asombrosas y acusaciones absurdas, y a la retirada de los Estados Unidos de la UNESCO, por decisión del Presidente Ronald Reagan, con pretextos inventados. Todo esto fue expuesto en un estudio devastador (y que, por lo tanto, no se ha leído) realizado por los expertos en medios de comunicación William Preston, Edward S. Herman y Herbert Schiller ("Hope and Folly").

También se silenció de manera efectiva el estudio realizado en 1993 por el South Center, en que se mostraba que a la hemorragia de capital de los países pobres a los países ricos se había sumado la exportación de capital al FMI y el Banco Mundial, que ahora son "receptores netos de recursos de los países en desarrollo". Lo mismo ocurrió con la declaración de la primera reunión de la Cumbre del Sur, en el año 2000, a la que asistieron 133 Estados, en respuesta a la entusiasta auto-adulación de Occidente por su nueva doctrina de "intervención humanitaria". A los ojos del Sur global, "el llamado 'derecho' de intervención humanitaria" es un nuevo disfraz del imperialismo, "que no tiene fundamento jurídico en la Carta de las Naciones Unidas ni en los principios generales del derecho internacional".

No es de extrañar que el poder no aprecie los desafíos y disponga de muchos medios para hacerlos retroceder o simplemente para silenciarlos.

Luiz Inácio Lula Da Silva

Habría que hablar más de la corrupción política endémica en América Latina, a menudo piadosamente condenada en Occidente. Es cierto que es una plaga que no debe tolerarse. Pero esta plaga difícilmente se confine al "mundo en desarrollo". No es una simple aberración que los grandes bancos sean multados con decenas de miles de millones de dólares (JPMorgan Chase, Bank of America, Goldman Sachs, Deutsche Bank, Citigroup), usualmente mediante "acuerdos de liquidación", de modo que nadie sea legalmente culpable de las actividades delictivas que destruyen millones de vidas. Luego de observar que "al mundo empresarial de los Estados Unidos le está resultando cada vez más difícil situarse del lado de la ley", The Economist, en su número de 30 de agosto de 2014, informó de 2,163 condenas dictadas contra empresas de 2000 a 2014 —y de que "al mundo empresarial de los Estados Unidos" le sobra compañía en Londres y otras ciudades del continente.

La corrupción oscila entre la enorme escala que acabamos de ilustrar y la crueldad más mezquina. Un ejemplo particularmente obsceno e instructivo es el robo de salarios[5], epidémico en los Estados Unidos. Se estima que a dos tercios de los trabajadores que perciben salarios bajos se les roba paga cada semana, mientras que a tres cuartas partes se les roba parte o la totalidad de su paga por horas extras. Las sumas robadas cada año de los cheques de los empleados son mayores que el total combinado de los robos a bancos, gasolineras y tiendas minoristas. Prácticamente no se hace cumplir la ley. Mantener esta impunidad es de vital importancia para el mundo empresarial, hasta el punto de que es una prioridad para el principal grupo de presión empresarial, American Legislative Exchange Council (ALEC), que cuenta con una amplia participación de las empresas.

La principal tarea del ALEC es elaborar proyectos legislativos para los estados, objetivo fácil debido a que los legisladores dependen de los fondos que reciben de las empresas y a la escasa atención que le prestan al asunto los medios de comunicación. Los sistemáticos e intensos programas del ALEC son, por lo tanto, capaces de alterar los contornos de la política en todo el país sin apenas hacerse notar, lo que constituye un ataque furtivo contra la democracia con efectos muy sustanciales. Una de las iniciativas legislativas del ALEC busca garantizar que el robo de salarios no esté sujeto a inspección ni a la aplicación de la ley.

