Trabajo vivo, capital mortal, farmocracia, comunismo(s) Kaushik Sunder Rajan

 

Valor, salud y comunismo que viene

 

 

8 de julio de 2021

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Patrias. Actos y Letras pone en circulación a partir de hoy su volumen 22 (julio a septiembre de 2021), en su año VI, reanudando la publicación, conjuntamente con la plataforma digital La Tizza, del dossier “72 x 150”, con ocasión de los primeros 150 años de los 72 días de la Comuna, en el que se han agrupado ya más de una docena de materiales convergentes y discordantes en sus perspectivas sobre el proyecto comunista.  Se publica ahora aquí, como parte del dossier, el ensayo con que Kaushik Sunder Rajan contribuyó a la sesión “Critica dell’economia politica” (Crítica de la economía política) de la Conferenza di Roma sul comunismo (18 a 22 de enero de 2017), tal como se publicó, traducido al italiano por Linda Valle. en Comunismo necessario. Manifiesto a più voci per il XXI secolo (edición al cuidado del Collettivo C17), Milán-Udine, Mimesis Edizione, 2020, pp. 253-273. Es de ese texto en italiano, “Lavoro vivo e capitale mortale”. que he traducido al español.

 

Las referencias bibliográficas a obras en español o en inglés insertadas en las notas del propio Sunder Rajan son del traductor. Se ha obviado la necesidad de remitir al lector a referencias bibliográficas en español de obras archiconocidas y ampliamente disponibles de Marx y Lenin. Todas las citas que aparecen en el texto de Sunder Rajan han sido traducidas directamente del italiano por el traductor al español.

 

Kaushik Sunder Rajan es autor de Biocapital: The Constitution of Post-Genomic Life (2006) y Pharmocracy: Value, Politics and Knowledge in Global Biomedicine (2017), ambos publicados por Duke University Press. (Rolando Prats)

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El valor en las economías políticas farmacéuticas

En el presente ensayo no abordaré directamente la cuestión del comunismo. No se trata de un rechazo, sino más bien de un impulso deconstructivo, nacido de la sospecha de que si tomamos la pregunta que se nos hace en los propios términos en que se ha planteado, se pierde algo de la capacidad de interrogarnos sobre las condiciones de posibilidad que, en primer lugar, la hacen posible. Hacer justicia a la pregunta por el comunismo implica su aplazamiento, su cancelación, de tal manera que "comunismo" no signifique una aspiración teleológica o teológica. Sobre todo, se impone partir del capital, porque no estaríamos hablando de comunismo si no fuera por su adversario.

Comenzaré por la dinámica de la apropiación de la salud por el capital en el contexto de las economías farmacéuticas mundiales. Para ello destacaré las siguientes tres trayectorias contemporáneas que se inician en los Estados Unidos y la India:

1. Se da una puja entre dos modos y dos relaciones diferentes de producción capitalista. Una es la euroamericana, la industria farmacéutica orientada a la investigación y al desarrollo (la llamada industria "innovadora"), cuyo modelo empresarial se basa en la producción de nuevos medicamentos. Esas empresas tienden a cotizar en bolsa y a financiarizarse, con el apoyo de la protección monopólica que ofrecen las patentes de los medicamentos. La otra es la industria de los medicamentos genéricos, que aplica ingeniería inversa a medicamentos ya comercializados y después los vende en el mercado abierto. La industria farmacéutica india es una de las mayores productoras de medicamentos genéricos del mundo, gracias a la ley de patentes promulgada en la India en 1970, que autorizaba sólo a patentar los procesos y no el producto farrmacéutico (por ejemplo, no se podía patentar la molécula de un medicamento, sino sólo su método de producción). Como resultado, los precios de los medicamentos en la India se convirtieron en unos de los más bajos del mundo y la industria india en uno de los mayores proveedores de medicamentos para gran parte del Sur global. Sin embargo, luego de firmar el acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) bajo los auspicios de la Organización Mundial del Comercio (OMC), en 2005 la India tuvo que establecer un régimen de patentes sobre el producto. Por lo que actualmente la India autoriza la misma patente de 20 años que los Estados Unidos y Europa para las moléculas de los medicamentos, lo que constituye un paso en la dirección del capitalismo monopolista.

2. Desde la década de los noventa hemos asistido a un aumento de la deslocalización de los ensayos clínicos de los Estados Unidos hacia las periferias del mundo. Esos estudios son necesarios para establecer la seguridad y la eficacia de los medicamentos en desarrollo, son intensivos en capital y están preñados de riesgos de mercado, además de que requieren sujetos humanos experimentales. Al mismo tiempo, la tasa de prescripción y el consumo de medicamentos en los Estados Unidos han aumentado sin que haya indicios de que vayan a disminuir. Como resultado, a la vez que ha aparecido la subjetividad experimental como una nueva forma de trabajo biomédico, el paciente-consumidor estadounidense ha terminado por verse terapéuticamente saturado.

3. Con el paso a un régimen de patentes de productos en 2005, la India también introdujo una legislación para estandarizar sus ensayos clínicos a escala mundial con el objetivo de atraer ensayos de los Estados Unidos. Así, precisamente cuando se instauraba un nuevo régimen de patentes monopolísticas, la India se reinventaba como centro de experimentación mundial, enarbolando a sus habitantes como sujetos de experimentación. Si para los centros estadounidenses los ensayos clínicos van a la par con la saturación terapéutica, para los centros indios la intensificación de la subjetividad experimental es un proceso paralelo al de la reducción del acceso a los medicamentos esenciales.

Para explicar esta estructura perversa de la economía política farmacéutica mundial, me referiré a la teorización marxiana del valor.

Marx nos muestra cómo el valor capitalista no es una cosa sino un proceso, concretamente un proceso de autovalorización: el valor es valor porque crea más valor. Ello es fundamental para la dinámica del capital. Ese valor se realiza a través del intercambio. Sin embargo, el valor es algo más que intercambio y se diferencia de él. Marx comienza su análisis del capital en el Libro primero de El Capital examinando tres tipos de valor: el valor de uso, el valor de cambio y un tercer valor al que se refiere simplemente como "valor"[1]. Esta tercera categoría de valor, distinta de las dos primeras, es el fundamento del capital (y de El Capital) y está definida por la autovalorización[2].

