Café Mozart Humberto T. Fernández

Murió Reger—dijo. Eso fue el pasado lunes, en el Mozart Café. Había acordado con Atzbacher encontrarnos allí. Estábamos sentados a una de esas mesas de aluminio que abundan en los cafés de la playa, uno frente al otro. No había aún terminado de acomodarse en la silla cuando dijo murió Reger, sin mirarme. Fue entonces que me miró como si nos hubiéramos dejado de ver ayer y no cinco años atrás, y me dio la noticia de la muerte de Reger, sin particular emoción, pero tampoco con indiferencia. Se acercó el mesero y le pidió un pastel de manzana y un té frío sin azúcar, yo pedí un esspreso, el que me concedo una vez al día por lo de mi vesícula, que el doctor había calificado de muy matemática por la cantidad de cálculos que tiene, que tengo en mi vesícula, y que espera poder operar el próximo mes. Atzbacher miraba su té frío y su pastel de manzana, yo apuré el esspreso. Entonces encendí un cigarrillo y la primera bocanada fue a dar directamente en el rostro de Atzbacher, que hablaba sobre la muerte de Reger, la repentina muerte de Reger—así dijo—, mientras trataba de esquivar el humo con unos movimientos, más bien lentos, de la mano. Repentina—dijo—porque habíamos quedado en encontrarnos en el Museo el lunes por la tarde y murió el domingo—, así dijo mientras miraba fijamente, pero sin interés alguno, el pastel, a medio comer, sobre el plato. No dije nada, pero también a mí me pareció que, la muerte de Reger, había sido repentina. Entonces pensé, sin ánimo filosófico, en la clasificación social de la muerte en natural y accidental, y me pregunté si una muerte repentina, digamos un accidente cerebrovascular, calificaba como muerte naturalaccidental. También pensé que si había una muerte repentina, entonces debía de haber, también, una muerte anunciada, esa que viene precedida por la enfermedad, que es más natural que la salud, porque el deterioro comienza con el nacimiento, en el mismo momento en que nacemos comenzamos a deteriorarnos, comenzamos a enfermarnos. Entonces pensé que lo más natural era morir, fuera de forma repentina o anunciada. Mientras discurría para mis adentros sobre esas cosas de los distintos tipos de muerte, Atzbacher y yo, que estábamos en silencio, claro, apenas nos mirábamos. En silencio y sin mirarnos. En verdad, nunca nos hemos gustado mucho. Atzbacher me consideraba un advenedizo, un intruso, alguien que venía de otro mundo, literalmente de otro mundo, y había irrumpido en su mundo, en el que Reger era dios. Y Reger, que no quería ser dios, ni ser tratado como dios, y que sentía un afecto especial por Atzbacher, se había hecho cargo de mí, como de un hijo, durante el tiempo que estuve en Viena.  Atzbacher y yo coincidimos en que la muerte de Reger había sido repentina. En eso, Atzbacher y yo, coincidimos. Estuve con Reger hace un par de años y se veía en excelente forma, fumando, con su bufanda cruzada al cuello, deslizándosele una de las bandas por la espalda y la otra por el pecho, negra la bufanda como negro era todo su atuendo. Se veía, Reger, muy elegante y muy bien y todo el tiempo se había mostrado afable con su amigo, así dijo en su español rotundo que había aprendido durante su estancia en España a finales de los años cincuenta, cuando el gobierno de Franco comenzó a otorgar becas a estudiantes de Europa Occidental y los Estados Unidos con el fin de sanear la imagen de la España intransigente. Eso hizo Franco, conceder becas a quienes quisieran estudiar en España, en sus mejores universidades, para que, a cambio, ayudaran a mejorar la imagen del país cuando regresaran a sus países. Al menos eso pensó Franco, que esos becarios iban a mejorar la imagen de España, fuera de España. Reger fue a España, pero no estaba pensando en mejorar la imagen de España a su regreso, sino en estudiar en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. No me gusta el Mozarteum—me dijo—, su pretendida grandeza es una cortina de humo para ocultar su mediocridad. Siempre tuvo una relación difícil con las cosas de su país, con la gente de su país… Así que cuando se le presentó la oportunidad de estudiar en el conservatorio madrileño no lo pensó ni dos veces, me dijo con aplomo, como si estuviera tomando la decisión en ese mismo instante. Se fue a Madrid y siempre recordó esos años madrileños como muy dichosos. Nunca, claro, Reger habría dicho años felices, eso era ir contra la ética lingüística de Reger, quien regulaba las palabras, los giros, el tono tanto de lo que decía como de lo que escribía, y se resistía a usar el sustantivo felicidad,  el adjetivo feliz, tan contaminados por el púlpito y la tarima—me dijo. Reger decía dicha, gozoser dichoso—me