Pero la corrupción, técnicamente delictiva, ya sea en gran escala o en pequeña escala, es sólo la punta del iceberg. La corrupción más grande es legal. Por ejemplo, el recurso a paraísos fiscales que drenan una cuarta parte o más de los 80 billones de dólares de la economía mundial, creando un sistema económico independiente exento de vigilancia y regulación, un paraíso para todo tipo de actividades delictivas, así como para los impuestos. Tampoco es técnicamente ilegal que Amazon, que acaba de convertirse en la segunda empresa de un billón de dólares, se haya beneficiado enormemente de la exención de impuestos sobre las ventas. O que consuma cerca del dos por ciento de la electricidad de los Estados Unidos a tarifas drásticamente reducidas, siguiendo "una vieja tradición estadounidense de transferir los costos de las empresas a los residentes pobres, que ya gastan cerca de tres veces más de sus ingresos en facturas de servicios públicos que los hogares ricos", según informa la prensa empresarial.

Existen muchos otros ejemplos.

Un ejemplo importante es la compra de elecciones, tema que ha sido estudiado en profundidad, en particular por el politólogo Thomas Ferguson. Sus investigaciones, junto con las de sus colegas, han demostrado que la capacidad de ser elegido (electability) al Congreso y el poder ejecutivo es predecible con notable precisión a partir de una sola variable: los gastos electorales, tendencia muy fuerte que data de tiempos muy remotos en la historia política de los Estados Unidos y llega hasta las elecciones de 2016 (Ferguson, Golden Rule; Ferguson et al., "Industrial Structure and Party Competition in an Age of Hunger Games: Donald Trump and the 2016 Presidential Election," Working Paper No. 66, Jan. 2018, Institute for New Economic Thinking). Convertir la democracia formal en un instrumento en manos de la riqueza privada es perfectamente legal, y no se considera corrupción, a diferencia de la plaga latinoamericana.

No se trata, por supuesto, de que la injerencia en las elecciones no forme parte de la agenda. Por el contrario, la supuesta injerencia de Rusia en las elecciones de 2016 es uno de los principales tópicos del día, objeto de intensas indagaciones y no pocos comentarios frenéticos. En contraste, el papel abrumador del poder empresarial y la riqueza privada en la corrupción de las elecciones de 2016, siguiendo una tradición que se remonta a hace más de un siglo, es apenas advertido. Después de todo, es algo perfectamente legal, y hasta respaldado y reforzado por las decisiones de la Corte Suprema más reaccionaria de los últimos tiempos.

Comprar elecciones es la menor de las intervenciones empresariales en la prístina democracia estadounidense que está siendo mancillada por hackers rusos (con resultados indetectables). Los gastos de campaña se disparan por las nubes, pero se ven empequeñecidos por los gastos de los grupos de presión, estimados en aproximadamente 10 veces más, plaga que se intensificó rápidamente desde los primeros días de la regresión neoliberal. Los efectos sobre la legislación son enormes, y han llegado tan lejos que hay proyectos de ley que son, literalmente, redactadas por los propios cabilderos, mientras el representante del Congreso que firma el proyecto de ley anda por algún otro sitio buscando fondos para las próximas elecciones.

La corrupción es, en efecto, una plaga en Brasil y en general en América Latina, pero estos son pequeños actores en esta competencia.

Todo lo cual nos lleva de vuelta a la prisión, en la que se mantiene aislado a uno de los presos políticos más importantes del actual período para que en Brasil pueda seguir su curso el "golpe de Estado blando", cuyas probables consecuencias serán severas para la sociedad brasileña y para gran parte del mundo, habida cuenta del papel que podría desempeñar Brasil.

Y que podrá seguir su curso, es decir, si se tolera lo que está sucediendo.

 

 

Notas

[1] Todas las citas han sido traducidas por mí del inglés (RP).

[2] Nota del traductor.

[3] Para una breve introducción y referencias bibliográficas sobre el concepto de Sur global, véase https://es.wikipedia.org/wiki/Sur_global.

[4] Últimas palabras pronunciadas por el personaje de Kurtz en la novela de Joseph Conrad “El corazón de las tinieblas”.

[5] Para una breve introducción y referencias bibliográficas sobre el robo de salarios, véase https://es.wikipedia.org/wiki/Robo_de_salarios.