Luego de introducirse la cuestión del valor como algo adicional y distinto del uso y el intercambio, se analizan la forma-mercancía y la forma-dinero. Marx plantea entonces el enigma del intercambio mercantil y monetario en el capital, en el cual el aparente intercambio de equivalentes, mediado por el dinero como mero medio y medida de ese intercambio, lleva (de hecho, debe llevar) a la generación de un excedente para que el dinero se convierta en capital. En otras palabras, para el capitalista, D-M-D debe ser D-M-D', donde D'>D. Para que el dinero se convierta en capital, debe conllevar la capacidad de añadir valor a sí mismo, aunque, en aparencia, sólo medie el intercambio de equivalentes. Es esa la magia del capital; es también el significado de la tercera noción de valor, que es la plusvalía, según nos lo revela Marx. Al introducir ese concepto, escribe este significativo párrafo:

[E]n la circulación D-M-D, tanto la mercancía como el dinero funcionan únicamente como modos diferentes de existencia del valor mismo: el dinero, como su modo general de existencia; la mercancía, como su modo particular de existencia, por así decirlo, simplemente disfrazado. El valor pasa constantemente de una forma a otra sin perderse en ese movimiento, y así se convierte en sujeto automático. Si fijamos las formas fenoménicas particulares que el valor que se valoriza adopta alternativamente en su ciclo de vida, obtenemos las siguientes definiciones: el capital es dinero, el capital es mercancía. En realidad, el valor es aquí sujeto de un proceso en el que, al cambiar continuamente de forma, de dinero y de mercancía [...] se autovaloriza. Pues el movimiento en el que el valor genera plusvalía es su propio movimiento; por tanto, su valorización es autovalorización. Ha adquirido la propiedad oculta de crear valor, porque es valor[3].

Aquí Marx nos muestra cómo el valor no es sólo expresión de la utilidad o el intercambio, sino que además adquiere su propia subjetividad. La mercantilización es inherente a ese proceso de valorización y es simultáneamente representativa y performativa, en la medida en que refleja el valor de las cosas que se intercambian, incluso cuando produce la plusvalía de esas representaciones. La falta de equivalencia entre las funciones representativa y performativa de la mercantilización concierne a la subjetividad del valor en sí[4]. Esa subjetividad depende de la alienación del trabajador, mediante la apropiación del trabajo. Porque no se puede entender el misterio de esa falta de equivalencia que está en el centro mismo del intercambio en apariencia equivalente —escribe Marx— como lo hacen los economistas políticos, es decir, suponiendo que el valor de una mercancía es una función del tiempo de trabajo, remunerado por medio del salario. Para que D tenga el potencial de convertirse en D' (>D), debe existir siempre la posibilidad de que el trabajador trabaje más de lo que se le remunera. Marx la define como fuerza de trabajo potencial.

La intuición metodológica (pertinente cuando el análisis se haga extensivo al biocapital) es que el capital genera valor a través de la explotación del potencial corporal, precisamente cuando la generación de valor se convierte en un fin en sí mismo. Como potencial creativo, la fuerza de trabajo no es un valor predeterminado. En consecuencia, el aparente acto de intercambio equivalente (el trabajo del trabajador por el salario del capitalista) oculta en su interior un elemento de no equivalencia, pues el salario es una remuneración fija, mientras que el trabajo —que es en realidad fuerza de trabajo— es el potencial de creación de valor más allá del dinero gastado en el salario. La plusvalía, en general, es "un valor superior al equivalente"[5]. Además, el valor es lo que permite que la mercancía, que siempre es el producto de un trabajo humano específico y concreto, devenga trabajo abstracto: el valor es un dispositivo de abstracción.

La definición que da Marx del capital en términos de valor que se autovaloriza no pone punto final a su explicación, sino que conlleva —en palabras de Gayatri Spivak— "la posibilidad de una indeterminación"[6]. Aunque el valor posee su propia dinámica interna, no es simplemente una cosa en sí: se expresa a sí mismo en situaciones mundanas, fuera de las coyunturas históricas, en formas institucionales. Dos tipos de situaciones coyunturales son pertinentes a la hora de examinar el valor en relación con la biomedicina contemporánea. Uno es estructural e institucional y concierne a las operaciones de la biomedicina contemporánea en el capital corporativo, monopolizado y financiarizado. Ello acontece en el contexto de la globalización de los modos biomédicos de producción, que conducen tanto a una división internacional del trabajo en la producción de valor biomédico como a reacciones postcoloniales ante las desigualdades y la violencia generadas por la capitalización de la vida y la salud.

La segunda es antropológica y concierne a la implosión de la dinámica del valor capitalista de la biomedicina ante la presión que ejercen sobre esta los valores ético-morales no mercantiles. Ello se pone particularmente de manifiesto en el caso de las industrias biotecnológicas y farmacéuticas, que generan un importante capital simbólico por el hecho de dedicarse, como no dejan de señalar ellas mismas, al negocio que "produce" salud y salva vidas. La valoración del mercado depende de nociones de valor que de alguna manera se consideran "externas" al mercado, mientras que la ética está obligada a responder por los sistemas de valoración del mercado. En otras palabras, la ética, que presuntamente remite a un orden normativo diferente al establecido por el intercambio, se incorpora a la lógica del mercado. El valor es, pues, simultáneamente la propulsión interna del capital y aquello que se apropia de sus externalidades. La forma en que el valor se expresa en el curso del intercambio es indeterminada precisamente porque sus tendencias a la apropiación hacen que el valor sea político, de maneras que consolidan y a la vez impugnan los modos y las relaciones capitalistas de producción. El valor crea así tanto la imposibilidad como las condiciones de posibilidad de algo como el "comunismo".

La ética, que presuntamente remite a un orden normativo diferente al establecido por el intercambio mercantil, se incorpora a la lógica del mercado. El valor es, pues, simultáneamente la propulsión interna del capital y aquello que se apropia de sus externalidades. La forma en que el valor se expresa en el curso del intercambio es indeterminada precisamente porque sus tendencias a la apropiación hacen que el valor sea político, de maneras que consolidan y a la vez impugnan los modos y las relaciones capitalistas de producción. Las empresas farmacéuticas no pueden ocuparse simplemente del mantenimiento de la salud: tienen que hacerla crecer. Para ello, la salud debe convertirse en algo medible, cuantitativo, una potencialidad agregada que se pueda valorizar. Según esa lógica, la curación de enfermedades o un estilo de vida saludable son amenazas para la acumulación de capital: sólo el consumo farmacéutico constante e intensificado genera valor. El trabajo de consumo terapéutico se valoriza en los cuerpos que tienen la posibilidad de enfermarse. El valor crea así tanto la imposibilidad como las condiciones de posibilidad de algo como el "comunismo".

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@ eike BB By SA 2.0

 

"En Pharmocracy: Value, Politics and Knowledge in Global Biomedicine, Kaushik Sunder Rajan aborda un desafío perpetuo en la política de la biomedicina —el dominio de las grandes farmacéuticas sobre la experiencia cotidiana de la salud en algunas de las poblaciones más pobres del mundo— revelando cómo la armonización internacional de los ensayos clínicos y los regímenes de propiedad intelectual deben entenderse en términos de hegemonía corporativa en expansión."

