Variations & Klavierexerzitien: Exercises in (re)Translation

 

Si Bernhard-Osers-Hémery 

 

(Traducido del inglés y cotejado con el francés por Rolando Prats) © Sobre la presente traducción: Rolando Prats

 

El suizo y su compañera se habían presentado en casa del agente inmobiliario Moritz en el preciso instante en que, por primera vez, intentaba no solo describirle los síntomas de mi enfermedad emocional y mental y a la larga elucidarlos científicamente, sino en que además me había aparecido en casa de Moritz, quien de hecho era entonces probablemente la persona de quien me sentía más cerca, para de la manera más repentina y despiadada posible virar de revés mi para entonces no solo enfermiza sino totalmente postrada existencia, de la que hasta entonces Moritz no había tenido sino una idea superficial y que por tanto no lo había de ningún modo irritado menos aún alarmado en exceso, virar de revés mi existencia, e inevitablemente lo había alarmado y horrorizado por la muy abrupta brutalidad de mi empresa, por el hecho de que, esa tarde, había desvelado y revelado completamente lo que, a lo largo de diez años de trato y amistad con Moritz, le había ocultado, de hecho disimulado frente a él con precisión matemática durante todo ese tiempo, y de manera continua (y despiadada conmigo mismo) había seguido encubriendo para no ofrecerle, a Moritz, ni el menor atisbo en mi existencia, lo que le causó un profundo espanto, solo que yo no había dejado que ese espanto obstruyera en lo más mínimo mi mecanismo de revelación que, esa tarde y por supuesto bajo la influencia del mal tiempo, había entrado en acción, y paso a paso, esa tarde, como si no tuviese alternativa, me abalancé de súbito sobre Moritz desde mi emboscada mental, desvelando todo lo que me concernía, desvelando todo lo que se podía desvelar, revelando todo lo que se podía revelar; durante todo lo cual permanecí sentado, como de costumbre, en el asiento de la esquina que da a las dos ventanas que están junto a la entrada de la oficina de Moritz, de lo que siempre llamé su sala de archivo, mientras el propio Moritz, a fin de cuentas era a finales de octubre, permanecía sentado frente a mí con su sobretodo de color gris ratón, posiblemente ya en estado de embriaguez, algo de lo que en la noche que caía no me había podido cerciorar, no le había quitado, durante todo ese tiempo, los ojos de encima, era como si aquella tarde, después de tantas semanas durante las cuales no había visitado a Moritz y había permanecido completamente a solas, esto es, reducido a mi propia cabeza y a mi propio cuerpo, por un tiempo muy largo, pero que todavía no me había destrozado los nervios, había permanecido en un estado de máxima concentración respecto a todo, resuelto a hacer cualquier cosa que me prometiese una salvación, y finalmente, luego de dejar mi húmeda y fría y oscura casa y cruzar el espeso y sombrío bosque, me abalancé sobre Moritz para, como en un acto de sacrificio de vida o muerte, como había resuelto hacer mientras me dirigía a casa de Moritz, persistir en mis revelaciones y por tanto en mis sufrimientos inapropiados hasta que hubiese alcanzado un grado tolerable de alivio, esto es, hasta que hubiese desvelado y revelado todo lo que fuera posible de la existencia que por tantos años le había ocultado. En el punto álgido de mi tal vez totalmente inapropiado aunque desesperado intento de relajación mental y física de pronto se oyeron pasos en casa de Moritz, pasos que me eran totalmente desconocidos, pero no a Moritz, quien, huelga decirlo, era también diestro escuchando pasos, y quien a todas luces los había podido identificar instantáneamente, de lo que me di cuenta en el acto por la reacción de Moritz a esos repentinos pasos en el vestíbulo, pues la agudeza auditiva de Moritz era excepcional en grado sumo y, por supuesto, conveniente en grado sumo para sus negocios, y Moritz, que hasta que se oyeron esos pasos en el vestíbulo había permanecido sentado frente a mí, las piernas cruzadas, con toda tranquilidad y en silencio, si no en realidad, como de súbito me percaté, en actitud de espera todo ese tiempo, lo que era señal no solo de clientes interesados en bienes raíces sino de compradores de bienes raíces, saltó instantáneamente de su cómoda butaca y corrió hacia la puerta, para escuchar, y había dejado escapar, como si se dirigiera no a mí sino más bien a sí mismo, los suizos, tras lo cual todo se había sumido en silencio en casa de Moritz; un instante después los suizos habían entrado en la oficina, las primeras personas, además de Moritz, con las que en meses había entablado conversación, y con ellos, en el sentido exacto de la palabra, el alivio de mi estado emocional y mental, que había esperado y deseado con la mayor urgencia, aunque en realidad forzosamente y a toda costa provocado por mí aquella tarde y preparado por mí por medio de mis desinhibidas revelaciones y, como