decía—, he sido dichoso, fui dichoso en España. Y entonces comenzaba a hablar de esos tiempos, y de todo lo que había aprendido, y de sus maestros y de un condiscípulo suyo a quien se refería muy a menudo y a quien tenía por muy talentoso, un virtuoso, decía. Vive en Siena—me dijo—, lo visitaba a menudo—me dijo—, desde que murió mi mujer, no he vuelto más—me dijo Reger. A Reger le gustaba recordar las veladas en las que él y su amigo tocaban juntos sonatas de Beethoven… Yo competía, quería ser mejor—me dijo Reger—, nunca se lo dije, claro, no lo habría resistido… para él tocar era una manera de conversar, decía que cuando terminábamos de tocar me conocía mejor—eso me confesó Reger. Lo miraba—dijo—ejecutar las sonatas con una pasión y, a la vez, una compostura, un orden, una limpieza, mucha clase para todoCada nota, podías escuchar cada nota, pero no perdías el conjunto, el todo, la armonía, el ritmo. Beethoven—me dijo un día—es el padre de todas las músicas, las que se compusieron antes y después—, así me dijo y le creí. Cómo no iba a creerle, a Reger, si cuando lo conocí apenas podía yo distinguir entre una nota musical y otra. Le creí, como se cree en un artículo de fe. Así que cada vez que escucho a Beethoven, escucho la voz de Reger diciéndome que Beethoven era el padre de todas las músicas; y añadió que con él, con Beethoven, la música había terminado como invención y que después todo había sido variación y pastiche. No supe qué decir; se lo comenté a Atzbacher, y me dijo que no me preocupara, que Reger, desde la muerte de su esposa, emitía juicios apodícticos, a veces injustamente, y eso no se lo perdonó nunca, decirle a un intruso que Reger podía decir algo injustamente, no, eso nunca se lo perdonó, y eso hizo que aumentara su disgusto conmigo, que se afianzara su propio juicio de que era yo un advenedizo, un intruso.  No llegué a conocer a la esposa de Reger, con la que este iba a menudo a visitar a su amigo músico en Siena. Conocí a Reger cuando visitó, en calidad de profesor invitado, la universidad en la que yo tomaba un curso de posgrado en la época en que todavía vivía yo en mi país. Reger fue a dar un curso sobre filología y música en la Facultad de Letras de la universidad. Entonces, Atzbacher me miró, creo que por primera vez desde que se sentó en el Mozart, y me dijo que la salud de Reger había comenzado a resentirse y su vida social a restringirse aún más desde que su esposa había muerto. Me dijo incluso que le había sorprendido que aceptara la invitación a la Facultad de Letras de tu país, así dijo, y miró, distraído, hacia el mar. Gracias a esa decisión lo conocí—le dije—, y pude viajar y mi vida cambió. —dijo—, lo sé... cambió radicalmente. Y ese radicalmente lo dijo bajando la mirada, como si ese cambio radical también lo hubiera afectado a él. Allí, conocí a Reger, y Reger estaba, parecía muy sorprendido de que alguien allí pudiera, con alguna pertinencia, referirse a la Escuela de Traductores de Toledo—tema de una de sus lecciones—, a la que Alfonso X había dotado de los mejores eruditos y escribanos de las tres culturas ibéricas, la judía, la árabe y la cristiana, para que tradujeran textos clásicos griegos y latinos. Entonces, Reger me dijo que me invitaba a Viena, como si eso fuera tan fácil, le dije yo. No te preocupes, lo arreglo todo y vas este verano—dijo—, y no se habló más del asunto. Y las cosas, que parecían casi imposibles, se arreglaron, y ese verano pude viajar a Viena. De aquella primera visita, hace ya cinco años, recuerdo, con particular claridad, una noche a la salida de la Konzerthaus, estaba él entusiasmadísimo, acabábamos de escuchar la Novena, y Reger se sentía todo Beethoven… Caminábamos a lo largo de la calle Lothringer y, entonces, tímidamente, le comenté que Kundera estaba muy cerca de ese gusto y ese reconocimiento de Beethoven; Reger se detuvo y me dijo que nunca, nunca más, mencionara ese nombre en nuestras conversaciones—y no entendí nada. Cuando llegamos a su apartamento, me hizo pasar a su biblioteca y me ofreció un licor dulzón del que apenas probé. Insistí en Kundera y en sus ensayos sobre Beethoven, y cómo lo empleaba en su propia narrativa, y le dije a él, a Reger, que yo creía que Kundera era el último de los novelistas clásicos vivos. Me escuchó con gentileza y se levantó y fue hasta uno de los anaqueles y desempolvó, literalmente desempolvó, un libro que me alcanzó diciéndome léelo y conversamos sobre el asunto mañana. Me acompañó hasta la puerta de su apartamento, después de haber llamado un taxi y me dijo te paso a buscar al hotel mañana, en la tarde noche. Espero poder conversar contigo sobre este libro y también sobre Beethoven. Así