 

Rose Deller

 

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Plus-salud

Marx destaca cómo los modos y las relaciones capitalistas de producción deben generar excedentes a través de un intercambio de presuntos equivalentes. La alienación del trabajo está en el centro de ese intercambio en el proceso en que tiene lugar la adquisición "oculta" del valor de la propia subjetividad. La explotación del trabajo depende de esa usurpación de la subjetividad. Las condiciones de posibilidad de esa usurpación residen en el potencial corporal del trabajador mal remunerado, el plus-trabajo. Al revelar ese fenómeno, Marx abre la posibilidad de extrapolar sus consideraciones a fin de comprender la apropiación biocapitalista del valor. ¿Cómo se relacionan con la salud la dinámica interna y las expresiones situacionales externas del valor capitalista?

Joseph Dumit ha formulado la respuesta más literal a esa cuestión a través de su noción de "plus-salud", en analogía con el concepto marxiano de plus-trabajo[7]. El término “plus-salud” se refiere al valor de mercado que el capital farmacéutico adquiere a partir de la posibilidad de que se enfermen quienes algún día podrían tomar medicamentos, conjunto que incluye a todo aquel con el poder adquisitivo para formar un mercado de medicamentos y que excluye a quien no tenga ese poder. Dumit estudió el incremento del marketing farmacéutico en los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX y su relación con el aumento gradual del número de ensayos clínicos, trayectoria que se tradujo en un aumento progresivo del porcentaje de prescripciones facultativas que no da señales de amainar. De modo analítico, Dumit sustituyó en el Libro primero de El Capital las palabras clave marxianas relacionadas con el trabajo por otras relacionadas con la salud. Con ello, Dumit generó una "teoría del valor salud" que es el análogo literal de la teoría marxiana del trabajo y a través de cual ha mostrado cómo el valor crea una salud que está alienada de la salud concreta. El valor es, pues, lo que hace que el síntoma, que es siempre producto de la salud humana específica y concreta, represente una salud abstracta.

Las empresas farmacéuticas no pueden ocuparse simplemente del mantenimiento de la salud: tienen que hacerla crecer. Para ello, la salud debe convertirse en algo medible, cuantitativo, una potencialidad agregada que se pueda valorizar. Según esa lógica, la curación de enfermedades o un estilo de vida saludable son amenazas para la acumulación de capital: sólo el consumo farmacéutico constante e intensificado genera valor. El trabajo de consumo terapéutico se valoriza en los cuerpos que tienen el potencial de enfermarse.

Un ejemplo de ello es la relación entre los niveles de colesterol y la prescripción de estatinas: si el colesterol alcanza un determinado nivel, tiene sentido tomar estatinas. En ese momento del "tener sentido", el individuo llamado a tomar estatinas es simultáneamente un paciente (independientemente del síntoma real de la enfermedad que, en su caso, experimente) y un consumidor. Lo que hace que esa decisión sea racional, incluso sensata —de manera que no tomar estatinas sería imprudente—, es un historial de ensayos clínicos que han proporcionado una base epistémica para esa decisión. Esos estudios no tienen por qué estar patrocinados por las empresas o tener como agenda aumentar las ganancias de las mismas. De hecho, muchos de los estudios fundamentales que proporcionan justificaciones epistémicas para la maximización de las prescripciones y la plus-salud son estudios de sanidad pública impecablemente realizados, de "buena ciencia". Sin embargo, es igualmente cierto que, sobre todo con la privatización gradual de que ha sido objeto en los últimos cincuenta años la propia investigación clínica, el tipo de preguntas que se formulan tiende a favorecer un mayor consumo de medicamentos. Es prácticamente inédito, si es que no lo es totalmente, que en la realización de ensayos clínicos se determine cuándo podría ser apropiado interrumpir el consumo de estatinas y cuáles podrían ser los riesgos agregados para la sanidad pública con respecto a una población saturada de tratamientos.

 

 

Plus-salud y trabajo clínico

Marx privilegia el análisis del valor en los Grundrisse y esboza su primacía en los volúmenes de El Capital. Sin embargo, se han hecho diferentes interpretaciones de los Grundrisse. En Time, Labor and Social Domination, Moishe Postone favorece un análisis del valor y deriva de éste una concepción de la alienación y la explotación del trabajo. Esa posición contrasta con la interpretación "autonomista" italiana de los Grundrisse, que favorece la noción de lo que Marx llama "trabajo vivo", concepto igualmente vital (en todos los sentidos) que se encuentra en el centro del análisis. Ese concepto se refiere al trabajo colectivo (que no es simplemente explotado, sino que tiene —incluso— el poder de negar la explotación), en cuyo interior reside la posibilidad de una alternativa comunista a los modos y relaciones de producción capitalizados[8].

El trabajo vivo está íntimamente ligado a la cuestión de la explotabilidad y de la reproducción del trabajo, del potencial corporal por el capital. Este aspecto, como ha sostenido durante décadas el feminismo marxista, está vinculado con la cuestión de la reproducción de la vida. Junto a la de Dumit, me gustaría introducir una lectura particular marxiana/feminista de las lógicas de valor biomédicas relativas al trabajo vivo y reproductivo, a saber, el análisis del "trabajo clínico" de Melinda Cooper y Catherine Waldby[9]. Cooper y Waldby examinan la creación de nuevas formas de trabajo en las economías biomédicas y establecen un vínculo entre el trabajo en relación con las nuevas tecnologías reproductivas (por ejemplo, la donación de óvulos) y las formas de trabajo operativo en el desarrollo farmacéutico (de modo particular el trabajo de la subjetividad experimental en los ensayos clínicos). Su análisis ha sido, por demás, pertinente a la hora de reflexionar sobre las formas contratadas de trabajo reproductivo, como la maternidad subrogada.

Al igual que Dumit, Cooper y Waldby interpretan el análisis de Marx como un diagnóstico de la explotación del potencial corporal entendido como mecanismo de creación del valor que se autovaloriza del capital. Sin embargo, se observan sutiles diferencias entre ambos análisis. Dumit muestra el potencial del capital para apropiarse de dominios más allá del trabajo, de otras formas de potencial corporal como la salud. Por su parte, Cooper y Waldby se interesan por la expansión de los dominios del trabajo, la producción de nuevos tipos de trabajo a través de nuevos modos de producción, lo que Sandro Mezzadra y Brett Neilson denominan la "multiplicación del trabajo"[10]. Al tiempo que Dumit explica analíticamente el dominio que se ha ampliado para la extracción del valor (y que no requiere necesariamente el trabajo potencial del consumo terapéutico), Cooper y Waldby abordan empíricamente la creación y explotación de nuevas formas de trabajo vivo (una vez más en nombre del valor que se valoriza a sí mismo). Los análisis de Dumit, por un lado, y de Cooper y Waldby, por otro, constituyen, pues, dos lecturas complementarias, deudoras de diferentes enfoques que se encuentran en los escritos de Marx.