resultado de esas revelaciones, mis inevitables humillaciones y desvergonzadas auto-recriminaciones vis-à-vis de Moritz, había finalmente llegado. Fue en ese primer encuentro con el suizo y su compañera que acordé con ella, que naturalmente no era suiza sino muy probablemente judía o armenia, como entonces pensé, para nada europea, delante del suizo, de quien me percaté al instante que no tenía tiempo para salir a dar paseos, ir a dar un paseo por el bosque de alerces, y hoy ya no sé cuántos paseos he dado con ella, pero paseé con ella a diario, y a menudo varias veces al día, y ciertamente, en aquel entonces, paseé con ella más frecuentemente y persistentemente que con ninguna otra persona, y con ninguna otra persona he podido nunca conversar sobre absolutamente todo con tanta intensidad y disposición para  comprender absolutamente todo, y por tanto pensar en ello con tanta intensidad y disposición para comprender absolutamente todo, y nadie jamás me ha dejado penetrar con mayor profundidad en su ser y yo no he dejado jamás a nadie penetrar con mayor profundidad y mayor desconsideración, y cada vez con mayor profundidad y mayor desconsideración, en mi ser. Mientras el suizo andaba ocupado, en los pueblos de los alrededores, buscando herrajes para puertas y ventanas, tuercas y rejillas, tornillos y clavos y material aislante y pintura marina para la casa de concreto que, según me había dicho en nuestro primer encuentro, él mismo había diseñado y que ya se estaba construyendo detrás del cementerio, por lo que casi nunca se encontraba en el hotel (donde los suizos se alojarían mientras durase la construcción), yo mismo, de repente y probablemente en el momento de vida o muerte rescatado por los suizos de mi estado depresivo, o a decir verdad de una para ese entonces mortal depresión, de repente encontré en la compañera del suizo, que pronto resultó ser persa, de Shiraz, una persona absolutamente regeneradora, esto es, una compañera absolutamente regeneradora para pasear y pensar y conversar y filosofar como no había tenido en años y de la que lo menos que hubiese podido esperar es que fuese una mujer. A pesar de que ella, la persa, delante del suizo, con quien evidentemente había vivido por varias décadas, permanecía callada casi todo el tiempo, como si se tratase de un hábito adquirido hacía un año y no un hábito adquirido durante una década, y no solo taciturna, como es frecuente en ese tipo de relaciones, sino casi todo el tiempo callada, dejando muy de lado el hecho de que la recuerdo siempre vestida con un antiguo abrigo de piel negro de cuello alto siempre levantado, desde el momento en que nos encontramos tuve la impresión de que, como tantas otras mujeres de su posición y su edad, vivía con el temor permanente de atrapar un resfriado, o de hecho temiendo constantemente morirse de frío, de que esta mujer jamás podría existir sin ese abrigo, sin ese abrigo de piel que por una punta le llegaba a los tobillos y por la otra tenía que cubrirle y por tanto protegerle el cabello más alto de su cabeza, aparte del hecho de que, si hacía cualquier comentario delante del suizo era para contradecirlo, para mi más grande sorpresa mostraba, en ausencia del suizo, una necesidad de hablar, que probablemente se explicaba por su obstinado silencio vis-á-vis del suizo o en general por su (presumiblemente desde hacía mucho tiempo) actitud de oposición hacia el suizo, no locuacidad sino una necesidad de hablar como la que puede observarse una y otra vez en todas las mujeres que hayan vivido durante años con hombres como el suizo, cada vez que sus compañeros se ausentan, y por tanto ella hablaba. El alemán era una lengua extranjera para ella pero lo dominaba, al igual que el inglés y el francés y el griego, de la manera más agradable y nunca verdaderamente irritante, y el propio hecho de que el alemán que hablaba como extranjera, y además como extranjera básicamente en casa en cualquier lugar del mundo y en ningún lugar del mundo, que había nacido en Persia y se había criado en Moscú y estudiado en universidades de Francia, y que finalmente con quien había sido una vez su amante y era ahora su compañero, quien, como ella misma decía, era un ingeniero altamente calificado y un constructor de centrales eléctricas mundialmente famoso, había viajado por todo el mundo, había tenido un efecto refrescante no solo en mi oído y en todo mi estado mental, receptivo como era a esas melodías verbales exóticas, por su manera de hablar y de pensar que, lógicamente, hacía que el discurso diera lugar al pensamiento, y el pensamiento al discurso, como si todo ello fuera un proceso matemático, filosófico-matemático y por tanto filosófico-matemático-musical, corregía y regulaba y punteaba y contrapunteaba mi propio pensamiento y mi propio discurso. Durante meses me había deshabituado a conversar con nadie de una manera acorde con mis talentos intelectuales, a