me dijo y se despidió dándome un ligero empujón hacia la escalera de pisos y pasamanos pulidos, hasta el cansancio, por el tiempo. Ese era Reger, el mismo que Atzbacher vino a anunciarme que había muerto, sentados los dos en el Mozart de la playa mientras se comía su pastel de manzana y se bebía su té frío sin azúcar y yo fumaba después del esspreso. Durante el recorrido del taxi desde el apartamento de Reger al hotel, pensé en Mozart y en Bach, y en todos esos compositores a quienes el mismo Reger me había llevado como a maestros sublimes, así decía él, y pensé en cómo Reger, tan disciplinado con su palabra, podía decir eso de que Beethoven era el padre de todas las músicas y, lo que más me había asombrado, que Kundera fuera un nombre impronunciable en su presencia. Cuando llegué a la habitación, hojeé el libro que Reger me había dado, no conocía ni al autor, ni la novela, nunca había escuchado nada sobre Robert Walser ni sobre Jakob von Gunten. La novela narraba, en forma de diario, la vida de un adolescente en un instituto, evidentemente no religioso, que preparaba a los infortunados para ser probos servidores públicos, y digo infortunados porque eso fue lo que leí en la sinopsis del libro. Pensé que Reger podría haberse sentido identificado con esa adolescencia. No sé, claro, nunca me había dicho ni media palabra de su pasado, sólo que era viudo, un viudo reciente, me dijo el día que nos conocimos; y me habló de su esposa como quien habla de un ángel. Estuvimos casados—me dijo—, cincuenta y un años y no nos fue dado tener descendencia, pero vivimos una vida bella, ella traduciendo y yo entre mis clases y las reseñas musicales que escribía. Al principio fue muy difícil sobrevivir, pero después pudimos acomodarnos. No pedíamos mucho, un piso pequeño en el centro de la ciudad para que nos quedara todo a la mano, o los pies—dijo, con una sonrisa sin ángel. Salíamos juntos sólo cuando íbamos al teatro o de compras. El resto del tiempo cada cual en su estudio, trabajando, o leyendo, o escuchando música. Era valiente, sabia, libre, única—así me dijo. Y me quedé pensando en ese matrimonio arquetípico. Y pensé que la adolescencia narrada en el libro podría muy bien haber sido la de él, Reger, antes de que terminara por conocer a la que había sido su esposa y compartir con ella una vida, pensé, ejemplar, arquetípica. Leí la novela que Reger me había prestado algún tiempo después—le dije a Atzbacher—, que seguía ocupado con su pastel de manzana y su té frío sin azúcar, sin mirarlos, él, el té o el pastel, miraba a la playa. Lo que no le dije fue que revisando mis notas había encontrado un apunte que alguna vez tomé de Kundera, sobre Beethoven: "Beethoven quizás sea el mayor arquitecto de la música post-bachiana." A mí ese tipo de conclusiones me ponen siempre un poco nervioso, pero mis conocimientos musicales son escasos, así que leo y tomo notas. No le faltaba a Kundera autoridad, pensaba, pero había sido yo incapaz de decírselo a Reger. Reger me demostró seriedad en su trabajo, rigor, parquedad, nada de exageraciones. Tampoco le dije a Atzbacher, ese día en la playa en que me había anunciado la muerte de Reger, que aquella noche en Viena me había parecido descubrir algo de celo en el rechazo visceral de Reger hacia Kundera, no podía haber otra razón, pensé en ese momento, pero no se lo dije a Atzbacher cuando nos encontramos en el Mozart Café, en la playa. Aún en las almas grandes y refinadas, ese primitivo sentimiento aflora, pensé entonces. No podía haber otra razón, porque si para Kundera Beethoven era el mayor arquitecto de la música post-bachiana, entonces lo de padre de todas las músicas, pensé, era una exageración de Reger para emular el juicio de Kundera. Preferí entonces olvidar el asunto, Reger merecía respeto y su proverbial delicadeza y su erudición borraban cualquier duda, cualquier sospecha, sobre algo que no pasaba de ser una opinión, aunque fuese una opinión de Reger. A él, a Atzbacher, lo había conocido cuando me encontré con Reger, en un café vienés, en la tarde noche del día siguiente y hablamos de Beethoven y de la novela que me había prestado. Fue esa la única vez que vi a Atzbacher antes del pasado lunes en el Mozart Café. Esa noche, Reger y yo, no hablamos de Kundera. Estaba oscureciendo en la playa, la luz palidecía y los cuerpos de los parroquianos parecían sombras que se movían o, más bien, se escurrían a nuestro alrededor. Me volví hacia Atzbacher para despedirme, pero ya no estaba, se había marchado. Quedaban sólo el platillo con los restos del pastel de manzana y el vaso a medio beber de té frío sin azúcar.

 

Fondo de página: Mascarilla de Ludwig van Beethoven © KAIROS