Sin embargo, la lectura no se detiene ahí, ya que mientras la maximización de las prescripciones y la saturación terapéutica —explica Dumit— tienen lugar en los Estados Unidos, los cuerpos explotados de las madres de alquiler, las donantes de óvulos y los sujetos experimentales que describen Cooper y Waldby son invariablemente cuerpos marcados por la raza, el género y el postcolonialismo. Por lo tanto, incluso si se considerara la expansión de los dominios del valor que se autovaloriza paralelamente con la multiplicación del trabajo, las divisiones del trabajo relacionadas con el género, la raza y la nacionalidad persisten de una manera que tiene consecuencias no sólo para lo que constituye la salud, sino también para quienes se beneficien de ella, o sean en cambio explotados, y de qué modo.

Se observan aquí dos versiones diferentes y localizadas de la plusvalía, que dependen de dos modos de valorización del potencial corporal en las economías biomédicas. La interrogante política que se desprende de esos presupuestos —y que abre una línea de investigación respecto de la cuestión del "comunismo"— es cómo pensar la salud "pública" en ese contexto. Antes de abordar esta cuestión, examinaré la materialización del valor que se autovaloriza en las lógicas sectoriales de la industria farmacéutica contemporánea, en relación con la monopolización y la financiarización, como una dinámica institucional que opera paralelamente a la dinámica del capital y que plantea sus propios problemas.

Financiación, monopolización, corporativización

La mayoría de las empresas farmacéuticas orientadas a la investigación y el desarrollo (I+D) cotizan en bolsa. Ello significa que el valor de esas empresas viene determinado menos por las ganancias y más por el crecimiento que pueda traducirse en valor para el accionista. Para lograr ese tipo de crecimiento, que el mercado de valores espera exclusivamente del desarrollo de nuevos preparados terapéuticos, se necesitan de tres a cinco nuevas entidades químicas cada año para obtener la licencia de comercialización. Por término medio, sólo uno de cada cinco candidatos a medicamentos que se someten a ensayos clínicos llega al mercado, por lo que las empresas necesitan una gran reserva de medicamentos que se sometan a esos ensayos.

En las dos últimas décadas se ha registrado una merma en el desarrollo de proyectos en la industria farmacéutica, que ha tenido que hacer frente al llamado "déficit de innovación". En esa situación, lo único que ha salvado a las empresas farmacéuticas ha sido un puñado de medicamentos de gran éxito que generan ganancias por valor de miles de millones de dólares al año. La razón por la que esos medicamentos han podido generar esas ganancias es el monopolio garantizado por la patente. De ahí que para ese modelo empresarial la patente se haya convertido en el factor crucial a la hora de asegurar la generación de valor. Por otro lado, para que la patente cumpla la función de asegurar el valor, debe funcionar como instrumento de monopolio empresarial. Ello es contrario a la propia lógica de la patente, que (a diferencia de otras formas de propiedad intelectual como los derechos de autor, la marca registrada o el secreto comercial) está diseñada para proteger el interés público proporcionando incentivos para que los inventores divulguen sus invenciones. Lo que se gesta aquí es una relación estructural entre la financiarización, la corporativización y el capitalismo monopolista, que tiene una larga historia en el siglo XX.

Al final de la Primera Guerra Mundial, Thorstein Veblen escribió una aguda crítica del capital empresarial en The Vested Interest and the Common Man[11]. Veblen describe las sociedades anónimas como una "coalición formal de propiedad" que antepone su propio interés al interés del público más amplio. También demuestra la existencia de estrechas inter-relaciones estructurales entre el capitalismo empresarial o corporativo, el capital financiero y el capital monopolístico y cómo cada uno se alimenta del otro para crear una estructura de intereses creados. Esa estructura —arguye Veblen— amenaza de manera fundamental la democracia liberal estadounidense, aún cuando les sirva de guía a sus ambiciones imperialistas.

En ese mismo momento histórico, Vladimir Ilich Lenin afirmaba lo mismo en Imperialismo, fase superior del capitalismo[12]. Lenin da inicio a su análisis mediante una aproximación empírica a la concentración de la producción industrial y la tendencia al monopolio en ese período histórico. El rasgo decisivo de los monopolios diagnosticado por Lenin es que la producción se socializa, pero la apropiación no deja de ser privada. En ese momento, el modo de apropiación había comenzado a dirigirse hacia actividades más especulativas, conduciendo así a una gran transferencia de la producción de mercancías a la manipulación financiera. A ese tipo de actividad monopolística-especulativa-empresarial de los intereses industriales se sumó el papel de los bancos, que a su vez atravesaban por un período de consolidación en monopolios. La concentración del capital y el aumento del volumen de negocios de los bancos conducen a la transformación de un grupo disperso de capitalistas en lo que Lenin llama capitalista colectivo, de manera que cada entidad del capital financiero promueve eficazmente un interés de clase. Se asiste entonces al tránsito de la dominación del capital en general a la dominación del capital financiero. Ello se enlaza con el imperialismo a través del establecimiento de una red internacional de capital financiero.

 

Cuando Marx escribe el Libro tercero de El Capital, tiene claro que las contradicciones inherentes a los modos y las relaciones de producción capitalistas no habrían, necesariamente, de conducir a la disolución del capitalismo y a la fundación de alternativas comunistas. Podrían muy bien dar lugar a formas más especulativas de capitalismo. Marx precisa que el capital comercial no genera valor a través de la producción de mercancías, pero sí realiza valor para el comerciante que participa en actividades comerciales especulativas. Ello ocurre por medio de la apropiación del valor durante la circulación del capital. Por lo tanto, lo importante para el capital comercial es la intensificación y la aceleración de la circulación del dinero y de las mercancías, independientemente de la actividad productiva.

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Kaushik Sunder Rajan © Technosphere Magazine

Tanto el consumidor farmacéutico estadounidense, terapéuticamente saturado, como el sujeto experimental del "Tercer Mundo", a quien potencialmente —por no formar parte del mercado— se le niega el acceso a los medicamentos esenciales, son plenamente explotados. Al mismo tiempo, la diferenciación de las formas de explotación corporal en el curso de las multiplicaciones del trabajo conduce a violaciones específicas de los cuerpos marcados. El cuerpo reproductivo de la mujer del "Tercer Mundo" es el lugar especialmente marcado del trabajo biomédico explotado. La dificultad para la conceptualización de una política "comunista" es que tanto la explotación diferenciada y marcada como la crisis generalizada son funcionales. ¿Cómo pensar colectivamente en una situación así? ¿Cómo pensar una política fuera de esa estructura? Si a ello se añaden otras diferenciaciones y fracturas basadas en la identificación biosocial, las dificultades prácticas para imaginar sujetos biomédicos análogos a los "trabajadores del mundo" que puedan unirse son realmente considerables.

