Memorias olvidadas del coronavirus Bernard-Henri Lévy                              12 de mayo de 2020

 

 

Originalmente publicado, en francés, en Le Point, el 9 de abril de 2020, y reproducido cuatro días más tarde, el 13 de abril, en La Régle du jeu y en Bloc-Notes, blog del sitio web dedicado al autor. Traducido del francés, para Patrias. Actos y Letras, por Rolando Prats. Entretanto, la editorial francesa Grasset ha anunciado la publicación el próximo 10 de junio del libro de de Bernard-Henri Lévy Ce virus qui rend fou (Ese virus que enloquece).

Enfermos de "gripe asiática" en un hospital de Suecia, 1957.

(Foto reproducida de La Règle du jeu).

 

 

Sería crucial que incluyéramos en el orden del día de nuestros debates futuros la cuestión de qué privilegios, pero también de qué derechos y libertades, estamos dispuestos a sacrificar en el altar del sueño de un Estado sanitario que nos cure de todo, hasta la muerte.

Bernard-Henri Lévy

 

 

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Verano de 1968. Un virus desconocido se extiende por el mundo. Desencadenado en China, deja tras sí, por lo bajo, 1 millón de muertos, de ellos 50.000 en los Estados Unidos y, por lo menos, 30.000 en Francia. Un Jefe de Estado, Willy Brandt, es alcanzado por el virus. Por falta de máscaras, entran en paro los trabajadores ferroviarios. Se vacuna—cuentan los médicos que han quedado—  "en las aceras" (Libération, 7 de diciembre de 2005), a diestra y siniestra. La gente muere, "los labios cianóticos", de hemorragia pulmonar o asfixia. Y la enfermedad avanza con tal rapidez que no hay tiempo de evacuar los cadáveres que se amontonan en las salas de reanimación. Que quienes tengan la edad suficiente para haber vivido esa pandemia sean honestos: ninguno, excepción hecha del personal sanitario, guarda de ella el menor recuerdo. Que los más jóvenes, embriagados con el coronavirus, se detengan a pensarlo: en los canales de noticias jamás se oye hablar de ese precedente bautizado "gripe de Hong Kong". Y que los archivistas lo comprueben: la prensa de la época, durante dieciocho meses, habló de la gripe, pero sin traer a colación la hipótesis del confinamiento, y sin que a nadie se le hubiese ocurrido poner un alto a la vida.

 

1957-1958. Otro recuerdo. La epidemia, esta vez bautizada "gripe asiática", se propaga desde las provincias de Guizhú y Yunán, es decir, una vez más, desde China. Atraviesa el Irán, Italia, el Gran Este de Francia, los Estados Unidos. Y en menos de seis meses vuelve a darle la vuelta al mundo. En total, dos millones de muertos, especialmente entre los diabéticos y los enfermos del corazón. Cien mil en los Estados Unidos. Entre 25.000 y 100.000 en Francia. Escenas de espanto en hospitales repletos y mal equipados. Y, sin embargo, a pesar del horror, a pesar del luto, a pesar de un debate en el Consejo de París durante el cual se llega a contemplar la posibilidad, sin decidirse a hacerlo, de cerrar ciertas escuelas, se sigue sin hablar de confinamiento; una presencia real en los periódicos, pero que no eclipsa la guerra de Argelia, ni la firma del Tratado de Roma, ni el regreso de De Gaulle al poder; y un fenómeno muy curioso que ha hecho que también esa pandemia se nos haya borrado de la memoria.

 

Esos dos precedentes, inquietantemente similares a la secuencia actual, recuerdan un hecho evidente: el Espectáculo manda; y ningún acontecimiento es "histórico", ni "cambia el mundo" ni separa un "antes" de un "después" si así no lo deciden los medios de comunicación en su euforia autodirigida.

 

Pero de ello se podrán sacar, sobre todo, dos conclusiones.

 

En primer lugar, el planeta ha progresado, y ya encuentra insoportables las hecatombes que parecían, ayer, inscritas en el orden natural de las cosas. El cuidado de la salud pública se ha convertido en misión soberana de los Estados del mismo modo que lo han hecho la seguridad o los asuntos de la paz y la guerra entre las naciones. Se movilizan enormes recursos para inventar remedios y vacunas, como en el caso del sida, que, dicho sea de paso, ha provocado un total de 25 millones de muertes. Y la humanidad, como si fuese una sola, antepone la vida a la economía, lo que no deja de ser hermoso.

 

Empero, por otro lado, se nos está yendo la mano con el tópico de la "pandemia sin precedentes". Se equivocan quienes nos dicen que nos enfrentamos, en la COVID-19, al "peor desastre sanitario del siglo". A menos que se produzca una aceleración, todavía posible pero que por ahora no prevén los expertos, estamos todavía lejos, en un país como Francia, de las cifras de 1958 y 1968.  Se impone otra conclusion, la de que hoy —y en este caso la constatación es menos afortunada— se observa un grado de reacción excesiva y de pánico en nuestras actitudes.

 

Entonces, ¿está una cosa relacionada con la otra?

 

¿Es el pánico el reverso inevitable del progreso?

 

¿O es posible todavía tener uno (la idea nueva, no sólo en Europa sino en los continentes más desheredados, de que una vida es una vida y que nada vale lo que una vida) sin ceder necesariamente al otro (¿una humanidad atemorizada que, a la velocidad a la que se mueve la viralidad de la opinión, aceptará un día como algo natural el cierre de las fronteras, la desconfianza hacia el otro o el "tracking"[1] digital)?

 

Tendríamos, pues, que aprender a mantenernos a una prudente distancia de las redes asociales y de su fiebre de noticias falsas[2].

 

Tendrían los showcrates [3] de los canales de noticias a toda hora que replantearse la puesta en escena, inútilmente agobiante, del número de muertes diarias en todo el mundo, a la que nunca se nos ha sometido, por ejemplo, en nombre de las víctimas del cáncer.

 

Tendríamos, todos juntos, que preguntarnos si la batalla, justa, contra la epidemia en verdad exige el apagón[4], en nuestras mentes, de todo lo que tenga que ver con el regreso de Daech[5] a Oriente Medio, los avances de los imperios ruso y chino o la fatal deconstrucción de la Unión Europea.

 

Sería crucial que, sin cuestionar la unión sagrada que debemos a nuestras enfermeras, enfermeros y el resto del personal hospitalario, incluyéramos en el orden del día de nuestros debates futuros la cuestión de qué privilegios, pero también de qué derechos y libertades, estamos dispuestos a sacrificar en el altar del sueño de un Estado sanitario que nos pueda curar de todo, hasta la muerte.

 

Y luego, si bien es cierto que gobernar significa no sólo prever sino también elegir, no sería inútil, después de todo, que nuestros dirigentes tuvieran el valor de decir lo que habrá de costarnos paralizar la producción, si el paro se generalizara, en términos de destrucción de la riqueza y, por tanto, de desempleo en masa y, por tanto, de miseria y sufrimiento social y, por tanto, de vidas humanas.

 

Son preguntas difíciles.

 

Son, en muchos respectos, preguntas brutales.

 

Pero, a menos que nos entreguemos a la embriaguez de una guerra contra el virus cuyos daños colaterales no midamos, son esas las preguntas que debe hacerse una democracia responsable y digna de ese nombre.

 

Notas

 

[1] En inglés en el original. (Esta y las demás notas son del traductor.)

[2] Fake news en el original.

[3] En inglés en el original.

[4] Black-out en el original.

[5] Forma común de referirse en Francia al Estado Islámico en el Iraq y el Levante (EIIL o ISIL).