la larga me había deprimido no tener contacto sino con los locales, o incluso con Moritz, quien sin duda, aunque de una educación no muy elevada, poseía, por sus circunstancias, una inteligencia por encima de la media respecto de cualquier cosa, por mucho tiempo no había osado esperar encontrarme con alguien con quien pudiera mantener una conversación ilimitada, alguien con quien pudiera realzar mis aptitudes para la conversación, es decir, mis aptitudes para el pensamiento; durante los años en que había vivido retirado en mi casa, concentrado exclusivamente en mi trabajo, en la culminación de mis estudios científicos (sobre los anticuerpos), había casi completamente perdido contacto con quienes, en el pasado, me habían ofrecido oportunidades de confrontación, es decir, confrontación intelectual en la conversación y el debate, de todos ellos me había, cuanto más rigurosamente me sumergía en mi trabajo científico, gradualmente y, como de súbito me había dado cuenta, de la manera más peligrosa, alejado y distanciado, y a partir de cierto punto no había tenido ni la fuerza de reanudar todos esos contactos intelectualmente necesarios, a pesar de que de súbito me había dado cuenta de que apenas podía avanzar sin esos contactos, que sin esos contactos  probablemente, en el futuro previsible, sería incapaz de pensar, y pronto hasta de existir, me había faltado la fuerza de frenar por mi propia iniciativa intelectual lo que podía ver cada vez más cerca, la atrofia de mi pensamiento, provocada por la decisión deliberada de separarme de todo contacto intelectual y finalmente abandonar todo contacto salvo los más indispensables, con los llamados locales, más allá de las necesidades más urgentes de la existencia en mi casa y sus alrededores inmediatos, pues hace ya muchos años que no mantengo ninguna correspondencia, totalmente absorto en mi ciencia natural había dejado escapar el momento en que todavía habría sido posible reanudar contactos y correspondencia interrumpidos, todos mis esfuerzos en esa dirección habían invariablemente fracasado porque, después de todo, carecía totalmente no ya tal vez de la fuerza sino probablemente de la voluntad para hacer esas cosas, y aunque claramente me daba cuenta de que el camino que había elegido y que había seguido durante años no era el camino correcto, que podía solamente conducir al aislamiento, el aislamiento no solo de mi mente y por tanto de mi pensamiento sino en realidad el aislamiento de todo mi ser, de mi existencia que siempre había temido precisamente ese aislamiento, no había hecho nada al respecto, había seguido a lo largo de ese camino, aunque una y otra vez horrorizado por la lógica de ese camino, con el temor permanente de ese camino pero incapaz de darme vuelta; desde muy temprano había pronosticado un desastre pero había sido incapaz de prevenirlo, y en efecto este había ocurrido mucho más pronto de lo que había podido reconocer. Por un lado, la necesidad de aislarse en aras del trabajo científico es la necesidad primordial de un intelectual, pero por el otro existe el gran peligro de que ese aislamiento se lleve a cabo de una manera muy radical, de una manera que a la larga, contrariamente a lo deseado, no sirve para fomentar sino para obstruir y de hecho destruir dicho trabajo científico, y a partir de cierto momento mi aislamiento del mundo exterior  en aras de mi trabajo científico  (sobre los anticuerpos) había tenido un efecto destructivo sobre ese trabajo científico. Esa comprensión, sin embargo, como me vi forzado a comprender en mi mente de la manera más dolorosa, invariablemente llega muy tarde y lo que queda, si algo quedara, es solamente desesperación, es decir, la comprensión directa del hecho de que el estado de devastación, y por tanto de devastación mental y emocional y finalmente de devastación física que se ha alcanzado ya no se puede cambiar, no puede ser cambiado por nada. Lo cierto es que, antes de que se aparecieran los suizos, había durante meses permanecido en mi casa en un estado de apatía, en el que, durante mucho tiempo, había sido posible solo auto-observarme y sin duda no habría sido posible ningún tipo de trabajo, menos aún ningún trabajo científico, durante meses, ciertamente, me despertaba solo para entregarme a la más terrible auto-observación, para agotarme totalmente en aquella terrible auto-observación. Sentía una necesidad de estar con otras personas, pero había dejado de tener fuerzas para ello y por tanto había dejado de presentárseme ninguna oportunidad de establecer el más mínimo contacto, y solo mediante un supremo esfuerzo mental y físico se me hizo posible, al menos a intervalos específicos, y sencillamente existencialmente necesarios, visitar a Moritz, pasar algunas horas en casa de Moritz, lo que, sin embargo, era posible solo con la mayor de las dificultades e invariablemente se convertía en un acto de auto-negación... (Continuará)