 

 

 

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El diagnóstico de Lenin sobre la consolidación de la producción industrial y la actividad financiera en monopolios es empírico, elaborado a partir de lo que pudo observar en el momento en que escribía. Sin embargo, se inscribe en una trayectoria particular del pensamiento marxiano. Cuando Marx escribe el Libro tercero de El Capital, tiene claro que las contradicciones inherentes a los modos y las relaciones de producción capitalistas no habrían, necesariamente, de conducir a la disolución del capitalismo y a la fundación de alternativas comunistas[13]. Podrían muy bien dar lugar a la aparición de formas más especulativas de capitalismo. Marx precisa que el capital comercial no genera valor a través de la producción de mercancías, pero sí realiza valor para el comerciante que participa en actividades comerciales especulativas. Ello ocurre por medio de la apropiación del valor durante la circulación del capital. Por lo tanto, lo importante para el capital comercial es la intensificación y la aceleración de la circulación del dinero y de las mercancías, independientemente de la actividad productiva. Se asiste así al comienzo de una dinámica en la que la lógica del capital comercial especulativo se desvincula de la producción industrial. En la elaboración por Lenin, hace un siglo, de las tesis marxianas, se encuentra la elucidación de una configuración global específica que Sandro Mezzadra y Brett Neilson llaman operaciones del capital, marcadas al mismo tiempo por la extracción y la financiarización, en el centro de cuya dinámica se encuentra el imperialismo. Es esa la razón por la que la política global contemporánea que reacciona al capital empresarial monopolizado y financiarizado debe considerar a la postcolonia como su centro[14].

¿Quién o qué es el capitalista colectivo a que se refiere Lenin? Veblen elabora una respuesta que ilustra la entidad política y jurídica a la que el Estado otorga derechos específicos de apropiación, la sociedad anónima. Esos derechos jurídicos de apropiación nos retrotraen a la cuestión liberal fundamental de la propiedad y del ser propietario. ¿Cómo se puede pensar en la idea de "ser propietario" —se pregunta Veblen— en una época de empresas comerciales dominadas por el comercio y la inversión, determinadas menos por sus relaciones con la producción manufacturera (como lo eran en la época de Adam Smith) que por sus relaciones con la especulación y el capital financiero?

Si Marx nos ayuda a pensar el sujeto del valor, Veblen nos ayuda a pensar el sujeto de los derechos: ¿qué sucede cuando la sociedad anónima (contrariamente a lo que Veblen llama "el hombre común") se convierte en el sujeto portador de derechos de la circulación del capital? El "capitalista colectivo" se materializa en la forma jurídica de la propiedad empresarial, que a su vez es "anónima" y, por tanto, en palabras de Veblen, una propiedad "desnaturalizada"[15]. Desnaturalización que se intensifica a medida que las sociedades anónimas se monopolizan y financiarizan. Si Marx muestra la alienación y la explotación del trabajador que subyace a la dinámica del capital, Veblen muestra la posterior alienación hasta del inventor y del industrial una vez que el capitalismo se corporativiza, monopoliza y financiariza.

Cuatro dinámicas paralelas entran en juego cuando se lee a Veblen en conjunción con Lenin:

1. La transformación de la propiedad de los modos de producción capitalistas representada por el industrial (o de la propiedad de la invención representada por el inventor) en la propiedad impersonal del capital por las sociedades anónimas;

2. La transformación de la competencia del libre mercado en monopolio;

3. La dominación del capital industrial por el capital financiero;

4. La materialización global diferencial de esas dinámicas como imperialismo.

Esas cuatro dinámicas son fundamentales para comprender el funcionamiento actual del capital farmacéutico multinacional, caracterizado por la corporativización, la monopolización, la financiarización y la globalización.

En consecuencia, al describir la dinámica del capital en términos de valor que se autovaloriza a través de una interpretación de Marx, la cuestión que surge al pensar alguna forma de "comunismo" se refiere a la forma que podría adoptar una socialización de la salud, o que debería adoptar una sanidad "pública" que redujera o interrumpiera la dinámica del valor que se autovaloriza. Si se examina en cambio la materialización institucional de esas dinámicas en la sociedad anónima financiarizada y monopolizada, la cuestión es entonces cómo se piensan las limitaciones impuestas a la forma corporativa y que son contraídas por el valor que se autovaloriza. La primera concierne a una política orientada a la mercantilización; la segunda, a la propiedad, junto a una política dirigida a la especulación y la opcionalidad (no son lo mismo), que son fundamentales para las operaciones de las finanzas contemporáneas.

A ello se añade otro elemento en relación con la biomedicina, a la hora de plantearse la cuestión del papel de la epistemología en relación con la imaginación de una salud socializada. La crítica económico-política predominante de la industria farmacéutica multinacional se ha centrado en aspectos como el elevado costo de los medicamentos, la inasequibilidad de los medicamentos esenciales o la variabilidad ética en la globalización de los ensayos clínicos. Todos esos aspectos someten a crítica la "capitalización" (o corporativización) que subyace al biocapital. Sin embargo, ¿qué pasa con el "bio" del biocapital? Por ejemplo, con respecto al hecho de que gran parte del desarrollo farmacéutico no está dirigido a todo lo que abarca desde las necesidades médicas insatisfechas que no atraen ningún mercado hasta los avances en medicina holística que no son reduccionistas en sus objetivos. Ello requiere la elaboración de una crítica epistémica de las economías de la salud además de una critica puramente económica[16].

Todas esas políticas, basadas respectivamente en la interrupción del valor que se autovaloriza, en la reducción del corporativismo especulativo y monopolístico y en la imaginación de epistemologías alternativas para pensar la innovación biomédica y su idea de salud, están orientadas a modalidades a través de las cuales concebir alguna forma de "comunismo" en relación con las economías biomédicas globales. Sin embargo, no están necesariamente armonizadas e incluso podrían empujar en direcciones opuestas. De ahí la necesidad de pensar comunismos, en plural, una multiplicidad de estrategias e imaginarios de lo que (a efectos de una política del biocapital) podría ser una salud no capitalizada.

Si algo quisiera subrayar es el contraste entre diferentes capitalismos: en las economías farmacéuticas, no sólo entre las industrias nacionales y las multinacionales, sino también entre el capitalismo monopolista y el capitalismo de libre mercado, entre capitalismos que operan en ámbitos financieros y los que dependen de las manufacturas y la generación de ganancias. En una coyuntura histórica de farmocracia, que asiste a la progresiva hegemonía del capital farmacéutico monopolista, financiarizado y multinacional de maneras que socavan estructuralmente las alternativas de libre mercado industrializadas y nacionales, ese contraste tiene profundas consecuencias para el acceso global a las terapias. El Estado es el mediador de esas relaciones entre diferentes capitalismos, al tiempo que diferentes Estados median esas relaciones de diferentes formas a la hora de lidiar con sus obligaciones de cumplir y equilibrar los imperativos opuestos de proporcionar asistencia sanitaria a sus poblaciones (biopolítica) y utilizar la biomedicina como motor de la expansión capitalista y económica (biocapital).

Dicho todo lo anterior, puedo ahora darme a la tarea de pensar, de manera parcial y provisional, la cuestión del comunismo, entendido al mismo tiempo como aspiración a la socialización de la salud y a la democratización de los medios de producción (tanto industriales como epistémicos). Ello requiere, necesariamente, abordar las potencialidades y las limitaciones tanto del Estado de bienestar como del libre mercado.

 

Sobre el comunismo que viene y la promesa de justicia

En la última parte de este ensayo se examina la cuestión de la sanidad "pública" en relación tanto con la autovalorización del valor (y el papel del Estado de bienestar en relación con esta) como con el corporativismo especulativo y monopolista (y el papel del libre mercado en relación con este).

Por un lado, la sanidad pública (en sus variantes progresista, keynesiana o de Estado de bienestar) se ha orientado a hacer que el Estado distribuya de forma equitativa los fondos sanitarios (acceso a los medicamentos, atención hospitalaria, etc.) y a limitar la expansión de las intervenciones biomédicas perjudiciales (por ejemplo, ensayos clínicos no éticos o mercados no regulados de vientres de alquiler) que no están destinados al contrato social de ampliación de la asistencia sanitaria. Por lo general, ha sido ese el objetivo de la sociedad civil o de la defensa de los derechos de los pacientes [patient advocacy] y, especialmente en el Sur global, a menudo ha implicado la intervención judicial[17]. Aunque parte de ese apoyo es global, la atención tiende a concentrarse en la gobernanza estatal-nacional, de tal manera que incluso las directivas y el derecho internacional se plasman en acciones jurídicas, legislativas y ejecutivas nacionales. Por otra parte, la relación estructural entre el potencial corporal de los sujetos del biocapital que consumen y trabajan de formas diversas, el valor que se autovaloriza y los circuitos de distribución de los productos biomédicos está constituida por modos y relaciones de producción que pueden ser limitados por la acción del Estado y que, sin embargo, tienden a superarlo. El Estado, por tanto, se convierte en regulador y juez vital y necesario de la distribución del valor biomédico, aunque a menudo no pueda o no quiera interrumpir la dinámica de generación de valor capitalista (monopolizado, corporativizado, financiarizado) que estructura las economías biomédicas. Esas dinámicas operan globalmente según modalidades que van más allá de la territorialidad del Estado soberano, a menudo respaldadas por mecanismos de gobernanza internacional como los acuerdos bilaterales y multilaterales de libre comercio[18].

La apropiación de la salud por parte del capital conduce a una situación de crisis generalizada. Para los pacientes que están saturados terapéuticamente porque se explota su plus-salud, para otros pacientes a los que se les niega el acceso a medicamentos esenciales porque no pueden pagarlos, para otros tantos pacientes que son sometidos a ensayos clínicos, para las industrias de medicamentos genéricos cuyo modelo empresarial se encuentra bajo ataque, incluso a través de regulaciones depredadoras y también para la propia industria europea-estadounidense, que no puede crecer en el grado en que lo exige el mercado financiero y que se ve atrapada en su propia crisis de innovación. Una crisis de innovación que no conduce a más investigación y desarrollo, porque la lógica estructural del capital financiarizado que aprisiona a la industria empuja hacia un objetivo de crecimiento a corto plazo, a través de fusiones y adquisiciones, en lugar de un atrevido plan a largo plazo necesario para el desarrollo de nuevas terapias[19].

La estructura de la crisis generalizada se traduce en diversas formas de inequidad que no se han generalizado, sino que se dirigen a cuerpos específicos. Ello incluye las desigualdades en el acceso a la salud, así como las desigualdades en la subyugación corporal (por ejemplo, ¿a quién se somete a ensayos clínicos experimentales?) y la extracción de recursos (¿de qué cuerpos se extrae sangre, tejidos, óvulos y ADN?). Esas desigualdades son raciales y de género y trazan caminos de largas historias coloniales. En términos brutales, el consumo terapéutico del "Primer Mundo" depende de la explotación de género/racial/postcolonial, a través de las nuevas tecnologías reproductivas o de las divisiones internacionales del trabajo en los ensayos clínicos, al igual que el consumo terapéutico del "Primer Mundo" es en sí mismo la fuente de la plus-salud a través de la saturación terapéutica. ¿Pero qué significado tiene todo ello políticamente?

En primer lugar, imaginar alguna forma de "comunismo" significa que el colectivo que se opone a la salud capitalizada no es algo que venga dado. Si una determinada concepción marxista del comunismo se basa en el llamamiento a la unión de los trabajadores de todo el mundo, no está claro cuáles son las bases estructurales de la solidaridad, o incluso de la identificación compartida, entre los sujetos de la biomedicina en todas sus divisiones y multiplicaciones del trabajo. La generalización de la crisis en las economías biomédicas es resultado del hecho de que la industria farmacéutica opere en el interior de la dinámica de la plus-salud del capital. Si seguimos esa dinámica, reconoceremos que tanto el consumidor farmacéutico estadounidense, terapéuticamente saturado, como el sujeto experimental del "Tercer Mundo", a quien potencialmente — por no formar parte del mercado— se le niega el acceso a los medicamentos esenciales, son plenamente explotados. Al mismo tiempo, la diferenciación de las formas de explotación corporal en el curso de las multiplicaciones del trabajo conduce a violaciones específicas de los cuerpos marcados. El cuerpo reproductivo de la mujer del "Tercer Mundo" es el lugar específicamente marcado del trabajo biomédico explotado. La dificultad para la conceptualización de una política "comunista" es que tanto la explotación diferenciada y marcada como la crisis generalizada son funcionales. ¿Cómo pensar colectivamente en una situación así? ¿Cómo pensar una política fuera de esa estructura? Si a ello se añaden otras diferenciaciones y fracturas basadas en la identificación biosocial, las dificultades prácticas para imaginar sujetos biomédicos análogos a los "trabajadores del mundo" que puedan unirse son realmente considerables.

¿Dónde está el "comunismo" en semejante escenario? Mis respuestas pueden ser sólo parciales y provisionales. Como borrador para un manifiesto "biocomunista" que responda a la teoría del valor de la salud de Dumit, propongo lo siguiente.

1. Todo "comunismo que no reconozca, confronte e impugne las dinámica del valor que se autovaloriza es utópico y teológico. Esa confrontación y contestación requiere la organización del trabajo vivo. Sin embargo, el trabajo vivo no es una fuerza en sí misma orgánica y vital. Es una fuerza fracturada, diferenciada y dispersa y a menudo actúa en oposición a sí misma. La solidaridad no viene dada, hay que forjarla. Forjarla no sólo en oposición a una abstracción como, por ejemplo, la plusvalía, sino en oposición a las entidades empresariales que financian y monopolizan y que son ellas mismas actores estratégicos, expertos en dividir los intereses del trabajo vivo. Algunas de esas divisiones guardan relación con las formas en que la globalización del capital crea divisiones internacionales del trabajo al mismo tiempo que el trabajo se multiplica en las economías biomédicas, de tal manera que es difícil imaginar una causa común entre los consumidores de productos farmacéuticos terapéuticamente saturados, que a su vez son consumidos por los mercados farmacéuticos, y los sujetos experimentales simplemente puestos en situación de riesgo que son excluidos por completo de dichos mercados. Ello en parte guarda relación con las formas en que los intereses biosociales pueden activarse estratégicamente para oponerse a los intereses "de clase" más generalizados de los sujetos del biocapital.

 

Un ejemplo de esto último es el caso del precio del medicamento contra la leucemia Gleevec en Corea. Novartis, el fabricante de Gleevec, insistió en que el medicamento se comercializara al mismo precio que en los Estados Unidos, y el gobierno coreano se vio sometido a intensas presiones para que no estableciera controles de precios que hicieran más asequible el medicamento. Los grupos de pacientes de leucemia se manifestaron en contra de la decisión junto con los pacientes afectados por el VIH, que desde hace tiempo participan en batallas políticas en relación con los precios de los medicamentos para facilitar el acceso a las medicinas esenciales. Novartis respondió negociando un acuerdo con el gobierno coreano en virtud del cual el gobierno y Novartis subvencionarían conjuntamente el 90 % del costo del medicamento, de modo que los pacientes de leucemia tendrían que pagar sólo el 10 %, si bien el precio del medicamento no se reduciría de manera oficial. Los pacientes de leucemia, que se enfrentan a una cuestión de vida o muerte, se sintieron satisfechos con el resultado, que hace más asequible un medicamento esencial. Los grupos de pacientes de VIH/SIDA, que en cambio luchaban por leyes de control de precios que se aplicaran más ampliamente a todas las enfermedades y tratamientos, se opusieron al compromiso. De ese modo, Novartis consiguió simultáneamente impedir que el gobierno coreano controlara el precio de su medicamento y dividir a los grupos de defensa de los derechos de los pacientes.

 

Los grupos de pacientes de VIH/SIDA, representaban en este caso la posición estructuralmente transformadora, la que podía cambiar los términos y las condiciones de los precios de los medicamentos en Corea. Sin embargo, sería abominable insinuar que los pacientes de leucemia debían haber renunciado a la posibilidad de salvar sus vidas en aras de un principio político. La dinámica de la autovalorización del valor se inserta así en situaciones ético-morales profundamente cargadas que favorecen los intereses del capital empresarial. Si la solidaridad ha de ser forjada, la forja de solidaridades en una situación particular de salud y enfermedad no es algo que venga dado.

 

2. Existen, por tanto, situaciones en las que la posición estructuralmente transformadora —orientada hacia una sanidad más socializada— puede ser, de hecho, no sólo políticamente difícil, sino también moralmente conflictiva. Consideremos, por ejemplo, la política de acceso a los medicamentos antirretrovirales en el momento álgido de la epidemia de VIH/SIDA en Sudáfrica. Se contaba con un medicamento — la nevirapina— para prevenir la transmisión del VIH de madre a hijo, que las empresas farmacéuticas estaban dispuestas a facilitar. Sin embargo, el gobierno de Thabo Mbeki, en un caso notorio de negacionismo del SIDA, se negó a facilitar el medicamento a través del sistema de sanidad pública hasta que se vio obligado a hacerlo por decisión del Tribunal Constitucional de Sudáfrica. Por un lado, la postura de Mbeki, quien insistía en que el SIDA era causado por la pobreza y no por un virus, era peligrosamente anticientífica, y había sido denostada por la comunidad científica. Paradójicamente, sin embargo, Mbeki también daba expresión a una crítica económica, política y estructural de la desigualdad sistémica y su relación con la enfermedad. Era difícil escucharlo hablar, tan envuelto como estaba en sus teorías conspirativas, pero también en medio de una epidemia que había adquirido dimensiones de emergencia nacional, de manera que la inacción inmediata en el altar de la transformación estructural a largo plazo resultaba indignante. Al final, la posibilidad de una crítica estructural se redujo —debería haberse reducido— a los costos de la intervención farmacéutica, aún cuando el capital empresarial emergiera como salvador.

 

3. Tanto el Estado de bienestar como el capitalismo de libre mercado son, en algunas situaciones, aliados estratégicos e interlocutores clave en la lucha por una asistencia sanitaria más equitativa y accesible, aunque ambos reduzcan la posibilidad de realizar transformaciones estructurales orientadas a formas socializadas de asistencia sanitaria. Así como el poder ejecutivo sudafricano sometido a Mbeki aparecía como el villano en la batalla por el acceso a los medicamentos antirretrovirales, el Estado sudafricano, a través de su sistema de justicia, aseguró el resultado más justo en aquellas circunstancias. Aunque el recurso al Estado rara vez es suficiente para asegurar resultados transformadores, no deja de ser necesario. El "trabajo vivo" no hace realidad de forma orgánica el "comunismo", sino que requiere mecanismos institucionales y posibilidades para hacerlo. Cuáles podrían ser esos mecanismos y posibilidades es objeto de legítimo debate y, para ser claros, la historia del Estado de bienestar es una historia de compromiso con la dinámica del capital. En una época de Estados inversores brutalmente neoliberales, y de Estados cautivos del capital empresarial, es sin embargo políticamente irresponsable descartar un ideal de Estado de bienestar que simplemente se rebaja a  buscar soluciones de avenencia. También es esencial reconocer que el Estado es una entidad diferenciada y no singular, cuyos diversos elementos pueden movilizarse estratégicamente para obtener resultados más justos, equitativos y avanzados.

 

El establecimiento de ese tipo de alianzas estratégicas ha sido igualmente importante en relación con las entidades de libre mercado, como las empresas indias de medicamentos genéricos. Sin duda, esas entidades son capitalistas que operan según la despiadada lógica de la autovalorización del valor, del mismo modo que lo hacen sus poderosos homólogos euroamericanos financiarizados y monopolizados. Esas empresas también se presentan como elementos compensatorios vitales frente al capitalismo empresarial financiarizado y monopolizado, no sólo porque no siempre existe la capacidad pública de ofrecer resultados adecuados en la atención sanitaria (en particular en lo que atañe al desarrollo de terapias). Un horizonte ambicioso a largo plazo hacia alguma forma de "comunismo" deberá incluir la creación de esa capacidad pública, especialmente de industrias farmacéuticas del sector público. Entretanto, son vitales las alianzas con los capitalistas de libre mercado, que históricamente (como en la India) han sido, de manera exitosa y agresiva, antagonistas del desarrollo de alternativas más socializadas.

 

4. Gran parte de las intervenciones del libre mercado y del Estado de bienestar contra la hegemonía de las empresas multinacionales, financiarizadas y monopolísticas de la industria farmacéutica han desafiado al "capital" del biocapital, por ejemplo, abogando por medicamentos más asequibles. Sin embargo, cualquier posibilidad de una alternativa "comunista" a los modos y las relaciones de producción biomédica actuales debe centrarse necesariamente en lo "bio" del biocapital. Ello supone el deber de repensar la propia epistemología de los ensayos clínicos y elaborar una crítica epidemiológica de la producción de conocimiento en la "sanidad pública" que, en los últimos cincuenta años, se ha orientado progresivamente hacia la producción de artefactos (nuevos medicamentos, nuevas vacunas, nuevas tecnologías) en lugar de hacia políticas más amplias que reflexionen estructural y sistemáticamente sobre los problemas de igualdad sanitaria y de justicia.

 

5. Por último, toda forma de "comunismo" debe imaginar y elaborar respuestas transnacionales al capital global. Las intervenciones estatales-nacionales, por avanzadas que sean, son necesariamente limitadas y no hacen sino reaccionar a los movimientos desterritorializados del capital, que se ven reforzados por las maquinaciones geopolíticas de los Estados inversores que han sido atrapados por el capital monopolista financiarizado.

 

El "comunismo" no puede ser singular, una alternativa utópica a los modos y las relaciones de producción capitalistas. Los comunismos han de ser múltiples y necesariamente forjarse en los intersticios y las antinomias de las contradicciones capitalistas y la indeterminación del valor. Todavía más difícil es pensar en transformaciones estructurales más allá del libre mercado y el Estado de bienestar, precisamente cuando el Estado de bienestar y el libre mercado son aliados coyunturales vitales para toda posibilidad no utópica de institucionalizar formas más socializadas de atención sanitaria.

 

 

 

 

Notas

[1] Karl Marx, Il capitale, vol. I, Turín, UTET, 2009.

[2] Dos lecturas de Marx que destacan ese punto son las de Louis Althusser et al, Reading Capital, Londres, Verso, 2009 [ed. esp.: Louis Althusser y Étienne Balibar, Para leer El Capital (trad. Marta Harnecker), Madrid, Siglo XXI de España Editores (Biblioteca del Pensamiento Socialista), 2010], y Moishe Postone, Time, Labor and Social Domination: A Reinterpretation of Marx's Critical Theory, Cambridge, Cambridge University Press, 1996 [ed. esp.: Tiempo, trabajo y dominación social. Una reinterpretación de la teoría crítica de Marx (trad. María Serrano), Madrid, Marcial Pons (Politopías), 2006].

[3] Ibid, pp. 245-246. (Las cursivas son nuestras.)

[4] Con un capital cada vez más financiarizado, hay que pensar también en la valorización como función de la opcionalidad, más que en (o en adición a) la mercantilización. Véase Robert Meister, Historical Justice in the Age of Finance, Chicago, University of Chicago Press (en revisión).

[5] Karl Marx, Grundrisse. Lineamenti fondamentali della critica dell’economia politica, vol. I, Milán, Pgreco, 2011, p. 277.

[6] Gayatri C. Spivak, "Scattered Speculations on the Question of Value", en Diacritics, 15:4, 1985, pp. 73-93 [accesible electrónicamente aquí].

[7] Joseph Dumit, Drugs for Life: How Pharmaceutical Companies Define our Health, Durham, Duke University Press, 2012.

[8] Véase en particular Antonio Negri, Marx oltre Marx, Roma, manifestolibri, 1998 [ed. esp.: Marx más allá de Marx. Cuaderno de trabajo sobre los Grundrisse (trad. Carlos Prieto del Campo), Madrid, Akal (Cuestiones de antagonismo), 2001].

[9] Melinda Cooper e Catherine Waldby, Biolaboro globale. Corpi e nuova manodopera, Roma, DeriveApprodi, 2015 [ed. original: Clinical Labour. Tissue Donors and Research Subjects in the Global Bieconomy, Durham y Londres, Duke University Press, 2014].

[10] Sandro Mezzadra e Brett Neilson, Confini e frontiere. La moltiplicazione del lavoro nel mondo globale, Bologna, il Mulino, 2014 [ed. orig.: Border as Method, or, the Multiplication of Labor, Durham y Londres, Duke University Press, 2013].

[11] Thorstein Veblen, The Vested Interests and the Common Man, Nueva York, Cosimo Classics, 2005 [ed. esp.: Los intereses creados y el hombre común, Nueva York, Augustus M. Kelley, 1964].

[12] Vladimir I. Lenin, L’imperialismo, fase suprema del capitalismo, en Opere Complete, vol. XXII, Roma, Editori Riuniti, 1966.

[13] Karl Marx, Il capitale, vol. III, Turín, UTET, 2009.

[14] Sandro Mezzadra, Brett Neilson, La politica delle operazioni, Roma, manifestolibri, 2019 [ed. original: The Politics of Operations. Excavating Contemporary Capitalism, Durham y Londres, Duke University Press, 2019].

[15] Veblen, cit., p. 44.

[16] Véase Adriana Petryna, When Experiments Travel: Clinical Trials and the Global Search for Human Subjects, Princeton, Princeton University Press, 2009, para un análisis de la noción de variabilidad ética. En obra de próxima aparición, Jean-Paul Gaudillière aborda la crítica del capital "bio" en el desarrollo farmacéutico, centrándose en la industria ayurvédica india.

[17] Para la elaboración de la noción de judicialización de la salud, véase João Biehl, "The Judicialization of Biopolitics: Claiming the Right to Pharmaceuticals in Brazilian Courts", en American Ethnologist, 40 (3), 2013, pp. 419-436 (accesible electrónicamente aquí), y João Biehl, Adriana Petryna, "Bodies of Rights and Therapeutic Markets", en Social Research, 78 (2), 2011, pp. 359-386 (accesible electrónicamente aquí).

[18] Me gustaría señalar que me he limitado, en lo que respecta al trabajo de Dumit y al mío propio, principalmente a las economías biomédicas que conciernen a la producción y distribución farmacéutica. Un análisis institucional más completo deberá añadir al panorama general otros elementos de las economías biomédicas, como los sistemas hospitalarios y de seguros.

[19] Para un examen de la estructura de la crisis generalizada, véase Kaushik Sunder Rajan, Pharmocracy: Value, Politics and Knowledge in Global Biomedicine, Durham y Londres, Duke University Press, 2017, en particular el primer capítulo.